La Argentina después de los atentados
¿Solos frente al mundo?
Mempo Giardinelli
Los brutales atentados terroristas del martes 11 de septiembre contra
las Torres Gemelas en Nueva York y contra el Pentágono en Washington
realmente cambiaron el mundo. No sé si —como se ha repetido tanto—
ese día nació un mundo nuevo, pero sí sé que
éste terminó de volverse peligrosísimo.
Más de una semana después, los
atentados siguen exigiendo la condena. Enfática, rotunda y definitivamente
no hay excusas ni justificativos, ni siquiera atenuantes, para un ataque
tan cobarde y miserable sobre civiles inocentes y desarmados que viajaban
a bordo de aviones comerciales, iban a sus trabajos o simplemente eran
turistas que andaban por ahí.
Pero a la vista de la locura que parece haberse
enseñoreado sobre los que claman venganzas y castigos infinitos,
es imprescindible advertir que lo repudiable no es solamente la violencia
de los atacantes suicidas (sean quienes fueren) sino toda forma de violencia.
Incluso la punitoria, por mucho que la quieran justificar.
El terrorismo como arma ideológica
o religiosa es una canallada inadmisible, pero también lo es su
contracara, que ahora asoma de manera peligrosa: el patriotismo ultraderechista
del gobierno norteamericano, montado sobre el dolor de un pueblo herido
que se pregunta y no comprende por qué los atacaron a ellos, y cuyo
sentimiento nacionalista es exaltado por una propaganda mediática
que hubiera envidiado el nazismo.
El Sr. Bush y sus halcones están lanzados
a una venganza cuyas consecuencias van a ser tan atroces y condenables
como los cobardes ataques que produjeron decenas de miles de muertos y
desaparecidos en Nueva York y Washington. Los únicos beneficiados
por la locura que parece estar desatándose desde la Casa Blanca
y el Pentágono van a ser, una vez más, y como han señalado
escritores norteamericanos de prestigio como Susan Sontag, Norman Mailer
o el famoso lingüista y profesor del irreprochable MIT (Massachussets
Institute of Technology) Noam Chomsky, “los sectores más duros de
Estados Unidos y sus contrapartes terroristas en el exterior”. Y los únicos
perjudicados van a ser, una vez más, civiles inocentes y desarmados,
sean ciudadanos estadounidenses, afganos o palestinos, y en general los
oprimidos y marginados de siempre.
En términos políticos, económicos,
sociales y militares, el panorama luego de los atentados es sombrío.
Para el mundo entero y por supuesto para nosotros los argentinos, que,
como siempre y con casi todo, primero lo miramos por TV y luego lo padecemos
en carne propia. Se trata, entonces, de razonar cómo el terrorismo
y el antiterrorismo fanáticos pueden afectarnos, y cómo queda
posicionada la Argentina en el nuevo escenario mundial. Razonamiento que
debe contener altas cuota de serenidad y sinceridad. Porque lo que se nos
viene encima puede ser —y probablemente será— poco o nada gratificante.
En lo político, estamos asistiendo
a una manipulación malintencionada y perversa de los ataques a Nueva
York y Washington. La actitud belicista y prepotente de George W. Bush
y de quienes claman venganzas y organizan castigos, tiene en la Argentina
sus correlatos. Ahí están las manifestaciones seguidistas
del Presidente Fernando de la Rúa y su ministro de Defensa, Horacio
Jaunarena. Ambos expresan lo que piensa y siente —pero nunca dice— la derecha
argentina que siempre estuvo del lado de los dictadores y los autoritarios.
Y ahí está el episodio que desnuda el caos dentro del gobierno:
Rafael Flores echado de la Secretaría de Medio Ambiente porque dijo
que la Argentina “no debería formar parte de un ejército
de cowboys”.
Es obvio que De la Rúa intenta ser
nuestro halcón. Y aunque mueve a risa que un hombre como él,
tan indeciso y vacilante como un reloj cucú, se erija de pronto
en un cruzado, hay que preguntarse por qué. ¿Por qué
ese alineamiento inmediato e incondicional con los Estados Unidos? ¿Por
qué esa incapacidad de ver la necedad de Bush? Respuesta: Porque
cuando todo se le desmorona alrededor, y el país y su gobierno son
un caos, él parece tener la ilusión de que el alineamiento
logrará sostenerlo a toda costa. Entonces no advierte que la Guerra
Global es un acto tan terrorista como los actos de los fanáticos
que utilizaron aviones comerciales con pasajeros inocentes para un ataque
feroz y maligno.
El machismo enfermizo de los militares norteamericanos
tiene un lamentable coro en la actitud del gobierno argentino. De la Rúa
y el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini, con una velocidad
que no tienen para otras cuestiones, anunciaron el total respaldo a cualquier
respuesta bélica que encabece Estados Unidos. Claro que enseguida
(y fiel a su estilo sí-pero-no-pero-unpoquitosí), luego dijeron
que se respetarán los caminos institucionales antes de mandar tropas
y que la decisión final correrá por cuenta del Congreso.
Pero mientras tanto apoyaron el rescate de un cadáver como el TIAR
(Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), que promueve Brasil
(que cuenta con las más poderosas fuerzas armadas de toda Latinoamérica)
y que es un acuerdo multilateral que establece que cualquier ataque contra
un país americano por parte de un agresor externo debe interpretarse
como un ataque a toda la región. Este tratado jamás se aplicó
desde su firma en 1947 y la única vez que debió aplicarse,
cuando la Guerra de Malvinas, fue frenado... por los Estados Unidos, que
privilegió su alianza con Inglaterra.
Sin que se les sonrojen las mejillas, De la
Rúa y Giavarini están claramente dispuestos a seguir a los
Estados Unidos en cualquier aventura, y el coro de acompañantes
no muestra disonancias: expresando la versión delarruista-aliancista
de las “relaciones carnales” el superministro Domingo Cavallo dijo: “Ésta
es una guerra de la humanidad y de los países civilizados en defensa
propia, y Argentina tiene que disponer de sus fuerzas y estar lista para
actuar en defensa propia”.
Por su parte la oposición justicialista
se mantuvo, una vez más, en oportunista silencio, y resultó
patético que el único que se expresó fue nada menos
que Carlos Menem, quien desde su cárcel de oro y en su estilo cantinflesco,
les mandó todo tipo de aplausos y sonrisas a Bush padre y a Bush
hijo, y hasta les mandó a su mismísima esposa.
A menos de treinta días de las elecciones
para renovar completamente el Senado, el panorama es gravísimo.
Porque el gobierno —o lo que queda de él— se diluye en contradicciones
penosas, en marchas y contramarchas, y hasta en en un torneo de confesiones
de funcionarios que admiten que no saben, todavía, por quién
votar. Ha de ser el primer caso mundial de un gobierno que va a elecciones
pero no tiene candidatos oficialistas. Eso es pólvora pura en un
país extenuado al que se sigue ajustando de modo criminal, y que
está en un mundo dirigido por fanáticos que salen a cazar
fanáticos. Ya se están relamiendo muchos fascistas vernáculos,
de esos que disponen de un impresionante poder en los ámbitos financieros,
y desde diarios y cloacas radiales y televisivas halagan a los dinosaurios
de la Dictadura que están de nuevo ensoberbecidos gracias a la política
militar suicida de De la Rúa y Jaunarena.
No es cuestión de ser pesimistas, pero
en lo económico algunos especialistas serios de fuera del “estableshment”
explican que ante la nueva situación es previsible que la Argentina
siga siendo perjudicada por más que continúen los acuerdos
con el FMI para canjear bonos. Seguirán emitiéndose nuevos
bonos, cada vez más lejanos pero más gravosos, y el ajuste
interno no cesará. Tampoco se logrará el cacareado “Déficit
Cero” y los fundamentalistas (llámense Cavallo o Marx, López
Murphy o Alemann) redoblarán la apuesta del ajuste hasta que la
cuerda social —ya exhausta— se rompa de una vez. Entonces acudirán
a lo único que les garantiza “éxito” y que además
parece que les encanta: la represión.
Y nada indica que vaya a terminar la voracidad
inmensurable de la banca extranjera, como no es esperable que el gobierno
argentino ajuste a los que nunca ajusta y alivie a los ya ajustados. Tampoco
hay señales de que se abuenen los grandes evasores, de que el empresariado
deje de suicidarse, los sindicalistas se adecenten en masa y los economistas
abandonen el guitarreo... Todos ellos seguirán haciendo negocios
y aprovechándose de una sociedad exhausta.
En el plano militar, la decisión gubernamental
de reflotar el TIAR es muy peligrosa. Más allá de toda cuestión
de soberanía o de orgullo patriótico, hay algo mucho más
concreto: para el gobierno el TIAR no es otra cosa que un atajo para replantear
la política argentina en materia de defensa.
En otras palabras: se está tratando
de volver a permitir que las Fuerzas Armadas actúen en cuestiones
de seguridad interior. Ahora toda participación en cuestiones internas
les está expresamente prohibida por las leyes de Defensa Nacional
y Seguridad Interior, sancionadas por la Democracia luego de los criminales
abusos de la última dictadura. Con el argumento de “nuevas amenazas,
entre las que el terrorismo aparece como la principal” la derecha argentina,
el menemismo, los dinosaurios sobrevivientes de la Dictadura y algunos
políticos y sindicalistas todo-servicio, presionan por la derogación
de esas leyes fundamentales o, cuando menos, buscan atenuar su categórica
prohibición.
El discurso machacón de la Casa
Blanca, reiterado insólitamente en la Argentina por el propio Presidente
de la Rúa, es ni más ni menos que una nueva versión
del autoritarismo. De pronto asistimos a una especie de Campeonato de Duros
que rechazan toda posibilidad de debate o disidencia. En los Estados Unidos,
aquí y dondequiera, a la sociedad civil se la está corriendo
con la vaina del pensamiento único. Lo que demuestra, de paso, que
los fanáticos que volaron las Torres Gemelas fueron no sólo
criminales sino también completamente estúpidos: porque abrieron
el camino para que la fuerza de la razón deje paso a la (supuesta)
razón de la fuerza.
Pero lo extraordinario es que esto suceda
en nuestro país, donde hace sólo 26 años la Dictadura
se impuso ante la sociedad precisamente con ese discurso: “Se está
con nosotros o contra nosotros. No hay neutrales”. Lo expresó la
ministra de Trabajo Patricia Bullrich, acaso recurriendo a su inconsciente,
cuando dijo que la Argentina “no puede ni debe ser ni es neutral”. Así
recuperó viejos argumentos de la Dictadura... y de los Montoneros.
“En esta guerra se está con nosotros o contra nosotros”. Lo decían
Videla y Massera. Lo decía Firmenich. Ahora lo dice Bullrich, eco
de Bush y de la Rúa.
Esa frase —bipolar y maligna— denota, exige
e impone sumisión. Ni siquiera es una opción; es una orden:
no hay nada que pensar; solamente aceptar. El complemento “No hay neutrales”
es, además, una acusación de supuesta cobardía. No
se admite equidistancia, ninguna ponderación. Quien considera una
alternativa y se detiene a pensar algo diferente, es acusado de cómplice
y mirado como si fuera un terrorista.
Esto es lo que quieren hacernos sentir, y
a ello debemos oponernos con vigor. Ahora más que nunca es preciso
discutir el rol de los Estados Unidos. Es preciso perder el miedo, porque
no es verdad que no se puede discutir frente al horror. No sólo
se puede sino que se debe. De lo contrario ese Rostro del Mal que ahora
es bin Laden, se convertirá en un gigantesco y universal Mal sin
Rostro, que desde las mismas sombras que los terroristas gobernará
al mundo con misiles, espías asesinos y censuras de todo tipo, como
ya están apareciendo. ¡Y en los mismísimos Estados
Unidos!
Vieja práctica: el autoritario, al
impedir pensar al otro, a los otros, decide quién es el enemigo.
Correlativamente, decide quiénes son sus amigos. Y a los neutrales,
los vacilantes, los indecisos, los tibios (todas ellas categorías
que gustaba usar Jorge Rafael Videla cuando era el máximo dictador
de la Argentina) los condena al campo de los enemigos. Y a la muerte.
Gran parte de la ciudadanía suele ser
morosa en su toma de decisiones, suele vacilar antes de brindar apoyos
o condenas, y sobre todo suele ser mucho más suspicaz de lo que
los poderosos creen. Por eso la imposición autoritaria trabaja sobre
el miedo. El razonamiento inducido es más o menos así: “Si
no los apoyo incondicionalmente, me van a considerar enemigo. Entonces,
mejor me callo la boca y hago como que admito en silencio. Y así
tolero, acepto”.
Esta nueva versión del pensamiento
único es exactamente la misma que el gobierno de Menem y Cavallo
utilizó en la Argentina durante la década del ‘90 para imponer
la economía de mercado, la venta del patrimonio nacional y la impunidad
como modo de vida político. Éramos del Primer Mundo y —se
decía— “no había opciones”. Ahora el gobierno de Cavallo
y De la Rúa utiliza el mismo argumento: “nosotros o el abismo”;
“ajuste o caos”; “con Bush o con el terrorismo”.
Todas, como se ve, lapidaciones verbales autoritarias.
Una vez más, la cuestión en
nuestro país es política. Porque lo económico, lo
social y lo militar son expresiones y variantes de la decisión (o
indecisión) política. Por eso el problema más grave
que afrontamos los argentinos, ante esta catástrofe del mundo, está
menos en la maldad de los terroristas o el patriotismo de pacotilla de
los halcones del Pentágono y la OTAN, que en la supina estupidez
de nuestras clases dirigentes, tanto del gobierno como de la oposición.
Pero es posible impedir el vuelo asesino de
los halcones. Se trata de imponerles la fuerza de la razón, que
siempre triunfa cuando las sociedades son verdaderamente libres para pensar
y para actuar. Eso es lo que debemos cuidar ahora, en los Estados Unidos,
aquí y en donde sea. Pensando, debatiendo, exigiendo una paz activa
y un antiterrorismo responsable. Para que no se cumpla la profecía
de que lo peor siempre es lo que está por venir.
***Publicado en La Voz del Interior, Suplemento TEMAS, domingo 23 de
septiembre, Córdoba (Argentina) de 2001.