NENA
I
Nena
tenía los rizos rubios y un par de ojos suaves que parecían dos violetas
abiertas. La abuela la llamaba "mi sol"; el abuelo, "la
reina", y la vieja criada encontraba para ella los apodos más originales.
Y es que en aquel cuerpo pequeñito cabían caprichos de reina, audacias de
diablejo, locuras de canario, dulzura de sol... El resto de los criados le decía
"la señorita".
La
señorita despertó aquella mañana después de haber soñado con el último
cuento que leyó la abuela: siete enanos encorvados rondaron por la noche su
cama de niña. Él contempló dormida las siete caras viejas, donde los ojos
brillaban con vida de piedras preciosas; acarició sus barbas y escuchó la música
de sus cascabeles. Al despertar se enderezó sobre los almohadones, buscando aún
la sonrisa encantada de los gnomos: se frotó los ojos... habían huido ya con
la bruma del sueño... Dieron dos golpecitos discretos en la puerta. Entonces,
vuelta a la realidad, empezó a acordarse alegremente:
–
Hoy cumplo siete años, ¡ah!
–
Nena, ¿se puede?
–
Sí, abuelito.
Esperó
al abuelo en pie sobre la cama, con los brazos tendidos y haciendo la figura más
graciosa así despeinada y envuelta en la pijama azul.
Detrás
del abuelo venían la abuelita, papá, mamá y muchas gentes más. Las gentes
todas de la casa, que habían acudido cargadas de juguetes y de ramos de flores.
Y rodearon su cama como los enanos de los gorros encarnados. Nena no sabía
hablar para darles las gracias; sólo acertaba a reír con una risa iluminada de
agradecimiento, con esa viva risa que triunfa en los niños cuando son felices.
II
Mientras
ayudaba a vestirla la vieja criada le iba describiendo la fiesta que se daría
en su honor. Nena escuchaba con la misma grave atención que sabía prestar a
los cuentos de hadas.
Vendrían
muchos niños; todos los niños de las casas amigas en traje de disfraz. Las
salas parecían un jardín. Ya vería: guirnaldas en el techo, en las paredes...
Luego en las puertas habían colgado luminarias para encenderlas cuando llegara
la tarde... Y ya estaba la Nena dispuesta con un traje rosa esponjado y ligero
que le daba el aspecto de estar metida dentro de una flor.
Con
los piececitos silenciosos recorrió la casa. Encontró a papá en mangas de
camisa ayudando él mismo a enredar guirnaldas en la lámpara del salón. La
abuelita se había puesto la cadena de oro y la gran saya que usaba en las
ocasiones solemnes; mamá llevaba un traje tan bello que Nena le dijo que parecía
una princesa. En el comedor descubrió admirada más de un centenar de puestos y
el brillo de colores de las golosinas.
Pellizcó
un pastel recordando con ojos llenos de luz y picardía lo que había hecho
Blanca Nieve en la casita de los siete enanos, y era delicioso pellizcar los
pasteles acordándose de Blanca Nieve.
III
Pasado
el mediodía fueron llegando los graciosos invitados. Pequeños príncipes
coronados de oro. Reyezuelos de escarpines bordados y largas capas que no podían
manejar. María Stuardo fue avanzando con un pasito vivaracho, y Carlo Magno
lloró porque había perdido la espada. Al cabo era aquello una confusión de
risas, de chillidos. Una picante caricatura de la historia y de la vida. Una
miniatura preciosa del carnaval. Había dos gemelitas disfrazadas de griegas que
se sentaron junto a un obispo de la Edad Media y se pusieron alegremente a
charlar. Caperucita Roja jugaba con Mefistófeles y con Polichinela.
Nena
de la mano del abuelo iba presentando el saludo al pequeño mundo disfrazado: un
beso al payaso, un beso al obispo de rostro de manzana, un beso al soldado, a la
mariposa, al pinoquio, al arlequín.
La
alegría se ensanchaba. Mucho más cuando llegó el viejo pianista: era un ciego
que atravesó el salón apoyado en el hombro de su lazarillo.
Se
sentó al piano y comenzó a tocar.
Aquellos
cuerpecitos sintieron adentro el alma loca de la tarantela que interpretaba
admirablemente el pobre músico. Y animados por espontáneo impulso llevaron el
compás, moviendo las cabezas, o hacían un coro de risas claras.
La
chiquitina María Stuardo aplaudía entusiasmada, con aquel vaivén hermoso de
plumas, diademas, flores y lazos, de risueños rostros y dulces cabezas...
Y
era de ver la expresión angelical de los rojos Mefistófeles, y la perdida
arrogancia de los reyezuelos atontados.
Los
primos de Nena bailaron el minué: la niña manejaba un abanico diminuto, y su
caballero lucía un lunar negro y redondo en la mejilla.
–
¡Esto era para volverse loco –decía el abuelo frotándose las manos de
contento.
–
¡Sea por Dios! – añadía la abuelita deslumbrada.
IV
Nena
pidió silencio:
–
¡Pst! ¡Pst! Que el niño del ciego va a cantar. El muchacho encarnado hasta la
frente cantó la canción española con una voz delgada y tímida que parecía
lejana:
Tengo
yo una cachuchita
Que
me la dio un cachuchero.
También
las notas del piano bajo sus dedos infantiles adquirían cierta suavidad: hacían
pensar en los repiques de una campanita que tuviera por badajo una perla.
Los
ojos expresivos de Nena se habían endurecido con un mirar intenso; la canción
de lazarillo caía sobre su corazón como un gotear de lágrimas. Y es que el
muchacho inconscientemente se quejaba en la canción. Era el hijo del ciego, el
niño pobre y aturdido en medio de una fiesta... Su alma toda sollozaba en la música,
en la música leve y blanca.
V
El
abuelo jovial presentó a Nena una gran caja de cartón. He aquí el presente
que ella había de otorgar al pequeño que llevase un trajecito más artístico
y rico; podía obsequiarlo según su antojo y parecer.
Nena
pensaba llena de atolondramiento: ¿Daría el premio a aquel general que llevaba
tan hermoso penacho en el casco o a la bailarina árabe de los tobillos ceñidos
con argollas de plata?
Un
coro de chiquillos ansiosos parecía interrogarla en silencio.
Ante
todo era preciso examinar el contenido de la caja y levantó la tapa. Ahí dormía
un muñeco como una maravilla, fino y sonrosado como un niño. Nena lo
contemplaba estupefacta, pensando que aquello era un amor. Lo levantó en sus
brazos y los ojos codiciosos de los chiquillos se alzaron con él. Jamás los
brazos de Nena se habían estremecido así de gozo al contacto de un juguete: y
al mecerlo funcionaron los resortes y una vocecita hueca chilló cariciosamente:
¡Mamá!
Nena
sonreía a la dulzura del momento; le parecía vivir la belleza de un sueño...
Estrechó aquel puñado de cintas al que veía con vida al través de un nuevo y
fantástico cariño. Lo estrechó como una mujer a su hijo y una pena dura como
un golpe le partió el corazón. Entregar ese tesoro...
Eran
tan bruscos el militar, el arlequín y la pastora... Caperucita Roja lo rompería
enseguida... Quizá el lazarillo... Pero el lazarillo lo aceptaría como una
limosna, y tal vez lo vendería para ayudar con ello al padre ciego... Nena dejó
de amar al lazarillo al que había amado con amor de compasión desde el momento
en que lo consideró capaz de cambiar el muñeco por dinero y... ¡No! ¡No!
La
danzarina árabe no lo merecía a pesar de su riquísimo turbante, y el travieso
Pinoquio podría hacer sufrir aquel cuerpecito de aserrín al que ella veía
sensible al través de un amor. Las emociones agitaban el pecho de la niña y le
dibujaron en la boca una línea de angustia.
Fue
inclinando la cabeza hasta tocar con los rizos sus propias manos amorosas, que
apretaban el cuerpo del muñeco, y con una voz valiente que al final se quebró
en un sollozo imploró:
-¡Si
yo lo quiero tanto que no lo puedo dar!
Nelly Eco - Colombia