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'Carta a la humanidad' (Terrorismo y paz)

Caracas, 30 septiembre 2001. Hoy hay en el mundo una sola persona que es respetada, querida y oída por toda la humanidad sin distinción de origen, raza, religión o posición social, y esa persona es Su Santidad Juan Pablo II. En mi reciente artículo sobre este mismo tema mencioné que no me extrañaría que Su Santidad Juan Pablo II publicara una 'Carta a la Humanidad' tratando el tema del Terrorismo, sus causas y su solución.

El mundo entero reconoce en el Papa el único hombre que hoy tiene autoridad moral e intelectual para poder analizar y proponer solución a este y otros problemas que enfrenta la humanidad.

Cuando el Papa habla el mundo oye. Sobre todo cuando habla de problemas de Vida y Muerte. Recordemos todo el año 1993 y el comienzo de 1994, cuando habló al mundo sobre el problema de la población en preparación a la Cumbre de El Cairo. En esa oportunidad cristianos de verdad, no de fachada, y musulmanes de todo el mundo lo oyeron, lo acataron y en la Cumbre se opusieron a los planes de los ateos que controlan las Naciones Unidas.

En El Cairo los ateos que controlan las Naciones Unidas salieron derrotados por Juan Pablo II. No lograron lo que querían. Católicos, algunos protestantes y muchos musulmanes derrotamos a los poderosos, arrolladores nuevos imperialistas ideólogos que querían imponer su sucia, inmoral y criminal política poblacional dirigida por ese puñado de ideólogos diabólicos que lo que quieren es destruir la civilización judeo cristiana igual que lo pretenden actualmente los terroristas.

Sólo Juan Pablo II tiene la fuerza y la convicción para pacificar a los desesperados y obnubilados terroristas. Es verdad que desde muchas décadas ha imperado en algunos países la injusticia y el abuso de pacíficas poblaciones que sufren sin recurso alguno los constantes atropellos impuestos por los poderosos. Ejemplo flagrante es la historia de los sufridos palestinos desde 1947.

Otro caso que clama al cielo es el abuso casi universal contra los negros y los indígenas en casi todo el mundo. En Asia el problema es el de las castas. Sí hay razones para que pequeños grupos de pueblos oprimidos se rebelen y acudan a la violencia. Es humano reaccionar así contra decenios de opresión y matanza. Es humano, pero no es esa la solución. La solución es la conversión de los opresores y la consecuente conversión de los oprimidos.

Antes de pedir a oprimidos que dejen las armas, tenemos los opresores que dejar los maltratos y el ejercicio constante de la injusticia.

Implantemos en el mundo la Justicia y el Amor y se acabará el Terrorismo.

Pidamos a terroristas una tregua, o mejor aún la Paz, simultáneamente comprometiéndonos a terminar de una vez los abusos a los débiles. Eso al nivel individual de cada persona con su prójimo y de cada país con todos los otros.

Reconozcamos de una vez por todas que ante Dios todos somos iguales. No hay fuertes y débiles. No hay poderosos y menesterosos. Opresores y oprimidos. No, todos somos iguales.

Ojalá Juan Pablo II hable pronto y duro para inspirar a los pueblos subyugados y a los fuertes para que cese la tensión y la guerra.

Alberto J. Vollmer, en eluniversal.com

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