Gobierno limpiolunes, 13 de marzo de 2000 Sila M. Calderón A PUERTO RICO, en una época, venían visitantes del mundo entero para observar cómo nos gobernábamos. No sólo por nuestros procesos de planificación y desarrollo de avanzada, sino también por nuestro entendimiento cabal y respeto a los procesos públicos. Nos visitaban para observar nuestra pulcritud e integridad en la administración gubernamental. Nos visitaban para observar nuestra diáfana diferenciación de lo que es política y lo que es gobierno; lo que es privado y lo que es público. La corrupción gubernamental rampante de los últimos tiempos ha avergonzado al pueblo puertorriqueño y ha indignado a toda nuestra ciudadanía. Es un mal que lacera nuestra democracia. Viola la confianza pública que es el lazo invisible que une a un gobierno con los gobernados. Los haberes públicos le pertenecen al pueblo. Cuando elegimos un gobierno cada cuatro años, a través del voto, estamos poniendo temporeramente en manos de los funcionarios electos la propiedad que nos pertenece a todos, para que ellos la protejan, la cuiden y la multipliquen en nuestro nombre y para nuestro disfrute. Por lo tanto, el mal uso de fondos públicos y la corrupción gubernamental traicionan la esencia misma de la democracia. Es un mal terrible que también desgasta y desvía los fondos asignados a atender las necesidades básicas de nuestro país. Debilita las herramientas para propiciar el desarrollo económico y para combatir la injusticia social. Por muchos años en nuestro país se han adoptado medidas que se han convertido en leyes para combatir la corrupción. Para desgracia nuestra, el balance en su implantación no ha sido efectivo. No ha habido la determinación, ni la contundencia, ni la ejemplificación para combatirla con el rigor y la tenacidad que exige la protección de los recursos públicos. Cuando miramos a nuestro futuro como pueblo debemos determinar si queremos permitir la continuidad de este tipo de actitud. Yo estoy convencida de que eso no es lo que queremos. Que Puerto Rico no quiere titubeos, ni cortinas de humo, para esconder lo que es evidente. Yo propongo un gobierno limpio para Puerto Rico. Uno en el cual la actitud gubernamental sea contundente e inequívoca y en la cual se lleve a cabo un ataque frontal a la corrupción con castigo seguro a los corruptos. Si el pueblo de Puerto Rico me brinda su confianza, yo propongo:
Si el pueblo puertorriqueño me honra con su confianza, puede tener la seguridad total de que habré de ser fiel a esa confianza. Que jamás violaré lo que para mí es el lazo más sagrado que puede unir a seres humanos. Le empeño mi palabra que en mí tendrán una leal servidora que luchará con todas las fuerzas de su espíritu por darle a nuestro pueblo un gobierno que no solamente acoja sus aspiraciones y sueños, sino que sea un gobierno limpio, como limpio es el pueblo puertorriqueño. © 2000 El Nuevo Día - Derechos Reservados |