En lo referente en lo que se ha
dado en llamar "Mundo islámico" –cuyo rostro
multiforme no puede ser descrito aquí ni siquiera de manera
aproximada- quiero solo referirme de forma crítica de uno de
los lemas del debate contemporáneo, que se ofrece gustoso
como la clave general para el esclarecimiento de los procesos
actuales: la expresión "fundamentalismo".
Si, en primer lugar, nos
aseguramos de forma muy breve acerca de las bases sobre las
cuales se apoya el renacimiento actual del mundo islámico,
saltan a la vista dos causas.
En primer término, se halla el
fortalecimiento económico y, con éste, también político y
militar del mundo islámico, a partir del significado que el
petróleo ha adquirido en la política internacional. Pero
mientras que en Occidente el impulso económico ha conducido a
un debilitamiento de la sustancia religiosa, en el mundo islámico
se vincula al nuevo impulso económico una nueva conciencia
religiosa, en la cual se conjugan en indisoluble unidad la
religión islámica, la cultura y la política.
Esta nueva conciencia religiosa
y las posturas que se desprenden de ella se califican hoy en
Occidente como fundamentalismo. Desde mi punto de vista, se
traspone un concepto del protestantismo norteamericano, en
forma inadecuada, a un mundo conformado de modo distinto por
completo, y esto no contribuye al verdadero conocimiento de
las circunstancias.
El fundamentalismo es, según
su sentido originario, una corriente surgida en el
protestantismo norteamericano del siglo XIX, la cual se
pronunció contra el evolucionismo y la crítica bíblica y
que, junto con la defensa de la absoluta infalibilidad de la
Escritura, intentó proporcionar un sólido fundamento
cristiano contra ambos. Sin duda existen analogías con
respecto a esta posición en otros universos espirituales,
pero si se convierte en identidad la analogía, se incurre en
una simplificación errónea.
De dicha fórmula se ha extraído
una clave demasiado simplificada, a través de la cual se
pretende dividir el mundo en dos mitades, una buena y otra
mala. La línea del pretendido fundamentalismo se extiende
entonces desde el protestante y el católico, hasta el
fundamentalismo islámico y el marxista.
La diferencia de los contenidos
no cuenta aquí para nada. Fundamentalista es aquel que
siempre tiene convicciones firmes, por ello actúa como factor
creador de conflictos y como enemigo del progreso. Lo bueno
sería, por el contrario, la duda, la lucha contra antiguas
convicciones, y con esto, todos los movimientos modernos no
dogmáticos o antidogmáticos.
Pero, como se desprende del
contenido, a partir de un esquema clasificatorio puramente
formal no puede interpretarse realmente el mundo. Según mi
parecer, se debería dejar a un lado la expresión «fundamentalismo
islámico», porque oculta, bajo una misma etiqueta, procesos
muy diferentes en lugar de aclararlos. Habría que
diferenciar, según me parece, el punto de partida del nuevo
despertar islámico y sus diversas formas.
En lo que respecta al punto de
partida, me parece muy significativo que los primeros síntomas
del viraje en Irán fueran atentados contra los cines
norteamericanos. El way of life occidental, con su
permisividad moral, fue asumido como un ataque a la propia
identidad y a la dignidad de la propia forma de vida.
El mundo cristiano había
generado, en los momentos de su mayor despliegue de poder, un
sentimiento negativo en torno al propio subdesarrollo y dudas
acerca de la propia identidad, al menos en los círculos
cultos del mundo islámico. De este modo, creció el desprecio
frente al confinamiento de lo moral y lo religioso en el ámbito
puramente privado, frente a una configuración de la vida pública,
en la cual sólo resultaba válido el agnosticismo religioso y
moral.
El poder con el cual ese estilo
de vida fue impuesto formalmente, sobre todo mediante la
exportación de la cultura norteamericana, un estilo de vida
que debía aparecer como el único normal, fue percibido cada
vez más como un ataque contra lo más profundo de la propia
esencia. El hecho de que no sea la atea Unión Soviética,
sino los Estados Unidos de Norteamérica, tolerantes en
materia religiosa y al mismo tiempo fuertemente marcados por
la religión, los que son combatidos y atacados depende de ese
choque entre una cultura moralmente agnóstica y un sistema de
vida, choque en el cual la nación, la cultura, la moral y la
religión aparecían como una totalidad indivisible.
Las configuraciones concretas
de esa nueva autoconciencia son muy variadas. El aferrarse fanáticamente
a las tradiciones religiosas se vincula en muchos sentidos al
fanatismo político y militar, en el cual la religión se
considera de forma directa como un camino de poder terrenal.
La instrumentalización de las energías religiosas en función
de la política es algo muy cercano sin duda a la tradición
islámica.
En consonancia con esto, se ha
desarrollado, en relación con el fenómeno de la resistencia
palestina, una interpretación revolucionaria del Islam que
roza la teología cristiana de la liberación, y que ha hecho
con facilidad una mezcla del terrorismo occidental, inspirado
por el marxismo, y el islámico. Lo que de manera superficial
se denomina «fundamentalismo islámico» se podría vincular
sin dificultad con las ideas socialistas acerca de la liberación:
el Islam es presentado como el verdadero conducto de la lucha
por la liberación de los pueblos oprimidos. Por esta vía,
por ejemplo, ha encontrado Roger Garaudy su camino del
marxismo al Islam. Ve en este último el portador de las
fuerzas revolucionarias contra el capitalismo dominante.
En contraposición con esto, un
mandatario fuertemente marcado por la religión como es el rey
Hassam de Marruecos ha expresado su profunda preocupación por
el futuro del Islam: una interpretación del Islam que
considere como su núcleo la entrega a Dios está reñida con
una interpretación político-revolucionaria, en la cual la
cuestión religiosa se convierte en parte de un chauvinismo
cultural y con ello se subordina a lo político. No deberíamos
disponernos con tanta ligereza al análisis de un fenómeno
tan completo como éste.
El Islam, tan seguro de sí
mismo, actúa desde lejos sobre el Tercer Mundo como algo más
fascinante que un cristianismo dividido consigo mismo. |