El hombre
crea cultura pero, al mismo tiempo, la cultura crea al hombre. ¿Es
posible que el hombre se desarrolle como tal, fuera de un ambiente humano?
Para resolver esta cuestión, partiremos de las siguientes preguntas.
¿Qué es el hombre desde lo cultural? ¿En qué sentido
podemos decir que el hombre es, él mismo, un producto de su propia
creación?
Por un lado, el hombre tiene un conjunto de propiedades y aptitudes desde
su nacimiento. Si miramos a un ser humano y lo acompañamos en su proceso
de maduración, podemos observar que toda su composición, su
color de piel, ojos, piernas, boca y brazos, nos indican todas las capacidades
que podrá desarrollar. Lentamente aprenderá a dirigir sus miembros,
a caminar, a utilizar sus manos y a adquirir habilidades según las
propuestas de su ambiente familiar. Las propiedades y aptitudes están
muy poco pautadas y eso es lo que hace que sus respuestas a las diferentes
situaciones que debe enfrentar, sean muy plásticas, variables y variadas.
Esta plasticidad y generalidad de respuestas explica, de algún modo,
su vulnerabilidad ante los diferentes desafíos que le presenta la naturaleza.
El niño posee conductas genéticamente organizadas, de defensa,
de búsqueda de alimento, de reconocimiento de ciertos peligros, etc.
Los animales, en cambio, tienen sus conductas mucho más pautadas genéticamente
y eso hace que con rápidez y destreza logren resolver ciertos problemas
de subsistencia, tales como cazar, de defenderse, construir su nido o madriguera,
delimitar su territorio, etc. Pero al mismo tiempo, ese repertorio de respuesta
no siempre le permite llegar a resolver las nuevas situaciones inesperadas,
a las que tal vez tenga que enfrentarse: dos peligros o cambios climáticos
o de alimentos disponibles. Esto explica su pobre repertorio de respuestas
ante las múltiples situaciones a las que deben enfrentarse, y su mejor
desempeño se da en aquellos ámbitos en los que requieren conductas
conocidas y eficaces.
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