La tortuga había estado muerta una considerable cantidad de tiempo, eso me decía mi nariz y la cohorte de pequeños peces que estaban royendo sus extremidades escamosas. Aunque esto era decepcionante, una tortuga muerta era mejor que ninguna tortuga así que laboriosamente romolqué su cuerpo junto al "Bottle-bumtrinket" (el bote de Gerry que le regaló su hermano, un botecito redondo y poco práctico) y lo até de una de sus aletas al costado del bote.
Los perros estaban muy intrigados, bajo la impresión que era alguna exquisitez exótica comestible que había conseguido para el beneficio especial de ellos. El Bootle-bumtrinket debido a su forma nunca había sido la nave más fácil de dirigir y ahora con el peso muerto de una tortuga amarrada a su costado, mostraba una clara tendencia a girar en círculos. En todo caso después de una hora extenuante de remo, llegamos sin precances al muelle, habiendo atado el bote arrastré el cadáver a la orilla para que pudiera examinarlo.
Era una Tortuga Pico de Aguila, el tipo del cual utilizan su caparazón para fabricar marcos de anteojos y cuyo cuerpo embalsamado puedes a veces ver en las ópticas [en los viejos tiempos]. Su cabeza era grandísima, con una papada arrugada de piel amarilla y una nariz encorvada que le daba una extraordinaria apariencia de aguila. La caparazón estaba maltratada en algunos lugares, presumiblemente en alguna tormenta o por el mordizco de algún tiburón de paso y en algunos lugares estaba cubierto por pequeños racimos de crustaceos bebes. Su lado ventral de un color amarillo pálido que era blando y flexible como si fuera cartón húmedo.
Recientemente había
realizado una larga y fascinante disección de una tortuga acuática de agua dulce
que había encontrado y sentí que esta sería una excelente oportunidad de
comparar la anatomía interna de la tortuga marina con su contraparte de agua
dulce, así que subí el cerro, pedí prestado la carretilla del jardinero y
transporté mi premio hasta la casa y lo puse en la veranda del frente de la
casa.
Sabía que habrían represalias si se me ocurría realizar la disección de la tortuga dentro de la casa, pero sentía que nadie en su sano juicio se opondría a la disección de la tortuga en la veranda. Con mi libro de anotaciones preparado y una fila de serruchos, bisturíes y navajas filosas ordenadas como si estuviese preparado para una operación, me puse a trabajar.
Averigué que la parte inferior blanda y amarilla se salía con bastante facilidad, comparado con la otra tortuga que me tomó tres cuartos de hora aserruchar. Cuando la parte inferior de la caparazón estaba libre la levanté como una tapa de un plato y ahí bajo ella estaban todos los deliciosos misterios de los órganos internos de la tortuga al descubierto, multicolores y muy olorosos.
Estaba tan absorbido por la curiosidad que ni siquiera me di cuenta del olor. Los perros, en todo caso, quienes normalmente consideraban el excremento fresco de vaca un aroma ideal para agregar un poco de color a sus vidas amorosas, desaparecieron unánimamente muy desagradados, estornudando violentamente. Descubrí, para mi placer, que la tortuga era hembra y que tenía una gran cantidad de huevos a medio formar en su interior. Eran del tamaño aproximado de una pelota de pingpong, blandos, redondos y naranjos como un nasturtium (una flor). Habían catorce de ellos, los removí con sumo cuidado y los coloqué en una fila brillante y glutinosa sobre las lastras de la entrada de la casa.
La tortuga parecía tener una cantidad prodigiosa de tripas y decidí que debería incluir la cifra exacta de este aparato sorprendente en mi libro de anotaciones ya manchado con sangre. Con la ayuda de un bisturí desprendí la tripa del lado posterior de la tortuga y procedí a sacarlo. Parecía no terminar nunca, pero después de poco tiempo lo tenía estirado cuidadosamente por la veranda en una serie de meandros y vueltas, algo así como una línea de ferrocarril borracha. Una sección estaba compuesta por el estómago, una bolsa horrible de color grisaceo, como un globo lleno de agua. Este obviamente estaba lleno de la última cena de la tortuga y yo sentía, en el interés de la ciencia, debería averiguar que estaba comiendo previo a su muerte. Ensarté un bisturí a la gran masa inestable y corte tentativamente. Inmediatamente todo el estómago se deinfló completamente con un ruido suspirante pavoroso y un hedor surgió de su interior, un hedor que hizo palidecer hasta la insignificancia al resto de los olores. Hasta yo, fascinado con mis investigaciones, turbadamente retrocedí y tuve que alejarme tosiendo, esperando que el olor disminuyera.
Sabía que podría limpiar la veranda antes que mi familia volviera del pueblo, pero en mi entusiasmo por mi nueva adquisición, se me había completamente olvidado el hecho que Leslie [el hermano mayor] estaba convaleciente en la sala de estar. El aroma del interior de la tortuga, tan punzante que parecía sólido, flotó hacia el interior de la casa a través de las ventanas francesas y envolvió el sofá en el que yacía. Mi primera insinuación de esta catástrofe fue el alarido espeluznante desde el interior de la sala de estar. Antes que pudiera hacer alguna cosa sensible, Leslie vistiendo una sábana se asomó por la ventana.
"Qué es ese maldito olor horrible?!" preguntó guturalmente. Y entonces su mirada cayó sobre la tortuga desmembrada y sus bellos órganos arreglados sobre la entrada, sus ojos se pusieron saltones y su cara adquirió un tono rojo-púrpura. "Qué diablos es eso?!"
Le expliqué, tímidamente, que era una tortuga que estaba disecando. Que era una hembra, rápidamente le dije, esperando poder distraer a Leslie con los detalles. Aquí por ejemplo podía ver los fascinantes huevos que había extraído de su interior.
"Al diablo con sus huevos," gritó Leslie, haciéndolo sonar como algún extraño conjuro medieval. "Saca esa maldita cosa de aquí. Está dejando todo el lugar hediondo."
Le dije que casi llegaba al final de mi disección y que tenía planeado enterrar todas las partes blandas y meramente conservar el esqueleto y caparazón para agregarla a mi colección.
"No harás nada que se le parezca," gritó Leslie. "Vas a tomar toda esa maldita cosa y la vas a enterra. Luego puedes volver y escobillar la veranda."
Lucrecia, nuestra
cocinera, atraída por el escándalo, apareció en la ventana al lado de Leslie.
Abrió la boca para preguntar la naturaleza de esta pelea familiar cuando fue
golpeada medio a medio por el olor de la tortuga. Lucrecia siempre tenía quince
o dieciseis malestares que la atormentaban en cualquier momento dado, que ella
quería con el mismo cariño que otras personas dedican a plantas o su Pequinés.
En ese instante era su estómago que le estaba causando mayores problemas.
Consecuentemente boqueó dos o tres veces débilmente, como un pescado, emitió un
ahorcado "San Spirodón!" y cayó en los brazos de Leslie en un desmayo bien
simulado.
Justo en ese instante, para mi horror, el auto que contenía el
resto de la familia llegó por la entrada y paró frente a la veranda.
"Hola cariño," dijo Madre, bajándose del auto y subiendo por los peldaños. "Tuviste una bonita mañana?"
Antes que pudiera decir algo, la tortuga lo hizo antes. Madre emitió una serie de extraños gritos atorados, sacó su pañuelo y se lo aplastó contra su nariz.
"Qué," exigió indistintamente, "es es olor terrible?"
"Es ese niño de porquería," rugió Leslie desde la ventana, haciendo intentos inefectivos de sujetar a la quejumbrosa Lucrecia contra el marco de la puerta.
Larry y Margo que ahora seguían a Madre por los peldaños posaron sus ojos sobre la tortuga mutilada.
"Qué...?" comenzó Larry y el también fue presa de un ataque de tos.
"Es ese niño maldito," dijo boqueando.
"Sí, cariño," dijo Madre a través de su pañuelo. "Leslie me acaba de contar."
"Es asqueroso," gimió Margo, abanicándose con su pañuelo. "Parece un accidente de ferrocarril".
"Qué es, cariño?" me preguntó mi madre.
Les expliqué que se trataba de una muy interesante tortuga pico de aguila hembra que contenía huevos.
"Pero de seguro no tenías que descuartizarlo aquí en la veranda?" dijo Madre.
"El chico está loco," dijo Larry con convicción. "Todo el lugar apesta como un maldito barco ballenero."
"Realmente pienso que debes llevartelo a otra parte, cariño," dijo Madre. "No podemos tener este olor en la veranda al frente de la casa.
"Dile que entierre la maldita cosa," dijo Leslie, sujetando las sábanas con más firmeza.
"Por qué no lo haces adoptar por una familia de esquiimales?" preguntó Larry. "A ellos les gusta comer grasa de ballena y vermes y cosas así."
"Larry no seas asqueroso," dijo Margaret (Margo). "No comen este tipo de cosas. El mero pensarlo me enferma."
"Pienso que debemos entrar," dijo Madre débilmente. "Posiblemente no huela tanto dentro."
"Pienso que si hay algún lugar donde huele peor, es aquí," gritó Leslie desde la ventana.
"Gerry, cariño, debe limpiar esto," dijo Madre mientras esquivaba delicadamente las tripas de la tortuga," y desinfecta la entrada."
La familia entró y me puse a la labor de despejar la tortuga de la veranda frontal. Sus voces discutían ferozmente y me llegaban desde el interior.
"Es una maldita amenaza," dijo Leslie. "Yo aquí tranquilamente leyendo y repentinamente me toman del cuello."
"Asqueroso," dijo Margo. "No me sorprende que Lucrecia se desmayó."
"Ya es hora de conseguirse otro tutor," dijo Larry. "Dejas la casa por cinco minutos y vuelves para encontrarlo destripando a Moby Dick al frente de la casa."
"Estoy segura que no quería hacer daño," dijo Madre, " pero fue bastante bobo hacerlo en la veranda."
"Bobo!" dijo Larry causticamente. "Andaremos a tontas y a locas por la casa en mascaras de gas los próximos seis meses."
Apilé los restos de la tortuga en la carretilla y las llevé a la cima del cerro tras la casa. Allí hice un hoyo y enterré todas las partes blandas y coloqué la caparazón y esqueleto cerca de un nido de hormigas amigas, que en ocasiones previas me habían ayudado considerablemente en limpiar esqueletos. Pero lo más que habían acabado era una lagartija grande así pues estaba muy interesado en ver si podrían con una tortuga. Se le acercaron con sus antenas moviéndose ansiosamente y luego pararon, la pensaron un poco y luego de una corta junta se alejaron del cuerpo, aparentemente hasta las hormigas estaban en mi contra, volví desanimado a la casa.