
Fedor
Dostoiewski
NOCHES
BLANCAS
¿ O fue
creado
para estar
siquiera un momento
en las
cercanías de tu corazón?
I. TURGENEV
Noche primera
Era una noche
maravillosa, una de esas noches, amable lector, que quizá sólo existen en
nuestros años mozos. El cielo estaba tan estrellado, tan luminoso, que
mirándolo no podía uno menos de preguntarse: ¿pero es posible que bajo un cielo
como éste pueda vivir tan-ta gente atrabiliaria y caprichosa? Ésta, amable
lector, es también una pregunta de los años mozos, muy de los años mozos, pero
Dios quiera que te la hagas a menudo. Hablando de gente atrabiliaria y por
varios motivos caprichosa, debo recordar mi buena conducta durante todo ese
día. Ya desde la mañana me atormen-taba una extraña melancolía. Me pareció de pronto
que a mí, hombre solitario, me abandonaba todo el mundo que todos me rehuían.
Claro que tienes derecho a pre-guntar: ¿y quiénes son esos «todos»? Porque hace
ya ocho años que vivo en Petersburgo y no he podido tra-bar conocimiento con
nadie. ¿Pero qué falta me hace conocer a gente alguna? Porque aun sin ella, a
mí todo Petersburgo me es conocido. He aquí por qué me pare-ció que todos me
abandonaban cuando Petersburgo entero se levantó y salió acto seguido para el
campo. Fue horrible quedarme solo. Durante tres días enteros recorrí la ciudad
dominado por una profunda angustia, sin darme clara cuenta de lo que me pasaba.
Fui a la perspectiva Nevski, fui a los jardines, me paseé por los muelles; pues
bien, no vi ni una sola de las personas que solía encontrar durante el año en
tal o cual lugar, a esta o aquella hora. Esas personas, por supuesto, no me
conocen a mí, pero yo sí las conozco a ellas. Las conozco a fondo, casi me he
aprendido de memoria sus fisonomías, me alegro cuando las veo alegres y me en-tristezco
cuando las veo tristes. Estuve a punto de trabar amistad con un anciano a quien
encontraba to-dos los días a la misma hora en
esa hora
precisa por ese lugar de
Así, pues,
lector, ya ves de qué manera conozco todo Petersburgo.
Ya he dicho
que durante tres días enteros me tuvo atormentado la inquietud hasta que por
fin averigüé su causa. En la calle no me sentía bien _éste ya no está aquí, ni
este otro; y ¿adónde habrá ido aquel otro?_, ni tampoco en casa. Durante dos
noches segui-das hice un esfuerzo: ¿qué echo de menos en mi rin-cón? ¿por qué
me es tan molesto permanecer en él? Miraba perplejo las paredes verdes y
mugrientas, el techo cubierto de telarañas que con gran éxito culti-vaba
Matryona; volvía a examinar todo mi mobiliario, a inspeccionar cada silla,
pensando si no estaría ahí la clave de mi malestar (porque basta que una sola
de mis sillas no esté en el mismo sitio que ayer para que ya no me sienta
bien), miré por la ventana, y todo en vano..., no hallé alivio. Decidí incluso
llamar a Matryo-na y reprenderla paternalmente por lo de las telarañas y, en
general, por la falta de limpieza, pero ella se limitó a mirarme con asombro y
me volvió la espalda sin decir palabra; así, pues, las telarañas siguen todavía
felizmente en su sitio. Por fin esta mañana logre averi-guar de qué se trataba.
Pues nada, que todo el mundo estaba saliendo de estampía para el campo. Pido
per-dón por la frase vulgar, pero es que ahora no estoy para expresarme en
estilo elevado .... porque, así como suena, todo lo que encierra Petersburgo se
iba a pie o en vehículo al campo. Todo caballero de digno y próspero aspecto
que tomaba un coche de alquiler se convertía al punto en mis ojos en un honrado
padre de familia que, después de las consabidas labores de su cargo, se dirigía
desembarazado de equipaje al seno de su familia en una casa de campo. Cada
transeúnte tomaba ahora un aire singular, como si quisiera decir a sus
congéneres: «Nosotros, señores, estamos aquí sólo de paso. Dentro de un par de
horas nos vamos al campo.» Se abría una ventana, se oía primero el teclear de
unos dedos finos y blancos como el azúcar, y aso-maba la cabeza de una muchacha
bonita que llamaba al vendedor ambulante de flores; al punto me figuraba yo que
estas flores se compraban, no para disfrutar de ellas y de la primavera en el
aire cargado de una habi-tación ciudadana,
sino porque
todos se iban pronto al campo y querían llevarse las flores consigo. Pero hay
más, y es que había adquirido ya tal destreza en este nuevo e insólito género
de descubrimientos que podía, sin equivocarme, guiado sólo por el aspecto
físico, determinar en qué tipo de casa de campo vivía cada cual. Los que las
tenían en las islas Kamenny y Apte-karski o en el camino de Peterhof, se
distinguían por la estudiada elegancia de sus modales, por su atildada
indumentaria veraniega y por los soberbios carruajes en que venían a la ciudad.
Los que las tenían en Par-golov, o aún más lejos, impresionaban desde el primer
momento por su prestancia y prudencia. Los de la isla Krestovski destacaban por
su continente invariable-mente alegre. Sucedía que tropezaba a veces con una
larga hilera de carreteros que con las riendas en la mano caminaban
perezosamente junto a sus carroma-tos, cargados de verdaderas montañas de
muebles de toda laya; mesas, sillas, divanes turcos y no turcos, y otros
enseres domésticos; y encima de todo ello, en la cumbre misma de la montaña,
iba a menudo sentada una macilenta cocinera, protectora de la hacienda de sus
señores como si fuera oro en paño. O veía pasar, cargadas hasta los topes de
utensilios domésticos, barcas que se deslizaban por el Neva o
Anduve mucho,
largo tiempo, hasta que, como me ocurre a menudo, perdí la noción de dónde
estaba, y cuando volví en mi acuerdo me hallé a las puertas de la ciudad. De
pronto me sentí contento, rebasé el pues-to de peaje y me adentré por los
sembrados y prade-ras sin parar mientes en el cansancio, sintiendo sólo con
todo mi cuerpo que se me quitaba un peso del alma. Los transeúntes me miraban
con tanta afabilidad que se diría que les faltaba poco para saludarme. No sé
por qué todos estaban alegres, y todos, sin excep-ción, iban fumando cigarros.
También yo estaba ale-gre, alegre como hasta entonces nunca lo había estado.
Era como si de pronto me encontrase en Italia _tanto me afectaba la naturaleza,
a mí, hombre de ciudad, medio enfermo, que casi comenzaba a asfixiarme entre los
muros urbanos.
Hay algo
inefablemente conmovedor en nuestra na-turaleza petersburguesa cuando, a la
llegada de la primavera, despliega de pronto toda su pujanza, todas las fuerzas
de que el cielo la ha dotado, cuando gallar-dea, se engalana y se tiñe con los
mil matices de las flores. Me recuerda a una de esas muchachas endebles y
enfermizas a las que a veces se mira con lástima, a veces con una especie de
afecto compasivo, y a veces, sencillamente, no se fija uno en ellas, pero que
de pron-to, en un abrir y cerrar de ojos, sin que se sepa cómo, se convierten
en beldades singulares y prodigiosas. Y uno, asombrado, cautivado, se pregunta
sin más: ¿qué impulso ha hecho brillar con tal fuego esos ojos tris-tes y
pensativos?, ¿qué ha hecho volver la sangre a esas mejillas pálidas y sumidas?,
¿qué ha regado de pasión los rasgos de ese tierno rostro?, ¿de qué palpita ese
pecho?, ¿qué ha traído de súbito vida, vigor y belleza al rostro de la pobre
muchacha?, ¿qué la ha hecho ilu-minarse con tal sonrisa, animarse con esa risa
cegadora y chispeante? Mira uno en torno suyo buscando a alguien,
sospechando
algo. Pero pasa ese momento y quizás al día siguiente encuentra uno la misma
mirada vaga y pensativa de antes, el mismo rostro pálido, la misma humildad y
timidez en los movimientos; y más aún: remordimiento, rastros de cierta torva
melancolía y aun irritación ante el momentáneo enardecimiento. Y le apena a uno
que esa instantánea belleza se haya marchitado de manera tan rápida e
irrevocable, que haya brillado tan engañosa e ineficazmente ante uno; le apena
el que ni siquiera hubiese tiempo bastante para enamorarse de ella...
Mi noche, sin
embargo, fue mejor que el día. He aquí lo que pasó:
Regresé a la
ciudad muy tarde y ya daban las diez cuando llegué cerca de casa. Mi camino me
llevaba por el muelle del canal, en el que a esa hora no encontré alma
viviente, aunque verdad es que vivo en uno de los barrios más apartados de la
ciudad. Iba cantando porque cuando me siento feliz siempre tarareo algo entre
dientes, como cualquier hombre feliz que carece de amigos o de buenos conocidos
y que, cuando llega un momento alegre, no tiene con quien compartir su alegría.
De repente me sucedió la aventura mas ines-perada.
A unos pasos
de mí, de codos en la barandilla del muelle, estaba una mujer que parecía
observar con gran atención el agua turbia del canal. Vestía un chal negro muy
coqueto y llevaba un bonito sombrero amarillo. «Es, sin duda, joven y morena»,
pensé. Por lo visto no había oído mis pasos y ni siquiera se movió cuando,
conteniendo el aliento y con el corazón a galope, pasé junto a ella. «Es
extraño _me dije_, algo la tiene muy abstraída.» De pronto me quedé clavado en
el sitio. Creí haber oído un sollozo ahogado. Sí, no me había equi-vocado,
porque momentos después oí otros sollozos. ¡Dios mío! Se me encogió el corazón.
Soy muy tímido con las mujeres, pero en esta ocasión giré sobre los talones, me
acerqué a ella y le hubiera dicho «¡Seño-rita!» de no saber que esta
exclamación ha sido pronun-ciada ya un millar de veces en novelas rusas que
versan sobre la alta sociedad. Eso fue lo único que me contuvo. Pero mientras
buscaba otra palabra la muchacha reco-bró su compostura, miró en torno suyo,
bajó los ojos y se deslizó junto a mí a lo largo del muelle. Al momen-to me
puse a seguirla, pero ella, adivinándolo, se apartó del muelle, cruzó la calle
y siguio caminando por la acera. Yo no me atreví a cruzar la calle. El corazón
me latía como el de un pajarillo que se tiene cogido en la mano. Inopinadamente
la casualidad vino en mi ayuda.
Por la acera,
no lejos de mi desconocida, apareció de pronto un caballero vestido de frac,
impresionante por los años, aunque no lo fuera por su manera de andar. Caminaba
haciendo eses y apoyándose con tiento en la pared. La muchacha iba como una
flecha, rauda y tími-da, como van por lo común las mocitas que no quieren que
se las acompañe a casa de noche, y, por supuesto, el caballero tambaleante no
hubiera podido alcanzarla si mi suerte no le hubiera sugerido recurrir a una
estratagema. Sin decir palabra, el caballero se arrancó de repente y se puso a
galopar en persecución de mi desconocida. Ella volaba, pero no obstante el
caballero de los trompicones iba alcanzándola, la alcanzó por fin, la muchacha
lanzó un grito... y yo doy gracias al des-tino por el excelente bastón de nudos
que mi mano derecha empuñaba en tal ocasión. En un abrir y cerrar de ojos me
planté en la acera opuesta, el caballero importuno comprendió al instante de
qué se trataba, tomó en consideración el argumento irresistible que yo blandía,
calló, se desvió, y sólo cuando se
halló
bas-tante lejos protestó contra mí en términos bastante enérgicos, pero sus
palabras apenas se percibían desde donde estábamos.
_Deme usted
la mano _le dije a mi desconocida_. Ese sujeto ya no se atreverá a acercarse.
Ella, en
silencio, me alargó la mano, que aún tem-blaba de agitación y espanto. ¡Oh,
caballero importuno, cómo te di las gracias en ese momento! La miré
fugaz-mente. Era bonita y morena. Había acertado. En sus pestañas negras brillaban
aún lágrimas de miedo re-ciente o de tristeza anterior. No sé. Pero a los
labios afloraba ya una sonrisa. Ella también me miró de sos-layo, se ruborizó
ligeramente y bajó los ojos.
_¿Por qué me
rechazó usted antes? Si yo hubiera estado allí no habría pasado esto.
_No le
conocía. Pensé que también usted...
_¿Pero es que
me conoce usted ahora?
_Un poco. Por
ejemplo, ¿por qué tiembla usted?
_¡Ah, ha
acertado a la primera mirada! _respondí entusiasmado de saberla inteligente, lo
que, unido a la belleza, no es humo de pajas_. Sí, a la primera mirada ha
adivinado usted qué clase de persona soy. Es verdad, soy tímido con las
mujeres. Estoy agitado, no lo niego; ni más ni menos que usted misma lo estaba
hace un minuto cuando la asustó ese señor. Ahora el que tiene miedo soy yo.
Parece un sueño, pero ni aun en sueños hubiera creído que hablaría con una
mujer.
_¿Cómo? ¿Es
posible?
_Sí. Si me
tiembla la mano es porque hasta ahora no había apretado nunca otra tan pequeña
y bonita como la suya. He perdido la costumbre de estar con las mujeres; mejor
dicho, nunca la he tenido, soy un solitario. Ni siquiera sé hablar con ellas.
Ni ahora tam-poco. ¿No le he soltado a usted alguna majadería? Dígamelo con
franqueza. Le advierto que no me ofendo.
_No, nada.
Todo lo contrario. Y si me pide usted que sea franca le diré que a las mujeres
les gusta esa clase de timidez. Y si quiere saber algo más, también a mí me
gusta, y no le diré que se vaya hasta que lle-guemos a casa.
_Lo que hará
usted conmigo _dije jadeante de en-tusiasmo_ es que dejaré de ser tímido y
entonces ¡adiós a todos mis métodos!
_¿Métodos?
¿Qué clase de métodos? ¿Y para qué sirven? Eso ya no me suena bien.
_Perdón. No
será así. Se me fue la lengua. Pero ¿como quiere que en un momento como éste no
tenga el deseo ... ?
_¿De agradar,
no es eso?
_Pues sí. Por
amor de Dios, sea usted buena. Juz-gue de quién soy. Tengo ya veintiséis años y
nunca he conocido a nadie. ¿Cómo puedo hablar bien, con faci-lidad y buen
sentido? Mejor irán las cosas cuando todo quede explicado, con claridad y
franqueza. No sé callar cuando habla el corazón dentro de mí. Bueno, da lo
mis-mo. ¿Puede usted creer que nunca he hablado con una mujer, nunca jamás?
¿qué no he conocido a ninguna? Ahora bien, todos los días sueño que por fin voy
a en-contrar a alguien. ¡Si supiera usted cuántas veces he estado enamorado de
esa manera!
_Pero ¿cómo?
¿Con quién?
_Con nadie,
con un ideal, con la mujer con que se sueña. En mis sueños compongo novelas
enteras. Ah, usted no me conoce. Es verdad que he conocido a dos o tres
mujeres; otra cosa sería inconcebible, pero ¿qué mujeres? Una especie de
patronas... Pero voy a hacerla reír, voy a ctecirle que algunas veces he
pensado enta-blar conversación en la calle con alguna mujer de la buena sociedad.
Así, sin cumplidos. Claro está que cuan-do se halle sola. Hablar, por supuesto,
con timidez, res-peto y apasionamiento; decirle que me muero solo, que no me
rechace, que no hallo otro medio de conocer a mujer alguna, insinuarle incluso
que es obligación de las mujeres el no rechazar la tímida súplica de un hombre
tan infeliz como yo; y que, al fin y al cabo, lo que pido es sólo que me diga
con simpatía un par de palabras amistosas, que no me mande a paseo desde el
primer instante, que me crea bajo palabra, que escu-che lo que le digo, que se
ría de mí si le da gusto, que me dé esperanzas, que me diga dos palabras, tan
sólo dos palabras, aunque no nos volvamos a ver jamás. Pero usted se ríe... Por
lo demás, hablo sólo para ha-cerla reír...
_No se
enfade. Me río porque es usted su propio enemigo. Si probara usted, quizá
lograra todo eso aun en la calle misma. Cuanto más sencillo, mejor. No hay
mujer buena, a menos que sea tonta o esté enfadada en ese momento por cualquier
motivo, que pensara des-pedirle a usted sin esas dos palabras que implora con
tanta timidez. Por otro lado, ¿quién soy yo para hablar? Lo más probable es que
le tuviera a usted por loco. Juzgo por mí misma. ¡Bien sé yo cómo viven las
gentes en el mundo!
_Se lo
agradezco _exclamé_. ¡No sabe usted lo que acaba de hacer por mí!
_Bien. Ahora
dígame cómo conoció usted que soy de las mujeres con quienes .... bueno, a
quienes usted considera dignas de... atención y amistad. En otras palabras, no
una patrona, como decía usted. ¿Por qué decidió acercarse a mí?
_¿Por qué?
¿Por qué? Pues porque estaba usted sola, porque ese caballero era demasiado
atrevido y porque es de noche. No dirá usted que no es obliga-ción...
_No, no,
antes de eso. Allí, al otro lado de la calle. Usted quería acercárseme, ¿verdad?
_¿Allí, al
otro lado? De veras que no sé qué decir. Temo que... Hoy, sabe usted, me he
sentido feliz. He estado andando y cantando. Salí a las afueras. Nunca hasta
ahora he tenido momentos tan felices. Usted... me parecía quizá... Bueno,
perdone que se lo recuerde: me
parecía que
lloraba usted y me era intolerable oírlo. Se me oprimía el corazón. ¡Ay, Dios
mío! ¿Cree usted que podía oírla sin afligirme? ¿Es que fue pecado sentir
compasión fraternal por usted? Perdone que diga compasión... En suma, ¿acaso
podía ofenderla cuando se me ocurrio acercarme a usted?
_Bueno,
basta; no diga más _repuso la joven, ba-jando los ojos y apretándome la mano_.
Yo misma tengo la culpa por haber hablado de eso. Pero estoy contenta de no
haberme equivocado con usted. Bueno, ya hemos llegado. Tengo que meterme por
esta calle-juela. Son dos pasos nada más. Adiós, le agradezco...
_¿Pero es de
veras posible que no volvamos a ver-nos? ¿Es posible que las cosas queden así?
_Mire _dijo
riendo la muchacha_. Al principio sólo queria usted dos palabras, y ahora...
Pero, en fin, no le prometo nada. Puede que nos encontremos.
_Mañana vengo
aquí _dije_. Ah, perdone, ya estoy exigiendo...
_Sí, es usted
impaciente. Exige casi...
_Escuche _la
interrumpí_. Perdone que se lo diga otra vez, pero no puedo dejar de venir aquí
mañana. Soy un soñador. Hay en mí tan poca vida real, los momen-tos como éste,
como el de ahora, son para mí tan raros que me es imposible no repetirlos en
mis sueños. Voy a soñar con usted toda la noche, toda la semana, todo el año.
Mañana vendré aquí sin falta, aquí mismo, a este mismo sitio, a esta misma
hora, y seré feliz recor-dando el día de hoy. Este sitio ya me es querido.
Tengo otros dos o tres sitios como éste en Petersburgo. Una vez hasta lloré
recordando algo, igual que usted. Quién sabe, quizá usted también hace diez
minutos lloraba re-cordando alguna cosa. Pero perdón, estoy desbarrando de
nuevo. Puede que usted, alguna vez, fuera especial-mente feliz en este lugar.
_Bueno _dijo
la muchacha_. Quizá yo también venga aquí mañana. A las diez también. Veo que
ya no puedo impedirle... pero, mire, es que necesito venir aquí. No piense
usted que le doy una cita. Le aseguro que tengo que estar aquí por asuntos
míos. Ahora bien, se lo digo sin titubeos: no me importaría que tam-bién
viniera usted. En primer lugar porque pudieran ocurrir incidentes desagradables
como el de hoy; pero dejemos eso... En suma, sencillamente me gustaría verle...
para decirle dos palabras. Ahora, vamos a ver, ¿no me condena usted? ¿No piensa
que le estoy dando una cita sin más ni más? No se la daría si ... ; pero,
bue-no, eso es un secreto mío. Antes de todo una condición.
_¡Una
condición! Hable, dígalo todo de antemano. Estoy de acuerdo con todo, dispuesto
a todo _exclamé exaltado_. Respondo de mí, seré atento, respetuoso... Usted me
conoce.
_Precisamente
porque le conozco le invito para mañana _dijo la joven riendo_. Le conozco muy
bien. Pero, mire, venga con una condición: en primer lugar (sea usted bueno y
haga lo que le pido; ya ve que hablo con franqueza) no se enamore de mí. Eso no
puede ser, se lo aseguro. Estoy dispuesta a ser amiga suya. Aquí tiene mi mano.
Pero lo de enamorarse no puede _ser. Se lo ruego.
_Le juro
_grité yo, cogiéndole la mano...
_Basta, no
jure, porque es usted capaz de estallar como la pólvora. No piense mal de mí
porque le hablo así. Si usted supiera... Yo tampoco tengo a nadie con quien
poder cambiar una palabra o a quien pedir con-sejo. Claro que la calle no es
sitio indicado para encon-trar consejeros. Usted es la excepción. Le conozco a
usted como si fuésemos amigos desde hace veinte años. ¿De veras que no cambiará
usted?
_Usted lo
verá. Lo que no sé, sin embargo, es cómo voy a sobrevivir las próximas
veinticuatro horas.
_Duerma usted
a pierna suelta. Buenas noches. Re-cuerde que ya he confiado en usted. Hace un
momento lanzó usted una exclamación tan hermosa que justifica cualquier,
sentimiento, incluso el de simpatía fraternal. ¿Sabe? Lo dijo usted de un modo
tan bello que al ins-tante pensé que podía fiarme de usted.
_¿Pero en qué
asunto?.¿Para qué?
_Hasta
mañana. Mientras tanto hay que guardar secreto. Tanto mejor para usted, porque
a cierta dis-tancia parece una novela. Quizá mañana se lo diga, o quizá no. Ya
hablaremos, nos conoceremos mejor...
_Yo mañana le
voy a contar a usted todo lo mío. Pero ¿qué es esto? Parece como si me
ocurriera un milagro. ¿Dónde estoy, Dios mío? ¿No está usted con-tenta de no
haberse enfadado conmigo, como lo hubiera hecho otra mujer? ¿De no haberme
rechazado desde el primer momento? En dos minutos me ha hecho usted feliz para
siempre. Sí, feliz. Quién sabe, quizá me ha re-conciliado usted conmigo mismo,
quizá ha resuelto mis dudas... Quizá hay también para mí minutos así... Pero ya
le contaré todo mañana, ya se enterará usted de todo.
_Bueno,
acepto. Usted empezará.
_De acuerdo.
_Hasta la
vista.
_Hasta la
vista.
Nos
separamos. Pasé la noche andando, sin deci-dirme a volver a casa. ¡Me sentía
tan feliz! ¡Hasta ma-ñana!
Noche segunda
_Bueno, ya
veo que ha sobrevivido usted _me dijo riendo y estrechándome ambas manos.
_Ya llevo
aquí dos horas. ¡No puede usted figurarse qué día he pasado!
_Me lo
figuro, sí. Pero al grano. ¿Sabe usted para qué he venido? Pues no para decir
tonterías como ayer. Mire, es preciso que en adelante seamos más sensatos Ayer
estuve pensando mucho en todo esto.
_¿Pero en qué
ser más sensatos? ¿En qué? Por mí estoy dispuesto, pero la verdad es que en mi
vida me han ocurrido cosas tan sensatas como ahora.
_¿De veras?
Para empezar le ruego que no me aprie-te las manos tanto. En segundo lugar le
advierto que hoy ya he pensado mucho en usted.
_Bien, ¿y con
qué conclusión?
_¿Con qué
conclusión? Pues con la conclusión de que tenemos que empezar por el principio,
porque hoy estoy persuadida de que aún no le conozco bien. Ayer me porté como
una niña, como una chicuela. Por su-puesto, mi buen corazón tiene la culpa de
todo. Me estuve dando importancia, como sucede siempre que empezamos a examinar
nuestra vida. Y para corregir esa falta me he propuesto enterarme
detalladamente de todo lo que toca a usted. Ahora bien, como no tengo a nadie
que me pueda dar informes, usted mismo habrá de contármelo todo, revelarme todo
el secreto. A ver, ¿qué clase de hombre es usted? ¡Hala, empiece, cuén-teme
toda la historia!
_¡Historia!
_exclamé sobrecogido_. ¡Historia! ¿Pero quién le ha dicho que tengo historia?
Yo no tengo historia...
_Puesto que
ha vivido usted, ¿cómo no va a tener historia? _me interrumpió riendo.
_No ha habido
historia de ninguna clase, ninguna. He vivido, como quien dice, conmigo mismo,
es decir, enteramente solo, solo, completamente solo. ¿Entiende usted lo que es
estar solo?
_¿Cómo solo?
¿Es que no ve nunca a nadie?
_¡Ah, no!
Ver, sí veo; pero solo, a pesar de ello.
_¿Entonces
qué? ¿Es que no habla con nadie?
_En sentido
estricto, con nadie.
_Entonces,
explíquese. ¿Qué clase de hombre es usted? Déjeme adivinarlo. Usted, como yo,
probable-mente tiene una abuela. La mía está ciega. Nunca me deja ir a ninguna
parte, de modo que casi se me ha olvidado hablar. Y cuando un par de años atrás
hice ciertas travesuras, y ella vio que no podía hacer carrera de mí, me llamó
y prendió mi vestido al
suyo con un
imperdible. Desde entonces así nos pasamos sentadas días enteros. Ella hace
calceta aunque está ciega; y yo, sentada a su lado, coso o le leo algún libro.
De esta manera tan rara, prendida a otra persona con un alfiler, llevo ya dos
años.
_¡Qué
desgracia, Dios santo! No, yo no tengo una abuela como ésa.
_Si no la
tiene, ¿por qué se queda usted en casa?
_Escuche.
¿Quiere saber qué clase de persona soy? _Pues sí.
_¿En el
sentido riguroso de la palabra?
_En el
sentido más riguroso de la palabra.
_Pues bien,
soy... un tipo.
_Un tipo. ¿Un
tipo? ¿Qué clase de tipo? _gritó la muchacha, riendo a borbotones, como si no
lo hubiera hecho en todo un año_. Es usted divertidísimo. Mire, aquí hay un
banco. Sentémonos. Por aquí no pasa nadie. Nadie nos oye y... empiece su
historia. Porque, no pre-tenda lo contrario, usted tiene una historia y trata
sólo de escurrir el bulto. En primer lugar, ¿qué es un tipo?
_¿Un tipo? Un
tipo es un original, un hombre ri-dículo _contesté con una carcajada que
empalmaba con su risa infantil_. Es un bicho raro. Oiga, ¿sabe usted lo que es
un soñador?
_¿Un soñador?
¿Cómo no voy a saberlo? Yo mis-ma soy una soñadora. Hay veces, cuando estoy
sentada junto a la abuela, que no sé por qué motivo no se me ocurre nada. Pero
me pongo a soñar y a ensimismar-me hasta que..., en fin, qué me caso con un
príncipe chino. A veces eso de soñar está bien... Por otra parte, quizá no.
Sobre todo si ya hay bastantes cosas en que pensar _agregó la joven hablando
ahora con relativa seriedad.
_¡Magnífico!
Si alguna vez decide casarse con un emperador chino, entenderá lo que digo.
Bueno, oiga... Pero, perdón, todavía no sé cómo se llama usted.
_Por fin.
¡Pues sí que se ha acordado usted tem-prano!
_¡Ay, Dios
mío! No se me ha ocurrido siquiera. Como lo he estado pasando tan bien...
_Me llamo...
Nastenka.
_Nastenka.
¿Nada más?
_¿Nada más?
¿Le parece poco, hombre insaciable?
_¿Poco? Todo
lo contrario. Mucho, mucho, mu-chísimo. Nastenka, es usted una chica estupenda
si des-de el primer momento ha sido Nastenka para mí.
_Precisamente.
Ya ve.
_Bueno,
Nastenka, escuche y verá qué historia más ridícula me sale.
Me senté
junto a ella, tomé una postura pedantesca-mente seria y empecé como si leyera
un texto escrito:
_Hay en
Petersburgo, Nastenka, si no lo sabe us-ted, bastantes rincones curiosos. Se
diría que a esos lugares no se asoma el mismo sol que brilla para todos los
petersburgueses, sino que es otro el que se asoma, otro diferente, que parece
encargado de propósito para esos sitios y que brilla para ellos con una luz
especial. En esos rincones, querida Nastenka, se vive una vida muy peculiar,
nada semejante a la que bulle en torno nuestro, una vida que cabe concebir en
lejanas y mis-teriosas tierras, pero no aquí, entre nosotros, en este tiempo
nuestro tan excesivamente serio. En esa otra vida hay una mezcla de algo
puramente fantástico, ar-dientemente ideal, y de algo (¡ay, Nastenka!)
terrible-mente ordinario y prosaico, por no decir increíblemente chabacano.
_¡Uf! ¡Qué
prólogo, Dios mío! ¿Qué es lo que oigo?
_Lo que oye
usted, Nastenka (me parece que no me cansaré ya nunca de llamarla Nastenka), lo
que oye usted es que en esos rincones viven unas gentes ex-trañas: los
soñadores. El soñador _si se quiere una definición más precisa_ no es un hombre
¿sabe usted? sino una criatura de género neutro. Por lo común se instala en
algún rincón inaccesible, como si se escon-diera del mundo cotidiano. Una vez
en él, se adhiere a su cobijo como lo hace el caracol, o, al menos, se parece
mucho al interesante animal, que es a la vez animal y domicilio, llamado
tortuga. ¿Por qué piensa usted que se aficiona tanto a sus cuatro paredes,
inde-fectiblemente pintadas de verde, cubiertas de hollín, tristes y llenas de
un humo inaguantable? ¿Por qué este ridículo señor, cuando viene a visitarle
uno de sus raros conocidos (pues lo que pasa al cabo es que se le agotan los
amigos), por qué este ridículo señor le reci-be tan turbado, tan alterado de
rostro y en tal confu-sión que se diría que acaba de cometer un delito entre
sus cuatro paredes, que ha fabricado billetes falsos, o que ha compuesto
algunos versecillos para mandar a alguna revista bajo carta anónima en la que
declara que el verdadero autor de ellos ha muerto ya y que un amigo suyo
considera deber sagrado darlos a la estam-pa? Diga, Nastenka, ¿por qué no cuaja
la conversación entre estos dos interlocutores? ¿Por qué ni la risa ni siquiera
una frasecilla vivaz brotan de los labios del perplejo visitante, quien en
otras ocasiones ama la risa, las frasecillas vivaces los comentarios sobre el
bello sexo y otros temas festivos? ¿Por qué también ese amí-go, probablemente
reciente, en su primera visita (por-que en tales casos no habrá una segunda, ya
que ese amigo no volverá), por qué también el amigo se queda azorado, lelo, a
pesar de toda su agudeza (si efectiva-mente la tiene), mirando el torcido gesto
del dueño, quien por su parte ha tenido ya tiempo bastante para embrollarse por
completo tras los esfuerzos tan titáni-cos como inútiles que ha hecho por
avivar la conver-sación, por mostrar su propio conocimiento de las co-sas
mundanales, por hablar a su vez del bello sexo y aun por agradar humildemente a
ese pobre hombre que allí nada tiene que hacer y que ha venido por
equi-vocación a visitarle? ¿Por qué, en fin, el visitante coge de pronto su
sombrero y sale disparado, habiendo re-cordado de pronto un asunto urgentísimo
que por su-puesto no existe, una vez que ha librado la mano del cálido apretón
de la del _dueño, quien trata en
vano de
mostrar su contrición y recobrar el terreno perdi-do? ¿Por qué el visitante,
traspasada la puerta de sali-da, suelta la carcajada y jura no volver a visitar
a ese sujeto estrafalario, aunque ese sujeto estrafalario es en realidad un
chico excelente? ¿Por qué, con todo, el visitante no puede resistir la
tentación de comparar, siquiera forzadamente, la cara de su amigo durante la entrevitsa
con la de un gato infeliz que han maltratado, vapuleándolo y aterrorizándolo a
mansalva, unos niños quienes, habiéndolo capturado insidiosamente, lo han
dejado hecho una lástima? ¿Gato que logra por fin meterse debajo de una silla,
en la oscuridad, donde se ve obligado a pasar una hora entera, erizado todo él,
dando resoplidos, lavándose las heridas recibidas, y que du-rante largo tiempo,
mirará con desvío la naturaleza y la vida, incluso los restos de comida que de
la mesa del amo le guarda, compasiva, una ama de llaves ... ?
_Oiga
interrumpió Nastenka, que me había es-cuchado todo ese tiempo absorta, con los
ojos y la boca abiertos_. Oiga, yo no sé por qué ha ocurrido todo eso ni por
qué me hace usted esas preguntas ridículas. Lo que sí sé de cierto es que sin
duda todas esas aven-turas le han ocurrido a usted _tal como las cuenta.
_Ni que decir
tiene _contesté yo con cara muy seria.
_Bueno, si es
así, siga _prosiguió Nastenka_, por-que me interesa mucho saber cómo termina la
cosa.
_¿Usted quiere
saber, Nastenka, qué hacía en su rincón nuestro héroe, o, mejor dicho, qué
hacía yo, porque el héroe de todo ello soy yo, mi propia y modes-ta persona?
¿Usted quiere saber por qué me alarmó y turbó tanto la visita inesperada de un
amigo? ¿Usted quiere saber por qué me solivianté y me ruboricé tanto cuando se
abrió la puerta de mi cuarto? ¿Por qué no sabía recibir visitas y por qué quedé
aplastado tan ver-gonzosamente bajo el peso de mi propia hospitalidad?
_Sí, sí
_respondió Nastenka_. De eso se trata. Oiga, usted cuenta muy bien las cosas,
pero ¿no es po-sible hablar un poco menos bien? Porque usted habla como si
estuviera leyendo un libro.
_Nastenka
_objeté con voz imponente y severa, haciendo esfuerzos para no reír_, mi
querida Nastenka, sé que cuento las cosas muy bien, pero, lo siento, no puedo
contarlas de otro modo. En este momento, que-rida Nastenka, me parezco al
espíritu del rey Salomón, que estuvo mil años dentro de una hucha, bajo siete
sellos. Y por fin han levantado los siete sellos. Ahora, querida Nastenka,
cuando nos encontramos de nuevo tras larga separación (porque hace ya mucho
tiempo que la conozco, Nastenka, porque hace ya mucho tiempo que busco a
alguien, lo que es señal de que buscaba precisamente a usted y de que estaba
escrito que nos encontrásemos ahora), se me han abierto mil esclusas en la
cabeza y tengo que derramarme en un río de palabras, porque si no lo hago me
ahogo. Por eso le ruego, Nastenka, que no me interrumpa, que escuche atenta y
humildemente. De lo contrario, guardaré si-lencio.
_De ninguna
manera. Hable. Ya no digo más esta boca es mía.
_Prosigo. Hay
en mi día, Nastenka, amiga mía, una hora que aprecio extraordinariamente. Es la
hora en que han terminado los negocios, el trabajo, las obliga-ciones, y la
gente regresa apresuradamente a casa para comer y descansar. En camino piensa
en cosas agrada-bles que hacer durante la velada, la noche y todo el tiempo
libre de que dispone. A esa hora también nues-tro héroe (y permítame, Nastenka,
que hable en tercera persona, porque en primera me resultaría sumamente
vergonzoso decirlo), repito, a esa hora también nuestro héroe, que como todo
hijo de vecino tiene sus ocupa-ciones, vuelve a casa con los demás. En su
rostro pá-lido y surcado de arrugas se dibuja un extraño senti-miento de
satisfacción. Mira con interés el crepúsculo vespertino que se apaga lentamente
en el cielo frío de Petersburgo. Cuando digo que mira, miento. No mira, sino
que contempla distraídamente, como si estuviera fatigado o preocupado de algo
más interesante en ese momento. De modo que quizá sólo fugazmente, casi sin
querer, puede ocuparse de lo que le rodea. Está satis-fecho porque se ha
desembarazado hasta el día siguien-te de asuntos enojosos, y está alegre como
un colegial a quien permiten que deje el banco de la escuela para entregarse a
sus travesuras y juegos favoritos. Obsér-vele de soslayo, Nastenka, y al punto
verá que esa sen-sación de gozo ha influido ya de manera positiva en sus
débiles nervios y en su fantasía morbosamente irritada. Mire, está pensando en
algo... ¿En la comida quizá? ¿En cómo va a pasar la velada? ¿En qué fija los
ojos? ¿En ese caballero de aspecto importante que saluda tan pintorescamente a
la dama que pasa junto a él en un espléndido carruaje tirado por veloces
caballos? No, Nastenka. Ahora no le importan nada esas menuden-cias. Ahora se
siente rico de su propia vida. De pronto, por un motivo ignorado, se sabe rico.
Y no en vano el sol poniente le lanza un alegre rayo de despedida y des-pierta
en su tibio corazón todo un enjambre de impre-siones. Ahora apenas se da cuenta
del camino en el que poco antes le hubiera llamado la atención la minu-cia más
insignificante. Ahora la «diosa Fantasía» (si ha leído usted a Zhukovski,
querida Nastenka) ha bordado con caprichosa mano su tela de oro y ha mandado,
para que las desplieguen ante él, alfombras de vida inaudita, milagrosa. ¿Quién
sabe si no le ha transpor-tado con su mano mágica de la acera de excelente
gra-nito por la que vuelve a casa al séptimo cielo de cris-tal? Trata usted de detenerle
ahora, de preguntarle dónde se encuentra ahora, por qué calles va. Lo proba-ble
es que no recuerde ni por dónde va ni dónde está en ese momento, y enrojeciendo
de irritación soltará sin duda alguna mentira para salir del paso. Por eso se
sorprende, está a punto de lanzar un grito y mira ate-morizado a su alrededor
cuando una anciana venerable le detiene cortésmente en la acera para pedirle
direc-ciones por haberse equivocado de camino. Sigue ade-lante con el entrecejo
fruncido de enojo, sin percatarse apenas de que más de un transeúnte se sonríe
al verle y se vuelve a mirarle cuando pasa, ni de que una mu-chachita, que le
cede tímidamente la acera, rompe a reír estrepitosamente, hecha toda ojos, al
ver su ancha sonrisa contemplativa y los aspavientos que hace. Y, sin embargo,
esa misma fantasía ha arrebatado también en su vuelo juguetón a la anciana, a
los transeúntes curiosos, a la chica de la risa y a los marineros que al
anochecer se sientan a comer en las barcazas con las que forman un dique en
venido sin
estrépito, sin dejar rastro, se ha esfumado como un sueño; y él ni siquiera se
percata de que ha estado soñando. Pero en su pecho siente todavía una vaga
sensación que lo agita ligeramente. Un nuevo de-seo le cosquillea
tentadoramente la fantasía, la estimula e imperceptiblemente suscita todo un
conjunto de nue-vas quimeras. El silencio reina en la pequeña habita-ción. La
soledad y la indolencia acarician la fantasía. asta se enciende poco a poco,
empieza a bullir como el agua en la cafetera de la vieja Matryona, que
tranqui-lamente sigue con sus faenas en la cocina, preparando su detestable
café. La fantasía empieza a desbordarse entre alguna que otra llamarada. Y he
aquí que el libro cogido al azar, maquinalmente, se le cae de la mano a mi
soñador, que no ha llegado ni a la tercera página. Su fantasía despierta de
nuevo, está en su pun-to. De pronto, un mundo nuevo, una vida nueva y
fas-cinante, resplandece ante él con brillantes perspectivas. Nuevo sueño,
nueva felicidad. Nueva dosis de veneno sutil y voluptuoso. ¿Qué le importa a él
nuestra vida real? ¡A sus ojos hechizados, usted, Nastenka, y yo llevamos una
existencia tan apagada, tan lenta y des-vaída, estamos todos, en su opinión,
tan descontentos con nuestra suerte, nos aburrimos tanto en nuestra vida! En
efecto, fíjese bien y verá cómo a primera vista todo es frío, lúgubre y, por así
decirlo, enojoso entre noso-tros. «¡Pobre gente!» piensa mi soñador; y no es
extra-ño que así lo piense. Observe esas visiones mágicas que de manera tan
encantadora, tan sugestiva y fluida componen ante sus ojos ese cuadro animado y
subyugante, en cuyo primer plano la figura principal es, por supues-to, él
mismo, nuestro soñador, su propia persona que-rída. Fíjese en las diversas
aventuras, en la infinita pro-cesión de sueños ardientes. Quizá pregunta usted
con qué sueña. ¿Para qué preguntarlo? Sueña con todo, con la misión del poeta,
desconocido primero e inmortali-zado después, con que es amigo de Hoffmann, con
la noche de San Bartolomé, con Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, con actos
de heroísmo en ocasión de la toma de Kazan por Iván el Terrible, con Clara
Mow-bray y Effie Deans, otras heroínas de Walter Scott, con el sínodo de
prelados y Huss ante ellos, con la rebelión de los muertos en Roberto el Diablo
(¿se acuerda de la música? ¡huele a cementerio!), con la batalla de Bere-zina,
con la lectura de poemas en casa de la condesa V.D., con Danton, con Cleopatra
e i suoi amanti, con La casita en Kolomma de Pushkin, con su propio rincón,
junto a un ser querido que le escucha como usted me escucha ahora, ángel mío,
con la boca y los ojos abier-tos en una noche de invierno. No, Nastenka, ¿qué
le importa a él, hombre voluptuoso, esta vida a la que usted y yo nos aferramos
tanto? A juicio suyo es una vida pobre, miserable, aunque no prevé que también
para él acaso sonará alguna vez la hora fatal en que por un día de esta vida
miserable daría todos sus años de fantasía, y no los daría a cambio de la
alegría o la felicidad, ni tendría preferencias en esa hora de tris-teza,
arrepentimiento y dolor puro y simple. Pero has-ta tanto que llegue ese momento
amenazador nuestro héroe no desea nada, porque está por encima del de-seo,
porque está saciado, porque es artista de su pro-pia vida y se forja cada hora
según su propia voluntad. ¡Es tan fácil, tan natural, crear ese mundo
legendario, fantástico! Se diría, en efecto, que no es una ilusión. A decir
verdad, en algunos momentos, está dispuesto a creer que esa vida no es una
excitación de los senti-dos, ni un espejismo, ni un engaño de la fantasía, sino
algo real, auténtico, palpable. Dígame, Nastenka, ¿por qué en tales momentos se
corta el aliento? ¿Por qué arte de magia, por qué incógnito arbitrio se le
acelera el pulso al soñador, se le saltan las lágrimas, le arden las mejillas
humedecidas y se siente penetrado por un inmenso deleite? ¿Por qué pasan en un
segundo noches enteras de insomnio, en gozo y felicidad inagotables? ¿Y por
qué, cuando la aurora toca las ventanas con sus dedos rosados y el alba ilumina
el cuarto sombrío con su luz incierta y fantástica, como sucede aquí en
Pe-tersburgo,
nuestro soñador, fatigado, extenuado, se deja caer en el lecho, presa de un
sopor causado por la exaltación enfermiza y aberrante de su espíritu, y con un
dolor de corazón en que se mezclan la angustia y la dulzura? Sí, Nastenka,
nuestro héroe se engaña y cree a pesar suyo que una pasión genuina, verdadera,
le agita el alma; cree a pesar suyo que hay algo vivo, palpable, en sus sueños
incorpóreos. ¡Y qué engaño! El amor ha prendido en su pecho con su gozo
infinito, con sus agudos tormentos. Basta mirarle para con- vencerse. ¿Querrá
usted creer al mirarle,_ querida Nas-tenka, que nunca ha conocido de verdad a
la que tanto ama en sus sueños desenfrenados? ¿Es posible que tan sólo la haya
visto en sus quimeras seductoras, que esta pasión no sea sino un sueño? ¿Es
posible que, en rea-lidad, él y ella no hayan caminado juntos por la vida
tantos años, cogidos de la mano, solos, después de renunciar a todo y a todos y
de fundir cada uno su mundo, su vida, con la vida del compañero? ¿Es posible
que en la última hora antes de la separación no se apoyara ella en el pecho de
él, sufriendo, sollozando, sorda a la tempestad que bramaba bajo el cielo
adusto, e indiferente al viento que barría las lágrimas de sus negras pestañas?
¿Es posible que todo esto no fuera más que un sueño? ¿Lo mismo que ese jardín
melan-cólico, abandonado, selvático, con veredas cubiertas de musgo, solitario,
sombrío, donde tan a menudo pasea-ban juntos, acariciando esperanzas,
padeciendo melan-colías, y amándose, amándose tan larga y tiernamente? ¿Y esa
extraña casa linajuda en la que ella vivió tanto tiempo sola y triste, con un
marido viejo y lúgubre, siempre taciturno y bilioso, que les causaba temor,
como si fueran niños tímidos que, tristes y esquivos, disimulaban el amor que
se tenían? ¡Cuánto sufrían! ¡Cuánto temían! ¡Cuán puro e inocente era su amor!
Y, por supuesto, Nastenka, ¡qué aviesa era la gente! ¿Y es posible, Dios mío,
que él no la encontrara más tarde lejos de su país, bajo un cielo extraño,
meridional y cálido, en una ciudad maravillosa y eterna, en el es-plendor de un
baile, en medio del estruendo de la mú-sica, en un palazzo (ha de ser un
palazzo) visible apenas bajo un mar de luces, en un balcón revestido de mirto y
rosas, donde ella, reconociéndole, al punto se quitó el antifaz y murmuró:
«¿Soy libre?» Y trémula se lanzó a sus brazos. Y con exclamaciones de éxtasis,
fuerte-mente abrazados, al punto olvidaron su tristeza, su separación, todos
sus sufrimientos, la casa lúgubre, el viejo, el jardín tenebroso allí en la
patria lejana y el banco en el que, con un último beso apasionado, ella se
arrancó de los brazos de él, entumecidos por un dolor desesperado... Convenga
usted, Nastenka, en que queda uno turbado, desconcertado, avergonzado, como
chi-cuelo que esconde en el bolsillo la manzana robada en el huerto vecino,
cuando un sujeto alto y fuerte, jara-nero y bromista, su amigo anónimo, abre la
puerta y grita como si tal cosa: «Amigo, en este momento vuel-vo de Pavlovsk.»
¡Dios mío! Ha muerto el viejo conde, empieza una felicidad inefable... y, nada,
¡que acaba de llegar alguien de Pavlovsk!
Me callé
patéticamente después de mis apasionadas exclamaciones. Recuerdo que tenía unas
ganas enormes de reír a carcajadas, aunque la risa fuese forzada, por-que
notaba que un diablillo se removía dentro de mí, que empezaba a agarrárseme la
garganta, a temblarme la barbilla y que los ojos se me iban humedeciendo.
Esperaba a que Nastenka, que me había estado escu-chando, abriera sus ojos
inteligentes y rompiera a reír con su risa infantil, irresistibiemente alegre.
Ya me arrepentía de haberme excedido, de haber contado vanamente lo que desde
tiempo atrás bullía en mi cora-zón, lo que podía relatar como si estuviese
leyendo algo escrito, porque hacía ya tiempo que había pronunciado sentencia
contra mí mismo y ahora no había resistido la tentación de leerla, sin esperar,
por supuesto,
que se me
comprendiera. Pero, con sorpresa mía, Nastenka siguió callada y luego me
estrechó la mano y me dijo con tímida simpatía:
_¿Es posible
que haya vivido usted toda su_ vida como dice?
_Toda mi
vida, Nastenka _contesté_. Toda ella, y al parecer así la acabaré.
_No,
imposible _replicó intranquila_. Eso no. Puede que yo también pase la vida
entera junto a mi abuela. Oiga, ¿sabe que vivir de esa manera no es nada
bonito?
_Lo sé,
Nastenka, lo sé __exclamé sin poder conte-ner mi emoción_. Ahora más que nunca
sé que he malgastado mis años mejores. Ahora lo sé, y ese cono-cimiento me
causa pena, porque Dios mismo ha sido quien me ha enviado a usted, a mi ángel
bueno, para que me lo diga y me lo demuestre. Ahora que estoy sen-tado junto a
usted y que hablo con usted me aterra pen-sar en el futuro, porque el futuro es
otra vez la sole-dad, esta vida rutinaria e inútil. ¿Y ya con qué voy a sonar,
cuando he sido tan feliz despierto? ¡Bendita sea usted, niña querida, por no
haberme rechazado desde el primer momento, por haberme dado la posibilidad de
decir que he vivido al menos dos noches en mi vida!
_¡Oh, no, no!
_exclamó Nastenka con lágrimas en los ojos_. No, eso ya no pasará. No vamos a
separarnos así. ¿Qué es eso de dos noches?
_¡Ay,
Nastenka, Nastenka! ¿Sabe usted por cuánto tiempo me ha reconciliado conmigo
mismo? ¿Sabe usted que en adelante no pensaré tan mal de mí como he pensado
otras veces? ¿Sabe usted que ya no me causará tristeza haber delinquido y
pecado en mi vida, porque esa vida ha sido un delito, un pecado? ¡Por Dios
santo, no crea que exagero, no lo crea, Nastenka, porque ha habido momentos en
mi vida de mucha, de muchísima tristeza! En tales momentos he pensado que ya
nunca sería capaz de vivir una vida auténtica, porque se me antojaba que había
perdido el tino, el sentido de lo genuino, de lo real, y acababa por maldecir
de mí mis-mo, ya que tras mis noches fantásticas empezaba a tener momentos de
horrible resaca. Oye uno entre tan-to cómo en torno suyo circula ruidosamente
la muche-dumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo
vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de
encargo, que no se des-vanece como un sueño, como una ilusión, sino que se
renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a
otra; mientras que la fanta-sía es asustadiza, triste y monótona hasta la
trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que
de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que
tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste?
Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el
esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro
y de-jando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si
no hay otra'vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras
tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus
viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para
reavivar la fantasía, para re-calentar con nuevo fuego su enfriado corazón y
resu-citar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el
alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y
cautivaba con espléndido hechizo. ¿Sabe usted, Nastenka, a qué punto he
llegado? ¿Sabe usted que me siento obligado a cele-brar el cumpleaños de mis
sensaciones,
el cumpleaños de lo que antes me fue tan querido, de lo que en reali-dad no ha
existido nunca? Porque ese cumpleaños es el de cada uno de esos sueños inanes e
incorpóreos, y esos sueños inanes no existen y no hay por qué sobrevivirlos.
También los sueños se sobreviven. ¿Sabe usted que ahora me complazco en
recordar y visitar en fechas determinadas los lugares donde a mi modo he sido
feliz? ¿Que me gusta elaborar el presente según la pauta del pasado
irreversible? ¿Que a menudo corro sin motivo como una sombra, triste, afligido,
por las calles y callejas de Petersburgo? ¡Y qué recuerdos! Recuerdo por
ejemplo, que hace un año justo, justamente a esta hora, pasé por esta acera tan
solo y tan triste como lo estoy en este instante. Y recuerdo que también
entonces mis sueños eran deprimentes. Sin embargo aunque el pasado no fue
mejor, piensa uno que quizá no fuera tan agobiante, que vivía uno más tranquilo
que no tenía este fúnebre pensamiento que ahora me sobrecoge, que no sentía
este desagradable y sombrío cosquilleo de la conciencia que ahora no me deja en
paz a sol ni a sombra. Y uno se pregunta: ¿dónde, pues están tus sueños? Sacude
la cabeza y dice: ¡qué de prisa pasa el tiempo! Vuelve a preguntarse: ¿qué has
hecho con tus años?, ¿dónde has sepultado los mejores días de tu vida?, ¿has vivido
o no? ¡Mira, se dice uno mira cómo todo se congela en el mundo! Pasarán más
años y tras ellos llegará la lúgubre soledad, llegará báculo en mano la trémula
vejez, y en pos de ella la tristeza y la angustia. Tu mundo fantástico perderá
su colorido, se marchitarán y morirán tus sueños y caeran como las hojas secas
de los árboles. ¡Ay, Nastenka será triste quedarse solo, enteramente solo, sin
tener siquiera nada que lamentar, nada, absolutamente nada! Porque todo eso que
se ha perdido, todo eso no ha sido nada, un cero redondo y huero, no ha sido
más que un sueño.
_Basta, no me
haga llorar más_ dijo Nastenka secándose una lágrima que resbalaba por su
mejilla-. -Todo eso se ha acabado. En adelante estaremos juntos y no nos
separaremos nunca pase lo que pase. Escuche Yo soy una muchacha sencilla y sé
poco, aunque mi abuela me puso maestro. Pero de veras que le comprendo a usted,
porque todo lo que acaba de contarme me ha pasado a mí también desde que mi
abuela me prendió con un alfiler a su vestido. Yo, por supuesto, no podría
contarlo tan bien como usted porque no tengo estudios _añadió con timidez,
manifestando to-davía admiración por mi discurso patético y mi estilo
grandilocuente_, pero me alegro de que usted se haya retratado por completo.
Ahora le conozco, le conozco a fondo, lo sé todo. ¿Y sabe usted? Yo, por mi
parte, quiero contarle mi propia historia, toda ella, sin callar nada, y
después me dará usted un consejo. Usted es un hombre muy listo. ¿Promete darme
ese consejo?
_Nastenka
_respondí_, aunque antes nunca he sido consejero, y mucho menos consejero
inteligente, lo que usted me propone me parece muy sensato. Ca-da uno de
nosotros dará al otro buenos consejos. Ahora, dígame, Nastenka bonita, ¿qué
clase de consejo nece-sita? Dígamelo sin rodeos. En este instante estoy tan
alegre, tan feliz, me siento tan atrevido, tan listo, que tendré la respuesta
pronta.
_No, no _me
interrumpió riendo_. No me hace falta sólo un consejo inteligente, sino un
consejo cor-dial, fraterno, como si me quisiera usted de toda su vida.
_¡Conforme, Nastenka, conforme! _exclamé exci-tado_. Aunque la quisiera desde hace veinte
años, no la querría tanto como en este momento.
_Deme su mano
_dijo Nastenka.
_Aquí está
___ contesté alargándosela.
_Pues
comencemos la historia.
Historia de
Nastenka
_Ya conoce
usted la mitad de la historia, es decir, ya sabe que tengo una abuela
anciana...
_Si la
segunda mitad es tan breve como ésta... _me aventuré a interrumpir riendo.
_Calle Y
escuche. Ante todo una condición: no me interrumpa, porque pierdo el hilo.
Escuche callado. Tengo una abuela anciana. Fui a vivir con ella cuando yo era
todavía muy niña porque murieron mis padres. Mi abuela, según parece, era antes
rica, porque todavía habla de haber conocido días mejores. Ella misma me enseñó
el francés y más tarde me puso maestro. Cuan-do cumplí quince años (ahora tengo
diecisiete) termi-naron mis estudios. Hice por entonces algunas travesu-ras,
pero no le diré a usted de qué género; sólo diré que fueron de poca monta. Pero
la abuela me llamó una mañana y me dijo que como era ciega no podía vigilar-me.
Cogió, pues, un imperdible y prendió mi vestido al suyo, diciendo que así
pasaríamos lo que nos quedara de vida si yo no sentaba cabeza. En suma, que al
prin-cipio era imposible apartarse de ella. Trabajar, leer, estudiar, todo lo
hacía junto a la abuela. Una vez in-tenté un truco y convencí a Fyokla de que
se sentara en mi puesto. Fyokla es nuestra asistenta y está sorda. Fyokla se
sentó en mi sitio. En ese momento mi abuela estaba dormida en su sillón y yo
fui a ver a una amiga que no vivía lejos. Pero el truco salió mal. La abuela se
despertó cuando yo estaba fuera y preguntó por algo, pensando que yo seguía tan
campante en mi pues-to. Fyokla, que vio que la abuela preguntaba algo pero que
no oía lo que era, empezó a pensar en qué debía hacer. Lo que hizo fue abrir el
imperdible y echar a correr...
En ese punto
Nastenka se detuvo y soltó una carca-jada. Yo hice coro. Al instante dejó de
reír.
_Oiga, no se
ría de mi abuela. Yo me río porque es cosa de risa... Bueno, ¿qué va a hacer
una cuando la abuela es así? Pero aun así la quiero un poco. Pues bien, aquella
vez me dio una pasada de las buenas. Tuve que volver a sentarme en mi sitio sin
decir palabra y ya fue imposible moverse de él. ¡Ah, sí! Se me olvidaba decirle
que teníamos _mejor dicho, que la abuela te-nía_ casa propia, una casita
pequeña, de madera, con tres ventanas en total, y casi tan vieja como la
abuela. En lo alto tenía un desván. A ese desván vino a vivir un inquilino nuevo...
_Es decir que
había habido un inquilino viejo __ob-servé yo de paso.
_Pues claro
que lo había habido _respondió Nas-tenka_. Y sabía callar mejor que usted. En
serio, ape-nas decía esta boca es mía. Era un viejecito seco, mudo, ciego,
cojo, a quien al cabo le resultó imposible vivir en este mundo y se murió. Con
ello se hizo necesario tomar un inquilino nuevo, porque sin inquilino no
po-díamos vivir, ya que lo que él nos daba de alquiler y la pensión de la
abuela eran nuestros únicos recursos. Por contraste, el nuevo inquilino resultó
ser un joven forastero que estaba de paso. Como no regateó, la abue-la lo
aceptó. Luego me preguntó: «Nastenka, ¿es nues-tro inquilino joven o viejo?» Yo
no quise mentir y dije: «No es ni joven ni viejo.» «¿Y es de buen aspecto?»
_preguntó_. Una vez más no quise mentir y contesté: «Sí, es de buen aspecto,
abuela.» Y la abuela exclamó: «¡Ay, qué castigo! Te lo digo, nieta, para que no
trates de verle. ¡Ay, qué tiempos éstos! ¡Pues anda, un inqui-lino tan
insignificante y tiene, sin embargo, buen as-pecto! ¡Eso no pasaba en mis
tiempos!»
La abuela
todo lo relacionaba con sus tiempos. En sus tiempos era más joven, en sus
tiempos el sol ca-lentaba más, en sus tiempos la crema no se agriaba tan
pronto... ¡todo era mejor en sus tiempos! Yo, sentada y callada, pensaba para
mis adentros: ¿Por qué me da la abuela estos consejos y me pregunta si el
inquilino es joven y guapo? Pero sólo lo pensaba, mientras seguía en mi sitio
haciendo calceta y contando puntos. Luego me olvidé de ello.
Y he aquí que
una mañana vino a vernos el inquili-no para recordarnos que habíamos prometido
empape-larle el cuarto. Hablando de una cosa y otra, la abuela, que era
aficionada a la cháchara, me dijo: «Ve a mi alcoba, Nastenka, y tráeme las
cuentas.» Yo me levanté de un salto, ruborizada no sé por qué, y olvidé que
estaba prendida con el imperdible. No hubo manera de desprenderme a hurtadillas
para que no lo viera el in-quilino. Di un tirón tan fuerte que arrastré el
sillón de la abuela. Cuando comprendí que el inquilino se había enterado de lo
que me ocurría me puse aún más colo-rada, me quedé clavada en el sitio y rompí
a llorar. Sentí tanta vergüenza y amargura en ese momento que hubiera deseado
morirme. La abuela gritó: «¿Qué ha-ces ahí parada?», y yo llora que te llora.
Cuando vio el inquilino lo avergonzada que estaba, saludó y se fue.
Después de
aquello, tan pronto como oía ruido en el zaguán me quedaba muerta. Pensaba que
venía el inquilino,_ y cada vez que esto pasaba desprendía el imperdible a la
chita callando. Pero no era él. No venía. Pasaron quince días, al cabo de los
cuales el inquilino mandó a decir por Fyokla que tenía muchos libros
fran-ceses, libros buenos, que estaban a nuestra disposición. ¿No quería la
abuela que yo se los leyera para matar el aburrimiento? La abuela aceptó
agradecida, pero preguntó si los libros eran morales, porque, me dijo: «Si son
inmorales, Nastenka, de ninguna manera deben leerse, porque aprenderías cosas
malas.»
_¿Qué
aprendería, abuela? ¿Qué es lo que cuentan?
_¡Ah!
_respondió_. Cuentan cómo los mozos se-ducen a las muchachas de buenas
costumbres; y cómo con el pretexto de que quieren casarse con ellas las sacan
de la casa paterna; y cómo luego abandonan a las pobres chicas a su suerte y
ellas quedan deshon-radas. Yo he leído muchos de esos libros _dijo la abuela_,
y todo está descrito tan bien que me pasaba la noche leyéndolos. ¡Así que mucho
ojo, Nastenka, no los leas! ¿Qué clase de libros ha mandado? _preguntó
_Novelas de Walter Scott, abuela.
_¡Novelas de Walter Scott! Vaya, vaya, ¿no habrá ahí algún engaño?
Mira bien a ver si no ha metido er ellos algún billete amoroso.
_No, abuela,
no hay ningún billete.
_Mira bajo la
cubierta. A veces los muy pillos los meten bajo la cubierta.
_No hay nada
tampoco bajo la cubierta, abuela.
_Bueno,
entonces está bien.
Así, pues,
empezamos a leer a Walter Scott y en cosa de un mes leímos casi la mitad. El
inquilino siguió mandándonos libros. Mandó las obras de Pushkin, y llegó el
momento en que yo no podía vivir sin libros y ya dejé de pensar en casarme con
un príncipe chino.
Así andaban
las cosas cuando un día tropecé por ca-sualidad con el inquilino en la
escalera. La abuela me había mandado por algo. Él se detuvo, yo me ruboricé y
él también, pero se echó a reír, me saludó, preguntó por la salud de la abuela
y dijo: «¿Qué, han leído los libros?» Yo contesté que sí. «¿Y cuáles _volvió a
pre-guntar_ les han gustado más?» Yo respondí: «Ivanhoe y Pushkin son los que
más nos han gustado.» Con eso terminó la conversación por entonces.
Ocho días
después volví a tropezar con él en la es-calera. Esta vez la abuela no me había
mandado por nada, sino que yo había salido por mi cuenta. Ya ha-bían dado las
dos y el inquilino volvía a casa a esa hora. «Buenas tardes», me dijo, y yo le
contesté: «Bue-nas tardes.»
_¿Y qué? _me
preguntó_. ¿No se aburre usted de estar sentada todo el día junto a su abuela?
Cuando oí la
pregunta, no sé por qué me puse colorada. Sentí vergüenza y pena de que ya
hubieran empezado otros a hablar del asunto. Estuve por no contestar y
marcharme, pero me faltaron las fuerzas.
_Mire _dijo_,
es usted una chica buena. Perdone que le hable así, pero le aseguro que me
intereso por su suerte más que su abuela. ¿No tiene usted amigas que visitar?
Yo dije que
no, que sólo una, Mashenka, pero que se había ido a Pskov.
_Dígame
_prosiguió_, ¿quiere ir al teatro con-migo?
_¿Al teatro?
Pero ¿y la abuela?
_La abuela no
tiene por qué enterarse.
_No _dije_,
no quiero engañar a la abuela. Adiós.
_Bueno,
adiós_ repitió él. Y no dijo más.
Pero después
de la comida vino a vernos. Se sentó, habló largo rato con la abuela, le
preguntó si salía alguna vez, si tenía amistades, y de repente dijo: «Hoy he
sacado un palco para la ópera. Ponen El Barbero de Sevilla. Unos amigos iban a
ir conmigo, pero después mudaron de propósito y me he quedado con el billete y
sin compañía.
_¡El Barbero
de Sevilla! _exclamó la abuela_. ¿Es ése el mismo Barbero que ponían en mis
tiempos?
_Sí, el mismo
_dijo, dirigiéndome una mirada_. Yo lo comprendí todo, me puse encarnada y el
corazón me empezó a dar saltos de anticipación.
_¡Cómo no voy
a conocerlo! _dijo la abuela_. ¡Si en mis tiempos yo misma hice el papel de
Rosina en un teatro de aficionados!
_¿No quiere
usted ir hoy? _preguntó el inquili-no_. Si no, seria perder el billete.
_Pues sí,
podríamos ir _respondió la abuela_. ¿Por qué no? Además, mi Nastenka no ha
estado nun-ca en el teatro.
¡Qué alegría,
Dios mío! En un dos por tres nos pre-paramos, nos vestimos y salimos. La
abuela, aunque no podía ver nada, quería oír música, pero es que ade-más es
buena. Deseaba que me distrajera un poco, y nosotras solas no nos hubiéramos
atrevido a hacerlo. No le contaré la impresión que me causó El Barbero de
Sevilla. Sólo le diré que durante la velada nuestro inquilino me estuvo mirando
con tanto interés, hablaba tan bien, que pronto me di cuenta de que aquella
tarde había querido ponerme a prueba proponiéndome que fuéramos solos. ¡Qué
alegría! Me acosté tan orgullosa, tan contenta, y el corazón me latía tan
fuertemente que tuve un poco de fiebre y toda la noche me la pasé delirando con
El Barbero de Sevilla.
Pensé que
después de esto el inquilino vendría a vernos más a menudo, pero no fue así.
Dejó de hacerlo casi por completo, o a lo más una vez al mes y sólo para
invitarnos al teatro. Fuimos un par de veces más, pero no quedé contenta.
Comprendí que me tenía lástima por la manera en que me trataba la abuela, y
nada más. Con el tiempo llegué a sentir que ya no podía permanecer sentada, ni
leer, ni trabajar. Me echaba a reír sin motivo aparente. Algunas veces
mo-lestaba a la abuela de propósito; otras, sencillamente lloraba. Adelgacé y
casi me puse mala. Terminó la temporada de ópera y el inquilino dejó por
completo de visitarnos. Cuando nos encontrábamos __en la es-calera de marras,
por supuesto_, me saludaba en si-lencio y tan gravemente que parecía no querer
hablar. Al llegar él al portal yo todavía seguía en mitad de la escalera, roja
como una cereza, porque toda la sangre se me iba a la cabeza cuando tropezaba
con él.
Y ahora viene
el fin. Hace un año justo, en el mes de mayo, el inquilino vino a vernos y dijo
a la abuela que ya había terminado de gestionar el asunto que le había traído a
Petersburgo y que tenía que volver a Moscú por un año. Al oírlo me puse pálida
y caí en la silla como muerta. La abuela no lo notó, y él, después de anunciar
que dejaba libre el cuarto, se despidió y se fue.
¿Qué iba yo a
hacer? Después de pensarlo mucho y de sufrir lo indecible, tomé una resolución.
Él se iba al día siguiente, y yo decidí acabar con todo esa misma noche después
de que se acostara la abuela. Así fue. Hice un bulto con los vestidos que tenía
y la ropa interior que necesitaba y, con él en la mano, más muer-ta que viva,
subí al desván de nuestro inquilino. Cal-culo que tardé una hora en subir la
escalera. Cuando se abrió la puerta, lanzó un grito al verme. Creyó que era una
aparición y corrió a traerme agua porque ape-nas podía tenerme de pie. El
corazón me golpeaba con fuerza, me dolía la cabeza y me sentía mareada. Cuando
me repuse un poco, lo primero que hice fue sentarme en la cama con el bulto a
mi lado, cubrirme la cara con las manos y romper a llorar desconsoladamente.
Él, por lo visto, se percató de todo al instante. Estaba de pie ante mí, pálido,
y me miraba con ojos tan tristes que se me partió el alma.
_Escuche _me
dijo_, escuche, Nastenka. No pue-do hacer nada, soy pobre, no tengo nada por
ahora, ni siquiera un empleo decente. ¿Cómo viviríamos si me casara con usted?
Hablamos
largo y tendido y yo acabé por perder el recato. Dije que no podía vivir con la
abuela, que me escaparía de casa, que no aguantaba que se me tuviera sujeta con
un imperdible, y que si quería, me iba con él a Moscú, porque sin él no podía
vivir. La vergüenza, el amor, el orgullo, todo hablaba en mí al mismo tiem-po,
y a punto estuve de caer en la cama presa de con-vulsiones. ¡Tanto temía que me
rechazara!
Él, después
de estar sentado en silencio algunos minutos, se levantó, se acercó a mí y me
tomó una mano.
_Escuche, mi
querida Nastenka _empezó con lá-grimas en la voz_. Escuche. Le juro que si
alguna vez estoy en condiciones de casarme, sólo me casaré con usted. Le
aseguro que sólo usted puede ahora hacerme feliz. Escuche, voy a Moscú y pasaré
allí un año justo. Espero arreglar mis asuntos. Cuando vuelva, si no ha dejado
de quererme, le juro que nos casaremos. Ahora no es posible, no puedo, no tengo
derecho a hacer pro-mesa alguna. Repito que si no es dentro de un año, será de
todos modos algún día, por supuesto si no ha prefe-rido usted a otro, porque
comprometerla a que me dé su palabra es algo que ni puedo ni me atrevo a hacer.
Eso me dijo,
y al día siguiente se fue. Acordamos no decir palabra de esto a la abuela. Así
lo quiso él. Y ahora mi historia está casi tocando a su fin. Ha pa-sado un año
justo. Él ha llegado, lleva aquí tres días enteros y... y...
_¿Y qué?
_grité yo, impaciente por oír el final.
_Y hasta
ahora no se ha presentado _respondió Nastenka sacando fuerzas de flaqueza_. No
ha dado señales de vida.
En ese punto
se detuvo, quedó callada un momento, bajó la cabeza y, de pronto, tapándose la
cara con las manos, empezó a sollozar de manera tal que me laceró el alma.
Yo ni
remotamente esperaba ese desenlace.
_¡Nastenka!
_imploré con voz tímida_. ¡Nastenka, no llore, por amor de Dios! ¿Cómo lo sabe
usted? Quizá no esté aquí todavía...
_¡Sí está, sí
está! _insistió Nastenka_. Está aquí, lo sé. Esa noche, la víspera de su
marcha, fijamos una condición. Cuando nos dijimos todo lo que le he con-tado a
usted y llegamos a un acuerdo, vinimos a pa-searnos aquí justamente a este
muelle. Eran las diez. Nos sentamos en este banco. Yo había dejado de llorar y
le escuchaba con deleite. Dijo que en cuanto regresara vendría a vernos, y que
si yo todavía le quería por ma-rido se lo contaríamos todo a la abuela. Ya ha
llegado, lo sé, pero no ha venido.
Y se echó a
llorar de nuevo.
_¡Dios mío!
¿Pero no hay manera de ayudarla? _grité, saltando del banco con verdadera
desespera-ción_. Diga, Nastenka, ¿no podría ir yo a verle?
_¿Cree usted
que podría? _dijo alzando de súbito la cabeza.
_No, claro
que no _afirmé conteniéndome a tiem-po_. Pero, mire, escríbale una carta.
_No, de
ninguna manera. Eso no puede ser _con-testó ella con voz resuelta, pero bajando
la cabeza y sin mirarme.
_¿Cómo que no
puede ser? ¿Cómo que no? _insis-tí yo aferrándome a mi idea_. Sepa usted,
Nastenka, que no se trata de una carta cualquiera. Porque hay cartas y cartas.
Hay que hacer lo que digo, Nastenka. ¡Confíe en mí, por favor! No es un mal
consejo. Todo esto se puede arreglar. Al fin y al cabo, ha dado usted ya el
primer paso, con que ahora...
_No puede
ser, no. Parecería que quiero compro-meterle.
_¡Ah, mi
buena Nastenka! _la interrumpí sin ocul-tar una sonrisa_. Le digo a usted que
no. Usted, des-pués de todo, está en su, derecho, porque él ya le ha hecho una
promesa. Y, por lo que colijo, es hombre de-licado, se ha portado bien _añadía
entusiasmado cada vez más con la lógica de mis argumentos y aseveraciones_ ¿Que
cómo se ha portado? Se ha ligado a usted con una promesa. Dijo que si se casaba
sería única-mente con usted. Y a usted la dejó en absoluta liber-tad para
rechazarle sin más. En tal situación puede usted dar el primer paso, tiene
usted derecho a ello, le lleva usted ventaja, aunque sea sólo, digamos, para
devolverle la palabra dada.
_Diga, ¿cómo
escribiría usted?
_¿El qué?
_La carta
esa.
_Pues diría:
«Muy senor mio... »
_¿Es de todo
punto necesario decir «muy senor mío»?
_De todo
punto. Pero, ahora que pienso, quizá no lo sea... Creo que...
_Bueno,
bueno, siga.
_«Muy señor
mío: Perdone que...» Pero no, no hace falta ninguna excusa. El hecho mismo lo
justifica todo. Diga simplemente: «Le escribo. Perdone mi im-paciencia, pero
durante un año entero he vivido feliz con la esperanza de su regreso. ¿Tengo yo
la culpa de no poder soportar ahora un día de duda? Ahora que ha llegado, quizá
haya cambiado usted de intención. Si es así, esta carta le dirá que ni me quejo
ni le con-deno. No puedo condenarle por no haber logrado ha-cerme dueña de su
corazón. Así lo habrá querido el destino. Es usted un hombre honrado. No se
sonría ni se enoje al ver estos renglones impacientes. Recuerde que los escribe
una pobre muchacha, que está sola en el mundo, que no tiene quien la instruya y
acon-seje y que nunca ha sabido sujetar su corazón. Perdo-ne si la duda ha
hallado cobijo en mi alma, siquiera sólo un momento. Usted no sería capaz de
ofender, ni siquiera con el pensamiento, a ésta que tanto le ha que-rido y le
quiere.»
_¡Sí, sí!
¡Eso mismo es lo que se me ha ocurrido! _exclamó Nastenka con ojos radiantes de
gozo_. Ha despejado usted mis dudas. Es usted un enviado de Dios. ¡Se lo
agradezco tanto!
_¿Por qué?
¿Porque soy un enviado de Dios? _pre-gunté, mirando con arrebato su rostro
alegre.
_Sí, por eso
al menos.
_¡Ay,
Nastenka! ¡Demos gracias a que algunas per-sonas viven con nosotros! Yo doy
gracias a usted por haberla encontrado y porque la recordaré el resto de mi
vida.
_Bien, basta.
Ahora escuche. En la ocasión de que le hablo acordamos que, no bien llegara, me
mandaría recado con una carta que depositaría en cierto lugar, en casa de unos
conocidos míos, gente buena y sencilla, que no sabe nada del asunto. Y que si
no le era posible escribirme, porque en una carta no se puede decir todo, que
vendría aquí el mismo día de su llegada, a este lugar en que nos dimos cita, a
las diez en punto. Sé que ha llegado ya, y hoy, al cabo de tres días, ni ha
habido carta ni ha venido. Por la mañana no puedo se-pararme de la abuela.
Entregue usted mismo la carta mañana a esa buena gente que le digo. Ellos se la
re-mitirán. Y si hay contestación, usted mismo puede traérmela a las diez de la
noche.
_¡Pero la
carta, la carta! Lo primero es escribir la carta. De ese modo, quizá para
pasado mañana esté todo resuelto.
_La carta...
_respondió Nastenka turbándose un poco_, la carta... pues...
No acabó la
frase. Primero volvió la cara, que se tiñó de rosa, y de repente sentí en mi
mano la carta, escrita por lo visto hacía tiempo, toda preparada y sellada.
¡Qué recuerdo tan familiar, tan simpático y gra-cioso ha retenido de ello!
_R,o_Ro_s,i_si_n,a_na _empecé yo.
_¡Rosina!
_entonamos los dos, yo casi abrazándola de alborozo, ella ruborizándose aún más
y riendo a través de sus lágrimas que, como perlas, temblaban en sus negras
pestañas.
_Bueno,
basta. Ahora, adiós _dijo con precipita-ción_. Aquí está la carta y éstas son
las señas a que hay que llevarla. Adiós, hasta la vista, hasta mañana.
Me apretó con
fuerza las dos manos, me hizo un saludo con la cabeza y entró disparada en su
calle-juela. Yo permanecí algún tiempo donde estaba, siguiéndola con los ojos.
«Hasta
mañana, hasta mañana», palabras que se me quedaron clavadas en la memoria
cuando se perdió de vista.
Noche tercera
Hoy ha sido
un día triste, lluvioso, sin un rayo de luz, como será mi vejez. Me acosan unos
pensamientos tan extraños y unas sensaciones tan lúgubres, se agolpan en mi
cabeza unas preguntas tan confusas, que no me siento ni con fuerzas ni con
deseos de contestarlas. No seré yo quien ha de resolver todo esto.
Hoy no nos
hemos visto. Ayer, cuando nos despedimos, empezaba a encapotarse el cielo y se
estaba le vantando niebla. Yo dije que hoy haría mal tiempo Ella no contestó,
porque no quería ir a contrapelo de sus esperanzas. Para ella el día sería
claro y sereno, ni una sola nubecilla empanaria su felicidad.
_Si llueve no
nos veremos _dijo_. No vendré.
Yo pensaba
que ella no haría caso de la lluvia de hoy, pero no vino.
Ayer fue
nuestra tercera entrevista, nuestra tercera noche blanca...
¡Pero hay que
ver cómo la alegría y la felicidad hermosean al hombre! ¡Cómo hierve de amor el
corazón! Es como si uno quisiera fundir su propio corazón con el corazón de
otro,
como si
quisiera que todo se regocijara, que todo riera. ¡Y qué contagiosa es esa
alegría! ¡Ayer había en sus palabras tanto deleite y en su corazón tanta bondad
para conmigo! ¡Qué tierna se mostraba, cómo me mimaba, cómo lisonjeaba y con
fortaba mi corazón! ¡Cuánta coquetería nacía de su felicidad! Y yo... lo creía
todo a pies juntillas, pensaba que ella. ..
Pero, Dios
mío, ¿cómo podía pensarlo? ¿Cómo podía ser tan ciego, cuando ya otro se había
adueñado de todo, cuando ya nada era mío? ¿Cuando, al fin y al cabo, esa
ternura de ella, esa solicitud, ese amor..., sí, ese amor hacia mí, no eran
sino la alegría ante la próxima entre-vista con el otro, el deseo de ligarme
también a su feli-cidad? Cuando él no vino y nuestra espera resultó in-útil, se
le anubló el rostro, quedó cohibida y acobardada. Sus palabras y gestos
parecían menos frívolos, menos juguetones y alegres. Y, cosa rara, redoblaba su
aten-ción para conmigo, como si deseara instintivamente co-municarme lo que
quería, lo que temía si la cosa no salía bien. Mi Nastenka se intimidó tanto,
se asustó tanto, que por lo visto comprendió al fin que yo la amaba y buscaba
cobijo en mi pobre amor. Es que cuando somos desgraciados sentimos más
agudamente la des-gracia ajena. El sentimicnto no se dispersa, sino que se
reconcentra.
Llegué a la
cita con el corazón rebosante e impaciente por verla. No podía prever lo que
siento ahora, ni el giro que iba a tomar el asunto. Ella estaba radiante de
felicidad. Esperaba una respuesta y la respuesta era él mismo. Él vendría
corriendo en respuesta a su llama-miento. Ella había llegado una hora antes que
yo. Al principio no hacía sino reír, respondiendo con carcaja-das a cada una de
mis palabras. Estuve a punto de hablar, pero me contuve.
_¿Sabe por
qué estoy tan contenta? ¿Tan contenta de verle? _preguntó_. ¿Por qué le quiero
tanto hoy?
_¿Por qué?
_pregunté yo a mi vez con el corazón trémulo.
_Pues le
quiero porque no se ha enamorado de mí. Otro, en su lugar, hubiera empezado a
importunarme, a asediarme, a quejarse, a dolerse. ¡Usted es tan bueno!
Me apretó la
mano con tanta fuerza que casi me hizo gritar. Ella se echó a reír.
_¡Dios mío,
qué buen amigo es usted! _prosiguió, seria, al cabo de un minuto_. ¡Que sí, que
Dios me lo ha enviado a usted! Porque ¿qué sería de mí si no estuviera usted
conmigo ahora? ¡Qué desinteresado es us-ted! ¡Qué bien me quiere! Cuando me
case, seguiremos muy unidos, más que si fuéramos hermanos. Voy a quererle a
usted casi tanto como a él.
En ese
instante sentí una horrible tristeza y, sin em-bargo, algo así como un brote de
risa empezó a cosqui-llearme el alma.
_Está usted
arrebatada __dije_: Tiene usted mie-do. Piensa que no va a venir.
_Bueno
__contestó_. Si no estuviera tan feliz creo que su incredulidad y sus reproches
me harían llorar. Por otro lado me ha devuelto usted el buen juicio y me ha
dado mucho que pensar; pero lo pensaré más tar-de; ahora le confieso que tiene
usted razón. Sí, estoy un
poco fuera de
mí. Estoy a la expectativa y las cosas mas nimias me afectan. Pero, basta,
dejémonos de sentimientos...
En ese
momento se oyeron pasos y de la oscuridad surgió un transeúnte que vino hacia
nosotros. Los dos sentimos un escalofrío y ella casi lanzó un grito. Yo le
solté la mano e hice ademán de alejarme. Pero nos ha-bíamos equivocado; no era
él.
_¿Qué teme?
¿Por qué me ha soltado la mano? _preguntó dándomela otra vez_. ¿Qué pasa? Vamos
a encontrarle juntos. Quiero que él vea cuánto nos que-remos.
«¡Ay,
Nastenka, Nastenka _pensé_, cuánto has di-cho con esa palabra! Un amor como
éste, Nastenka, en ciertos momentos enfría el corazon y apesadumbra el alma. Tu
mano está fría; la mía arde como el fuego. ¡Qué ciega estás, Nastenka! ¡Qué
insoportable a veces es la persona feliz! Pero no puedo enfadarme contigo ... »
Por fin sentí
que mi corazón rebosaba:
_Oiga,
Nastenka _exclamé_. ¿Sabe lo que he hecho en el día de hoy?
_Bueno, ¿qué
ha hecho? ¡A ver, de prisa! ¿Por qué no lo ha dicho hasta este instante?
_En primer
lugar, Nastenka, cuando hice todos sus mandados, entregué la carta, estuve a
ver a esas bue-nas gentes... fui a casa y me acosté...
_¿Nada más?
_me interrumpió riendo.
_Sí, casi
nada más _respondí haciendo un esfuerzo porque en los ojos me escocían unas
lágrimas estúpi-das_. Me desperté como una hora antes de nuestra cita, y me
parecía que no había dormido. No sé lo que me pasaba. Se me antojaba que había
salido para contarle a usted todo esto y que iba por la calle como si se me
hubiese parado el tiempo, como si hasta el fin de mi vida debiera tener sólo
una sensación, un senti-miento, como si, un minuto. debiera convertirse en una
eternidad entera, y como si la vida se hubiera de-tenido en su curso... Cuando
desperté creí que volvía a recordar un motivo musical de gran dulzura, largo
tiempo conocido, oído antes en algún sitio. Se me figu-raba que ese motivo
había querido brotar de mi alma durante toda mi vida y que sólo ahora...
_¡Dios mío!
¿Qué significa eso? _No entiendo pa-labra.
_¡Ay,
Nastenka! Quería comnicarle a usted de algún modo esa extraña impresión...
_indiqué con voz las-timera en la que, aunque muy remota, latía aún la
es-peranza.
_¡Basta,
basta, no siga! _dijo, y en un momento la pícara lo comprendió todo. De súbito
se volvió locuaz, alegre y retozona. Me cogía del brazo, reía, quería que yo
también riera, y recibía cada confusa palabra mía con larga y sonora carcajada.
Yo empecé a sulfurarme y ella entonces se puso a coquetear.
_¿Sabe?
_dijo_. Me escuece un poco que no se enamore usted de mí. Después de esto, ¿qué
voy a pensar de usted? Pero, de todos modos, señor inflexible, no puedo menos
de alabarme por lo ingenua que soy. Yo le cuento a usted todo, todito, por
grande que sea la tontería que se me viene a la cabeza.
_Escuche.
Parece que están dando las once _dije cuando se oyeron las campanadas de una
lejana torre de la ciudad. Ella calló en el acto, dejó de reír y se puso a
contar.
_Sí, las once
_acabó por decir con voz tímida e indecisa.
Yo me
arrepentí al punto de haberla asustado, de haberle hecho contar la hora, y me
maldije por mi arre-bato de malicia. Sentí lástima de ella y no sabía cómo
expiar mi conducta. Me puse a consolarla, a buscar razo-nes que explicaran la
ausencia de él, a ofrecer argu-mentos y pruebas. Nadie era tan fácil de enganar
como ella entonces, porque en momentos así todos escucha-mos con alegría
cualquier palabra de consuelo y nos contentamos con una sombra de
justificación.
_Pero esto es
ridículo _dije yo, animándome cada vez más y muy satisfecho de la insólita
claridad de mis pruebas_, pero si no podía haber venido. Usted, Nas-tenka, me
ha cautivado y confundido hasta el punto de que he perdido la noción del
tiempo... Piense usted que apenas ha habido tiempo para que reciba la carta.
Su-pongamos que no ha podido venir; supongamos que piensa contestar; en tal
caso la carta no llegará hasta mañana. Yo mañana voy a recogerla tan pronto
como amanezca y en seguida le diré a usted lo que hay. Piense, por último, en
un sinfín de posibilidades, por ejemplo, que no estaba en casa cuando llegó la
carta, y que quizá no la haya leído todavía. Todo ello es posible.
_Sí, sí
__contestó Nastenka_, no había pensado en ello. Claro que todo es posible
_prosiguió con tono de asentimiento, pero en el que, como una disonancia
eno-josa, se percibía otra idea lejana_. Mire lo que debe hacer. Usted va
mañana lo más temprano posible y si recibe algo me lo dice en seguida. ¿Pero
sabe usted dónde vivo? _y empezó a repetirme sus señas.
Luego, sin
transición, se puso tan tierna y tímida conmigo... Parecía escuchar con
atención lo que le decía, pero cuando me volví hacia ella para hacerle una
pregunta, guardó silencio, quedó confusa y volvió la cabeza. Le miré los ojos.
Efectivamente, estaba llo-rando.
_Pero, ¿es
posible? ¡Qué niña es usted! ¡Pero qué niñería!... Vamos, basta.
Trató de
sonreír y se calmó, pero aún le temblaba la barbilla y le palpitaba el pecho.
_Estoy pensando
en usted _me dijo tras un mo-mento de silencio_. Es usted tan bueno que una
tendría que ser de piedra para no notarlo. ¿Sabe lo que ahora se me ha
ocurrido? Pues compararles a ustedes dos. ¿Por qué él y no usted? Él no es tan
bueno como usted, aunque le quiero más que a usted.
Yo no
contesté. Ella, por lo visto, esperaba que di-jera algo.
_Claro que
quizá no le comprendo a él bien todavía, que no le conozco bien. Parecía, ¿sabe
usted? como si siempre le tuviera miedo, por lo serio que estaba siem-pre, por
lo así como orgulloso que parecía. Por supuesto que era sólo por fuera. En el
corazón tiene más ternu-ra que yo. Recuerdo cómo me miraba cuando, como ya le
he dicho, fui a buscarle con el hatillo de ropa. Pero aun así, le tengo, no sé
por qué, demasiado respeto y esto crea cierta desigualdad entre nosotros.
_No, Nastenka
_respondí_, eso quiere decir que usted le quiere más que a nadie en el mundo,
mucho más de lo que usted se quiere a sí misma.
_Bueno,
supongamos que sea así _dijo la inocente Nastenka_. ¿Sabe usted lo que se me
ocurre? Pero ahora no quiero hablar por mí sola, sino en general. Esto ya lo
pensé hace tiempo. Escuche, ¿por qué no nos tratamos unos a otros como
hermanos? ¿Por qué hasta el hombre más bueno disimula y calla en presencia de otro?
¿Por qué no decir sin rodeos lo que tiene uno en el corazón, inmediatamente,
cuando sabe uno que su palabra no se la llevará el viento? ¿Por qué parecer más
adusto de lo que uno es en realidad? Es como si cada cual temiera violentar los
propios sentimientos si los expr:esa libremente.
_¡Ah,
Nastenka, dice usted verdadl Eso resulta de varios motivos _interrumpí yo, que
en ese instante re-primía mis propios sentimientos más que nunca.
_No, no
_respondió ella con profunda emoción_. Usted, por ejemplo, no es como los
otros. Francamente, no sé cómo decirle lo que siento, pero creo que usted, por
ejemplo..., aunque ahora..., me parece que usted sacrifica algo por mí _agregó
con timidez, lanzándome una ojeada fugaz_. Perdone que le hable así. Soy una
muchacha sencilla, he visto poco mundo y la verdad, no sé cómo expresarme a
veces _añadió con voz que algún oculto sentimiento hacía temblar, y procurando
sonreír al mismo tiempo_. Pero sólo quería decirle que soy agradecida y que
comprendo todo esto... ¡Que Dios se lo pague haciéndole feliz! Lo que me contó
usted de su soñador no tiene pizca de verdad; quiero decir, que no tiene
ninguna relación con usted. Usted se repondrá. Usted es muy diferente de como
se pinta a sí mismo. Si alguna vez se enamora ¡que Dios le haga feliz con ella!
A ella no le deseo nada porque será feliz con usted. Lo sé porque soy mujer y
debe usted creer lo que digo...
Calló y me
apretó la mano con fuerza. A mí la agita-ción me impidió decir nada. Pasaron
algunos instantes.
_Bueno, está
visto que no viene hoy _dijo por últi-mo alzando la cabeza_. Es tarde...
_Vendrá
mañana _dije con voz firme y confiada.
_Sí _añadió
ella alegrándose_. Ahora veo que no vendrá hasta mañana. ¡Hasta la vista, pues,
hasta maña-na! Si llueve quizá no venga. Pero vendré pasado maña-na, vendré
pase lo que pase. Esté usted aquí sin falta. Quiero verle y le contaré todo.
Seguidamente,
cuando nos despedimos, me dio la mano y dijo mirándome serenamente a los ojos:
_En adelante
estaremos siempre juntos, ¿verdad?
¡Oh,
Nastenka, Nastenka, si supieras qué solo estoy ahora!
Cuando dieron
las nueve se me hizo intolerable que-darme en el cuarto. Me vestí y salí a
pesar del mal tiem-po. Fui al lugar de la cita y me senté en nuestro banco.
Hasta entré en su callejuela, pero me dio vergüenza y giré sobre los talones,
sin mirar sus ventanas y sin dar más que dos pasos hacia su casa. Llegué a la
mía dominado por la tristeza más grande que he sentido en mi vida. ¡Qué tiempo
tan crudo y sombrío! Si al menos fuera bueno, me hubiera estado paseando allí
toda la noche...
Bueno, hasta
mañana. Mañana me lo contará todo.
Pero no ha
habido carta hoy. Aunque bien mirado, sin embargo, quizá había de ser así.
Estarán ya juntos...
Noche cuarta
¡Dios mío,
cómo ha terminado todo esto! ¡Qué fin ha tenido!
Llegué a las
nueve. Ella ya estaba allí. La observé desde lejos. Estaba, como aquella
primera vez, apoyada en la barandilla del muelle y no me oyó acercarme.
_¡Nastenka!
exclamé haciendo un esfuerzo por contener mi emoción.
Ella al punto
se volvió hacia mí.
_¡Bueno
_dijo_. de prisa!
La miré
perplejo.
_Pero, ¿donde
está la carta? ¿Ha traído usted la carta? _repitió asiéndose a la barandilla.
_No, no tengo
carta _dije al fin_. ¿Pero es que él no ha venido?
Ella se puso
mortalmente pálida y me miró, inmóvil, largo rato. Yo había destruido su última
esperanza.
_¡Sea lo que
Dios quiera! _dijo al cabo con voz entrecortada_. ¡Qué Dios le perdone si me
abando-na así!
Bajó los ojos
y luego quiso mirarme pero no pudo. Durante algunos minutos probó a dominar su
emoción, pero de pronto me volvió la espalda, puso los codos en la barandilla
del muelle y se deshizo en lágrimas.
_Basta, basta
_empecé a decir, pero, mirándola, no tuve fuerzas para continuar. Al fin y al
cabo, ¿qué podía decir?
_¡Pero qué
inhumano y cruel es esto! _empezó de nuevo_. ¡Ni tan siquiera un renglón! Si al
menos dijera que no me necesita, que no quiere nada conmigo... ¡Pero eso de no
ponerme unas líneas en tres días seguidos! ¡Qué fácil le es agraviar a otros,
ofender así a una pobre chica indefensa, cuya única culpa ha sido quererle!
¡Ay, lo que he sufrido estos tres días! ¡Dios mío, Dios mío! Cuando recuerdo
que soy yo la que fue a verle por primera vez, que me humillé ante él, que
lloré, que mendigué una migaja de amor siquiera... ¡Y después de eso...! ¡Oiga
_dijo volviéndose hacia mí, centellean-tes sus ojos negros_; eso no puede ser,
eso no puede ser así, eso no es natural! Uno de nosotros dos, usted o yo, se
habrá equivocado. No habrá recibido la carta. Quizá ésta es la hora en que aún
no sabe nada. ¿Cómo es posible? Juzgue usted mismo, dígame, por amor de Dios,
explíqueme, porque yo no puedo entenderlo. ¿Cómo es posible portarse tan
bárbara y groseramente como él se ha portado conmigo? ¡Ni siquiera una palabra!
¡Hasta a la persona más insignificante del mundo se la trata con más compasión!
¿Es posible que haya oído algo? ¿Es posible que alguien le haya dicho cosas de
mí? _gritó volviéndose, inquisitiva, hacia mí_. ¿Qué piensa usted?
_Mire,
Nastenka, mañana voy a verle de parte de usted.
_¿Y qué?
_Le pregunto
todo y le cuento todo.
_¿Y qué? ¿ Y
qué?
_Usted
escribe una carta. No diga que no, Nastenka, no diga que no. Le obligaré a
respetar el comportamien-to de usted, se enterará de todo, y si...
_No, amigo
mío, no _interrumpió_. Ya basta. No recibirá de mí una palabra, ni una sola
palabra, ni una línea. Ya basta. Ya no le conozco, ya no le quiero, le
olvidaré...
No terminó la
frase.
_Cálmese,
cálmese. Siéntese aquí, Nastenka _dije haciéndola sentarse en el banco.
_¡Pero si
estoy tranquila! Basta, así es la vida. Y estas lágrimas ya se secarán. ¿Es que
cree usted que me voy a matar? ¿Que me voy a tirar al agua?
Mi corazón
rebosaba de emoción. Quise hablar, pero no pude.
_Diga
_prosiguió, cogiéndome de la mano_, ¿usted no se portaría así, ¿verdad? ¿No
abandonaría a quien hubiera venido a usted por su propia voluntad? ¿Usted no le
echaria en cara, con burlas crueles, el tener un corazón débil y crédulo?
¿Usted la protegería? ¿Usted pensaría que era una muchacha sola, que no sabía
mirar por sí misma ni cuidarse del amor que sentiría por usted... que ella no
tenía la culpa .... que, en fin, no tenía la culpa de... que no había hecho
nada malo? ¡Ay, Dios mío, Dios mío!
_¡Nastenka!
_exclamé por fin sin poder dominar mi agitación_. Nastenka, usted me está
atormentando, usted me destroza el corazón, usted me mata. ¡Nas-tenka, no puedo
callar! ¡Tengo que hablar, decir todo lo que me oprime aquí, en el corazón!
Al decir esto
me levanté del banco. Ella me cogió de la mano y me miró con asombro.
_¿Qué le
pasa? _preguntó por fin.
_Escuche
_dije con decisión_. Escúcheme, Nasten-ka. Todo lo que voy a decirle es
absurdo, todo es qui-mérico y estúpido. Sé que nada de ello puede realizarse,
pero no puedo seguir más tiempo callado. ¡En nombre de lo que usted sufre
ahora, le ruego de antemano que me perdone!
_Pero, ¿esto
qué es? _preguntó cesando de llorar y mirándome con fijeza, mientras en sus
ojos sorpren-didos brillaba una extraña curiosidad_. ¿Qué le pasa?
_Esto es
quimérico, lo sé, pero la quiero a usted, Nastenka. Eso es lo que pasa. Ahora
ya lo sabe usted todo _agregué remachando lo dicho con el brazo_. Ahora verá
usted si puede hablar conmigo como habla-ba hace un momento y si puede escuchar
al cabo lo que voy a decirle..,
_Bueno, ¿y
qué? _me cortó Nastenka_. ¿Qué hay de nuevo en eso? Ya sabía que me quería
usted, aunque creía que me quería así, sencillamente, sin segunda intención...
¡Ay, Dios mío!
_Al
principio, sí, sencillamente, pero ahora..., ahora soy exactamente como usted
cuando fue a verle a él con el hatillo de ropa. Pero todavía peor, Nastenka
porque entonces él no queria a nadie, mientras que ahora usted quiere a otro.
_¿Qué dice
usted? No le entiendo a usted en absolu-to. Pero dígame, ¿con qué fin, es decir,
no con qué fin, sino por qué se pone usted así tan de repente? ¡Cielo santo,
estoy diciendo tonterías ... ! Pero usted...
Nastenka
quedó desconcertada del todo. Se le en-cendieron las mejillas y bajó los ojos.
_¿Qué hacer,
Nastenka, qué hacer? Soy culpable, he abusado de... Pero no, ¡qué va! No,
Nastenka. Conozco esto, lo siento, porque me dice el corazón que tengo razón y
que de ninguna manera puedo agraviarla o in-juriarla. Era amigo de usted y sigo
siéndolo. No ha cambiado en nada. Mire cómo se me saltan las lágrimas,
Nastenka. ¡Que se me salten, pues! No molestan a nadie. Ya se secarán...
_¡Pero
siéntese, siéntese! __dijo obligándome a sen-tarme en el banco_. ¡Ay, Dios mío!
_No,
Nastenka, no quiero sentarme! yo ya no puedo seguir aquí más tiempo; usted no
me verá ya más. Voy a decirlo todo y me voy. Sólo quiero decir que usted no
hubiera sabido nunca que la quiero. Yo hubiera guardado el secreto y no la
hubiera martirizado aquí y en este momento con mi egoísmo. Pero es que no he
podido aguantar más; usted misma empezó a hablar de esto, usted misma ha tenido
la culpa, toda la culpa, y no yo. Usted no puede alejarme de su lado...
_¡Pero claro
que no, no señor, yo no le alejo de mi lado! _dijo Nastenka, ocultando, la
pobre, su confu-sión como mejor pudo.
_¿No me aleja
usted? Pues entonces yo mismo me voy. Me voy, sólo que antes le contaré a usted
todo, porque cuando usted hablaba hace un momento no podía quedarme quieto en
mi asiento; cuando usted lloraba, cuando usted sufría porque... (voy a decirlo tal
como es, Nastenka), porque es usted desdeñada, porque su amor no es
correspondido, ¡yo sentía, por mi parte, tanto amor por usted, tanto amor! Y me
daba tanta pena no poder ayudarla con ese amor... que se me partía el alma y...
¡y no pude callar y tuve que hablar, Nastenka, tuve que hablar!...
_¡Sí, sí!
¡Hábleme, hábleme así! __dijo Nastenka con un gesto delicado_. Quizá le parezca
extraño que se lo diga, pero... ¡hable! ¡Ya le diré más tarde! ¡Ya le contaré
todo!
_¡Me tiene
usted lástima, Nastenka, sólo lástima, amiga mía! A lo hecho, pecho. Agua
pasada... ¿no es verdad? Bueno, ahora lo sabe usted todo. Algo es algo. ¡Muy
bien! ¡Todo está ahora bien! Ahora escuche. Cuan-do estaba usted ahí sentada
llorando, yo pensé para mis adentros (¡ay, déjeme decir lo que pensé!) pensé
que (claro que esto, Nastenka, es imposible)... pensé que usted... pensé que
usted, no sé cómo..., bueno, por algún extraño motivo ya había dejado de
quererle. Entonces _y yo ya pensaba esto, Nastenka, ayer y anteayer_, entonces
yo hubiera hecho de modo... hubiera hecho sin duda de modo que usted me hubiera
ido tomando cari-ño, porque usted misma dijo, usted misma afirmó, Nas-tenka,
que ya casi me quería. Ahora, ¿qué más? Bueno, esto es casi todo lo que quería
decir: sólo queda por decir lo que pasaría si usted me tomara cariño, nada más.
Escuche, amiga mía (porque de todos modos es usted mi amiga), yo, por supuesto,
soy un hombre sen-cillo, pobre, muy poca cosa, pero no importa (estoy tan
confuso, Nastenka, que no doy pie con bola); sólo sé que la querría de tal
manera... de tal manera la que-rría, que si usted siguiera queriéndole a él, si
siguiera queriendo a ese hombre para mí desconocido, vería usted que mi amor no
sería para usted una carga. Usted sólo notaría... sólo sentiría a cada instante
que junto a usted latía un corazón honrado, honrado, un corazón ardiente, que
para usted... ¡Ay, Nastenka, Nastenka! ¿Qué ha hecho usted conmigo?
_No llore, no
quiero que llore _dijo Nastenka le-vantándose rápidamente del banco_. Vamos,
levántese, venga conmigo. No llore más, no llore _siguió diciendo mientras me
enjugaba las lágrimas con su pañuelo_. Bueno, vamos; puede que le diga algo...
Sí, si ahora él me abandona, si me olvida, aunque yo todavía le quiero (no me
propongo engañarle a usted)... Pero escuche y contésteme. Si yo, por ejemplo,
le tomara cariño a
usted, es
decir, si yo... ¡Ay, amigo mío, amigo mío! ¡Cómo me doy plena cuenta ahora de
que le ofendí cuando me reí de su amor, cuando le elogiaba Por no haberse
enamorado de mí ... ! ¡Ay Dios! ¿Pero cómo no preví esto? ¿Cómo no lo preví?
¿Cómo pude ser tan tonta? pero, en fin, estoy decidida. Voy a contarle todo...
_Mire,
Nastenka, ¿sabe lo que voy a hacer? Me alejo de usted. Sí, eso, me voy de su
lado. No hago más que martirizarla. Ahora le remuerde la conciencia porque se
rió usted de mí, y no quiero... eso, no quiero que, junto a la pena que
siente..., yo, por supuesto, tengo la culpa, Nastenka, pero... ¡adiós!
_Deténgase y
escúcheme. ¿Es que no puede esperar?
_¿Esperar
qué?
_Yo le quiero
a él, pero esto pasará, esto tiene que pasar. Es imposible que no pase, está
pasando ya, lo siento... ¿Quién sabe? Quizá termine hoy mismo, porque le odio,
porque se ha reído de mí, mientras que usted ha llorado aquí conmigo, porque
usted no me hubiera repudiado como él lo ha hecho, porque usted me quiere y él
no, porque, en suma, yo le quiero a usted... ¡Sí, le quiero! Le quiero como
usted me quiere a mí; y, a decir verdad, yo misma se lo he dicho antes, usted
mismo lo oyó. Le quiero porque es usted mejor que él, porque es usted más noble
que él, porque, porque él...
La emoción de
la pobre muchacha era tan fuerte que no terminó la frase; puso la cabeza en mi
hombro, luego en mi pecho y rompió a llorar amargamente. Traté de consolarla,
de convencerla, pero no cesaba en su llanto; sólo me apretaba la mano y decía
entre sollo-zos: «¡Espere, espere, que acabo en seguida! Quiero decirle... no
piense usted que estas lágrimas... esto no es más que debilidad; espere a que
pase ... » Por fin se serenó, se enjugó las lágrimas y proseguimos nuestro
paseo. Yo hubiera querido hablar, pero ella siguió diciéndome que esperara.
Guardamos silencio ... Al fin, sacó fuerzas de flaqueza y rompió a hablar ...
_Mire _empezó
a decir con voz débil y trémula, pero en la que de pronto empezó a vibrar algo
que entró en mi corazón y lo llenó de dulce alegría_, no me crea usted liviana
e inconstante. No piense que soy capaz de cambiar y olvidar tan ligera y
rápidamente... Le he querido a él un año entero y juro por lo más sagrado que
nunca, nunca le he faltado, ni con el pensamiento siquiera. Él ha desdeñado
esto y se ha reído de mí ¡qué se le va a hacer! Me ha agraviado y me ha
lasti-mado el corazón. No... no le quiero, porque sólo puedo querer lo que es
generoso, lo que es comprensivo, lo que es noble _porque yo soy así y él es
indigno de mí_ bueno, ¿qué se le va a hacer? Mejor es que haya obrado así ahora
y no que más tarde me hubiera ente-rado con desengaño de cómo es... Bien,
¡pelillos a la mar! Pero ¿quién sabe, mi buen amigo? _prosiguió, apretándome la
mano_. ¿Quién sabe si quizá todo el amor mío no fue más que un engaño de los
sentidos, de la fantasía? ¿Quién sabe si no empezó como una tra-vesura, como
una chiquillada, por hallarme bajo la vi-gilancia de la abuela? Quizá debiera
amar a otro, y no a él, no a un hombre como él, sino a otro que me tuvie-ra
lástima y... Pero dejemos esto, dejémoslo _interpuso Nastenka, a quien ahogaba
la agitación_, sólo quería decirle... quería decirle que sí, a pesar de que le
quiero a él (no, que le quería), si, a pesar de eso, dice usted todavía..., si
siente usted que su cariño es tan grande
que puede con
el tiempo reemplazar al anterior en mi corazón... si de veras se compadece
usted de mí, si no quiere dejarme sola en mi desgracia, sin consuelo, sin
esperanza, si promete amarme siempre como ahora me ama, en ese caso le juro que
la gratitud .... que mi cariño acabará siendo digno del suyo... ¿me cogerá
usted de la mano ahora?
_Nastenka
_grité ahogado por los sollozos_. ¡Nas-tenka, oh, Nastenka!
_¡Bueno,
basta, basta! ¡Bueno, basta ya de veras! _dijo, haciendo un esfuerzo para
calmarse_. Ahora ya está todo dicho, ¿verdad? ¿No es así? Usted es feliz y yo
soy feliz. No se hable más del asunto. Espere, no me apure... ¡Hable de otra
cosa, por amor de Dios!...
_¡Sí,
Nastenka, sí! Con eso basta, ahora soy feliz... Bueno, Nastenka, bueno,
hablemos de otra cosa. ¡A ver, a ver, de otra cosa! Sí, estoy dispuesto...
No sabíamos
de qué hablar, reíamos, llorábamos, de-cíamos mil palabras sin ton ni son.
Marchábamos por la acera y de repente volvíamos sobre nuestros pasos y
cruzábamos la calle. Luego nos parábamos y volvía-mos al muelle. Parecíamos
chiquillos...
_Ahora vivo
solo, Nastenka _decía yo_, pero ma-ñana... Ya sabe usted, Nastenka, que, por
supuesto, soy pobre. En total, no tengo más que 1.200 rublos, pero eso no
importa...
_Claro que
no. Además la abuela tiene una pensión y no será una carga. Tenemos que
llevarnos a la abuela.
_Desde luego
hay que llevarse a la abuela... Ahora bien, también está Matryona...
_¡Ah, sí, y
nosotras tenemos a Fyokla!
_Matryona es
buena, pero tiene un defecto. Carece de imaginación, Nastenka, carece por
completo de ima-ginación. Pero eso no tiene importancia.
_Ninguna.
Pueden vivir juntas. Entonces se muda usted a nuestra casa.
_¿Cómo? ¿A
casa de ustedes? Muy bien, estoy dis-puesto.
_Sí, como
inquilino. Ya le he dicho que tenemos un desván en lo alto de la casa y que
está vacío. Tenía-mos una inquilina, una vieja de familia noble, pero se nos
fue, y sé que la abuela busca ahora a un joven. Yo le pregunto: «¿Por qué un
joven?» Y ella dice: «Porque ya soy vieja; pero no vayas a creerte, Nastenka,
que te estoy buscando marido.» Yo sospechaba que era para eso...
_¡Ay,
Nastenka!
Y los dos
rompimos a reír.
_Bien, basta
ya. ¿Y usted dónde vive? Ya se me ha olvidado.
_Ahí, junto a
uno de los puentes, en casa de Ba-rannikov.
_¿Esa casa
tan grande?
_Sí, esa casa
tan grande.
_Ah, sí, ya
sé, es una casa hermosa. Bueno, pues ya sabe que mañana la deja y se viene con
nosotras cuanto antes...
_Pues mañana,
Nastenka, mañana. Estoy algo re-trasado con el pago del alquiler, pero no
importa... Voy a recibir mi paga pronto y...
_Y ¿sabe?,
quizá yo dé lecciones. Yo misma me ins-truiré y daré lecciones...
_¡Magnífico!
Y yo recibiré pronto una gratificación, Nastenka...
_De modo que
mañana será usted un inquilino...
_Sí, e iremos
a oír El Barbero de Sevilla, porque lo van a poner pronto otra vez.
_Sí que
iremos _dijo riendo Nastenka_. No. Me-jor será que vayamos a oir otra cosa en
lugar de El Barbero.
_Bueno, muy
bien, otra cosa. Claro que será mejor. No había pensado...
Hablando así,
íbamos y veníamos como aturdidos, como caminantes en la niebla, como si no
supiéramos qué nos pasaba. A veces nos parábamos y charlábamos largo rato en un
mismo lugar; a veces reanudábamos nuestras ¡das y venidas y llegábamos hasta
Dios sabe dónde, y allí vuelta a reír y vuelta a llorar... De pronto, Nastenka
decidió volver a casa. Yo no me atreví a rete-nerla y quise acompañarla hasta
la puerta misma. Nos pusimos en camino y al cabo de un cuarto de hora nos
hallamos de nuevo en nuestro banco del muelle. Allí sus-piró y alguna
lagrimilla volvió a bañarle los ojos. Yo quedé cohibido y perdí un tanto mi
ardor... Pero ella, allí mismo, me apretó la mano y me arrastró de nuevo a
caminar, a charlar, a contar cosas...
_Ya es hora
de que vaya a casa, ya es hora. Pienso que debe ser muy tarde _dijo por fin
Nastenka_, ¡basta ya de chiquilladas!
_Sí,
Nastenka, pero lo que es dormir, no dormiré ahora. Yo no me voy a casa.
_Yo parece
que tampoco voy a dormir. Pero acom-pañeme usted.
_Por
supuesto.
_Esta vez,
sin embargo, es preciso que lleguemos hasta mi casa.
_Claro. Por
supuesto.
_¿Palabra de
honor?... Porque alguna vez habrá que volver a casa.
_Palabra de
honor __contesté riendo.
_Bueno,
andando.
_Andando.
_Mire el
cielo, Nastenka, mírelo. Mañana va a hacer buen día. ¡Qué cielo tan azul! ¡Qué
luna! ¡Mire cómo la va a cubrir esa nube amarilla, mire, mire! No, ha pasado
junto a ella. ¡Mire, mire!
Pero Nastenka
no miraba la nube, sino que, clavada en el sitio, guardaba silencio. Un
instante después co-menzó a apretarse contra mí con una punta de timidez. Su
mano temblaba en la mía. La miré... Ella se apoyó contra mí con más fuerza aún.
En ese momento
paso junto a nosotros un joven. Se detuvo de repente, nos miró de hito en hito
y luego dio unos pasos más. Mi corazón tembló.
_Nastenka
_dije yo a media voz_. ¿Quién es, Nastenka?
_Es él
_respondió con un murmullo, apretándose aún más estremecida contra mí.
Yo apenas
podía tenerme de pie.
_¡Nastenka!
¡Nastenka! ¡Eres tú! _exclamó una voz tras nosotros y en ese momento el joven
dio unos pasos hacia donde estábamos.
¡Dios mío,
qué grito dio ella! ¡Cómo temblaba! ¡Cómo se libró forcejeando de mis brazos y
voló a su encuen-tro! Yo me quedé mirándolos con el corazón deshecho. Pero
apenas le dio ella la mano, apenas se hubo lanza-do a sus brazos, cuando de
pronto se volvió de nuevo hacia mí, corrió a mi lado como una ráfaga de viento,
como un relámpago, y antes de que yo me diera cuenta, me rodeó el cuello con
los brazos y me besó con fuer-za, ardientemente. Luego, sin decirme una
palabra, co-rrió otra vez a él, le cogió de la mano y le arrastró tras sí.
Yo me quedé
largo rato donde estaba, siguiéndoles con la mirada. Por fin se perdieron de
vista.
La mañana
Mis noches
terminaron con una mañana. El día esta-ba feo. Llovía, y la lluvia golpeaba
tristemente en mis cristajes. Mi cuarto estaba oscuro y el patio sombrío. La
cabeza me dolía y me daba vueltas. La fiebre se iba adueñando de mi cuerpo.
_Carta para
ti, señorito. El cartero la ha traído por correo interior __dijo Matryona
inclinada sobre mí.
_¿Una carta?
¿De quien? _grité saltando de la silla.
_No tengo
idea, señorito. Mira bien. Puede que esté escrito ahí.
Rompí el
sello. Era de ella.
«Perdone,
perdóneme _me decía Nastenka_, de rodillas se lo pido, perdóneme. Le he
engañado a usted y me he engañado a mí misma. Ha sido un sueño, una ilu-sión...
¡No puede imaginarse cómo le he echado de me-nos hoy! ¡Perdóneme, perdóneme!
»No me culpe,
porque en nada he cambiado con res-pecto a usted. Le dije que le amaría y ya le
amo, y aún le amo más de la cuenta. ¡Ay, Dios mío! ¡Si fuera posi-ble amarles a
ustedes dos a la vez! ¡Ay, si fuera us-ted él! »
«¡Ay, si él
fuera usted!» _me cruzó por la mente. ¿Recordé tus propias palabras, Nastenka?
«¡Dios sabe
lo que yo haría por usted ahora! Sé que está usted apesadumbrado y triste. Le
he agraviado, pero ya sabe usted que quien ama no recuerda largo tiempo el
agravio. Y usted me ama.
»Le
agradezco, sí, le agradezco a usted ese amor. Por-que ha quedado impreso en mi
memoria como un dulce sueño, un sueño de esos que uno recuerda largo rato
después de despertar; siempre me acordaré del mo-mento en que usted me abrió su
corazón tan fraternal-mente, en que tomó en prenda el mío, destrozado, para
protegerlo, abrigarlo, curarlo... Si me perdona, mi re-cuerdo de usted llegará
a ser un sentimiento de gratitud que nunca se borrará de mi alma... Guardaré
ese re-cuerdo, le seré fiel, no le haré traición, no traicionaré mi propio
corazón; es demasiado constante. Ayer se volvió al momento hacia aquél a quien
ha pertenecido siempre.
»Nos
encontraremos, usted vendrá a vernos, no nos abandonará, será siempre mi amigo,
mi hermano. Y cuando me vea me dará la mano... ¿verdad? Me la dará usted en
señal de que me ha perdonado, ¿verdad? ¿Me querrá usted como antes?
»Quiérame,
sí, no me abandone, porque yo le quiero tanto en este momento... porque soy
digna de su amor, porque lo mereceré... ¡mi muy querido amigo! La sema-na
entrante nos casamos. Ha vuelto enamorado, nunca me olvidó. No se enfade usted
porque hablo de él. Qui-siera ir con él a verle a usted; usted le cobrará
afecto, ¿verdad?
»Perdónenos,
y recuerde y quiera a su
Nastenka.»
Leí varias
veces la carta con lágrimas en los ojos. Por fin se me escapó de las manos y me
cubrí la cara.
_¡Mira, mira,
señorito! _exclamó Matryona.
_¿Qué pasa,
vieja?
_Que he
quitado todas las telarañas del techo. Aho-ra, cásate, invita a mucha gente,
antes de que el techo se ensucie otra vez...
Miré a
Matryona... Era todavía una vieja joven y vigorosa. Pero no sé por qué, de
repente se me figuró apagada de vista, arrugada de piel, encorvada, decré-pita.
No sé por qué me pareció de pronto que mi cuarto envejecía al par que Matryona.
Las paredes y los suelos perdían su lustre; todo se ajaba; las telarañas
agranda-ban su dominio. No sé por qué, cuando miré por la ven-tana, me pareció
que la casa de enfrente también se deslustraba y se ajaba, que el estuco de sus
columnas se desconchaba, se desprendía, que las cornisas se en-negrecían y
agrietaban, y que las paredes se cubrían de manchas de un amarillo oscuro y
chillón...
Quizá fuera
un rayo de sol que, tras surgir de detrás de una nube preñada de lluvia, volvió
a ocultarse de repente y lo oscureció todo a mis ojos. O quizá la pers-pectiva
entera de mi futuro se dibujó ante mí tan som-bría, tan melancólica, que me vi
como soy efectiva-mente ahora, quince años después, como un hombre en-vejecido,
que sigue viviendo en este mismo cuarto, tan solo como antes, con la misma
Matryona, que no se ha despabilado nada en todos estos años.
¿Pero suponer
que escribo esto para recordar mi agravio, Nastenka? ¿Para empañar tu felicidad
clara y serena? ¿Para provocar con mis amargas quejas la an-gustia en tu
corazón, para envenenarlo con secretos remordimientos y hacerlo latir con pena
en el momento de tu felicidad? ¿Para estrujar una sola de esas tiernas flores
con que adornaste tus negros rizos cuando te acercaste con él al altar ... ?
¡Ah, nunca, nunca! ¡Que brille tu cielo, que sea clara y serena tu sonrisa, que
Dios te bendiga por el minuto de bienaventuranza y fe-licidad que diste a otro
corazón solitario y agradecido!
¡Dios mío!
¡Sólo un momento de bienaventuranza! Pero, ¿acaso eso es poco para toda una
vida humana?
FIN