Yo he sido siempre un inconforme
Melitón Barba entrevistado por Jaime Barba
y Ricardo Roque Baldovinos
A los setenta y dos años,
Melitón Barba sigue activo en la escritura y en la práctica
de la medicina. Confiesa que su vida ha estado marcada por la lucha contra
sucesivos enemigos: la dictadura militar, el conservadurismo de la profesión
médica nacional y, ahora, la hostilidad de ciertos círculos
literarios que lo perciben como un advenedizo. Cuando, urgido por un grupo
de amigos, publica Melitón Barba su primer libro ya no es un joven.
Tiene 58 años cumplidos. Desde entonces, sin embargo, su obra ha
ido crecienedo en calidad y en volumen, al punto que, al menos en el género
cuentístico, sus títulos pueden compararse con los de literatos
de toda la vida. Melitón Barba ha publicado seis colecciones de
cuentos -entre los que destacan Puta vieja, Cartas marcadas, Hermosa
cosa maravillosa- y un relato semi-autobiográfico, Alquimia
para hacer el amor. Tiene otros proyectos en el tintero que comparte
en esta conversación.
Melitón Barba responde
con franqueza y entusiasmo a todas las preguntas, especialmente a las referentes
a sus cuentos y su pasada militancia política. Se muestra, sin embargo,
un tanto decepcionado al hablar del estado actual de las letras salvadoreñas.
Lamenta la indiferencia de los escritores ante la tarea de abrir espacios
de comunicación con las nuevas generaciones. Por su parte, añora
participar activamente en talleres de lectura y creación de cuentos
dirigidos a los jóvenes.
Hay una cuestión
que nunca se ha expresado explícitamente al hablar de Melitón
Barba, el escritor, y es su trayectoria política. Es una cuestión
que tiene que ver mucho con su obra cuentística porque en ella hay
mucho de su vida personal, de su vida de médico pero, sobre todo,
de la vida de alguien en permanente lucha contra los regímenes autoritarios
del país. Hay una actitud de perenne rebeldía que se palpa
en todos sus cuentos, hasta en los últimos que sólo usted.
y yo conocemos -porque están inéditos-. Hablando cronológicamente,
su actividad política antecede a su obra literaria, porque su ingreso
a la vida literaria es -como sabemos- más bien tardío. ¿Cómo
se inicia Ud. en esa vida pública que habrá de hacerlo transitar
de la política hacia la literatura? (Jaime Barba)
He vivido la época
más turbulenta de la historia de este país. Cuando estaba
terminando el bachillerato, en cuarto curso, fue la caída de Martínez.
Dentro del Instituto Nacional se formó un comité, de cuya
directiva formé parte. Todos decían: "hay que botar a Martínez".
No sabíamos muy bien por qué, pero sentíamos que había
que botarlo. Nos sumamos a las manifestaciones y se botó a Martínez.
Al poco tiempo llegó otro dictador, Osmín Aguirre. Ya
|para entonces, nos tenían detectados los grupos universitarios
de oposición, y unos dirigentes nos dicen: "Vos has estado en el
Instituto. Vos eras de la huelga. Vos podés manejar el fusil. Estamos
organizando una guerra desde Guatemala". Yo respondo que eso de matar no
va conmigo. Entonces me dicen: "Te vamos a meter por lo menos para que
nos enseñés a manejar fusil".
En el Instituto, podían
manejar fusil porque tenían régimen militar... (JB)
Mis cinco años
en el Instituto fueron de formación militar. Allí hablábamos
de mi teniente, de mi capitán y mi no sé qué. Pero
volviendo al movimiento contra Aguirre, se formó un grupo de jóvenes,
del Instituto y de muchos otros colegios. Había también muchos
obreros. Hubo, incluso, militares, los que se habían rebelado contra
Martínez y que lograron salvar la vida porque escaparon. Todos ellos
se sumaron al movimiento y se fueron a Guatemala. Había entre todos
nosotros ese entusiasmo de ir a Guatemala para botar a Osmín Aguirre.
Mi grupo sale para allá pero nos capturan en Santa Ana. El viaje
era por tren, pero ya en esa ciudad estaba la policía. Llegaban
todos los cipotes. Los policías nos preguntaban: "¿Y vos
para dónde vas?" "A Guatemala" "No, venite". Entonces allí
lo bajaban a uno y lo detenían... Fue una invasión muy cruel...
Murieron bastantes muchachos. Hasta un hermano de Hugo Lindo murió
allí. Esas fueron las vivencias de mi generación, vivencias
de esa violencia. Nosotros que habíamos estado cinco años
adentro del Instituto Nacional sabemos lo que son los militares. Algo de
eso digo yo en Alquimia para hacer el amor... Poco después,
entré a la Universidad donde ya la agitación era mayor porque
acababa de ocurrir el golpe del coronel Osorio en el 48. Uno iba entrando
a esa agitación universitaria o se quedaba aislado. Poco antes de
eso, el rector de la Universidad, el doctor Carlos Llerena -que ahora me
doy cuenta que era un buen rector- había decidido reelegirse. A
nosotros nos acababan de enseñar aquello de "sufragio libre, no
reelección". No eramos capaces de medir que la Universidad es otra
cosa. Como ese era el estribillo -"sufragio libre, no reelección"-
se formó un movimiento universitario en el que luchamos para que
Llerena no se reeligiera y otra vez volví a estar yo en medio de
eso. Mi caso era singular por que los estudiantes de Medicina siempre habían
sido más conservadores. Pienso yo que lo eran porque venían
de familias acomodadas. Las familias de los médicos de antes eran
gente pudiente. Así, en toda la Facultad de Medicina éramos
seis los que participábamos en el movimiento. Uno de sexto, dos
de quinto, uno de cuarto, y dos de tercero -nosotros-. Los dirigentes
del movimiento nos ponían en puestos clave. En ese movimiento yo
era nada menos que el locutor, el que iba a la radio a leer discursos y
proclamas. Por supuesto, ¡me hice una de enemigos!. Todos conocían
mi voz... Toda esa experiencia de lucha nos llevó -más maduros
y la dictadura en pie- a enfrentar una decisión. En esa época
o se era del partido de gobierno o se era del Partido Comunista...
Pero usted no llega a militar
en el Partido Comunista. Aquí surge una pregunta lógica ¿por
qué no fue miembro del Partido Comunista, si usted era amigo de
los dirigentes de ese partido, y en ese entonces era casi inmediato el
paso de oposición a la militancia en el Partido Comunista? (JB)
Aquí creo que
pesó la herencia de papá. Papá era un republicano
español, comecuras y creo que más que republicano era un
anarquista. Yo quizá me identifico con su forma de vivir la vida.
Algunos compañeros eran militantes del Partido Comunista. Pero en
esa época había mucho fanatismo. Entonces ellos se volvían
fanáticos. Si caminando con ellos, saludaba a algún amigo,
me reclamaban "¿Y por qué lo saludaste si es un enemigo?"
"No hombre", les decía, "enemigo mío no es". Un día,
uno de mis hermanos me llevaba en un su carrito y le dije a uno de estos
compañeros "Venite, te vamos a llevar". "No", me dice, "yo no soy
burgués para montarme en un carro". Entonces me decía a mí
mismo: "Hombre, yo ser del Partido así, no".
¿Lo buscaban? (JB)
Sí, porque yo
era muy amigo de Raúl Castellanos, secretario general del Partido
Comunista. Con Raúl había estudiado kindergarten y primer
grado y esa amistad infantil seguía viva. Entonces con Raúl
nos visitábamos como amigos. Raúl me invitaba a ingresar
al Partido, pero yo me negaba. Por entonces, a mediados de los sesenta,
nace la idea de crear una organización que sea de izquierda pero
diferente. Ahí nace el MNR.
Ya que hablamos del MNR,
sabemos que usted fue muy amigo de Ítalo López Vallecillos.
¿Sería exacto afirmar que su amistad se fundaba en lo político?
¿Compartían también afinidades en lo literario, en
lo artístico? (Ricardo Roque Baldovinos)
Esa pregunta suya me
gusta. Una vez lo dije en algo que escribí de mi amistad con Ítalo.
Mi amistad con Ítalo -a pesar de que yo era algunos años
mayor que él- se forjó en la Universidad. Yo escribía
artículos y ensayos en el diario universitario y, así, fue
naciendo la amistad con Ítalo. Poco después, Ítalo
fue director de la Editorial Universitaria. Dos o tres veces por semana,
antes de ir al hospital, bajaba yo a tomar un café con Ítalo
a una cafetería llamada "La Familiar". Allí llegaban muchos
intelectuales a conversar con él. Conocí a Pedro Geoffroy
Rivas y a otros. Me bullía la cabeza cuando ellos hablaban de literatura.
Ítalo era un hombre extraordinario. A su casa llegaban muchachos,
poetas que le llevaban los textos para que los leyera. Jamás vi
que sacara a nadie con las cajas destempladas. Inmediatamente se iba a
su biblioteca y tomaba uno, dos, tres libros de los anaqueles y, sin conocer
a los muchachos, les decía: "Lleváte estos libros. Leélos.
Usá diccionario. Cuando ya los hayás leído, venís.
Entonces me traés los poemas que has escrito". Ese era Ítalo.
Claro, después sufrí muchas decepciones al conocer otros
intelectuales: egoístas, roñosos, gente de la que ni vale
la pena hablar... No hay comparación con Ítalo que realmente
era un intelectual de primera, con un corazón tan grande para ayudar
a los que se iniciaban. Yo, por mi lado, me inicié ya viejo, pero
eso no quiere decir que no me inicié. Ítalo fue entonces
muy generoso, me prestó libros. Me hizo leer poesía porque
Ítalo me decía que tenía que leer poesía. Cuando
me reuní con mis amigos, allá por 1979, para mostrarles mis
cuentos y que me dijeran si debía botarlos o publicarlos, al primero
que se los mostré fue a Ítalo, que insistió en que
había que publicarlos. Le pedí que me los corrigiera, pero
me respondió: "Vos los vas a corregir después. No quiero
meter la mano. Dejálos decantar un tiempo y después los corregís
vos. Yo te señalo los errores".
¿Fue por esos años
que comenzó a escribir literatura? (RRB)
Me imagino que se refiere
a la literatura de ficción, porque ya antes había escrito
un libro de medicina y varios ensayos. Pero entré después
a la literatura de ficción porque sentía una necesidad de
decir algo. Algo contra un estado de cosas que me tocó vivir desde
1932 y porque siempre rechacé la dictadura de los militares... Pero
creo que escribo porque, incluso como médico, yo he sido siempre
un inconforme. Y, por ello, he sentido una necesidad de expresarme. Todo
eso se venía acumulando en mí hasta llegar ese momento en
que reuní a mis amigos -Ítalo, entre ellos- y les leí
lo que había escrito. De ahí, prácticamente sin modificaciones,
salieron muchos de los cuentos que integran Todo tiro a Jon... un
libro que al leerlo retrospectivamente caigo en la cuenta de que contiene
principalmente denuncias. Eran denuncias de aquel estado de cosas, de la
dictadura, de la miseria,...
¿Por qué elige
el género cuento? ¿Por qué le parece el género
idóneo para darle cuerpo literario a su protesta contra esos hechos
y ese estado de cosas? (RRB)
No sé... La verdad
es que, por entonces, no tenía la menor idea de cómo se hace
un cuento... Unos treinta años antes, mientras hacía mi servicio
social, había escrito mi primer cuento sin saber muy bien lo que
escribía...
¿"Tucsonville"? (JB)
No... de una chica que
tiene un aborto y me impactó mucho. Yo era el médico y no
pude hacer nada por ella, que murió a consecuencia de un aborto
provocado. Entonces quise hacer un relato -debió haber sido espantoso-...-
pero se me ocurrió que hacer un cuento era fácil, porque,
ya le dije, no tenía ni idea de qué era un cuento, de cómo
se hacía... Es hasta después que hago los primeros cuentos
que comienzo a buscar en la literatura qué es un cuento, cómo
se arma, cómo es el cuerpo, el final, etc...
Hay otro relato que usted
no ha mencionado y se nos perdió, "La celda No. 9" (JB)
Ese podría ser
un antecedente de los cuentos y es el relato que hago yo de cuando estuve
preso con otros compañeros en la Policía Nacional. Y es que
después de estar en la Guardia, donde me habían metido en
una especie de perrera, sin ver a nadie, por tantos días, al llegar
a la Policía me sentí en el paraíso. En la Guardia
sólo me llevaban la comida, estaba totalmente aislado, desnudo.
Cuando -a mí y a mis compañeros- nos sacan de allí
y vimos a montones de ladrones, los barrotes, la gente, sentimos una inmensa
alegría. Pensamos: "¡Ojalá que me dejen aquí
toda la vida!". Ya sabíamos que si nos habían sacado de ese
infierno de la Guardia ya se vislumbraba una salida, la más probable
era que nos sacaran del país.
¿Hay algún
cuentista que, desde el principio, le haya servido de modelo? (RRB)
Tal vez Maupassant...
que era de los cuentistas que yo leía por entonces. Porque cuando
decido publicar mi primer libro ya había leído algunas cosas.
Al principio mis modelos eran, además de Maupassant, Poe, algunos
libros de aventuras de Jack London. La influencia latinoamericana la siento
hasta después.
¿Qué era lo
que más le atraía de Maupassant? (RRB)
Los personajes femeninos,
los problemas amorosos que siempre me han atraído. También
me interesaban los libros de aventuras de Jack London que realmente son
sorprendentes...
¿Hay algún
aspecto de la técnica cuentística de Maupassant en el que
usted se reconozca? (RRB)
Cuando yo era un lector
asiduo de Maupassant, no tenía un concepto claro de lo que es cuento.
No me fijaba en sus técnicas, sino en lo agradable de su lectura,
en la aventura, en el romance... Pero no tenía aún ningún
concepto de la técnica de cómo se hacía un cuento.
Eso lo voy adquiriendo después ya con lecturas más meditadas.
Usted. menciona que sus
primeros cuentos nacen de una necesidad de denuncia, ¿quiere decir
esto que suele haber en sus cuentos una vivencia personal que usted luego
reelabora literariamente? (RRB)
Siempre he sostenido
que lo que uno escribe es vivencial. Sea porque lo ha visto, se lo han
contado, lo ha leído o porque lo ha sufrido. Todo es como una especie
de catarsis. Pero otras cosas son producto del arte literario, son puramente
ficción como cuando uno trata de burlar las expectativas de los
lectores u otros oficios parecidos... Pero, primariamente, todo es vivencial.
¿Podemos decir que
de Todo tiro a jon a Cuenta la leyenda que tenemos la etapa
en que predomina la denuncia, donde los juegos literarios son menores?
Porque en Olor a muerto ya hay algunos textos, con el que le da
el nombre a la colección, "Carpa de circo", "El vitalar traquelúbrico",
donde ya no hay una intencionalidad política explícita sino
que se trata de jugar con la imaginación. ¿Es cierto que
hay una primera etapa antes de llegar allí? (JB)
Creo que sí.
Por eso decía que los primeros dos libros los hago para explotar,
para sacar lo que tengo dentro. Después, los cuentos de colecciones
posteriores, van saliendo pero no con intencionalidad de hacer un relato
de denuncia o de carácter fantástico, siguiendo determinadas
reglas. Estos cuentos van saliendo -como salen- alimentados por nuevas
lecturas ya con propósitos claramente literarios.
¿Cuáles serían
las lecturas de esa segunda época? (JB)
En esa época
yo estoy leyendo ya a muchos autores latinoamericanos. Leo mucho a Jorge
Luis Borges, por quien he sentido admiración desde siempre... También
a Julio Cortázar y, por supuesto, a Gabriel García Márquez.
Quisiera que habláramos
de algunos de sus cuentos más conocidos y mejor logrados como "El
lecumberri". ¿Qué historia hay detrás de ese cuento?
¿Se esconde detrás de él algún personaje de
la vida real? (RRB)
Volviendo a lo de las
vivencias... cuando yo era niño, vivía con mi familia cerca
de la Penitenciaría Central y una de las formas de diversión
de los niños era visitarla los domingos. Nos dejaban entrar y nos
íbamos a platicar con los reos. Pasaba uno al lado de aquellos a
quienes llamaban "los rematados", que eran los que ya estaban cumpliendo
una condena. Allí había marimba y los reos tocaban la marimba.
Para nosotros ir a la penitenciaría era como entrar a un cine...
Por entonces, hubo un crimen que impactó a toda la sociedad salvadoreña.
Tres delincuentes conocidos como el Pabellón, el Catrín y
Magaña asesinaron a un par de ancianos y creo que les robaron un
colón porque no tenían más. Aquello fue un escándalo.
Estando dentro de la penitenciaría, el Pabellón, que era
el principal inculpado, cayó enfermo -con los años, me vine
a dar cuenta que lo que este hombre tenía era paludismo- y ,¡cosas
inverosímiles, los de la penitenciaría comenzaron a cobrar
cinco centavos a los niños y quince centavos a los adultos para
ir a verlo. Pabellón estaba acostado sobre una cama, rodeado de
todo el público. El hombre se sacudía de los fríos
y de las fiebres. Siguió así hasta morir. Pienso que fue
una manera de fusilarlo antes de llevarlo al paredón. Entonces ya
con los años, levantando recuerdos, me di cuenta que no había
escrito un cuento sobre la penitenciaría. Saqué el cuento
de estos personajes y sale "el Lecumberri". Bueno... también está
inspirado en los burdeles de Puntarenas, en Costa Rica.
Es de su estancia en el
72, cuando lo exiliaron, después de la intervención militar
de la Universidad de El Salvador... (JB)
Sí, estuve exiliado
allí. En Puntarenas, como lugares de diversión, había:
un cine sin aire acondicionado y donde sólo pasaban películas
de Pedro Infante y Libertad Lamarque; un lugar donde se jugaba lotería
con granos de maíz... El resto eran cantinas y burdeles. Había
muchos burdeles donde se bailaba y todo lo demás... Todos mis amigos
médicos -pero todos, allí no se escapaba nadie- después
de salir de la consulta en el Seguro Social iban a tomarse una cerveza
a uno de estos burdeles. Allí estaba la gente bailando. Muchas veces
nos quedábamos a beber o a bailar con las muchachas. Ese es el ambiente
natural del puerto, porque esos bailongos usted los encontraba en todos
los barrios. En cada cantina que cupiera una rocola, se bailaba y allí
llegaban las putas. En el cuento el ambiente está recreado de esos
lugares de Costa Rica.
Pero la aventura propia
del personaje ¿es invención suya o tiene también un
antecedente real? (RRB)
Tal vez no es ningún
caso en especial... Durante mi niñez, San Salvador era muy pequeño,
todo el mundo se conocía y en el barrio donde yo vivía muchos
de mis amigos eran delincuentes. Algunos de ellos eran ladrones a los que
les decían "fichados". Estaban señalados: "Fulano es ladrón,
Zutano es ladrón"... Pero eso no quiere decir que fueran enemigos
nuestros. Había uno que recuerdo que se llamaba Amadeo que invitaba
a los otros niños -él ya era mayorcito- a tomar gaseosas
o refrescos. Los mayores nos decían que no nos metiéramos
con él porque era ladrón, pero nosotros lo veíamos
tan normal. Por entonces era muy frecuente oír que dijeran "anoche
acuchillaron a Fulano de tal... tal día mataron a Fulano... Fulano
está preso porque le metió la cuchilla a Zutano". La gente
misma del barrio que acuchillaba y se dejaba acuchillar forma parte también
del entorno de ese personaje.
"El Lecumberri" es de Cartas
Marcadas, que es el libro, a mi juicio, que marca su maduración
literaria. Ya hay en él un estilo preciso que no es de los cuentos
anteriores. Tenemos un comienzo impactante, un desarrollo coherente y un
desenlace mejor conseguido. Ese estilo es ya un salto adelante respecto
a la cuentística anterior... (JB)
Sí, pero no es
deliberado. No es que yo me proponga hacer un cuento de esa manera. Esta
influenciado por las últimas lecturas que he tenido. Es muy probable
que yo hubiera estado leyendo a Borges. Borges tiene muchos cuentos de
cuchilleros, de muerte, de burdeles... Es probable que toda esa influencia
más todas las experiencias que recojo de la niñez, más
el pobre Pabellón que se murió hacen todo es menjunje...
Hay otro cuento por el que
mucha gente pregunta, "Puta vieja". ¿Cómo se fragua ese cuento?
(JB)
Volvemos nuevamente
a la niñez, a la adolescencia. Yo estudié en el Instituto
Nacional. Allí íbamos a parar todos los estudiantes de escasos
recursos. Llegaba de todo. Cuando tratábamos de enamorar a chicas
de colegio, del Guadalupano, del Sagrado Corazón, de la Asunción
jamás nos aceptaban. Porque había una clara división
de clase. Nos decían "la broza" del Instituto. Porque la verdad
es que muchos de nuestros compañeros eran burdeleros redomados y
eran gigolos desde cipotes. Teníamos un compañero, que aún
muy joven -muy niño- vivía con una señora mayor. Una
señora de unos cincuenta años, cuando el muchacho tendría
unos dieciséis o diecisiete. La señora lo adoptó como
hijo, como amante, le pagó los estudios, etc... Esa es la base del
cuento. Luego me inventé que era una prostituta. Pero nace de ese
ambiente en que nosotros nos sentíamos marginados. Ahora hay "maras"
en el Instituto. Pero ya desde entonces no faltaban los alumnos del Instituto
metidos en cualquier pleito después de un partido de basquetbol.
Eran los que provocaban los pleitos. Porque todos éramos de barriada
y los que no eran de barriada llegaban allí de castigo...
¿De dónde
viene ese personaje femenino, con esa psicología, que se complace
de ver que el hijo de su antiguo amante obtenga su propia condena? (RRB)
Ese compañero
que les digo llegó a ser abogado. Ya murió. Y es que aquí
salta la cuestión de la denuncia. Cuando escribí este cuento
estaba exiliado en Nicaragua. Pensaba que todo el mundo tiene derecho a
un retiro, con lo del Seguro Social. Todo el mundo que trabaja llega a
una cierta edad en que se retira. Pero las ahora llamadas trabajadoras
del sexo, a ellas se les acaba la mercancía que ofrecen en venta.
No hay nadie, ninguna organización que se llame organización
de protección a las putas. Terminan, como dice el cuento, llenas
de llagas, viviendo en la miseria, alcoholizadas... ¿Y quién
ve por ellas? Cuando a esta mujer que sigue enamorada de su amante, le
rompen la foto de éste, ella mata... A lo mejor, pensando que va
a estar mejor en la cárcel, porque allí tiene comida, tiene
casa, tiene asistencia médica y la vida miserable que llevaba era
deprimente...
Pero también hay
otra vertiente humorística en su obra. Hay otro cuento "Hermosa
cosa maravillosa". ¿De dónde salió ese cuento? (JB)
Otra vez regresamos
a la niñez, a la adolescencia. Frente a nuestra casa estaba una
iglesia, con una casa anexa donde vivían los sacerdotes. Claro,
nosotros estábamos despertando a la vida y entre las pocas diversiones
que teníamos estaba ir al cementerio, a la penitenciaría,
a la iglesia, al puente Araujo. Por esos años, íbamos a la
iglesia para ayudar a dar misa porque nos regalaban un vasito de vino de
consagrar. Nosotros observábamos a los curas, sus movimientos, las
conquistas amorosas que hacían. Saltaba a la vista porque no se
cuidaban mucho. Así, fuimos descubriendo que eran tan hombres como
nosotros. Esos señores curas nos pasaban hablando siempre de esa
lucha entre el bien y el mal; pero veíamos que ellos no eran santos,
que no convivían con eso que decían, que había mucha
picardía entre ellos. Por eso, en el cuento retomo esa lucha eterna
entre el bien y el mal, el cielo y el infierno, dios y el demonio; y me
invento un cura que va a ser santo, que tiene vocación de santo,
pero lo gana la lujuria, lo gana el demonio, el amor...
Su carrera profesional y
su modo de vida es la medicina, ¿ha influido en su obra literaria
su condición de médico? (RRB)
Eso siempre lo he hablado
con Jaime y con el grupo de médicos que acabamos de formar una sociedad
de médicos escritores. Nos hemos dado cuenta que la vivencia del
médico no la tienen los demás escritores. Muchos escritores
que no son médicos escriben sobre medicina. La enfermedad tiene
un gran atractivo para el escritor. Pero a nosotros cada persona que llega
al consultorio y nos cuenta su historia da material para un cuento o una
novela. Cada historia es totalmente diferente. Sin embargo, no he escrito
muchos cuentos de médicos. Algunas pinceladas en mis cuentos dejan
traslucir que soy médico, pero no he sentido -no sé por qué-
la necesidad de meterme a trabajar literariamente mi experiencia como médico.
A pesar de ello, tengo una serie de historias verídicas, de casos
clínicos, que pienso trabajar literariamente. Llevo unos diez casos
documentados de enfermedades por amor. Casi todas son nerviosas, algunas
de la piel. Algunas de las enfermedades nerviosas han llevado al paciente
al manicomio. Uno de estos casos, desgraciadamente no se pudo curar, y
el paciente murió. El paciente murió por amor. Todos sabíamos
el diagnóstico, todos los especialistas que lo vieron sabían
que su enfermedad era por amor, pero el paciente se fue llenando de medicamentos
que lo fueron empeorando. Apareció una diabetes, apareció
una locura que los llevó a meterlo al manicomio, hasta que murió
en cosa de ocho meses. Todo comenzó cuando un día, llegando
a su casa, encontró a su esposa con otro y ahí empezó
la debacle. Pero se desató la debacle al regresar donde la esposa
-al ver que no puede vivir sin ella- yy decirle "Mira, yo te perdono". "No",
le respondió, "ya no hay nada que hacer" y ahí empezó
la muerte del chico. Tengo diez historias de esas.
¿Ha pensado juntarlas
en un libro? (RRB)
Sí, haciéndolas
ficción porque, además de auténticas, son muy interesantes.
La gente dice que nadie se muere por amor. ¡Cómo no! La gente
se muere por amor.
-¿Nos podría
decir algo sobre lo que está trabajando actualmente? ¿Está
escribiendo otro libro de cuentos a parte de esas diez historias de enfermos
de amor? (RRB)
Sobre todo cuentos.
Me he dado cuenta que quizá en ese género me siento más
cómodo. Sin embargo, también estoy trabajando con material
narrativo donde intento rescatar -y para eso le he pedido ayuda a Jaime-
al ingeniero Araujo. El ingeniero Araujo fue el presidente que el general
Martínez botó. La historia oficial nos pinta al ingeniero
Araujo como un hombre adinerado, borracho, parrandero y que arruinó
el país. Yo he llevado a cabo un proceso de investigación
no sólo por mi simpatía hacia Araujo y mi antipatía
hacia Martínez, sino para ver qué hay de cierto en todo lo
que se dice. No pienso hacer una biografía histórica sino
recoger todo lo de Araujo y novelarlo, descubriendo la verdad. Pero para
eso hay que profundizar mucho en toda la época de don Pío
Romero y los Meléndez-Quiñónez y la verdad es que
tiempo ya no tengo. Por eso, he pedido ayuda. No hay nada escrito sobre
Araujo y es una de las figuras que debemos rescatar porque he descubierto
que era un buen hombre y un gran presidente, y lo ha hundido la historia
oficial. La historia tenemos que cambiarla por medio de la literatura.