LA LOGIA LAUTARO:


La denominada logia Lautaro de Buenos Aires ha sido considerada, por numerosos historiadores y divulgadores de la historia de la masonería en América Latina, como un centro de carácter masónico, cuya labor patriótica contribuyó decisivamente a consolidar no sólo la independencia del Cono Sur sino, también, la de todo el Subcontinente iberoamericano. La realidad, sin embargo, suele ser diferente a las pretensiones de los historiadores, especialmente cuando tales pretensiones tienen como finalidad esencial objetivos de orden secundario, como por ejemplo contribuir a prestigiar a la organización masónica, y en consecuencia tienden a relegar a un segundo plano la importancia decisiva de las fuentes y el fin esencial de toda historia que, desde el Renacimiento, no es otro que la búsqueda de la verdad.

Algunos historiadores, pese a reiterar esta presunta influencia de la masonería en una entidad de carácter eminentemente político, han visto con claridad, empero, las contradicciones presentes entre los propios miembros de la Orden del Gran Arquitecto a la hora de implicarse en decisiones trascendentales vinculadas a la cosa pública. Dicho de otro modo, la pertenencia a la masonería no puede garantizar, ni mucho menos, la linealidad de las decisiones personales, puesto que un miembro de la institución ha de actuar, sobre todo y al margen de su pertenencia a la Orden, de acuerdo con sus propios intereses y según las circunstancias históricas.

Ruben Bortnik nos lo recuerda, por ejemplo, al referirse a la actitud de distintos elementos que estaban vinculados a la masonería y, al parecer, también a las intrigas y los manejos revolucionarios de la logia Lautaro. "La circunstancia de que de la masonería provenían asimismo hombres que resultarían totalmente negativos para la causa de América, como Rivadavia, debe interpretarse sobre la base del doble carácter de dicho movimiento", esto es, ¿revolucionario y reaccionario al mismo tiempo? Sobre lo que no puede quedar duda, matiza el citado autor, es sobre el hecho de que la ideología sanmartiniana estaba perfectamente identificada con los verdaderos intereses de América Latina.

La clave parecer ser, en efecto, la egregia figura del prócer argentino José de San Martín, comparable a otros grandes hombres del movimiento emancipador hispanoamericano. Nacido en Yapeyú (Corrientes), el 25 de febrero de 1778, se trasladó muy joven a España donde cursó la carrera militar y, más tarde, intervino en las luchas contra las tropas napoleónicas. Según muchos de sus biógrafos, la masonería influyó entonces en él y en otros jóvenes americanos, o tal vez simplemente las ideas liberales, y, por ello, el entonces teniente coronel José de San Martín, lo mismo que sus compatriotas Carlos María de Alvear y Matías Zapiola, pasó a engrosar las filas de la organización patriótica que, delegada de la Gran Reunión Americana de Miranda, consiguió echar raíces en Cádiz, último reducto de la resistencia española contra el invasor francés.

Al regresar a Buenos Aires, el 9 de marzo de 1812, San Martín que venía a ser "el último representante de la revolución española en tierra americana", fundó la logia Lautaro. Esta organización respondía a la necesidad de hacer frente a los poderosos intereses de la burguesía mercantil porteña, ya que desaparecido el partido morenista, San Martín debió crear un virtual estado mayor político y secreto en el seno del propio ejército. Así, escribe Bortnik, "mientras San Martín, el militar, creó el Regimiento de Granaderos a Caballo, San Martín, el político, daba nacimiento a la logia Lautaro, organismo que, a través de la oficialidad, daría al ejército la ideología de la Revolución Americana. Así, intervino en la revolución del año 12 y decidió su triunfo".

El abogado Mariano Moreno entronizaba la tendencia más radical en el seno de la revolución emancipadora rioplatense. Saavedra, representante de la tendencia liberal-conservadora en la Junta de Gobierno de Buenos Aires, conspiraba contra lo que representaba Moreno y, a raíz de la elección de la denominada Junta Grande, en 1810, se aprovechó la renuncia del Robespierre argentino para enviarlo a una misión diplomática a Londres. Embarcado en enero de 1811, Moreno murió poco después en alta mar, a causa de un envenenamiento.

Durante 1811 y 1812 los saavedristas controlaron el poder en Buenos Aires, pero se generaron tensiones de gravedad en la sociedad porteña, lo que motivó la creación de un triunvirato que actuó como gobierno ejecutivo. La actuación de este organismo dio lugar a la desconfianza de las provincias interiores, puesto que las clases dominantes de Buenos Aires se mostraban partidarias del librecambio, aspecto que favorecía a los intereses británicos, deseosos de intervenir en los intercambios comerciales del territorio rioplatense. Esta política arruinó a las provincias, cuyos diputados, además, fueron expulsados en diciembre de 1811, acusados de conspiración.

En octubre de 1812 se produjo una revolución popular en la que la multitud, que simpatizaba con la Sociedad Patriótica y con la logia Lautaro, contó con el apoyo de las tropas que mandaban San Martín y Alvear. El triunvirato fue derribado y se instauró un nuevo cuerpo formado por los lautarianos Juan José Paso, Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Álvarez. Este segundo triunvirato retomó la línea revolucionaria auspiciada por el difunto Moreno y convocó a una asamblea general que debía celebrarse al año siguiente.

Así, pues, como queda dicho, la desaparición de Moreno dio lugar a un paréntesis en la política revolucionaria que, según Bortnik, se prolongó hasta el regreso de San Martín en 1812. En la revolución de este año, tal como apuntamos, jugaron un papel fundamental la Sociedad Patriótica que dirigía Monteagudo y la logia Lautaro.

En la logia Lautaro, una organización vinculada a la lucha por la revolución continental, actuaban distintos elementos que figurarían activamente en los momentos críticos del huracán revolucionario. Hombres como San Martín, Belgrano, Alvear, Pueyrredón, Castelli, Chilavert, Monteagudo, Álvarez, etc.

La recepción o iniciación en la logia revolucionaria tenía que ser realizada bajo juramento democrático. "Nunca reconocerás por gobierno legítimo de la Patria sino aquel que sea elegido por libre y espontánea voluntad de los pueblos, y siendo el sistema republicano el más adaptable al gobierno de las Américas, propenderás por cuantos medios estén a tu alcance a que los pueblos se decidan por él".

Está generalmente admitido que la logia Lautaro había surgido como una hija austral de la Gran Reunión Americana, fundada por Miranda en Londres pocos años antes, siendo San Martín, como ya se dijo, el encargado de erigirla en Buenos Aires.

Ahora bien, tal como ha destacado Ferrer Benimeli, basta comparar las constituciones, reglamentos e incluso el juramento de estas "logias" Lautaro, Caballeros Racionales, etc., para constatar que no eran otra cosa que sociedades secretas de carácter político, que ansiaban la emancipación de América Latina y la implantación del régimen republicano en los países de ultramar. Numerosos autores como, por ejemplo, Ramón Martínez Zaldúa, Julio Maucini, Alcibíades Lappas, entre otros muchos, se han empeñado de forma reiterada en identificar este tipo de entidades revolucionarias con talleres masónicos más o menos regulares.

En este contexto, además, la figura de José de San Martín ha pasado a engrosar, en estos ensayos apologéticos, el parnaso de los revolucionarios masones de la América española. Diversos autores lo sitúan, pues, no sólo como fundador y principal promotor de las actividades de la logia Lautaro, sino también como consumado masón que, según algunos testimonios, fue distinguido en Bélgica por la logia La Parfaite Amitié, mientras que otros estudiosos y ensayistas que, por lo común, tampoco suelen avalar sus afirmaciones con suficiente documentación probatoria, aseguran que el general porteño no perteneció nunca a la masonería. Como sucede, pues, con otros grandes hombres de la empresa emancipadora, José de San Martín, convertido por méritos propios en padre de la patria americana, ha sido vindicado como un estandarte digno de veneración por una entidad que, en la América independiente y desgarrada de España, erigió nuevos ídolos a la razón y a la libertad, como queriendo buscar grandes ancestros propios con los que sustituir los viejos dogmas, ideológicos y políticos, de la antigua Metrópoli española.

Manuel de Paz-Sánchez

Bibliografía:

 

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