SECULARIZACIÓN DE LA VIDA RELIGIOSA

TESTIMONIO

Mi uso de mantilla, boina y velo


            Recuerdo que cuando era niña, usábamos mantilla para ir a Misa, o simplemente para entrar al Templo. Si era una visita no pensada, no prevista, aún el pañuelo de mano podía suplirla. Lo que sí sabía, era que a la Casa de Dios, debía entrar con la cabeza cubierta.

            Hasta los siete u ocho años, la mantilla era chiquita, redonda, y mamá tenía un alfiler con cabeza de color diferente para mi hermana y para mí, para sujetarla al cabello. Pero nuestro sueño, como el de tantos signos que se han ido perdiendo y que indicaban que nos estábamos “haciendo grandes”, era llegar a tener la mantilla larga, como la de mamá. El cumpleaños en que la recibí, fue el mejor regalo entre todos. Todavía la recuerdo: blanca, con sus bordes bordados, y... ¡me llegaba hasta los hombros!...

            No recuerdo que mamá nos haya explicado porqué había que usarla: simplemente había que hacerlo (mientras que los hombres, al contrario, se descubrían), y en nuestra ignorancia e inmadurez, pasó a ser otro elemento más de coquetería.

            En el colegio (religioso), el uniforme tenía una boina, tanto para entrar a la Capilla, como para el momento de la oración cuando la hacíamos en el patio. Y quien “se la olvidaba”, era vista como rebelde e irreverente.

            Creo que fue entre mis diez y doce años (1967/69), cuando se declaró en casa la “guerra de la mantilla”. No lo recuerdo exactamente, pero es probable que los sacerdotes, en las Misas, hayan comenzado a quitar la obligatoriedad de llevarla. Mamá protestaba; no sé si sabía porqué la usaba (como ya dije, a nosotras nunca nos dio un porqué) pero sí le molestaba esta disposición o permiso para abandonarla. Mi hermana, especialista en buscar motivos de enfrentamiento con mamá, empezó a “olvidársela”, y “recién se daba cuenta” en la puerta de la Iglesia. Por un tiempo, la obligaron a cubrirse con el pañuelo (que vivía más en el piso que en su cabeza), pero como cada domingo crecía el número de chicas de nuestra edad y aún más grandes, que no se cubrían, terminaron cediendo.

            Durante ese tiempo, yo la seguí usando. Todavía, para mí, la palabra más autorizada era la de mamá, pero mi hermana presionaba para que la dejara: si las dos hacíamos frente común, mamá cedería más rápido. Sin embargo, más que mi hermana, influyó en mí la presión de mis compañeras... porque en el colegio pasaba lo mismo con la boina. Y por no quedar marginada, poco a poco me sumé al montón.

            Mamá siguió usándola un tiempo más, hasta que terminó también por dejarla.

 

            Mientras tanto se daba también el cambio de hábito en las religiosas. En la ciudad, no quedó ninguna Congregación sin acortarse el hábito y el velo que, acostumbrada a verlos largos, me parecía un simple uniforme con pañuelo en la cabeza. ¡Ya no eran las mismas para mí! Ya no tenía sentido mi fantasía de niña que, con sólo una toalla en la cabeza, me hacía imaginarme religiosa...

 

            Y se me fue la fantasía, y pasaron los años, y llegó el día en que, rendida ante la evidencia del llamado a la consagración, comencé a pensar dónde y con quiénes. Lo que siempre tuve muy claro, es que quería hábito y velo. Quería que a la primer mirada, todo el mundo se diera cuenta de quién era mi Dueño. Hablé con varias Congregaciones; no entendía demasiado qué era eso del carisma, que todas nombraban: lo entendí después. Lo que me impactó en mis Hermanas fueron el trato tan familiar y cálido entre ellas y... el hábito y velo largos, como en mis fantasías de niña.

            Tuve que esperar dos años y ocho meses para que me los dieran. Fue el tiempo de dejarlos echar raíces en mi interior, antes de llevarlos por fuera. El tiempo de sentirme y vivir como “propiedad” del Dueño, antes de decirlo con el cuerpo. Cuando, por fin, los vestí, ya eran parte mía y en ningún momento me sentí extraña. Era como si nunca hubiera usado otra ropa.

            El velo blanco, de Novicia, lo viví como exteriorización de la entrega de mi corazón a Jesús hecha desde niña, intensificada al final de mi adolescencia con mi apostolado catequístico, y profundizada al descubrir, aceptar y haber experimentado el llamado a la vida religiosa durante esos dos años y ocho meses.

            El velo negro de profesa, fue diferente. Si bien los votos emitidos eran temporales, supe que ese velo era para siempre. Durante mi tiempo de Juniora, me movió al compromiso de trabajarme en la coherencia entre lo que mostraba ser y lo que era en realidad, no tanto para los ojos de los demás, cuanto para los míos y, sobre todo, para los que me miraban desde el Sagrario. Despertó en mí un nuevo celo por el trabajo por el Reino, que más de una vez se vio desvirtuado por caer, inadvertidamente, en un acelerado activismo.

            Hoy, a los casi catorce años de mi Profesión Perpetua, si bien no están ausentes aquellos significados, no son ya los más importantes. Mi velo, es ahora el cofre que guarda mi relación más profunda con el Esposo. Es protección, pero también riesgo.

Es protección de nuestra intimidad, del gozo de las mutuas búsquedas y encuentros, de la libertad con respecto al yugo de la vanidad,  de la libertad en la entrega creciente, de la profundidad de los anhelos y gemidos del alma; a tal punto, que ni aún estando entre las Hermanas me siento cómoda sin él. Si tuviera que sacármelo, me sentiría desnuda, expuesta, desprotegida, desheredada...

            Es un riesgo, en cuanto objeto de curiosidad que, según los ambientes, da pie para sarcasmos, burlas, provocaciones porque, aunque se lo quiera negar, es un grito en silencio de que guarda un tesoro cuyo único Dueño es Dios.  Y pareciera ser que, por ser de Dios, tiene que estar a disposición de todos, para lo que quieran. Muchas veces he sentido la agresión de la curiosidad, por la curiosidad misma; el afán de violar mi intimidad con provocaciones verbales. Y he visto a Hnas. caer en la trampa y “tirarles sus perlas a los cerdos”...

            Soy feliz con mi velo negro. Es la guarda y el recuerdo constante de la raíz más profunda de mi identidad. No ha borrado la identidad que me diera mi familia, sino que cada día la lleva más allá, más allá de mí misma, hasta el seno de la Trinidad, donde halla su alimento y su sostén. Dicen que “el hábito no hace al monje”... ¡pero ayuda! ¡Y vaya ayuda, el recordarme quién soy y qué estoy llamada a ser!

            Si algún día, Dios no lo permita, me llegara a molestar, será la señal de no haber sabido ser fiel, y de haber permitido que otros, extraños, toquen lo que sólo es del Esposo. Y si me lo llegara a sacar... el cofre habrá quedado vacío...