9. ¿Es teología el pensamiento de Juan Luís Segundo?
«¿Qué es lo que se debe decir de este concepto de
la teología que pretende sustraerla a cualquier criterio normativo?... ¿no está
en contraste con la naturaleza misma de la teología?» (Battista Mondin)
¿Es teología el pensamiento de Juan Luis Segundo?
Para responder a esta pregunta no hay que contentarse con que Segundo crea y
afirme hacer teología, sino que hay que examinar, primero, si las definiciones
que da Segundo de esta ciencia responden a lo que ella es; en segundo lugar si
es teología no sólo lo que se propone hacer sino, y sobre todo, lo que hace de
hecho. Veremos pues primero algunas definiciones que da Segundo de teología.
Luego analizaremos si su pensamiento se ajusta en sentido estricto al concepto
de lo que es la ciencia teológica. Conviene comenzar aclarando, antes, lo que
es teología, para que quede claro cuál es el término de comparación con el
que se mide aquí el pensamiento de Segundo.
9.1 Qué es teología
9.1.1 Sus principios
La teología, o como la llama santo Tomás: sacra
doctrina, es una ciencia que toma sus principios de la revelación misma y
por lo tanto exige y supone que se acepta por fe esos principios.
«La doctrina sagrada es ciencia; porque procede de
principios que nos son conocidos por medio de la luz de una ciencia superior,
que es la de Dios y los bienaventurados... así como la música cree
los principios que le da la aritmética, la doctrina sagrada cree los principios
revelados por Dios»1. Por lo tanto, la teología, toma, por así
decirlo, su luz propia de la revelación de Dios. La teología no toma sus
principios ni de la filosofía ni «de las otras ciencias, sino que por medio de
la revelación los recibe directamente de Dios. Y así no recibe nada de las
otras ciencias como de superiores; sino que se sirve de ellas como inferiores y
siervas, del modo como los arquitectos se sirven de los auxiliares, o lo civil
de lo militar. Y, si hace tal uso de ellas, no es por defecto ni por
incapacidad, sino solamente por la fragilidad de nuestro entendimiento, que, de
las cosas que se conocen por la razón natural, de la cual proceden las otras
ciencias, es levantado más fácilmente a las cosas superiores, que son el
objeto de esta ciencia»2.
Esta ciencia teológica es necesaria para la salvación
del hombre. Porque Dios ordenó al hombre a un fin que excede su comprensión
razonante. Pero es necesario que el hombre conozca su fin, para enderezar a él
intenciones y acciones. Luego fue necesario que le fueran reveladas al hombre,
para salvarse, cosas que exceden la razón humana y las verdades alcanzables
mediante la sola filosofía3.
9.1.2 Su objeto, fin y utilidad: «ancilla fidei»
En cuanto a su objeto, la teología se ocupa
principalmente del Dios que se autorrevela. «La teología no se ocupa por igual
de Dios y de las creaturas. Se ocupa de Dios principalmente; y de las creaturas
en cuanto se relacionan con Dios, como con su principio o fin»4.
Juan Pablo II, ha dicho, releyendo los documentos del
Vaticano II, que la teología surge de una exigencia de la inteligencia del
creyente, quien participando de la luz de la inteligencia divina, trata de
conseguir una sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios
y a su adhesión5. La verdadera teología proviene de la fe y trata
de conducir a la fe. La fe es el punto de partida y de llegada de la teología.
La fe es como el habitus de la teología,
o sea, su principio operativo permanente. El teólogo es, por lo tanto, ante
todo, un creyente que se pregunta sobre su fe para llegar a una comprensión más
profunda de la misma. La fe y la reflexión madura son dos aspectos que están
relacionados profundamente en una verdadera teología católica.
Puesto que la teología nace de una fe que opera una
relación personal de comunión con Jesucristo en la Iglesia, tiene también
connotaciones cristológicas y eclesiológicas. La teología nace de una fe que
es un sí radical a Jesucristo, por lo
que la misma reflexión teológica debe considerarse como una participación de
la mente de Cristo, al mismo tiempo que reflexiona sobre la fe de la Iglesia, en
la que su fe lo introduce. Las perspectivas cristológicas y eclesiológicas
connaturales a la teología ayudan a desarrollar, además de un rigor científico
del pensamiento, el amor a Jesucristo y a su Iglesia. La verdad se busca y se
encuentra en la caridad. Como decía san Buenaventura: «Nadie crea que le baste
la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la búsqueda sin
el asombro, la observación sin el júbilo, la actividad sin la piedad, la
ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la
gracia divina, la investigación sin la sabiduría de la inspiración
sobrenatural»6.
El que enseña a otros teología debe comunicarles y
hacer que se apropien una visión completa y unitaria de las verdades reveladas
por Dios en Jesucristo y de la experiencia de fe de la Iglesia. Hay que
presentar todas las verdades
cristianas y hacerlo de manera orgánica, sin selecciones arbitrarias.
En su reflexión sobre la fe, la teología se mueve
en dos direcciones: primero en dirección a Dios y segundo en dirección del
hombre interlocutor de Dios. Para ir hacia Dios, la teología estudia la Sagrada
Escritura que es «el alma de toda teología»7, los Santos Padres,
la liturgia, la historia de la iglesia, el Magisterio. En la dirección del
hombre, interlocutor de Dios y llamado a «creer», «vivir» y a «comunicar»
a los demás la fe y el ethos cristiano, estudia la dogmática, moral, teología
espiritual y pastoral8.
9.1.3 Fe y Teología
La ciencia teológica es una ciencia para creyentes y
que sólo puede practicarse dentro y desde la fe. Por eso, santo Tomás, cuando
trata de dialogar con los no creyentes, escribe otra obra, la Summa
Contra Gentiles, de índole apologética y no teológica, porque en ella,
los principios de los que parte no son los datos revelados sino los accesibles a
todos los hombres por la mera razón, porque son comunes a creyentes y no
creyentes.
La teología no es, por lo tanto, hablando con
propiedad, interpretación de la fe.
No lo es, en primer lugar, porque ninguna ciencia juzga ni interpreta sus
principios, sino que conoce a partir de ellos e interpreta aplicándolos. Y no
lo es, además, porque la fe no tiene por objeto formal una serie de enunciables
que han de ser interpretados, sino a Dios mismo, en su realidad, que desborda lo
conceptual y toda interpretación. La teología piensa y habla de lo que la fe vive.
La teología tampoco es, pues, traducción
necesaria de una fe o de una revelación ininteligible para el hombre de hoy.
Pues por la fe se ponen en comunión con Dios y su misterio los hombres de todos
los tiempos.
De lo dicho se sigue que no pueden ni deben
identificarse fe y teología, y mucho menos pasar de la ecuación a la sustitución
de la fe por la teología o por un «pensamiento cristiano». El concilio
Vaticano II ha distinguido claramente sus planos respectivos: «las disciplinas
teológicas han de enseñarse a la luz de la fe y bajo la guía del magisterio
de la Iglesia, de modo que los alumnos deduzcan cuidadosamente la doctrina católica
de la divina Revelación; penetren en ella profundamente, la conviertan en
alimento de la propia vida espiritual y puedan convertirse, anunciarla,
exponerla y defenderla en su ministerio sacerdotal»9. No es la
teología la luz de la fe, sino que la Revelación y la fe son la luz de la
teología.
9.2 La teología según Juan Luis Segundo:
interpretación o traducción de la fe
He aquí, ahora, después de lo dicho acerca de la
naturaleza de la teología, algunas afirmaciones de Juan Luis Segundo acerca de
lo que él entiende por teología:
1) La teología es la «interpretación de la fe cuando se vuelve metódica y explícita»10.
2) «Una realidad humana con características propias
no debe carecer de teología, es decir, de una
traducción del mensaje cristiano a la propia realidad. Y sin embargo es lo
que está sucediendo en América Latina»11.
3) «La teología tiene un oficio radical (que
precede y funda todo su desarrollo), que es el de traducir
el mensaje de Cristo en los lenguajes que van apareciendo entre los hombres»12.
4) «Si para algo sirve la teología, es, tal vez,
para captar esos signos [de cambio], cuantitativamente minúsculos quizá, pero
que apuntan todos en una dirección de cambio y progreso»13.
5) «Desde el comienzo de mi quehacer teológico, el
contexto humano de mi trabajo me hizo eludir los dos escollos, a mi juicio más
peligrosos y tentadores de mucha teología académica y aún pastoral: el tener
que enseñar o proponer una parte (o
‘tratado’) de un sistema teológico preestablecido en un programa y (por
ende) sin conexión probable con los intereses y preguntas de los oyentes o
interlocutores»14.
6) «La teología, fuera de los círculos académicos,
no tiene un estatuto propiamente científico. Más que una ciencia, deberíamos
convenir en que es un arte15. O, por lo menos, que responde a un
designio humano que es distinto del que impulsa meramente a conocer la realidad16
[...] Es obvio que, en tal contexto natural, la teología, el saber sobre Dios,
se inscribe dentro de una búsqueda de
sentido para la existencia humana. El diálogo que desemboca en una problemática
teológica lleva siempre dentro de sí un elemento de crisis existencial. O sea,
una cierta dificultad en darle sentido satisfactorio a la vida y a sus
actividades de cara a la historia. De que se perciba esa relación como
satisfactoria dependerá que la teología interese. Esto es, de que cuadre con
el único criterio de verificabilidad que puede caber a un enunciado teológico.
[...] cómo ayudar al hombre a ser hombre hablándole significativamente de Dios»17.
7) «Voy a cometer una voluntaria infracción al código
filosófico en un punto importante [...] me refiero a la distinción radical
entre filosofía y teología y sus respectivas historias [...] En principio la
distinción entre ambas es clara. En la teología, el criterio que decide de lo
plausible de una afirmación es la conformidad con una (supuesta)18
revelación divina. En la filosofía, la misma función la tiene la argumentación
racional o, lo que es lo mismo, en el lenguaje preferido de la teología, la
‘razón natural’. Pero lo que es claro en principio, no lo es tanto en la práctica»19.
Hay que decir que Segundo, en este, como en muchos
otros temas, reconoce en teoría la verdad católica, pero luego se aparta de
ella en la práctica. Y de hecho incurre habitualmente en la reducción de la
teología a una filosofía o a un pretendido «pensamiento cristiano». Esta
reducción de la teología a filosofía, como se recordará, es una característica
definitoria de las gnosis contemporáneas, según Del Noce y, como lo advertía
san Pío X «pensar su fe» es expresión típica de los modernistas.
Juan Luis Segundo ofrece varios argumentos en favor
de su propuesta de no distinguir teología y filosofía. Entre esos argumentos
hay uno sorprendente, que reposa sobre una extraña definición del hecho de la
Revelación, —reducida a tradición—, y que subordina la verdad de la
Revelación —que ya ha relativizado calificándola de «supuesta»— al hecho
de su aceptación: «Si bien es cierto que el cristiano tiene la sabiduría que
se le comunica por tradición como ‘revelada’ o guiada por Dios, nada
en la historia de las ideas religiosas lleva sello alguno que lo acredite como
procedente de Dios, si no es que el hombre, mediante la experiencia y la razón
[...] se persuade de la calidad íntima de las verdades que se le transmiten.
Creer por una obligación impuesta meramente por autoridad extrínseca no sería
fe, sino un fideísmo
que la tradición de fe cristiana rechaza»20.
Esta argumentación de Juan Luis Segundo reclama
nuevos distingos pues expresa el principio inmanentista propio del modernismo y
que san Pío X señala en la encíclica Pascendi.
La fe es, por definición, aceptación de la autoridad del Dios que se revela, y
aceptar esa autoridad no puede llamarse fideísmo. Dios se ha revelado por
hechos y palabras intrínsecamente vinculados que se nos han trasmitido por la
Sagrada Escritura y la Tradición apostólica. Creer al testimonio externo de la
predicación de la Iglesia tampoco puede llamarse fideísmo. Por otro lado no
hay «sello» ni «signo» que sea reconocible o legible sin fe. La fe es un don
divino que permite reconocer los signos y el sello de Dios que se revela. Juan
Luis Segundo afirma que el hombre llega a la aceptación de fe mediante la
experiencia y la razón. Es cierto que ellas anteceden el acto de fe, pero no
bastan para suscitarlo, ni son su fundamento. Es evidente que no son su causa
eficiente, puesto que serían insuficientes para suscitarla por sí solos, sin
una Revelación histórica exterior y sin la gracia interior. Lo que falta en el
razonamiento de Juan Luis Segundo es, precisamente, tomar en consideración la
Revelación exterior y la gracia interior necesaria para asentir a ella.
Como se ve, predomina en el pensamiento de Juan Luis
Segundo la definición modernista de teología como traducción o interpretación, unas veces de la fe, y otras veces
del dogma. Bien poco cuentan los contenidos de la fe como principios de la ciencia teológica, si para que resulten «inteligibles»
se exige que sean interpretados y explicados por los principios de otras
ciencias: «El dogma, como cualquier otro mensaje vehiculado por hombres, debe
ser bien interpretado. Lo cual supone no sólo traducción correcta cuando se
trata de lenguas diferentes, sino todo el trabajo histórico necesario para
viajar desde la letra muerta del mensaje a la significación viva, hoy, de lo
que con él se pretendía trasmitir ayer. Como se comprenderá fácilmente, esto
requiere un importante trabajo de interpretación (=hermenéutica) histórica.
Habrá que reconocer, entre otras cosas, cuál era el problema que se debatía o
la crisis que se sufría cuando tal mensaje fue elaborado como respuesta»21.
Juan Luis Segundo ha querido ahorrar a su público
los tecnicismos de la «teología-ciencia de especialistas», pero lo confronta
ahora con tecnicismos de especialistas en filosofía y en historia, y con un
pensamiento hermético para el común de los creyentes. ¿Por qué no emplear
ese tiempo, energía y neuronas, —de los que se suponía no disponían los
laicos a los cuales, por eso mismo no se les podía hacer una exposición teológica
más completa—, en presentar el misterio trinitario y la cristología? El
lenguaje del dogma no es comprendido las más de las veces, no porque sea «una
letra muerta», sino por la ignorancia de los que no lo comprenden y la de los
que debieran enseñar y explicar la doctrina. Se comienza ahorrando tiempo de
exposición teológica y se termina derrochando tiempo en exponer largamente
otras disciplinas quizás más «académicas» aún: filosofía, historia,
sociología y ciencias naturales.
Se recordará cómo el pensamiento modernista y gnóstico
se presenta como una reinterpretación de los datos de la fe para hacerlos más
aceptables y comprensibles al hombre moderno, pero que termina en una
hetero-interpretación de la fe a la luz de las ciencias humanas.
También en tiempos de san Ireneo, la gnosis antigua
se presentaba como una «hermenéutica» es decir como una interpretación de la
fe. «Lo que caracteriza al principio hermenéutico del dogma católico, según
san Ireneo, es que en él la economía trinitaria, la confesión apostólica y
el orden eclesiástico constituyen un solo y único ‘esquema’ que es el
criterio mismo de la verdad revelada»22. Dicho con otras palabras:
el lugar hermenéutico es la comunión en el único Nosotros Divino-apostólico-eclesial.
Sólo entiende el que pertenece. Misterio
y Koinonía se retroalimentan. La Comunión, por la fe, permite conocer a
las personas que integran el Nosotros, entenderlas, entender lo que dicen y
entenderse entre ellas. El acto hermenéutico, es un fruto de gracia del Espíritu
Santo, es decir un don de la comunión, y no un acto de conocimiento solipsista,
entendido, de manera naturalista, como «meramente natural»; o como la
inmanencia vital y la experiencia inmanente modernista.
9.3 Teología para laicos en-crisis-de-fe
Juan Luis Segundo comienza su obra de divulgación
teológica proponiéndose hacer «teología» para laicos en crisis de fe, y
postulando la incomprensibilidad de los contenidos de la revelación y de la fe:
«únicamente si aceptamos que muchas de nuestras afirmaciones [de fe] son
absolutamente incompatibles con una mentalidad moderna, advertiremos la
importancia de esta justificación que
nace de una fe confrontada al mundo»23.
En estas afirmaciones de Juan Luis Segundo se
reflejan los principios modernistas de la transfiguración
y la desfiguración. La fe, penetrando
el fenómeno de la vida humana, de cierta manera lo transfigura, lo eleva sobre
su condición natural y lo adapta a recibir la forma de lo divino. Pero al mismo
tiempo que la fe transfigura el fenómeno, lo desfigura y lo deforma, porque lo
sustrae a sus condiciones de espacio y tiempo y le atribuye aquello que en
realidad no tiene, especialmente si se trata de hechos sucedidos en épocas
remotas. De ahí proviene la doctrina modernista acerca de la necesidad que
tiene el hombre de pensar o interpretar su
fe24.
Juan Luis Segundo no se refiere a la
incomprensibilidad intrínseca de los misterios revelados y creídos, sino a la
dificultad para aceptarlos que surge de que estén en contradicción con la «mentalidad
moderna».
Se trata, pues, de justificar la fe ante el
pensamiento moderno, aludido sin embargo con el término «mundo», que lo
presenta como un hecho objetivo y no como una interpretación y una filosofía:
«Nuestro contemporáneo posee una visión
y una experiencia propia del mundo, de los otros y de sí mismo... Esta visión
del mundo pregunta a la fe... existe en el creyente la convicción de que la fe
puede en verdad contestar estas grandes cuestiones»25. Se trata,
pues, de interpretar de tal manera la fe, que se haga aceptable al mundo o que
le dé las respuestas que busca.
El planteo que hace aquí Juan Luis Segundo confundirá
necesariamente a muchos porque reposa en una confusión. Es cierto que la fe
responde a preguntas que el hombre lleva en su corazón. Pero esas preguntas son
las preguntas eternas, que son válidas en todas las épocas. Son precisamente
aquellas preguntas que el paso de las edades de la historia no puede alterar
porque pertenecen a la naturaleza misma del hombre y de su relación con Dios.
En realidad, propiamente hablando, la fe no está destinada a responder aquellas
preguntas a las que alude Segundo, que son producto del cambio de los tiempos y
dependientes de las cambiantes visiones del mundo. Se ha dicho acertadamente
que: «si se desea hablar eficazmente al hombre y no al envoltorio efímero que
lo contiene, hay que hablar al hombre en cuanto hombre; y por lo mismo, si se
quiere llegar al ‘hombre de hoy’, hay que apuntar al ‘hombre de
siempre’. Los discursos programados ‘para los hombres de nuestro tiempo’
no calan más allá de la cáscara y no llegan a la verdadera sustancia del
hombre»26.
En este sentido y respecto de esas visiones «actuales»,
la Revelación de Dios no trae respuestas sino que plantea preguntas de Dios,
que el hombre de todos los tiempos está llamado a responder. No es «la fe» la
que tiene que justificarse ante el pensamiento moderno o ante el «mundo de hoy»,
sino «el mundo de hoy» el que tiene que justificarse ante el Dios eterno de la
fe. Por lo que el pensamiento de Segundo falsea, de entrada, el planteo del
problema. De esas premisas sólo pueden salir los resultados que están a la
vista.
«Hoy hemos tomado conciencia —insiste Segundo—
de que la expresión de la fe (y la Biblia en cuanto expresión de la fe) no se
agota con una determinada concepción del universo y del hombre»27.
La imprecisión del lenguaje sigue siendo aquí fuente de confusiones que traen
graves consecuencias. Juan Luis Segundo viene hablando de la fe y ahora pasa a
hablar de la expresión de la fe. ¿Qué
entiende por este singular «la expresión de la fe»? ¿La profesión de fe? ¿Los
dogmas? ¿La ciencia teológica? El singular sugiere que las abarca todas y que
se refiere a todas y cualquiera de ellas por el mero hecho de ser «expresión»
de ese «sentimiento» confuso en que consisten tanto la fe como la revelación
para los modernistas.
Pero no toda expresión de la fe es tan caduca ni tan
reformable como Juan Luis Segundo aspira a que lo sea. El Credo es la expresión
privilegiada de la fe y por su naturaleza misma, es irreformable. Sin embargo no
se ha vacilado en amasar confesiones de fe al gusto privado. Cuando el
pensamiento modernista llega a enturbiar esta certeza de fe se ven proliferar en
la liturgia «credos» inventados arbitrariamente de las más diversas y
peregrinas facturas ideológicas. «Credos» que expresan convicciones que no
son las de la fe de la Iglesia.
Juan Luis Segundo confunde los niveles del lenguaje
religioso en el que se expresa la fe. Y lo hace porque el pensamiento modernista
los concibe en forma confusa y monista, identificando revelación con fe, fe con
profesión, profesión con teología y kerygma con catequesis.
Hay aún que continuar aclarando. La Biblia no es,
como dice Juan Luis Segundo, vehículo de
la fe. La palabra vehículo
sugiere que es algo del que uno puede bajarse para tomar otro. La Escritura es fuente
de la revelación en la que se cree.
Es falsa la afirmación de Juan Luis Segundo: «por
Biblia se entendía una determinada concepción del universo y del hombre
elaborada en un momento histórico». Ciertamente no es la Iglesia la que lo
entendía así. En cuanto que contiene la Revelación de Dios y tiene a Dios
como autor, no puede considerársela como mero
producto de la elaboración del hombre, ni puede relativizarse su contenido y
valor revelatorio porque haya sido «elaborada por el hombre» en un momento
histórico. Estas formulaciones de Juan Luis Segundo no reflejan la fe de la
Iglesia ni su doctrina de la inspiración de la Sagrada Escritura, por la cual
sus libros «tienen a Dios por autor». Proponen en cambio graves inexactitudes
y deformaciones cuya índole modernista, a esta altura, resultará evidente.
«Las respuestas que la fe va dando al encarnarse en
estas situaciones inéditas muestran al creyente ‘lo que cree’ —el
contenido de su fe—, al mismo tiempo que la justifican»28.
Aquí está confundiendo Juan Luis Segundo la fides
qua con la fides quae, es decir la fe con que se cree de lo que es creído.
Pero además está aplicando los principios modernistas de la transfiguración y
deformación. Las conclusiones que saca de esta confusión son erróneas. El que
responde a las situaciones históricas individuales o epocales es el creyente.
Lo hace no sólo con su fe, sino con su caridad, con su esperanza, con su
paciencia, con su fortaleza, con su celo, con su parresía... todo esto lo hace,
naturalmente, desde su fe. Pero no como desde un teorema sino desde una comunión
y guiado por los dones del Espíritu Santo, entre los cuales, el don de ciencia
y el de consejo, con la virtud infusa de la prudencia, se refieren
particularmente a las situaciones concretas.
La respuesta a las situaciones cambiantes, puede
darlas el creyente desde el misterio inmutable y la comunión, y la experiencia
de los santos demuestra a la Iglesia que así es.
El contenido de la fe es antecedente y no consecuente
a su ejercicio. La vida cristiana tiene su origen y fuente en la fe y no
viceversa. Esta afirmación de Juan Luis Segundo proviene del principio
modernista de la «deformación» y de la necesidad postulada por el modernismo
de «repensar la fe» para lograr entender el sentimiento o necesidad vital
oscura en la que se origina y en la que, en el fondo, consiste.
Pero tampoco puede dejarse pasar la afirmación de
que la fe se va «encarnando» en situaciones. Es teológicamente abusivo
extrapolar el misterio de la Encarnación.
Nada hay en la vida de la Iglesia ni en la vida del creyente a lo que pueda
aplicarse con sensatez teológica el calificativo de «encarnación». Este término
ha de reservarse para el hecho único e irrepetible de la unión entre la
Persona divina del Hijo y la naturaleza humana asumida en ella.
Juan Luis Segundo prosigue explicando: «De este modo
—hoy más que nunca— se destaca la diferencia entre una teología-ciencia de
especialistas, subdividida en diversas ramas, y ‘otra’ teología que arranca
de una fe-en-crisis»29.
¿Qué hacer con la fe en crisis? La Revelación nos
lo dice tan claramente que no queda sino atenerse a lo mandado so pena de errar
el camino como le pasa a Juan Luis Segundo. Éste parece ignorar que la teología
misma ha profundizado en las palabras que contiene la Revelación acerca de esa
situación del cristiano-en-crisis-de-fe o sea el que duda o al que le falta fe.
Jesús reprocha a sus discípulos ser hombres de poca fe. A los judíos porque
pedían signos. A los creyentes en crisis de fe, por lo tanto, es ineludible
empezar por explicarles el mensaje de la Revelación relativo a su incredulidad,
en vez de proceder a adaptarles la Revelación, rebajándola, para hacerla
aceptable a su «fe»-en-crisis, que Jesús llamaría simplemente «falta de fe».
No se trata de rebajar la fe a la capacidad del incrédulo, sino de levantarlo a
la fe. Mientras no cree, o duda, la teología no es lo indicado para él. «A
los que están fuera» [de la fe] todo se les ha de exponer en parábolas, o sea
en semejanzas naturales, aptas para hacerlos pasar de su actitud naturalista a
una actitud abierta al misterio, que los dispone para la fe30.
San Pablo enseña de una manera a los corintios, que
son todavía niños y a los que no puede darles alimento sólido, y de otra
manera a los Efesios a los cuales les habla del misterio. Pero todos son
creyentes y como tales son exhortados. A los primeros los exhorta: «sed
imitadores míos». A los segundos los exhorta a imitar directamente a Cristo.
No se puede dar churrasco a los lactantes porque se arriesga atragantarlos.
Tampoco es discreto dar teología a quien está en crisis de fe.
La pregunta que no se plantean estos pensadores es:
¿En qué medida es causa de esas crisis de fe esa cultura moderna que se
presenta como incompatible con la fe católica?
En su elección inicial de un público en crisis de
fe como destinatario de la teología, hay una confusión acerca de las
propiedades y de los destinatarios de la ciencia teológica y de los frutos que
se pueden esperar de ella. La teología, en efecto, como se ha visto, es ciencia
de los creyentes sobre lo que creen y para los que creen. Para la incredulidad,
sea la de quienes dudan de su fe, o de los que se dicen creyentes o la de
quienes se declaran no creyentes, nada tiene que hacer la teología, pues ellos
no aceptan sus principios o dudan de ellos.
La fe es «asentimiento» y, por lo tanto, es
incompatible con la duda. Se excluyen mutuamente, porque la duda es vacilación
o suspensión del asentimiento. Es decir: lo contrario de la fe31.
Donde no hay asentimiento firme no hay fe32. Un creyente en
crisis-de-fe no puede ni hacer ni entender teología, porque no está convencido
de los principios de esta ciencia sino que duda acerca de ellos. Y no aceptándolos
como principio de conocimiento, no puede sacar de ellos nuevos conocimientos
derivados y apoyados en esos principios. El proyecto de teología para laicos de
Juan Luis Segundo, por lo tanto, está metódicamente desencaminado desde el
vamos. Y sería demencial e inexplicable si el proyecto modernista que denuncia
la Pascendi no le ofreciera un marco
de referencia y una patria de brumas donde instalarse para hacerse pasar por
teología cuando, en realidad, es un pensamiento que disuelve la fe.
La ciencia que defiende los principios de la fe ante
las dudas de los creyentes o de las impugnaciones de los no creyentes, es la apologética,
no la teología. Y la Pascendi es la
Carta Magna de la apologética antimodernista, que habría que explicar al
creyente tentado y enredado en los lazos de la modernidad.
¿Cuál es —en cambio— la finalidad y el objeto
de la «teología» que Juan Luis Segundo quiere ofrecer a esos laicos en crisis
de fe? La finalidad de Juan Luis Segundo es triple. Primero es «justificar la
fe», «enfrentada a los problemas de la historia humana», «a los problemas
verdaderos que hacen nuestra historia», y de esta manera también «mostrar el
contenido de nuestra fe» y por fin suministrarle al cristiano «el signo más
persuasivo del origen divino de ese mensaje que propone la fe»33.
¿Por qué —según Juan Luis Segundo— tiene la fe
necesidad de ser «justificada» y ante quién? Juan Luis Segundo propone a este
propósito el principio de la «aceleración de la historia». Es un punto de
partida, una premisa del pensamiento de Segundo. Ya desde el comienzo de su obra
formula este principio de su pensamiento en estos términos: «la necesidad de
justificar la fe y sus contenidos ante la mentalidad moderna».
Nótese bien cómo el pensamiento de Segundo se
presenta, pues, como un pensamiento en busca de la aprobación del mundo: La «humanidad conoce la aceleración de
la historia como fenómeno permanente, integrante definitivo de su historia.
Este avance acelerado posee [sic] —como lógicamente era de prever— fuertes
repercusiones sobre la fe cristiana. Expresada ésta en un lenguaje distinto del
actual, nuestro contemporáneo la encuentra extraña, objeto de museo»34.
9.4 La teología y la fe juzgadas por el interés
existencial
Juan Luis Segundo encuentra normal que quien expone
la fe a los laicos-en-crisis pueda conformarse con exponer «una parte», de la
teología. En los hechos resultará que se les explicará sólo una parte, también,
de los misterios y dogmas de la fe. Es decir aquella o aquellas partes que se
considera que son relevantes para la situación vital de los mismos.
¿De acuerdo a qué principios de discernimiento se
hace esta selección de las partes relevantes o irrelevantes de la teología y
del misterio cristiano? ¿Quién juzgará de las verdades, dogmas, o misterios
que hay que exponer y de los que pueden ser tranquilamente relegados y excluidos
por irrelevantes? El principio es extrateológico, no es una verdad revelada
sino que «parte» del mundo moderno. Es decir, su principio es de orden extrínseco
a la revelación y la teología y, en el fondo, es el «interés existencial»
que siente el hombre. Ese es el
equivalente, en el pensamiento de Juan Luis Segundo, del «sentimiento» en el
que el pensamiento modernista pone su «revelación inmanente».
Necesariamente, pues, la historia, la sociología y
otras ciencias humanas, dictaminarán sobre la relevancia o irrelevancia de los
tratados teológicos, de los dogmas y misterios que se han de exponer o de
omitir. Y se verá que a las ‘ciencias-de-especialistas’ se le presta en las
obras de Juan Luis Segundo la atención y el tiempo que parecía excesivo
prestar a la «teología-ciencia de especialistas» y se propende a hacer de la
teología más un arte que una ciencia.
Dice Juan Luis Segundo: «Esta teología al nivel de
las cuestiones existenciales del cristiano posee límites y virtualidades
propias. En esta introducción no vamos a entrar en su descripción. [...] En
primer lugar, este tipo de teología obra una reducción. No se trata de exponer
los avatares de una doctrina de veinte siglos de historia accidentada.
Reducimos, así, la multitud de enunciados dogmáticos a ciertos misterios
fundamentales de la Revelación que dan razón de nuestra fe. En segundo lugar,
ella parte y tiene en cuenta esencialmente el mundo dentro del cual vive y obra
nuestro contemporáneo»35. Efectivamente los análisis sociológicos,
históricos, psicológicos, las anécdotas y los ejemplos ocuparán el lugar que
deja libre la exposición de la ciencia teológica integral.
Pero ¿es lícito proceder a una selección de partes
de la doctrina o del dogma?. El símbolo de la fe es una unidad indesguasable,
es un todo que no se puede desmembrar. Y esa exigencia de unidad y totalidad se
extiende a todos los modos de enseñanza que han de trasmitir esa fe entera y única:
la doctrina sagrada, ya sea catequística, ya teológica. «La formación teológica
es una tarea sumamente compleja y comprometida. Ella debe llevar a poseer una visión
completa y unitaria de las verdades reveladas por Dios en Jesucristo y de la
experiencia de fe de la Iglesia; de ahí la doble exigencia de conocer
‘todas’ las verdades cristianas y conocerlas de manera orgánica, sin hacer
selecciones arbitrarias»36. Juan Luis Segundo alega que «es
evidente que la teología-ciencia de especialistas no podrá ser jamás una
teología para el común de los mortales37. Ni para el común de los
mortales laicos, ni para el común de los mortales clérigos38... La
teología como ciencia será siempre tarea de una estricta minoría. La fe por el contrario no puede jamás ser privilegio exclusivo de
unos pocos»39.
Juan Luis Segundo crea un equívoco al limitar, de
partida, la teología a los especialistas. Es cierto que puede hablarse de una
teología super-especializada con un grado tal de sofisticación del lenguaje y
del pensamiento que sea inaccesible incluso para muchos seminaristas y
sacerdotes. Pero esa no es toda la teología que se puede llamar científica y
no es de especialistas, sino una ciencia sobre la revelación que es bien
accesible no sólo a los clérigos sino a muchísimo laicos con una preparación
nada extraordinaria. Existen excelentes teologías para laicos que exponen orgánicamente
todo el objeto de la teología y son
accesibles a laicos y sacerdotes de mediana inteligencia y preparación40.
Tampoco hay que tener en tan poco la capacidad de los laicos para abarcar una
visión completa de la teología católica, lo que sería hacer ofensa a su
inteligencia. Si son capaces de comprender las impugnaciones de los puntos de
vista católicos tradicionales, lo serían también de comprender su exposición.
Es verdad que la teología-ciencia-de-especialistas
no podrá ser jamás para el común de los creyentes mortales. Pero hay una
teología ciencia de teólogos, y serios, a la que podrán tener acceso los
laicos y deberán tenerlo los seminaristas y sacerdotes a quienes así se lo
prescriben el Concilio, los Cánones y, antes que ellos, el sentido común, por
ser indispensable para el ejercicio responsable de su profesión. Es cierto que aquélla
teología no es para todos. Pero sí lo es la doctrina
de la fe, que se trasmite en la catequesis.
Lo que debía haber brindado Juan Luis Segundo a un público
incapaz de recibir una enseñanza teológica completa era, antes, una presentación
completa de la doctrina. Pero nunca
una selección de temas teológicos, barajados con consideraciones filosóficas,
históricas, políticas, morales y sociológicas y diluidos en ellos. El que no
está, por la fe y la doctrina, en posesión de la totalidad del misterio
cristiano, no sólo no es capaz de recibir todos los contenidos teológicos,
sino que mal puede recibir ni siquiera algunos, por selectos que sean. Ignorando
el conjunto de la ciencia teológica, permanecerá siempre en situación de
dependencia intelectual, pero con la falsa ilusión de saber. Y lo que es peor,
se formará una idea confusa de los límites entre la ciencia teológica y las
demás ciencias.
Peor aún, muchos que eligen entre los artículos del
credo cuáles son creíbles y cuáles no, y se hamacan en la falsa ilusión de
ser creyentes cuando en realidad, habiendo dejado de creer hace tiempo, son en
la actualidad meros opinantes. En vez de ser sacudidos y despertados de su engaño,
se ven como justificados y confirmados en sus hairesis. Hairesis, o herejía, es una elección caprichosa de
algunos contenidos de la fe cristiana, que se arrancan de su conjunto y se
injertan en otro, hetero-interpretándolos desde su nueva Gestalt.
A esa «teología dentro de los límites del interés
existencial», como puede llamarse la «teología para laicos» de Juan Luis
Segundo, puede aplicarse de algún modo lo que Karl Rahner decía acerca de la
teología política: «Creo que esa teología debe aclararse más sobre lo que
realmente pretende en cuanto ciencia teológica. Debería ser más concreto y
explicitar cuál es su relación, por ejemplo, con la doctrina trinitaria, con
la mariología o con los sacramentos. Si esa teología dice que tales temas [o
enteros aspectos de los tratados] no tienen interés para ella, entonces no sería
una teología católica y caería en una teología sectorial de la doctrina
social cristiana, lo que, evidentemente, no quiere ser la teología política»41.
De hecho, el pensamiento de Juan Luis Segundo es
también un pensamiento sectorial, aunque tenga la apariencia de abarcar todos
los campos de la dogmática porque habla de todos ellos; no da una visión cabal
sino selectiva de ellos, de acuerdo al «interés existencial» de su auditorio
de laicos en crisis de fe. Por lo que, aunque parezca polisectorial, no deja de
ser tan sectorial como los intentos de teología política42.
De estos intentos de justificar la fe por algo que no
es ella, y que redundan necesariamente en una pseudo-teología, ha dicho Hans
Urs von Balthasar: «El intento de reducir la religión a ética, el amor de
Dios y el amor personal de Cristo a amor al prójimo, contradice hasta tal punto
a toda la norma o canon de santidad de la Iglesia, que se la debiera deslindar
claramente de la tradición y denominarla, por ejemplo, como
‘neocatolicismo’»43.
Así se justifica lo que se adelantara en la
introducción: que intentando Juan Luis Segundo lanzarse al salvataje de los
creyentes en peligro de apostatar, les arroja un salvavidas de plomo, que los
fondea en las aguas de la apostasía anónima.
9.5 «Pensar en cristiano»
¿Cuál es el método utilizado por Juan Luis Segundo
para lograr los objetivos de su «teología»? En el libro que él llama «póstumo»,
y que por lo tanto representa la madurez de su pensamiento, Segundo afirma que
lo que él ha querido hacer, es en realidad «pensar
en cristiano». Un modo de pensar que, a diferencia de la teología, no toma
sus principios de la revelación, contenida en la Sagrada Escritura y la Tradición,
sino que hace de la teología una
interpretación del dogma, en la cual, ni siquiera el mismo dogma es
principio, sino objeto, que se interpreta a la luz de principios cuya índole
es, al parecer, histórica.
Explica Segundo: «Lo que a mí se me exigía era la
progresiva formación de un modo de pensar cristiano global que pudiera arrojar
luz sobre la realidad compleja en la que la fe de un grupo (preferentemente) de
laicos se hallaba comprometida. [...] Así expresada la tarea teológica puede
parecer simple y hasta corriente. Pero está lejos de ser una cosa o la otra
[...] Al no ser mis interlocutores ni alumnos de un curso teórico de teología
ni simples activistas tratando de justificar y animar con elementos de
cristianismo lo que ya estaban haciendo, la relación teoría-praxis se volvía,
es cierto, extraordinariamente exigente y compleja. Pero por otra parte, también
se alejaba de esos puntos concretos tanto teóricos como prácticos, más
sensibles y peligrosos, a los que antes hacía referencia»44. «Tenía
más bien que enseñar —si por enseñar se entiende apoyar una reflexión— a
‘pensar en cristiano’. Y por poco que ‘pensar’ y aún ‘pensar en
cristiano’ tenga alguna consistencia, habrá de ser algo previo a tal o cual punto de doctrina o de moral. El pensar en
cristiano o como cristiano no puede prepararse o desenvolverse ofreciendo
primero una lista de las ‘cosas’ que hay que afirmar, como, por ejemplo, que
el Sumo Pontífice es infalible, que las substancias del pan y del vino pasan a
ser otra substancia en el sacramento de la eucaristía [...] para luego indicar:
aparte de eso, puede usted (en lo demás) pensar como guste»45.
Pareciera que, en vez de ser principio de
conocimiento, en este «pensar cristiano», la revelación, fuese algo abstruso
que necesita ser aclarado por medio de principios de interpretación ajenos a
ella: «El dogma, como cualquier otro mensaje vehiculado por hombres, debe ser bien
interpretado. Lo cual supone no sólo la traducción correcta cuando se
trata de lenguas diferentes, sino todo el trabajo histórico
necesario para viajar de la letra muerta
del mensaje a la significación viva, hoy, de lo que con él se pretendía
trasmitir»46.
Lo que exige sobre todo el dogma para ser entendido, es que no se lo reduzca a una lista de
cosas que hay que afirmar, sino que se lo entienda como un todo orgánico cuya
unidad viene del Misterio mismo que se revela, así como de la Comunión de fe,
de gracia y caridad eclesial, que es su lugar hermenéutico. A ese lugar hermenéutico
pertenece integralmente, como parte esencial del misterio de la Iglesia, su
Magisterio.
Ya se ha visto, en el capítulo cuarto, cuál es la
actitud de Segundo ante el Magisterio. Pero es aquí el lugar de agregar algunos
ejemplos del tono poco «comunional» que usa Segundo en sus referencias al
Magisterio de la Iglesia.
Refiriéndose a la peligrosidad del tema que aborda y
a las reacciones que pueda desatar, ha dicho antes Segundo: «Esta obra es póstuma,
porque pone en peligro a las restantes. O, si se prefiere, porque constituiría
un peligro para las demás, sobre todo si no fuese la última. Así se podría
decir que debería ser estrategia fundamental el esperar a que las demás
brotasen y echasen raíces, y raíces fuertes, antes de someterlas al clima rudo
y exigente que tal vez desatará ésta. Me estoy refiriendo, como ya habrá
percibido el lector, a los peligros ‘climáticos’ por los que atraviesa hoy
la teología en la Iglesia Católica. La cúpula de ésta parece experimentar
cada vez más dificultad en dejar tratar al aire libre, públicamente, ciertos
problemas... no es tanto la lógica cuanto el olfato lo que puede orientar en
esta materia»47.
«Desgraciadamente, la hipersensibilidad de la
Iglesia oficial en tales puntos... hace que cristianos... se precipiten sobre
los libros que desafían las pretensiones —también desencarnadas— del
magisterio eclesiástico»48 «¿Cree por ejemplo, la Congregación
para la Doctrina de la Fe que las definiciones dogmáticas de los primeros
concilios ecuménicos son reformables?»49.
La decisión de Pablo VI en la Humanae Vitae es comentada así: «Se trata allí de una prohibición
moral muy separada del centro (y de la riqueza) del mensaje cristiano, causa de
problemas serios y dudosos, por justificada que esté, y, para colmo de males
(pedagógicos), de una posición autoritaria tomada contra la mayoría de los teólogos
consultados y contra la mayoría de los argumentos volcados en la discusión. En
resumen algo bastante atípico y periférico en materia dogmática». Y explica,
en nota, los motivos por los cuales considera inconveniente expresar —al mismo
tiempo que lo hace— su opinión de que la Humanae Vitae está equivocada. Es porque teme que una posible
desautorización de Roma pondría en peligro la autoridad de toda su obra: «En
la práctica, yo no pondría jamás en un platillo de la balanza lo que he
tratado de comunicar acerca de lo central
de la fe cristiana, frente a la posible desautorización teológica (que
ante el laico se extendería sin restricciones) que vendría de expresar mi
opinión teológica de que la Humanae
Vitae está equivocada. Lo que hoy hago [tomar entre manos al dogma mismo],
lo hago después de pensar que las cosas más centrales e importantes quedan al
abrigo de excesos autoritarios. Pero
tampoco puedo dejar de lado una problemática que es real en las personas con
quienes trato»50.
9.6 Lo que no es teología
Juan Luis Segundo comienza, aparentemente, haciendo
teología, pero luego su reflexión termina volviéndose contra su punto de
partida y destruyendo sus principios. Ya hemos visto cómo Tambasco le reprocha
que el punto de partida de su razonamiento y de su círculo hermenéutico sea
siempre el social y no el de la fe, como correspondería a un pensamiento teológico.
También Battista Mondin se pregunta acerca del
pensamiento de Juan Luis Segundo: «¿Qué es lo que se debe decir de este
concepto de la teología, que pretende sustraerla a cualquier criterio
normativo? Esta reivindicación de completa libertad por parte del teólogo, no
sólo frente a las ciencias humanas, sino también ante la Palabra de Dios ¿es
legítima, o no está por el contrario en
contraste con la naturaleza misma de la teología, que tiene que ser ante
todo y sobre todo humilde y atenta escucha e la Palabra de Dios, y después
inteligencia y anuncio de esta Palabra de salvación?»51.
Se puede decir del pensamiento de Juan Luis Segundo
lo que se ha dicho del pensamiento de J. B. Metz, a cuya corriente de
pensamiento pertenece, negándole a su teología
política precisamente su condición de seguir siendo teología: «se aparta del campo de las reflexiones teológicas, en
cuanto que abandona la tradición teológica y vive de reflexiones políticas
inmanentes»52.
Eduardo Rodríguez Antuñano ha señalado el vacío
teológico de la cristología de Juan Luis Segundo en estos términos: «la
‘estructura formal’ de la cristología implícita en el esbozo teológico
del autor (Juan Luis Segundo), a pesar de poner todo su énfasis en la libertad
para la historia, no toma realmente en serio a ésta, pues no tiene nada que
decir sobre ella, salvo que es un proceso de aprender a aprender a través de
las ideologías»53.
Para Juan Luis Segundo, la teología es,
principalmente, una interpretación de la fe y el magisterio representa «una
teología más», es decir «otra interpretación posible»: «Entiendo que mi
teología (es decir, mi interpretación de
la fe cristiana) es falsa si la teología del documento es verdadera»54.
La insuficiencia de esta definición salta a la vista. No cualquier «interpretación
de la fe» es teología. También Kant, Hegel, Feuerbach y Marx, Loisy, Tyrrell
interpretan la fe cristiana, y nadie pretenderá que su pensamiento pueda
llamarse teología.
Es característico de las corrientes de pensamiento a
las que se afilió Juan Luis Segundo, someter la fe a un principio de
interpretación, previo y exterior a ella, y que a su vez no es sometido a la
fe, que, sin embargo es el principio supremo de interpretación. A esas
interpretaciones de origen racionalista e idealista que someten la fe y sus
misterios a una reducción antropológica no se las puede considerar teología
sino analógicamente, en cuanto que se ocupan de los mismos temas que la teología.
Pero además, como se recordará, Juan Luis Segundo
se desentiende de los contenidos de la misma, afirmando que lo que importa no es
lo que enseña sino que nos enseña a aprender por nosotros mismos. Esto tiene
consecuencias para entender en qué sentido puede seguir llamándose o no «teología»
a su pensamiento.
Por fin, la teología sólo puede tener lugar en
la Iglesia. «Pensar en cristiano» al margen de esa comunión, que obra el Espíritu
Santo infundiendo la caridad, es algo inimaginable o ilusorio. «Pensar en
cristiano» es «pensar en Iglesia» y eso significa pensar en comunión con el
Magisterio y dejándose enseñar por él. Ante el Magisterio, también el teólogo
forma parte de la Iglesia discente y debe mantener la «docilidad», es decir la
«docibilitas», o sea la disposición para dejarse
enseñar en asuntos de fe y moral.
La Instrucción de la Sagrada Congregación para la
Doctrina de la Fe sobre La Vocación
eclesial del Teólogo, del 24-05-1990, explica las formas y causas próximas
y remotas del fenómeno, tan extendido, del disenso de ciertos teólogos con el
Magisterio. La Instrucción recuerda, desde el título, que la vocación del teólogo
es una vocación «eclesial», que sólo se entiende dentro del Misterio de
comunión de la Iglesia y al servicio de su Misión. Y dice: «En teología, la
libertad de investigación se inscribe dentro de un saber racional cuyo objeto
ha sido dado por la Revelación, trasmitida e interpretada en la Iglesia bajo la
autoridad del Magisterio y acogida por la fe. Desatender estos datos, que tienen
valor de principio, equivaldría a dejar
de hacer teología» (n. 12). Y Segundo ha dejado de hacerla por ese preciso
camino.
9.7 El contraataque de Juan Luis Segundo a la teología
«académica»
Juan Luis Segundo, acusando el golpe, aunque no le
iba nominalmente dirigido, le ha devuelto a los críticos de la teología
política el reproche que le hacen a ésta de no ser propiamente teología.
Lo ha devuelto afirmando que la teología
académica es también política e ideología y de la peor clase, por ser
aliada y convalidadora del statu quo.
Esta acusación va más allá de la teología académica.
Alcanza —como queda ilustrado con citas— a la
fe vivida o sea a la Tradición, al Magisterio, al Culto, a la economía
sacramental y a todo el pensamiento cristiano o vida cristiana que no responda a
las espectativas políticas del autor, pues toda teología no-liberacionista es
sospechada y acusada de convalidar y de ser cómplice de la ideología opresora.
Sin duda, la ideología materialista le atribuye a la religión una significación
política y, de hecho, por algo es perseguida la Iglesia, aunque de diversas
maneras, tanto por el marxismo como por el materialismo capitalista. Por algo
esa oposición no ceja sino que se agudiza en el pensamiento pos-moderno.
Mientras que algunos creyentes se cuestionan la incidencia de la fe en la
realidad y en la cultura, esa incidencia es evidente para los que la temen, y
por eso se le oponen y la combaten.
Juan Luis Segundo —como se ha visto - no siempre se
expresó así. A los comienzos de su obra Teología
abierta para el laico adulto55, en 1967-68, Juan Luis Segundo aún
estaba lejos de romper abiertamente con la teología tradicional, a pesar de
que, ya desde entonces, tomaba distancias respecto de ella declarándola inútil
para los fines que él se proponía. Por entonces Segundo distinguía la «teología
para laicos», de la «teología-ciencia
de especialistas, subdividida en múltiples ramas», y caracterizaba el tipo
de teología que él intentaba hacer como: «otra teología que arranca de una
fe en crisis». Por aquél entonces Segundo afirmaba que no veía «ninguna
oposición ni incompatibilidad entre ambas»: «es evidente que no existe
divorcio entre ambas» aunque «es también evidente que la primera no podrá
ser jamás una teología para el común de los mortales»56. Pero el
divorcio era a la larga inevitable, porque estas distancias, inicialmente sólo
verbales, se debían a la distancia interior que separa la visión creyente de
la visión gnóstica y modernista. Ese divorcio, pues, llegó. El ánimo de
Segundo se agrió contra la teología-ciencia de especialistas en fecha
posterior hasta culminar en 1975 con su Liberación
de la Teología.
En la acusación de Segundo a la teología «académica»
resuenan los armónicos de muchas melodías: la animosidad modernista contra la
revelación histórica, la reducción racionalista de la revelación, la reducción
antropológica secularista de los misterios cristianos, el radicalismo marxista
contra toda tercera posición, como equiparable a una opción fascista y a una
traición a la opción de clase. En la ideología materialista «la religión
puede ser entendida solamente como una especie de ‘ilusión idealista’ que
ha de ser combatida con los modos y los métodos más oportunos según los
lugares y las circunstancias históricas, para eliminarla de la sociedad y del
corazón mismo del hombre»57.
El ataque de Segundo a la teología vivida y a su expresión académica58 es, en
realidad, un ataque, desde la teología política, a toda la Iglesia, de la cual
se desconoce el misterio. Un ataque que repite los tópicos consabidos de la crítica
marxista a la Iglesia. Por eso se ha afirmado y se volverá a recordarlo aún,
que la impugnación antieclesial de Segundo se hizo útil a esta corriente
antirreligiosa y ha sido lógicamente aplaudida por sus adherentes y por sus
simpatizantes.
Este ataque a la teología en nombre de la libertad
es un caso particular de aquél modo de atacar al cristianismo en nombre de los
valores cristianos, denunciado por Guardini como el «fraude» característico
de la «doblez» moderna, o dicho en
otros términos: de la hipocresía de la modernidad, imitada luego por quienes
se daban la consigna de atacar a la Iglesia «desde dentro».
9.8 Fe e ideología
La impugnación de Segundo a la «teología académica»,
toma argumento en gran parte de su manejo de los conceptos de fe
e ideología. Ese es uno de los declives por donde el pensamiento de
Segundo, reduciendo o subordinando la fe a la ideología, se queda en «pensamiento
cristiano» sobre la fe, es decir en una suerte de ideología cristiana, en una
gnosis modernista, y no responde al concepto cabal de teología.
El Documento de Puebla ha advertido que las ideologías
conllevan la tendencia a absolutizar los intereses que defienden y que por lo
tanto se convierten en verdaderas «religiones laicas»59. Esas
son, pues, las verdaderas idolatrías, y no el culto cristiano común ni la
teología católica, como Segundo pretende.
El manejo que hace Segundo de los conceptos de fe e
ideología ha sido objetado en estos términos por Eduardo Rodríguez Antuñano:
«si toda la empresa especulativa del autor en este punto de la relación
fe-ideología se entiende en el contexto de su reacción contra cierto simplismo
teológico que se limita a postular o al menos a recalcar tan sólo
‘negativamente’ que la fe no es ideología, que no se ‘reduce’ a
ella(s), que la(s) transciende, cabe
preguntarse a la inversa si para Segundo la fe es algo fuera o más allá de
la(s) ideología(s). Pues cuesta
trabajo vencer la impresión de que para él el vehículo (ideología) se
sustituye al contenido (fe). Probablemente —como ya lo hemos sugerido—
su dificultad reside en la concepción de ideología y de fe que defiende con su
consiguiente dificultad para pensar y decir la relación entre dos instancias relativamente autónomas sin
eliminarlas ni yuxtaponerlas. Por lo demás, ¿es cada una de ellas sólo
—o ante todo— definible en términos teóricos? ¿Su
especificidad relativa es especulativa o práctica? Y en todo caso ¿es su
interrelación puramente conceptual o ligada a hombres que las portan y
encarnan?»60.
La crítica de E. Rodríguez Antuñano a Segundo
coincide con la crítica a las ideologías que formula el Documento de Puebla:
«no deben analizarse solamente desde el punto de vista de sus contenidos
conceptuales. Más allá de ellos, constituyen fenómenos vitales de dinamismo
arrollador, contagioso. Son corrientes de aspiraciones con tendencia hacia la
absolutización, dotadas también de poderosa fuerza de conquista y fervor
redentor»61.
El pensamiento de Segundo acerca de la fe, salta sin
avisar, de la fides qua creditur62
a la fides quae creditur63.
Y salta de nuevo desde la fe que se cree (nivel dogmático) al modo cómo se
cree (plano psicológico). Salta sobre todo, con predilección, al modo como se
cree mal, o sea, a los pecados contra
la fe (nivel moral). Con eso se enturbia el hecho de que las imperfecciones que
puede haber en el acto de fe o en la vida del creyente, no son atribuibles al
contenido de la fe.
Una primera impresión acerca de los motivos por los
cuales Segundo desdeña tratar estos asuntos de la fe en los términos
tradicionales de la teología católica, consistiría en que ellos se prestarían
a distingos demasiado claros y por lo tanto cortarían y hasta harían imposible
un discurso que vive de su impugnación. Pero a medida que se profundiza el análisis
de los textos se hace cada vez más evidente que el motivo es que Segundo piensa
y se expresa coherentemente con la visión modernista.
En cuanto a su discurso acerca de la ideología, que
debe al pensamiento marxista, oscila con frecuencia desde el sentido negativo
del concepto de ideología, como «la visión de la vida que promueve y en el
que se apoya el grupo dominante de la sociedad», al sentido positivo: «el
sistema de medios y fines que es la condición necesaria para la opción y la
acción humanas». Es lo que un crítico, buscando poner un poco de claridad, ha
bautizado como Ideología (negativa) e Ideología (positiva)64.
B. Mondin, reconoce que Segundo plantea un problema
real pero advierte que el pensamiento de Segundo está «en contraste con la
naturaleza misma de la teología» al desentenderse de los contenidos de la
revelación histórica que le resultan molestos descalificándolos como «ideología»:
«Segundo plantea un problema real, el mismo que planteó Bultmann con su
desmitificación: el problema de la distinción entre forma y contenido de la
Palabra de Dios. Pero este problema no
puede ser resuelto en la línea sugerida por Segundo, trazando una separación
neta entre la forma y el contenido, y dejando al arbitrio del teólogo el
aspecto formal. Esto no parece legítimo sobre todo, cuando se trata de sucesos
históricos (como Éxodo, nacimiento, muerte, Resurrección de Cristo,
Pentecostés, etc.) En estos casos, de ninguna forma el aspecto formal puede ser
separado del contenido. Por ello, no tiene
el teólogo libertad alguna para tratarlo como elemento ideológico que pueda
modificar a su placer»65. Las consecuencias de esa operación
tienen a menudo consecuencias graves, como cuando Segundo descalifica como «ideológica»
la doctrina sobre la Caridad, abriendo paso a la justificación de la violencia.
En los hechos, Segundo opone y considera
irreconciliable el culto explícito de Dios con la justicia social, porque es de
hecho una superestructura alienante, ahistórica, convalidadora de la opresión66.
Pero ¿Es verdad que un culto que se centre en la memoria histórica y en la
Gloria de Dios por orden misma del Hombre Dios67, como es el culto
católico, se oponga a la búsqueda del bien del hombre, aliene de las metas
históricas y frene la «aceleración de la historia»?
Esto no es así, ni aún respecto de los bienes
inmanentes. La visión que comparte Segundo opone las metas naturales y el
misterio cristiano, porque no alcanza a comprender cómo el misterio cristiano
pueda ser el corazón del orden creado.
Se echa de menos en el pensamiento de Segundo la
claridad conceptual que en estos asuntos hubiera arrojado la doctrina
tradicional de las virtudes teologales y de su conexión con las cardinales, y
con las demás: morales e intelectuales. Tampoco tiene en cuenta el aspecto
infuso de las virtudes; su pensamiento pasa de largo por los dones del Espíritu
Santo y los carismas. Y aunque teóricamente no ignore la gracia, no se ve,
—en los escritos suyos que no se ocupen temáticamente de ella—, que cuente
con la acción de Dios en los hechos.
No se trata pues de que Segundo haya prescindido de
estos aspectos doctrinales de la teología católica y de sus correlativos
aspectos prácticos de la vida de fe, porque considerara que eran temas propios
de la «teología científica» pero que no tendrían significación para la
vida del laico. Los motivos son otros y más profundos. Su prescindencia refleja
realmente la de su pensamiento. Como en el naturalismo y el deísmo, el
protagonista de la historia, para Segundo, es el Hombre y no el gran Nosotros
divino-humano. Sus prescindencias y los motivos para ellas son las mismas del
modernismo.
9.9. Conclusión
Se ha dicho que: «El gnóstico, lejos de sentirse
culpable, se presenta como el cristiano más perspicaz, el más fiel al
evangelio, y el más apto para mostrar la credibilidad de la fe a los hombres de
hoy. En ocasiones, incluso se hace el mártir, absolutamente de buena fe: o bien
no ha querido decir lo que se le reprocha, o bien lo ha dicho, pero no se trata
de un punto que toque la esencia del cristianismo»68. San Pío X había
dicho algo parecido acerca de los modernistas.
El lector que desee comprobar cómo esto se aplica al
pensamiento de Segundo vea el Anexo 1, donde se ofrece un texto de Segundo que
servirá: primero para dar un ejemplo de lo dicho en el capítulo 2 acerca del
modo de argumentar de Segundo; y también para mostrar hasta qué punto resulta
peligroso un discurso teológico, construido a base de dislocaciones lógicas de
ese tipo, para cabezas sin una más que mediana formación crítica. En esa página
se ve cómo Juan Luis Segundo esgrime un imperativo moral-político contra la
concreta dispensación sacramental, que es el orden de la gracia. De esta
manera, en vez de ayudar a los creyentes a superar la falacia de las culturas
dominantes, los entrega a ellas de manos atadas.
En los años 60 y 70 los católicos estaban jaqueados
por incisivas y violentas propagandas políticas. Se trataba de polarizarlos en
opciones ideológicas y políticas opuestas, que desgarraban la Iglesia y que
excluían, demonizándola como la más perversa e imperdonable opción política,
toda posible tercera posición. Era en
esa coyuntura, en la que Segundo
incitaba a optar por el marxismo sin poner en guardia contra sus errores, sino
proponiéndolo - en abierta y desafiante oposición contra el Magisterio del
Papa y de los Obispos —como el único método científico de análisis de la
realidad y única mediación para la reflexión creyente sobre ella. Era en esa
misma confusa coyuntura en la que Juan Luis Segundo explicaba por qué la
caridad cristiana no sólo no está reñida con la violencia sino que la implica
necesariamente. En esa misma grave coyuntura Juan Luis Segundo no dejaba otra
alternativa que la del «infantilismo y seguir siendo cómplices del orden
establecido», «de permanecer en la teología vivida y en su versión académica,
servidoras de la ideología de la opresión» o integrarse en el movimiento histórico
liberador, que ya se sabía en esos años lo que era.
En las páginas de Juan Luis Segundo analizadas en
los Anexos 1 y 3 se expresa su desafecto, su acedia por el pueblo creyente
concreto, su valoración negativa de la concreta condición creyente y del culto
de la Iglesia, a menos que queden justificados por una opción ideológica y política
caracterizada por el perfil de izquierda. Se manifiesta también su valoración
negativa de la vida eclesial común, a la vez que su ceguera para la acción
concreta e histórica de la gracia en los fieles a través de la dispensación
sacramental.
Considérese por fin cuáles son las consecuencias de
esta manera de ver, para la vocación apostólica: sacerdotal, religiosa o
laical. Este pensamiento no inspirará una espiritualidad misionera, sacerdotal
o apostólica. El pensamiento de Segundo que ilustra el texto comentado en el
Anexo 1 trasmite el menosprecio de todo el orden sacramental concreto y la
prescindencia de los actos de adoración y de alabanza, acordes con las
propuestas del «cristianismo sin religión». No puede sino inspirar en los católicos,
sacerdotes, religiosos o fieles, visiones y conductas, negativas para su
realización como creyentes y para vivir sus carismas en bien del pueblo de
Dios.
Notas
1Summa Theol., I, q.1, a.2, c.
2Summa Theol., I, q.1, a.5, ad 2m.
3Summa Theol. I, q.1. art, 1, c.
4Summa Theol., I, q.1, art.3, ad 1m.
5Gaudium et Spes, 15.
6Itinerarium mentis in Deum Prol. n. 4.
7Optatam Totius, 16.
8Pastores dabo vobis, nn. 51-53, que expusimos aquí resumidamente.
9Optatam Totius, 16.
10Teología abierta III, Reflexiones críticas, p. 199.
11De la Sociedad a la Teología, pp. 11-12.
12De la Sociedad a la Teología, p. 155.
13El dogma que libera p. 358. Debió precisar que es una interpretación creyente de la fe: ex fide in
fidem.
14El dogma que libera, p. 26. Si el objeto principal de la teología es Dios mismo, no se ve
cómo pueda declararse desprovisto de interés o ajeno a las preguntas del
hombre. Hay, es verdad, quienes no se interesan por Dios y no se plantean
preguntas acerca de él. Pero estas personas no pueden ser considerados
destinatarios aptos de enseñanza teológica.
15La
teología es propiamente una ciencia, que toma los principios de un conocimiento
de orden superior, que es el de la fe y se mueve luego en el orden de la razón.
No es un arte, porque el arte es una ciencia práctica y que, por lo tanto,
trata de lo operable por el hombre. Pero el hombre es una obra de Dios, de quien
trata principalmente la ciencia teológica. Luego no es adecuado llamar arte a
la ciencia teológica. Véase Summa Theol.,
I, q.1, art. 4, c.
16¿Considera
Juan Luis Segundo que Dios no es parte de la realidad? Dios no sólo es real,
sino mucho más aún, la fuente de toda realidad. Pero tanto el modo de hablar
como el contexto lo ponen como objeto secundario de la teología, cuyo objetivo
primario sería «darle sentido a la vida del hombre». Y esto no se logra
poniendo a Dios al servicio de la vida humana sino poniendo la vida humana al
servicio de la gloria de Dios. Aquí se toca con el dedo la inversión antropológica.
17El dogma que libera, p. 31. Lo que salva al hombre no es que «se le hable
significativamente de Dios» sino que entre en comunión con Dios. Lo que puede
hacerse hablándole de Dios es procurar, como dijera Ignacio:«'ayudar a poner
la creatura con su Creador». Pero del hablar de Dios, por sí mismo, no puede
esperarse un efecto mágico. ¿Cómo creerán si no se les predica? Pero no
todos reciben con fe el mensaje. Este lenguaje traiciona el pensamiento gnóstico
y modernista de Juan Luis Segundo.
18Es
intrigante saber por qué motivo califica Juan Luis Segundo a la Revelación de
«supuesta». La explicación que se ofrece es que lo hace en homenaje al lector
incrédulo. Pero el lector creyente no puede menos de sentirse chocado de que se
ponga en duda la Revelación, en la que ha creído, en un libro que se presenta
como un intento de «pensamiento cristiano».
19¿Qué mundo? ¿Qué hombre? ¿Qué Dios?, p. 73.
20El dogma que libera, p. 74.
21El dogma que libera p. 33. Se percibe en este pensamiento sus rasgos modernistas:
agnosticismo, relativismo, inmanentismo, transformación y deformación, evolución
del dogma.
22J.
M. Le Guillou, El Misterio del Padre,
p. 74.
23Teología abierta para el laico adulto, I. Esa
Comunidad llamada Iglesia p. 9.
24«Dios
se presenta ciertamente al hombre, pero de modo tan confuso y revuelto que
apenas o en absoluto se distingue del sujeto creyente. Es, por consiguiente,
necesario ilustrar el sentimiento con alguna luz para que Dios surja de ahí
totalmente y sea discernido. Tal función corresponde al entendimiento a quien
toca pensar y analizar y por quien el hombre reduce primero a ideas los fenómenos
vitales que en él surgen y los expresa luego en palabras. De ahí que la
expresión corriente entre los modernistas de que el hombre religioso tiene que pensar su fe... elaborando un
pensamiento» Pascendi, 4b; DS
2.078.
Sobre «pensar la fe» en las obras de Juan Luis
Segundo véase El dogma que libera,
pp. 28-29: «El pensamiento debe arrojar luz sobre las realidades donde la fe se
haya comprometida» [...] «Formar un pensamiento cristiano significa toparse
con los límites dogmáticos de ese pensamiento».
25Teología abierta para el laico adulto, I. Esa
Comunidad llamada Iglesia, p.
8.
26G.
Biffi, La Bella, la Bestia y el Caballero.
Ensayo de teología inactual. Ediciones Encuentro, Madrid 1987, p. 20.
27Teología abierta para el laico adulto, I. Esa
Comunidad llamada Iglesia, p.
8.
28Teología abierta para el laico adulto, I. Esa
Comunidad llamada Iglesia, p.
8.
29Teología abierta para el laico adulto, I. Esa
Comunidad llamada Iglesia, p.
9.
30Mc
4,11.
31Es
cierto que la tentación de la duda acecha siempre al creyente y puede asaltarlo
en cualquier momento, hasta tal punto que puede decirse que es inherente a la fe
el poder ser asaltada por la duda. Pero es también esencialmente inherente a la
fe rechazar enérgicamente el asalto de la duda, so pena de sucumbir.
32La
sagrada Escritura contiene fuertes amonestaciones contra los vacilantes, que son
como el lado sombrío de las alabanzas a los creyentes. Véase St 1,6; Ap 3,15.
33Teología abierta para el laico adulto, I. Esa
comunidad llamada Iglesia, pp. 8-9
34Teología abierta para el laico adulto I. Esa
comunidad llamada Iglesia, p. 7.
35Teología abierta para el Laico adulto. I. Esa
comunidad llamada Iglesia, Lohlé, Buenos Aires 1968, p.
9.
36Juan
Pablo II, Pastores dabo vobis, 54.
37Es
impreciso el término «mortales» que se aplica también a los no creyentes, a
los que no va destinada la teología, ni siquiera la catequesis de la vida
cristiana y del misterio, antes de que abracen la fe.
38Contrariamente
a lo que dice Juan Luis Segundo, la Iglesia prescribe la formación teológica
de los clérigos y la recomienda a los laicos. Véase Gaudium et Spes, 15; Optatam
Totius, 13-18; Pastores dabo vobis,
53-56. Es deber de los clérigos saber teología.
39Esa comunidad llamada Iglesia, p. 9.
40Véase
por ejemplo las obras de Antonio Royo Marín.
41Karl
Rahner, Declaraciones a El País,
05-12-1982, p. 21. citado por Cándido Pozo, «Algunas condiciones para una
teología correcta de la liberación», en La
Teología de la Liberación a la luz del Magisterio. Seminario sobre la
Libertatis Nuntius y la Libertatis Conscientia, Cedial-Trípoce, Bogotá-Caracas
1988, pp. 370-371.
42Véase
Cándido Pozo, Art. Cit. p. 371 y nota
67.
43Han
Urs von Balthasar, Seriedad con las Cosas.
Córdula o el caso auténtico, Sígueme, Salamanca 1968, p. 139.
44El Dogma que libera, p. 26.
45El Dogma que libera, p. 28.
46El Dogma que libera, p. 33. No se ve, en estas afirmaciones, dónde queda lugar para
considerar como algo vivo a la Palabra
de Dios mismo que se revela.
47El Dogma que libera, p. 26.
48El Dogma que libera, p. 45.
49El Dogma que libera, p. 45.
50El Dogma que libera, p. 46 y nota 20.
51Battista
Mondin, Los teólogos de la liberación.
Conclusión mística de una aventura teológica, Edicep, Valencia 1992, p.
158.
52Josef
Ratzinger, Teología e Historia. Notas
sobre el dinamismo histórico de la fe, Sígueme, Salamanca 1972, p. 23.
53Eduardo
Rodríguez Antuñano, El Problema Cristológico
en la Actual Búsqueda Teológica Latinoamericana, Diss. Münster in
Westfalen 1976; nuestra cita en p. 227.
54Teología de la liberación - Respuesta al Cardenal
Ratzinger, p. 27.
55Teología abierta para el laico adulto, (5 Vols) En Colaboración con el Centro Pedro Fabro
de Montevideo: I. Esa comunidad llamada
Iglesia (1968) 258 p.; II. Gracia y
Condición humana (1969); III. Nuestra
idea de Dios (1970); Carlos Lohlé, Buenos Aires [siguen dos tomos más:
Sacramentos 4, y Evolución y Fe 5, en 1971 y 1983-84 respectivamente. Se
reedita en España: Teología abierta.
56Teología abierta para el laico adulto I. Esa
comunidad llamada Iglesia, p. 9.
57Juan
Pablo II, Dominum et vivificantem, n.
56.
58Liberación de la Teología, p. 261.
59Documento de Puebla, nn. 536-537.
60Eduardo
Rodríguez Antuñano, El Problema Cristológico
en la Actual Búsqueda Teológica Latinoamericana, Diss. Münster 1976,
nuestra cita en p. 229.
61Documento de Puebla, l. c.
62La
fe con que se cree: es decir, el acto
de fe.
63Lo
que se cree.
64A.
J. Tambasco, «A Critical Appraisal of Segundo's Biblical Hermeneutics», en: The
Use of Scripture in Moral Theology pp. 321-336, nuestra cita en p. 324.
65Battista
Mondin, Los teólogos de la liberación.
Conclusión mística de una aventura teológica, Edicep, Valencia 1992, p.
159.
66Véase
el Anexo 1.
67«Haced
esto en memoria mía».
68André
Manaranche SJ, Querer y formar sacerdotes,
Desclée de Brouwer, Bilbao 1996, p. 21.