LOS NOVIOS DE MIMI
*
MORA, Luis María. Esbozo biográfico del doctor Rafael María Carrasquilla.
Imprenta Eléctrica. 1915. Bogotá, Pág. 7.
(Sobre
un cuento de Jules Lemaitre)
...Y
la Cenicienta se casó con el hijo del rey.
Unos
meses más tarde falleció el monarca; los cortesanos alzaron al príncipe sobre
un pavés, y un heraldo gritó desde el balcón del palacio:
–
¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!
La
reina Cenicienta tuvo una niñita que se llamó la princesa Mimí.
La
princesa Mimí era linda como un sol, buena como un ángel, y de un talento
extraordinario. La tez sonrosada, la cabeza rubia y los ojos azules le
asemejaban a un ramillete de flores.
Cuando
cumplió quince años hubo que pensar en casarla, conforme a las leyes del
reino.
Mas,
como era princesa, no podía casarse sino con príncipe.
Y
no había, en quinientas leguas a la redonda, más que dos príncipes: el príncipe
Polifemo, que era siete veces mayor en estatura que Mimí, y el Príncipe
Pulgarcito, que era siete veces menor en tamaño que ella.
Ambos
estaban prendados de Mimí, pero ninguno era correspondido: el uno por lo
grandulazo y el otro por lo pequeñín.
Sin
embargo, el rey le ordenó a su hija que se decidiese antes de un mes por uno de
los dos pretendientes, y a ellos les permitió que cortejasen a la princesa.
Quedó convenido que el que recibiera calabazas no se daría por ofendido con su
rival.Polifemo llegó con sus regalos: bueyes, carneros, quesos tamaños como
una piedra de molino, frutas por canastadas.
Pulgarcito
llevó canarios y alondras en jaulas doradas, flores y joyas, chirimbolos y
perendengues. Aquello semejaba el mobiliario de una casa de muñecas.
A
Polifemo le iban escoltando ocho gigantes vestidos de pieles de tigre y de oso;
a Pulgarcito, treinta bufones vestidos de arlequines y con gorros puntiagudos
terminados en un cascabel.
Polifemo
hizo verbalmente su autobiografía.
–
No creáis, señora, lo que un poeta llamado Homero ha escrito sobre mí. Comenzó
por afirmar que yo no tenía sino un ojo, y ya veis que los tengo entrambos. No
puedo negar que hace como cuatro mil años conservaba todavía el hábito de
comerme vivos a los hombres que llegaban a mi isla, pero no lo hacía con mala
intención, sino que como eran tan diminutos, me los sorbía yo sin escrúpulos
de conciencia, como podéis vos comeros, al empezar el almuerzo, media docena de
ostras. Por fin desembarcó en mis tierras un griego llamado Ulises, quien me
hizo comprender que aquellas criaturas eran hombres como yo, que tenían madres,
esposas, hijos que los lloraban cuando yo me los comía. Desde entonces no he
vuelto a alimentarme sino de la carne y la leche de mis rebaños. Yo no soy
malo; y ya veis, princesa, que a pesar de mi tamaño y de la fuerza que gasto,
soy para con vos tan manso como un cordero recién nacido.
Por
vanidad, Polifemo no refirió cómo Ulises lo venció, no obstante la
desigualdad de tamaño, ni cómo le vació los ojos, que sólo recobró el
gigantón varios siglos más tarde, merced a los remedios del sabio nigromante
Frestón.
Mimí
pensaba para sí:
–
Este coloso es capaz de devorarme cualquier día que tenga hambre. Y el príncipe
Pulgarcito es tan minúsculo, que el peligro está en que yo me lo coma, por
distracción, a la hora menos pensada.
Pulgarcito
refirió también su historia:
– Unos pérfidos encantadores quisieron extraviarme en un bosque con mis seis hermanitos. Pero tuve la precaución de llenarme los bolsillos de piedrecitas, que fui dejando caer al disimulo, y pudimos volvernos sin dificultad a casa. Por desgracia, topamos con el Ogro, que nos llevó a su palacio y nos acostó en su propia cama, que era tan grande como la azotea de este castillo. Me hice el dormido y alcancé a oír que el Ogro pensaba desayunarse con nosotros siete al amanecer del día siguiente. Coloqué entonces en nuestro lugar a las siete hijas del monstruo, y le robé las botas de siete leguas que me sirvieron mucho en cierta guerra que hube de hacerle a uno de los reyes limítrofes de mi principado. No me he vuelto a poner aquellas botas, porque son de suela muy áspera y me lastiman los pies, y porque como a cada paso lo hacen avanzar a uno siete leguas, le quitan al paseo todos sus atractivos. Tengo las botas en el museo de mi palacio. Allá las veréis, princesa Mimí.
Por
vanidad, Pulgarcito no refirió cómo sus padres eran unos míseros leñadores,
e imitó a Polifemo en lo de mezclar lo falso a lo verdadero; porque el amor, el
interés y también la imaginación nos hacen mentir en ocasiones.
Un
día Polifemo, acostado en el tapiz de Persia del salón -no había asiento que
lo resistiera- con las piernas estiradas que daban hasta la pared de enfrente,
le dijo a Mimí, con un vozarrón que parecía truenos, y que hacía temblar las
vidrieras de colores y mecerse las lámparas de plata pendientes del artesonado
de cedro:
–
Soy pobre de espíritu pero recto de corazón y fuerte de cuerpo. Arranco los peñascos
y los lanzo al mar, desnuco un toro de un puñetazo, y los leones del desierto
tiemblan en mi presencia. Veníos a mi tierra. Veréis montañas que tocan el
cielo, azules por la mañana, rosadas por la tarde; lagos como mares, pero
tersos y diáfanos como un espejo; selvas tan viejas como el mundo. Os llevaré
a dondequiera que lo deseéis. Iré a coger, para obsequiaros, en mesetas altísimas,
flores que a ninguna otra mujer sirvieron de adorno. Mis compañeros y yo
seremos esclavos vuestros. ¿No es destino envidiable y nunca visto llegar a ser
una diosa pequeñita, servida por gigantes, ser reina única –linda y frágil–
de las selvas y las montañas, los torrentes y los lagos, los leones y las águilas?
La
princesa no era indiferente a aquellas frases. Se estremecía, pero gozaba como
un gorrioncillo preso en el hueco de una mano poderosa, que sintiera que él es
dueño de la mano que casi lo ahoga, y que en realidad el cazador es su cautivo.
Entonces
Pulgarcito, arrebujado en un pliegue de la falda de Mimí, le decía con su
armoniosa vocecilla de cristal:
–
Preferidme, princesa. ¡Ocupo tan poco sitio! ¡Qué gozo para mí pensar que
podeís hacer conmigo cuanto os venga en voluntad! Sabré amaros con talento;
decíroslo de cien modos diversos, y adivinar los secretos deseos de ese corazón,
y cambiar mis palabras según que estéis triste o regocijada, animada o lánguida;
según las horas del día y las estaciones del año. Os rodearé de cuanto
inventó la industria humana para hechizar la vida; no tendréis sino objetos
elegantes, telas riquísimas, estatuas cinceladas, joyas y perfumes. Os referiré
historias y cuentos llenos de interés, veréis en el teatro de palacio los
primeros comediantes y trágicos del mundo. Soy músico y poeta. Vale más
descubrir la naturaleza y sentirla que dominarla por fuerza; es más arduo domar
vocablos que domar tigres; más estimable la agilidad de la mente que la fuerza
de los músculos...
Y
Mimí se sonreía y cerraba los ojos como si la estuvieran arrullando.
Una
mañana dijo a sus dos pretendientes:
–
Hacedme unos versos por favor.
El
príncipe Pulgarcito se recogió un momento, y luego recitó estos versos,
chiquitos como él:
Me
llaman unos
El
Pulgarcito,
Y
otros más tunos
Nené
Pulgada;
Me
importa un pito,
No
importa nada.
En
la gotita
Que
la mañana
Deja
en la hojita
De
mejorana,
Integro
el velo
Turquí
del cielo
Fiel
se refleja
Con
sus primores.
Pura
conseja,
Decir
semeja
Que
tantas flores
Tan
olorosas
De
los jardines,
Miles
de rosas
Y
de jazmines
Ricos
de esencia,
Logre
la ciencia,
Quién
sabe cómo,
Tener
guardadas
Reconcentradas
Dentro
de un pomo.
Aunque
soy chico,
No
soy pequeño;
Príncipe
y rico,
Te
ofrezco, con
Férvido
empeño
Mi
corazón.
– ¡Primorosos! ¡Exquisitos! –dijo la princesa.
–
Favor que me hacéis, señora –repuso Pulgarcito, irguiéndose de satisfacción
y creciendo al parecer dos milímetros.
Mimí,
que a pesar de su candor, tenía su poquito de coquetería natural, y gustaba
hacer a sus pretendientes un favor y un disfavor, dijo entonces:
–
Aunque son de estilo algo anticuado, pura escuela romántica.
–
¡Eh! –dijo Polifemo–. No debe de ser difícil hacer versos tan menuditos.
–
Ensayad –le dijo Pulgarcito.
El
gigante se la pasó cavilando el día entero. Nada se le ocurría. A veces se
daba en la frente unos puñetazos tremendos, pero ni por ésas. ¿Cómo era
posible no poder expresar, siquiera en dos renglones iguales, lo que él tenía
allá adentro tan vivo y tan hondo? Aquello era inconcebible... Por fin, a la
tarde, cayó en la cuenta de que amor es consonante de flor. Tres horas después,
entró al gabinete de Mimí y le dijo:
– Ya está aquello
–
Vamos a ver –respondió la princesa.
–
Ahí va:
Eres
bella como una flor,
Por
eso te tengo yo mucho amor.
La
princesa soltó la risa.
–
¿No están buenos los versos? –preguntó Polifemo.
–
Y tan fácil como habría sido hacerlos mejores –replicó Pulgarcito–. Podríais,
por ejemplo, haber dicho:
Rubia
de mis amores, cierto que eres chiquita; pero en cambio, tan mona,resalada y
bonita.
O
también: Yo soy, señora, un gigantón zoquete, tontamente prendado de un juguete.
O
de esta manera:
Explícame,
chiquilla, un problema que ofusca mi razón: ¿Cómo haces, sin llegarme a la
rodilla, ¿Para herirme de frente el corazón?
Por
último, lo que está sucediendo es fuerte cosa: Un roble enamorado de una rosa.
–
Muy bien, príncipe –dijo Mimí.
Pero
advirtió entonces que por las mejillas del gigante se deslizaban dos lágrimas
del tamaño de huevos de gallina, y se sintió profundamente compadecida. Al
mismo tiempo creyó advertir que Pulgarcito se mostraba demasiado satisfecho de
sus habilidades, cosa de malísimo gusto.
–
Y es bueno este animalón –pensó Mimí. Si quisiera, podría destripar al muñequito
éste sin tocarlo, o darle un susto de padre y señor mío, metiéndoselo en el
bolsillo del chaleco.
Se
volvió a Polifemo y le dijo con la mayor dulzura: – No os aflijáis, amigo mío.
Puede que vuestros versos no sean perfectos, pero están compuestos con el corazón,
y dicen lo que deben decir.
–
Pero ni siquiera son versos –replicó Pulgarcito–. El primero tiene nueve y
el segundo, once sílabas. Y este último lleva el acento en la quinta. Sin
contar la cacofonía te ten, y lo trivial de la idea: bella como una flor, y lo
prosaico...
–
Todo eso no prueba –dijo Mimí con imperio– sino que Polifemo es poeta
decadente. ¡Silencio! Príncipe Pulgarcito.
Para
contentarlo del regaño, le regaló tres días después un vestido de la misma
tela del traje que vestía ella aquella mañana. Al ver semejante cosa, Polifemo
se consternó y se lo dijo así a la princesa.
–
¡Ah! no le atribuyáis a ese regalo ninguna importancia. Me sobró un retazo
del vestido, y le mandé hacer un flux a Pulgarcito. No os lo destiné, porque
no habría alcanzado sino cuando más para un lazo de corbata.
Pulgarcito
le trajo a Mimí un botón de rosa que era una verdadera miniatura, un primor, y
ella se lo prendió inmediatamente en el pecho.
–
Una rosita –dijo Polifemo–. Voy a que la compare con las flores que se dan
en mi tierra.
Y
mandó a uno de sus gigantes, que abarcaba siete yardas en cada paso, a que le
trajera la flor. El mensajero llevaba orden de caminar día y noche.
Volvió
trayendo un ramo de flores encarnadas, tan grande cada una como la campana de
una catedral, y Polifemo presentó su ramillete con aires de triunfo.
–
Está bellísimo –dijo Mimí sonriendo– pero, ¿qué hago yo con él, mi
querido príncipe? No puedo prendérmelo ni en el corpiño ni en el cabello.
El
buen gigante, todo corrido, bajó los ojos y no supo qué responder.
Hallábase
el palacio de la princesa Mimí rodeado de un vasto parque, atravesado por un
ancho río de azules ondas. En medio de un islote, se levantaba un pabellón de
porcelana de colores, con vidrieras de piedras preciosas unidas por listoncillos
de plata. El arquitecto le había dado al cenador aquél la forma de un tulipán
descomunal. Gustaba la princesa pasar allí horas enteras, por el gusto de verse
suspendida entre el azul del cielo y el azul del río.
Un
día que estaba allí, medio tendida en una turquesa, soñolienta y soñando,
sintió unos mugidos espantables. Se levantó sobresaltada, abrió un postigo de
la ventana, y vio que el río bajaba como un mar; había sumergido ya el puente
e inundaría en breve la habitación. Tuvo miedo, y comenzó a pedir socorro a
grito herido.
El
rey su padre, la reina Cenicienta su madre, y el príncipe Pulgarcito se
hallaban en la ribera, pálidos, con la angustia pintada en los semblantes y las
manos levantadas al cielo.
En
esto se presentó Polifemo, se metió sin vacilar al río con el agua a la
cintura, llegó de cuatro zancadas al pabellón, puso a la princesa en las
palmas de las manos y unos minutos después la colocó suavemente en el césped
de la orilla.
–
¡Oh! –pensó Mimí– qué cosas tan bellas son el tamaño y la fuerza. Con
él estaría yo protegida de todo peligro; viviría tranquila, sin aprensiones
ni miedo. Probablemente me decido por el gigante.
Y
se sonrió con él de un modo tan expresivo, que el hombrón sintió un escalofrío
de satisfacción que le recorrió el inmenso cuerpo de la cabeza a los pies.
Al
siguiente día amaneció Pulgarcito acobardado y triste. Mimí, para consolarlo,
lo convidó a paseo. Llevábalo de la mano, y se fingió cansada, para ir
despacio y no fatigar al príncipe. Llegaron a un prado donde había una manada
de ovejas. Por desgracia, Pulgarcito llevaba un casaquín de terciopelo
encarnado. Chocó el color aquél a uno de los carneros, que se vino disparado,
con la cabeza baja sobre el mal aventurado principillo. Diose él por muerto,
pero antes de que pudiera tomar resolución alguna, Mimí lo alzó, y al propio
tiempo acertó a abrirle la sombrilla al carnero. Dio el animal asustado media
vuelta a retaguardia y se volvió a sus ovejas.
–
Hizo bien en salir huyendo el bruto ése, dijo Pulgarcito. Si se me llega, lo
mato, y después habrían sido molestias con el dueño.
–
Qué dulce –pensó Mimí– es tener una persona débil e inerme a quien
proteger. Y es imposible no amar a una criatura que necesita apoyarse en uno, y
sobre todo cuando es tan bonita y tan inteligente como este príncipe
Pulgarcito.
Esta
reflexión la decidió y anunció al rey su padre que aceptaba al príncipe
Pulgarcito por esposo y marido.
Cuando
Polifemo lo supo, lanzó un suspiro que hizo retemblar el palacio, pero como era
tan hombre de bien, se inclinó casi hasta el suelo, y alargó la manaza a su
afortunado rival. La manecita del novio apenas se alcanzaba a ver entre la del
gigante.
–
Hacedla feliz –dijo Polifemo.
Ocho
días más tarde se iba a celebrar en la capilla del palacio el matrimonio de
Mimí con su alteza el príncipe Pulgarcito. Ya estaban los desposados al pie
del altar, aguardando la salida del capellán, cuando vinieron a decir que
acababa de llegar el príncipe Querido, ausente hacía muchos años y que
deseaba presenciar el matrimonio.
Invitáronle
a entrar. Era de buena estatura, elegante porte, negros y expresivos ojos, barba
y cabello castaños. Poderoso y rico, tenía además muchísimo talento, gracia
exquisita y muchos y variados conocimientos.
Cuando
Mimí lo vio, se puso pálida como un cirio, enseguida encendida como grana.
Polifemo
se acercó a Pulgarcito, e inclinándose mucho le dijo al oído:
–
Lo que yo hice, ¿no tendréis valor de hacerlo?
–
¡Pero si la amo tanto!
–
Por eso –respondió el gigante.
–
Princesa –dijo Pulgarcito después de un minuto de silencio, os devuelvo la
palabra que me disteis. Casaos con el príncipe Querido; os amo demasiado para
sacrificar vuestra felicidad a la mía.
La
historia no refiere cuál sería la respuesta de la princesa.
El
gigante y el enano salieron de la iglesia.
–
Vámonos juntos –le dijo Polifemo– yo defenderé vuestra debilidad y vos
corregiréis mi torpeza. Hablaremos de Ella todo el día y la protegeremos desde
lejos.
Con
una mano levantó a Pulgarcito, se lo puso en el hombro y echó a andar.
Un
cuarto de hora después desaparecieron en el horizonte.