"En Villafranca de Córdoba entró una compañía de moros el día 26 de julio. Les dieron orden de que mataran a todos los hombres y mataron a 35. Después juntaron a otros 200 en la plaza para matarlos también, pero al final no lo hicieron por interposición de un oficial. La gente a la que cogían para matar se la escogía por un chivato. Entonces sacaban a esas personas y las fusilaban. Por ejemplo, había una mujer a la que llamaban la "minera" y a ésa le mataron los hijos y al marido, pero a ella no. También recuerdo que los moros abrían todas las puertas para saquear y robar. De paso que lo hacían era muy común que mataran a la gente con la que se cruzaban." 
(Testimonio de Manuel Navarro). 
 
"(En Córdoba) El camión de la muerte iba buscando gente para matarla. Iba por las tabernas, por las fábricas y detenía a las personas; y después, sin juicio ni nada, las mataban (...) Entonces yo tenía que ir por la leche a un lugar cerca del cementerio. Entonces yo vi toda una hilera de hombres, 20 0 25. Apenas había entrado en el puesto a comprar la leche cuando escuché una ametralladora y vi como todos los hombres caían muertos (...) Recuerdo también que, cuando llovía, la sangre de los fusilados corría por el suelo (...) La verdad es que los de Franco hicieron unas matanzas que no se veía nada más que gente vestida de negro." 
(Testimonio de Concepción Jiménez). 
 
El 14 de agosto, las tropas del general Juan Yagüe tomaban Badajoz. Cientos de prisioneros fueron llevados a la plaza de toros donde, atraillados como perros de caza, eran empujados al ruedo para blanco de las ametralladoras que, bien emplazadas, los destruían con ráfagas implacables. 5 mil prisioneros republicanos fueron eliminados.
 
"(Acabada la guerra) En Villanueva de Córdoba, en la Fuente Vieja muchas noches entraban los falangistas a dar palizas a los presos republicanos. A Lope Ibáñez, lo dejaban medio muerto y lo teníamos que mover con una manta: todo eran heridas. Le tiraban cubos de agua para que reviviera. Después lo fusilaron... Las palizas eran el pan nuestro de cada día. Una noche, a un tal Illescas, un falangista le dio un bocado en una oreja y le arrancó el pedazo". 
(Testimonio de Santiago Cepas).