Durante
el Encuentro nacional de las familias de Italia, en la plaza
de San Pedro, sábado 20 de octubre
El tema
elegido para este Encuentro nacional fue: "Creer en
la familia es construir el futuro"
Los días 20
y 21 de octubre se celebró en Roma un Encuentro nacional de
las familias italianas para conmemorar el XX aniversario de la
publicación de la exhortación apostólica "Familiaris
consortio". Estuvo precedido de un congreso organizado
por la comisión de la Conferencia episcopal para la familia y
la vida, por el Foro de las asociaciones familiares y por el
Servicio nacional para el proyecto cultural, que se celebró
en el santuario de la Virgen del Amor Divino, del 18 al 20 de
octubre, y tuvo por tema: "La familia, sujeto
social. Raíces, desafíos y proyectos"; participaron
1.200 delegados de 227 diócesis y de las asociaciones
familiares italianas.
El Encuentro nacional tuvo dos momentos significativos:
la vigilia de oración con el Santo Padre, la tarde del sábado
día 20, y la participación en la ceremonia de beatificación
de los esposos italianos Luis y María Beltrame Quattrocchi,
el domingo día 21. El encuentro del sábado tuvo por tema
"Creer en la familia es construir el futuro"; comenzó
a las 15.30 con testimonios y cantos. Ya desde la mañana se
habían ido congregando en la plaza de San Pedro miles de
familias, procedentes de toda Italia.
A las cinco de la tarde fue llevada a la plaza la imagen
-regalo del Papa Pío XI- de la Virgen de Loreto, invocada en
las letanías lauretanas con el título de "Reina de la
familia" y que, situada junto a la cátedra del Santo
Padre, presidió el encuentro; la acompañaban 350 peregrinos
de la ciudad mariana y de la región de Las Marcas,
encabezados por el arzobispo-prelado Angelo Comastri, delegado
pontificio para el santuario. El Vicario de Cristo se unió a
los fieles en la segunda parte del encuentro, a las seis. El
cardenal Camillo Ruini, vicario general del Papa para la diócesis
de Roma y presidente de la Conferencia episcopal italiana,
pronunció unas palabras de saludo.
Se alternaron una hermosa coreografía, cantos, lecturas bíblicas,
textos del magisterio de Juan Pablo II y otros autores,
testimonios y gestos profundamente significativos, como el de
50 familias que desfilaron ante dos grandes braseros,
derramando aceite perfumado para alimentar la llama de la
caridad y del celo misionero.
El Santo Padre, después de pronunciar el discurso que
publicamos, introdujo el acto de alabanza y súplica de los
esposos, en el que tomaron parte todos los matrimonios
presentes, los cuales encendieron antorchas como homenaje a la
Virgen para el acto de consagración de las familias a María,
con el que se concluyó la vigilia.
1. Queridas familias de esta amada nación, que
habéis venido a Roma para confirmar vuestra fe y vuestra
vocación, os saludo a cada una, dándoos un gran abrazo.
Saludo también a las familias huéspedes, procedentes de
diversos países del centro y del este de Europa, con las que
me he encontrado. Mi saludo se extiende al cardenal Camillo
Ruini, presidente de la Conferencia episcopal italiana, y a
los demás señores cardenales y obispos presentes, así como
a las autoridades políticas y civiles.
Os acojo a todos con gran afecto en esta plaza, corazón de la
Iglesia universal, que esta tarde, gracias a la presencia
festiva de tantas familias cristianas, se transforma en una
gran Iglesia doméstica. Os agradezco vuestro cordial
saludo y la alegría que me dais, porque yo también me siento
acogido en vuestro corazón.
Esta cita constituye una nueva etapa del camino que el
año pasado nos condujo aquí, a la plaza de San Pedro,
juntamente con muchos de vosotros y con tantas familias de
todo el mundo, para celebrar el gran jubileo. Estamos aquí
para confirmar este camino y para seguir contemplando a
Jesucristo, Luz que "os llama a iluminar con vuestro
testimonio los pasos de la humanidad por las sendas del nuevo
milenio" (Discurso en el jubileo de las familias,
14 de octubre de 2000, n. 9: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 20 de octubre de 2000, p. 6).
2. Para este encuentro habéis elegido el tema:
"Creer en la familia es construir el futuro". Es un
tema arduo, que nos invita a reflexionar en la verdad de la
familia y, al mismo tiempo, en su papel para el futuro de
la humanidad. En esta reflexión pueden guiarnos algunas
preguntas: "¿Por qué creer en la
familia?". Y también: "¿En qué familia
creer?". Y, por último: "¿Quién debe creer
en la familia?".
Para responder a la primera pregunta debemos partir de
una verdad originaria y fundamental: Dios cree
firmemente en la familia. Desde el inicio, desde el
"principio", al crear al ser humano a su imagen y
semejanza, varón y mujer, quiso poner en el centro de su
proyecto la realidad del amor entre el hombre y la mujer (cf.
Gn 1, 27). Toda la historia de la salvación es un diálogo
apasionado entre el Dios fiel, a quien los profetas
describen a menudo como el novio y el esposo, y la
comunidad elegida, la esposa, tentada con frecuencia por
la infidelidad, pero siempre esperada, buscada y amada
por su Señor (cf. Is 62, 4-5; Os 1-3). Tan
grande y fuerte es la confianza que el Padre tiene en la
familia que, también pensando en ella, envió a su Hijo, el
Esposo, el cual vino a redimir a su esposa, la Iglesia, y en
ella a todo hombre y a toda familia (cf. Carta a las
familias, 18).
Sí, queridas familias, "el Esposo está con
vosotros". De esta presencia, acogida y correspondida,
brota la particular y extraordinaria fuerza sacramental que
transforma vuestra íntima unión de vida en un signo
eficaz del amor entre Cristo y la Iglesia, y hace de
vosotros sujetos responsables y protagonistas de la
vida eclesial y social.
3. El hecho de que Dios haya puesto a la familia como
fundamento de la convivencia humana y como paradigma de la
vida eclesial, exige de parte de todos una respuesta
decidida y convencida. En la Familiaris consortio,
cuyo vigésimo aniversario estamos celebrando, afirmé:
"Familia, sé lo que eres" (n. 17). Hoy añado:
Familia, cree en lo que eres; cree en tu vocación a
ser signo luminoso del amor de Dios.
Este encuentro nos permite dar gracias a Dios por los dones
concedidos a su Iglesia y a las familias que durante estos años
han atesorado las enseñanzas conciliares y las contenidas en
la Familiaris consortio. Además, debemos dar gracias a
la Iglesia que está en Italia y a sus pastores por haber
contribuido de modo determinante a la reflexión sobre el
matrimonio y la familia con importantes documentos, como Evangelización
y sacramento del matrimonio, que desde 1975 ha permitido
llevar a cabo un verdadero cambio en la pastoral familiar, y,
sobre todo, el Directorio de pastoral familiar,
publicado en julio de 1993.
4. La segunda pregunta nos lleva a reflexionar en
un aspecto de gran actualidad, porque hoy, en torno a la idea
de familia, se registran opiniones tan diversas que
inducen a pensar que ya no existe ningún criterio que la
identifique y defina. Además de su dimensión religiosa, la
familia tiene una dimensión social. El valor y el
papel de la familia son igualmente evidentes desde este otro
punto de vista. Hoy, por desgracia, asistimos a la difusión
de visiones distorsionadas y muy peligrosas, alimentadas
por ideologías relativistas y difundidas insistentemente por
los medios de comunicación social. En realidad, por el bien
del Estado y de la sociedad es de fundamental importancia proteger
a la familia fundada en el matrimonio, entendido como acto
que sanciona el compromiso recíproco públicamente expresado
y regulado, la aceptación plena de la responsabilidad con
respecto al otro y a los hijos, y la titularidad de derechos y
deberes como núcleo social primario en el que se funda la
vida de la nación.
Si falla la convicción de que de ningún modo se puede
equiparar la familia fundada en el matrimonio con otras
formas de unión afectiva, corre peligro la misma estructura
social y su fundamento jurídico. El desarrollo armonioso y el
progreso de un pueblo dependen en gran medida de su capacidad
de invertir en la familia, garantizando en el ámbito
legislativo, social y cultural la realización plena y
efectiva de sus funciones y sus obligaciones.
Queridas familias, en un sistema democrático es fundamental
manifestar las razones que motivan la defensa de la familia
fundada en el matrimonio, la cual es la fuente principal de
esperanza para el futuro de la humanidad, como expresa muy
bien la segunda parte del tema elegido para este encuentro. Así
pues, esperamos que las personas, las comunidades y los
sujetos sociales crean cada vez más en la familia fundada
en el matrimonio, lugar de amor y solidaridad auténtica.
5. En realidad, para mirar con confianza al futuro es
necesario que todos crean en la familia, asumiendo las
responsabilidades correspondientes a su papel. Respondemos así
a la tercera pregunta, de las que hemos partido:
"¿Quién debe creer en la familia?". En primer
lugar, quisiera subrayar que los primeros garantes del
bien de la familia son los esposos mismos, viviendo
cada día con responsabilidad sus compromisos, sus alegrías y
sus esfuerzos, y también dando origen, con formas asociadas e
iniciativas culturales, a instancias sociales y legislativas
que contribuyan a sostener la vida familiar. Es conocido y
apreciado el trabajo realizado durante estos años por el Foro
de las asociaciones familiares, al que expreso mi estima por
todo lo que ha hecho y también por la iniciativa denominada Familia
por familia, con la que quiere fortalecer las relaciones
de solidaridad entre las familias italianas y las de los países
del este de Europa.
Una responsabilidad particular tienen los políticos y los
gobernantes, a quienes compete aplicar las normas
constitucionales y aceptar las peticiones más auténticas de
la población, compuesta en su gran mayoría por familias que
han fundado su unión en el vínculo matrimonial. Por tanto,
se esperan con razón intervenciones legislativas centradas en
la dignidad de la persona humana y en la correcta aplicación
del principio de subsidiariedad entre el Estado y la familia;
intervenciones que puedan solucionar cuestiones importantes y,
en muchos casos, decisivas para el futuro del país.
6. En particular, es importante y urgente aplicar
plenamente un sistema escolar y educativo que otorgue
un lugar central a la familia y a su libertad de elección. No
se trata, como algunos afirman erróneamente, de quitar algo a
la escuela pública para darlo a la escuela privada, sino más
bien de superar una injusticia fundamental que perjudica a
todas las familias, impidiendo una efectiva libertad de
iniciativa y de elección. De este modo, se imponen ulteriores
cargas a quienes desean ejercer el derecho fundamental de
elegir la orientación educativa de sus hijos, prefiriendo
escuelas que prestan un servicio público, aunque no sean
estatales.
Es de desear también un decidido salto de calidad en la programación
de las políticas sociales, que deberían tener cada vez más
en cuenta el papel fundamental de la familia para adecuar a
sus necesidades las opciones en el ámbito de la planificación
urbanística, la organización del trabajo, la definición del
salario y los criterios de tasación. También es preciso
prestar una atención particular a la legítima preocupación
de numerosas familias que denuncian una creciente
decadencia de los medios de comunicación, a los cuales,
difundiendo violencia, banalidad y pornografía, cada vez les
importa menos la presencia de los menores y sus derechos. Las
instituciones y las fuerzas sociales no pueden abandonar a las
familias a sí mismas en su esfuerzo por garantizar a sus
hijos ambientes sanos, positivos y ricos en valores humanos y
religiosos.
7. Queridas familias, al afrontar estos grandes desafíos
no os desalentéis y no os sintáis solas: el Señor
cree en vosotras; la Iglesia camina con vosotras; los hombres
de buena voluntad os miran con confianza.
Estáis llamadas a ser protagonistas del futuro de la
humanidad, modelando el rostro de este nuevo milenio. En
esta tarea os asiste y guía la Virgen María, nuestra Madre,
presente aquí, en medio de nosotros, en una imagen suya
particularmente venerada. A la Virgen de Loreto, Reina de la
familia, que en la casa de Nazaret, con su esposo san José,
experimentó las alegrías y los sufrimientos de la vida
familiar, le encomiendo hoy todas vuestras esperanzas,
invocando su celestial protección. Amadísimos esposos, que
el Señor os confirme en el compromiso que asumisteis con las
promesas matrimoniales el día de vuestra boda. El Papa y la
Iglesia oran por vosotros. De corazón os bendigo a vosotros y
a vuestros hijos.
(©L'Osservatore Romano - 26 de octubre de 2001)
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