La Necesaria Recapitulación
Mario Arce Montoya
Con una rapidez que hasta cierto punto podría parecer inesperada, a las pocas semanas de la jornada electoral somos testigos de las consecuencias del triunfo de Vicente Fox, consecuencias previstas por quienes mantuvimos nuestra opción en el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas.
Con preocupación nos enteramos de las modificaciones que tendrán lugar en materia de relaciones exteriores, de política educativa, en la política laboral y agraria, en el comercio internacional, la "revolución cultural", la política de energéticos, etc. En pocas palabras, estas consecuencias representan la profundización del modelo neoliberal que nos han impuesto y la aplicación de medidas acordes con la perspectiva conservadora que caracteriza al nuevo régimen.
Poco tiempo tendremos los mexicanos para asimilar en su total significado estas pretensiones. Es muy probable que seamos testigos de otra campaña mercadotécnica para convencer a los ciudadanos, sobre las bondades del modelo de desarrollo, métodos en los que el virtual presidente electo ha demostrado destreza y cuya efectividad fue comprobada en su momento, por Carlos Salinas.
Esta nueva situación para nuestra Nación nos exige, sin lugar a dudas, una necesaria recapitulación de lo que ha ocurrido los últimos años, una real autocrítica sobre los métodos y prácticas que hemos empleado y, en consecuencia, definir las estrategias que será necesario desarrollar.
En recientes colaboraciones al periódico La Jornada (junio, 2000), el Dr. Pablo González Casanova hace una clara exposición de las fuerzas que desde la izquierda nacional, enfrentan el modelo de desarrollo neoliberal; entre ellas y de manera significativa, señala al Ejército Zapatista de Liberación Nacional; a los partidarios de la Revolución Democrática, principalmente agrupados en el PRD; a los movimientos de trabajadores de la industria eléctrica, del magisterio y el movimiento estudiantil de 1999.
El Dr. González Casanova hace énfasis también en todos aquellos ciudadanos que sin militancia partidaria, ubicados como sociedad civil, comparten los esfuerzos que las anteriores fuerzas realizan para dar lugar a un proyecto alternativo.
Cada uno de estos actores con seguridad se encuentra realizando en estos momentos una evaluación propia de la situación, sus causas y las tareas a desarrollar en el corto plazo; es previsible que una de estas últimas será la conjunción de esfuerzos.
Sin embargo, para que nuestro instituto político pueda ser integrado en dicha conjunción en condiciones de credibilidad, quienes militamos en el PRD tenemos que realizar nuestra propia evaluación, misma que de ninguna manera podrá restringirse a la valoración de los resultados electorales y sus causas "visibles". Un limitado análisis podría conducirnos a falsas conclusiones, como aquellas que han expuesto algunos dirigentes en los medios de comunicación: atribuyendo el fracaso a un denominado "efecto Fox", a un voto "en cascada", al "voto útil" y a las resistencias que se presentaron en la definición interna de candidaturas.
Si bien tales argumentos pueden ser válidos en ciertos casos, asumirlos como conclusión resulta autocomplaciente, al ocultar las circunstancias objetivas en que los mismos se desarrollaron. Estas circunstancias ya se han discutido desde hace bastante tiempo sin que hayamos ofrecido todavía respuesta a las mismas:
En primer lugar se encuentra el descrédito cada vez mayor a la actividad desarrollada por todos los partidos políticos y donde el PRD no ha sido la excepción. Este descrédito tiene al menos tres fuentes: a) la escasa o nula formación crítica y de análisis existente en el sistema educativo nacional, apoyada en la mediatización que caracteriza a la mayor parte de los medios de comunicación. b) el desprestigio de la actividad política misma, identificada con la simulación, la corrupción y el engaño, lo cual no ha sido propio del partido de Estado, pues esta cultura política es reproducida con mucha claridad por militantes y dirigentes de todos los partidos. c) La desvinculación existente entre las burocracias partidarias y sus militantes, de los representantes populares y la ciudadanía, de los partidos y los movimientos sociales, y entre la problemática cotidiana de individuos o comunidades con la solución expedita de ésta.
Tal descrédito tiene como consecuencia la falta de interés o de verdadera incredulidad sobre las propuestas de campaña y sobre la confianza a los candidatos, muy pocos ciudadanos consideran que la situación podría mejorar sensiblemente con la elección de cierto partido o candidato, muchos inclusive opinan que todo seguirá igual, pero ahora serán otros, con todo lo absurdo de este último argumento.
En segundo lugar, debemos reconocer la incapacidad de nuestro partido para demostrar su congruencia con los objetivos y programa, tanto en la actividad de sus militantes y dirigentes. En este aspecto, también podemos identificar algunas posibles fuentes: a) la falta de una clara definición ideológica y que ésta sea compartida por sus militantes; b) la ausencia de una real actividad de formación política en los militantes, así como la carencia de espacios reales para el análisis y la discusión de los mismos; c) el oportunismo y pragmatismo que demuestra una buena parte de los militantes y dirigentes, para quienes la ética política, los principios y el programa son materia de teóricos, letra muerta y material para los discursos, pero nunca efectivos lineamientos para la actividad política o la acción de gobierno; y d) la ineficacia demostrada institucionalmente en la aplicación del marco legal interno, privilegiando la negociación o pacto por motivos políticos y como consecuencia, la impunidad campeante.
En tercer lugar se encuentra que la principal actividad partidaria consiste en las elecciones internas, donde además se reproducen burdamente los vicios de la alquimia electoral usada por otros partidos en los procesos constitucionales. Llamándonos partidarios de la democracia, hemos sido incapaces de garantizar la limpieza electoral en nuestros propios procesos: los procedimientos y reglamentos que utilizamos están cada vez más acordes con facilitar la actividad de grupos clientelares identificados con las principales mal llamadas "corrientes", que en realidad son grupos de interés y no verdaderas corrientes de opinión.
Por otra parte, ello tiene como consecuencia que la labor militante consista en la búsqueda de cargos y candidaturas, convirtiéndonos en una verdadera agencia de colocaciones; mientras que por otro lado abandonamos la verdadera actividad política en sus espacios naturales: la sociedad, los sindicatos, el campo, los ciudadanos y sus familias.
Después de esto, ¿podríamos sorprendernos de que la ciudadanía no hubiera encontrado en nosotros la opción que creímos ser?, ¿con qué confianza podríamos contar dada nuestras muestras de incongruencia?. Pero tal vez la pregunta más importante a ser contestada es: ¿estamos dispuestos a seguir en el mismo camino plagado de errores?.
Esta última pregunta que debería tener como razonable respuesta un rotundo no, parece sin embargo todavía en duda, sobre todo a partir del reciente espectáculo ofrecido por nuestros dirigentes nacionales durante el pasado 8º pleno del IV Consejo Nacional. De sus resolutivos no se desprenden respuestas claras sobre tal cuestionamiento; por el contrario, resultan preocupantes las pretensiones de "flexibilizar" la toma de decisiones por las direcciones ejecutivas, la aparente pretensión de fortalecer el centralismo, el verticalismo. Más aún, quedan espacios para la duda cuando se pretende que los principales responsables de muchas de las deficiencias que originaron el fracaso del pasado 2 de julio, sean parte de la conducción de las reformas hacia el VI Congreso Nacional.
Sin ser textual, una de las explicaciones ofrecidas por la compañera Amalia García para realizar tales reformas fue que el eje principal de nuestro partido, desde su fundación misma, era terminar con el partido de estado; y como el mismo ya no existe desde el pasado 2 de julio, pues era necesario modificar (¿o encontrar?) nuestros documentos básicos.
De tal manera que quienes militamos en el PRD creyendo que su principal eje y motivación es recuperar la soberanía popular -el traslado del poder a los ciudadanos- y hacer efectivos los propósitos de libertad, justicia, igualdad, equidad e independencia del proyecto formulado por los fundadores de la Nación y por la que ha luchado nuestro pueblo, pues andábamos equivocados; ahora nos enteramos que nuestra finalidad era sacar al PRI de Los Pinos y no sólo uno de tantos requisitos.
Y me pregunto finalmente: ¿hasta cuándo los militantes del PRD, que compartimos convicción democrática y demostramos compromiso con los principios y programa, vamos a mantenernos marginales y desunidos frente a nuestra nomenklatura?.