Poetas de Salta 
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El
Escudo de Dios
A Josito con su angel borbojo...
Quise escribir unos poemas porque sí, para nadie;
para distraer el amor de tanta cerrada indiferencia.
Unas líneas con semblanzas humanas, donde se dibuje también el perfil del
tiempo y su neblinar.
Porque el tiempo a su vez nos semblantea y pasamos pronto, todos, a cortejantes
de ataúdes y a deudos de ojos quebrajosos. ¿Cómo no contar que oí decir a un
trabajador frente a mi casa, "Siempre caigo en la hueca", quejoso
de su suerte?
O que escuché a otro reír al afirmarme que "cuando
muere un funebrero al infierno".
Rasgos de un pueblo que muchas veces en su historia peinó cabellos acalambrados
por el miedo. Arreciaban los allanamientos, los secuestros y la desaparición
de personas, cuando empezó a rodar de boca en boca esta canción:
"Oyes a tu alma
preguntarte cuando
cómo desarenar este desierto
y tiemblas a los ojos del régimen y clamas
mortificación de esquimales al recoldo
la de mi pueblo!
Cambiar su libertad (la cuerda floja)
por unas sogas al cuello!
La poesía anduvo entonces como esos gatos que fingen acicalarse distraídos,
para levantar de pronto
el vuelo sobre los techos y sobre los árboles
"pobres poetas. Pobres ordeñadores de la Vía Láctea"
Y cundió la denuncia entre crispantes cortesía y saludos de sombreros a mano
alzada.
¿Y aquel amigo que con una sonrisa me infundía todo su desaliento?. Usaron
tantos bastones para desrrengarnos. Nos dejaron tan contusos de la idea. El
poema tomó los hábitos de las monjas enclaustradas y nos abonábamos en las
cajonerías fúnebres. La ciudad trasminó a jugo de zorrino.
Pero la poesía confió en el hombre sin embargo. y yo la reconocí en una
mendiga que desde el cerro le mostró el puño a la ciudad en plena noche y
amenazó:
Puerco pecadores. Me voy porque
no tengo casa como ustedes.
pero ya sabe lo que son
la Difunta Correa
ya le avisé a la virgen que tiene mi carta
Y la vi levantar la tapa de una olla en la cocina y decir a gritos:
¡Este es el escudo de Dios!
Walter
Adet
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