Adoro estar en el Chaco
Mempo Giardinelli entrevistado por Sandro Abate
Detrás de sus
lentes circulares, a Mempo Giardinelli le brillan los ojos cuando dice
que se vuelve loco por el Chaco, que es una tierra a la que uno la quiere
de manera absolutamente inexplicable, como el amor.
"Lo extrañé
durante veinte años, elegí volver, adoro estar acá,
este es el lugar más hermoso del mundo. Me muero de calor, pero
no hay nada que me guste más", dice.
Giardinelli nació en
Resistencia, y con sus 48 años es uno de los escritores argentinos
que más reconocimientos ha recibido durante los últimos años.
La novela Santo oficio de la memoria (1991), en la cual se retrotrae
a sus ancestros abruzzeses logrando una original expresión literaria,
que oscila entre la ficción y la historia, le ha valido el prestigioso
Premio Internacional Rómulo Gallegos 1993.
En Resistencia inauguró
el VIII Congreso Nacional de Literatura Argentina, realizado a fines del
pasado año.
-¿A qué autores
admira?
Admiro
a muchísima gente desde distintos ángulos. Hay gente que
admiro por su literatura, hay gente que admiro por su ética. Me
parece que Ernesto Sábato es una persona íntegra, importante
para la sociedad argentina de los 90. Si hablamos específicamente
de lo literario, tengo varios autores que para mí han sido formadores.
Básicamente yo siempre
hablo de mis dos Juanes, que son Juan Rulfo y Juan Filloy. Puedo decir
que Rulfo ha sido un padre en cierta forma para mí y Filloy un abuelo.
No fueron personas que me marcaron sólo literariamente. Mi escritura
ni es rulfiana ni es filloydiana -señal de que fueron buenos maestros-,
pero fueron personas que me marcaron como actitud de vida, como procura
de la integridad de un ciudadano y de un escritor. Y además son
dos escritores excepcionales y a los dos los tenía muy bien leídos
cuando los conocí personalmente.
Aparte, me hubiera gustado
mucho conocer a William Faulkner. En la misma medida reconozco como mis
maestros naturales, desde Virgilio a Cervantes, a toda la generación
del Boom.
-¿Cómo ve las letras
argentinas contemporáneas?
Bien. Muy bien. Yo
lo llamo un lujo a contrapelo de la realidad, en medio de un país
que parece en emergencia cultural. Somos un país que marcha velozmente
hacia un proceso de embrutecimiento muy grande y, sin embargo, la literatura
está muy rica.
Yo leo mucha literatura argentina
y me sigo sorprendiendo. Hay por lo menos un centenar de escritores muy
ponderables. Hay para todos los gustos; si pienso en Pedro Organbide no
quiere decir que deje de lado a Guillermo Martínez o a cualquiera
de los de la nueva generación.
Es una narrativa muy plural,
en busca de originalidades, quizá con no toda la audacia narrativa
que yo quisiera que tenga; éste puede ser su flanco débil.
Hay fórmulas que se repiten, hay modas y tendencias que me disgustan,
pero en líneas generales yo diría que para una sociedad que
lleva doce años desde que ha recuperado el uso de la palabra, me
parece una narrativa interesante y considerable.
Por otra parte, en el contexto
continental, la literatura argentina está en la misma búsqueda
que cualquiera de las otras literaturas. Hay un despegue de determinadas
características de la anterior generación, que me parece
saludable, como el abandono del exotismo, el nuevo papel de la mujer, la
recuperación de lo social desde otra perspectiva, la posmodernidad
que aparece en las textualidades.
El fenómeno de la narrativa
hispanoamericana actual es de una horizontalidad tal que en otras generaciones
no hubo. Va a ser imposible encontrar un grupo de cuatro o cinco autores
que sean catalizadores. Al contrario, en este momento hay que hablar de
centenares y a mí me parece muy bueno.
-¿Cómo descubrió
su vocación literaria?
Trabajando, porque
en realidad no hay un día en que uno lo descubre. En este pueblo,
hace cuarenta años, no había televisión, había
una sola radio que se escuchaba de vez en cuando, y en mi casa, una casa
humilde, había libros. Mi mamá y mi hermana leían,
y yo las imitaba. Había una biblioteca modesta, pero decente. Yo
he sido un buen lector desde chiquito.
Esto pudo haber funcionado
como disparador de una vocación narrativa que estaba ahí.
Tuve dos profesoras del Nacional
que fueron determinantes para mí, que me supieron guiar, me recomendaron
qué leer y qué no hacer, de manera que a los dieciocho años
escribía secretamente, como cualquiera a esa edad. Recuerdo haberme
sentido comprometido con la literatura en el servicio militar, que fue
un hito determinante en mi vida. Ese año me dediqué a leer
a Julio Cortázar completo, y toda una literatura del compromiso
que estaba de moda en ese momento.
En 1969 empecé a escribir
mi primera novela, una novelita espantosa que para bien de la literatura
espero que quede inédita, pero que me sirvió como entretenimiento
porque trabajé 250 páginas con tres personajes que se movían,
hablaban y existían.
-¿Qué posibilidades
tienen hoy los escritores argentinos de editar sus obras?
Este es un problema
de mercado que puede afectar a los que recién empiezan. Pero el
centenar de autores consulares que ocupa la narrativa argentina actual
no tiene demasiados problemas para conseguir editor. Mal que mal, la próxima
novela de Marco Denevi o de Isidoro Blainstein o de Fernando López
en Córdoba o Carlos Morán en Santa Fe o Juan José
Hernández en Tucumán, va a tener editor. Toda esa gente está
de alguna manera "colocada" en porciones de mercado, aunque no todavía
entre la crítica. A los que el mercado les pega más es a
los que empiezan.
-Sí, pero la gente
no lee tanto como antes...
Los chicos no leen
porque los grandes no leen. La culpa no es de la televisión sino
del embrutecimiento de la sociedad. ¿Cuántos papás
y mamás tienen tiempo hoy para contarles cuentos a los niños
todas las noches? ¿Cuántas abuelas? Hoy se delegó
eso en otros medios. Lo que hay que hacer es crear políticas de
fomento del hábito de la lectura, tal como otros países viven
haciendo.
-¿En este momento
no se cubren esas expectativas desde el ámbito gubernamental?
Como en todas partes,
el ejemplo del soberano baja. Si nuestra cultura "oficial" es la pavada,
la frivolidad y la superficialidad, esto es lo que la sociedad recibe.
Y en una crisis económica tan dura todo esto repercute. Creo que
lo que estoy diciendo es algo evidente, indesmentible. Creo que hacer cultura
hoy en Argentina es resistir.
-Dentro de este orden, ¿la
poesía es el género más perjudicado?
Las reglas del mercado
han provocado una especie de sentencia de muerte contra algunos géneros,
como la poesía o el cuento. Dicen que la poesía es para una
élite, por lo tanto no publican poesías y logran que la poesía
termine siendo para una élite. Es la profecía autoconfirmada.
Además, el mercado
está infisionado de otras tendencias que yo llamo paraliteratura,
la literatura bastarda que va desde el horóscopo hasta el libro
de cómo te enseño a vivir. Este es un fenómeno de
marketing mundial que comenzó hace veinticinco años
con las memorias de algunos personajes como Henry Kissinger y otros más.
Este fenómeno fue condenado a los géneros tradicionales a
la liquidación, pero no quiere decir que los cuentistas y los poetas
dejen de existir.
-¿Con Santo oficio
de la memoria pretendió recuperar parte de la historia?
Me di cuenta de que
la pregunta correcta no es hacia dónde vamos, sino de dónde
venimos, dónde se acunó la soberbia argentina, la intolerancia.
Y me encontré de pronto con todos mis ancestros. Luego me di cuenta
de que formaba parte de toda una textualidad que empezaba a recuperar historia,
hasta la novela de Mabel Pagano, pasando por Marcos Aguinis, Abelardo Castillo
y Marta Mercader, para dar algunos nombres más.
Ahora vengo a confirmar que
este es un fenómeno continental hasta tal punto que hoy es absurdo
leer a Alejo Carpentier para entender la novela histórica latinoamericana.
La actual es una mirada diferente aunque la historia sea la misma y acá
se vincula con lo posmoderno, porque no es una búsqueda nostalgiosa
sino la indagación de una explicación para el presente de
la historia.
-¿Qué rumbos
nuevos quiso explorar con Imposible equilibrio (1995), su última
novela?
En primer lugar, quise
salirme de la densidad y la complejidad de Santo oficio de la memoria,
una novela que me desgarró y me significó nueve años
de trabajo, que me puso la piel al rojo vivo porque tiene el corazón
sangrando todo el tiempo. Con Imposible equilibrio quise tomarme
un respiro, volver a una parodia que recuperara lo fantástico sin
caer en el realismo mágico, teorizar al mismo tiempo sobre la creación
literaraia. Es una novela cordial, divertida, juguetona para burlarme un
poco de nuestras solemnidades. La novela procura ser un elogio de la antisolemnidad
o algo así.
-¿Qué significa
el Chaco para usted? ¿Por qué es tan importante en sus obras?
Chaco está en todo
lo que he escrito, aunque el color local me ha servido para que en la academia
me adjudiquen el rótulo de costumbrista naturalista. Pero es una
de las pocas cosas en las que he sido coherente en mi vida. A mí
no se me representa el frío narrativo. ¿Cómo puedo
escribir un cuento en Groenlandia o en Tierra del Fuego? En mis obras aparecen
los chaqueños, donde hace calor, hay mosquitos y pasan las cosas
que el calor provoca.
Muchas veces me he preguntado
qué tiene el Chaco para mí. En Chaco no hay nada, es un páramo,
apenas unas esculturas; ni siquiera tiene postales. Es una tierra muy yerma
a la que uno la quiere de manera absolutamente inexplicable, como el amor.
Yo me vuelvo loco por el Chaco. Lo extrañé durante veinte
años, elegí volver, adoro estar acá, este es el lugar
más hermoso del mundo. Me muero de calor y no hay nada que me guste
más que estar acá. Es absolutamente inexplicable porque la
razón no puede dar una fundamentación. Es un sentimiento.
29 de febrero, 1996