MACARIO
De
“El llano en llamas”
Acapulco,
Jalisco, México, 16 de mayo de 1918 - Ciudad de México,
8 de enero de 1986
Estoy
sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las
ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran
alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice
eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño.
Y
ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara
aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano
para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a
tablazos... Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza.
Los
sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros.
Las
ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no
se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben
igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene
los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la
cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas.
Pero a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas... Yo quiero
mas a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su
bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la
cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la
conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para
prender el fogón también a mí me toca.
Luego
es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus
manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no
tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos montoncitos.
Por
eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aún
comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé
bien que no me lleno por mas que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe
eso... Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre.
Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja
salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la
iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con
las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que
porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a
alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me
acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella
nunca anda con mentiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de
comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me
les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi
madrina me trata bien.
Por
eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena
conmigo.
Por
eso la quiero... La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he
bebido leche de chiva y también de puerca recién parida; pero no, no es igual
de buena que la leche de Felipa... Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a
chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas,
y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi
madrina en el almuerzo de los domingos... Felipa antes iba todas las noches al
cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose
a un ladito. Luego se las agujereaba para que yo pudiera chupar de aquella leche
dulce y caliente que se dejaba venir en chorros por la lengua... Muchas veces he
comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de
ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me
pasaba los tragos, Felipa me hacia cosquillas por todas partes. Luego sucedía
que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me
servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a
condenarme en el infierno si me moría yo solo allí, en alguna noche...
A
veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta
darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de
éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo
primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace
cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que
tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida... Felipa dice, cuando
tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados.
Que iré al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone
toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que
me perdone, para que
Yo
no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea
mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme
esos chamucos del cuerpo confesándose por mí.
Todos
los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará
ese favor.
Eso
dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto... Sin embargo, lo de tener la cabeza así
de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas
enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes
contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un
tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando viene la chirimía
a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la
madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor... Y mi madrina dice que si en mi
cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el
infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que
yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como
cuando uno esta en la iglesia, esperando salir pronto a la calle para ver cómo
es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por
encima de las condenaciones del señor cura...: "El camino de las cosas
buenas esta lleno de luz”. “El camino de las cosas malas es oscuro”. Eso
dice el señor cura... Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía esta a
oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la
luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quien lo descalabre a pedradas
apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego
hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las
rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno
las manos, porque si no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve
a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque,
eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no
me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer
me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los
pecados mirando que aquello está a oscuras.
Y
ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las
cucarachas.
Ahora
me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna
cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la
aplasto.
Pero
no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados
por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por
debajo de mi cobija... Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las
destripa. Los grillos no sé si truenen.
A
los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin
pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que estan
penando en el purgatorio.
El
día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas
santas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además a mí me
gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos.
En
mi cuarto hay muchos. Tal vez haya mas grillos que cucarachas aquí entre las
arrugas de los costales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato
se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan
su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se
mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente enseguida el ardor del
piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar
y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara
a perder su nalga.
Yo
le unté saliva. Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella,
y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también
le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude... De cualquier modo, yo estoy
más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de
los amantes de aporrear gente.
Aquí
nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las
flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus granadas.
Ella
sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me
acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque
ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como
el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy
a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me
amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa,
aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a
morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno. Y de allí
ya no me sacará nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el
escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo...
Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha
salido ninguna en todo este rato que llevo platicando.
Si
tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de
atarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye
cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá a alguno de toda la
hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a los diablos por mí, para
que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni
siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi
mamá que es allí donde están... Mejor seguiré platicando... De lo que más
ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella
leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del
obelisco...
Juan Rulfo – México