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En la dulce atardecida,
por las orillas
del Mesa,
río chiquito, pero viejo,
mi alma vieja, adormecida,
se fue a buscar el silencio.
No lo encontró‚ ni lo tiene,
la Natura, el Universo.
Canta su alegría el agua
sobre las piedras del lecho.
Las espinas de las zarzas
gimen, arañando el viento;
y las ramas temblorosas
del chopo de plata enhiesto
son cuerdas de un arpa antigua
tañidas por aire fresco.
En el risco, las sabinas,
el tomillo y el romero,
regalando su perfume,
son refugio del mochuelo,
que aparentando llorar
con mallido lastimero,
tiene ánimo de cazar
gris ratoncillo campero.
Se encuentra combate y lucha,
pero aun existe el silencio.
La roca, rojiza, eleva
altos peñones y cerros,
con figuras de gigantes
que, al mirarlos, causan miedo.
Mortal para el viandante
el menor derrumbamiento.
Están la Vida y la Muerte
presentes, al mismo tiempo,
siendo polos de equilibrio;
latido, música y eco.
La Creación, no termina,
ni hay soledad ni silencio.
Porque no existe la Nada,
ni existe el vacío completo.
El sucio algodón de niebla,
ceniza húmeda en suspenso,
como espíritus en pena
bailan, entre tierra y cielo.
Después, cuando sean lluvia,
volverán a caer al suelo.
Serán agua, serán río,
vapor, que sube de nuevo.
Cuando un ciclo se termina,
otro, le viene siguiendo.
Nací, fui joven, y ahora,
ya me voy sintiendo viejo.
Y sin compañía humana,
no sé decir, pero siento,
que cuando ya esté podrido
y no sea mío mi cuerpo,
mi espíritu vivirá,
porque es parte de lo Eterno.
Paseando por la orilla del río Mesa en la anochecida del 12-XII-1991 en Jaraba (ZARAGOZA) merecí el primer premio del concurso en el balneario Sicilia.
Antonio Pizarro Luna.
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