anterior | próxima

Reflexión para la Semana Santa

lunes, 17 de abril de 2000


Sila Calderón
Candidata a la gobernación PPD

EN PUERTO Rico y muchas partes del mundo estamos conmemorando la Semana Santa. Es una oportunidad única de acercarse a Dios, en actitud reflexiva y a su vez meditar sobre la mejor manera de vivir en esta tierra.

Nuestro país ha perdido su norte. Nuestras instituciones sociales han sufrido y se encuentran maltrechas ante el debate público prevaleciente. Vivimos tiempos de discordia que laceran nuestra humanidad. Sufrimos las consecuencias de actitudes de intransigencia a opiniones que no sean las nuestras. Son tiempos fértiles para el choque y la violencia.

El conflicto es energía negativa que confunde nuestro espíritu. Pone de manifiesto lo peor de nosotros. Nos deshumaniza y nos consume. Combatir el impulso hacia la discordia exige gran fortaleza y convicción.

La denominacion evangélica Discípulos de Cristo expresa elocuentemente el mensaje de unidad que tanto ansían nuestros compatriotas: "En lo esencial, unidad; en lo no esencial, tolerancia, y en todo, amor". Ese es el mensaje que necesita nuestro pueblo. Esa es la convocatoria que esperan todos los puertorriqueños. Los puertorriqueños de todas las denominaciones y de todas las creencias.

Nuestro país tiene ansias de sanar las heridas de los conflictos que vive a diario, de la lucha lastimosa de puertorriqueños contra puertorriqueños. Nuestro pueblo desea y necesita la reconciliación.

Todos queremos profundamente esta tierra en la que hemos nacido. Compartimos una larga historia en ella. Hablamos un mismo idioma, nos gustan las mismas cosas. Valoramos grandemente los lazos familiares que nos unen por generaciones. Hemos desarrollado muchas tradiciones juntos. Nos conocemos y nos queremos. Entendemos y sentimos lo que es ser puertorriqueños. Somos un pueblo.

Pero nos hace falta volver a encontrar la armonía que hemos perdido. Tenemos que afirmar nuevamente los valores que nos son comunes: compasión por el que sufre y carece, tolerancia con el que difiere, aprecio por lo que somos, respeto a todos por igual. Es vital para el progreso de nuestro país, es esencial para su bienestar, es indispensable para su supervivencia.

Encontrarnos nuevamente implica desarrollar mayor entendimiento entre nosotros mismos. Conlleva la disposición a escucharnos. Exige que estemos listos para dialogar con serenidad sobre nuestros serios problemas, sobre el futuro que deseamos para nuestras familias. Requiere voluntad verdadera de consenso.

Cada puertorriqueño que le dedique algo de su talento y de su inteligencia al empeño de buscar ese consenso, le hace un enorme servicio a nuestra patria. En la medida en que cada uno de nosotros se convierta en un instrumento de unidad y de paz, que logre armonizar los puntos de vista que nos separan, ayudaremos al país a subsanar las tensiones que le afligen.

En tiempos difíciles aflora lo mejor de nuestros corazones y observamos en el pueblo una firme voluntad de unidad y de solidaridad. Esa voluntad es un instrumento poderoso para lograr metas importantes. Trae consigo, además, la promesa de mayor paz y tranquilidad a nuestras vidas. Y ofrece la posibilidad de superar las situaciones que sufrimos.

Dios le ha dado al pueblo de Puerto Rico una gran fortaleza para enfrentar los desafíos. En el pasado ha demostrado una enorme capacidad para levantarse, para conquistar nuevos retos y para echar adelante. No me cabe duda de que lo haremos nuevamente.

Pongamos esa capacidad, también, al servicio de la concordia entre los hermanos puertorriqueños. Enfrentemos juntos las grandes hazañas que nos quedan por conquistar. Volquemos nuestras energías en la tarea de reconciliación que nos dirigirá hacia un futuro compartido.

Pido a Dios Todopoderoso que derrame sus bendiciones sobre Puerto Rico y nos enseñe a vivir unidos en mayor armonía y con mayor entendimiento. Pidamos todos con fe que podamos acoger su llamado a la compasión, a la justicia y a la paz. Que la Semana Santa sea el marco perfecto para abrir nuestro entendimiento y nuestro corazón. ¡Que así sea!

© 2000 El Nuevo Día - Derechos Reservados

anterior | próxima