Ramiro, una noche de verano...
La
figura del gato subiendo y bajando las escaleras se hizo repetitiva hasta el
hartazgo. Durante tres o cuatro oportunidades observé, en la confusión propia
de una noche como esa, que el felino había ejercitado ese curioso pasatiempo en
varias oportunidades. Llegaba desde la terraza hasta la base de la escalera del
comedor y se estiraba contra la pared maullando rabiosamente. Luego volvía a
subir.
Podría
haber sido cualquier noche de Navidad, pero esta era de fin de año. Una
calurosa noche de diciembre a punto de convertirse en enero. El sonido de los
corchos del champagne se mezclaba con los fuegos artificiales y rompeportones
que la gente decente suele explotar en esas fechas festivas y entre brindis y
saludos, mezclados por qué no, con alguna lágrima, vi que el gato se
restregaba contra la pared de la escalera aullando inquieto.
Ninguna
otra noche hubiera prestado atención a su práctica, salvo por el detalle de
sus ojos que se clavaban en mí, y el tono grave de su maullar que denotaba una
demanda de atención inequívoca.
Sus
actitudes, casi de perro, eran bajar a toda velocidad desde la terraza, gemir y
luego girar sobre sí para retomar viaje hasta arriba. Llegué a pensar que era
su intención que lo siguiesen y así lo hice, desafectándome de la efusividad
reinante en la mesa del comedor.
La
terraza brillaba en la oscuridad por los destellos de luz que provocaban los
fuegos artificiales y proyectaban sombras curiosas que se movían a ritmo
fantasmal de uno a otro extremo a través de las paredes.
La
vieja casa en donde vivía tenía un pequeño ambiente, una antesala que usábamos
para depositar herramientas y muebles en desuso, que estaba al final de la
escalera y era un paso obligado antes de salir a la terraza. Afuera, sólo había
un largo tendedero y el viejo taller del abuelo, un cuartucho que permaneció
cerrado por años. Hacia allí miraba el gato desde la antesala de arriba,
sentado nerviosamente sobre sus cuartos traseros, sin pasar el límite de la
puerta abierta. Desde allí miraba también yo, en complicidad con el animal,
hacia todos los flancos del cielo y particularmente hacia el viejo cuartito, que
también recibía los destellos de luz.
Pero
ocurrió que desde adentro de la pieza también salía un fugaz y atrevida
iluminación que se escapaba por la hendidura de debajo de la puerta de chapa. A
través de allí se veían corretear unas extrañas sombras, y se escuchaban
raros alaridos de alegría o euforia. Cosas que no lograron sorprenderme,
sonidos e imágenes que de alguna forma me fueron familiares en ese momento,
aunque no podía encontrar la razón de aquella cercanía.
Quedamos
unos minutos, el gato y yo, contemplando los hechos que se figuraban por detrás
de la puerta del viejo taller, hasta que el silencio nocturno inundó todo, y la
puerta se abrió.
Lentamente,
una luz cegadora se abrió paso y la sombra se dibujó profunda desde el fondo
del cuarto. Luego empezó a caminar hacia nosotros, muy despacio, ya no
correteando ni chillando como antes, acompañado por otras dos pequeñas sombras
que le hacían de escolta. Cuando los ojos se acostumbraron a la luz, cuando lo
tuve ya cerca, cuando pasó por al lado de nosotros y se incorporó contra la
pared de la antesala junto con sus dos acompañantes, lo pude ver con
detenimiento. Era él, no podía ser, pero era él. Más grande, podría decir más
viejo, pero en realidad tenía la apariencia de un adolescente. Estaba
aterradoramente enorme, tenía la estatura de un chico de diez o doce años, sus
manos eran gigantes y su cara, rodeada de pelos, era la de un hombre. Había en
su mirada un cierto aire de resentimiento sosegado, una especie de lástima de sí
mismo que intentaba borrar con una mueca optimista.
Me
invadieron una serie de sensaciones, emociones incontrolables que escapan a toda
descripción. Quise reír, llorar, abrazarlo en un grito imponente, pedirle perdón.
Quise preguntarle miles de cosas, pero mi garganta estaba adolorida, ahogada por
la emoción, y mi mente, confusa por los recuerdos.
Realmente
era él, después de tanto tiempo, brillando por los destellos de luz de los
fuegos artificiales, ciertamente estaba allí, de pie frente a nosotros, con esa
impunidad que tienen los que llegan sin ser invitados.
No
pude decir nada. No pude hacer nada, a pesar del incómodo silencio. En cambio
él sí pudo, y habló.
-Volví
–dijo mirando a los ojos, con una sonrisa triste. Oír su voz fue una
experiencia abrumadora. Era mucho más grave de lo que hubiera imaginado, una
voz cultivada, madurada. Era una voz adormecida que por fin se desplazaba en el
espacio, llegando a los oídos de aquellos que la habían olvidado.
Un
escalofrío de emociones recorrió mi cuerpo y escuché mi respiración brotar
agitadamente. Mis piernas se torcieron, me dejé caer contra la pared exhalando
toda mi vida por la boca.
Mientras
lo contemplaba, mientras trataba de comprender que lo que tenía enfrente no era
producto de mi imaginación, tuve paralelamente una catarata de recuerdos que me
hacían más extraña su presencia, pero más comprensible su imagen, más
clara. La lejanía me trajo una cantidad de visiones que me hicieron dar crédito
a esa sola palabra que le escuchara pronunciar. Había vuelto, tal como lo
planteaba, había vuelto finalmente.
Siempre
tuve un vago recuerdo de una historia, de la que nunca estuve seguro si se había
tratado de un cuento que alguien me había leído, o de un sueño fantástico de
la infancia. Pero, cierto es que la historia se me presentaba a veces como el
claro recuerdo de una experiencia vivida, aunque nunca podía completarla. A
medida que fui creciendo acabé por comprender que jamás había ocurrido, y que
esa hermosa anécdota formaba parte de un bagaje de remembranzas generadas por
la imaginación, seguramente estimulada por alguna de aquellas dos razones
artificiosas.
Mi
abuelo trabajaba en ese pequeño cuartito de la terraza en el armado de piezas
de iluminación. El viejo estaba jubilado, pero tenía necesidades y un amigo
industrial le daba todas las semanas una cantidad de fichas que ensamblaba con
una máquina durante todo el día, todos los días.
Me
entretenía verlo trabajar, observar esa curiosa máquina con la que el abuelo
trabajaba colocando una parte de la pieza debajo y luego encastrando la parte
superior al hacer bajar una especie de yunque con una palanca verde. Él también
disfrutaba de mi compañía, entonces nos pasábamos horas charlando. Yo lo
ayudaba a contar las fichas y a veces hasta me dejaba ensamblar alguna, pero me
daba cuenta de que lo hacía mal y él, tratando de que no lo advirtiese,
colocaba la pieza encastrada por mí en la bolsa de las defectuosas.
-Quedó
bien –me conformaba de todas maneras.
Yo
tendría unos ocho años y me juntaba con unos chicos que vivían en la misma
cuadra. Eran todos muy vagos y se la pasaban jugando a la pelota, en la calle,
práctica de la cual me veía imposibilitado por carecer de destreza suficiente
y por esa razón me mandaban siempre al arco. Entonces prefería pasarme la
tarde en compañía de mi abuelo. Pero a veces los chicos venían a mi casa y
nos quedábamos todos adentro del cuartito, dialogando amistosamente con el
viejo que nos entretenía con sus historias fantásticas.
No
sé exactamente cuando fue, ni de qué forma. No sé tampoco si fue precisamente
así, pero tengo el recuerdo de que una tarde subí a la terraza para acompañar
al abuelo en su trabajo y estaba con él un monito marrón claro, de larga cola
y pelaje suave. Tenía el monito una cara muy alegre y sus ojos eran de oro
vivo.
El
animal estaba sentado en el banco de trabajo de mi abuelo y ambos dialogaban con
ánimo.
Ramiro
era el nombre del mono, así me lo presentó el viejo, pero por alguna razón
que supongo tuvo que ver con la similitud con la palabra mico, lo llamé Miro.
Miro
se convirtió con el tiempo en un amigo entrañable, una compañía fantástica
que nos tenía a todos encantados con sus charlas. Era en suma inteligente y tenía
una sagacidad a la hora de explicarnos la grandilocuencia de su arte que nos
dejaba atónitos, nos envolvía con su fantasía en una especie de vapor
demencial del que no queríamos escapar nunca y que duraba todo el tiempo que
permanecíamos en el pequeño taller de la terraza.
Miro
pasó a ocupar nuestro centro de atención y cada vez que subíamos al viejo
cuarto era para regocijarnos con su simpatía y sus palabras.
Yo
le contaba al abuelo de todas las experiencias que el monito nos hacía vivir,
de sus fabulosas piruetas y la capacidad de diálogo, algo que nos sorprendía
un poco pero que no dejaba de ser parte de una lógica infantil absolutamente
previsible en el animal.
El
abuelo no subía a la terraza desde hacía una semana, porque había enfermado,
según supe después, irremediablemente. Pero igual quería saber todo lo que
ocurría en el mágico cuartito de arriba y me llamaba con voz débil para que
le narrase cada tarde lo que había acontecido.
-¿Qué
hizo Miro hoy? –me preguntaba.
-Nos
dijo que quiere ser una estrella de circo, abuelo –me emocionaba yo.
-¿En
serio?
-Sí,
dice que sabe hacer muchas piruetas, que es un atleta, que puede correr tan rápido
como un tren y saltar tan alto como un hombre bala. Nosotros queremos que sea
famoso, abuelo –le explicaba y el viejo se reía muy fuerte, hasta que la tos
le borraba la mueca de felicidad.
-Andá,
andá a jugar con Miro y tus amigos, que yo tengo que descansar –me pedía
después de aclararse la garganta.
-Abuelo,
¿Miro es especial porque habla, no?
-Sí,
sí, es muy especial –decía el viejo y yo corría contento por la escalera
para llegar al cuartito de la terraza.
Pero
el monito no quería ser famoso por su condición parlante, sabía que sus
virtudes eran otras, mucho más valiosas. Quería ser reconocido como el único
mono capaz de realizar un sinnúmero de peripecias nunca vistas, quería ser
considerado por lo que sabía hacer y no por ese detalle vago. No quería ser
una atracción
por causa de un simple atributo físico, sino que esperaba que se captara
el valor de su talento. Así nos lo hizo saber cada tarde y consiguió que el
mundo también lo supiese.
Miro
se convirtió en una verdadera estrella que llenaba estadios y convocaba
multitudes. El monito simpático de suave pelaje y ojos dorados se había
consagrado por lo que valía.
Nosotros
nos extasiábamos todas las tardes oyendo sus relatos, de cómo había alcanzado
una vara en el aire, a veinte metros de altura y sin red, y cómo se ganaba los
aplausos efusivos de la audiencia al soportar una carga de tres veces su peso
haciendo equilibrio en la trompa de un elefante. Estábamos alucinados con
nuestro amigo, que poco a poco fue decorando las paredes del cuartito de la
terraza con afiches y pancartas que lo anunciaban en diversos espectáculos, el
gran Miro nos llenaba de orgullo y de alegría. Creo que fue el mejor compañero
que un chico de ocho años y sus amigos pueden tener alguna vez en la historia
de la humanidad.
Una
tarde llegué a casa desde la calle, tal vez del colegio o de la casa de algún
vecino. Distraído y ajeno a todo, noté sin embargo raros movimientos en el
amoblado. Comprobé además, con cierto nerviosismo, que la casa estaba teñida
de una iluminación grisácea, ingrávida, generada por los reflejos apagados de
un sol esquivo que penetraba por las ventanas. Mientras ingresaba con lentitud
al extenso comedor escuché pasos lejanos, que sonaban con una seriedad incólume,
voces secas que retumbaban en ambientes vacíos y adiviné miradas serias en las
sombras que vi pasar de un lado a otro.
Inquieto
gané la escalera y corrí hasta la entrada de la terraza, que encontré cerrada
para mi sorpresa. Al franquear la puerta abrí con fuerza la del cuartito del
abuelo. Lo encontré tan tristemente vacío y falto de aire que me volví hacia
la entrada para contemplarlo desde afuera.
Ya
no había más afiches del monito alegre, no había más luz ni algarabía en
los estantes y el banco de trabajo. La máquina del abuelo estaba tapada con una
bolsa de polietileno gris y la única ventana tenía un tabique en la parte
inferior que la dejaba trabada definitivamente.
Observé
con agitación el cuadro, tratando de encontrar en los rincones oscuros alguna
huella de la felicidad que había sido reina en ese sitio tan querido por
nosotros, pero los resultados fueron nulos. Nada quedaba de aquellos momentos.
Miro tampoco.
Sentí
una mano cálida que se apoyó sobre mi cabeza y luego de hacer una dulce
caricia, una voz lánguida dijo:
-El
abuelo se fue.
Nunca
bajé las escaleras tan desesperado ni salí a la calle con tanta virulencia,
buscando en las entradas de las casas de mis amigos, en los timbres, en ellos
mismos alguna respuesta, pero nadie quiso dármela y me refugié en mi habitación
sin hablar con nadie, y no volví a hacerlo sino mucho tiempo después.
-Volví
–su voz implacable me estremeció. Allí estaba, parado contra la pared de la
antesala, el mismo monito alegre que correteaba por el taller del abuelo, su
pelaje marrón claro que terminaba en la cola más oscurecida. Sus ojos de oro
vivo brillando en el rostro, peludo, grande, redondo.
-No...
no es posible –balbuceé a punto de derrumbarme –Miro, yo... yo creí que
era un sueño –dije temblando de emoción.
Estaba
más grande que antes, era un hombre, había crecido en estatura y su voz sonaba
con madurez, con una carga de rencor y nostalgia, propia de la madurez.
-¿Cómo...
cómo fue que desapareciste? –inquirí.
-Nunca
quise desaparecer, siempre estuve ahí adentro. Fueron ustedes los que se
olvidaron de mí.
-Pero,
Miro, los afiches, el circo, todo desapareció de repente. Creí que jamás había
pasado.
-Eso
es lo que quisieron que creas. Por eso ocultaron todo rastro, toda referencia,
pero yo estaba, allí estuve siempre –dijo el mono con su mirada tierna.
Su
imagen me destrozaba el alma. Su crecimiento, su madurez, verlo convertido en un
adulto me demostraba el tiempo que había pasado desde entonces. Un tiempo
absolutamente perdido para mí y para él, encerrado en un baúl de recuerdos
por tantos años y vuelto a la luz después de un largo período, por alguna mágica
cuestión que sólo interpreté décadas después de ese maravilloso
acontecimiento.
Pude
sin embargo comprender lo que buscaba, sabía que no venía a reclamarme nada,
sino al contrario, a pacificarse conmigo.
–Miro...
yo –alcancé a murmurar. Sus ojos de oro se encendieron dejando escapar una
luz blanca y cálida que alcanzó lo más profundo de mí, recorriéndome desde
los pies hasta el cuero cabelludo y reventando finalmente en mi pecho.
En
sus cavidades de vidrio vi la imagen de toda mi niñez flotando entre risas
algodonadas, correteando por el cuarto en compañía de mis amigos, todos los
amigos que tuve en esa etapa; todos incluido él mismo, tomándome de la mano y
recitando al oído las increíbles aventuras que el tiempo devastador había
casi logrado borrar por completo.
No
pude más que callar, ahogado, como si sus manos crecidas me aferraran con
violencia la garganta y extendiendo los brazos, me acerqué al mono para recibir
de él un emotivo abrazo, tan largo y reparador, tan lleno de comprensión y
entendimiento como no creo que haya vuelto a experimentar en vida. Porque su
respiración húmeda, su aliento dulzón, su ancha y madurada espalda, castigada
por los años de claustro, sus manos callosas que apretaban mi cuerpo con
firmeza, su gemido entrecortado por la impotencia, y su voz apenas en un sollozo
constituyeron quizá la imagen más clara que pude obtener de mí mismo. Seguí
sumergido en el abrazo, sumido en el llanto aliviador, desterrador de penas
inconclusas, durante varias horas, desentendiéndome del entorno y del resto de
la fiesta, abrazado al calor de ese pasado milagroso. O quizá fueron días
enteros los que estuve parado contra el tabique de la pequeña antesala, hasta
dejar caer la última lágrima llevándose consigo todo resquicio de culpa y
pude al fin comprender que había concluido la ceremonia, y que por una extraña
razón me encontraba junto a la pared gastada en silencio, casi en la penumbra,
iluminado sólo por un burlón haz de luz que encendía pequeñas partículas de
polvo suspendidas en el aire.
No
traté de analizar lo que ocurrió esa noche, tampoco tuve los medios
suficientes para hacerlo dado que cada pequeño instante se diluía en la
memoria como fragmentos de distintos episodios aislados en tiempo y espacio.
Sin embargo guardé
celosamente la evocación de ese encuentro, que no pude determinar si se había
tratado de un cuento o de un sueño, pero logré condensar esas pocas imágenes
llegando a la construcción de una hermosa y frecuente historia que llegaba a mí
por un ardid de la imaginación, y aunque aprendí a disfrutar de su recuerdo,
tuve siempre la desdicha de que siempre se desvanecía antes de finalizar y
nunca, jamás la pude completar.
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