
EL
SUEÑO
MARY
W. SHELLEY
La
época en la que aconteció esta pequeña leyenda que se va ahora a narrar, fue el
comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuyo ascenso e ilícita
apropiación, mientras los demás traían la paz al reino cuyo cetro él había
empuñado, fueron inadecuados para cicatrizar las profundas heridas mutuamente
infligidas por los bandos enemigos. Existían entre los que ahora parecían tan
unidos, enemistades privadas y el recuerdo de daños mortales; y, a menudo, las
manos que se habían apretado en aparente saludo amistoso, cuando soltaban su
apretón, asían la empuñadura de su daga, haciendo más caso a sus pasiones que a
las palabras de cortesía que acababan de salir de sus labios. Muchos de los más
fieros católicos se retiraron a sus distantes provincias; y, mientras ocultaban
en soledad su enconado descontento, anhelaban no menos ansiosamente el día en
que pudieran mostrarlo abiertamente.
En
un enorme y fortificado château, construido en una empinada escarpa dominando
el Loira, no lejos de la ciudad de Nantes, moraba la última de su raza y
heredera de su fortuna, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. El año
anterior lo había pasado en completa soledad en su apartada mansión; y el luto
que llevaba por su padre y dos hermanos, víctimas de las guerras civiles, era
una gentil y buena razón para no aparecer en la corte, y mezclarse en sus
festejos. Pero la huérfana condesa había heredado un título de alcurnia y
extensas tierras; y pronto comprendió que el rey, su guardián, deseaba que ella
otorgara ambos, junto con su mano, a algún noble cuyo nacimiento y talentos
personales le dieran derecho a la dote. Constanza, como respuesta, expresó su
intención de profesar votos y retirarse a un convento. El rey se lo prohibió
seria y resueltamente, creyendo que semejante idea era el resultado de la
sensibilidad sobreexcitada por la pena, y confiando en la esperanza de que,
después de un tiempo, el genial espíritu de la juventud despejarla esta nube.
Había
pasado un año y la condesa todavía persistía; y, finalmente, Enrique,
partidario de no ejercer presión, y deseoso también de juzgar por sí mismo los
motivos que habían conducido a una joven tan hermosa, y agraciada con los
favores de la fortuna, a desear enterrarse en un claustro, anunció su intención
de visitar su château, ahora que había expirado el período de su luto; y si no
aportaba, dijo el monarca, suficientes atractivos para hacerla cambiar de plan,
daría su consentimiento para su realización.
Constanza
había pasado muchas horas tristes, muchos días de llanto, y muchas noches de
doloroso insomnio. Había cerrado sus puertas a todos los visitantes; y, como
Constanza
había abandonado el castillo para vagar por las tierras vecinas. Aun siendo
excelsos y vastos los aposentos de su mansión, se sentía acorralada entre sus
paredes, bajo los calados techos. Asociaba las extensas tierras altas y el
viejo bosque con los queridos recuerdos de su vida pasada, lo que la inducía a
pasar horas y aun días bajo sus frondosos abrigos. El movimiento y el cambio
perpetuo, como el viento agitando las ramas, o el viajero sol esparciendo sus
rayos sobre ellas, la calmaban y la disuadían a abandonar ese tedioso pesar que
embargaba a su corazón con tan implacable agonía bajo el techo de su castillo.
Existía
un lugar al borde del bien arbolado parque, un rincón de tierra, desde donde
podía percibir el campo que se extendía más allá, todavía muy poblado de altos
y umbrosos árboles; un lugar del que ella había abjurado, pero hacia donde,
inconscientemente, todavía tendían siempre sus pasos, y en donde de nuevo, por
veintava vez ese día, se encontró de improviso. Se sentó en un montículo
herboso y contempló melancólicamente las flores que ella misma había plantado
para adornar el frondoso escondrijo, templo de la memoria y del amor para ella.
Cogió la carta del rey, que era para ella motivo de tanto desespero. El
abatimiento se apoderó de sus facciones, y su noble corazón preguntaba al hado
por qué, siendo tan joven, desprotegida y desamparada, tenía que enfrentarse a
esta nueva forma de vileza.
«Únicamente
deseo —pensó— vivir en la mansión de mi padre, lugar familiar a mi infancia,
para rociar con mis frecuentes lágrimas las tumbas de los que amé; y aquí en
estos bosques, donde me posee un loco sueño de felicidad que me induce a
festejar eternamente las exequias de
Un
crujido entre las ramas llegó a sus oídos; su corazón latió velozmente; todo de
nuevo estaba en calma.
—¡Qué
tonta soy! —medio murmuró—. Víctima de mi vehemente fantasía: porque aquí fue
donde nos conocimos, aquí me senté a esperarle, y ruidos como éste anunciaban
su deseada proximidad; cada conejo que se agita, cada pájaro que despierta de
su silencio, hablan de él. ¡Oh, Gaspar, en una ocasión mío! ¡Nunca alegraréis
de nuevo con vuestra presencia este amado lugar, nunca más!
De
nuevo se agitaron las ramas, y se oyeron pasos entre los matorrales. Constanza
se levantó; su corazón latía a gran velocidad; debía ser la tonta de Manon, con
sus impertinentes súplicas para que regresara. Pero los pasos eran más firmes y
más silenciosos que los de su doncella; y entonces, emergiendo de las sombras,
pudo percibir directamente al intruso. Su primer impulso fue huir, y luego de
nuevo verle, oír su voz, estar juntos antes de que ella interpusiera votos
eternos entre arribos, y rellenar el inmenso abismo que la ausencia había
abierto; eso ofendería a los muertos y suavizaría la fatal pena que hacía
palidecer sus mejillas.
Y
ahora él estaba frente a ella, el mismo ser querido con él que ella ha
intercambiado promesas de felicidad. Parecía, como ella, triste. Constanza no
pudo resistir la implorante mirada que le suplicaba que se quedara.
—Vengo,
señora— dijo el joven caballero— sin ninguna esperanza de lograr doblegar
vuestra inflexible voluntad. Vengo de nuevo a veros, y a despedirme antes de
partir para Tierra Santa. Vengo a suplicaros que no os enterréis en vida en un
oscuro claustro para evitar a alguien tan odioso como yo, alguien a quien nunca
veréis más. Muera o no en el empeño, ¡Francia y yo partimos para siempre!
—Eso
sería tremendo, si fuera cierto —dijo Constanza—. Pero el rey Enrique nunca
perdería así a su cavallier favorito. El trono que le ayudasteis a edificar,
todavía debéis protegerlo de sus enemigos. No, si alguna vez influí en vuestros
pensamientos, no iréis a Palestina.
—Una
sola palabra vuestra, Constanza, podría detenerme... una sonrisa... —Y el joven
amante se arrodilló ante ella.
La
intención más cruel de la dama fue anulada por la imagen antes tan querida y
familiar, ahora tan extraña y prohibida.
—¡No
os demoréis más aquí! —gritó—. Ninguna sonrisa, ninguna palabra mía, serán de
nuevo para vos. ¿Por qué estáis aquí, donde vagan los espíritus de los muertos
reclamando esas sombras como propias? ¡Maldita sea la falsa doncella que
permita que el asesino disturbe el sagrado reposo de sus víctimas
—Cuando
nuestro amor era reciente y vos amable —replicó el caballero— me enseñabais a
penetrar las intrincaciones de estos bosques, y me dabais la bienvenida a este
querido lugar donde una vez os juré que seríais mía bajo estos mismos árboles
vetustos.
—¡Fue
un nefando pecado —dijo Constanza— abrir las puertas de la casa de mí padre al
hijo de su enemigo, y abrumador debe ser el castigo!
El
joven caballero recuperaba su valor al hablar; todavía no se atrevía a moverse,
no fuera que ella, que parecía en todo momento lista para huir, le sorprendiera
pese a su momentánea tranquilidad. Pero le replicó despacio.
—Aquellos
fueron días felices, Constanza, llenos de terror y de profunda alegría cuando
la tarde me traía a vuestros pies; y mientras el odio y la venganza se
apoderaban de aquel torvo castillo, este frondoso cenador iluminado por las
estrellas era el santuario del amor.
—¿Felices?
¡Días miserables! —repitió Constanza—, cuando pienso en el bien que podría
reportar que faltara a mi deber, y en que esta desobediencia sería recompensada
por Dios. ¡No me habléis de amor, Gaspar! ¡Un mar de sangre nos separa para
siempre! ¡No os acerquéis! Los difuntos y los seres queridos permanecen con
nosotros incluso ahora: sus pálidas sombras me advierten de mi falta, y me
amenazan por escuchar a su asesino.
—¡Yo
no soy eso! —exclamó el joven—. Mirad, Constanza, cada uno de nosotros somos
los últimos de nuestras respectivas estirpes. La muerte nos ha tratado
cruelmente y estamos solos. No era así cuando nos amamos por vez primera;
cuando mi padre, mis parientes, mi hermano, más aún, mi propia madre, lanzaban
maldiciones sobre la casa de Villeneuve, y yo la bendecía a pesar de todo. Os
veía, adorable Constanza, y bendecía vuestra casa. El Dios de paz implantó el
amor en nuestros corazones, y durante muchas noches de verano nos estuvimos
viendo en secreto y con misterio en los valles bañados por la luz de la luna; y
cuando llegaba el amanecer, en este dulce escondrijo eludíamos su escrutinio, y
aquí, incluso aquí, donde ahora os suplico de rodillas, nos arrodillábamos juntos
y nos hacíamos promesas. ¿Debemos romperlas?
Constanza
lloró al recordar su amante las imágenes de horas felices.
—¡Nunca!
—exclamó—. ¡Oh, nunca! Ya conocéis, o pronto las conoceréis, la fe y la
resolución de alguien que se atreve a no ser vuestra. ¡Lo nuestro era hablar de
amor y de felicidad, mientras la guerra, el odio y la sangre hacían furor en
torno! Las efímeras flores que nuestras jóvenes manos esparcían eran pisoteadas
en los mortíferos encuentros entre enemigos mortales. La mía a manos de vuestro
padre; y poco importa saber sí, como juró mi hermano, y vos negasteis, vuestra
mano fue o no la que asestó el golpe que le destruyó. Vos ibais con los que le
mataron. No digáis más, no más palabras: escucharos es una impiedad hacia los
muertos sin reposo eterno. Idos, Gaspar; olvidadme. A las órdenes del
caballeresco y valiente Enrique vuestra carrera puede ser gloriosa; y algunas
hermosas doncellas escucharán, como yo hice una vez, vuestras promesas, y serán
felices por ello. ¡Adiós! ¡Que
Constanza
se deslizó con premura del cenador: a paso rápido se abrió camino por el claro
del bosque y se dirigió al castillo. Una vez en la soledad de su propio
aposento, se entregó al brote de pesar que desgarraba su gentil corazón como si
fuera una tempestad; para ella era esta aflicción lo que borraba alegrías
pasadas, haciendo que el remordimiento aplazase el recuerdo de la felicidad, y
uniendo el amor y la culpa imaginada en una tan terrible asociación, como
cuando un tirano encadena un cuerpo vivo a un cadáver. Súbitamente, un
pensamiento afloró en su mente. Al principio lo rechazó por pueril y
supersticioso; pero no lo ahuyentó. A toda prisa llamó a su doncella.
—Manon
—dijo—, ¿has dormido alguna vez en el lecho de Santa Catalina?
—¡Que
el Cielo no lo permita! —contestó Manon, persignándose—. Nadie lo hizo desde
que yo nací, salvo dos personas: una se cayó al Loira y se ahogó; la otra,
únicamente contempló la estrecha cama, y volvió a su casa sin decir palabra. Es
un lugar atroz; y si el devoto no llevaba una vida piadosa y de provecho, ¡la
calamidad acontece cuando su cabeza reposa sobre la sagrada piedra!
Constanza
se persignó a su vez, añadiendo:
—En
cuanto a nuestras vidas, solamente del Señor y de los benditos santos podremos
esperar la virtud. ¡Dormiré en ese lecho mañana por la noche!
—¡Mi
querida señora! Y el rey llega mañana.
—Mayor
razón para tornar una resolución. No es posible albergar en el corazón un
sufrimiento tan intenso, sin que se encuentren remedios. Esperaba ser la que
llevase la paz a nuestras casas; y si la tarea ha de ser para mí una corona de
espinas, el Cielo me dirigirá. Mañana por la noche descansaré en el lecho de
Santa Catalina: y si, como he oído, los santos se dignan dirigir a sus devotos
en sueños, ella me guiará; y, creyendo actuar según los dictados del Cielo, me
resignaré a lo peor.
El
rey venía de París hacia Nantes, y durmió esa noche en un castillo, distante
solamente unas pocas millas, Antes del amanecer, un joven cavalier fue
introducido en su cámara. Tenía un aspecto serio, o, mejor aún, triste; y
aunque era hermoso de facciones y de figura, parecía fatigado y macilento
Permaneció silencioso en presencia de Enrique, quien, activo y alegre, volvió
sus animados ojos hacia su huésped, diciendo gentilmente:
—¿Así
que tropezaste con su obstinación, no Gaspar?
—La
encontré resuelta sobre nuestro mutuo sufrimiento. ¡Ay, mi señor! ¡No es,
creedme, el menor de mis pesares que Constanza sacrifique su propia felicidad,
destrozando la mía!
—Y
¿crees que rechazará al gallardo caballero que nosotros le presentemos?
—¡Oh,
mi señor! ¡No pienso en eso! No puede ser. Mi corazón os agradece
profundamente, muy profundamente, vuestra generosa condescendencia, Pero si no
la ha podido persuadir la voz de su amante a solas, ni sus súplicas, cuando el
recuerdo y la reclusión contribuyen al encanto, se resistirá incluso a las
órdenes de vuestra majestad. Está decidida a entrar en un convento; y yo, si os
place, me despediré ahora: de aquí en adelante seré un Cruzado.
—Gaspar
—dijo el monarca—, conozco a la mujer mejor que tú. No es con sumisión ni con
lacrimosos lamentos como se la puede conquistar. La muerte de sus parientes
naturalmente sentó muy mal al corazón de la joven condesa; y, alimentando a
solas su pesadumbre y su arrepentimiento, se imagina que el propio Cielo
prohíbe vuestra unión. Deja que le llegue la voz del mundo, la voz del poder y
la bondad terrenales, una ordenando y la otra suplicando, pero ambas
encontrando respuesta en su propio corazón; y, por mí palabra y
El
rey llegó al palacio del obispo, y se dirigió sin dilación a la misa de la
catedral. Siguió un suntuoso almuerzo, y era ya por la tarde cuando el monarca
atravesó la ciudad del Loira en dirección al lugar en donde estaba situado, un
poco más alto que Nantes, el Château Villeneuve. La joven condesa le recibió en
la puerta. Enrique buscó en vano sus mejillas pálidas por el sufrimiento, o el
aspecto de desesperación y abatimiento que esperaba encontrar. En su lugar, sus
mejillas estaban encendidas, sus modales eran animados, y su voz casi trémula.
«No le ama — pensó Enrique —o su corazón ya ha dado su consentimiento.»
Se
preparó una colación para el monarca; y, después de algunas pequeñas
vacilaciones a causa de la alegría de su semblante, le mencionó el nombre de
Gaspar. Constanza se sonrojó en lugar de palidecer, y replicó velozmente:
—Mañana,
mi buen señor. Os pido un respiro sólo hasta mañana; entonces todo estará
decidido. Mañana me consagraré a Dios o...
Parecía
confusa, y el rey, a la vez sorprendido y complacido, dijo:
—Entonces
no odias al joven De Vaudemont; le perdonaste la sangre enemiga que corre por
sus venas.
—Nos
han enseñado que debemos perdonar, que debemos amar a nuestros enemigos
—replicó la condesa, ligeramente temblorosa.
—Por
San Dionisio, que es una respuesta de la novicia favorablemente acogida—.dijo
el rey, riendo—. ¿Qué? ¡Mi fiel servidor, Don Apolo, disfrazado! Adelántate y
agradece a tu señora por su amor.
Disfrazado
de manera que nadie le reconociera, el caballero había estado observando a sus
espaldas, y contempló con infinita sorpresa el comportamiento y el semblante
tranquilo de la dama. No pudo oír sus palabras, pero ¿era la misma que había
visto temblando y sollozando la tarde anterior?, ¿la misma cuyo corazón estaba
destrozado por la conflictiva pasión?, ¿la misma que vio los pálidos fantasmas
de su padre y de su pariente interponerse entre ella y el amante a quien más
adoraba en este mundo? Era un enigma difícil de resolver. La visita del rey
llegó al unísono con su impaciencia, y se precipitó. Estaba a sus pies,
mientras ella, todavía abrumada por la pasión pese a la tranquilidad que asumía
profirió un grito al reconocerle, y se desplomó al suelo sin sentido.
Todo
era inimaginable. Incluso cuando sus doncellas la devolvieron a la vida, siguió
otro ataque y luego apasionados torrentes de lágrimas. El monarca, mientras,
esperaba en el vestíbulo, mirando —de reojo la medio consumida colación, y
tarareando algún romance en celebración de la tozudez de la mujer; no sabía
cómo responder a la mirada de amarga desilusión y ansiedad de Vaudemont.
Finalmente, el mayordomo de la condesa vino con una justificación.
—La
dama está enferma, muy enferma. Mañana se postrará a los pies del rey, a la vez
para solicitar su perdón y revelar su propósito.
—¡Mañana,
otra vez mañana! ¿Hay previsto algún encanto para mañana, doncella? —dijo el
rey—. ¿Puedes explicarnos el enigma, preciosa? ¿Qué extraño enredo ocurrirá
mañana, que todo depende de su advenimiento?
Manon
se sonrojó, miró hacia abajo, y vaciló. Pero Enrique no era un novicio en el
arte de atraerse con halagos a las doncellas de las damas para descubrir sus
propósitos. Manon estaba además asustada por el plan de la condesa, quien
todavía se obstinaba en llevarlo adelante; así que era muy fácil inducirla a
traicionarlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, descansar en un estrecho
saliente por encima de los profundos rápidos del Loira, y, si como era lo más
probable, el soñador sin suerte escapaba a todo eso, soportar las inquietantes
visiones que ese turbador sueño pudiera producir al dictado del Cielo, era una
locura de la que, incluso Enrique, apenas podía creer capaz a ninguna mujer.
Pero, ¿podía Constanza, cuya belleza era tan sumamente espiritual, y a la cual
él había oído constantemente elogiar su fortaleza de ánimo y sus talentos,
podía ser tan extrañamente apasionada? ¿Puede tener la pasión semejantes
caprichos? Como la muerte, nivelando incluso la aristocracia de las almas, y
trayendo al noble y al campesino, al listo y al tonto, bajo la misma
servidumbre. Era extraño. Sí, debía salirse con la suya. Que vacilase en su
decisión era excesivo; y era de esperar que Santa Catalina no tuviese una mala
actuación. Podría ser, de otra manera, que su intención, disuadida mediante un
sueño, estuviera influenciada por pensamientos despiertos. Alguna defensa habrá
que oponer al más material de los peligros.
No
hay sentimiento más atroz que el que invade a un débil corazón humano,
inclinado a satisfacer sus ingobernables impulsos en contradicción con los dictados
de la conciencia. Está dicho que los placeres prohibidos son los más
agradables; así debe ser para las naturalezas rudas, para aquellos que aman la
lucha, el combate y la contienda, que encuentran la felicidad en una riña y
gozan con los conflictos pasionales. Pero el gentil temple de Constanza era más
suave y más dulce; y el amor y el deber contendían, abrumando y torturando su
pobre corazón. Confiar su conducta a las inspiraciones de la religión, o de la
superstición, si así se la puede llamar, es un bendito alivio. Los mismos
peligros que amenazan su empresa le dan más sabor. Atreverse por su propio bien
fue una bendición; la misma dificultad del camino que conducía al cumplimiento
de sus deseos, complació su amor y, a la vez, distrajo sus pensamientos de la
desesperación. Si se decretara que ella debería sacrificarlo todo, el riesgo de
peligro, y aun de muerte, sería de insignificante importancia en comparación
con la congoja, de la que siempre tendría su ración.
La
noche amenaza tormenta; el violento viento sacudía los marcos de las ventanas,
y los árboles agitaban sus descomunales y umbríos brazos, cual gigantes en
fantástica danza y mortal pendencia. Constanza y Manon, sin comitiva,
abandonaron el château por la poterna y comenzaron a descender la colina. La
luna no había salido todavía; y aunque el camino le era familiar a ambas, Manon
se tambaleaba y temblaba, mientras que la condesa bajaba con paso firme la
empinada pendiente, arrastrando su capa de seda. Llegaron a orillas del río,
donde una pequeña barca estaba amarrada, y, esperaba un hombre. Constanza se
introdujo en ella, y ayudó a su temerosa compañera, En pocos segundos
estuvieron en mitad de la corriente. El cálido y tempestuoso viento equinoccial
las arrastraba. Por primera vez desde que se puso de luto, un escalofrío de
placer llenó el pecho de Constanza; y ella acogió la emoción con doble
regocijo. No puede ser, pensó, que el Cielo me prohíba amar a alguien tan
valiente, tan generoso y tan bueno como el noble Gaspar. Nunca podría amar a
otro; moriré si me separan de él; y este corazón, estos miembros tan
radiantemente vivos, ¿están ya predestinados a una tumba prematura? ¡Oh, no! La
vida clama dentro de ellos. Viviré para amar. ¿No aman todas las cosas? Los
vientos cuando susurran a las impetuosas aguas; las aguas cuando besan los
márgenes floridos y se apresuran a mezclarse con el mar. El cielo y la tierra
se sostienen y viven por y para el amor. Si su corazón había sido siempre un
profundo, efusivo y desbordante manantial de verdaderos afectos, ¿se vería
obligada Constanza a taponarlo y cerrarlo definitivamente?
Estos
pensamientos prometían sueños placenteros; y quizá por eso la condesa, adepta a
la creencia popular en el dios ciego, se entregó a ellos con más facilidad.
Pero mientras estaba absorbida por suaves emociones, Manon la agarró del brazo.
—¡Señora,
mirad! —gritó—. Viene, aunque todavía no se oyen los remos. ¡Ahora que
Un
oscuro bote se deslizó junto a ellas. Cuatro remeros, cubiertos con capas
negras, manejaban los remos, que, como dijo Manon, no hacían ruido; otro iba
sentado junto al timón: como el resto, iba cubierto con un manto oscuro, pero
no llevaba gorra; y aunque ocultó su rostro, Constanza reconoció a su amante.
—Gaspar
—gritó en voz alta—. ¿Vivís todavía?
Pero
la figura del bote ni volvía la cabeza ni contestó, y rápidamente se perdió en
las sombrías aguas.
¡Cómo
cambió ahora el ensueño de la bella condesa! El Cielo había iniciado ya su
prodigio, y formas sobrenaturales la rodeaban, mientras forzaba la vista por
entre las tinieblas. Primero vio, y luego perdió, a la barca que la había
asustado; y le pareció que iba en ella otra persona, portadora de los espíritus
de los muertos; y su padre le hacía señales desde la orilla, y sus hermanos la
desaprobaban.
Mientras
tanto se acercaron al embarcadero. Su barca fue amarrada en una pequeña
ensenada, y Constanza tomó pie en la orilla. Temblaba, y casi se rindió a los
ruegos de Manon por su regreso; hasta que la indiscreta suivanté mencionó los
nombres del rey y de Vaudemont, y habló de la respuesta que mañana se les
daría. ¿Qué respuesta si ella se volvía atrás en su intento?
Constanza
corrió a lo largo del quebrado terreno que bordeaba el río hasta llegar a una
colina que abruptamente surgía de. la corriente. Cerca había una pequeña
capilla. Con dedos temblorosos, la condesa extrajo la llave y abrió la puerta.
Entraron. Estaba a oscuras, salvo una pequeña lámpara, tremulante al viento,
que ofrecía una incierta luz frente a la imagen de Santa Catalina. Las dos
mujeres se arrodillaron y oraron; luego, se levantaron y la condesa, con acento
complaciente, dio las buenas noches a su doncella. Luego abrió una pequeña y
baja puerta de acero. Conducía a una angosta caverna. Más allá se oía el rugido
de las aguas.
—No
debes seguirme, mí pobre Manon —dijo Constanza—. Ni siquiera con el deseo: es
una aventura para mí sola.
Fue
extremadamente difícil dejar sola en la capilla a la temblorosa sirvienta, que
no tenía esperanza, ni miedo, ni amor, ni pena que la entretuviera. Pero en
aquellos días los escuderos y las criadas hacían, a menudo, de subalternos en
el ejército, ganando golpes en lugar de fama. A su lado, Manon estaba segura en
un recinto sagrado. Mientras tanto, la condesa seguía su camino a tientas en la
oscuridad por el estrecho y tortuoso pasadizo. Finalmente, lo que parecía una
luz oscureció por largo tiempo el juicio que se había manifestado en ella.
Alcanzó una caverna abierta en la pendiente de la colina mirando hacia la
impetuosa corriente de abajo Contempló la noche. Las aguas del Loira se daban
prisa (como desde ese día se han apresurado siempre), cambiantes pero siempre
lo mismo; los cielos estaban densamente velados por nubes, y el viento en los
árboles era tan lúgubre y de tan mal agüero como si soplara alrededor de la
tumba de un asesino. Constanza se estremeció un poco, y miró por encima de su
lecho, una estrecha repisa de tierra y una musgosa piedra al borde mismo del
precipicio. Se quitó el manto (era una de las condiciones del prodigio);
inclinó la cabeza, y se soltó las trenzas de su cabello oscuro; se descalzó; y
así, completamente preparada para sufrir a lo sumo la escalofriante influencia
de la fría noche, se extendió a lo largo sobre la estrecha cama, que apenas le
proporcionaba espacio para el descanso, y por tanto, si se movía en sueños,
podía precipitarse a las frías aguas de debajo.
Al
principio creyó que ya nunca más volvería a dormirse. No sería muy extraño que
la exposición al soplo del viento y su peligrosa posición le impidieran cerrar
los párpados. Por fin, cayó en una ensoñación tan delicada y sosegante, que
deseó velar; y luego, sus sentidos se aturdieron gradualmente. Estaba en el
lecho de Santa Catalina; el Loira se precipitaba debajo, y el salvaje viento
arrasaba. ¿Qué tipo de sueños le enviaría la santa? ¿La conduciría a la
desesperación, o le ofrecería su amparo para siempre?
Bajo
la escarpada colina, sobre la oscura corriente, vigilaba otra persona, que
temía a un millar de cosas y apenas se atrevía a tener esperanza. Su intención
había sido preceder a la dama en su trayecto, pero cuando descubrió que se
había demorado demasiado tiempo, con los remos silenciados y jadeante premura,
se precipitó hacia la barca que contenía a su Constanza; y ni siquiera volvió
la cabeza a su llamada, temeroso de incurrir en culpa ante ella, así como de
sus órdenes de regresar. La había visto surgir del corredor, y se estremeció
cuando ella se arrimó al precipicio. La vio seguir adelante, vestida de blanco
como iba, y pudo advertir cómo se tumbaba en la repisa que sobresalía arriba.
¡Qué vigilia guardaron los amantes! Ella, entregada a pensamientos visionarios;
y él, sabiendo —y el conocimiento conmovía su corazón con extraña emoción— que
el amor, el amor por él, la había conducido a ese peligroso lecho; y que,
mientras la rodeaban peligros del tipo que fueran, ella sólo vivía para la
vocecita callada que susurraría a su corazón el sueño que iba a decidir su
destino. Quizá ella durmiese, pero él veló y vigiló; y pasó la noche ora
rezando, ora arrebatado por la esperanza y el miedo alternativamente, sentado
en su, bote, con los ojos fijos en la vestidura blanca de la durmiente de
arriba.
La
mañana. ¿Está la mañana forcejeando con las nubes? ¿Vendrá la mañana a despertarla?
¿Se habrá dormido? Y ¿qué sueños de bienestar o de infortunio habrán poblado su
dormir? Gaspar se impacientaba cada vez más. Ordenó a sus remeros que
continuaran esperando, y él se arrojó al agua, intentando escalar el
precipicio. En vano le advirtieron del peligro, y más aún, de la imposibilidad
del empeño. Se pegó a la abrupta faz de la colina, y encontró puntos de apoyo
donde parecía que no había. La ascensión no era, verdaderamente, muy elevada;
los peligros de la cama de Santa Catalina provienen de la posibilidad que tiene
cualquiera que duerma en un lecho tan estrecho, de precipitarse a las aguas de
abajo. Gaspar continuó afanándose en la ascensión de la pendiente, y finalmente
alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cima. Ayudado por sus
ramas, consiguió posarse —en el mismo borde de la repisa, cerca de la almohada
sobre la que yacía la descubierta cabeza de su amada. Sus manos estaban
recogidas sobre el pecho; su cabello oscuro le caía alrededor de la garganta y
soportaba su mejilla; su rostro estaba sereno: dormía con toda su inocencia y
todo su desamparo; sus más frenéticas emociones estaban silenciadas, y su
corazón palpitaba regularmente. Podía verle latir por la elevación de sus
hermosas manos cruzadas sobre él. Ninguna estatua labrada en mármol de efigie
monumental fue nunca la mitad de hermosa; y dentro de esta incomparable forma
moraba un alma verdadera, tierna, sacrificada y afectuosa, como jamás templó
pecho humano.
¡Con
qué profunda pasión miraba fijamente Gaspar, concibiendo esperanzas de la
placidez de su angelical semblante! Una sonrisa ceñía sus labios; y él también
sonrió involuntariamente al percibir el, feliz presagio. Súbitamente, sus
mejillas se encendieron, su pecho palpitó, una lágrima se escabulló de sus oscuras
pestañas, y entonces cayó un verdadero aguacero.
—¡No!
—comenzó a gritar Constanza—. ¡No morirá! ¡Desataré sus cadenas! ¡Le salvaré!
La
mano de Gaspar estaba allí. Cogió su ligera figura a punto de caerse de su
peligroso lecho. Constanza abrió los ojos y contempló a su amante, que había
velado su fatal sueño, y la había salvado.
Manon
también durmió bien, soñando o no poco importa, y se sobrecogió por la mañana
al descubrir que había despertado rodeada por una multitud. La pequeña y
lúgubre capilla estaba adornada con tapices; el altar tenía cálices de oro; el
sacerdote cantaba misa a una considerable formación de caballeros arrodillados.
Manon vio que el rey Enrique estaba también; y buscó con la mirada a otro, que
no pudo encontrar, cuando la puerta de acero del corredor de la caverna se
abrió, y salió de él Gaspar de Vaudemont, delante de la hermosa Constanza, que,
con sus ropas blancas y su oscuro cabello desgreñado, y un rostro en el que
sonrisas y rubores contendían con emociones más profundas, se acercó al altar,
y, arrodillándose con su amante, profirió los votos que los unirán para
siempre.
Pasó
mucho tiempo hasta que Gaspar consiguiera de su dama el secreto de su sueño.
Pese a la felicidad de que ahora gozaba, Constanza había sufrido mucho al
recordar con terror aquellos días en que pensó que el amor era un crimen, y que
cada suceso conectado con ellos mostraba un aspecto atroz.
—Muchas
visiones —dijo— tuvo ella aquella terrible noche. Vio en el Paraíso a los
espíritus de su padre y de sus hermanos; contempló a Gaspar combatiendo
victoriosamente entre los infieles; lo volvió a contemplar en la corte del rey
Enrique, querido y favorecido; y a ella misma, ora lánguida en un claustro, ora
de novia, ora agradecida al Cielo por haberla colmado de felicidad, ora
llorando en sus días tristes, hasta que, súbitamente, pensó en tierra pagana; y
a la misma santa, Santa Catalina, guiándola invisible a través de la ciudad de
los infieles. Entró en un palacio y contempló a los herejes celebrando su victoria.
Luego, descendiendo a las mazmorras de abajo, tantearon su camino a través de
húmedas bóvedas, y corredores bajos y enmohecidos, hasta una celda más oscura y
espantosa que el resto. Sobre el suelo yacía una forma humana vestida con
sucios harapos, el pelo en desorden y una barba salvaje y enmarañada. Sus
mejillas estaban consumidas; sus ojos habían perdido el brillo; su figura era
un simple esqueleto; sus descarnados huesos pendían flojamente de unas cadenas
—Y
¿fue mi aspecto en aquella atractiva situación, y mi vestimenta victoriosa lo
que ablandó el duro corazón de Constanza? —preguntó Gaspar, sonríen—, do por
esta pintura de lo que nunca será.
—De
veras —replicó Constanza—. Pues mi, corazón me susurró que debía hacer eso.
¿Quién podría hacer volver la, vida que mengua en vuestro pulso, restaurarla,
sino la persona que la destruyó? Mi corazón nunca se apasionó tanto con el
caballero, cuando estaba vivo y feliz, como lo hizo con su consumida imagen
yaciendo, en sus visiones nocturnas, a mis pies. Un velo cayó de mis ojos la
oscuridad se desvaneció ante mí. Me pareció entonces que sabía por vez primera
lo que era la vida y la muerte. Me ordenaron creer que una vida feliz consistía
en no ofender a los muertos; y sentí cuán inicua y cuán vana era esa falsa
filosofía que colocaba a la virtud y al bien al lado del odio y la crueldad.
Vos no moriríais; rompería vuestras cadenas y os liberaría, y os ofrecería una
vida consagrada al amor. Me precipité, y la muerte que desaprobaba en vos,
presumiblemente habría sido mía (justo cuando por vez primera sentía el
verdadero valor de la vida), pero vuestro brazo estaba allí para salvarme, y
vuestra querida voz para rogarme que sea feliz por siempre jamás.
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