
EL
CUARTO HOMBRE
AGATHA
CHRISTIE
El
canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el
tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo
que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia
a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad
diciendo "¡Es el corazón!"
Exhalando
un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimento
de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera
estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina
siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel
tren.
Las
otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más
alejada, le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente
afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las
sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie le hubiera
tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Sir Jorge Durand
era ciertamente un abogado muy famoso.
-Vaya,
Parfitt -comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted
una buena carrerita, ¿no?
-Y
con lo malo que es para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad
encontrarle, sir Jorge. ¿Va usted muy al norte?
-Hasta
Newcastle -replicó sir Jorge-. A propósito -añadió-:
¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?
Y
el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.
-Nos
encontramos en la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.
El
canónigo Parfitt vio al doctor Campbell
Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark
estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades
mentales, y su último libro El problema del subconsciente había sido la obra
más discutida del año.
El
canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos
ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero
que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante
una vigorosa personalidad.
Debido
a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al
suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del
departamento resultó ser totalmente extraño... tal vez un extranjero. Era un
hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo
parecía dormir.
-¿Es
usted el canónigo Parfitt de Bradchester?
-preguntó el doctor Clark con voz agradable.
El
canónigo pareció halagado. Aquellos "sermones científicos" habían
sido un gran acierto... especialmente desde que la prensa se había ocupado de
ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba
-He
leído su libro con gran interés, doctor Campbell
Clark -le dijo-. Aunque es demasiado técnico para mí, y me resulta difícil
seguir algunas de sus partes.
Durand
intervino.
-¿Prefiere
hablar o dormir, canónigo? -le preguntó-. Confieso que sufro de insomnio y, por
lo tanto, me inclino en favor de lo primero.
-¡Oh, desde luego! De todas maneras -explicó el canónigo-, yo
casi nunca duermo en estos viajes nocturnos y el libro que he traído es muy
aburrido.
-Realmente
formamos una reunión muy interesante -observó el doctor con una sonrisa-.
-Es
difícil que no podamos formar opinión entre los tres, ¿verdad? El punto de
vista espiritual de
-No
tanto como usted imagina -dijo el doctor Clark-. Hay otro punto de vista que ha
pasado usted por alto y que es en este aspecto muy importante.
-¿A
cuál se refiere? -quiso saber el abogado.
-Al
punto de vista del hombre de la calle.
-¿Es
tan importante? ¿Acaso el hombre de la calle no se equivoca generalmente?
-¡Oh, casi siempre! Pero posee lo que le falta a toda opinión
experta... el punto de vista personal. Ya sabe que no puede prescindir de las
relaciones personales. Lo he descubierto en mi profesión. Por cada paciente que
acude realmente enfermo, hay por lo menos cinco que no tienen otra cosa que
incapacidad para vivir felizmente con los inquilinos que habitan en la misma
casa. Lo llaman de mil maneras... desde "rodilla de fregona" a
"calambre de escribiente", pero es todo lo mismo: asperezas
producidas por el roce diario de una mentalidad con otra.
-Tendrá
usted muchísimos pacientes con "nervios", supongo -comenzó el
canónigo, cuyos nervios eran excelentes.
-Ah,
¿qué es lo que quiere usted decir con eso? -El doctor volvióse
hacia él con gesto rápido e impulsivo-. ¡Nervios! La gente suele emplear esa
palabra y reírse después, como ha hecho usted. "Esto no tiene importancia
-dicen- ¡Sólo son nervios!" ¡Dios mío!, ahí tiene usted el quid de todo.
Se puede contraer una enfermedad corporal y curarla, pero hasta la fecha se
sabe poco más de las oscuras causas de las ciento y una forma de las
enfermedades nerviosas que se sabía... bueno... durante el reinado de la reina
Isabel.
-Dios
mío -exclamó el canónigo Parfitt un tanto asombrado
por su salida-. ¿Es cierto?
-Y
creo que es un signo de gracia -continuó el doctor Campbell-.
Antiguamente considerábamos al hombre como un simple animal con inteligencia y
un cuerpo al que daba más importancia que a nada.
-Inteligencia,
cuerpo y alma -corrigió el clérigo con suavidad.
-¿Alma?
-El doctor sonrió de un modo extraño-. ¿Qué quiere decir exactamente? Nunca ha
estado muy claro, ya sabe. A través de todas las épocas no se han atrevido
ustedes a dar una definición exacta.
El
canónigo aclaró su garganta dispuesto a pronunciar un discurso, pero ante su
disgusto, no le dieron oportunidad, ya que el médico continuó:
-¿Está
seguro de que la palabra es alma... y no puede ser almas?
-¿Almas?
-preguntó sir Jorge Durand enarcando las cejas con
expresión divertida.
-Sí
-Campbell Clark dirigió su atención hacia él
inclinándose hacia delante para tocarle en el pecho-. ¿Está usted seguro -dijo
en tono grave-, que hay un solo ocupante en esta estructura... porque esto es
lo que es, ya sabe... envidiable residencia que no se alquila amueblada por
siete, veintiuno, cuarenta y uno, setenta y un años... los que sean? Y al final
el inquilino traslada sus cosas... poco a poco... y luego se marcha de la casa
de golpe... y ésta se viene abajo convertida en una masa de ruinas y
decadencia. Usted es el dueño de la casa, admitamos eso, pero nunca se percata
de la presencia de los demás... criados de pisar quedo, en los que apenas
repara, a no ser por el trabajo que realizan... trabajo que usted no tiene
conciencia de haber hecho. O amigos... estados de ánimo que se apoderan de uno
y le hacen ser un "hombre distinto", como se dice vulgarmente. Usted
es el rey del castillo, ciertamente, pero puede estar seguro de que allí está
también instalado tranquilamente el "pillastre redomado".
-Mi
querido Clark -replicó el abogado-, me hace usted sentirme realmente incómodo.
¿Es que mi interior es, en realidad, campo de batalla en que luchan distintas
personalidades? ¿Es la última palabra de la ciencia?
Ahora
fue el médico quien se encogió de hombros.
-Su
cuerpo lo es -dijo en tono seco-. ¿Por qué no puede serlo también la mente?
-Muy
interesante -exclamó el canónico Parfitt-. ¡Ahí
Maravillosa ciencia... maravillosa ciencia!
Y
para sus adentros agregó:
-Puedo
preparar un sermón muy atrayente basado en esta idea.
Mas
el doctor Campbell Clark se había vuelto a reclinar
en su asiento una vez pasada su excitación momentánea.
-A
decir verdad -observó con su aire profesional-, es un caso de doble
personalidad el que me lleva esta noche a Newcastle.
Un caso interesantísimo. Un individuo neurótico, desde luego, pero un caso auténtico.
-Doble
personalidad -repitió sir Jorge Durand pensativo-. No
es tan raro según tengo entendido. Existe también la pérdida de memoria, ¿no es
cierto? El otro día surgió un caso así ante el Tribunal de Testamentarias.
El
doctor Clark asintió.
-Desde
luego, el caso clásico fue el de Felisa Bault. ¿No
recuerda haberlo oído?
-Claro
que sí -expuso el canónigo Parfitt-. Recuerdo haberlo
leído en los periódicos... pero de eso hace mucho tiempo... por lo menos siete
años.
El
doctor Campbell asintió.
-Esa
muchacha se convirtió en una de las figuras más célebres de Francia, y
acudieron a verla científicos de todo el mundo. Tenía cuatro personalidades
nada menos, y se las conocía por Felisa Primera, Felisa Segunda, Felisa Tercera
y Felisa Cuarta.
-¿Y
no cabía la posibilidad de que fuera un truco premeditado? -preguntó sir Jorge.
-Las
personalidades de Felisa Tres y Felisa Cuatro ofrecían algunas dudas -admito el
médico-. Pero el hecho principal persiste. Felisa Bault
era una campesina de Bretaña. Era la tercera de cinco hermanos, hija de un
padre borracho y de una madre retrasada mental. En uno de sus ataques de
alcoholismo el padre estranguló a su mujer, siendo, si no recuerdo mal,
desterrado por vida. Felisa tenía entonces cinco años. Unas personas caritativas
se interesaron por la criatura, y Felisa fue criada y educada por una dama
inglesa que tenía una especie de hogar para niños desvalidos. Aunque consiguió
muy poco de Felisa, la describe como una niña anormal, lenta y estúpida, que
aprendió a leer y escribir sólo con gran dificultad y cuyas manos eran torpes.
Esa dama, la señora Slater, intentó prepararla para
el servicio doméstico y le buscó varias casas donde trabajar cuando tuvo la
edad conveniente, mas en ninguna estuvo mucho tiempo debido a su estupidez y
profunda pereza.
El
doctor hizo una pausa, y el canónigo, mientras se arropaba aún más en su manta
de viaje se dio cuenta de pronto de que el hombre sentado frente a él se había
movido ligeramente, y sus ojos, que antes tuviera cerrados, ahora estaban
abiertos y en ellos brillaba una expresión indescifrable que sobresaltó al
clérigo. Era como si hubiese estado regocijándose interiormente por lo que
oyera.
-Existe
una fotografía de Felisa Bault tomada cuando tenía
diecisiete años -prosiguió el médico-. Y en ella aparece como una burda
campesina de recia constitución, sin nada que indique que pronto iba a ser una
de las personas más famosas de Francia.
"Cinco
años más tarde, cuando contaba veintidós, Felisa Bault
tuvo una enfermedad nerviosa, y al reponerse empezaron a manifestarse los
extraños fenómenos. Lo que sigue a continuación son hechos atestiguados por
muchísimos científicos eminentes. La personalidad llamada Felisa Primera era
completamente distinta a
-Muy
notable -murmuró el canónigo-. Muy notable. Hasta ahora sabemos apenas nada de
las maravillas del universo.
-Sabemos
que hay algunos impostores muy astutos -observó el abogado en tono seco.
-El
caso de Felisa Bault fue investigado por abogados,
así como por médicos y científicos -replicó el doctor Campbell
con presteza-. Recuerde que Maitre Quimbellier llevó a cabo la investigación más profunda y
confirmó la opinión de los científicos. Y al fin y al cabo, ¿por qué hemos de
sorprendernos tanto? ¿No tenemos los huevos de dos yemas? ¿Y los plátanos
gemelos? ¿Por qué no ha de poder darse el caso de la doble personalidad... o en
este caso, la cuádruple personalidad... en un solo
cuerpo?
-¿La
doble personalidad? -protestó el canónigo.
El
doctor Campbell Clark volvió sus penetrantes ojos
azules hacia él.
-¿Cómo
podríamos llamarle si no?
-Menos
mal que estas cosas son únicamente un capricho de la naturaleza -observó sir
Jorge-. Si el caso fuera corriente se prestarían muchas complicaciones.
-Desde
luego, son casos muy anormales -convino el médico-. Fue una lástima que no
pudiera efectuarse otro estudio más prolongado, pero puso fin a todo, la
inesperada muerte de Felisa.
-Hubo
algo raro sino recuerdo mal -dijo el abogado despacio.
El
doctor Campbell Clark asintió.
-Fue
algo inesperado. Una mañana la muchacha fue encontrada muerta en su cama. Había
sido estrangulada, pero ante la estupefacción de todos, demostró sin lugar a
dudas que se había estrangulado ella misma. Las señales de su cuello eran las
de sus dedos. Un sistema de suicidio que aunque no es físicamente imposible,
requiere una extraordinaria fuerza muscular y una voluntad casi sobrehumana.
Nunca se supo lo que había impulsado a suicidarse. Claro que su equilibrio
mental siempre había sido insuficiente. Sin embargo, ahí tiene. Se ha corrido
para siempre la cortina sobre el misterio de Felisa Bault.
Fue
entonces cuando el ocupante de la cuarta esquina se echó a reír.
Los
otros tres hombres saltaron como si hubieran oído un disparo. Habían olvidado
por completo la existencia del cuarto, y cuando se volvieron hacia el lugar
donde se hallaba sentado y todavía arrebujado en su abrigo, rió de nuevo.
-Deben
perdonarme, caballeros -dijo en perfecto inglés, aunque con un ligero acento
extranjero, y se incorporó mostrando un rostro pálido con un pequeño
bigotillo-. Sí, deben ustedes perdonarme -dijo con una cómoda inclinación de
cabeza-. Pero la verdad: ¿es que la ciencia dice alguna vez la última palabra?
-¿Sabe
algo del caso que estábamos discutiendo? -le preguntó el doctor cortésmente.
-¿Del
caso? No. Pero la conocí.
-¿A
Felisa Bault?
-Sí.
Y a Annette Ravel también.
No han oído hablar de Annette Ravel,
¿verdad? Y, no obstante, la historia de una, es la historia de la otra. Créame,
no sabrán nada de Felisa Bault si no conocen también
la historia de Annette Ravel.
Sacó
un reloj para consultar la hora.
-Falta
media hora hasta la próxima parada. Tengo tiempo de contarles la historia... es
decir, si a ustedes les interesa escucharla.
-Cuéntela,
por favor -dijo el médico.
-Me
encantaría oírla -exclamó el pastor.
Sir
Jorge Durand limitóse a
adoptar una actitud de atenta escucha.
-Mi
nombre, caballeros -comentó el extraño compañero de viaje- es Raúl Latardeau. Usted acaba de mencionar a una dama inglesa, la
señorita Slater, que se ocupa en obras de caridad. Yo
la conocí en Bretaña, en un pueblecito pesquero, y cuando mis padres
fallecieron víctimas de un accidente ferroviario, fue la señorita Slater quien vino a rescatarme y me salvó de algo
equivalente a los reformatorios ingleses. Tenía unos veinte chiquillos a su
cuidado... niños y niñas. Entre éstas se encontraban Felisa Baúl y Annette Ravel. Si no consigo
hacerles comprender la personalidad de Annette,
caballeros, no comprenderán nada. Era hija de lo que ustedes llaman una filie
de joie que había muerto tuberculosa abandonada por
su amante. La madre fue bailarina y Annette también
tenía el deseo de bailar. Cuando la vi por primera
vez tenía once años, y era una niña vivaracha de ojos brillantes y
prometedores... una criatura todo fuego y vida. Y en seguida, en seguida... me
convirtió en su esclavo. "Raúl, haz esto; Raúl, haz lo otro...", y yo
obedecía. Yo la idolatraba y ella lo sabía.
"Solíamos
ir a la playa... los tres... ya que Felisa venía con nosotros. Y allí Annette, quitándose los zapatos y las medias bailaba sobre
la arena, y luego, cuando le faltaba el aliento, nos contaba lo que quería
llegar a ser.
"-Veréis,
yo seré famosa. Sí, muy famosa. Tendré cientos y miles de medias de seda... de
la seda más fina, y viviré en un piso maravilloso. Todos mis adoradores serán
jóvenes, guapos y ricos, cuando yo baile, todo París irá a verme. Gritarán y se
volverán locos con mis danzas. Y durante los inviernos no bailaré. Iré al sur a
gozar del sol. Allí hay pueblecitos con naranjos, y
comeré naranjas. Y en cuanto a ti, Raúl nunca te olvidaré por muy rica que sea.
Te protegeré para que estudies una carrera. Felisa será mi doncella... no, sus
manos son demasiado torpes. Míralas qué grandes y toscas.
"Felisa
se ponía furiosa al oír esto, y entonces Annette
continuaba pinchándola.
"-Es
tan fina, Felisa... tan elegante y distinguida. Es una princesa disfrazada... ja, ja.
"-Mi
padre y mi madre estaban casados, y los tuyos no -replicaba Felisa con rencor.
"-Sí,
y tu padre mató a tu madre. Bonita cosa ser la hija de un asesino.
"-Y
el tuyo dejó morir a tu madre -era la contestación de Felisa.
"-Ah,
sí -Annette se ponía pensativa-: Pauvre
maman. Hay que conservarse fuerte y bien.
"-Yo
soy fuerte como un caballo -presumía Felisa.
"Y
desde luego lo era. Tenía dos veces la fuerza de cualquier niña del Hogar y
nunca estaba enferma.
"Pero
era estúpida, ¿comprenden?, estúpida como una bestia bruta. A menudo me he
preguntado porqué seguía a Annette como lo hacía. Era
una especie de fascinación. Algunas veces creo que la odiaba, y no es de
extrañar, puesto que Annette no era amable con ella.
Se burlaba de su lentitud y estupidez, provocándola delante de los demás. Yo
había visto a Felisa ponerse lívida de rabia. Algunas veces pensé que iba a
rodear la garganta de Annette con sus dedos hasta
acabar con su vida. No era lo bastante inteligente como para contestar a los
improperios de Anette, pero con el tiempo aprendió
una respuesta que nunca fallaba. Era el referirse a su propia salud y fuerza.
Había aprendido lo que yo siempre supe: que Annette
envidiaba su fortaleza física, y ella atacaba instintivamente el punto débil de
la armadura de su enemiga.
"Un
día Annette vino hacia mí muy contenta. "Raúl
-dijo-, hoy vamos a divertirnos con esa estúpida de Felisa."
"-¿Qué
es lo que vas a hacer?
"-Ven
detrás del cobertizo y te lo diré.
"Parece
que Annette había encontrado cierto libro, parte del
cual no entendía y, desde luego, estaba por encima de su cabecita. Era una de
las primeras obras de hipnotismo.
-Conseguí
que un objeto brillante, el pomo de metal de mi casa, diese vueltas. Hice que
Felisa lo mirase anoche. "Míralo fijamente -le dije-. No apartes los ojos
de él." Y entonces lo hice girar, Raúl. Estaba asustada. Sus ojos tenían
una expresión tan extraña... tan extraña. "Felisa, tú harás siempre lo que
yo diga", le dije: "Haré siempre lo que tú digas, Annette",
me contestó. Y luego... y luego... dije: "Mañana llevarás un cabo de vela
al patio y empezarás a comerla a las doce. Y si alguien te pregunta dirás que
es la mejor galleta que has probado en tu vida." ¡Oh,
Raúl, imagínate!
"-Pero
ella no hará una cosa así -protesté.
"-El
libro dice que sí. No es que yo lo crea del todo... ¡pero, oh,
Raúl, si lo que dice el libro es cierto, lo que nos vamos a divertir!
"A
mí también me pareció divertido. Lo comunicamos a nuestros compañeros y a las
doce estábamos todos en el patio. A la hora exacta apareció Felisa con el cabo
de la vela en la mano. ¿Y creerán ustedes, caballeros, que empezó a
mordisquearlo solemnemente? ¡Todos nos desternillábamos de risa! De vez en
cuando alguno de los niños se acercaba a ella y le decía muy serio: ¿Es bueno
lo que comes, Felisa? Y ella respondía: "Sí, es una de las mejores
galletas que he probado en mi vida."
"Y
entonces nos ahogábamos de risa. Al fin nos reímos tan fuerte que el ruido
pareció despertar a Felisa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Parpadeó
extrañada, miró la vela y luego a todos, pasándose la mano por la frente.
"-Pero,
¿qué es lo que estoy haciendo aquí? -murmuró.
"-Te
estás comiendo una vela de sebo -le gritamos.
"-Yo
te lo hice hacer. Yo te lo hice hacer -exclamó Annette
bailándola su alrededor.
"Felisa
la miró fijamente unos instantes y luego se fue acercando a ella.
"-¿De
modo que has sido tú... has sido tú quien me puso en ridículo? Creo recordar.
¡Ah! Te mataré por esto.
"Habló
en tono tranquilo, pero Annette echó a correr
refugiándose detrás de mí.
"-¡Sálvame,
Raúl! Me da miedo Felisa. Ha sido sólo una broma, Felisa. Sólo una broma ¿Comprendes?
"-No
me gustan esta clase de bromas -replicó Felisa-. Te odio.
Os odio a todos.
"Y
echándose a llorar se marchó corriendo.
"Yo
creo que Annette estaba asustada por el resultado de
su experimento, y no intentó repetirlo, pero a partir de aquel día su
ascendencia sobre Felisa se fue haciendo más fuerte.
"Ahora
creo que Felisa siempre la odió, pero sin embargo no podía apartarse de su lado
y solía seguirla como un perro.
"Poco
después de esto, caballeros, me encontraron un empleo y sólo volví al Hogar
durante mis vacaciones. No se había tomado en serio el deseo de Annette de ser bailarina, pero su voz se hizo más bonita a
medida que iba creciendo, y la señorita Slater
consintió gustosamente en dejarla aprender canto.
"Annette no era perezosa, y trabajaba febrilmente, sin
descanso, y la señorita Slater se vio obligada a
impedir que se excediera, y en cierta ocasión me habló de ella.
"-Tú
siempre has apreciado mucho a Annette -me dijo-.
Convéncela para que no se esfuerce demasiado. Últimamente tose de una manera
que no me gusta.
"Mi
trabajo me llevó lejos poco después de esta conversación. Recibí una o dos
cartas de Annette al principio, pero luego silencio,
los cinco años que permanecí en el extranjero.
"Por
pura casualidad, cuando regresé a París me llamó la atención un cartel anuncio
con el nombre de Annette Ravelli
y su fotografía. La conocí en seguida. Aquella noche fui al teatro en cuestión.
Annette cantaba en francés e italiano, y en escena
estaba maravillosa. Después fui a verla a su camerino y me recibió en seguida.
"-Vaya,
Raúl -exclamó tendiéndome las manos-. ¡Esto es maravilloso! ¿Dónde has estado
todos estos años?
"Yo
se lo hubiera dicho, pero no deseaba escucharme.
"-¡Ves,
ya casi he llegado!
"Y
con un gesto triunfal me señaló el camerino lleno de flores.
"-La
señorita Slater debe estar orgullosa de tu éxito.
"-¿Esa
vieja? No, por cierto. Ella me había destinado al Conservatorio... a los
conciertos... pero yo soy una artista. Y es aquí, en los teatros de variedades,
donde puedo expresar mi personalidad.
"En
aquel momento entró un hombre de mediana edad, atractivo y distinguido. Por su
comportamiento comprendí en seguida que se trataba del mecenas de Annette. Me miró de soslayo y Annette
le explicó:
"-Es
un amigo de la infancia. Está de paso en París, ha visto mi retrato en un
anuncio, et voilá.
"Aquel
hombre era muy amable y cortés, y delante de mí sacó una pulsera de brillantes
y rubíes que colocó en la muñeca de Annette. Cuando
me levanté para marcharme ella me dirigió una mirada de triunfo diciéndome en
un susurro:
"-He
llegado, ¿verdad? ¿Comprendes? Tengo el mundo a mis pies.
"Pero
al salir del camerino la oí toser con una tos seca y dura. Sabía muy bien lo
que significaba. Era la herencia de su madre tuberculosa.
"Volví
a verla dos años más tarde. Había ido a buscar refugio junto a la señorita Slater. Su carrera estaba arruinada. Era tal lo avanzado de
su enfermedad, que los médicos dijeron que nada podía hacerse.
"¡Ah!
¡Nunca olvidaré cómo la vi entonces! Estaba echada en
una especie de cobertizo montado en el jardín. La tenían día y noche al aire
libre. Sus mejillas estaban hundidas y sus ojos brillantes y febriles.
"Me
saludó con tal desesperación que me quedé estupefacto.
"-Cuánto
me alegro de verte, Raúl. ¿Tú ya sabes bien lo que dicen... que no me pondré
bien? Lo dicen a mis espaldas, ¿comprendes? Conmigo son todos amables y tratan
de consolarme. ¡Pero no es cierto, Raúl, no es cierto! Yo no me dejaré morir.
¿Morir? ¿Con la vida tan hermosa que se extiende ante mí? Es la voluntad de
vivir lo que importa. Todos los grandes médicos lo dicen. Yo no soy de esos
seres débiles que se abandonan. Ya empiezo a sentirme mejor... muchísimo mejor,
¿oyes?
"Y
se incorporó, apoyándose sobre un codo para dar más énfasis a sus palabras,
luego cayó hacia atrás, presa de un ataque de tos que estremeció su delgado
cuerpo.
"-La
tos no es nada -consiguió decir-. Y las hemorragias no me asustan. Sorprenderé
a los médicos. Es la voluntad lo que importa. Recuerda, Raúl, yo viviré.
"Era
una pena. ¿Comprenden? Una pena.
"En
aquel momento llegaba Felisa Bault con una bandeja y
un vaso de leche caliente, que dio a Annette, mirando
como lo bebía con expresión que no pude descifrar... como con cierta
satisfacción.
"Annette también captó aquella mirada, y dejó caer el vaso,
que se hizo pedazos.
"-¿La
has visto? Así es como me mira siempre. ¡Ella se alegra de que vaya a morir!
Sí, disfruta. Ella es fuerte y sana. Mírala... ¡nunca ha estado enferma! ¡Ni un
solo día! Y todo para nada. ¿De qué le sirve ese corpachón? ¿Qué va a sacar de
él?
"Felisa
se agachó para coger los pedazos de cristal.
"-No
me importa lo que diga -comenzó con voz inexpresiva-. ¿A mí qué? Soy una chica
respetable. Y en cuanto a ella, sabrá lo que es el Purgatorio dentro de poco.
Yo soy cristiana y nada digo.
"-¡Tú
me odias! -exclamó Annette-. Siempre me has odiado.
¡Ah!, pero de todas maneras puedo encantarte. Puedo hacer que hagas mi
voluntad. Mira, ahora mismo, si te lo pidiera sin ninguna duda te pondrías de
rodillas ante mí encima de la hierba.
"-No
seas absurda -dijo Felisa intranquila.
"-Pues
sí que lo harás. Lo harás... para complacerme. Arrodíllate. Yo, Annette, te lo pido. Arrodíllate, Felisa.
"No
sé si sería por el maravilloso mandato de su voz, o por un motivo más profundo,
pero el caso es que Felisa obedeció. Se puso de rodillas lentamente, con los
brazos extendidos hacia delante y el rostro ausente mirando estúpidamente al
vacío.
"Annette, echando la cabeza hacia atrás, rió con todas sus
fuerzas.
"-¡Mira
qué cara más estúpida pone! ¡Qué ridícula está! ¡Ya puedes levantarte, Felisa,
gracias! Es inútil que frunzas el ceño. Soy tu ama, y tienes que hacer lo que
yo diga.
"Desplomóse exhausta sobre las almohadas, y Felisa,
recogiendo la bandeja, se alejó lentamente. Una vez volvióse
a mirar por encima del hombro, y el profundo resentimiento de su mirada me
sobresaltó.
"Yo
no estaba allí cuando murió Annette, pero, al
parecer, fue terrible. Se aferraba a la vida con desesperación, luchando contra
la muerte como una posesa, y gritando: "No moriré. Tengo que vivir...
vivir..."
"Me
lo contó la señorita Slater, cuando seis meses más
tarde fui a verla. "Mi pobre Raúl -me dijo con tono amable-. Tú la
querías, ¿verdad?"
"-Siempre
la quise... siempre. Pero ¿de qué hubiera podido servirle? No hablemos de eso.
Ahora está muerta... ella... tan alegre... y tan llena de vida.
"La
señorita Slater era mujer comprensiva y se puso a
hablar de otras cosas. Estaba preocupada por Felisa. La joven había sufrido una
extraña crisis nerviosa y desde entonces su comportamiento era muy extraño.
"-¿Sabes
-me dijo la señorita Slater tras una ligera
vacilación- que está aprendiendo a tocar el piano?
"Yo
lo ignoraba y me sorprendió mucho. ¡Felisa... aprendiendo a tocar el piano! Yo
hubiera jurado que era totalmente incapaz de distinguir una nota de otra.
"-Dicen
que tiene talento -continuó la señorita Slater-. No
comprendo. Siempre la había considerado..., bueno, Raúl, tú mismo sabes que fue
siempre una niña estúpida.
"Asentí.
"-Su
comportamiento es tan extraño que no sé qué pensar.
"Pocos
minutos después entré en la sala de lectura. Felisa tocaba el piano... la misma
tonadilla que oí cantar a Annette en París.
Comprendan, caballeros, que me quedé de una pieza. Y luego, al oírme, se
interrumpió de pronto volviéndose a mirarme con ojos llenos de malicia e
inteligencia. Por un momento pensé..., bueno, no voy a decirles lo que pensé
entonces.
"-Tiens! -exclamó-. De manera que es usted... monsieur Raúl.
"No
puedo describir cómo lo dijo. Para Annette nunca
había dejado de ser Raúl, pero Felisa, desde que volvimos a encontrarnos de
mayores, siempre me llamaba monsieur Raúl. Mas
entonces lo dijo de un modo distinto..., como si el monsieur fuera algo
divertido.
"-Vaya,
Felisa -le contesté-, te veo muy cambiada.
"-¿Sí?
-replicó pensativa-. Es curioso, pero no te pongas serio, Raúl...,
decididamente te llamaré Raúl... ¿Acaso no jugábamos juntos cuando éramos
niños...? La vida se ha hecho para reír. Hablemos de la pobre Annette... que está muerta y enterrada. ¿Estará en el
Purgatorio, o dónde?
"Y
tarareó cierta canción..., desentonando bastante, pero las palabras llamaron mi
atención.
"-¡Felisa!
-exclamé-. ¿Sabes italiano?
"-¿Por
qué no, Raúl? Yo no soy tan estúpida como parecía -y se rió de mi confusión.
"-No
comprendo... -comencé a decir.
"-Pues
yo te lo explicaré. Soy una magnífica actriz, aunque nadie lo sospechaba. Puedo
representar muchos papeles... y muy bien, por cierto.
"Volvió
a reír y salió corriendo de la habitación antes de que pudiera detenerla.
"La
volví a ver antes de marcharme. Estaba durmiendo en un sillón y roncaba
pesadamente. La estuve mirando fascinado..., aunque me repelía. De pronto se
despertó sobresaltada, y sus ojos apagados y sin vida se encontraron con los
míos.
"-Monsieur
Raúl -murmuró mecánicamente.
"-Sí,
Felisa. Yo me marcho. ¿Querrás tocar algo antes de que me vaya?
"-¿Yo?
¿Tocar? ¿Se está riendo de mí, monsieur Raúl?
"-¿No
recuerdas que esta mañana tocaste para mí?
"Felisa
meneó la cabeza.
"-¿Tocar
yo? ¿Cómo es posible que sepa tocar una pobre chica como yo?
"Hizo
una pausa como si reflexionara, y luego se acercó a mí.
"-¡Monsieur
Raúl, ocurren cosas extrañas en esta casa! Le gastan a una
bromas. Varían las horas del reloj. Sí, sí, sé lo que digo. Y todo eso
es obra de ella.
"-¿De
quién? -pregunté sobresaltado.
"-De
Annette, esta malvada. Cuando vivía siempre me estaba
atormentando, y ahora que ha muerto, vuelve del otro mundo para seguir
mortificándome.
"La
miré fijamente. Ahora comprendo que estaba al borde del terror y sus ojos
estaban a punto de salir de sus órbitas.
"-Es
mala. Le aseguro que es mala. Sería capaz de quitar a cualquiera el pan de la
boca, la ropa y el alma...
"De
pronto se agarró a mí.
"-Tengo
miedo, se lo aseguro..., miedo. Oigo su voz..., no en mis oídos... sino aquí...
en mi cabeza -se tocó la frente-. Se me llevará muy lejos... y entonces, ¿qué
haré... qué será de mí?
"Su
voz se fue elevando hasta convertirse en un alarido y vi
en sus ojos el terror de las bestias acorraladas.
"De
pronto sonrió..., fue una sonrisa agradable, llena de astucia, que me hizo
estremecer.
"-Si
llegara eso, monsieur Raúl..., tengo mucha fuerza en mis manos..., tengo mucha
fuerza en las manos.
"Nunca
me había fijado particularmente en sus manos. Entonces las miré y me estremecí
a pesar mío. Eran unos dedos gruesos, brutales, y como Felisa había dicho,
extraordinariamente fuertes. No sabría explicarles la sensación de náuseas que
me invadió. Con unas manos como aquéllas su padre debió estrangular a su madre.
"Aquélla
fue la última vez que vi a Felisa Bault.
Inmediatamente después marché al extranjero..., a Sudamérica. Regresé dos años
después de su muerte. Algo había leído en los periódicos de su vida y muerte
repentina. Y esta noche me he enterado de más detalles... por ustedes. Felisa
Tercera y Felisa Cuarta... Me estoy preguntando si... ¡Era una buena actriz!
¿Saben?"
El
tren fue aminorando su velocidad, y el hombre sentado en la esquina se irguió
para abrochar mejor su abrigo.
-¿Cuál
es su teoría? -preguntó el abogado.
-Apenas
puedo creerlo... -comenzó a decir el canónigo Parfitt.
El
médico nada dijo, pero miraba fijamente a Raúl Letardeau.
-Es
capaz de quitarle a uno el pan de la boca, la ropa..., el alma... -repitió el
francés poniéndose en pie-. Les aseguro, messieurs,
que la historia de Felisa Bault es la historia de Annette Ravel. Ustedes no la
conocieron, caballeros. Yo sí... y amaba mucho la vida.
Con
la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a apearse, se volvió de pronto,
yendo a dar un golpecito en el pecho del canónigo.
-Monsieur
le docteur acaba de decir que esto -le dio un golpe
en el estómago y el pastor pegó un respingo- es sólo una coincidencia. Dígame,
si encontrara un ladrón en su casa, ¿qué haría? Pegarle un tiro, ¿no?
-No
-exclamó el canónigo-. No..., quiero decir... que en este país, no.
Pero
sus palabras se perdieron en el aire mientras la puerta del compartimento
se cerraba de golpe.
El
clérigo, el abogado y el médico se habían quedado solos. El cuarto asiento
estaba vacío.
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