Tiñe de rojos
el cielo la caída de la tarde
Se va el sol, diciendo adioses
Con brasas que ya no arden,
Los terrones y las piedras se tiñeron color sangre.
Esta una cogujada parda entre cardos y eriales
Dando quejas al invierno
Que anuncia el alto celaje.
Vuelan hacia el soto las grajas
Y las palomas torcaces
A buscar entre los chopos grajeras y palomares.
Silva en las lomas el viento
Las tonas de los gañanes.
Quite la lavija del yugo
Dando alivio a los afanes
De las mulas sudorosas
Y de mis pies con peales
La dureza de las abarcas defiende los pies
Cuando se anda en pedregales.
Se quedo el trigo tapado en la entrañas terrales
Es el sembrar sacrificio
La simiente es flor de sangre.
Me fui a burcar a mi novia
Por caminos vecinales, avanza la bicicleta
Si se aprietan los pedales.
Cuatro besos y un abrazo, con la ilusion
Que Dios sabe después, me sembre
En su vientre con lazos sacramentales,
Los caminos que corrimos
Ella y los hijos lo saben.
Simientes que esparce un hombre
En años primaverales,
Con nostalgia se recuerdan
En las tardes otoñales.
La juventud, generosa
Calor y amores reparten,Los restos de la vejez,
A la tierra han de tornarse
Dando cumplimiento a un orden
De fuerzas tan razonables,
Que no hay soberbia ni orgullo
Que pudieran rebelarse.
Duro resulta admitirlo
Mas no hay poder a negarse
Ni sabiduría mayor
Que aceptar lo inevitable.
Antonio Pizarro Luna.