SIESTA

La tarde declinó sobre mi corazón
trayendo rumores de ayeres insondables
cuando el cielo reía
Y mi voz cantaba entre las hojas.
Sentí que nada estaba ausente,
que la luz del mediodía alumbraba mi ventana
y mi perro me seguía 
por el camino polvoriento en busca del arroyo.
¡Un carril infinito 
de siesta y de silencio
bajo la luz brillante que mis ojos cegaba...!
y volví mi cabeza al chistido insolente
de la lechuza enhiesta en el poste de telégrafo.
Las flores me arrojaban
carcajadas de aromas
que se mezclaban seductores
con croares de ranas
ocultas en los charcos.
Siesta de mis lares,
sutil espacio vivo
que alegra en este ocaso
en que no sé ya si veo
la luz de la mañana
en que no me sostengo con mis pasos presentes
sino con el tesoro de mis sueños guardados
que a veces se presentan
pequeños y distantes
pero vivos, activos, vitales, impulsores.
Sólo voy con mi perro
camino del arroyo
bajo la ardiente siesta
que está en mi corazón.

(C)Alberto Peyrano




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