Sin embargo, la reconstitución de las izquierdas europeas,más rápida de lo que muchos imaginaron, ha dado nacimiento a un socialismo democrático que busca encontrar las respuestas que requiere una sociedad víctima del individualismo capitalista que sacrifica la justicia a la libertad de los mercados y cuya consecuencia lógica y perversa es la deshumanización egoísta de las sociedades de consumo.
Se acabaron los totalitarismos pero no llegó la democracia, terminó la Guerra Fría pero la paz sigue inalcanzable. Triunfa el post modernismo con su libertad de mercados, pero el bienestar de los pueblos y la derrota del hambre y la miseria están cada vez más lejos que nunca. Entonces, como lo expresara hace poco Patricio AYLWIN: “la lucha de los humanistas no es hoy contra el fascismo, el nazismo o el comunismo sino contra el vacío de ideas, el desencanto del pragmatismo, la complacencia de la riqueza y la herida de la pobreza”.
A este desafío aún no se le ha dado respuesta satisfactoria,ni por parte de los líderes políticos,ni de los grandes pensadores contemporáneos y,menos aún,de las jerarquías espirituales. La Humanidad camina sin brújula,y por si esto fuera poco vivimos la realidad, dice Maurice DUVERGER, de unas Naciones Unidas (ONU) cuyas 3\4 parte de sus miembros practican dictaduras arbitrarias y,a menudo,abominables,con la máscara de textos jurídicos que simulan Estado de Derecho.
Quedan los humanistas y los demócratas auténticos para responder a estas incertidumbres. La razón de ello es que democracia y humanismo son inseparables. La semilla humanista solo germina en terreno democrático, de ese fruto se nutre la sociedad y construye sus valores. De no ser así, asistiremos a la crisis del concepto cientificista de lo humano, con todas sus consecuencias.
Construir una alternativa política que recoja este respeto por los derechos de los demás reclama instituciones democráticas establecidas,parlamento pluralista, sufragio que respete la voluntad nacional, gobierno responsable y consecuente con sus compromisos ante los ciudadanos.
En el Perú parece olvidarse que quienes viven en condición de pobreza, tienen la misma necesidad de encontrar un sentido a su existencia que el que vive en el confort o en la abundancia. Ello podría explicar la ausencia de proyectos de desarrollo social en las políticas del Gobierno de Fujimori, en contraste con el desmesurado afán en mostrar indicadores de prosperidad económica.
Se ignora que conciliar libertad y justicia, resulta la llave maestra del quehacer político, porque en ella se resumen las naturales aspiraciones humanas al orden, a la igualdad y al respeto a nuestra propia identidad.
No hay humanismo si no hay vocación de solidaridad. Lo contrario, es deshumanización totalitaria, es camino a la intolerancia que propicia la violencia, es desconocer el valor de la dignidad de la persona humana.
Tenemos que trabajar en busca de un consenso que nos oriente y nos enseñe la distancia que separa los ideales de la realidad, que nos muestre las limitaciones para poder alcanzar todo lo que se desea y, al mismo tiempo, nos internalice que formamos parte de una sociedad ansiosa de esas grandes orientaciones que ayudan a la comprensión de la realidad y a la práctica solidaria entre quienes la integramos y con la cual convivimos.
Tenemos que repensar totalmente nuestros proyectos políticos tradicionales. Los fenómenos sociales y económicos que sacuden a nuestro país a lo largo del último decenio, mostraron gran escasez de ideas nuevas y por ello la reforma del Estado que tanta falta hace terminó siendo sólo una reforma gestionaria del aparato burocrático.
La proximidad de eventos electorales, ocasiones en las que la pobreza de nuestra cultura política se hace más notoria, favorece la aparición de contradicciones, producto de rupturas y de creaciones y de una ausencia de bases éticas y morales que hacen de la política nacional refugio de la mediocridad. Por ello,por la precariedad que sufre nuestra democracia,viviremos permanentemente amenazados por la violencia y el renacimiento terrorista. Sólo confiamos, total no hay mucho que perder, en que nuestros hombres y mujeres sean fuente de valores sociales y morales, que busquen alcanzar la legitimidad política que los partidos no supieron defender y de los que se aprovecha a menudo el gobierno autoritario. Que luchen por construir democracia al interior de sus organizaciones comunales, gremiales, sociales, municipales, etc. y que imaginen nuevas estrategias sobre la base de confrontar la vieja problemática de población y desarrollo pero sin fundamentalismos ni idolatrías, sino postulando una libertad con respeto irrestricto a los derechos de la persona humana.
La incapacidad inocultable de nuestra clase política, sin excepciones
por desgracia, alienta las conductas distorsionadas de quienes detentan
el poder.