ALCURNIAS ANDALUSÍES


LOS FLAMENCOS

Luego, los majos van siendo sucedidos por los chulos y los chulapos, los farrucos, los flamencos; todas estos nombres tienen la misma resonancia: las cabezas altas, nunca bajadas, el talle derecho, la gracia, el cante y el baile, el duende, de Madrid hasta Sevilla, de Jerez a Cartagena. Es que sale a la luz el Flamenco, el Cante Jondo, mucho más parecido, por raro que parezca, a las nubas andalusíes, que supuestamente habrían tenido que olvidarse a este lado del Estrecho desde tres siglos antes, que a los corridos y las rancheras fundados en los valses centroeuropeos que se estilaron al mismo tiempo en México o en el Perú. ¿Qué era lo que sabía la gente del baile, la del cante y la guitarra, la que cantaba en los caminos o la que tocaba en los bodegones para los señoritos? Esto fue lo más notable: los descendientes de los nuevos pobladores, los cristianos viejos, los castellanos (todavía se dice en Andalucía: gitano o castellano) hicieron suyas aquellas coplas, aquellas guitarras, aquellos bailes en los que las manos se mueven al estilo oriental, esos desplantes, aquellos vestidos de faralaes, de manera que, mientras el Flamenco siga vivo, la cultura de Al Andalus sigue viviendo y llegando fantasmalmente, justicieramente, a los corazones de sus conquistadores.

Uno de los viajeros ingleses por España en ese siglo dice que quedaban muchos moros en los montes y muchos judíos en las ciudades; lo que me sorprende es la exactitud de la atribución, que corresponde al pie de la letra con todo lo que he supuesto: los descendientes de los moriscos, en los caminos como arrieros o bandoleros, o en las apartadas aldeas de los antiguos señoríos; los descendientes de los judíos, en las ciudades, entre la nobleza más rancia o la modesta burguesía de tenderos, médicos o escribanos.


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Kim Pérez F.-Fígares


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Página realizada por Cristina Amor