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El séptimo arte
Otras columnas de Adolfo
* Este texto corresponde a la conferencia de igual título dictada por el
profesor Adolfo Vásquez Rocca, Doctor en
Filosofía y Teoría de las Artes por la PUCV y la Universidad Complutense
de Madrid, en el marco de un Simposio Interestamental
en torno a la figura de Raúl Ruiz organizado por las universidades de
Valparaíso.
Dado que en su conferencia el profesor Vásquez Rocca contó con el realce de la presencia del mismo
Raúl Ruiz, con quien sostuvo una críptica, aunque no por ello menos
interesante y amena conversación, se ha decidido incorporar al texto
definitivo las valiosas puntualizaciones que el cineasta fue realizando
bajo la forma de diálogo durante la ponencia. Sólo por razones de estilo se
excluyeron la serie de anécdotas y eruditas observaciones que Ruiz empleó
para ilustrar su original y lúcido pensamiento sobre el arte
cinematográfico y sobre la cultura en general, quedando estas cuestiones
reservadas para una posterior publicación, esta vez bajo la forma de libro.
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Raúl Ruiz y la deconstrucción de la teoría del conflicto central
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El cine de este director, sin ser uno de tesis, es sin lugar a dudas
postmoderno
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Adolfo Vásquez Rocca, Ph.
D.
(18/04/05)
PARA NADIE
EN el ambiente cinematográfico fue sorpresa cuando a fines de la década del
ochenta el chileno Raúl Ruiz, radicado en París, obtuvo como galardón un
“premio” especial, recibido por pocos cineastas en la historia del séptimo
arte a escala mundial. Cahiers du Cinéma, la mítica revista
de cine francesa, representativa del nivel más avanzado de la crítica
europea, dedicó un número entero a Ruiz. Homenaje sin duda, al cineasta
“francés” más importante del momento, el único que está planteando líneas
renovadoras en un arte reducido a un grupo de grandes clásicos (Rohmer, Bresson, Godard), pero que ha sido escaso en nuevos autores.
A manera de
tributo a este maestro del cine postmoderno, que pese a ello es –a la vez
considerado un clásico– he querido incluir la
traducción del prefacio del número especial de la revista Cahiers, escrito por el redactor en jefe, Serge Toubiana, y titulado
“El caso Ruiz”; el texto es el siguiente:
“Un número
entero consagrado a un cineasta, eso no se veía desde hacía tiempo en los “Cahiers”. Recordamos sí el especial Eisenstein
en 1971, el número 300 de Godard y los “fuera de
serie”: Welles, Pasolini,
o Hitchcock. Ahora es el turno de Raúl Ruiz, el
cineasta más prolífico de nuestro tiempo, aquel cuya filmografía es casi
imposible establecer, por lo diversa y multiforme que resulta ser su
producción desde hace más de veinte años. Raúl Ruiz, un cineasta que navega
entre Lisboa, Rótterdam y París, lejos de su lugar de partida, Santiago de
Chile, donde no se siente a gusto para vivir.
Es un
cineasta cuya manera de producir es de una elasticidad sin igual: desde un
pedido para televisión a pequeñas producciones regionales o locales (en el
extranjero o en Francia), siempre manteniendo una actividad casi regular en
el INA (Instituto Nacional Audiovisual), donde él hace funcionar un
mini-laboratorio de “nuevas imágenes”, como lo hacía Mélies,
por ejemplo; a esto debe agregarse su actividad académica, como Profesor
visitante de Cine en la
Universidad de Harvard y como
conferencista en las más importantes universidades de Europa y los Estados
Unidos.
Todo el cine
de Ruiz es un cine “torcido”, porque es visto a través de curiosos prismas,
siempre desnaturalizando la perspectiva clásica: un cine de “tuerto” (que
es el título de una de sus películas). Así como cada plano ruiziano lleva una marca, una cifra, o un secreto (un
poco como Welles, y los más grandes), una
torsión, él propone ejes de toma de vista imposibles, utiliza todos los
trucos; la banda sonora a su vez es polifónica, multilingüe, resuena con
tantos acentos diferentes como co-producciones o
personajes hay en la ficción.”
Raúl Ruiz ha
configurado con su filmografía un universo poético de sensibilidad barroca.
Su cine nace de una continua reflexión acerca del lenguaje y los modos
narrativos del cine, así como de su gusto por la experimentación.
CINE POSMODERNO
Y DE TESIS
Aquí cabe una advertencia inicial: el lenguaje de Ruiz ha sido tomado con
excesiva seriedad, tal vez debido a que en sus películas poca gente ríe.
Pero no nos engañemos, son obras cargadas de un humor corrosivo que desafía
las convenciones más persistentes. Detrás de la lógica narrativa y la Poética que me
propongo analizar subyacen algunas bromas. Esto no debe sorprendernos, dado
que autores como Buñuel o Welles,
que trataron de enunciar los problemas de los que ocuparemos, fueron
considerados como bromistas.
Ahora bien,
se sabe no obstante que toda broma enmascara un problema serio. Tal vez por
ello Wittgenstein, filósofo paradigmático de los
juegos de lenguaje y los nuevos contextualismos,
a los que Ruiz es tan cercano, propone, con toda seriedad, que un tratado
de Filosofía bien puede estar constituido sólo por chistes o sólo por
preguntas.
Expongamos
el primer enunciado de esta teoría: “Una historia tiene lugar cuando
alguien quiere algo y otro no quiere que la obtenga. A partir de ese momento,
a través de diferentes digresiones, todos los elementos de la historia se
ordenan alrededor del conflicto central”.
Para decirlo
sumariamente y de paso develar uno de los supuestos ideológicos en los que
se funda la teoría del conflicto central, digamos desde ya que el cine de
Ruiz refuta o, si se quiere, deconstruye (en una
maniobra de desmantelamiento) algunas tesis epistemológicas como la
creencia en un mundo armónico y en una sola historia posible para el
universo -al modo determinista.
El cine de
Ruiz, sin ser un cine de tesis, según intentaré mostrar, es un cine
postmoderno. En sincronía con este “momento postmoderno”, que implica
articular relatos que podrían ser excelentes ilustraciones de las más
contemporáneas teorías semánticas, como la de Kripke
acerca de los mundos posibles, el cine de Ruiz se emancipa de las
pretensiones de los “grandes relatos”, de las ideologías totalizadoras
derivadas de la voluntad de sistema. En su cine subyace más bien una
fascinación por las aparentes “pequeñas historias”; un rechazo del
racionalismo de la modernidad en favor de un juego de signos y fragmentos,
de una síntesis de lo dispar, de dobles codificaciones.
En el cine
de Ruiz se deja entrever la transformación estética de la sensibilidad de la Ilustración por la
del Cinismo contemporáneo. Donde la ironía –pensemos en Rorty
(1) – es una de las claves hermenéuticas para aproximarse al cine de Ruiz y
entender los constantes “guiños” que está haciendo al espectador. Donde
había una moral de la linealidad y univocidad –esto, en el marco de la
lógica narrativa-, Ruiz introduce pluralidad, multiplicidad y
contradicción, duplicidad de sentidos y tensión en lugar de inerciales
códigos narrativos, tiranizados por el principio de identidad y de no
contradicción (preconizados por la Lógica de Aristóteles), el cine de Ruiz se
abre al “así y también asá” en lugar del unívoco
“o lo uno o lo otro”, elementos con doble funcionalidad, cruces de lugar en
vez de unicidad clara. Para decirlo con un artefacto de Parra “Ni sí ni no,
sino todo lo contrario. El último reducto posible para la filosofía” (2),
en este caso para el cine, después de la decretada muerte del cine.
LA VIDA IMITA AL ARTE
Volvamos al curso, de nuestro desarrollo; habíamos tomado un cruce. La
teoría del conflicto central tiende a hacernos creer que el mundo tiene una
cierta armonía y que esta armonía es alterada por la violencia de la
voluntad de atacar a otro para conseguir algo.
Yo quiero
algo, si quiero algo trato de hacerlo, siempre alguien se opondrá, yo me
llamo protagonista, el que se opone se llama antagonista; luchamos, esta
lucha se agudiza, mientras más se agudiza todo lo que pasa en torno a la
película u obra de teatro se va concentrando. Uno se va interesando en
esto, uno quiere saber si ganará uno u otro (como en un partido) y
finalmente gana uno; para esto, claro está, hay un complejo sistema de
normas acerca de curvas de crisis, de clímax, etc.
Ahora bien
¿dónde está el origen de todo esto? El origen ideológico-estético de la
teoría del conflicto central puede encontrarse a fines del siglo XIX en la
crítica al teatro antiguo y la defensa del teatro moderno hecha por Bernard Shaw y por Ibsen. Esta teoría se convierte no sólo en el esquema
de toda narración teatral, sino también en el esquema que impera en todas
las formas de ser del hombre moderno; y aquí ocurre algo curioso: se ha
llegado al punto en que los sistemas narrativos están influyendo en la
manera de ser y de actuar de la gente; la gente se inspira en las películas
para hacer cosas.
Hemos
llegado a un punto en el que el arte, y en particular el cine, ha vuelto a
cumplir la función que alguna vez tuvo: la de engendrar formas de vida; no
sólo individuales, sino colectivas e institucionales, en tanto configura no
sólo un discurso, sino también una fuerza productora de “realidades” o al
menos de relatos. Lo que en el marco constructivista
es más o menos lo mismo: “La realidad es una narrativa exitosa”.
Ortega, por
su parte, en “El Origen Deportivo del Estado”, señala que los hombres
jóvenes, que son activos y enérgicos luchan, compiten; de esto surge un
cierto interés por el deporte; luego, una vez cuando los hombres fijan
ciertas reglas de esos deportes y esos deportes son todos el mismo y a la
misma hora, eso se llama obra de teatro, cuadro, se llama música; y de ahí,
cuando se retira el placer –lo lúdico-, el sentido de la fiesta, ahí
aparecen las Instituciones jurídicas y aparece el Estado. Hoy, frente a
cierta decadencia de los estamentos del Estado, podríamos decir que, si
bien al parecer nuestras instituciones han nacido de ciertas películas, de
seguro que éstas no han sido las mejores.
Por ahí se
comienzan a entender las razones por las cuales Ruiz ha procurado en forma
militante cambiar la estructura narrativa del cine -su lucha contra la
teoría del conflicto central. La primera razón es que éste no constituye un
problema trivial y tiene relación directa con el ethos
del hombre que vive en una cultura y que se nutre de cierto cine -de paso
digamos, si es que no se ha advertido, que la teoría del conflicto central
se corresponde con la ideología norteamericana- y con el modo como surge o
se producen las instituciones que dan forma a nuestra sociedad occidental.
Lo que he
querido mostrar hasta ahora –sin estar seguro de haberlo logrado- es que el
cine de Ruiz, cuyo conflicto central es su lucha con la teoría del
conflicto central, supone una mirada sobre la alienación, mirada que no
sólo asume la forma de profunda crítica social, sino que también revisa,
con vistas a desmantelarlas, las bases epistemológicas en que se funda el
proyecto racionalista de la modernidad.
La teoría
del conflicto central, podemos agregar, excluye de igual modo las así
llamadas escenas mixtas: una comida ordinaria interrumpida por un incidente
incomprensible -sin razón ni rima, sin consecuencia- y que terminará en
algo desconcertantemente trivial. Peor aún, no hay ahí lugar para escenas
compuestas de sucesos “en serie”, varias escenas de acción se suceden, sin
por ello continuarse en la misma dirección.
Los orígenes
de esta teoría –la del Conflicto Central- se hallan en Henrik
Ibsen y Bernard Shaw, aunque en rigor es posible rastrearla hasta el
mismo Aristóteles. Los alcances de la misma nos aproximan a dos
concepciones filosóficas, a las que Ruiz llama ficciones. La una es la
concepción en la que el mundo se construye a fuerza de choques que afectan
al sujeto cognoscente, y en la que el mundo no es sino un conjunto de
colisiones. La otra ficción filosófica implícita en la teoría del conflicto
central remite a la dialéctica de Engels, según
la cual el mundo es un campo de batalla en el que se enfrentan tesis y
antítesis en busca de una síntesis común.
Como se ve, ambas teorías van en el mismo sentido y apuntan a lo que se
podría llamar una “presunción de hostilidad (6)”. Del principio de
hostilidad constante en las historias cinematográficas resulta una
dificultad suplementaria: la de obligarnos a tomar partido. La teoría del
conflicto central produce una ficción deportiva y se propone embarcarnos en
un viaje en el que, prisioneros de la voluntad del protagonista, estamos
sometidos a las diferentes etapas del conflicto en el cual el héroe es a la
vez guardián y cautivo. Al final, somos puestos en libertad, entregados a
nosotros mismos, sólo que algo más tristes que antes y sin otra idea en la
cabeza que la de embarcarnos lo antes posible en otro crucero.
NORMAS DEL
CINE NORTEAMERICANO
La teoría del conflicto central y lo que de ella se deriva está, según
Ruiz, relacionado con ciertas discusiones sobre el determinismo y la
libertad, la posibilidad de un individuo de escoger su propio destino. El
mundo no es un puro conjunto de hechos de voluntad. Siempre hay un juego
entre lo que uno quiere y los accidentes. El que tiene en cuenta el azar y
es capaz de equilibrarlo con la voluntad, puede dar un cine muy distinto
del norteamericano, en el que sólo juega la voluntad. Hay un cine, también,
que hace exactamente lo contrario del cine norteamericano: viene del
folletín del siglo diecinueve, que conocemos pervertido en las telenovelas,
que constituyen una lógica narrativa alternativa. Allí en el folletín, dada
una situación, se hacen las inferencias, se sacan las consecuencias. La
gente debe interesarse en cómo van a pasar las cosas, pero ya conoce el
final.
Kafka, que es la versión abstracta de este sistema, es lo
mismo: se sabe ya que el agrimensor nunca llegará al castillo.
Si volvemos
al cine, en particular al género del melodrama, donde Fassbinder,
aun siguiendo a los maestros como Douglas Sirk, supo imponer su sistema narrativo, sus obsesiones
y sus demonios, podemos decir que encontramos un esquema similar -por
cierto propio del melodrama-, el sentimiento de fatalidad que convierte en
vana agitación la lucha de sus personajes para evitar desenlaces que ya
están decididos. Desenlaces de un drama previamente inmovilizado, donde el
conflicto es mera ilusión.
Ahora bien,
el feroz apetito de este concepto depredador va mucho más allá y constituye
un sistema normativo. Una lógica a modo de moral de la realidad o en último
término de la narratividad. Sus conceptos han invadido la mayor parte de
los centros audiovisuales; posee sus propios teólogos e inquisidores, así
como su policía del pensamiento y la creación. Desde hace algún tiempo toda
ficción que contravenga aquellas reglas será juzgada como condenable. Sin
embargo, no hay equivalencia entre la teoría del conflicto y la vida
cotidiana. Es cierto que la gente se bate en pugnas y entra en competencia;
pero la competencia no tiene la capacidad de concentrar en torno a ella la
totalidad de los sucesos que le conciernen, no posee tal peso gravitatorio.
Examinemos
la cuestión, veamos el tema de la elección; se trata de escoger –la
paradoja de la libertad en Sartre. No nos queda
más que escoger; actuar; el personaje no puede cancelarse y volver a su
casa, en cuyo caso no habría historia.
Pero el
problema es más complejo, no es sólo cómo se constituye la historia a
partir de la elección, sino si hay más de una historia posible para el
universo, en este caso. (Cuestión que también –si seguimos a Schopenhauer- es una ficción, dado que la pregunta
decisiva que aquí se impone es si podemos querer -en el sentido de elegir-
lo que queremos).
Antes de
terminar, una última consideración en torno al tema de la decisión, y una confesión.
Parafraseando a Ruiz, cabe decir que cada decisión esconde otras más
pequeñas –puede ser cínico o irresponsable– pero
no puedo dejar de pensar que al tomar una decisión –por ejemplo, la de
encontrarme aquí frente a ustedes– esta misma
esconde una serie de otras decisiones que nada tienen que ver con ella. Mi
decisión es un disfraz y tras ella reina la indeterminación, lo aleatorio y
azaroso. Para ser franco, había decidido no venir hoy y, sin embargo, ya me
ven, me encuentro entre ustedes.
POLISEMIA
VISUAL, PLAN SECRETO Y SINFONÍA DRAMÁTICA
El universo narrativo ruiziano que me he
propuesto analizar está hecho de historias que se entrelazan y se cruzan
reingresando sobre sí mismas, al modo de las paradojas autorreferenciales,
tan propias de la lógica contemporánea –donde se pone en entredicho el
principio de no contradicción que, como he señalado, tiranizó durante
siglos la lógica de Occidente-; dando, de este modo, lugar a una especie de
polisemia visual (3) donde se explora –por ejemplo–
la idea, tan cara para la física cuántica, de que no existe simplemente una
historia para el universo, sino una colección de historias posibles para el
universo, todas igualmente reales.
A esta
posibilidad, la de internarse en los zigzagueos de estas historias, que se
van armando a la manera de una urdiembre ontológica que entrelaza las
diversas dimensiones de una realidad que en último término, y en una
apelación chamánica, Ruiz dirá que obedece a un
plan secreto, plan que al modo de un enigma siguen todas sus películas.
La forma de
polisemia visual que quiero tratar consiste en mirar una película cuya
lógica narrativa aparente sigue siempre más o menos una historia, y cuyos
vagabundeos, fallas, recorridos en zig-zag, se explican por su plan secreto. Este plan sólo
puede ser otra película no explícita, cuyos puntos fuertes se ubican en los
momentos débiles de la película aparente. Imaginemos que todos estos
momentos de relajo o distracción narren otra historia, formen una obra que
juegue con la película aparente, que la contradiga y especule sobre ella.
Descubrir el
plan secreto, descubrir la retórica de Ruiz, unir poéticamente la película
fuerte con la débil, reflexionar acerca de las paradojas, la lógica
recursiva como medio narrativo y estético, ha sido el objetivo de este
artículo, el cual debe ser considerado sólo como la primera aproximación a
un proyecto editorial mayor ya en marcha.
Notas:
1. RORTY, Richard, Ironía, continencia y solidaridad, Editorial Paidós, Barcelona, 1996.
2. PARRA, Nicanor, DISCURSO DE GUADALAJARA, en “Nicanor Parra tiene la
palabra”, Compilación de Jaime Quezada, Editorial Alfaguara, Santiago,
1999.
3. RUIZ, Raúl, Poética del cine, Capítulo VII “El Cine como viaje
clandestino”, Editorial Sudamericana, 2000.
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