Caudillo
El que, como cabeza, guía y manda a la gente de guerra.
El que dirige algún gremio, comunidad o cuerpo. Ambas acepciones, dadas por la Academia
de la lengua, significan una actitud lícita, porque, partiendo del supuesto
de la licitud o de la necesidad de las guerras, puede hacer falta el estratego
que conduzca en la lucha, si bien las guerras modernas no son dirigidas por
caudillos, sino por muy complejos organismos civiles y militares. Indudable resulta
la licitud del caudillo como dirigente de gremios, corporaciones o cuerpos. De
todos modos, esa expresión ha caído en absoluto desuso referida a los
dirigentes guerreros y a los gremiales.
Más tiene otro sentido que es el corriente. Sánchez Viamonte
dice que, en la Argentina, caudillismo es equivalente a lo que en España se
llamó caciquismo,
y que es “el sistema por el cual un solo personaje político impone su voluntad
dentro de un partido y en la función gubernativa”. Ese mismo autor dice que se
sigue llamando caudillo “a un cierto tipo primitivo de dirigente político que
en un barrio urbano, en una ciudad, en una provincia, o en el país entero,
impone su voluntad a correligionarios incondicionales, a los que favorece y
halaga demagógicamente, a cambio de la sumisión que necesita para sus fines de
dominio personal”.
Fácilmente se advierte que esta acepción tiene un sentido
peyorativo, carácter que no pierde, sino que se refirma, por el hecho de que
así se haga llamar el jefe de algún Estado. (V. CACIQUISMO.)