Elegía a la muerte de José Manuel Calvo Boninchón (Manolo
Montoliú) el uno de mayo de 1992, escrita el dos del mismo mes.
De torero ibas vestido,
verde oliva y azabache,
Eras buen mozo y serio,
pisabas fuerte en el
ruedo,
conocedor, valiente y
responsable.
Siempre te dejabas ver,
sin susto del peligro
en cada apretado lance.
Toreros, como tú eras
justifican el existir de
un Arte.
Porque así lo sentías
porque así lo ejercías
más que te exigiera nadie.
Te hemos visto
morir
a través de
la Tele
vimos en la pantalla
impasible
el último
mover de tu imagen.
Son las técnicas
modernas
terribles y
formidables.
Pero la muerte en
directo
es, como es,
impresionante.
Los Kilómetros,
no existen,
la distancia es
despreciable;
el alma, llora hacia
dentro
aún en los hombres
valientes
es invencible la muerte
por tu experiencia lo
sabes.
En ese albero que pisó
Juan Belmonte, incomparable,
floreció el cuerno asesino
la roja flor de tu sangre.
Cabatisto, era marrajo
y te esperaba acechante,
más peligroso que un bravo
resulta un toro cobarde.
Ese par de banderillas
que con firmeza clavaste,
ese esperar a la fiera
y en la suerte recrearte
lo hiciste ayer, como siempre
Lo mismo que tantas tardes.
Quien hace bien un oficio
que más que un oficio, es Arte,
no tiene en cuenta peligros
ni cálculo imponderable.
Y si hay fallos, a pagar;
pagan con su vida y sangre.
Las encinas de Campocerrado
se agitaron a un temblor del aire.
Una vaca, levantando el hocico,
respiró efluvios vengativos
en la hondura de la tarde.
La muerte, huele a resfrío
en los hombres y en los animales.
La vaca, lloró a su hijo
muerto por José Mari Manzanares
bramando iras y venganzas
hacia alturas siderales
El fin de la vida es tragedia
y sus miedos, espectrales,
se saben algunas veces
sin que te lo explique nadie.
Lo sabemos los humanos;
también los irracionales.
Ya en Manolo Montoliú
con el corazón abierto
por el asta lacerante,
se apagaron los latidos
de vida en tu cuerpo exangüe
Por ti, la gente taurina
tiene lágrimas de sal
en los curtidos lacrimales
Y el nombre de Cabatisto
de Don Atanasio Fernández
pintó negra cruz de luto
Joselito, en el libro de la Fiesta,
porque no lo olvide nadie.
Has muerto, como eras tú
de muerte sonada y grande,
tiñendo el dorado albero
con el rojo de tu sangre
roto tu hacer de maestro
por un natural percance.
En la Maestranza de Sevilla,
el Destino, fué a buscarte,
y al designio de los Hados
es imposible negarse.
Lloran Cristina y tus hijos,
Manuel Montoliú, tu padre.
Y toda la afición te llora
porque has sido buen torero
y un hombre bueno, nacido
entre claveles de Levante.
Antonio Pizarro Luna.