Dios ha
puesto en el hombre, con el sexo, la posibilidad de tomar
parte en ese poder divino, que requiere, como es lógico, un
contexto singular, un lugar también «sagrado: el lecho
conyugal. El matrimonio cuando no se mancilla con prácticas
opuestas a su natural grandeza es el ámbito santo escogido
por Dios para aumentar el número de sus hijos. Dios mismo
ha instituido el matrimonio primero el natural y después el
sacramental con este fin prioritario: la procreación y la
educación de los hijos. Los padres se hacen «cómplices»
de un acto estrictamente creador.
Ellos
disponen la materia y Dios pone el espíritu inmortal;
intervienen en un milagro portentoso. Lo enseña el santo
doctor tan citado por el actual Papa Juan Pablo II, Tomás
de Aquino: «Es más milagro - dice en una pequeña obra
recién traducida al castellano, Los cuatro opuestos el
crear almas, aunque esto maraville menos, que iluminar a un
ciego; sin embargo, como esto es más raro, se tiene por más
admirable». San Agustín queda incluso más maravillado
frente a la formación de un nuevo hombre que ante la
resurrección de un muerto. Cuando Dios resucita a un
muerto, recompone huesos y cenizas; sin embargo - explica
ese grande del saber teológico «Tú antes de llegar a ser
hombre, no eras ni ceniza ni huesos; y has sido hecho, no
siendo antes absolutamente nada>.
BESAR LO
QUE DIOS HA HECHO
Si
dependiera de nosotros que Dios resucitase a un muerto
(pariente, amigo o desconocido), seguramente haríamos todo
cuanto estuviera en nuestro poder, por costoso que
resultase. Si Dios nos dijera: haz esto, y este hombre
volverá a la vida; sentiríamos una emoción profunda y nos
hallaríamos dichosísimos de ser cooperadores de un hecho
colosal, divino. Pues aún de mayor relieve es la concepción
de un nuevo ser humano. De donde no había nada, surge una
imagen de Dios. Por ello Santo Tomás no tiene inconveniente
en hacer suyo el pensamiento de Aristóteles cuando dice que
«El semen humano es algo divino, en tanto que es un hombre
en potencia». Y Tolstoi, en el capitulo Xlll de La sonata
de Kreutzer: «Habría que parar mientes en la obra
grandiosa que se realiza en la mujer cuando está embarazada
o cuando amamanta a un hijo. Se desarrolla el ser que es
nuestra continuación, el que ha de sustituirnos. Sin
embargo, no respetamos esta obra sagrada...»
De nuevo es
San Agustín quien nos ofrece otra sugerencia bellísima: «Cuando
alguno de vosotros besa a un niño, en virtud de la religión
debe descubrir las manos de Dios que lo acaban de formar,
pues es una obra aún reciente de Dios, al cual, de algún
modo, besamos, ya que lo hacemos con lo que él ha hecho».
En rigor,
las actitudes hostiles a la natalidad son inhumanas, y, por
supuesto, absolutamente extrañas al cristianismo. Se
necesita haber perdido de vista lo que el hombre es y el
sentido de la vida, para caer en esa suerte de nihilismo que
prefiere la nada al ser, o en el paradójico hedonismo, que
desprecia los bienes eternos por mantener, a toda costa,
algunas comodidades provisionales. Es preciso recordar lo
que Pablo Vl decía en su tan manipulada encíclica Humanae
vitae: «El problema de la natalidad, como cualquier
otro referente a la vida humana, hay que considerarlo por
encima de las perspectivas parciales de orden biológico o
sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y
de su vocación, no sólo natural y terrena, sino también
sobrenatural y eterna» .
Todo hombre
debe saber que nuestras vidas son los ríos que van a dar al
mar, que es ¡el vivir!; que el final no es más que
el principio; que el tiempo desemboca en la eternidad, en la
que Dios premia o castiga a cada uno según sus obras (Apoc.
22,12). Los cristianos sabemos más; sabemos que los fieles
verán a Dios y vivirán eternamente en la hondura infinita
de su Amor. Sabemos que cuando Dios dijo: «Creced y
multiplicaos y llenad la tierra» (Génesis, 1,28), pretendía
una finalidad ulterior: llenar el Cielo. La criatura humana,
a diferencia de los animales, tiene una «razón especial
para multiplicarse: completar el número de los elegidos»
(Santo Tomás de Aquino), de modo que «la unión entre
marido y mujer (copulatio igitur maris et feminae),
por lo que respecta al género humano, es como el semillero
de la Ciudad de Dios» (San Agustín).
VALE MAS
QUE MIL UNlVERSOS
Depende
—porque así Dios lo ha querido— , de la generosidad de
los padres que un día haya en el Cielo aquella «gran
muchedumbre, que nadie según el decir de San Juan podía
contar». De los que han recibido la llamada divina al
matrimonio depende que aquel día no falte nadie de los
llamados por Dios desde la eternidad a la eternidad. La
responsabilidad de los padres es pues gravísima y gozosa a
un tiempo. Un hombre más o menos importa mucho: vale más
que mil universos, puesto que éstos acaban todos por
desvanecerse; una persona humana, en cambio, no muere jamás:
sólo muere su cuerpo, que resucitará en el último día.
Un solo hombre, una sola mujer, vale toda la Sangre de
Jesucristo, y con esto queda dicho casi todo.
La tristísima
posibilidad que hoy se brinda del placentero e invisible
crimen —cegar las fuentes de la vida—, violentando
injustamente el curso de la naturaleza, es el reverso de una
maravillosa alternativa, de signo positivo, que cobra en
este tiempo valor nuevo: la decisión libremente tomada (y
por eso responsable) de traer al mundo los hijos que la
Providencia divina manifiesta por medio de circunstancias
ordinarias que, a veces no sin dificultad, pueden
descifrarse. También de éstas habremos de tratar.
Antonio
Orozco