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Así somos

domingo, 25 de junio de 2000


Sila M. Calderón
Candidata a la gobernación PPD

LOS PUERTORRIQUEÑOS siempre hemos sido un pueblo limpio. La honradez, la integridad, el respeto y la verticalidad nos han caracterizado. Son valores muy nuestros. Han definido la labor y el comportamiento de los puertorriqueños, desde el obrero afanoso más sencillo, hasta el más exitoso hombre de negocios; desde el maestro amable en el salón de clases, hasta el abogado más sobresaliente; desde la enfermera compasiva que atiende a sus pacientes, hasta el especialista médico de más prominencia.

Por eso no podemos perder la capacidad de indignarnos ante la mentira, el trato malicioso, el intento burdo de desprestigiar al que se opone, o peor aún al que difiere. Porque un pueblo que pierde la capacidad para levantarse indignado y rechazar lo que no es parte de su esencia, puede perder el camino hacia su destino; o peor aún, puede perder su alma.

La realidad de nuestra vida pública exige un cambio fundamental. El país pasa por momentos difíciles. Se fomenta la confusión y el divisionismo. La estridencia del debate público ahoga las voces de la razón. La tergiversación predomina. La demagogia se apodera del discurso público. Se apela a los miedos de nuestros compatriotas, en lugar de estimular sus mejores y más nobles sentimientos. Esa triste realidad la vemos ilustrada en la campaña política que se intensifica según se acerca la fecha de las elecciones.

Vivimos momentos de confusión. En lugar de deslindarse con meridiana y absoluta claridad la línea entre lo que es público y lo que es privado, lo que es gubernamental y lo que es político, parece hacerse todo lo posible por borrarla. Se utilizan funcionarios de alto rango y recursos públicos en contra de los candidatos de la oposición. Los actos y ceremonias de gobierno se convierten en montajes políticos para ensalzar a unos y humillar a otros. Directores de agencias gubernamentales defienden y promueven abiertamente a los candidatos de su partido y hasta se prestan para atacar a los contrarios, funciones que no guardan relación alguna con su cargo.

El Gobierno y el partido se convierten en una misma cosa, indisoluble, indivisible, violentando así la más básica norma de administración pública. La corrupción ha extendido sus tentáculos en nuestro Gobierno y corroe las bases mismas de nuestra sociedad. Aquella confianza sana y buena que habíamos tenido en nuestras instituciones gubernamentales hoy se tambalea y predomina la sensación de que los políticos y los funcionarios públicos vienen al Gobierno a hacer negocio y no a servir, como siempre había sido en Puerto Rico. Hasta dónde vamos a llegar? Es éste el Puerto Rico que queremos? Es éste el país que deseamos dejar a nuestros hijos? Vamos a continuar avergonzándonos cada vez que abrimos el periódico o escuchamos la radio?

Yo digo que no. Yo digo que aquí en Puerto Rico la inmensa mayoría somos personas decentes, serias, buenas y sacrificadas. Hombres y mujeres firmes, que no vamos a permitir que nuestra isla, la que queremos con todas las fuerzas de nuestro corazón, se convierta en algo que no es y que nosotros nos convirtamos en algo que no somos.

Los que aspiramos a gobernar debemos aprovechar la oportunidad de ilustrar con nuestras campañas el tipo de gobierno que queremos ofrecer. Lo debemos hacer demostrando cortesía y trato respetuoso al adversario, combatiendo las posturas y no a las personas, negándonos a recurrir a la injuria y al ataque personalista. Pero más que nada, propiciando el diálogo, la apertura y el respeto que siempre nos han caracterizado como puertorriqueños.

El que está dispuesto a mentir en una campaña política bajo la justificación de que todo es permisible para ganar, no tendrá inconveniente en hacerlo si le toca gobernar. Mentir denota una seria debilidad de carácter. Denota cobardía. Demuestra falta de valentía y de fuerza personal porque es la inhabilidad para enfrentar la realidad y la incapacidad para asumir responsabilidades. El que le miente a un pueblo no puede reclamar su confianza. La fuerza moral de la verdad es la cualidad indispensable para ejercer el poder a nombre de un pueblo.

Es responsabilidad de todos nosotros combatir estas tendencias que nos están sumiendo en una confrontación constante. Es obligación de todos los que queremos un mejor futuro para nuestro pueblo traer otro clima al país, al debate público y a nuestra vida colectiva. Un nuevo clima de cortesía, trato afable, unidad y colaboración. Un clima de reverencia a la verdad, donde la discusión seria de ideas sea la orden del día, donde se pueda diferir con respeto. Un clima donde el costo al que difama sea mucho mayor que el daño al difamado y donde todos nos tratemos como hermanos, más allá de líneas partidistas. Donde todos podamos decir que es más importante ser puertorriqueños que el partido político a que uno pertenece.

Yo sé que ustedes, apreciados lectores, quieren profundamente a Puerto Rico. Que se sienten orgullosos de ser puertorriqueños. Yo también adoro a mi patria y no quiero que se convierta en algo que nunca ha sido. A Puerto Rico lo quiero como es, fuerte, valiente, limpio y con la verdad siempre de frente. Por eso aspiro a la gobernación y a preservar en ella nuestros valores más preciados. Gobernar es el arte de entender a un pueblo. De amarlo como se ama a un hijo. De comprender sus más íntimas aspiraciones y actuar de forma decisiva para lograrlas.

Asumamos nuestra responsabilidad como ciudadanos. Exijamos respeto a nuestro pueblo. Demandemos diálogo público serio, ambiente de cortesía y trato fraternal en la contienda. No aceptemos nada menos que la verdad. Esto es un asunto serio. No juguemos con Puerto Rico. Puerto Rico tiene que estar por encima de todo.

Todos tenemos que ayudar a nuestra patria a encontrar sus verdaderas raíces y sus más altos valores nuevamente. Debemos ser protectores de lo más preciado que puede tener un ser humano: la esencia que le brinda su nacionalidad y las características que constituyen esta esencia, conservando la integridad de los principios y del corazón. Al así hacerlo, conoceremos la auténtica serenidad del espíritu y la verdadera libertad.

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