
Romancero
Gitano
1.
Romance de la luna, luna
La luna
vino a la fragua
con su
polizón de nardos.
El niño
la mira, mira.
El niño
la está mirando.
En el
aire conmovido
mueve la
luna sus brazos
y
enseña, lúbrica y pura,
sus
senos de duro estaño.
—Huye
luna, luna, luna.
Si
vinieran los gitanos,
harían
con tu corazón
collares
y anillos blancos.
—Niño,
déjame que baile.
Cuando
vengan los gitanos,
te
encontrarán sobre el yunque
con los
ojillos cerrados.
—Huye,
luna, luna, luna,
que ya
siento los caballos.
—Niño, déjame,
no pises
mi
blancor almidonado
El
jinete se acercaba
tocando
el tambor del llano.
Dentro
de la fragua el niño
tiene
los ojos cerrados.
Por el
olivar venían,
bronce y
sueño, los gitanos.
Las
cabezas levantadas
y los
ojos entornados.
¡Cómo
canta la zumaya,
ay, cómo
canta en el árbol!
Por el
cielo va la luna
con un
niño de la mano.
Dentro
de la fragua lloran,
dando
gritos, los gitanos.
El aire
la vela, vela.
El aire
la está velando.
3
2.
Preciosa y el aire
A
Dámaso Alonso
Su luna
de pergamino
Preciosa
tocando viene
por un
anfibio sendero
de
cristales y laureles.
El
silencio sin estrellas,
huyendo
del sonsonete,
cae
donde el mar bate y canta
su noche
llena de peces.
En los
picos de la sierra
los
carabineros duermen
guardando
las blancas torres
donde
viven los ingleses.
Y los
gitanos del agua
levantan
por distraerse,
glorietas
de caracolas y
ramas de
pino verde.
Su luna
de pergamino
Preciosa
tocando viene.
Al verla
se ha levantado
el
viento que nunca duerme.
San
Cristobalón desnudo,
lleno de
lenguas celestes,
mira a
la niña tocando
una
dulce gaita ausente.
Niña,
deja que levante
tu
vestido para verte.
Abre en
mis dedos antiguos
la rosa
azul de tu vientre.
Preciosa
tira el pandero
y corre
sin detenerse.
El
viento-hombrón la persigue
con una
espada caliente.
Frunce
su rumor el mar.
Los
olivos palidecen.
Cantan
las flautas de umbría
y el
liso gong de la nieve.
¡Preciosa,
corre, Preciosa,
que te
coge el viento verde!
¡Preciosa,
corre, Preciosa!
¡Míralo
por donde viene!
Sátiro
de estrellas bajas
con sus
lenguas relucientes.
Preciosa,
llena de miedo,
entra en
la casa que tiene,
más
arriba de los pinos,
el
cónsul de los ingleses.
Asustados
por los gritos
tres
carabineros vienen,
sus
negras capas ceñidas
y los
gorros en las sienes.
El
inglés da a la gitana
un vaso
de tibia leche,
y una
copa de ginebra
que
Preciosa no se bebe.
Y
mientras cuenta, llorando,
su
aventura a aquella gente,
en las
tejas de pizarra el
viento,
furioso, muerde.
4
3.
Reyerta
A
Rafael Méndez
En la
mitad del barranco
las
navajas de Albacete
bellas de
sangre contraria,
relucen
como los peces.
Una dura
luz de naipe
recorta
en el agrio verde
caballos
enfurecidos
y
perfiles de jinetes.
En la
copa de un olivo
lloran
dos viejas mujeres.
El toro
de la reyerta
se sube
por las paredes.
Ángeles
negros traían
pañuelos
y agua de nieve.
Ángeles
con grandes alas
de
navajas de Albacete.
Juan
Antonio el de Montilla
rueda
muerto la pendiente,
su
cuerpo lleno de lirios
y una
granada en las sienes.
Ahora
monta cruz de fuego,
carretera
de la muerte.
El juez,
con guardia civil,
por los
olivares viene.
Sangre
resbalada gime
muda
canción de serpiente.
Señores
guardias civiles: aquí
pasó lo
de siempre.
Han
muerto cuatro romanos
y cinco
cartagineses.
La tarde
loca de higueras
y de
rumores calientes
cae
desmayada en los muslos
heridos
de los jinetes.
Y
ángeles negros volaban
por el
aire del poniente.
Ángeles
de largas trenzas
y
corazones de aceite.
5
4.
Romance sonámbulo
A
Gloria Giner y Fernando de los Ríos
Verde
que te quiero verde.
Verde
viento. Verdes ramas.
El barco
sobre la mar
y el
caballo en la montaña.
Con la
sombra en la cintura
ella
sueña en su baranda,
verde
carne, pelo verde,
con ojos
de fría plata.
Verde
que te quiero verde.
Bajo la
luna gitana,
las
cosas la están mirando
y ella
no puede mirarlas.
Verde
que te quiero verde.
Grandes
estrellas de escarcha,
vienen
con el pez de sombra
que abre
el camino del alba.
La
higuera frota su viento
con la
lija de sus ramas,
y el
monte, gato garduño,
eriza
sus pitas agrias.
¿Pero
quién vendrá? ¿Y por dónde...?
Ella
sigue en su baranda,
verde
carne, pelo verde,
soñando
en la mar amarga.
Compadre,
quiero cambiar
mi
caballo por su casa,
mi
montura por su espejo,
mi
cuchillo por su manta.
Compadre,
vengo sangrando,
desde
los puertos de Cabra.
Si yo
pudiera, mocito,
ese
trato se cerraba.
Pero yo
ya no soy yo,
ni mi
casa es ya mi casa.
Compadre,
quiero morir
decentemente
en mi cama.
De
acero, si puede ser, con
las
sábanas de holanda.
¿No ves
la herida que tengo
desde el
pecho a la garganta?
Trescientas
rosas morenas
lleva tu
pechera blanca.
Tu
sangre rezuma y huele
alrededor
de tu faja.
Pero yo
ya no soy yo,
ni mi
casa es ya mi casa.
Dejadme
subir al menos
hasta
las altas barandas,
¡dejadme
subir!, dejadme
hasta
las verdes barandas.
Barandales
de la luna por
donde
retumba el agua.
Ya suben
los dos compadres
hacia
las altas barandas.
Dejando
un rastro de sangre.
Dejando
un rastro de lágrimas.
Temblaban
en los tejados
farolillos
de hojalata.
Mil
panderos de cristal,
herían
la madrugada.
Verde
que te quiero verde,
verde
viento, verdes ramas.
Los dos
compadres subieron.
El largo
viento, dejaba
en la
boca un raro gusto
de hiel,
de menta y de albahaca.
¡Compadre!
¿Dónde está, dime?
¿Dónde
está tu niña amarga?
¡Cuántas
veces te esperó!
¡Cuántas
veces te esperara
cara
fresca, negro pelo,
en esta
verde baranda!
Sobre el
rostro del aljibe
se mecía
la gitana.
Verde
cama, pelo verde,
con ojos
de fría plata.
Un
carámbano de luna
la
sostiene sobre el agua.
La noche
se puso íntima
como una
pequeña plaza.
Guardias
civiles borrachos
en la
puerta golpeaban.
Verde
que te quiero verde.
Verde
viento. Verdes ramas.
El barco
sobre la mar.
Y el
caballo en la montana.
6
5. La
monja gitana
A
José Moreno Villa
Silencio
de cal y mirto.
Malvas
en las hierbas finas.
La monja
borda alhelíes
sobre
una tela pajiza.
Vuelan
en la araña gris,
siete
pájaros del prisma.
La
iglesia gruñe a lo lejos
como un
oso panza arriba.
¡Qué
bien borda ! ¡Con qué gracia!
Sobre la
tela pajiza,
ella
quisiera bordar
flores
de su fantasía.
¡Qué
girasol! ¡Qué magnolia
de
lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes
y qué lunas,
en el
mantel de la misa!
Cinco
toronjas se endulzan
en la
cercana cocina.
Las
cinco llagas de Cristo
cortadas
en Almería.
Por los
ojos de la monja
galopan
dos caballistas.
Un rumor
último y sordo
le
despega la camisa,
y al
mirar nubes y montes
en las
yertas lejanías,
se
quiebra su corazón
de
azúcar y yerbaluisa.
¡Oh!,
qué llanura empinada
con
veinte soles arriba.
¡Qué
ríos puestos de pie
vislumbra
su fantasía!
Pero
sigue con sus flores,
mientras
que de pie, en la brisa,
la luz
juega el ajedrez
alto de
la celosía.
7
6. La
casada infiel
A
Lydia Cabrera y a su negrita
Y que yo
me la lleve al río
creyendo
que era mozuela,
pero
tenía marido.
Fue la
noche de Santiago
y casi
por compromiso.
Se
apagaron los faroles
y se
encendieron los grillos.
En las
últimas esquinas
toqué
sus pechos dormidos,
y se me
abrieron de pronto
como
ramos de jacintos.
El
almidón de su enagua me
sonaba
en el oído,
como una
pieza de seda
rasgada
por diez cuchillos
Sin luz
de plata en sus copas
los
árboles han crecido,
y un
horizonte de perros
ladra
muy lejos del río.
Pasadas
las zarzamoras,
los
juncos y los espinos,
bajo su
mata de pelo
hice un
hoyo sobre el limo.
Yo me
quité la corbata.
Ella se
quitó el vestido.
Yo el
cinturón con revólver
Ella sus
cuatro corpiños.
Ni nardos
ni caracolas
tienen
el cutis tan fino,
ni los
cristales con luna
relumbran
con ese brillo.
Sus
muslos se me escapaban
como
peces sorprendidos,
la mitad
llenos de lumbre,
la mitad
llenos de frío.
Aquella
noche corrí
el mejor
de los caminos,
montado
en potra de nácar
sin
bridas y sin estribos.
No
quiero decir, por hombre,
las
cosas que ella me dijo.
La luz
del entendimiento
me hace
ser muy comedido.
Sucia de
besos y arena,
yo me la
lleve del río.
Con el
aire se batían las
espadas
de los lirios.
Me porté
como quien soy.
Como un
gitano legítimo.
La
regalé un costurero
grande
de raso pajizo,
y no
quise enamorarme
porque
teniendo marido
me dijo
que era mozuela
cuando
la llevaba al río.
8
7.
Romance de la pena negra
A
José Navarro Pardo
Las
piquetas de los gallos
cavan
buscando la aurora,
cuando
por el monte oscuro
baja
Soledad Montoya.
Cobre
amarillo, su carne,
huele a
caballo y a sombra.
Yunques
ahumados sus pechos,
gimen
canciones redondas.
Soledad,
¿por quién preguntas
sin
compaña y a estas horas?
Pregunte
por quien pregunte,
dime: ¿a
ti qué se te importa?
Vengo a
buscar lo que busco,
mi
alegría y mi persona.
Soledad
de mis pesares,
caballo
que se desboca,
al fin
encuentra la mar
y se lo
tragan las olas.
No me
recuerdes el mar,
que la
pena negra, brota
en las
sierras de aceituna
bajo el
rumor de las hojas.
¡Soledad,
qué pena tienes!
¡Qué
pena tan lastimosa!
Lloras
zumo de limón
agrio de
espera y de boca.
¡Qué
pena tan grande! Corro
mi casa
como una loca,
mis dos
trenzas por el suelo,
de la
cocina a la alcoba.
¡Qué
pena! Me estoy poniendo
de
azabache, cama y ropa.
¡Ay mis
camisas de hilo!
¡Ay mis
muslos de amapola!
Soledad:
lava tu cuerpo
con agua
de las alondras,
y deja
tu corazón
en paz,
Soledad Montoya.
Por
abajo canta el río:
volante
de cielo y hojas.
Con flores
de calabaza,
la nueva
luz se corona.
¡Oh pena
de los gitanos!
Pena
limpia y siempre sola.
¡Oh pena
de cauce oculto
y
madrugada remota!
9
8.
San Miguel
(Granada)
A
Diego Buigas de Dalmau
Se ven
desde las barandas,
por el
monte, monte, monte,
mulos y
sombras de mulos
cargados
de girasoles.
Sus ojos
en las umbrías
se
empañan de inmensa noche.
En los
recodos del aire
cruje la
aurora salobre.
Un cielo
de mulos blancos
cierra
sus ojos de azogue
dando a
la quieta penumbra
un final
de corazones.
Y el
agua se pone fría
para que
nadie la toque.
Agua
loca y descubierta
por el
monte, monte, monte.
San
Miguel lleno de encajes
en la
alcoba de su torre,
enseña
sus bellos muslos
ceñidos
por los faroles.
Arcángel
domesticado
en el
gesto de las doce,
finge
una cólera dulce
de
plumas y ruiseñores.
San
Miguel canta en los vidrios;
efebo de
tres mil noches,
fragante
de agua colonia
y lejano
de las flores.
El mar
baila por la playa,
un poema
de balcones.
Las
villas de la luna
pierden
juncos, ganan voces.
Vienen
manolas comiendo
semillas
de girasoles,
los
culos grandes y ocultos
como
planetas de cobre.
Vienen
altos caballeros
y damas
de triste porte,
morenas
por la nostalgia
de un
ayer de ruiseñores.
Y el
obispo de Manila,
ciego de
azafrán y pobre,
dice
misa con dos filos
para
mujeres y hombres
San
Miguel se estaba quieto
en la
alcoba de su torre,
con las
enaguas cuajadas
de
espejitos y entredoses.
San
Miguel, rey de los globos
y de los
números nones,
en el
primor berberisco
de
gritos y miradores.
10
9.
San Rafael
(Córdoba)
A Juan
Izquierdo Croselles
I
Coches
cerrados llegaban
a las
villas de juncos
donde
las ondas alisan
romano
torso desnudo.
Coches,
que el Guadalquivir
tiende
en su cristal maduro,
entre
láminas de flores
y
resonancia de nublos.
Los
niños tejen y cantan
el desengaño
del mundo,
cerca de
los viejos coches
perdidos
en el nocturno.
Pero
Córdoba no tiembla
bajo el
misterio confuso,
pues si
la sombra levanta
la
arquitectura del humo,
un pie
de mármol afirma
su casto
fulgor enjuto.
Pétalos
de lata débil
recaman
los grises puros
de la
brisa, desplegada
sobre
los arcos de triunfo.
Y
mientras el puente sopla
diez
rumores de Neptuno,
vendedores
de tabaco huyen
por el
roto muro.
II
Un solo
pez en el agua
que a las dos Córdobas junta:
Blanca Córdoba de juncos.
Córdoba de arquitectura.
Niños de
cara impasible
en la
villa se desnudan,
aprendices
de Tobías
y
Merlines de cintura,
para
fastidiar al pez
en
irónica pregunta
si
quiere flores de vino
o saltos
de media luna.
Pero el
pez, que dora el agua
y los
mármoles enluta,
les da
lección y equilibrio
de
solitaria columna.
El
Arcángel aljamiado
de
lentejuelas oscuras,
en el
mitin de las ondas
buscaba
rumor y cuna.
Un solo
pez en el agua.
Dos
Córdobas de hermosura.
Córdoba
quebrada en chorros.
Celeste
Córdoba enjuta.
11
10.
San Gabriel
(Sevilla)
I
Un bello
niño de junco,
anchos
hombros, fino talle
piel de
nocturna manzana,
boca
triste y ojos grandes,
nervio
de plata caliente,
ronda la
desierta calle.
Sus
zapatos de charol
rompen
las dalias del aire,
con los
dos ritmos que cantan
breves lutos
celestiales.
En la
ribera del mar
no hay
palma que se le iguale,
Ni
emperador coronado
ni
lucero caminante.
Cuando
la cabeza inclina
sobre su
pecho de jaspe,
la noche
busca llanuras
porque
quiere arrodillarse.
Las
guitarras suenan solas
para San
Gabriel Arcángel,
domador
de palomillas
y
enemigo de los sauces.
San
Gabriel: El niño llora
en el
vientre de su madre.
No
olvides que los gitanos
te
regalaron el traje.
II
Anunciación
de los Reyes,
bien
lunada y mal vestida,
abre la
puerta al lucero
que por
la calle venía.
El
Arcángel San Gabriel,
entre
azucena y sonrisa,
bisnieto
de
se
acercaba de visita.
En su
chaleco bordado
grillos
ocultos palpitan.
Las
estrellas de la noche
se
volvieron campanillas.
San
Gabriel: Aquí me tienes
con tres
clavos de alegría.
Tu
fulgor abre jazmines
sobre mi
cara encendida.
Dios te
salve, Anunciación.
Morena
de maravilla.
Tendrás
un niño más bello
que los
tallos de la brisa.
¡Ay San
Gabriel de mis ojos!
¡Gabrielillo
de mi vida!
Para
sentarte yo sueño
un
sillón de clavelinas.
Dios te
salve, Anunciación,
bien
lunada y mal vestida.
Tu niño
tendrá en el pecho
un lunar
y tres heridas.
¡Ay San
Gabriel que reluces!
¡Gabrielillo
de mi vida!
En el
fondo de mis pechos
ya nace
la leche tibia.
Dios te
salve, Anunciación.
Madre de
cien dinastías.
Áridos
lucen tus ojos,
paisajes
de caballista.
El niño
canta en el seno
de
Anunciación sorprendida.
Tres
balas de almendra verde
tiemblan
en su vocecita.
Ya San
Gabriel en el aire
por una
escala subía.
Las
estrellas de la noche
se
volvieron siemprevivas,
12
11.
Prendimiento de Antoñito El Camborio en el camino de Sevilla
A
Margarita Xirgu
Antonio
Torres Heredia,
hijo y
nieto de Camborios,
con una
vara de mimbre
va a
Sevilla a ver los toros.
Moreno
de verde luna
anda
despacio y garboso.
Sus empavonados
bucles
le
brillan entre los ojos.
A la
mitad del camino
cortó
limones redondos,
y los
fue tirando al agua
hasta
que la puso de oro.
Y a la
mitad del camino,
bajo las
ramas de un olmo,
guardia
civil caminera
lo llevó
codo con codo.
El día
se va despacio,
la tarde
colgada a un hombro,
dando
una larga torera
sobre el
mar y los arroyos.
Las
aceitunas aguardan
la noche
de Capricornio,
y una
corta brisa, ecuestre,
salta
los montes de plomo.
Antonio
Torres Heredia,
hijo y
nieto de Camborios,
viene
sin vara de mimbre
entre
los cinco tricornios.
Antonio,
¿quién eres tú?
Si te
llamaras Camborio,
hubieras
hecho una fuente
de
sangre con cinco chorros.
Ni tú
eres hijo de nadie,
ni
legítimo Camborio.
¡Se
acabaron los gitanos
que iban
por el monte solos!
Están los
viejos cuchillos
tiritando
bajo el polvo.
A las
nueve de la noche
lo
llevan al calabozo,
mientras
los guardias civiles
beben
limonada todos.
Y a las
nueve de la noche
le
cierran el calabozo,
mientras
el cielo reluce
como la
grupa de un potro.
13
12.
Muerte de Antoñito El Camborio
A
José Antonio Rubio Sacristán
Voces de
muerte sonaron
cerca
del Guadalquivir.
Voces
antiguas que cercan
voz de
clavel varonil.
Les
clavó sobre las botas
mordiscos
de jabalí.
En la
lucha daba saltos
jabonados
de delfín.
Bañó con
sangre enemiga
su
corbata carmesí,
pero
eran cuatro puñales
y tuvo
que sucumbir.
Cuando
las estrellas clavan
rejones
al agua gris,
cuando
los erales suenan
verónicas
de alhelí,
voces de
muerte sonaron
cerca
del Guadalquivir.
Antonio
Torres Heredia,
Camborio
de dura crin,
moreno
de verde luna,
voz de
clavel varonil:
¿Quién
te ha quitado la vida
cerca
del Guadalquivir?
Mis
cuatro primos Heredias
hijos de
Benamejí.
Lo que
en otros no envidiaban,
ya lo
envidiaban en mí.
Zapatos
color corinto,
medallones
de marfil,
y este
cutis amasado
con
aceituna y jazmín.
¡Ay
Antoñito el Camborio,
digno de
una Emperatriz!
Acuérdate
de
porque
te vas a morir.
¡Ay
Federico García,
llama a
Ya mi
talle se ha quebrado
como
caña de maíz.
Tres
golpes de sangre tuvo
y se
murió de perfil.
Viva
moneda que nunca
se
volverá a repetir.
Un ángel
marchoso pone
su
cabeza en un cojín.
Otros de
rubor cansado,
encendieron
un candil.
Y cuando
los cuatro primos
llegan a
Benamejí,
voces de
muerte cesaron
cerca
del Guadalquivir.
14
13.
Muerto de amor
A
Margarita Manso
¿Qué es
aquello que reluce
por los
altos corredores?
Cierra
la puerta, hijo mío,
acaban
de dar las once.
En mis
ojos, sin querer,
relumbran
cuatro faroles.
Será que
la gente aquella
estará
fregando el cobre.
Ajo de
agónica plata
la luna
menguante, pone
cabelleras
amarillas
a las
amarillas torres.
La noche
llama temblando
al
cristal de los balcones,
perseguida
por los mil
perros
que no la conocen,
y un
olor de vino y ámbar
viene de
los corredores.
Brisas
de caña mojada
y rumor
de viejas voces,
resonaban
por el arco
roto de
la media noche.
Bueyes y
rosas dormían.
Sólo por
los corredores
las
cuatro luces clamaban
con el
furor de San Jorge.
Tristes
mujeres del valle
bajaban
su sangre de hombre,
tranquila
de flor cortada
y amarga
de muslo joven.
Viejas
mujeres del río
lloraban
al pie del monte,
un
minuto intransitable
de
cabelleras y nombres.
Fachadas
de cal, ponían
cuadrada
y blanca la noche.
Serafines
y gitanos
tocaban
acordeones.
Madre,
cuando yo me muera,
que se enteren
los señores.
Pon
telegramas azules
que
vayan del Sur al Norte.
Siete
gritos, siete sangres,
siete
adormideras dobles,
quebraron
opacas lunas
en los
oscuros salones.
Lleno de
manos cortadas
y
coronitas de flores,
el mar
de los juramentos
resonaba,
no sé donde.
Y el
cielo daba portazos
al
brusco rumor del bosque,
mientras
clamaban las luces
en los
altos corredores.
15
14.
Romance del emplazado
Para
Emilio Aladrén
¡Mi
soledad sin descanso!
Ojos
chicos de mi cuerpo
y
grandes de mi caballo,
no se
cierran por la noche
ni miran
al otro lado
donde se
aleja tranquilo
un sueño
de trece barcos.
Sino que
limpios y duros
escuderos
desvelados,
mis ojos
miran un norte
de
metales y peñascos
donde mi
cuerpo sin venas
consulta
naipes helados.
Los
densos bueyes del agua
embisten
a los muchachos
que se
bañan en las lunas
de sus
cuernos ondulados.
Y los
martillos cantaban
sobre
los yunques sonámbulos,
el
insomnio del jinete
y el
insomnio del caballo.
El
veinticinco de junio
le
dijeron a el Amargo:
Ya
puedes cortar si gustas
las
adelfas de tu patio.
Pinta
una cruz en la puerta
y pon tu
nombre debajo,
porque
cicutas y ortigas
nacerán
en tu costado,
y agujas
de cal mojada
te
morderán los zapatos.
Será de
noche, en lo oscuro,
por los
montes imantados,
donde
los bueyes del agua
beben
los juncos soñando.
Pide
luces y campanas.
Aprende
a cruzar las manos,
y gusta
los aires fríos
de
metales y peñascos.
Porque
dentro de dos meses
yacerás
amortajado.
Espadón
de nebulosa
mueve en
el aire Santiago.
Grave
silencio, de espalda,
manaba
el cielo combado.
El
veinticinco de junio
abrió
sus ojos Amargo,
y el
veinticinco de agosto
se
tendió para cerrarlos.
Hombres
bajaban la calle
para ver
al emplazado,
que
fijaba sobre el muro
su
soledad con descanso.
Y la
sábana impecable,
de duro
acento romano,
daba
equilibrio a la muerte
con las
rectas de sus paños.
16
15.
Romance de la guardia civil española
A
Juan Guerrero
Cónsul
General de
Los
caballos negros son.
Las
herraduras son negras.
Sobre
las capes relucen
manchas
de tinta y de cera.
Tienen,
por eso no lloran,
de plomo
las calaveras.
Con el
alma de charol
vienen
por la carretera.
Jorobados
y nocturnos,
por
donde animan ordenan
silencios
de goma oscura
y miedos
de fina arena.
Pasan,
si quieren pasar,
y
ocultan en la cabeza
una vaga
astronomía
de
pistolas inconcretas.
¡Oh
ciudad de los gitanos!
En las
esquinas banderas.
La luna
y la calabaza
con las
guindas en conserva.
¡Oh
ciudad de los gitanos!
¿Quién
te vio y no te recuerda?
Ciudad
de dolor y almizcle,
con las
torres de canela.
Cuando
llegaba la noche,
noche
que noche nochera,
los
gitanos en sus fraguas
forjaban
soles y flechas.
Un
caballo malherido,
llamaba
a todas las puertas.
Gallos
de vidrio cantaban
por
Jerez de
El
viento, vuelve desnudo
la
esquina de la sorpresa,
en la noche
platinoche
noche,
que noche nochera.
perdieron
sus castañuelas,
y buscan
a los gitanos
para ver
si las encuentran.
con un
traje de alcaldesa
de papel
de chocolate
con los
collares de almendras.
San José
mueve los brazos
bajo una
capa de seda.
Detrás
va Pedro Domecq
con tres
sultanes de Persia.
La media
luna, soñaba
un
éxtasis de cigüeña.
Estandartes
y faroles
invaden
las azoteas.
Por los
espejos sollozan
bailarinas
sin caderas.
Agua y
sombra, sombra y agua
por
Jerez de
¡Oh
ciudad de los gitanos!
En las
esquinas banderas.
Apaga
tus verdes luces
que
viene la benemérita.
¡Oh
ciudad de los gitanos!
¿Quién
te vio y no te recuerda?
Dejadla
lejos del mar, sin
peines
para sus crenchas.
Avanzan
de dos en fondo
a la
ciudad de la fiesta.
Un rumor
de siemprevivas
invade
las cartucheras.
Avanzan
de dos en fondo.
Doble
nocturno de tela.
El
cielo, se les antoja,
una
vitrina de espuelas.
17
La
ciudad libre de miedo,
multiplicaba
sus puertas.
Cuarenta
guardias civiles
entran a
saco por ellas.
Los
relojes se pararon,
y el
coñac de las botellas
se
disfrazó de noviembre
para no
infundir sospechas.
Un vuelo
de gritos largos
se
levantó en las veletas.
Los
sables cortan las brisas
que los
cascos atropellan.
Por las
calles de penumbra
huyen
las gitanas viejas
con los
caballos dormidos
y las
orzas de monedas.
Por las
calles empinadas
suben
las capas siniestras,
dejando
atrás fugaces
remolinos
de tijeras.
En el
portal de Belén
los
gitanos se congregan.
San
José, lleno de heridas,
amortaja
a una doncella.
Tercos
fusiles agudos
por toda
la noche suenan.
con
salivilla de estrella.
Pero
avanza
sembrando hogueras,
donde
joven y desnuda
la
imaginación se quema.
Rosa la
de los Camborios,
gime
sentada en su puerta
con sus
dos pechos cortados
puestos
en una bandeja.
Y otras
muchachas corrían
perseguidas
por sus trenzas,
en un
aire donde estallan
rosas de
pólvora negra.
Cuando
todos los tejados
eran
surcos en la sierra,
el alba
meció sus hombros
en largo
perfil de piedra.
¡Oh
ciudad de los gitanos!
por un
túnel de silencio
mientras
las llamas te cercan.
¡Oh
ciudad de los gitanos!
¿Quién
te vio y no te recuerda?
Que te
busquen en mi frente.
Juego de
luna y arena.
18
Tres
romances históricos
16.
Martirio de Santa Olalla
A
Rafael Martínez Nadal
I
Panorama
de Mérida
Por la
calle brinca y corre
caballo
de larga cola,
mientras
juegan o dormitan
viejos
soldados de Roma.
Medio
monte de Minervas
abre sus
brazos sin hojas.
Agua en
vilo redoraba
las
aristas de las rocas.
Noche de
torsos yacentes
y
estrellas de nariz rota,
aguarda
grietas del alba
para
derrumbarse toda.
De
cuando en cuando sonaban
blasfemias
de cresta roja.
Al
gemir, la santa niña
quiebra
el cristal de las copas.
La rueda
afila cuchillos
y
garfios de aguda comba:
Brama el
toro de los yunques,
y Mérida
se corona
de
nardos casi despiertos
y tallos
de zarzamora.
II
El
martirio
Flora
desnuda se sube
por
escalerillas de agua.
El
Cónsul pide bandeja
para los
senos de Olalla.
Un
chorro de venas verdes
le brota
de la garganta.
Su sexo
tiembla enredado
como un
pájaro en las zarzas.
Por el
suelo, ya sin norma,
brincan
sus manos cortadas
que aun
pueden cruzarse en tenue
oración
decapitada.
Por los
rojos agujeros
donde
sus pechos estaban
se ven
cielos diminutos
y
arroyos de leche blanca.
Mil
arbolillos de sangre
le
cubren toda la espalda
y oponen
húmedos troncos
al
bisturí de las llamas.
Centuriones
amarillos
de carne
gris, desvelada,
llegan
al cielo sonando
sus
armaduras de plata.
Y
mientras vibra confusa
pasión
de crines y espadas,
el
Cónsul porta en bandeja
senos
ahumados de Olalla.
III
Infierno
y gloria
Nieve
ondulada reposa.
Olalla
pende del árbol.
Su
desnudo de carbón
tizna
los aires helados.
Noche
tirante reluce.
Olalla
muerta en el árbol.
Tinteros
de las ciudades
vuelcan
la tinta despacio.
19
Negros
maniquíes de sastre
cubren
la nieve del campo,
en
largas filas que gimen
su
silencio mutilado.
Nieve
partida comienza.
Olalla
blanca en el árbol.
Escuadras
de níquel juntan
los picos
en su costado.
Una
Custodia reluce
sobre
los cielos quemados,
entre
gargantas de arroyo
y
ruiseñores en ramos.
¡Saltan
vidrios de colores!
Olalla
blanca en lo blanco.
Ángeles
y serafines dicen:
Santo,
Santo, Santo.
20
17.
Burla de Don Pedro a caballo
Romance
con lagunas
A
Jean Cassou
Romance
de Don Pedro a caballo
Por una
vereda
venía
Don Pedro.
¡Ay cómo
lloraba
el
caballero!
Montado
en un ágil
caballo
sin freno,
venía en
la busca
del pan
y del beso.
Todas
las ventanas
preguntan
al viento,
por el
llanto oscuro
del
caballero.
Primera
laguna
Bajo el
agua
siguen
las palabras.
Sobre el
agua
una luna
redonda
se baña,
dando
envidia a la otra
¡tan
alta!
En la
orilla,
un niño,
ve las
lunas y dice:
—¡Noche;
toca los platillos!
Sigue
A una
ciudad lejana
ha llegado
Don Pedro.
Una
ciudad de oro
entre un
bosque de cedros.
¿Es
Belén? Por el aire
yerbaluisa
y romero.
Brillan
las azoteas
y las
nubes. Don Pedro
pasa por arcos rotos.
Dos
mujeres y un viejo
con
velones de plata
le salen
al encuentro.
Los
chopos dicen: No.
Y el
ruiseñor: Veremos.
Segunda
laguna
Bajo el
agua
siguen
las palabras.
Sobre el
peinado del agua
un
círculo de pájaros y llamas.
Y por
los cañaverales,
testigos
que conocen lo que falta.
Sueño
concreto y sin norte
de
madera de guitarra.
Sigue
Por el
camino llano
dos
mujeres y un viejo
con
velones de plata
van al
cementerio.
Entre
los azafranes
han
encontrado muerto
el
sombrío caballo
de Don
Pedro.
Voz
secreta de tarde
balaba
por el cielo.
Unicornio
de ausencia
rompe en
cristal su cuerno.
La gran
ciudad lejana
está
ardiendo
y un
hombre va llorando
21
tierras
adentro.
Al Norte
hay una estrella.
Al Sur
un marinero.
Última
laguna
Bajo el
agua
están
las palabras.
Limo de
voces perdidas.
Sobre la
flor enfriada,
está Don
Pedro olvidado,
¡ay!,
jugando con las ranas.
22
18.
Thamár y Amnón
Para
Alfonso García-Valdecasas
La luna
gira en el cielo
sobre
las sierras sin agua
mientras
el verano siembra
rumores
de tigre y llama.
Por
encima de los techos
nervios
de metal sonaban.
Aire
rizado venía
con los
balidos de lana.
La
sierra se ofrece llena
de
heridas cicatrizadas,
o
estremecida de agudos
cauterios
de luces blancas.
Thamár
estaba soñando
pájaros
en su garganta
al son
de panderos fríos
y
cítaras enlunadas.
Su
desnudo en el alero,
agudo
norte de palma,
pide
copos a su vientre
y
granizo a sus espaldas.
Thamár
estaba cantando
desnuda
por la terraza.
Alrededor
de sus pies,
cinco
palomas heladas.
Amnón,
delgado y concreto,
en la
torre la miraba,
llenas
las ingles de espuma
y
oscilaciones la barba.
Su
desnudo iluminado
se tendía
en la terraza,
con un
rumor entre dientes
de
flecha recién clavada.
Amnón
estaba mirando
la luna
redonda y baja,
y vio en
la luna los pechos
durísimos
de su hermana.
Amnón a
las tres y media
se
tendió sobre la cama.
Toda la
alcoba sufría
con sus
ojos llenos de alas.
La luz,
maciza, sepulta
pueblos
en la arena parda,
o
descubre transitorio
coral de
rosas y dalias.
Linfa de
pozo oprimida
brota
silencio en las jarras.
En el
musgo de los troncos
la cobra
tendida canta.
Amnón
gime por la tela
fresquísima
de la cama.
Yedra
del escalofrío
cubre su
carne quemada.
Thamár
entró silenciosa
en la
alcoba silenciada,
color de
vena y Danubio,
turbia
de huellas lejanas.
Thamár,
bórrame los ojos
con tu
fija madrugada.
Mis
hilos de sangre tejen
volantes
sobre tu falda.
Déjame
tranquila, hermano.
Son tus
besos en mi espalda
avispas
y vientecillos
en doble
enjambre de flautas.
Thamár,
en tus pechos altos
hay dos
peces que me llaman,
y en las
yemas de tus dedos
rumor de
rosa encerrada.
Los cien
caballos del rey
en el
patio relinchaban.
Sol en
cubos resistía
la
delgadez de la parra.
Ya la
coge del cabello,
ya la
camisa le rasga.
23
Corales
tibios dibujan
arroyos
en rubio mapa.
¡Oh, qué
gritos se sentían
por
encima de las casas!
Qué
espesura de puñales
y
túnicas desgarradas.
Por las
escaleras tristes
esclavos
suben y bajan.
Émbolos
y muslos juegan
bajo las
nubes paradas.
Alrededor
de Thamár
gritan
vírgenes gitanas
y otras
recogen las gotas
de su
flor martirizada.
Paños
blancos enrojecen
en las
alcobas cerradas.
Rumores
de tibia aurora
pámpanos
y peces cambian.
Violador
enfurecido,
Amnón
huye con su jaca.
Negros
le dirigen flechas
en los
muros y atalayas.
Y cuando
los cuatro cascos
eran
cuatro resonancias,
David
con unas tijeras cortó
las
cuerdas del arpa.
24
SELECCIÓN
POÉTICA
Baladilla
de los tres ríos
El río
Guadalquivir
va entre
naranjos y olivos.
Los dos
ríos de Granada
bajan de
la nieve al trigo.
¡Ay,
amor
que se
fue y no vino!
El río
Guadalquivir
tiene
las barbas granates.
Los dos
ríos de Granada
uno
llanto y otro sangre
¡Ay,
amor
que se
fué por el aire!
Para los
barcos de vela
Sevilla
tiene un camino;
por el
agua de Granada
sólo
reman los suspiros.
¡Ay,
amor
que se
fue y no vino!
Guadalquivir,
alta torre
y viento
en los naranjales.
Dauro y
Genil, torrecillas
muertas
sobre los estanques.
¡Ay,
amor
que se
fue por el aire!
¡Quién
dirá que el agua lleva
un fuego
fatuo de gritos!
¡Ay,
amor
que se
fue y no vino!
Lleva
azahar, lleva olivas,
Andalucía,
a tus mares.
¡Ay,
amor
que se
fue por el aire!
Sorpresa
Muerto
se quedó en la calle
con un
puñal en el pecho.
No lo
conocía nadie.
¡Cómo
temblaba el farol!
Madre
¡Cómo
temblaba el farolito
de la
calle!
Era
madrugada. Nadie
pudo
asomarse a sus ojos
abiertos
al duro aire.
Que
muerto se quedó en la calle
que con
un puñal en el pecho
y que no
lo conocía nadie.
25
De
Profundis
Los cien
enamorados
duermen
para siempre
bajo la
tierra seca.
Andalucía
tiene
largos
caminos rojos.
Córdoba,
olivos verdes
donde
poner cien cruces
que los
recuerden.
Los cien
enamorados
duermen
para siempre.
Malagueña
La
muerte
entra y
sale
de la
taberna.
Pasan
caballos negros
y gente
siniestra
por los
hondos caminos
de la
guitarra.
Hay un
olor a sal
y sangre
de hembra
en los
nardos febriles
de la
marina.
La
muerte
entra y
sale,
y sale y
entra
la
muerte
de la
taberna.
26
Y yo que
me la llevé al río
creyendo
que era mozuela
pero
tenía marido.
Fue la
noche de Santiago
y casi
por compromiso.
Se
apagaron los faroles
y se
encendieron los grillos.
En las
últimas esquinas
toqué
sus pechos dormidos,
y se me
abrieron de pronto
como
ramos de jacintos.
El
almidón de su enagua
me
sonaba en el oído
como una
pieza de seda
rasgada
por diez cuchillos.
Sin luz
de plata en sus copas
los
árboles han crecido,
y un
horizonte de perros
ladra
muy lejos del río.
Pasadas
las zarzamoras,
los
juncos y los espinos,
bajo su
mata de pelo
hice un
hoyo sobre el limo.
Yo me
quité la corbata.
Ella se
quitó el vestido.
Yo, el
cinturón con revólver.
Ella,
sus cuatro corpiños.
Ni
nardos ni caracoles
tienen
el cutis tan fino,
ni los
cristales con luna
relumbran
con ese brillo.
Sus
muslos se me escapaban
como
peces sorprendidos,
la mitad
llenos de lumbre,
la mitad
llenos de frío.
Aquella
noche corrí
el mejor
de los caminos,
montado
en potra de nácar
sin
bridas y sin estribos.
No
quiero decir, por hombre,
las
cosas que ella me dijo.
La luz
del entendimiento
me hace
ser muy comedido.
Sucia de
besos y arena,
yo me la
llevé del río.
Con el
aire se batían
las
espadas de los lirios.
Me porté
como quien soy
como un
gitano legítimo.
Le
regalé un costurero
grande,
de raso pajizo,
y no
quise enamorarme
porque
teniendo marido
me dijo
que era mozuela
cuando
la llevaba al río.