Por Méndez Vides
San Salvador es una ciudad activa, empeñada en la producción
y la vida económica. No importa lo que suceda en el mundo, los salvadoreños
no se detienen. Los revuelve un terremoto, los arremete el huracán,
los castiga la sequía, pero pronto se rebuscan para poder continuar.
Se adaptan a las necesidades, aprobaron el dólar como moneda nacional
sin mayor intríngulis; lo importante para ellos es superarse, vivir
mejor lejos de los sentimentalismos y las falsas expresiones del patriotismo.
Su población es dinámica y agresiva, durante la época
de la guerra reconstruirán de mañana lo que las balas destrozaban
la noche anterior. Un país tan pequeño y tan densamente poblado,
que ha exportado a sus ciudadanos en cantidades gigantescas a Los Ángeles,
otros se alistaron de mercenarios en las guerras más distantes del
planeta, son encantadores de serpientes en Marruecos o trabajan la tierra
en los rincones más remotos de Australia. Tienen su fama buena y
su fama mala, pero pocas veces se les liga a la literatura, tal vez por
tratarse de una actividad que por prejuicio se liga más a los ociosos,
sin embargo ahí también están dando muestra de su
estilo energético.
La semana pasada acudí a la ya famosa librería Punto Literario.
La he visitado en varias ocasiones, cada vez que llego a San Salvador.
Es una librería agradable, con un fondo literario limitado pero
bien provista de novedades. En la galería vecina se exponía
la obra plástica de Elmar Rojas, por lo que me sentí muy
en la patria. El café estaba aún silencioso. En la mesa de
novedades a la entrada, encontré un significativo espacio dedicado
a la producción nacional. Libros muy bien editados, con portadas
decentes. Lo mismo ocurre en nuestro país donde por pura tradición
uno espera tales demostraciones, quijotadas de quienes aman las letras,
editoriales que apareen y desaparecen por oficio generacional. Pero lo
que más me sorprendió fue descubrir aplicada la visión
salvadoreña, no se trata sólo de publicar a los autores locales,
a los más jóvenes o los trashumantes, sino facilitar el acceso
a la cultura publicando obras de autores consagrados internacionalmente.
Istmo Editores, una empresa digna de toda admiración, publica en
su colección Somos, a los cuentistas salvadoreños. Adquirí
del ya célebre médico salvadoreño Melitón Barba
(1925), su más reciente libro En un pequeño motel. Doce cuentos
cortos, donde abundan las referencias kafkianas, las filas en salas de
espera (muy de médico, supongo), el esperpento de un país
chico sumido en los vendavales de la violencia. De Jaime Barba (1959),
quizá familiar del primero o simple coincidencia, adquirí
el libro Mujeres en el rincón, catorce cuentos sobre la posguerra,
que mezcla historias fantásticas, anegadas de presencia animal,
de hombres ballena, hombres elefante, hombres que abandaonan el lenguaje
y terminan siendo gallo de gallinero, en un mundo hostil que los vomita.
Y de Salvador Canjura (1968), el benjamín del grupo, el libro Prohibido
vivir, que reúne diez cuentos sobre personajes urbanos, en una ciudad
que un día la invade un vaho inexplicable provocando todo tipo de
accidentes. Tres libros importantes para conocer una muestra de los que
se está escribiendo en el vecino país.
Pero la misma editorial Istmo no se conforma con lanzar a sus autores,
sino también acaba de publicar la famosa novela Luna caliente, del
escritor argentino Mempo Giardinelli, demostrando ocn ello un alcance muy
digno. Se lleva a la juventud salvadoreña, aprecio accesible, nuevos
modelos literarios para establecer altos puntos de referencia.
Está por el otro lado la colección Ficciones de la Dirección
de Publicaciones e Impresos, del Consejo Nacional para la Cultura y las
Artes, que también publica autores nacionales. En dicho sello se
encuentras los libros de Horacio Castellanos Moya, o la novela breve Los
héroes tienen sueño, de Rafael Menjívar Ochoa (1959),
escritor salvadoreño radicado en México, obra que gira alrededor
de la violencia, la corrupción de la policía secreta haciendo
trabajos sucios, la guerra entre bandas enemigas. Libro lleno de disparos,
que plantea la impotencia del hombre para cambiar el mundo y de la existencia
íntima de una fe que mueve montañas.
Dicha editorial del gobierno también está dando muestra de
la preocupación salvadoreña por tener accesible la obra internacional,
y es así como ha publicado de nuestro compatriota Rodrigo Rey Rosa,
su novela El cojo bueno. Una decisión encomiable. Lo importante
no es publicar únicamente a los autores propios, sino llevar a la
población nuevos referentes.
Pienso que en Guatemala deberíamos aprender de esta experiencia.
La editorial del Ministerio de Cultura debiera ampliar su visión
y publicar obras de autores internacionales, para poder facilitar su acceso
a nuestros estudiantes, cercando así nuevos referentes. De otra
manera el esfuerzo se puede convertir en una víbora mascándose
la cola. Hay que abrirse al mundo.
*** Tomado de: El Periódico, octubre,
Guatemala, 2001.