LA
BÚSQUEDA
Siempre
había preguntado como sería la felicidad y si la alcanzaría algún día. Nada
original, por cierto; pero igual se lo preguntaba. Era un hombre simple.
Una
vez le comentaron que había gente feliz no sé en que país, de esos con
nombres raros (como la felicidad, pensó) de Asia o África. ¿O era de Europa?.
Bueno, el lugar no importaba; lo cierto es que si había hombres felices, era
posible para él también. Comenzó a planificar el viaje, aunque no tenía en
claro adonde.
Le
dijeron también que a pesar de que el mundo está lleno de egoísmo, maldad y
otras de esas virtudes humanas, había siempre una esperanza de que todo cambiaría.
¿Cómo?, se preguntó. Y salió a buscar la respuesta porque el que le contó
eso, no se acordaba.
Preguntó
(siempre preguntaba) a unos religiosos, no recordaba de qué religión y le
explicaron que todo comenzó con Adán y Eva. Que Dios los había creado para
que fueran felices y les dio una tierra hermosa para que la cuidaran. Pero que
la competencia, envidiosa de tanta belleza y felicidad, se encargó de
arruinarlo todo. No muy convencido, agradeció la atención dispensada por sus
anfitriones y se fue más confundido que antes, no sin antes comprar una de las
publicaciones que vendían en la salida. No lograría darles la felicidad con
esa pequeña contribución monetaria, pero, por lo menos, ayudaría a satisfacer
necesidades financieras más inmediatas.
Otros,
le explicaron detallada y apasionadamente que el hombre es malo desde sus entrañas,
que Dios no existe y que la felicidad es sólo una ilusión. Antes de dejarse
tentar por la idea del suicidio, agradeció y salió tratando de disimular su
prisa.
Y
así fue que vagó de lugar en lugar, siempre preguntando y preguntando, dejándose
llevar por el menor dato que le llegaba a sus manos. Hasta que se sintió
agotado y decidió no viajar más. Había pasado la mitad de su vida viajando,
preguntando y había dilapidado sus recursos materiales buscando la felicidad; y
no aparecía.
Pero
- sé preguntó (siempre lo hacía)- ¿ahora que no tengo que viajar más, no
tengo que hacer maletas y planear recorridos en mapas, que voy a hacer con mi
tiempo? ¡Me va a sobrar! Y encima, infeliz como soy.
Para
matar el tiempo, como dicen algunos (estúpidos, porque el que mata es él a
nosotros), comenzó a observar su lugar, su propio lugar. Un día se le acercó
un chico, le pidió una moneda y se la dio. Sintió una sensación reconfortante
dentro de él. Le llamó la atención ese niño, con ropas prácticamente
deshilachadas por el tiempo y el uso. Se preguntó (tenía obsesión por las
preguntas) como viviría ese pibe, quienes serían sus padres, tendría más
hermanos. De este modo se enteró que había más chicos como ese, pobres, muy
pobres, viviendo en lugares desheredados de toda comodidad y marginados de este
maravilloso mundo del ciberespacio, parecido a Disneyworld (por lo mágico y
también por lo artificial).
También
(preguntando, por supuesto), se enteró de que había gente que estaba en
desacuerdo con este mundo injusto y quería cambiarlo. ¿Cómo?, volvió a
preguntar. "Empezando por uno mismo, le respondieron". ¿Cómo?,
pregunta reiterativa. "Dejando de insultar por todo lo que está mal,
porque quita energía para trabajar por hacer las cosas bien. Vaya,”ame a
alguien y haga algo por esa persona", le dijeron.
Se
fue, un poco turbado y preguntándose (¡y dale!) Como haría para amar a
alguien, si él siempre estuvo muy ocupado buscando la felicidad. ¡Esa era la
clave! Había estado durante mucho tiempo buscando el objetivo, pero se había
¡olvidado del proceso! ¡Tanto tiempo desperdiciado! ¿Y ahora?.
Intentó,
volvió a intentar y un buen (gran) día amó a alguien. Y ese alguien lo amó a
él. Y se dio cuenta de que amar era sólo cuestión de amar (se entiende, ¿no?).
Tuvieron
hijos, les dieron amor y desde su casa generaban amor para dar y dar.
Cuando,
ya viejo, le preguntaron (esta vez no preguntó, le preguntaron), si había
alcanzado la felicidad, miró al preguntador, le sonrió y poniendo su mano en
el hombro del joven, le dijo: "La felicidad siempre nos acompaña, está al
lado nuestro. Lo que pasa es que somos un poco cortos de vista. No es necesario
buscarla, si realmente la querés, si la deseas con todo tu ser, y té esforzás
para que venga a vos, ella te encuentra solita. Anda, ama a alguien y hacé algo
por esa persona".
El
joven se fue contento (¿feliz?) de haber conversado con ese viejito que
trasuntaba felicidad.
Él
pertenecía a una nueva generación. Toda una vida por delante.
Y no tendrían, seguramente, que viajar ni preguntar tanto.
Hugo Pablo Mauri – Argentino