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El futuro de nuestro país y los valores puertorriqueños

lunes, 6 de marzo de 2000


Sila M. Calderón
Candidata a la gobernación PPD

EN LOS comienzos de una nueva década, en los albores de un milenio y en el principio de un siglo de insospechadas posibilidades, se hace necesaria para los puertorriqueños una reflexión profunda. Una, que cada cual tiene que llevar a cabo en la intimidad de su sentir y de su pensar. Una reflexión sobre la ruta individual y colectiva que tenemos por delante.

Cada pueblo marca su propio destino. Y ese destino parte, surge siempre, de un pensamiento, de un principio, de un sueño imaginado. Cuál es el futuro que deseamos para esta patria hermosa, pequeña, pero profundamente amada, que es nuestro país? Qué Puerto Rico nos imaginamos en diez años, en veinte, en cien años? Qué Puerto Rico queremos para nuestros hijos? Para los hijos de nuestros hijos?

Yo les planteo que para poder imaginarlo, que para poder construirlo, que para poder lograrlo, tenemos que buscar nuevamente inspiración y fuerza en las verdades firmemente arraigadas que fundamentaron y guiaron la construcción del Puerto Rico del siglo 20. Que para poder lanzar creativamente, imaginativamente, pero sobre todo, rectamente, a nuestro país hacia una nueva época de futuro, es imprescindible anclarnos, arraigarnos nuevamente, en los valores profundos que le dieron razón de ser al Puerto Rico moderno. Estos fueron los valores rectores que dieron luz a la transformación ordenada y buena que se comenzó en Puerto Rico hace alrededor de 50 años. Los que permitieron e impulsaron la obra creativa que tanto necesitaba nuestro pueblo angustiado y sufrido.

Esos valores, intrínsecamente nuestros, constituyen la lección suprema que hoy tenemos que retomar para recobrar el camino y lanzarnos con seguridad y fuerza hacia nuestro porvenir como pueblo.

Respeto pulcro a los principios democráticos y a la dignidad individual y sagrada de cada ser humano. Gobierno limpio, honesto y recto. Sensibilidad, compasión y justicia hacia los que sufren, los que no tienen y los que esperan. Gestión pública dirigida a resultados tangibles, más allá de abstracciones ideológicas. Apertura genuina al diálogo, a la opinión disidente y consideración al adversario. Y más importante que nada, confianza en nosotros mismos, orgullo sentido en lo que somos, en lo que nos define, en lo que nos distingue como pueblo y nos hace únicos y valiosos ante el mundo.

La reflexión a que les invito es una seria, que está enlazada íntimamente con nuestras más profundas querencias y nuestras más preocupantes inquietudes. Tiene que ver con nuestra capacidad de indignación y con nuestra disposición a la acción. Lo que ha estado sucediendo en Puerto Rico en los últimos tiempos tiene que llevarnos a hacer un alto. Un alto para determinar si ésta es la ruta por la cual queremos permitir que nuestro país sea conducido. Un alto para decidir si vamos a ser cómplices silentes de la violación y laceración que a su espíritu colectivo está siendo sujeto nuestro pueblo.

Yo les digo que no. Yo les digo, que por la memoria de ése siempre admirado y venerado hombre, que fue Luis Muñoz Marín, tenemos que levantarnos y con una voz fuerte, firme, que se oiga de norte a sur y de este a oeste en esta tierra que es nuestra, vamos a decir "ya está bien". Vamos a decir, "hasta aquí llegamos".

Vamos a asirnos a esos valores fundamentales que trascienden todas las líneas partidistas, porque son valores puertorriqueños. Vamos a asirnos a ellos y vamos a expresar con todas nuestras fuerzas que se podrán corromper los procesos de gobierno, pero el alma puertorriqueña no se corromperá jamás.

Vamos a decir que no nos amedrentan, ni nos amilanan las amenazas, ni los ataques, ni las difamaciones, porque este pueblo, aunque noble y pacífico, no es un pueblo cobarde, ni mucho menos, es un pueblo sometido. Vamos a decir que amamos nuestra patria con el amor grande, generoso y desprendido con que se quiere a una madre o se quiere a un hijo. Que jamás nos serviríamos de ella, porque sería como arrancarle el corazón a lo que más amamos.

Vamos a decir que para servir a un pueblo como el nuestro nos basta el sentimiento que nos sobra, la pasión que nos quema y la entrega que queremos consumar. Que para servir a nuestro pueblo sólo necesitamos de la verdad sencilla, que es solamente una, y nos basta la limpieza de nuestros propósitos. Que como muy bien nos enseñara nuestro gran maestro "no puede haber obra grande con actitudes pequeñas", y que "para servir a un pueblo, desde cualquier sitio, no es necesario usar la mentira, ni mucho menos decorarla con el insulto".

La política y el quehacer gubernamental, bien entendidos, pueden ser instrumentos nobles para alcanzar las aspiraciones de un pueblo. Pueden ser vehículos efectivos para cambios, no solamente materiales, sino cambios profundamente espirituales también.

En estos momentos nuestro pueblo se tambalea en su ruta. Fuerzas extrañas a nuestra forma de ser asedian peligrosamente nuestra vida colectiva.

Los grandes proyectos pierden su valor transformador, porque la mezquindad se apodera de quienes los impulsan. Las decisiones y los cambios esenciales al progreso se entorpecen, porque las consideraciones partidistas cobran mayor importancia que el bienestar de todos. El empeño en adelantar ideologías rechazadas repetidamente por el pueblo, nos divide y nos debilita para las tareas verdaderamente importantes.

La falta de honradez en el manejo de nuestros haberes públicos destruye el lazo invisible y esencial que tiene que unir al gobernante con sus gobernados: la confianza pública. Destruye y requiebra, como si fuera un cristal, esa confianza que es la piedra angular en que está fundamentada nuestra democracia.

Y sobre todo, el discurso divisivo, la actitud discordante y la estrategia desestabilizadora, tratan de minar a un pueblo que quiere insistir y revertir a su unidad vital.

Se hace cada vez más evidente que éste es un pueblo, que en la profundidad de su conciencia, siente que se fortalece en la causa común. Un pueblo que exige respeto por su cultura y su identidad, que resiste los intentos de desnaturalización, la compulsión de algunos de que seamos algo que no somos. Un pueblo que es puertorriqueño por encima de partidos e ideologías, que es puertorriqueño por lo que valora junto y, más que nada, que es puertorriqueño por afecto profundo a la tierra que lo vio nacer.

EN ESTE momento de nuestra historia adquieren más vigencia que nunca los principios y valores puertorriqueños que dieron razón de ser a la primera revolución de voluntades que se suscitó en nuestro país. Se hacen más necesarios que nunca el pudor, la vergüenza y el respeto a nosotros mismos que siempre nos ha caracterizado como pueblo. Ahora, más que nunca, vamos a asirnos a ellos para que vuelva a brillar en Puerto Rico la luz de la rectitud y el bien que habrá de iluminar el futuro de nuestra patria.

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