LOS CAPITALISTAS VIENEN ATROPELLANDO

¿QUE HACER?

Hay dos realidades en la Argentina. La gran burguesía se hizo mega millonaria, se quedó con el desgüace del estado, controla el grueso de la economía en el país y posee fuertes inversiones en acero, petróleo, petroquímica y otros rubros en Venezuela, Ecuador y Perú, por ejemplo (tal el caso de Perez Companc y Rocca). A la vez, como en una verdadera maraña, está cada vez más asociada con el imperialismo mundial, cuya presencia aumenta en el país, particularmente en la última década. Junto a ésta, hay otra realidad. El Indec estima en 3,1 millones el número de pobres en la Capital y el Gran Buenos Aires, 200.000 de los cuales engrosaron esa cifra sólo entre mayo y octubre. Casi la tercera parte del total, son indigentes, de hogares cuyos ingresos no llegan a los $160 mensuales. Si se proyectan los datos a todo el país, el número de pobres superaría los 10 millones. Entre octubre de 1991 y el mismo mes del ’98, la cifra de pobres creció un 30% y la de indigentes un 150%. La situación tiende a empeorar a pasos agigantados, con un importante aumento de la desocupación y con la economía en retroceso ya desde el último trimestre del año pasado (ver página 4). Más allá de la indiscutible responsabilidad de Menem en sus diez años de gobierno, el problema fundamental no es él, sino el sistema capitalista. En crisis grave desde hace un cuarto de siglo, con dictaduras militares o democracias formales, ha seguido la misma política. Aumenta el PBI y el ingreso per cápita; pero aumentan los pobres e indigentes, crece la desocupación, el empleo precario con interminables jornadas por $300 a $500 mensuales. La salud se está liquidando para el pueblo, al igual que la educación gratuita. El apagón de Edesur es una muestra del carácter piratesco de todos los privatizadores –antes, como Perez Companc, proveedores del Estado– y de la degradación creciente de la calidad de vida de la población (excepto para una minoría que vive cada vez mejor). Frente a esta situación se abren dos caminos: intentar reformar al capitalismo, humanizándolo, o luchar por una revolución que entierre este último episodio de la sociedad de clases. El primero es imposible: la mayoría de los trabajadores y el pueblo estaremos cada vez peor. El segundo camino, es extremadamente duro y difícil, pero es el único realista para impedir que siga avanzando la barbarie en todos los terrenos (económico, social, cultural, represivo). Es decisivo definir el norte hacia el cual queremos dirigirnos, como el cauce que orienta el sentido de las múltiples luchas cotidianas que es imprescindible librar, por el salario, por el trabajo, por las libertades, etcétera. La gran pregunta para millones de explotados es ¿qué hacer?, ¿cómo llevar adelante esas luchas necesarias? Es evidente que no es posible hacerlo con la CGT y con el grueso de los sindicatos, más allá de que aprovechemos su existencia en todo aquello que pueda sernos útil, y participemos en ellos mientras no haya otro tipo de organización que los supere. Pero la realidad impone trabajar para fundar una nueva organización sindical, política, barrial, popular, cultural, de los trabajadores y el pueblo pobre. Una organización que debe ir forjándose desde el activismo de una empresa y/o los luchadores del barrio, que trabajan en distintas empresas, estudian, o están coyunturalmente desocupados. Extender la coordinación a nivel de gremio, barrio o zona, para encarar la lucha por todos los problemas: la desocupación, el salario, las libertades democráticas que son y serán cada vez más pisoteadas por la agudización de la crisis, la salud, la educación, los servicios públicos, el medio ambiente, etcétera. Creemos que ese tipo de organización debería actuar como un sólido frente único de todos los compañeros, sea cual sea su preferencia política, con participación en algún partido o en ninguno, pero que tengan el objetivo común de presentar batalla contra la ofensiva patronal-gubernamental. Los revolucionarios lucharemos contra toda discriminación ideológica, a la vez que trabajaremos por ganar para nuestras posiciones más de fondo a la mayor cantidad posible de compañeros. Pero sin perder de vista la necesidad de la lucha común, y subordinando nuestros intereses a los objetivos más generales del movimiento. Hay que tender a este tipo de organización, porque es el único que puede abrir una perspectiva de lucha revolucionaria. Y aun cuando ésta no se diera, será lo más idóneo para defender, de los ataques del capital, el trabajo, el salario, la educación y las libertades. Las formas específicas que ese proceso pueda adoptar no pueden preverse hoy, ni tampoco la interacción que pueda darse entre organización sindical, social y política. Ellas sólo puede darlas el movimiento de masas en lucha. Pero, en esa perspectiva, estamos convencidos de que un bloque o movimiento polìtico que nuclee a las múltiples agrupaciones de la izquierda y, fundamentalmente, a todos quienes se reclaman anticapitalistas y socialistas y rechazan el orden existente pero no se sienten representados por ninguna organización política, sería una herramienta muy útil en el desarrollo de ese proceso. Simultáneamente, el reagrupamiento y/o la federación de las distintas fracciones que se reivindican del socialismo revolucionario, podría constituir una palanca para dar impulso a ambas tareas, que nada tienen que ver con armar algún tipo de “rejunte” electoral de último momento. Si bien quienes nos reclamamos revolucionarios no podemos decidir cuándo y cómo las masas entrarán en acción, es nuestro deber trabajar para ofrecer una perspectiva de organización que facilite la lucha en todos los terrenos y contribuya a sacar a los explotados de la apatía, la resignación, el desconcierto y/o la bronca impotente que imperan hoy. El horrendo rostro del sistema capitalista, el único posible, aparece cada vez más al desnudo ante los ojos de las masas, con su carga interminable de catástrofes que se multiplican día tras día. Edesur es una pequeña muestra, que acompaña a un gobierno con afanes monárquico-totalitarios, que le regala una millonada a las automotrices y a las petroleras, al tiempo que sumerge a millones en la más completa miseria, persigue a los inmigrantes pobres y da pasos prácticos para la concreción de la “mano dura y tolerancia cero”. La Alianza no tiene un “rostro” distinto para mostrar y renguea del mismo lado antidemocrático que Menem-Corach, avalando su campaña xenófoba y reimplantando la “policía brava” en la Capital. La intervención en la pelea electoral que se dará este año, debe encontrar a la izquierda preocupada –más que por sumar algunos votos– y trabajando por avanzar en la organización barrial, sindical y política, de los trabajadores y el pueblo.