
La timidez, esa tonta enfermedad
crónica
"Oye, pero si es
simpática y todo...”. “Fíjate, de cerca no parece tan tonta...”. “Pues para mí
que es una estirada, no hay más que verla”.
Sospecho que nunca llegamos a conocernos realmente y menos aún logramos conocer
la opinión del resto de las personas sobre nuestro carácter y personalidad. Lo
digo porque, desde que empecé a tener una cierta presencia pública, y más aún
desde que los viajes me permiten tener contacto con gente muy diversa,
descubrí, gracias a sus comentarios, que bastante gente me ve o (quiero creer)
me veía, como una persona soberbia y distante. En pocas palabras, como una
antipática presuntuosa. Claro que también he conocido a otras que no; pero el
hecho de que algunos me pudieran catalogar como una tontaina
de esas que van por el mundo de divinas, no solo me ha hecho pensar sino
ratificar un temor muy antiguo en mí. Aquellos de ustedes que se consideren
tímidos seguro que comprenderán lo que voy a decir. Nosotros, los tímidos, los
que vamos por la vida con la incómoda carga de este estúpido defecto. Los que
como yo, al entrar en un recinto lleno de personas, tenemos que respirar hondo,
colgarnos una sonrisa trémula y recitar mentalmente algo así como “vamos Carmencita, no te cortes, adelante, tú puedes” sufrimos una
doble maldición. Por un lado lo pasamos muy mal ante el simple hecho de tener
que saludar o dirigirnos a alguien, y por otro, al no ser muy hábiles en tal
empresa, nuestra timidez acaba confundiéndose con frialdad, antipatía e incluso
con soberbia. Recuerdo que cuando dejé la infancia para convertirme en
adolescente, creía que la timidez era un defecto que se curaba con la edad. Por
eso, cuando un chico me hablaba y yo en respuesta acababa derramándole encima
un vaso de coca-cola de puro nerviosa, me consolaba pensando que más adelante
mejoraría. También pensaba “no importa, ya se me pasará” cuando, al tener que
expresar una idea en voz alta en una reunión, no acertaba a decir nada más que
una sarta de sandeces atropelladas. Pero no se me ha pasado. El único
descubrimiento que he hecho es que mi timidez desaparece sólo en ciertas
ocasiones relacionadas con mi profesión. Ante una cámara de televisión, por
ejemplo, en entrevistas mano a mano, o a la hora de firmar libros. Alguna vez
he llegado a pensar que la razón de una timidez tan selectiva, es porque, en
esas ocasiones, no tengo más remedio salir al ruedo. Supongo que algo parecido
debe ocurrirle a los toreros: se abre la puerta del toril y no tienen más
remedio que torear o les pilla el Miura; sin embargo
no creo que esta sea la explicación correcta.
Lo más plausible, pienso yo, es que, llegada la edad adulta, a uno le producen
timidez ciertas cosas y otras no. A mi ex marido, por ejemplo, que es uno de
los hombres más desinhibidos que conozco, le da un corte terrible ir al supermercado
y que lo puedan ver con el carrito lleno de lentejas, verduras o cajas de Dixan. Otra amiga muy extrovertida dice que ella, si le
pusieran una cámara de televisión delante, no podría articular palabra y no
comprende por qué yo, que en la vida normal soy casi muda (no es broma, lo
soy), hablo por los codos cuando salgo en la tele. Cada cual tiene su momento
de rubor incontenible y la timidez, mucho me temo, es una enfermedad crónica:
no se cura, ni siquiera se mejora, pero uno sí puede buscar situaciones que no
le resulten embarazosas y que le permitan exponer su mejor “yo”. Por el
contrario, intentar vencerla es tarea inútil, créanme, llevo años intentándolo
y no lo consigo. Lo más que se logra es pergeñar algunos trucos para no se note
tanto. Así que, si alguna vez me encuentro con uno de ustedes y no me lanzo a
sus brazos como un político en campaña electoral, por favor no me lo tengan en
cuenta, no es soberbia sino, simplemente, timidez estupida.