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CON LA INSULINA AL IGLÚ

Publicada en el periódico "La Nueva Espña" el 04 - 04 - 2002

La gijonesa Yaiza García, de 18 años, afronta el reto de viajar al Polo Norte como gesto contra la discriminación de las personas diabéticas

Gijón, A. RUBIERA

Yaiza García Fernández, 18 años, alumna de segundo de Bachillerato de las Dominicas, sólo pensaba a últimos de marzo en no coger gripe. Cuenta su madre, Esperanza Fernández, que sufría con la posibilidad de que un imprevisto de última hora le impidiera viajar a la latitud 90º Norte. Latitud que la situaría, a ella y a otros dos jóvenes diabéticos españoles, en el Polo Norte geográfico, sobre hielos flotantes del océano Glacial Ártico. Y con la insulina bien pegada al cuerpo, no sea que los 35 grados bajo cero congelen un líquido vital para los tres expedicionarios.

La hazaña es un reto con el que la Fundación para la Diabetes, promotora de la idea en la que participa como benjamina la joven de La Calzada, podrá demostrar lo ridículo que puede llegar a ser que un adolescente sufra la frustración de no poder hacer, por ejemplo, un viaje escolar por su condición de enfermo. «Esto es una prueba máxima; si un diabético puede ir al Polo puede hacer cualquier cosa que se proponga», explica Carmen Marín, portavoz de la fundación, una organización privada que busca mejorar la calidad de vida de las personas con desajustes en los niveles de azúcar en sangre.

Yaiza García, el leonés Emilio Valdés ­con experiencia en ascensiones como el Aconcagua­, y la madrileña Azucena de Francisco son las estrellas de un viaje en el que están acompañados por el director de la fundación, Rafael Arana, el médico Jordi Admetlla, el cámara Guillermo Martín y la periodista Julia Noriega, los dos últimos del programa «Saber vivir» de TVE, que serán testigos de la experiencia. Todos estaban ayer en Moscú, primera etapa de su viaje. Después seguirá Siberia Central y de allí a Khatanga, en el Círculo Polar Ártico, donde esperarán un momento idóneo para viajar en helicóptero a la estación polar. El viaje no busca el esfuerzo físico, sino someter a los viajeros al frío extremo, el estrés, los cambios horarios y otras alteraciones que repercuten en su tratamiento. Pero la repercusión apenas supone, según Yaiza García, que «nos pinchemos más a menudo para ver cómo van nuestros niveles de azúcar en sangre, que llevemos agujas más grandes para inyectarnos la insulina por encima del jersey y la ropa de abrigo y que llevemos el líquido pegado al cuerpo, para que no se congele».

Además, todos llevan la medicación de los otros compañeros «no vaya a ser que alguien pierda o se le estropee su insulina», llevan comida apropiada, y no se separan de una riñonera donde va el tratamiento debido en caso de una descompensación grave.

«Cuando me propusieron esto me pareció que era un viaje a la Luna y así estoy, como en la Luna», contaba ayer la gijonesa, que se plantea el viaje como demostración de que «los diabéticos podemos hacer las mismas cosas que los que no lo son. Veo ridículo que se nos pongan limitaciones que no deberíamos tener». Es el testimonio de una joven a la que hace cuatro años, tras una fiebre y un proceso vírico, se le destapó la enfermedad. Aficionada al atletismo, fue miembro del club Esmena, al ciclismo y a casi todos los deportes, dice estar «disfrutando al máximo». Algo más de miedo pasan en casa sus padres, Luis y Esperanza, pero reconocen que «más miedo nos dio cuando, sólo ocho meses después de estar con la insulina, se empeñó en hacer el Camino de Santiago». Y lo hizo. «Ahora, con 18 añinos, en el Polo Norte», concluye su padre.

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