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La verdad en Puerto Rico

lunes, 30 de octubre de 2000


Sila M. Calderón
Candidata a la gobernación PPD

EN EL Gobierno de Puerto Rico hay un problema fundamental entre la verdad y la mentira. Se ha acrecentado marcadamente durante esta campaña electoral. La verdad, la honradez y la integridad son elementos esenciales en la tarea de gobernar. La confianza entre el gobernante y su pueblo, atadura primordial en un sistema democrático de gobierno por consentimiento, como lo es el nuestro, se destruye irremediablemente cuando la mentira se convierte en rutina pública, cuando se utiliza y se pretende justificar como instrumento para retener el poder.

Durante los pasados ocho años hemos visto en el Gobierno un desprecio creciente y continuo a la verdad y al que la dice. La renuncia forzada de la secretaria de la Familia, Angie Varela, fue ejemplo de una forma de gobernar donde la verdad tiene que ceder por fuerza ante la exigencia de una lealtad absoluta al jefe político y a la causa electoral, sin importar el precio personal o el costo al pueblo. El dolor de las familias que han sido víctimas del esquema de utilización de las pensiones alimentarias de los niños se menosprecia ante la voluntad implacable de esconder la realidad. Se gobierna con mentiras y se castiga al que dice la verdad.

Ese desprecio a la verdad, a la verdad ajena que es la realidad de otros, a la verdad del que difiere, se convierte en un obstáculo insalvable al entendimiento, a la apertura, a la disposición a escuchar. Imposibilita el diálogo. Un gobierno incapaz de dialogar no retiene la confianza del pueblo y la imposición se convierte en su forma rutinaria de operar.

Ahí también está la raíz de la insensibilidad, la incapacidad de comprender y sentir el dolor de otro ser humano en carne propia. El sufrimiento de los niños que necesitan del sustento de sus padres para sobrevivir, de las madres que requieren el pago ágil y a tiempo de la pensión y también el dolor de los padres alimentantes, que cumplen con sus pagos pero éstos no les llegan a sus hijos, exponiéndose sin razón hasta una pena de reclusión. Todo esto a causa de un intento injustificable de una agencia por lucrarse a expensas de las mismas familias que está obligada a servir.

Por otro lado, el desprecio a la verdad es incompatible con la transparencia gubernamental. Así vimos su fruto en casos como la venta de las facilidades de salud a precios ridículos, por debajo de su valor en el mercado y por debajo de la deuda que aún carga nuestro pueblo por su construcción. Lo vimos también en la venta de la Telefónica, de los terrenos y facilidades públicas. En las decisiones trascendentales que no se consultan ni se comunican adecuadamente, como lo han sido el proyecto del Condado Trío, la ubicación del Puerto de Trasbordo y la adjudicación del monumento del Caracol, entre tantos otros. Y lo hemos visto en el esfuerzo burdo por imponer decisiones ideológicas con proyectos falsos como han sido el plebiscito de 1998 y el propuesto voto presidencial para las próximas elecciones.

Ese desprecio a la verdad quedó ilustrado en su forma máxima con la traición a Vieques y en los esfuerzos subsiguientes de proteger los intereses de la Marina en contra de la evidente voluntad del pueblo. Y ese desprecio a la verdad es también la fuente de la corrupción rampante de este gobierno, un mal que agobia a nuestro pueblo y que le cuesta a cada ciudadano en servicios que no recibe, en obras mal construidas, en fondos que nutren ilegalmente el bolsillo privado de quienes respaldan la campaña del partido de gobierno con sus aportaciones.

Las campañas políticas ejemplifican la forma en que se va a gobernar. Es la mejor evidencia que tiene el votante de los estilos que permearán el gobierno del candidato. Quien hace campaña con respeto, con honor a la verdad, sin difamación o insultos, sin medias verdades o tergiversaciones de la realidad, así mismo gobernará. La campaña refleja las convicciones morales y éticas del candidato o de la candidata, su fortaleza de carácter y su independencia de criterio.

Por el contrario, el que ataca con falsedades, quien permite que sus asesores, publicistas y colegas de partido lancen improperios y acusaciones sin fundamento, el que no desautoriza los intentos por confundir al pueblo con demagogias bochornosas, el que es incapaz de levantar su voz ante la injusticia, venga de donde venga, el que se cruza de brazos ante lo que está pasando en Puerto Rico, así mismo gobernará. Permitirá en su gobierno que se le mienta al pueblo, que se injurie al adversario, que se persiga al que difiere, que se castigue al que dice la verdad y, peor aún, que se excuse al que roba alegando "errores de juicio".

La campaña de Carlos Pesquera ha sido muestra de esto. Ha estado plagada de inuendos, de mentiras y de difamaciones contra mi persona, contra mi esposo y contra mi familia. Se han valido de todos los instrumentos, incluso de algunos medios de comunicación. Culminó con el artículo reciente publicado en el periódico El Vocero en el que se acusaba falsamente a mi familia de emplear a una menor indocumentada y de tratarla de forma cruel e inhumana.

Resulta significativo que lejos de desautorizar esta mentira, lejos de alzar su voz en contra de esta infamia, mi opositor se cruzó de brazos nuevamente. Avaló con su silencio el intento por destruir reputaciones, como avaló la acción de su mentor político al despedir a la Secretaria de la Familia. Como también ha callado y se ha cruzado de brazos ante la corrupción.

El Puerto Rico que anhelamos no puede tener como costo los estilos de confrontación, de imposición y de falta de respeto a individuos, a grupos profesionales y a instituciones, que han caracterizado a la administración de Rosselló y Pesquera. Nuestro pueblo no quiere más de lo mismo. No quiere que la mentira, el insulto, el atropello y, sobre todo, el mal uso de fondos públicos -que tanto nos afecta directamente, y nos cuesta, a cada uno de nosotros- sigan manchando el alma limpia de nuestro pueblo. El que se cruza de brazos ante lo que está ocurriendo en Puerto Rico, traiciona el futuro de cada puertorriqueño. La corrupción, la difamación y el castigo a la verdad no pueden ser jamás el costo del progreso.

Y ESE ES el cambio que yo ofrezco a Puerto Rico. Propongo un gobierno limpio y honesto, de diálogo y de consulta, de apertura y participación, de sensibilidad y respeto para todos, más allá de líneas partidistas. Un gobierno fiel a los principios que atesora nuestro pueblo y leal a todos nuestros compatriotas. Un gobierno que brinde prioridad verdadera a nuestros niños, a las mujeres jefas de familia, a las personas de mayor edad y a la clase media trabajadora que lucha a diario para forjarse un mejor porvenir.

Ese es el cambio que yo te ofrezco. Que llevemos a nuestro país hacia el siglo 21 con firmeza, con fuerza, pero como somos los puertorriqueños: limpios, honestos, sensibles, compasivos, dispuestos y valientes, sin pagar el costo que hemos pagado durante estos últimos ocho años.

© 2000 El Nuevo Día - Derechos Reservados

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