I I.
SERVICIO A LA VIDA
1) La
transmisión de la vida
Cooperadores
del amor de Dios Creador
28. Dios, con
la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza,
corono y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama a
una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su
poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre y
responsable en la transmisión del don de la vida humana:
"Y bendíjolos Dios y les dijo: Sed fecundos y
multiplicaos y henchid la tierra y sometedla".
Así el
cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida,
el realizar a lo largo de la historia la bendición original
del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina
de hombre a hombre.
La fecundidad
es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo
de la entrega plena y recíproca de los esposos: "El
cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de
la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás
fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para
cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y
del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece
diariamente su propia familia.
La fecundidad
del amor conyugal no se reduce sin embargo a la sola procreación
de los hijos, aunque sea entendida en su dimensión
especificamente humana: se amplia y se enriquece con todos los
frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural que el padre y
la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio de
ellos, a la Iglesia y al mundo.
La doctrina y
la norma siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia
29.
Precisamente porque el amor de los esposos es una participación
singular en el misterio de la vida y del amor de Dios mismo,
la Iglesia sabe que ha recibido la misión especial de
custodiar y proteger la altísima dignidad del matrimonio y la
gravísima responsabilidad de la transmisión de la vida
humana.
De este modo,
siguiendo la tradición viva de la comunidad eclesial a través
de la historia, el reciente Concilio Vaticano II y el
magisterio de mi predecesor Pablo VI, expresado sobre todo en
la encíclica Humanae vitae, han transmitido a nuestro tiempo
un anuncio verdaderamente profético, que reafirma y propone
de nuevo con claridad la doctrina y la norma siempre antigua y
siempre nueva de la Iglesia sobre el matrimonio y sobre la
transmisión de la vida humana.
Por esto, los
Padres Sinodales, en su última asamblea declararon
textualmente: "Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad
de la fe con el sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que
ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cfr. Gaudium et
spes, 50) y después en la encíclica Humanae vitae, y en
concreto, que el amor conyugal debe ser plenamente humano,
exclusivo y abierto a una nueva vida (Humanae vitae, n.11 y
cfr. 9 y 12)".
La Iglesia en
favor de la vida
30. La
doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una situación
social y cultural que la hace a la vez más difícil de
comprender y más urgente e insustituible para promover el
verdadero bien del hombre y de la mujer.
En efecto, el
progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo
acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no
desarrolla solamente la esperanza de crear una humanidad nueva
y mejor, sino también una angustia cada vez más profunda
ante el futuro. Algunos se preguntan si es un bien vivir o si
sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito llamar a
otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia
en un mundo cruel, cuyos terrores no son ni siquiera
previsibles.
Otros piensan
que son los únicos destinatarios de las ventajas de la técnica
y excluyen a los demás a los cuales imponen medios
anticonceptivos o métodos aún peores. Otros todavía,
cautivos como son de la mentalidad consumista y con la única
preocupación de un continuo aumento de bienes materiales,
acaban por no comprenden, y por consiguiente rechazar la
riqueza espiritual de una nueva vida humana. La razón última
de estas mentalidades es la ausencia, en el corazón de los
hombres, de Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los
posibles miedos del mundo y los puede vencer.
Ha nacido así
una mentalidad contra la vida (anti-life mentality), como se
ve en muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo, en
un cierto pánico derivado de los estudios de los ecólogos y
futurólogos sobre la demografía, que a veces exageran el
peligro que representa el incremento demográfico para la
calidad de vida.
Pero la
Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y
enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad.
Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la
Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe
descubrir el esplendor de aquel "Sí", de aquel
"Amén" que es Cristo mismo. Al "no" que
invade y aflige al mundo, contrapone este "Sí"
viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de
cuantos acechan y rebajan la vida.
La Iglesia
está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un
convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con
todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en
cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.
Por esto la
Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la
justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de
otras autoridades públicas, que tratan de limitar de
cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión
sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente
y rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales
autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la
esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay
que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las
relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para
la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de
anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado.
Para que el
plan divino sea realizado cada vez más plenamente
31. La
Iglesia es ciertamente consciente también de los múltiples y
complejos problemas que hoy, en muchos Paises, afectan a los
esposos en su cometido de transmitir responsablemente la vida.
Conoce también el grave problema del incremento demográfico
como se plantea en diversas partes del mundo, con las
implicaciones morales que comporta.
Ella cree,
sin embargo, que una consideración profunda de todos los
aspectos de tales problemas, ofrece una nueva y más fuerte
confirmación de la importancia de la doctrina auténtica
acerca de la regulación de la natalidad, propuesta de nuevo
en el Concilio Vaticano II y en la encíclica Humanae vitae.
Por esto,
junto con los Padres del Sínodo, siento el deber de dirigir
un acuciante invitación a los teólogos a fin de que, uniendo
sus fuerzas para colaborar con el magisterio jerárquico, se
comprometan a iluminar cada vez mejor los fundamentos bíblicos,
las motivaciones éticas y las razones personalistas de esta
doctrina. Así será posible, en el contexto de una exposición
orgánica, hacer que la doctrina de la Iglesia en este
importante capítulo sea verdaderamente accesible a todos los
hombres de buena voluntad, facilitando su comprensión cada
vez más luminosa y profunda; de este modo el plan divino podrán
ser realizado cada vez más plenamente para la salvación del
hombre y gloria del Creador.
A este
respecto, el empeño concorde de los teólogos, inspirado por
la adhesión convencida al magisterio, que es la única guía
auténtica del Pueblo de Dios, presenta una urgencia especial
también a causa de la relación íntima que existe entre la
doctrina católica sobre este punto y la visión del hombre
que propone la Iglesia. Dudas o errores en el ámbito
matrimonial o familiar llevan a una ofuscación grave de la
verdad integral sobre el hombre, en una situación cultural
que muy a menudo es confusa y contradictoria. la aportación
de iluminación y profundización, que los teólogos están
llamados a ofrecer en el cumplimiento de su cometido específico,
tiene un valor incomparable y representa un servicio singular,
altamente meritorio, a la familia y a la humanidad.
En la visión
integral del hombre y de su vocación
32. En el
contexto de una cultura que deforma gravemente o incluso
pierde el verdadero significado de la sexualidad humana,
porque la desarraiga de su referencia a la persona, la Iglesia
siente más urgente i insustituible su misión de presentar la
sexualidad como valor y función de toda la persona creada,
varón y mujer, a imagen de Dios.
En esta
perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó claramente que
"cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la
responsable transmisión de la vida, la índole moral de la
conducta no depende solamente de la sincera intención y
apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con
criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y
de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de
la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con
el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente
la virtud de la castidad conyugal".
Es
precisamente partiendo de la "visión integral del hombre
y de su vocación, no sólo natural y terrena, sino también
sobrenatural y eterna", por lo que Pablo VI afirmó, que
la doctrina de la Iglesia "está fundada sobre la
inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no
puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados
del acto conyugal: el significado unitivo y el significado
procreador". Y concluyó recalcando que hay que excluir,
como intrínsecamente deshonesta, "toda acción que, o en
previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el
desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como
fin o como medio, hacer imposible la procreación".
Cuando los
esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo, separan
estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser
del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión
sexual, se comportan como "árbitros" del designio
divino y "manipulan" y envilecen la sexualidad
humana, y con ella la propia persona del cónyuge, alterando
su valor de donación "total". Así, el lenguaje
natural que expresa la recíproca donación total de los
esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje
objetivamente contradictoria, es decir, el de no darse al otro
totalmente: se produce, no sólo el rechazo positivo de la
apertura a la vida, sino también una falsificación de la
verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en
plenitud personal.
En cambio,
cuando los esposos mediante el recurso a períodos de
infecundidad, respetan la conexión inseparable de los
significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se
comportan como "ministros" del designio de Dios y
"se sirven" de la sexualidad según el dinamismo
original de la donación "total", sin manipulaciones
ni alteraciones.
A la luz de
la misma experiencia de tantas parejas de esposos y de los
datos de las diversas ciencias humanas, la reflexión teológica
puede captar y está llamada a profundizar la diferencia
antropológica y al mismo tiempo moral, que existe entre el
anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales. Se
trata de una diferencia bastante más amplia y profunda de lo
que habitualmente se cree, y que implica en resumidas cuentas
dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana,
irreconciliables entre sí.
La elección
de los ritmos naturales comporta la aceptación del tiempo de
la persona, es decir de la mujer, y con esto la aceptación
también del diálogo, del respeto recíproco, de la
responsabilidad común, del dominio de sí mismo. Aceptar el
tiempo y el diálogo significa reconocer el carácter
espiritual y a la vez corporal de la comunión conyugal, como
también vivir el amor personal en su exigencia de fidelidad.
En este
contexto la pareja experimenta que la comunión conyugal es
enriquecida por aquellos valores de ternura y afectividad, que
constituyen el alma profunda de la sexualidad humana, incluso
en su dimensión física. De este modo la sexualidad es
respetada y promovida en su dimensión verdadera y plenamente
humana, no "usada" en cambio como un
"objeto" que, rompiendo la unidad personal de alma y
cuerpo, contradice la misma creación de Dios en la trama más
profunda entre naturaleza y persona.
La Iglesia
maestra y madre para los esposos en dificultad
33. También
en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y actúa como
maestra y madre.
Como maestra,
no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la
transmisión responsable de la vida. De tal norma la Iglesia
no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a
la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la
naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia
interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de
buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y
de perfección.
Como madre,
la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos que se
encuentran en dificultad sobre este importante punto de la
vida moral; conoce bien su situación, a menudo muy ardua y a
veces verdaderamente atormentada por dificultades de todos
tipo, no sólo individuale sino también sociales; sabe que
muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la
realización concreta, sino también para la misma comprensión
de los valores inherentes a la norma moral.
Pero la misma
y única Iglesia es a la vez maestra y madre. Por esto, la
Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las
eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar
ni comprometer jamás la verdad. En efecto, está convencida
de que no puede hacer verdadera contradicción entre la ley
divina de la transmisión de la vida y la de favorecer el auténtico
amor conyugal. Por esto, la pedagogía concreta de la Iglesia
debe estar siempre unida y nunca separada de su doctrina.
Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi predecesor:
"No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es
una forma de caridad eminente hacia las almas".
Por otra
parte, la auténtica pedagogía eclesial revela su realismo y
su sabiduría solamente desarrollando un compromiso tenaz y
valiente en crear y sostener todas aquellas condiciones
humanas -psicológicas, morales y espirituales- que son
indispensables para comprender y vivir el valor y la norma
moral.
No hay duda
de que entre estas condiciones se deben incluir la constancia
y la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo, la
confianza filial en Dios y en su gracia, el recurso frecuente
a la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y de la
reconciliación. Confortados así, los esposos cristianos podrán
mantener viva la conciencia de la influencia singular que la
gracia del sacramento del matrimonio ejerce sobre todas las
realidades de la vida conyugal, y por consiguiente también
sobre su sexualidad: el don del Espíritu, acogido y
correspondido por los esposos, les ayuda a vivir la sexualidad
humana según el plan de Dios y como signo del amor unitivo y
fecundo de Cristo por su Iglesia.
Pero entre
las condiciones necesarias está también el conocimiento de
la corporeidad y de sus ritmos de fertilidad. En tal sentido
conviene hacer lo posible para que semejante conocimiento se
haga accesible a todos los esposos, y ante todo a las personas
jóvenes, mediante una información y una educación clara,
oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de
expertos. El conocimiento debe desembocar además en la
educación al autocontrol; de ahí la absoluta necesidad de la
virtud de la castidad y de la educación permanente en ella.
Según la visión cristiana, la castidad no significa
absolutamente rechazo ni menosprecio de la sexualidad humana:
significa más bien energía espiritual que sabe defender el
amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe
promoverlo hacia su realización plena.
Pablo VI, con
intuición profunda de sabiduría y amor, no hizo más que
escuchar la experiencia de tantas parejas de esposos cuando en
su encíclica escribió: "El dominio del instinto,
mediante la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género
de duda una ascética, para que las manifestaciones afectivas
de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y
particularmente para observar la continencia periódica. Esta
disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de
perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más
sublime.
Exige un
esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficiosos,
los cónyuges desarrollan integralmente su personalidad,
enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida
familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución
de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge;
ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y
enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres
adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y
eficaz para educar a los hijos".
Itinerario
moral de los esposos
34. Es
siempre muy importante poseer una recta concepción del orden
moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta, cuanto
más numerosas y graves se hacen las dificultades para
respetarlos.
El orden
moral, precisamente porque revela y propone el designio de
Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre ni
algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias más
profundas del hombre creado por Dios, se pone al servicio de
su humanidad plena, con el amor delicado u vinculante con que
Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su
felicidad.
Pero el
hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y
amoroso de Dios, es un ser histórico, que se construye día a
día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce,
ama y realiza el bien moral según diversas etapas de
crecimiento.
También los
esposos, en el ámbito de su vida moral, están llamados a un
continuo camino, sostenidos por el deseo sincero y activo de
conocer cada vez mejor los valores que la ley divina tutela y
promueve, y por la voluntad recta y generosa de encarnarlos en
sus opciones concretas.
Ellos, sin
embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se
puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como
un mandato de Cristo Señor y superar con valentía las
dificultades. "Por ello la llamada ley de gradualidad o
camino gradual no puede identificarse con la gradualidad de la
ley, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la
ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los
esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad
en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la
medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de
responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando
en la gracia divina y en la propia voluntad". En la misma
línea, es propio de la pedagogía de la Iglesia que los
esposos reconozcan ante todo claramente la doctrina de la
Humanae vitae como normativa para el ejercicio de su
sexualidad y se comprometan sinceramente a poner las
condiciones necesarias para observar tal norma.
Esta pedagogía,
como ha puesto de relieve el Sínodo, abarca toda la vida
conyugal. Por esto la función de transmitir la vida debe
estar integrada en la misión global de toda la vida
cristiana, la cual sin la cruz no puede llegar a la resurrección.
En semejante contexto se comprende cómo no se puede quitar de
la vida familiar el sacrificio, es más, se debe aceptar de
corazón, a fin de que el amor conyugal se haga más profundo
y sea fuente de gozo íntimo.
Este camino
exige reflexión, información, educación idónea de los
sacerdotes, religiosos y laicos que están dedicados a la
pastoral familiar; todos ellos podrán ayudar a los esposos en
su itinerario humano y espiritual ,que comporta la conciencia
del pecado, el compromiso sincero a observar la ley moral y el
ministerio de la reconciliación. Conviene también tener
presente que en la intimidad conyugal están implicadas las
voluntades de dos personas, llamadas sin embargo, a una armonía
de mentalidad y de comportamiento. Esto exige no poca
paciencia, simpatía y tiempo. Singular importancia tiene en
este campo la unidad de juicios morales y pastorales de los
sacerdotes: tal unidad debe ser buscad ay asegurada
cuidadosamente, para que los fieles no tengan que sufrir
ansiedades de conciencia.
El camino de
los esposos será pues más fácil si, con estima de la
doctrina de la Iglesia y con confianza en la gracia de Cristo,
ayudados y acompañados por los pastores de almas y por la
comunidad eclesial entera, saben descubrir y experimentar el
valor de liberación y promoción del amor auténtico, que el
Evangelio ofrece y el mandamiento del Señor propone.
Suscitar
convicciones y ofrecer ayudas concretas
35. Ante el
problema de una honesta regulación de la natalidad, la
comunidad eclesial, en el tiempo presente, debe preocuparse
por suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas a quiénes
desean vivir la paternidad y la maternidad de modo
verdaderamente responsable.
En este
campo, mientras la Iglesia se alegra de los resultados
alcanzados por las investigaciones científicas para un
conocimiento más preciso de los ritmos de fertilidad femenina
y alienta a una más decisiva y amplia extensión de tales
estudios, no puede menos de apelar, con renovado vigor, a la
responsabilidad de cuantos -médicos, expertos, consejeros
matrimoniales, educadores, parejas- pueden ayudar
efectivamente a los esposos a vivir su amor, respetando la
estructura y finalidad del acto conyugal que lo expresa. Esto
significa un compromiso más amplio, decisivo y sistemático
en hacer conocer, estimar y aplicar los métodos naturales de
regulación de la fertilidad.
Un testimonio
precioso puede y debe ser dado por aquellos esposos que,
mediante el compromiso común de la continencia periódica,
han llegado a una responsabilidad personal más madura ante el
amor y la vida. Como escribía Pablo VI, "a ellos ha
confiado el Señor la misión de hacer visible ante los
hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor
mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios,
autor de la vida humana".
(n. 66) La
formación religiosa de los jóvenes deberá ser integrada, en
el momento oportuno y según las diversas exigencias
concretas, por una preparación a la vida en pareja que,
presentando el matrimonio como una relación interpersonal del
hombre y de la mujer, a desarrollarse continuamente, estimular
y profundizar en los problemas de la sexualidad conyugal y de
la paternidad responsable, con los conocimientos médico-biológicos
esenciales que están en concesión con ella y los encamine a
la familiaridad con rectos métodos de educación de los
hijos, favoreciendo la adquisición de los elementos de base
para una ordenada conducción de la familia (trabajo estable,
suficiente disponibilidad financiera, sabia administración,
nociones de economía doméstica, etc.).
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