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Domingo 20 de agosto de 2000
 OPINION

De
monedas y reciprocidades
PABLO
SEMAN. Antropólogo

Los nativos de unas islas remotas ofrecían fiestas a
su vecinos y en ellas exhibían sus riquezas. Unas eran quemadas, otras
eran otorgadas como presente. Prácticas semejantes existieron y existen en
sociedades "primitivas". La antropología supo ver en esas acciones la
exhibición de un prestigio, la búsqueda de un reconocimiento y, también,
un mecanismo de intercambio de bienes en espacios sociales en los que
no había moneda. Las prestaciones no se cobraban en efectivo ni en el
momento. El dar de unos obligaba a los otros a dar en algún momento futuro
como devolución. Esto era el resultado del funcionamiento de una
estructura en la que, más que para recibir, se daba para que el otro
diera y en la que en los intercambios los hombres se reconocían en su
humanidad y se definían en sus diferencias.
"¿Dónde hay un mango,
viejo Gómez?", dice el tango que describe una crisis que, en un trazo, era
semejante a la que hoy nos agobia: la desmonetización de los
hogares, lógica consecuencia de la ruptura de los lazos con el mercado
de trabajo. La contracara de la sequía de monedas, el desarrollo del
trueque, ¿nos devuelve a una época primitiva? Parecería obvio que sí, que
volvemos a gatear porque no podemos caminar. Sin embargo, hay una cuestión
anterior y más amplia: la desmonetización de las prácticas económicas hace
visibles los elementos que subyacen a cualquier mercado, que hacen posible
cualquier transacción, cualquier promesa de que ella será posible (como lo
hace una moneda): la confianza en que el otro alguna vez devolverá, el
crédito que esa confianza permite anticipar bajo la forma de un servicio u
objeto que se dona, son en realidad columnas maestras de la sociabilidad
en la que surge la moneda. Ella no hace más que reducir al mínimo los
tiempos de la espera, asegurando un valor que corresponde a la
donación ejercida. Pero toda moneda resume esa fe.
En el medio de
la miseria monetaria, las prácticas del trueque recrean una moralidad,
unos valores y unas formas de reconocerse unos a otros. No se trata de
angelicalizar la miseria ni de presuponer que no hay aquí búsquedas,
legítimas, de provecho, de ganancia. El dentista con pacientes sin plata
ganará de una forma muy eficiente servicios de limpieza y la señora que
limpia no ganará pesos pero se los ahorrará y hara atender a su hijo. Pero
hay algo más. En la crisis, el trueque y la transacción mediada por moneda
(al menos algunas) no están tan lejos. Esta semejanza se reconoce por
oposición. Ambos se oponen polarmente a dos situaciones en las que el otro
es objeto del desconocimiento absoluto y la manipulación calculada. En un
ejemplar de la revista VIVA un joven expresaba con crudeza otra lógica de
unos intercambios de los que él no es el único protagonista, que envuelve
otro bárbaro: yo mato porque si no me matan a mí y encima hacen una
fiesta. Menos impresionante, pero en la misma lógica, opuesta al
reconocimiento recíproco del trueque y la compra, es la estrategia de
algunas compañías que nos decretan deudores sin avisarnos.
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