El pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto

           

eseñas y Comentarios 

 

CONCLUSIÓN [p. 336]

 

Puede entenderse el entusiasmo de los discípulos por las obras de su Maestro. Pero el afecto no debe cegar. Amicus Plato, magis amica Veritas.

Este informe crítico demuestra por qué no se puede decir, como se ha dicho, que el pensamiento de Juan Luis Segundo sea serio y riguroso[1]. No es serio porque trata con ligereza las fuentes de la revelación histórica y sus contenidos, así como las autoridades que son los principios de la teología. Tampoco puede decirse que su pensamiento sea riguroso, porque la lógica de su pensamiento no es rigurosa. No lo es porque su razonamiento no se somete al rigor de los principios lógicos, porque lo somete a torsiones y saltos desorientadores y que de hecho redundan en falsificación y error; hasta tal punto que su manera de argumentar llegó a suscitar la duda, entre alguno de sus críticos, de si sus falsificaciones son puramente inadvertidas o intencionales. No es riguroso, tampoco, porque no se somete al rigor de la verdad católica revelada.

 

En el entusiasmo panegírico se ha propuesto la teología de Juan Luis Segundo como una profundidad de la que puede brotar una promisoria espiritualidad. Este informe muestra que no puede proponerse sensatamente esta «teología» como fundamento de una espiritualidad. De ella sólo puede surgir una pseudo-espiritualidad, una espiritualidad gnóstica alejada de los contenidos esenciales de la fe católica. En los hechos, de la profundidad de esa «teología» ha brotado o se ha consolidado una apostasía anónima. No puede fundarse en ella una auténtica espiritualidad católica y jesuítica.

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La experiencia de la Iglesia muestra que una «espiritualidad» no es nunca una creación teológica sino una obra del Espíritu Santo en un santo. Porque una espiritualidad es un estilo en el amor a Dios, es una fisonomía de la caridad. Los rasgos de una espiritualidad no se definen a priori en un papelógrafo para ponerla en ejecución o para pedirla por encargo. Se contemplan a posteriori como se contempla un rostro humano: Francisco, Ignacio, Domingo, Teresa, Juan Eudes, para cultivar una amistad, vivir la comunión, admirar el don y vivirlo.

Este informe muestra lo que hay «en la profundidad del pensamiento» —que no es teología— de Segundo. Esforzarse en difundir ese pensamiento, es exponerse a obligar al Magisterio a que, para tutelar el bien de los fieles, deba expedirse acerca de los escritos de Segundo como ha sucedido con los del padre Anthony de Mello [2], y se siga deteriorando entre muchos fieles la confianza en la seguridad doctrinal de los miembros de la Compañía de Jesús, hoy ya duramente cuestionada por muchos.

 

Sí, puede concederse, aunque no con la intención elogiosa con que se ha dicho [3]  , que el pensamiento de Segundo es atrevido. Pero el atrevimiento no siempre es virtud. Lo es cuando se la entiende como el arrojo, propio de la valentía, que es, a su vez, el aspecto activo de la virtud cardinal de la fortaleza. El arrojo es el riesgo a que se expone el valiente en su defensa del bien o en su lucha contra el mal, aún a costa de sí mismo. Pero se llama también atrevimiento, según el Diccionario de la Academia de la Lengua Castellana, a la insolencia, a la falta del respeto debido, o a la inconsideración por la cual alguien presuntuosamente acomete empresas que lo superan o sin consideración de lo que ataca o agravia. En este sentido, el atrevimiento es una forma de la temeridad y de la arrogancia derivada de la soberbia.

 

No es virtud, en un teólogo católico, ese atrevimiento que: «busca nuevas interpretaciones a lo que se presenta como seguro e inmutable», cuando lo seguro y lo inmutable es la verdad revelada, la doctrina de la Iglesia [4] . Hay que considerar un triste fruto de ese atrevimiento que la fidelidad al depósito de la fe sea mal vista y denostada en homenaje a su memoria, repitiendo la frase del prologuista de una de las obras de Juan Luis Segundo: «Querer conservar intacto e intocable el depósito de la fe es la mejor manera de serle infiel» [5].

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¿Ha caducado la guarda del depósito de la fe como misión y tarea? El Nuevo tenor del Canon 750.2 ordena «aceptar y retener firmemente todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres ... que son necesarias para custodiar santamente y exponer fielmente el depósito de la fe». El Juramento de fidelidad prescrito en la Iglesia al asumir un oficio, y vuelto a proponer en la Ad Tuendam Fidem, hace jurar: «conservaré íntegro el depósito de la fe y lo trasmitiré y explicaré fielmente» [6].

 

Es un triste atrevimiento que Segundo ensaye sus dardos contra la espiritualidad de san Ignacio y de los Ejercicios Espirituales. La propuesta de «nueva espiritualidad» que hace Segundo en su libro sobre El Infierno apunta directamente contra la Espiritualidad de san Ignacio de Loyola y sus Ejercicios, dando por caducos elementos perennes de la doctrina católica y que, —si no bastara la experiencia pastoral para mostrar su eficacia salvífica—, el concilio Vaticano II, el Credo de Pablo VI, el Catecismo de la Iglesia Católica y el Motu Proprio Ad Tuendam Fidem exigen no abandonar, porque pertenecen a la esencia de la fe y de la espiritualidad católica: el valor del temor servil donde no ayuda el filial y la vigencia de la doctrina revelada y tradicional sobre el Demonio y el Infierno.

Eso no excluye –naturalmente— que se renueve la formulación y la presentación de ese depósito, pero sin alterar su sustancia. Y para eso, no hay atajos que eviten el largo y fatigoso estudio de la tradición, antes de poder atreverse a reformularla.

 

Los entusiasmos irrestrictos por las doctrinas que divulgó Segundo a nadie hacen bien. Es conveniente, a la par de honesto, reconocer que merecieron reparos, y no descalificar esos reparos para desentenderse de ellos o para amparar la obra de Segundo silenciando a sus críticos. Así jamás se podrá entablar un verdadero diálogo que no sea entre semejantes, ni tampoco se respetará la lícita libertad de expresión que el Vaticano II quiso asegurar en la Iglesia y que debe asegurarse también dentro de la Compañía.

 

Se han citado al comienzo de este escrito las palabras del magisterio del Papa Juan Pablo II y parece oportuno recordar las escritas en ocasión del Cuarto Centenario de la muerte de san Pedro Canisio. Dice el Papa en ese Mensaje a los obispos alemanes, cosas que deben escuchar como dirigidas a ellos los jesuitas de hoy, sobre todo los que de una u otra manera se dedican a la [p. 339] teología, a la catequesis y a la predicación, que es decir la inmensa mayoría. Ante esas palabras las obras de Juan Luis Segundo se enjuician solas. Esas palabras nos convencen de tomar debida distancia de los vicios que señala el Papa a contraluz del ejemplo de san Pedro Canisio:

 

«Pedro Canisio se insertó conscientemente en la corriente de la santa tradición, que los Apóstoles habían comenzado y trasmitido, para que, como tradición viva, uniera a cada nueva generación de fieles con los orígenes de la Revelación en Jesucristo. Canisio reunió en sí la erudición del espíritu, la santidad de vida y, según un ideal típico de su época bajo el influjo del humanismo y el renacimiento, también la belleza y la elegancia de la expresión verbal, de modo que inmediatamente después de su muerte lo llamaron ‘el san Agustín de su tiempo’.

Acercar la ciencia teológica a las Escrituras y a la Tradición, de acuerdo con lo establecido por el Magisterio de la Iglesia, y confirmarla con la vida personal, es un mensaje para todos los que hoy se dedican a la enseñanza de la teología. La obra de Pedro Canisio muestra que la ciencia teológica sólo llega a ser fecunda si se pone al servicio de la verdad revelada. Esta tarea solamente pueden realizarla los teólogos que, con su punto de vista, no se sitúan con espíritu crítico frente a la Iglesia, sino que viven en ella como miembros suyos que creen, esperan y aman. Por eso, el teólogo debe seguir como un sismógrafo los cambios repentinos de la ciencias humanas y, en vez de convertirse en su esclavo, debe analizar sus conocimientos a la luz de la fe y valorarlos desde este punto de vista. Sólo de este modo podrá ser un interlocutor honrado y aceptable para las ciencias profanas, cuyas investigaciones tienen una orientación ética. La Iglesia es, pues, el espacio vital del teólogo. Como el pez no puede vivir fuera del agua, tampoco el teólogo puede ser fiel a su identidad si no enraiza sólidamente en la vida de la Iglesia sus especulaciones y sus interrogantes, sus investigaciones y sus obras» [7].

 

El Sínodo de los Obispos de ambas Américas muestra claramente hacia dónde quieren orientar su pastoral. En el discurso inaugural del 17-11-1997, el Card. Eugenio de Araujo Sales afirmó que «el relativismo filosófico y teológico, característico de nuestro tiempo, es el problema básico: los valores relativos son muy importantes, pero siguen siendo relativos, si se hacen absolutos se vuelven diabólicos». Luego señala: «la desobediencia a la [p. 340] Iglesia manifiesta una pérdida de la mística, una debilitación de la fe y un falso comportamiento, muy opuesto al amor y al ejemplo de Cristo. En un número preocupante de sacerdotes, religiosos y religiosas, la obediencia se está subordinando al raciocinio personal y a las presiones de la opinión pública». Señala luego una inversión de valores que apareja el silenciamiento: «¿Cuántas veces por lo menos en la práctica, el importantísimo trabajo social y socio-político se coloca en el primer plano? No se niega, pero se oscurece la tarea principal de la Iglesia: anunciar el Credo integral, el Dios Trinitario, la Encarnación, la Cruz y la Resurrección, como las mayores verdades que dan la medida y el verdadero significado al mundo entero. La Iglesia, como el sacramento definitivo de la salvación, la moral cristiana como la victoria pascual día a día, la adoración como la gran participación en la vida de Cristo: ¿no son demasiado silenciados estos valores?» [8].

 

Y al cabo de este recorrido crítico por el pensamiento de Juan Luis Segundo suenan particularmente apropiadas estas palabras del Cardenal Darío Castrillón Hoyos: «Las etapas más avanzadas de la secularización, al prescindir de la trascendencia o al ignorarla, se precipitan en la corriente del ocaso de la cultura de la modernidad y en América, como en Europa, se configura la antropología cultural del pensamiento débil» [9].

 

Este informe muestra que la obra de Juan Luis Segundo, como todo el modernismo «católico», pertenece a la modernidad que se hunde en su ocaso y que sería vano querer resucitar.

 

En su libro Teología de la liberación - Respuesta al Cardenal Ratzinger, Juan Luis Segundo advertía: «Deseo dejar esto claro desde el comienzo: Entiendo que mi teología (es decir mi interpretación de la fe cristiana) es falsa si la teología del documento es verdadera o es la única verdadera» [10] y de nuevo: «A fuer de sincero, si esa teología es justa y cabal, la mía, la que he formulado en mis libros desde hace casi veinticinco años, y practicado pastoralmente, es, por cierto, errada» [11]. En esto Juan Luis Segundo no se engañaba.

 

 

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NOTAS

 

[1] Armando Raffo SJ, «Juan Luis Segundo: La Espiritualidad como profundidad de la Teología [evocación de su espiritualidad]» en CIS [Secretariatus Spiritualitatis Ignatianae, Romae] 27-2 (1996), n. 82, p. 44.

 

[2]  Notificación de la Congregación para la doctrina de la fe sobre los escritos del Padre Anthony de Mello, 14.06-1998; Oss. Rom., n. 35, 20-08-1998, p. 5 [481-482]

 

[3] Armando Raffo, art. cit.

 

[4] Armando Raffo, art. cit.

 

[5] Luis Pérez Aguirre SJ, en: Misión de Fe y Solidaridad (Revista de la Prov. Uruguaya de la Compañía de Jesús), n. 62-63 (Jun/Jul 1996) p. 8. El P. Pérez Aguirre repite, omitiendo una precisión importante, lo que dice Ignacio González Faus en el prólogo a El dogma que libera: «Pretender sólo conservar intacto el depósito de la Revelación es una de las mejores maneras de ser infiel a él, de corromperlo y de traicionarlo (la gracia de la tesis está en las palabras en cursiva)» (pp. 14-15). Hans Urs von Balthasar advierte cómo estas tesis atrevidas, por el camino, pierden los matices y la gracia.

 

[6] Carta Apostólica de Juan Pablo II en forma de Motu Proprio Ad tuendam fidem del 10-05-1998; Oss. Rom., 17-07-1998, n. 29, p. 7 [415].

 

[7] Mensaje de Juan Pablo II a la CConferencia Episcopal Alemana en ocasión del IV centenario de la muerte de san Pedro Canisio el 21 de diciembre de 1597.

 

[8] Oss. Rom. (ed. Cast.) (1997), n. 47, p. 11.

 

[9] Card. Darío Castrillón Hoyos, ««Jesucristo vivo, centro del Sínodo. Reflexiones del Pro-prefecto de la Congr. del Clero», en Oss. Rom. (Ed. Cast.) (1998), n. 2, p. 11.

 

[10] Madrid, 1985, p. 27.

 

[11] Op. cit. p. 86.