
Al
Faro
Virginia
Wolf
I
1
í,
mañana, por supuesto, si hace bueno -dijo Mrs. Ramsay-. Pero
tendréis
que levantaros con la alondra-agregó.
Estas
palabras proporcionaron a su hijo una alegría extraordinaria,
como
si la excursión fuera ya cosa hecha; como si toda la ilusión con la que había
aguardado
este momento, que parecía haber tardado años y años, estuviese, tras la
oscuridad
de
la noche, tras un día de navegación, al alcance de la mano. Pero, puesto que,
ya
a
los seis años, era miembro de ese gran grupo que no consigue mantener en orden
los
sentimientos,
sino que consiente que las esperanzas futuras, con sus penas y alegrías,
empañen
lo que sí que está al alcance de la mano, y puesto que, para quienes son así,
desde
la más temprana infancia, cualquier movimiento de la rueda de las emociones
tiene
el poder de hacer cristalizar y detener el momento sobre el que recae ya la
pena, ya
la
exaltación, James Ramsay, que, sentado en el suelo, recortaba estampas del
catálogo
ilustrado
del economato de la armada y el ejército, mientras su madre hablaba, adomó el
cromo
del refrigerador con una bienaventuranza celestial. Rodeaba el dibujo un halo
de
complacencia.
La carretilla, la cortadora de césped, el sonido de los álamos, las hojas
que
blanqueaban antes de la lluvia, el graznido de los grajos, los ruidos de las
escobas,
el
rumor de los vestidos: todo esto tenía en su mente color y forma tan propios
que les
había
dedicado un código personal, una lengua secreta; aunque él, por su parte, era
la
viva
imagen del rigor, de la más inflexible seriedad: frente despejada, apasionados
ojos
azules,
inmaculadamente inocentes y puros, ceño severo ante la fragilidad humana; todo
esto
hacía pensar a su madre (mientras observaba cómo las tijeras seguían con
cuidado
el
contorno del refrigerador), en los estrados, en visiones de togas rojas y
armiños'; o en
la
responsabilidad de algún asunto a la vez delicado y de gran importancia, algo
relacionado
con alguna grave crisis de los asuntos públicos.
-Pero
no hará bueno -dijo su padre, parado ante la ventana del salón.
Si
hubiera tenido a mano un hacha, un espetón, o cualquier otra arma con la que
hubiera
podido atravesarle el pecho, y haberlo matado en aquel mismo momento, James
habría
echado mano de ella. Tan desmesuradas eran las emociones que Mr. Ramsay
despertaba
entre sus hijos con su sola presencia; ahí estaba: flaco como hoja de cuchillo,
cortante,
con su sonrisa sarcástica; contento no sólo por el placer de aguar la fiesta a
su
hijo,
y de dejar en ridículo a su esposa, diez mil veces mejor que él en todos los
sentidos
(creía
James), sino por poder exhibir además cierta secreta vanidad por la precisión
de
sus
juicios. Decía la verdad. Siempre decía la verdad. No sabía mentir, nunca
desfiguraba
la naturaleza de un hecho cierto, jamás modificaría una palabra, por
desagradable
que
fuera, para acomodarla a la conveniencia o el gusto de nadie; y menos
aún
la modificaría para complacer a sus propios hijos, de su carne y sangre,
quienes
debían
saber desde la infancia que la vida es dificil, que con la realidad no se puede
jugar,
que para el viaje hacia esa tierra de fábula en la que se extinguen nuestras
más
ardientes
esperanzas, donde naufragan nuestras frágiles barquillas en medio de las
tinieblas
(aquí
Mr. Ramsay se erguía, los ojillos azules se convertían en rendijas dirigidas
-S
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hacia
el horizonte), lo que hace falta es, sobre todo, valor, sinceridad, fuerza para
conllevar
los padecimientos.
-Pero
puede que haga bueno, y confio en que haga bueno -dijo Mrs. Ramsay,
tirando
con un leve movimiento impaciente del hilo de lana castaño-rojiza del calcetín
que
estaba tejiendo. Si acabara esta tarde, y si, después de todo, fueran al Faro,
podría
regalarle
los calcetines al torrero, para el niño, que tenía síntomas de coxalgia;
también
les
llevaría un buen montón de revistas atrasadas, tabaco y, cómo no, cualquier
otra cosa
de
la que pudiera echar mano, y que no fuera verdaderamente indispensable; cosas
de
esas
que lo único que hacen es estorbar en casa; debían de estar, los pobres,
aburridos
hasta
la desesperación, todo el día allí, de brazos cruzados, sin nada que hacer,
excepto
cuidar
el Faro, atender la mecha, pasar el rastrillo por un jardín no más grande que
un
pañuelo:
necesitaban entretenerse. Porque, se preguntaba, ¿a quién puede gustarle estar
encerrado
durante todo un mes, o acaso más (cuando había tormentas), en un peñón del
tamaño
de un campo de tenis?, ¿no recibir cartas ni periódicos?, ¿no ver a nadie?; si
estuvieras
casado, ¿no ver a tu esposa?, ¿ni saber dónde están tus hijos?, ¿si están
enfermos,
o si se han caído y se han roto piernas o brazos?; ¿ver siempre las mismas
lúgubres
olas rompiendo una semana tras otra?; ¿y después la llegada de una horrible
tempestad,
y las ventanas llenas de espuma, y las aves que se estrellan contra el farol, y
el
movimiento incesante, sin poder asomar la nariz por temor a que te arrastre la
mar?
¿A
quién puede gustarle eso?, se preguntaba, dirigiéndose de forma especial a sus
hijas.
A
continuación, cambiando de actitud, añadía que era preciso llevarles todo lo
que
pudiera
hacerles la vida algo más grata.
-Sopla
de poniente -dijo Tansley, el ateo, abriendo los dedos de forma que el
viento
pasara entre ellos; compartía con Mr. Ramsay el paseo vespertino por el jardín,
de
un lado para otro, y vuelta a empezar. Lo que quería decir es que el viento
soplaba en
la
peor dirección posible para desembarcar en el Faro. Sí, hasta Mrs. Ramsay
estaba de
acuerdo,
vaya si le gustaba decir cosas desagradables; era detestable que les refregara
eso,
y que hiciera que James se sintiera aún más desdichado; sin embargo, no les
consentía
que se rieran de él. «El ateo -lo llamaban-, el ateazo.» Rose se burlaba de él;
Prue
se burlaba de él; Andrew, Jasper, Roger se burlaban de él; hasta el viejo y
desdentado
Badger había intentado morderlo, porque era el joven número ciento diez
(eso
había dicho Nancy) que los había perseguido hasta las Hébridas, donde lo que de
verdad
les gustaba era estar solos.
-Bobadas
-dijo Mrs. Ramsay, muy seria. Aparte de una muy general tendencia a
exagerar,
que habían heredado de ella, y aparte de la insinuación (era verdad) de que
invitaba
a demasiada gente a quedarse con ellos, y que tenía que hospedar a algunos en
el
pueblo, no podía soportar que nadie fuera descortés con los invitados,
especialmente
con
los jóvenes, porque solían ser pobres de solemnidad; «qué gran talento», decía
su
marido;
eran sus admiradores, e iban a pasar las vacaciones allí. A decir verdad, ella
extendía
su protección a todos los miembros del sexo opuesto; por razones que no sabría
explicar,
por su caballerosidad y valor, porque negociaban tratados, gobernaban la
India,
controlaban el mundo financiero, y, en fin, por una actitud hacia ella misma
que
no
habría mujer que dejara de considerar halagüeña, una actitud que representaba
algo
en
lo que confiar, algo infantil, reverencial; algo que una anciana podría aceptar
por
parte
de un joven sin merma de su dignidad, y ay de la muchacha -¡al cielo rogaba que
no
fuera ninguna de sus hijas!- que, en lo más íntimo de su ser, no supiera
apreciar esto
en
su verdadero valor, en todo lo que implicaba.
Se
volvió con severidad hacia Nancy. No los había perseguido, dijo, lo habían
invitado.
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Tenía
que haber alguna forma de escaparse de todo esto. Tendría que haber algo más
sencillo,
algo menos laborioso; suspiró. Cuando se miraba en el espejo, y se veía el pelo
gris,
las mejillas hundidas, los cincuenta años, pensaba en que quizá podía haber
hecho
las
cosas mejor: su marido, el dinero, los libros de él. Pero, por su parte, ni por
un
segundo
se arrepentía de las decisiones que había tomado, tampoco eludía las
dificultades,
ni se demoraba en el cumplimiento de su deber. El aspecto que tenía era
formidable;
y sólo en la intimidad de su conciencia, levantando la mirada de los platos,
después
de que ella hubiera hablado con tanta seriedad acerca de Charles Tansley, se
atrevían
sus hijas -Prue, Nancy, Rose- a entretenerse con ideas heréticas, de las que
eran
responsables
exclusivas, acerca de una vida enteramente diferente de la de ella; quizá en
París;
una vida más animada; no ocupándose siempre del hombre que fuera; porque en
todas
sus mentes habían brotado dudas inexpresadas acerca de la deferencia, la
caballerosidad,
el Banco de Inglaterra y el Imperio de
aunque
para todas ellas había en todo esto algún componente fundamental de la belleza,
algo
que despertaba la admiración por la virilidad en sus corazones infantiles, y
que,
sentadas
a la mesa bajo la mirada de su madre, les hacía honrar aquella extraña
severidad,
aquella
cortesía tan perfecta (como la de una reina que alzara del barro el sucio pie
de
un pobre para lavarlo), cuando las amonestaba con tanto rigor por lo del
desdichado
ateo
que los había perseguido -hablando con propiedad, a quien habían invitado-
hasta
la
isla de Skye.
-Mañana
no se podrá desembarcar donde el Faro -dijo Charles Tansley, dando
palmadas,
parado ante la ventana, junto a Mr. Ramsay. Vaya si había hablado más de la
cuenta.
Habría deseado que ambos los hubieran dejado en paz, a ella y a James, y que
hubieran
seguido hablando de sus cosas. Se le quedó mirando. Según los niños era un
espécimen
poco afortunado, un escaparate de irregularidades; no sabía jugar al críquet,
era
gruñón, arrastraba los pies. Un animal insolente, había dicho Ándrew. Sabían
muy
bien
qué era lo que de verdad le gustaba: pasear eternamente, de acá para allá, de
allá
para
acá, con Mr. Ramsay, y hablar de quién había ganado esto, y quién había ganado
aquello;
quién era un talento «de primera» para la composición poética en latín; quién
era
«brillante, pero, en el fondo, superficial»; quién era, sin ninguna duda, el
«individuo
con
más talento de Balliol»; quién había sepultado su genio, por poco tiempo, en
Bristol
o
Bedford, pero de quien no se iba a dejar de hablar en cuanto vieran la luz sus
Prolegoma
dedicados a alguna rama de las ciencias matemáticas o la filosofía, y de los
que
Mr. Tansley tenía ya las galeradas de las primeras páginas, por si Mr. Ramsay
quería
leerlas. De cosas como éstas es de lo que hablaban.
A
veces ni ella podía contener la risa. Algo había dicho ella acerca de «unas
olas
como
montañas». Sí, estaba algo borrascoso, había respondido Charles Tansley.
-¡No
se ha calado hasta los huesos? -había dicho ella.
-Algo
húmedo, no calado -había respondido Mr. Tansley, pellizcando la manga,
tocando
los calcetines.
Pero
no era eso lo que les preocupaba, decían los niños. No era la cara, ni los
modales.
Era él, eran sus opiniones. Cuando hablaban de algo interesante, gente,
música,
historia, cualquier cosa, incluso cuando decían que hacía una buena tarde, y
que
querían
salir a sentarse afuera, lo que les molestaba de Charles Tansley es que no se
sentía
satisfecho si no daba un rodeo para que fuera lo que fuera lo reflejara a él, y
les
hiciera
sentirse conscientes de su superioridad, hasta conseguir irritarlos con su
agria
forma
de exterminar tanto las flaquezas como la grandeza de la humanidad. Si iba a
una
exposición
de pintura, lo primero que hacía era preguntar por la opinión que les merecía
su
corbata. Bien sabe Dios, decía Rose, que no era precisamente una corbata que
pudiera
gustar a cualquiera.
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Desaparecían
de la mesa tan sigilosamente como ciervos, en cuanto terminaban
de
comer; los ocho hijos e hijas de Mr. y Mrs. Ramsay se dirigían a sus
dormitorios, sus
fortalezas
en una casa en la que no había ninguna otra intimidad para hablar de nada o
de
todo: de la corbata de Tansley, de la aprobación de
marinas
y de las mariposas, de la gente; allí caía el sol sobre las habitaciones de los
áticos,
separadas por una delgada pared que permitía oír las pisadas con toda claridad,
y
permitía
oír también los sollozos de la muchacha suiza cuyo padre agonizaba de cáncer
en
un valle de los Grisones; caía el sol e iluminaba los palos de críquet, los
pantalones
de
franela, los sombreros de paja, los tinteros, los frascos de pintura, los
escarabajos, los
cráneos
de pajarillos; y extraía el sol de las largas tiras de algas adornadas como con
puntillas,
pegadas a las paredes, cierto olor a sal y algas, que también se hallaba en las
toallas,
ásperas de la arena de la playa.
Porfías,
divisiones, diferencias de opiniones, prejuicios arraigados en lo más
íntimo
de cado uno; qué pena que se manifestaran tan pronto, se lamentaba Mrs.
Ramsay.
¡Sus hijos!, eran tan críticos. Decían tantas tonterías. Salió del comedor,
llevaba
a James de la mano, porque no quería ir con los demás. Eso de inventarse
diferencias,
le parecía una tontería muy, muy grande; ya era bastante diferente la gente
sin
necesidad de hacer más grandes las diferencias de lo que eran. Las diferencias
de
verdad,
pensaba, junto a la ventana del salón, ya son pero que muy profundas,
demasiado.
En aquel momento pensaba en las diferencias entre ricos y pobres,
superiores
e inferiores; los de alta cuna recibían de ella, medio a contrapelo, su
respeto,
porque
también corría por sus venas sangre de aquella noble, aunque algo legendaria,
casa
italiana, cuyas hijas, repartidas por los salones ingleses a lo largo del siglo
XIX,
habían
ceceado con tanto encanto, y se habían divertido tan alocadamente; y todo su
ingenio,
aspecto y temperamento procedían de ellas, y no de las indolentes inglesas, ni
de las
frías escocesas; pero el otro problema lo rumiaba con más detenimiento: ricos y
pobres;
lo que veía con sus propios ojos, todas las semanas, a diario, aquí o en
Londres,
cuando
visitaba a esa viuda, o iba en persona a ver a aquella esposa luchadora, con la
cesta
bajo el brazo, con el cuaderno y ese lapicero con el que anotaba en columnas
cuidadosamente
trazadas los ingresos y los gastos, el empleo y el paro, con la esperanza
de
dejar de ser una ciudadana particular cuya caridad fuese un ejercicio sentimental
para
justificarse
ante sí misma, o fuese un remedio que curase su curiosidad, y se convirtiese
en
aquello que su mente nada adiestrada más admiraba: en una investigadora, en
alguien
que
se ocupara de resolver en serio los problemas sociales.
Problemas
irresolubles, se le antojaban, allí, en pie, mientras llevaba a James de
la
mano. La había seguido hasta el salón, el joven ese del que se reían; estaba
junto a la
mesa,
enredando con algo, torpe, se sentía extraño; sabía todo eso sin necesidad de
mirar.
Se habían ido todos -los niños, Minta Doyle y Paul Rayley, Augustus
Carmichael,
Mr. Ramsay-, se habían ido todos. De forma que se volvió con un suspiro,
y
dijo: «No se aburrirá si le pido que me acompañe, ¿verdad, Mr. Tansley?»
Tenía
que hacer un recado en el pueblo; tenía que escribir una o dos cartas,
tardaría
unos diez minutos; tenía que ponerse el sombrero. Diez minutos más tarde, con
la
cesta y el sombrero, ahí estaba de nuevo, daba la impresión de estar preparada,
preparada
para una excursión, que, no obstante, debía aplazar un momento, al pasar por
el
campo de tenis, para preguntar a Mr. Carmichael, que tomaba el sol con los ojos
entomados,
amarillos ojos de gato, que al igual que los de los gatos parecían reflejar el
movimiento
de las ramas o el paso de las nubes, pero no mostraban señal alguna de
ninguna
clase de pensamiento o de emoción, ni si quería algo.
Porque
se trataba de una expedición de las de verdad, dijo ella, riéndose. Iban al
pueblo.
«¿Sellos, papel de cartas, tabaco?», dijo, detenida junto a él. Pero no, no
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necesitaba
nada. Tenía las manos cruzadas sobre la espaciosa panza, parpadeó, como si
hubiera
querido corresponder a su amabilidad (era seductora, aunque algo nerviosa),
pero
fuera incapaz, hundido como estaba en una somnolencia verdegrís en la que
incluía
a
todos, sin necesidad de palabras, en un vasto y benévolo letargo de buenas
intenciones,
y en el que cabía toda la casa, todo el mundo, porque había dejado caer en
el
vaso, a la hora del almuerzo, unas gotas de algo que, según los niños,
explicaba la
presencia
de las brillantes hebras de color amarillo canario de la barba y el bigote, los
cuales
eran, si no se contaban esas hebras, blancos como la leche. No necesitaba nada,
susurró.
Habría
sido un gran filósofo, decía Mrs. Ramsay, ya en la carretera, camino del
pueblo
pesquero, pero se había casado mal. Llevaba la negra sombrilla muy derecha, y
se
movía con el indescriptible aire de esperar algo, como si fuera a encontrarse
con
alguien
a la vuelta de la esquina; le contó la historia: hubo algo con una muchacha en
Oxford,
se casó demasiado pronto, eran pobres, tuvo que irse a
poesía,
«algo muy hermoso, según creo», quería enseñar a los niños persa o hindi, pero
¿para
qué?; después, ya lo había visto, tumbado ahí sobre la hierba.
Se
sentía halagado; acostumbrado a las humillaciones, le agradaba que Mrs.
Ramsay
le contara cosas como ésta. Charles Tansley revivió. Como había dado la
impresión,
además, de que consideraba favorablemente la grandeza de la inteligencia
del
personaje, incluso en su decadencia, y de que no le parecía mal la sumisión de
toda
esposa
-no es que ella echara la culpa a la muchacha, había sido un matrimonio feliz,
según
ella- al trabajo de su marido, todo ello le había hecho sentirse más
reconciliado
consigo
mismo que nunca anteriormente; y le habría gustado, si hubieran alquilado un
carruaje,
por ejemplo, haber pagado la carrera. Pero estaba esa bolsa tan pequeña, ¿le
permitiría
llevarla? No, de ninguna manera, había respondido, ¡siempre la llevaba ella!
También
ella estaba contenta. Sí, lo notaba. Sentía él muchas sensaciones, pero había
algo
que de forma particular lo agitaba y perturbaba, sin saber por qué: le gustaría
que
ella
lo viera, con birrete y muceta, en una procesión académica. Un puesto de
profesor,
una
cátedra... se sentía con fuerzas para cualquier cosa, se veía ya... pero ¿qué
miraba?
Un
hombre que pegaba un cartel. La inmensa hoja que batía el viento se alisaba
poco a
poco,
y cada golpe de la escobilla revelaba nuevas piernas, aros, caballos,
deslumbrantes
colores rojos y azules, todo perfecto; hasta que media pared estuvo
cubierta
con el anuncio del circo: un centenar de jinetes, veinte focas malabaristas,
leones,
tigres... Acercó la cabeza, era algo corta de vista; leyó que iban «a actuar en
el
pueblo».
Es muy peligroso, exclamó, que un manco suba a una escalera de éstas; dos
años
antes le había amputado el brazo izquierdo una segadora mecánica.
-¡Vayamos
todos! -dijo, avanzando, como si tanto jinete y tanto caballo la
hubieran
llenado de gozo infantil, y le hubieran hecho olvidar su piedad.
-Vayamos
-dijo él, repitiendo las palabras, con un raro tartamudeo que le hizo
mirar
sorprendida. «Vayamos al circo». No. No lo decía bien. No sabía expresarlo de
forma
adecuada. Pero ¿por qué no?, se preguntaba, ¿qué le ocurría? En este momento a
ella
le caía muy bien. En su infancia, preguntó, ¿no lo habían llevado al circo?
Nunca,
respondió
él, como si le hubieran hecho la pregunta a la que precisamente quena
responder,
como si durante todos estos días hubiera estado deseando decir que en su
infancia
no había ido nunca al circo. Su familia era muy grande: nueve, contando
hermanos
y hermanas; su padre era un trabajador. «Mi padre es farmacéutico, Mrs.
Ramsay.»
Tuvo que pagarse todo desde los trece años. En invierno, más de una vez
había
tenido que salir sin abrigo. En la universidad nunca pudo «corresponder a las
invitaciones»
(fueron éstas sus adustas y secas palabras). Todo lo suyo tenía que durar
el
doble que lo de los demás; fumaba el tabaco más barato, picadura, la que
fumaban los
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viejos
del puerto. Trabajaba mucho: siete horas al día; se dedicaba ahora a estudiar
la
influencia
de algo sobre alguien; echaron a andar de nuevo; Mrs. Ramsay no seguía
muy
bien lo que decía, sólo algunas palabras de vez en cuando... tesis... puesto de
profesor...
profesor agregado... catedrático. Ella no conocía la fea jerga académica, que
tenía
tan cadenciosas resonancias, pero se dijo que ahora sí que se daba cuenta de
por
qué
lo de ir al circo lo había abatido tanto, pobrecito, y por qué había salido al
momento
con
lo de su padre, su madre, hermanos y hermanas; ya se encargaría ella de que no
se
rieran
más de él, tenía que decírselo a Prue. Lo que de verdad le habría gustado a él,
se
imaginó,
quizá sería poder decir que había ido a ver a Ibsen con los Ramsay. Era un
pedantón,
un pelmazo insoportable. Estaban ya en la calle mayor del pueblo, los carros
traqueteaban
sobre el adoquinado, pero él seguía hablando sobre becas, la enseñanza,
los
obreros, lo de ayudar a los de nuestra propia clase, y sobre las clases en la
universidad,
hasta que ella calculó que ya había recobrado toda la confianza en sí
mismo,
y se le había olvidado lo del circo, y (volvía a gustarle) estaba a punto de
decirle...
Pero
las casas se alejaban en direcciones opuestas, salieron al muelle, y se
extendió
la bahía ante su mirada; Mrs. Ramsay, ante el enorme cuadro de agua azul, no
pudo
evitar exclamar: «¡Ah, qué hermoso!» El blanco Faro, lejano, austero, se
hallaba
en
medio; a la derecha, hasta donde alcanzaba la mirada, desvaídas e incesantes,
con
delicados
pliegues, se veían las dunas de verde arena, con sus flores silvestres
sobrevolándolas,
que parecían correr perpetuamente hacia algún deshabitado país lunar.
Ésta
era la vista que su marido amaba, dijo, deteniéndose, mientras sus ojos se
volvían
aún más grises.
Hizo
una breve pausa. Pero ahora, esto estaba lleno de artistas. A decir verdad, a
pocos
pasos había uno de ellos, con sombrero de paja, zapatos amarillos, grave,
tranquilo,
absorto; diez niños lo contemplaban; la cara redonda y roja expresaba un
íntimo
contento, miraba fijamente, y, después de mirar, mojaba el pincel, introducía
la
punta
en una blanda protuberancia verde o rosa. Desde que Mr. Paunceforte estuvo
allí,
hacía
tres años, todos los dibujos eran así, dijo ella, verde y gris, con barcas de
pesca de
color
limón, y con mujeres vestidas de rosa en la playa.
Pero
los amigos de su abuela, dijo ella, mirando con discreción al pasar, tenían
más
dificultades: para empezar, tenían que mezclar ellos mismos los colores, y los
molían,
después los colocaban bajo paños húmedos, para mantenerlos frescos.
Supuso
que quería que él se diera cuenta de que el dibujo de ese señor era
convencional,
¿se decía así?; ¿que los colores no eran consistentes?, ¿es así como había
que
decirlo? Bajo la influencia de aquella extraordinaria emoción que había ido
ganando
fuerza
durante el paseo, que había nacido cuando, todavía en el jardín, él le había
pedido
que
le dejara llevar la bolsa, que había madurado en el pueblo, cuando quiso
contarle
toda
su vida; bajo esa influencia estaba empezando a verse a sí mismo y a toda su
sabiduría
como si en el conjunto hubiera alguna leve imperfección. Era algo muy, muy
extraño.
Se
quedó ahí en el salón de la casucha a la que lo había llevado, esperándola,
mientras
ella subía un momento, a visitar a una señora. Oyó los rápidos pasos que daba
por
arriba, oyó la voz alegre; luego, más apagada; se quedó mirando las esteras, la
bandeja
del servicio del té, las pantallas de cristal; esperaba con impaciencia; estaba
ansioso
por volver a casa caminando con ella, estaba decidido a llevarle la bolsa;
después
le oyó salir, cerrar una puerta, decir que debían cerrar las puertas y dejar
las
ventanas
abiertas, preguntarles si necesitaban algo (debía de estar hablando con una
niña);
cuando, de repente, entró, se quedó inmóvil un instante (como si arriba hubiera
estado
fingiendo, y ahora se permitiera ser ella misma), estaba frente a un retrato de
la
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reina
Victoria, que llevaba la banda azul de
cuenta,
se dio cuenta: era la persona más hermosa que había visto jamás.
Estrellas
en los ojos, velos sobre el cabello, ciclamen y violetas silvestres: ¿en
qué
tonterías estaba pensando? Por lo menos tenía cincuenta años, tenía ocho hijos.
Caminaba
por campos llenos de flores, y recogía contra el pecho los capullos
derribados,
los corderos que no podían andar; estrellas en los ojos, el cabello al
viento...
Le
cogió la bolsa.
«Adiós,
Elsie», dijo; salieron a la calle; llevaba la sombrilla derecha, se movía
como
si esperara encontrarse con alguien a la vuelta de la esquina; por primera vez
en
toda
su vida, Charles Tansley se sintió extraordinariamente orgulloso; un hombre que
cavaba
en una zanja dejó de trabajar, se quedó mirándola; dejó caer los brazos, siguió
mirando.
Charles Tansley se sentía extraordinariamente orgulloso; notaba el viento, se
daba
cuenta de los ciclámenes y las violetas, porque caminaba junto a una mujer
hermosa
por primera vez en su vida. Le llevaba la bolsa.
2
-No
habrá viaje al Faro, James -dijo, en pie, junto a la ventana, pero intentando,
como
deferencia hacia Mrs. Ramsay, endulzar la voz, como si pretendiera hacer ver,
al
menos,
que lo decía en broma.
Hombrecillo
detestable, pensó Mrs. Ramsay, ¿es que no puede dejar de
recordárselo?
3
-Cuando
amanezca seguro que lucirá el sol y cantarán los pájaros -dijo,
compasiva,
alisando el cabello del niño, porque era consciente de que su marido, con el
enojoso
recordatorio de que no haría bueno, había matado la alegría del muchacho. Lo
de
ir al Faro era algo en lo que el niño había puesto mucha ilusión, y por si
fuera poca la
burla
de su marido, lo de que no haría bueno, ahora venía este hombrecillo detestable
a
refregárselo
de nuevo.
-Quizá
sí que haga bueno -dijo, alisándole el cabello.
Lo
único que podía hacer era admirar el refrigerador, y pasar las hojas del
catálogo
del economato para buscar algún rastrillo o alguna máquina de cortar el
césped,
con muchos dientes y mangos; algo que exigiese una gran atención para
recortarlo.
Todos estos jóvenes eran parodias de su mando, pensó: si él decía que iba a
llover,
ellos afirmaban a continuación que habría un huracán.
Pero
no, al pasar la hoja, algo interrumpió la búsqueda de la ilustración del
rastrillo
o de la máquina de cortar el césped. Aquel huraño rumor, interrumpido de
forma
irregular por los resoplidos de las pipas al llevarlas a la boca, y al quitarlas
de la
boca,
que no había dejado de asegurarle que los hombres pasaban el tiempo charlando
alegremente,
aunque la verdad es que no se distinguían las palabras (estaba sentada
junto
a la ventana); este rumor, que se había prolongado durante una media hora, y
que
había
ocupado su lugar plácidamente entre el surtido de ruidos -ruidos a los que no
podía
sustraerse: tales como el chocar de las pelotas en los palos de críquet, o los
ladridos
ocasionales, «¡árbitro!, ¡árbitro!», de los niños-, había cesado; de forma que
el
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monótono
romper de las olas en la playa, que en general sonaba como una marcha
militar
que meciera sus pensamientos, y que parecía repetir de forma consoladora una y
otra
vez, cuando estaba sentada con los niños, aquella vieja canción de cuna,
murmurada
en esta ocasión por la naturaleza: «Soy quien te guarda, soy quien te cuida»;
pero
otras veces, repentina e inesperadamente, en especial cuando su mente se
elevaba
por
encima de la tarea que tuviera entre manos, no tenía un sentido tan grato, sino
que
era
como un siniestro redoble de tambores que señalara sin piedad la caducidad de
la
vida,
e hiciera pensar en la destrucción de la isla, a la que tragaba el mar, y que
la
avisara
de esta forma, cuando el día se le había escurrido de las manos en medio de un
sinfin
de tareas, de que todo era efimero como un arco iris; este ruido, pues,
desfigurado
y
oculto bajo otros sonidos, de repente atronaba en el interior de su cabeza, y
le hacía
levantar
la mirada víctima de un acceso de terror.
La
conversación había cesado, eso lo explicaba todo. Pasando, en un segundo,
de
la tensión que la había agarrotado, al otro extremo, como para indemnizarla por
el
gasto
superfluo de emoción, se sintió tranquila, divertida, e incluso un algo
maliciosa,
pues
pensó que habían plantado al pobre Charles Tansley. Poco le importaba. Si su
marido
necesitaba sacrificios (los necesitaba), le ofrecía con regocijo a Charles
Tansley,
por
haber fastidiado a su niño.
Poco
después, con la cabeza erguida, se quedaba atendiendo, como si esperara
algún
ruido familiar, algún sonido mecánico y regular; después, al oír algo rítmico,
algo
entre
habla y canción, algo que procedía del jardín, mientras su marido seguía
paseando
de
un lado a otro de la terraza, algo intermedio entre el croar y la canción, se
persuadió
de
que todo estaba en orden, y al bajar la mirada al libro que reposaba en sus
rodillas
halló
algo que, si ponía mucho cuidado en ello, podría recortar James: una
ilustración de
una
navaja con seis hojas.
De
repente se oyó un grito, como de un sonámbulo, como de entresueño:
Stormed at with shot and shell
Lo
oyó como si lo hubieran gritado junto a su oído, y se volvió como si temiera
que
alguien estuviera oyéndolo. Sólo estaba Lily Briscoe, no pasaba nada. Pero ver
a la
muchacha
al otro lado del jardín, pintando, le hizo pensar en algo: recordó que tenía
que
mantener
la cabeza en la misma posición para el retrato de Lily. ¡El retrato de Lily!
Mrs.
Ramsay
se sonrió. Con esos ojillos rasgados, con tantas arrugas, no se casaría nunca;
no
había
que tomarse muy en serio lo de su pintura; pero era una muchachita
independiente,
y por ese motivo le gustaba a Mrs. Ramsay, así que, al recordar la promesa,
inclinó
la cabeza.
4
A
decir verdad, casi le derriba el caballete al acercarse gritando: «Pero
seguimos
cabalgando,
valientes», aunque, misericordiosamente, hizo un quiebro, y se alejó
galopando
para morir de forma gloriosa, pensó ella, en los altos de Balaclava. No
conocía
ejemplo alguno de alguien a la vez tan ridículo y preocupante. Pero mientras
sólo
hiciera eso, gesticular, gritar, estaba tranquila; seguro que no se detendría a
mirar el
cuadro.
Eso precisamente es lo único que Lily Briscoe no habría soportado. Incluso
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Al Faro Virginia Woolf
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cuando
consideraba el volumen, la línea, el color, a Mrs. Ramsay sentada en la ventana
con
James, mantenía una antena dirigida al entorno, no fuera a ser que se acercara
alguien,
y de repente hubiera alguien mirando el cuadro. Ahora, con los sentidos alerta,
por
decirlo de algún modo, mirando, esmerándose, hasta que conseguía que los
colores
de
la pared y de la más lejana clemátide ardieran en sus ojos, advirtió que
alguien había
salido
de la casa, y se acercaba a ella; pero supo, de alguna forma, por el modo de
pisar,
que
era William Bankes, de manera que, aunque el pincel acusó un temblor, dejó el
lienzo
como estaba, no lo inclinó contra el césped, como habría hecho si hubiera sido
Mr.
Tansley, Paul Rayley, Minta Doyle, o prácticamente cualquier otro. William
Bankes
se detuvo ante ella.
Se
alojaban en el pueblo, de forma que, yendo y viniendo, despidiéndose ante la
puerta,
hablando de sopas, de los niños, de esto y aquello, se habían convertido en
aliados;
así, cuando se detuvo junto a ella, con aquel aire de juez (tenía edad como
para
poder
ser su padre, dedicado a la botánica, viudo, olía a jabón, muy exacto y
limpio),
ella
sencillamente no hizo nada. Lo único que hacía era quedarse junto a ella.
Buenos
zapatos
calza, observó él. No son de los que aprietan los dedos de los pies. Como se
alojaban
en la misma casa, él había observado también que era una mujer muy
ordenada;
se levantaba antes de que los demás desayunaran, y salía, creía él que sola, a
pintar.
Era pobre, suponía; carecía de los rasgos o el encanto de Miss Doyle,
ciertamente,
pero estaba llena de sensatez, lo que a los ojos de él la hacía muy superior a
aquella
joven dama. Por ejemplo, ahora, cuando Mrs. Ramsay caía sobre ellos, gritando,
gesticulando,
Miss Briscoe, al menos eso creía él, era capaz de comprender.
Some one had blundered
Mr. Ramsey los miraba enfadado. Era una mirada colérica, pero no
los veía. Eso
los
hizo sentirse vagamente incómodos. Habían visto juntos algo que se supone que
no
deberían
haber visto. Habían invadido la intimidad de alguien. Y eso obligó a Mr.
Bankes
a decir casi a continuación que estaba cogiendo frío, y le propuso que fueran a
dar
un paseo, pero Lily pensó que se trataba de una excusa para irse, para alejarse
donde
no
se oyera a nadie. Sí, aceptó. Pero le costó separar la mirada del cuadro.
La
clemátide era de color violeta intenso, la pared era sorprendentemente blanca.
Creía
que era poco honrado no reflejar fielmente el violeta intenso y el blanco
sorprendente,
puesto que así los veía; aunque la moda era, desde la visita de Mr.
Paunceforte,
ver todo con matices pálidos, elegantes, semitransparentes. Y además del
color
estaba lo de la forma. Veía ella todo con tanta claridad, con tanta seguridad,
cuando
dirigía la mirada a la escena; pero todo cambiaba cuando cogía el pincel. Era
en
ese
momento fugaz que se interponía entre la visión y el lienzo cuando la asaltaban
los
demonios,
que, a menudo, la dejaban a punto de echarse a llorar, y convertían ese
trayecto
entre concepción y trabajo en algo tan horrible como un pasillo oscuro para un
niño.
Le sucedía con frecuencia: luchaba en inferioridad de condiciones para mantener
el
valor; tenía que decirse: «Lo veo así, lo veo así», para atesorar algún resto
de la
visión
en el corazón, una visión que un millar de fuerzas se esforzaba en arrancarle.
Así,
de
aquella forma desabrida y destemplada, cuando comenzaba a pintar, se apoderaban
de
ella estas fuerzas, y se le venían otras cosas a la mente: su propia
incompetencia, su
insignificancia,
lo de cuidar a su padre en su casa cerca de Brompton Road; y tenía que
hacer
un gran esfuerzo para dominarse y para no arrojarse a los pies de Mrs. Ramsay
(gracias
a Dios que hasta el momento había sabido resistirse a estos impulsos) y
decirle,
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¿qué
se le podría decir?: «¿Estoy enamorada de usted?» No, no era verdad. ¿«Estoy
enamorada
de todo esto», señalando con la mano el seto, la casa, los niños? Era
absurdo,
era imposible. No podía decirse lo que una quería decir. Dejó los pinceles con
mucho
cuidado en la caja, bien ordenados, y dijo a William Bankes:
-De
repente hace frío. Parece como si el sol calentara menos -dijo, mientras
examinaba
los alrededores (porque todavía lucía el sol): la hierba que era todavía de un
color
verde oscuro, mate; el follaje de la casa en el que lucían estrellas de las
flores de la
pasión
de color púrpura; los grajos que dejaban caer indiferentes graznidos desde el
alto
azul.
Pero algo se movía, algo destellaba, algo movía un ala de plata en el aire.
Después
de
todo, estaban en septiembre, a mediados de septiembre, y eran más de las seis
de la
tarde.
Echaron a caminar por el jardín en la dirección de costumbre, cruzaron el campo
de
tenis, dejaron atrás la hierba de la pampa, llegaron a la abertura en el espeso
seto,
flanqueada
por dos liliáceas como barras al rojo vivo que brillaran intensamente entre
las
que las aguas azules de la bahía parecían más azules que nunca.
Iban
al mismo lugar casi todas las tardes, como si los moviera alguna necesidad.
Era
como si el agua se llevara flotando los pensamientos que se hubieran estancado
en
la
tierra seca, y les pusiera velas, y otorgara a los cuerpos alguna suerte de
alivio físico.
En
primer lugar, el rítmico latido del color inundaba la bahía de azul, y el
corazón se
ensanchaba
con ello, y el cuerpo se echaba a nadar; sólo que al instante siguiente se
arrepentía,
se detenía y se volvía rígido ante el erizado color negro de las rugosas olas.
Luego,
tras el peñasco negro, casi todas las tardes se levantaba un chorro irregular,
y
sólo
había que quedarse esperando para sentir la alegría de su presencia: un
surtidor de
agua
blanca; y además, durante la espera, se quedaba uno mirando la llegada de las
olas
sobre
la pálida playa semicircular, una tras otra, que dejaban tras de sí una
delicada
película
de madreperla.
Se
sonreían, allí en pie. Compartían cierta hilaridad, provocada por el
movimiento
de las olas; después era el nítido curso de un velero lo que provocaba la
hilaridad:
describía su trayecto una curva en la bahía, se detenía, se estremecía, amaba
las
velas; después, como si obedecieran una intuición propia para completar el
cuadro,
tras
ese movimiento elegante, miraban a las lejanas dunas, y, en lugar de alegría,
descendía
sobre ellos cierta tristeza... porque las cosas estaban ya en parte completas,
y
en
parte porque los paisajes lejanos parecen sobrevivir a los observadores un
millón de
años
(pensaba Lily), y parecían estar ya en comunión con un cielo que contemplase la
tierra
en perfecto reposo.
Mientras
miraba hacia las lejanas dunas, William Bankes pensaba en Ramsay:
pensó
en una carretera en Westmorland, pensó en Ramsay dando zancadas solo, en
algún
camino, rodeado de esa soledad que parecía serle natural. Pero de repente hubo
una
interrupción, recordaba William Bankes (un hecho real), una gallina, que
extendía
las
alas para proteger a los polluelos, ante lo cual Ramsay se paró, señaló con el
bastón,
y
dijo: «Bonito..., bonito.» Una rara luz de su corazón, eso es lo que había
pensado
Bankes,
algo que demostraba su sencillez, su comprensión hacia lo humilde; pero le
parecía
como si su amistad hubiese terminado allí, en aquel camino. Después, Ramsay
se
había casado. Y todavía más tarde, con unas cosas y otras, la amistad se había
quedado
sin sustancia. De quién había sido la culpa, no sabría decirlo; sólo que, tras
cierto
tiempo, la repetición había ocupado el lugar de la novedad. Se reunían para
repetir.
Pero en este mudo coloquio que sostuvo con las dunas mantuvo que, por su
parte,
su afecto hacia Ramsay de ninguna manera había disminuido; pero allí, como el
cuerpo
de un joven que hubiera reposado en la turba durante un siglo, con los labios
de
color
rojo vivo, estaba su amistad, con su intensidad y su realidad preservadas más
allá
de
la bahía, entre las dunas.
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Al Faro Virginia Woolf
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Le
preocupaba esta amistad, y quizá estaba preocupado también porque quería
descargar
su conciencia de esa imputación que se le había hecho de que era un ser
apagado
y consumido -porque Ramsay vivía entre un perpetuo bullicio de chiquillos,
mientras
que Bankes no sólo no tenía hijos, sino que además era viudo-, y quería que
Lily
Briscoe no desdeñase a Ramsay (a su manera, un gran hombre), y que
comprendiese
cómo estaban las cosas entre ellos dos. Su amistad había comenzado
hacía
muchos años, pero se había esfumado en un camino de Westmorland, cuando la
gallina
extendió las alas sobre los polluelos; después Ramsay se había casado, y sus
caminos
se habían apartado; había habido, ciertamente, sin culpa de ninguno de los dos,
una
tendencia a la repetición en sus encuentros.
Sí.
Así había sido. Terminó. Volvió la espalda al paisaje. Al volverse, para
regresar
por el mismo camino, cuesta arriba, Mr. Bankes advirtió cosas que no le
habrían
llamado la atención si las dunas no le hubieran mostrado el cuerpo de su
amistad,
con los labios rojos, preservado entre la turba..., por ejemplo: Cam, la más
joven,
hija de Ramsay. Cogía flores de mastuerzo marítimo junto a la orilla. Era libre
y
valiente.
Y no quería darle «una flor al señor», aunque se lo había pedido la niñera.
¡No,
no
y no!, ¡no quería! Cerraba el puño. Daba patadas en el suelo. Mr. Bankes se
sintió
viejo
y triste, acaso eso le había hecho sentirse equivocado respecto a su amistad.
Seguro
que era un individuo apagado y consumido.
Los
Ramsay no eran ricos, y no era poca maravilla que pudieran arreglárselas.
¡Ocho
hijos! ¡Alimentar a ocho hijos con los recursos de la filosofía! Aquí había
otro,
éste
era Jasper, pasaba por allí, iba a disparar a los pájaros, dijo, indiferente;
le dio la
mano
a Lily, se la estrechó como si fuera una manivela; esto movió a Mr. Bankes a
decir,
con amargura, que era ella la preferida. Y había que considerar lo de la
educación
(cierto:
Mrs. Ramsay quizá tuviera algo que decir), por no hablar de cuántos zapatos y
calcetines
exigían estos «muchachotes»; todos eran de buena estatura, desgarbados,
despreocupados.
En cuanto a lo de saber quién era cada uno, y quién era mayor o más
joven
que los demás, eso sí que no sabría decirlo. En privado los llamaba como a los
reyes
y reinas de Inglaterra: Cam,
Justiciero;
Prue,
tenía
talento. Mientras caminaba por el camino, y Lily Briscoe decía sí y no, y se
mostraba
de acuerdo con los comentarios (porque ella estaba enamorada de todos,
estaba
enamorada de este mundo), y él juzgaba el asunto de Ramsay, se apiadaba de él,
lo
envidiaba, como si lo hubiera visto desprenderse de todas aquellas glorias de
aislamiento
y austeridad que lo habían coronado en la juventud, y se hubiera cargado
irrevocablemente
de nerviosos cuidados y de cloqueantes costumbres hogareñas. Algo
le
daban, William Bankes lo reconocía; habría sido agradable que Cam le hubiera
puesto
una flor en el abrigo, o que se le hubiera acercado a mirar por encima del
hombro
una
estampa de la erupción del Vesuvio, como hacía con su padre; pero también, los
amigos
de toda la vida no podían evitar pensarlo, lo habían destruido un poco. ¿Qué es
lo
que pensaría ahora un desconocido? ¿Qué pensaba esta Lily Briscoe? ¿Quién no se
daba
cuenta de que empezaba a tener manías, excentricidades, rarezas?, ¿quizá,
incluso,
flaquezas?
Era sorprendente que un hombre de su inteligencia se rebajase de esa forma -
quizá
ésta era una forma muy grosera de decirlo-, que dependiera tanto de las
alabanzas
de
los demás. -¡Ah -dijo Lily-, pero piense en su obra!
Siempre
que ella pensaba en su «obra» la veía ante sí, con toda claridad,
representada
por una enorme mesa de cocina.
Andrew
tenía la culpa. Una vez le había preguntado ella que de qué trataban los
libros
de su padre. «El sujeto, el objeto y la naturaleza de la realidad», había
respondido
Andrew.
Y ella exclamó ¡Caramba!, pero no tenía m la menor noción de lo que eso
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Al Faro Virginia Woolf
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quería
decir. «Piense en una mesa de cocina -le había dicho-, cuando usted no está
presente.»
De
forma que, cuando pensaba en la obra de Mr. Ramsay, lo que veía era una
mesa
de cocina muy refregada. La veía ahora sobre una horquilla del peral, porque
acababan
de llegar donde los árboles frutales. Con un intenso dolor de concentración,
pensó
no en la rugosa corteza argentina del árbol, ni en las hojas en forma de pez,
sino
en
una mesa de cocina fantasmal, un tablero de esos relucientemente limpios y
refregados,
ásperos y con nudos, cuya virtud parecían haber hecho pública los muchos
años
de vigor invertidos en su limpieza, que estaba allí en medio, con las cuatro
patas al
aire.
Era natural que si alguien se pasaba toda la vida viendo las cosas en su esencia
más
geométrica,
esto de reducir los adorables crepúsculos, las nubes con forma de flamencos
y
el azul y la plata, a una mesa de blanco pino con sus cuatro patas (esto es lo
que
convertía
en algo aparte a las más refinadas mentes), era lo más natural que no se le
pudiera
juzgar como a los demás.
A
Mr. Bankes le gustaba la orden que le había dado: «Piense en su obra.» Vaya
si
había pensado en ella. Eran incontables las veces que se había dicho: «Ramsay
es de
los
que escriben lo más importante antes de los cuarenta.» Su aportación más
importante
a la filosofía consistía en un librito que había escrito a los veinticinco
años;
lo
que había hecho después había sido más o menos amplificación, repetición. Pero
el
número
de hombres que escriben algo relevante sobre cualquier materia es muy
reducido,
dijo él, deteniéndose junto al peral, bien peinado, minuciosamente exacto,
exquisitamente
ponderado. De repente, como si el movimiento de su mano lo hubiera
liberado,
la carga de impresiones que en ella se habían acumulado acerca de él se
deslizó,
y se derramó en un verdadero alud en el que afloró todo lo que ella pensaba.
Ésa
era una sensación. A continuación se elevó entre vapores la esencia del ser de
él.
Otra
sensación. Se quedó inmóvil a causa de la intensidad de la emoción; era su
severidad,
su
bondad. Respeto cada uno de sus átomos (dialogaba con él en silencio): usted
no
es vano, usted es completamente impersonal, usted es más refinado que Mr.
Ramsay,
usted
es el ser humano más refinado que conozco; usted no tiene esposa ni hijos
(aunque
sin interés sexual, deseaba ella llevar alegría a esa soledad); usted vive para
la
ciencia
(involuntariamente, aparecieron ante los ojos de ella montones de trozos de
patatas);
el elogio sería un insulto para usted; ¡hombre generoso, de corazón puro,
heroico!
Pero al momento recordó que se había traído un ayuda de cámara hasta este
remoto
lugar; no le gustaba que los perros se subieran a los sillones; durante horas,
sabía
dar la lata (hasta que Mr. Ramsay daba un portazo) con discursos sobre la sal
que
debían
llevar las verduras, o sobre lo malas que eran las cocineras inglesas.
¿Qué
pensar?, ¿cómo juzgar a las personas?, ¿qué pensar de ellas?, ¿cómo se
sumaba
esto y aquello para llegar al resultado de si una persona te gustaba o no? Y en
cuanto
a esas palabras, después de todo, ¿qué sentido podía atribuírseles? En pie,
inmóvil,
junto al peral, se derramaban sobre ella las impresiones de esos dos hombres; y
seguir
sus propios pensamientos era como seguir una voz que hablara tan aprisa que el
lapicero
no pudiera seguir la palabra; pero la voz era la de ella, y decía, sin que
nadie se
lo
apuntara, cosas evidentes, contradictorias y eternas; de forma que las grietas
y rugosidades
del
árbol quedaban irrevocablemente definidas para toda la eternidad. Usted
posee
grandeza, pero Mr. Ramsay no. Él es ruin, egoísta, vano, egotista; lo han
mimado;
es
un tirano; va a matar a Mrs. Ramsay; pero posee (se dirigía ahora a Mr. Bankes)
lo
que
usted no tiene: una impertinente falta de tacto social, no se entretiene con
bagatelas,
ama
a los perros y a sus hijos. Tiene ocho. Usted no tiene ninguno. ¿Pues no bajó
el otro
día
con dos chaquetas para que Mrs. Ramsay le cortara el pelo con forma de tazón?
Todo
esto bailaba de un lado a otro, como una nube de mosquitos, todos separados,
pero
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todos
admirablemente controlados por una invisible red elástica: bailaban de un lado
a
otro
en la mente de Lily, en tomo a las ramas del peral, donde todavía colgaba la
representación
de la refregada mesa de pino, el símbolo de su intenso respeto por la
mente
de Mr. Ramsay; esto duró hasta el punto en que el pensamiento, que se revolvía
cada
vez más y más aprisa, estalló a causa de su propia intensidad; se oyó un
disparo, y
apareció,
huyendo de los perdigones, una tumultuosa banda de asustados y efusivos
estorninos.
«¡Jasper!»,
exclamó Mr. Bankes. Se volvieron hacia donde volaban los
estorninos,
sobre la terraza. Siguiendo a los rápidos estominos, que se dispersaban en el
cielo,
se introdujeron por la abertura del seto, y se dieron de bruces con Mr. Ramsay,
quien
con trágica resonancia exclamó: «¡Alguien había cometido un error!»
Aquellos
ojos, velados por la emoción, con desafiante intensidad trágica,
buscaron
los suyos durante un segundo, y temblaron al borde del reconocimiento, pero
entonces
comenzó a llevarse la mano hacia la cara como para desviar, para rechazar, en
la
agonía de una mezquina vergüenza, la mirada de ellos, como si les suplicara que
evitaran
por un momento lo que él sabía que era inevitable, como si quisiera forzarlos a
aceptar
ese resentimiento infantil que le causaban las interrupciones, que incluso en
el
momento
del descubrimiento no iba a ceder, sino que iba agarrarse a algo que era propio
de
esta deliciosa emoción, esta impura rapsodia que le avergonzaba, y entonces dio
media
vuelta ante ellos, como si diera un portazo para refugiarse en su intimidad; y
Lily
Briscoe
y Mr. Bankes miraron algo inquietos hacia el cielo, y advirtieron que la
bandada
de
pájaros que Jasper había alborotado con la carabina ya se había posado en las
copas
de
los olmos.
5
-E
incluso si mañana no hiciera bueno -dijo Mrs. Ramsay, levantando la mirada
cuando
pasaban ante ella William Bankes y Lily Briscoe-, habrá más días. Y ahora -
dijo,
mientras pensaba en que lo que tenía bonito Lily eran los ojos orientales,
rasgados,
en
aquella carita arrugada y pálida, pero que sólo un hombre inteligente se
fijaría en
ellos-
estáte quieto, que voy a medir el calcetín. -Porque, después de todo, quizá
podrían
ir
al Faro, y tenía que ver si el calcetín necesitaba una pulgada o dos más de
largo.
Sonriendo,
porque en ese mismo momento acababa de ocurrírsele una idea
extraordinaria
-que William y Lily podrían casarse-, cogió el calcetín de lana color de
brezo,
con sus agujas cruzadas en la parte superior, y lo midió sobre la pierna de
james.
-Cariño,
estáte quieto -dijo, porque no quería hacer de maniquí para el niño del
torrero,
tenía celos, James no dejaba de moverse intencionadamente; y si no se estaba
quieto,
¿cómo iba a medir?, ¿era corto?, ¿largo?, se preguntaba.
Levantó
la mirada, ¿qué demonio se había apoderado de él, del benjamín, de su
adorado?;
se fijó en la habitación: las sillas, pensó que estaban francamente
deterioradas.
Las tripas, como había dicho Andrew unos días antes, estaban esparcidas
por
el suelo; pero ¿para qué, se preguntaba, comprar sillas buenas y dejarlas allí
durante
todo
el invierno, al cargo de una anciana, cuando la casa entera rezumaba humedad?
No
importa,
el alquiler era exactamente de dos peniques y medio; a los niños les encantaba;
a
su marido le venía muy bien estar a tres mil millas de distancia (trescientas
millas,
para
ser precisa) de su biblioteca, de las clases y de los alumnos; y había sitio
para los
visitantes.
Esteras, camas portátiles, inestables sillas fantasmales y mesas que ya habían
cumplido
una larga vida de servicio en Londres; todo esto podía volver a ser útil aquí;
y
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Al Faro Virginia Woolf
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una
o dos fotografias, y los libros. Los libros, pensó, crecen solos. Nunca tenía
tiempo
para
leer. ¡Ay!, incluso los libros que le habían regalado, y con dedicatoria
autógrafa del
poeta:
«A aquella cuyos deseos son órdenes...» «A la feliz Helena de nuestros
tiempos...»
Era triste reconocer que no los había leído. Estaba el de Croom, su estudio
sobre
(«Estáte
quieto, cariño», dijo); no, no podía enviarlos al Faro. Llegará el momento,
pensó,
en que la casa se deterioraría tanto que habrá que hacer algo. Si por lo menos
se
limpiaran
los pies, y no se trajeran con ellos toda la playa a casa, eso al menos ya
sería
algo.
Los cangrejos estaba dispuesta a aceptarlos, si Andrew de verdad deseaba
diseccionarlos;
o si Jasper se empeñaba en hacer sopa con algas, eso ella no podía
impedirlo;
o los objetos de Rose: conchas, juncos, piedras; tenían talento, sus hijos,
pero
eran
talentos diversos. El resultado era, suspiró, mientras incluía en el resultado
toda la
habitación,
desde el techo hasta el suelo, sosteniendo el calcetín contra la pierna de
James,
que las cosas se deterioraban cada vez un poco más, un verano tras otro. La
estera
se descoloraba, el papel de las paredes se desprendía. Ya no se distinguía si
el
dibujo
eran unas rosas. Más aún, si las puertas se quedaban siempre abiertas, y si no
había
ni un cerrajero en toda Escocia que supiera reparar una cerradura, entonces
estaba
claro
que las cosas tenían que estropearse. ¿De qué servía poner un hermoso chal de
lana
de Cachemira por el borde de un marco? En dos semanas habría adquirido un color
de
sopa de guisantes. Pero lo que le fastidiaba eran las puertas, nadie cerraba
una sola
puerta.
Prestó atención. La puerta del salón estaba abierta, se oía como si las puertas
de
las
habitaciones estuvieran abiertas, y seguro que la ventana del rellano estaba
abierta,
porque
ella misma la había abierto. Las ventanas tenían que estar abiertas; y las
puertas,
cerradas;
era así de sencillo, ¿por qué no lo recordaría nadie? Por la noche entraba en
las
habitaciones
de las criadas, y las encontraba cerradas a cal y canto como si fueran
hornos,
excepto la de Marie, la muchacha suiza, que antes prescindía del lavado que del
aire
fresco: en su patria, había dicho: «son tan hermosas las montañas». La noche
anterior
había dicho eso mientras miraba por la ventana con los ojos llenos de lágrimas.
«Son
tan hermosas las montañas.» Su padre agonizaba allí. Mrs. Ramsay lo sabía. Las
dejaba
huérfanas. Refunfuñando y enseñando a hacer las cosas (cómo hacer las camas,
cómo
abrir las ventanas, con manos que se abrían y cerraban con gestos de francesa),
todo
se había plegado en tomo a ella, cuando hablaba: como cuando tras un vuelo bajo
el
sol, las alas del pájaro se pliegan, y el azul de las plumas pasa del brillo
del acero al
púrpura
claro. Se quedó callada, porque no había nada que decir. Tenía cáncer de
garganta.
Al recordarlo, cómo se había quedado allí, cómo la muchacha había dicho:
«En
mi patria, son tan hermosas las montañas», y que no había esperanza, ninguna,
tuvo
un
gesto de irritación, y le dijo a James, con severidad:
-Quieto,
deja de moverte -de forma que el niño se dio cuenta al momento de que
estaba
enfadada de verdad, y estiró la pierna, y pudo medir el calcetín.
Al
calcetín le faltaba, por lo menos, media pulgada, teniendo en cuenta que el
niño
de Sorley no estaría tan desarrollado como james.
-Muy
corto -dijo-, demasiado.
Nunca
hubo otra cara con semejante expresión de tristeza. En la oscuridad,
amarga
y negra, a medio camino, en el rayo que cruzaba de la luz a la más profunda
oscuridad,
acaso brotó una lágrima, una lágrima cayó; las aguas, inestables, la
recibieron,
luego
se calmaron. Nunca hubo una cara con semejante expresión de tristeza.
Pero
¿sólo era asunto del aspecto?, se preguntaba la gente. ¿Qué había detrás de
ello,
de su belleza, de su esplendor? ¿Se había volado la cabeza, había muerto una
semana
antes de casarse, aquel otro, aquel otro amante anterior, del que aún llegaban
rumores?
¿O no era nada?, ¿nada excepto una belleza incomparable que había dejado
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atrás
en una vida que ya no podía alterar? Porque aunque para ella habría sido muy
fácil,
cuando se hablaba ante ella en momentos de mucha intimidad de grandes amores,
de
amor no correspondido, de ambiciones frustradas, habría sido fácil decir que lo
había
conocido,
que lo había sentido, pero invariablemente se callaba. Lo sabía, sabía todo sin
haber
estudiado. Su sencillez acertaba donde los inteligentes se confundían. La
singularidad
de su mente, que le hacía caer directa, a plomo, como una piedra, que le
hacía
aterrizar con la precisión de un ave, le otorgaba de forma natural esta caída,
este
descenso
en picado del espíritu sobre la certeza; un descenso que complacía,
tranquilizaba
e inspiraba confianza, quizá falsamente.
(«Poco
barro le ha quedado a la naturaleza -dijo Mr. Bankes, en una ocasión,
mientras
hablaba con ella por teléfono, y muy afectado por la conversación, aunque sólo
le
decía algo sobre un tren- del que utilizó para moldearla a usted.» Se la
imaginaba al
otro
lado de la línea telefónica, griega, con los ojos azules, la nariz recta. Qué
incongruente
parecía eso de hablar por teléfono con una mujer así. Parecía como si las
Gracias
se hubieran reunido y hubieran trabajado juntas en campos de asfódelos para
crear
esa cara. Sí, claro, cogería el de las diez y media en Euston.
«Pero
tiene la conciencia de su belleza que tendría un niño», se dijo Mr. Bankes
mientras
colgaba el teléfono, y cruzaba la habitación para ver cómo avanzaban las obras
de
un hotel que estaban construyendo en la parte de atrás de su casa. Pensaba en
Mrs.
Ramsay
mientras contemplaba cómo se afanaban en terminar el trabajo de las paredes.
Siempre,
pensó, había algo que luchaba de forma incongruente contra la armonía de su
cara.
Podía ponerse un sombrero como de cazador furtivo de ciervos, o echaba a correr
en
chanclos para rescatar a un niño que estaba en peligro en el otro extremo del
jardín.
De
forma que si uno recordaba sólo su belleza, debía recordar asimismo aquel
temblor,
la
propia vida -subían ladrillos sobre una tabla mientras observaba-, e
introducirla en el
cuadro;
o si uno pensaba en ella sencillamente como mujer tenía que dotarla con
cualquier
extravagancia rara; o imaginarse algún deseo oculto, para despojarla de su
regia
forma, como si su propia belleza la aburriera, y todo lo que los hombres dicen
de
la
belleza, y como si ella quisiera ser como el resto de la gente, insignificante.
No lo
sabía.
No lo sabía. Tenía que volver al trabajo.)
Todavía
tejía el calcetín de lana de color castaño rojizo, con la cabeza perfilada
absurdamente
por el dorado del marco, por el chal verde que había extendido por el
borde
del marco, y la obra maestra auténtica de Miguel Ángel, cuando Mrs. Ramsay
suavizó
lo que hacía un momento había sido aspereza; levantó la cabeza, y besó al niño
en
la frente: « Vamos a buscar otra ilustración para recortar», dijo.
6
Pero
¿qué es lo que había sucedido?
Alguien
había cometido un error.
Interrumpidas
sus divagaciones, se sobresaltó y dio sentido a esas palabras que
durante
un rato le había parecido que no tenían sentido: «Alguien había cometido un
error.»
Fijó sus ojos miopes en su marido, que se acercaba ominosamente hacia ella; lo
miró
fijamente hasta que la proximidad le reveló (el estribillo se concertó en su
mente)
que
algo había su- cedido, alguien había cometido un error. Pero ni en toda su vida
habría
averiguado ella de qué se trataba.
Temblaba,
se estremecía. Toda su vanidad, su satisfacción por el esplendor
propio
durante la cabalgada, mientras cargaba como un rayo destructor, fiero como un
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Al Faro Virginia Woolf
-17-
halcón
a la cabeza de sus hombres, todo eso se había conmocionado, había sido
destruido.
Caían sobre ellos bombas y metralla, pero seguimos cabalgando valientes,
rápidamente
por el valle de la muerte, disparaban, atronaban los cañones, hasta
encontrarnos
con Lily Briscoe y William Bankes. Temblaba, se estremecía.
Por
nada del mundo le habría dirigido la palabra, al darse cuenta, por las señales
conocidas
-la mirada desviada, y una impresión general, como si se ocultara, y
necesitara
intimidad, para recobrar el equilibrio-, de que se sentía ultrajado y ofendido.
Acarició
la cabeza de James, y le transmitió lo que sentía hacia su marido; y, mientras
observaba
cómo pintaba de color amarillo una blanca camisa de vestir de caballero del
catálogo
del economato de la armada y del ejército, pensaba en lo maravilloso que sería
si
se convirtiera en un gran artista, y, ¿por qué no? Tenía una hermosa frente.
Luego, al
levantar
la mirada hacia su marido que pasaba junto a ella de nuevo, la alivió comprobar
que
un velo había ocultado la catástrofe; había triunfado el instinto hogareño; el
hábito
salmodiaba
sus ritmos tranquilizadores, de forma que cuando se detuvo
deliberadamente,
cuando apareció de nuevo, junto a la ventana, y extraña y
caprichosamente
se inclinó para hacer cosquillas a James en la pantorrilla con una ramita
que
había cogido, ella le reprochó el haberse librado de «ese pobre joven», Charles
Tansley.
Tansley se había ido porque tenía que escribir su memoria, dijo él.
-Lo
mismo que james tendrá que escribir la suya uno de estos días -agregó,
irónicamente,
moviendo la ramita.
Como
odiaba a su padre, James apartó la ramita, con la que Mr. Ramsay con ese
estilo
peculiar, compuesto de severidad y humor, hacía cosquillas en la pierna desnuda
de
su hijo.
Pretendía
terminar con este aburrido tejer de calcetines para llevarlos al día
siguiente
al niño de Sorley, dijo.
No
había ni la más pequeña posibilidad de ir al día siguiente al Faro, dijo
irascible
Mr. Ramsay.
¿Cómo
estaba tan seguro?, preguntó, a veces cambiaba el viento.
La
extraordinaria irracionalidad de la observación y la estupidez de la mente
femenina
le enfurecían. Había cabalgado por el valle de la muerte, había temblado y se
había
estremecido; y ahora ella desafiaba los hechos, y hacía concebir a sus hijos
esperanzas
vanas; peor aún: mentía. Dio una patada al escalón. «Maldita seas», dijo.
Pero
¿qué es lo que había dicho? Sencillamente que mañana podría hacer bueno. Y
podría.
No
con la bajada del barómetro y con el viento soplando del oeste.
Buscar
la verdad con tan asombrosa falta de consideración hacia los
sentimientos
de los demás, rasgar los tenues velos de la civilización con tanta
insolencia,
tan brutalmente, le parecía a ella que era un horrible ultraje contra la
decencia
humana, y, sin contestar, sorprendida y cegada, bajó la cabeza, como para
dejar
pasar el turbión de granizo, la bocanada de agua sucia, y que, sin protesta, la
salpicara.
No había nada que decir.
Se
quedó callado junto a ella. Muy humildemente, tras largo rato, dijo que si
quería
podía ir a preguntárselo a los guardacostas.
A
nadie reverenciaba tanto como a él.
Estaba
más que dispuesta a creerlo, dijo. Sólo que entonces no tenía que preparar
emparedados,
eso era todo. Se acercaban a ella, todo el día, incesantemente, porque era
mujer:
que si esto, que si aquello; uno quería esto; otro, lo de más allá; los niños
crecían;
a veces se sentía como si no fuera nada más que una esponja empapada de
emociones
humanas. Y entonces venía él y la maldecía. Él decía que iba a llover. Él
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Al Faro Virginia Woolf
-18-
decía
que no iba a llover; y al momento el cielo y la confianza se abrían ante ella.
A
nadie
reverenciaba más. Pensaba que no era digna de atarle los cordones de los zapatos.
Avergonzado
de su mal humor, de la gesticulación de las manos cuando dirigía
la
carga de los soldados, Mr. Ramsay, torpemente, volvió a hacer cosquillas una
vez
más
en la pierna de su hijo, y después, como si ella le hubiera dado permiso, con
un
movimiento
que extrañamente le recordó a su esposa el viejo león marino del zoo,
cuando
se echaba hacia atrás después de comer la ración de pescado, y rodaba de forma
que
el agua de la piscina hiciera olas, se sumergió en el aire de la tarde, que ya
era muy
denso,
y despojaba de sustancia las hojas y los setos; pero, como compensación, quizá,
les
devolvía a las rosas y claveles un lustre que no habían tenido durante el día.
«Alguien
había cometido un error», volvió a decir, mientras paseaba por la
terraza
dando grandes zancadas.
¡Pero
cómo había cambiado el tono! Era como el del cuclillo, «que en junio sigue todo
vientecillo»»;
como si estuviera buscando, a tientas, alguna frase para un nuevo estado
de
ánimo, y como si sólo tuviera ésta a mano, y la usara, aunque no fuera muy
buena.
Pero
sonaba ridícula: «Alguien había cometido un error», así la repetía, casi como
una
pregunta,
sin convicción, melodiosamente. Mrs. Ramsay no pudo evitar una sonrisa, y
pronto,
seguro, se le oiría tararearla de un lado a otro, y luego la dejaría, se
quedaría
callado.
Estaba
bien, la intimidad se había restaurado. Se detuvo para encender la pipa,
miró
hacia su esposa e hijo en la ventana, y del mismo modo que alguien levanta la
vista
de la página que lee cuando va en un tren expreso, y ve en una granja, un árbol
y
un
grupo de casas, como en una ilustración, la confirmación de algo leído en la
página
impresa
a la que se regresa al momento, fortificado, satisfecho; de igual forma, sin
fijarse
ni en su esposa ni en su hijo, el verlos lo fortificó, lo satisfizo, y consagró
sus
esfuerzos
a la resolución del problema que consumía la energía de su brillante mente.
Era
una mente privilegiada. Porque si el pensamiento es como el teclado de un
piano,
dividido en otras tantas notas, o como el abecedario, que se organiza en
veintisiete
letras, todas en su orden, entonces su espléndida mente no tenía dificultad en
recorrer
esas letras una tras otra, con firmeza y precisión, hasta llegar, por ejemplo,
a la
letra
Q Llegaba a
a
geranios,
vio, pero ahora como si estuvieran muy, muy lejos, como niños que cogieran
conchas,
divinamente inocentes y ocupados en las fruslerías que había a sus pies, y, en
cierto
modo, completamente indefensos contra una amenaza que él sí advertía, a su
esposa
y su hijo allí, juntos, en la ventana. Necesitaban su protección, y él se la
daba.
Pero
¿después de
letras,
la última de las cuales es apenas visible para los ojos mortales, pero ofrece
un
destello
rojo a lo lejos. Sólo un hombre de cada generación llega a la letra Z. De forma
que
si él pudiera llegar a
dudas
respecto de
vació
la pipa, dando dos o tres golpes sonoros en el cuerno del carnero que formaba
el
asa
de la urna, y continuó: «Entonces R...»» Cogió aliento, apretó las mandíbulas.
Acudieron
en su ayuda esas cualidades que habrían salvado la vida a toda la
tripulación
de un barco, reducida a una dieta de seis galletas y una garrafa de agua,
sometida
a la mar airada: paciencia y sentido de la justicia, previsión, dedicación,
destreza.
Pues R es, ¿qué es R?
Un
pliegue, como el rugoso párpado de un lagarto, se agitó sobre la intensidad de
su
mirada,
y oscureció la letra R. En ese instante de oscuridad oyó lo que decía la gente:
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-19-
que
era un fracasado, que nunca entendería lo de
problema
de
Las
cualidades que en una solitaria expedición que cruzara las heladas tierras
estériles
de la región polar lo habrían convertido en el dirigente, en el guía, en el
consejero;
cuyo carácter, ni colérico ni despótico, se distingue porque sabe analizar con
ecuanimidad
lo que hay, porque sabe enfrentarse con los hechos, de nuevo acudieron en
su
ayuda. R..
El
ojo del lagarto parpadeó de nuevo. Se hicieron visibles las venas de la frente.
El
geranio de la urna se volvió sorprendentemente visible; y expuesta, entre las
hojas,
advirtió,
sin desearlo, aquella antigua y evidente división entre dos clases diferentes
de
hombres:
por una parte los constantes, dotados de fuerzas sobrehumanas, quienes, con
fatiga
y perseverancia, repiten el abecedario en su orden, las veintisiete letras, de
principio
a fin; por otra parte los que tienen talento, los inspirados, quienes de forma
milagrosa
reúnen todas las letras de golpe, los genios. No era un genio, no podía
pretenderlo;
pero tenía, o podía haber tenido, aquel poder para repetir todas las letras del
abecedario
de
R.
Esa
sensación, que no habría sido funesta para un dirigente que, ahora que ya ha
comenzado
a nevar, y la cumbre de la montaña estaba cubierta de niebla, sabe que debe
acostarse
y morir antes del amanecer, le sobrevino subrepticiamente, aclarando el color
de
sus ojos, y tiñéndolo a él, en los dos minutos que le duraba recorrer la
terraza, con el
ajado
color de la vejez. Pero él no iba a morir en la cama, ya hallaría algún
barranco; y
allí,
con los ojos fijos en la tormenta, intentando hasta el último momento perforar
la
oscuridad,
moriría en pie. Nunca llegaría a
Se
quedó en pie completamente inmóvil, junto a la urna del geranio que
sobresalía.
Pero, después de todo, se preguntaba ¿cuántos hombres en un millar de
millones
llegan hasta
puede
hacerse esa pregunta; y puede responderse, sin por eso traicionar a quienes lo
acompañen:
«acaso uno». Uno de cada generación. Siempre y cuando hubiera trabajado
honradamente,
no hubiera regateado esfuerzos, y hubiera llegado al límite de su fuerza,
¿podría
censurársele que no fuera él ese uno? ¿Y cuánto duraría su fama? Se le
autorizaría
acaso a un héroe agonizante que pensase antes de morir en cómo hablará la
posteridad
de él. Quizá su fama dure dos millares de años. Pero ¿qué son dos millares
de
años? (se preguntaba irónicamente Mr. Ramsay mientras miraba atentamente el
seto).
Y si se mira desde la cumbre del presente hacia los vastos eriales del pasado,
¿qué
son?
Cualquier piedra a la que se dé un puntapié sobrevivirá a la fama de
Shakespeare.
Su
lucecita acaso brille con luz propia uno o dos años, y después se fundirá en
una luz
de
mayores proporciones, y después en otra aún mayor. (Miraba hacia la oscuridad,
entre
los intrincados tallos.) ¿Quién censuraría al capitán de esa empresa condenada
al
fracaso
si, después de todo, hubiera subido lo suficiente como para poder ver el erial
de
los
años y la muerte de las estrellas; si, antes de que la muerte agarrotara sus
miembros
y
no pudiera moverse, de manera deliberada, se llevase los entumecidos dedos
hasta la
frente,
y se cuadrase, de forma que cuando el grupo de rescate llegara y lo hallara
muerto
en su puesto viera la hermosa imagen de un soldado? Mr. Ramsay se cuadró y se
quedó
muy rígido junto a la urna.
¿Quién
lo censuraría si, quedándose inmóvil un momento, se demorase en la
fama,
en las expediciones que acudirían a rescatarlo, en los monumentos fúnebres que
se
erigirían sobre sus huesos por los agradecidos discípulos? En fin, ¿quién
censuraría al
dirigente
de la expedición condenada al fracaso, si, tras haberse arriesgado hasta el
límite,
y tras haber puesto toda la fuerza en ello, hasta el último gramo, hasta
quedarse
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-20-
dormido
sin saber si se despertará o no, advirtiera ahora, a causa de unos pinchazos en
los
dedos de los pies, que estaba vivo, y que eso de vivir no le desagradaba nada,
y que
necesitaba
consuelo, whisky, y alguien a quien contarle inmediatamente sus
penalidades?
¿Quién lo censuraría? ¿Quién no se regocijaría íntimamente cuando el
héroe
se quitara la armadura, se detuviera junto a la ventana, y se quedara mirando a
su
esposa
e hijo, quienes, distantes al comienzo, se acercarían poco a poco, hasta que
los
labios
y el libro y la cabeza estuvieran ante él, aunque todavía amables y como
desconocidos
a causa de la intensidad de su aislamiento, y del erial de los tiempos y de
la
muerte de las estrellas? Finalmente, tras guardar la pipa en el bolsillo,
inclinada la
magnífica
cabeza ante ella, ¿quién lo censuraría si rindiera homenaje a la belleza del
mundo?
7
Pero
su hijo lo odiaba. Lo odiaba por acercarse a ellos, por creerse superior, lo
odiaba
por interrumpir, lo odiaba por la ampulosidad y lo sublime de los gestos, por la
espléndida
cabeza que tenía, por su precisión y egotismo (ahí estaba otra vez, exigiendo
que
le prestaran atención), pero, sobre todo, lo odiaba por los chirridos y trinos
de sus
emociones
que, vibrando por toda la habitación, perturbaban la perfecta sencillez y buen
sentido
de las relaciones con su madre. Esperaba que, si se quedaba mirando con toda
atención
la página, se fuera; confiaba en llamar la atención de su madre si señalaba una
palabra
con el dedo; su madre, para su enfado, se quedaba paralizada cuando aparecía su
marido.
Pero no. Nada obligaría a Mr. Ramsay a moverse. Se quedaba, y exigía consuelos.
Mrs.
Ramsay, que había estado reclinada, con el brazo sobre su hijo, se irguió, y,
medio
vuelta, pareció que fuera a levantarse; fue como si hubiera enviado
verticalmente
al
aire una lluvia de energía, una columna de rocío, que pareciera a la vez
animada y
viva,
como si su energía se hubiera fundido con una fuerza con brillo y luz propios
(aunque
estaba sentada, y había cogido el calcetín de nuevo); y como si en esta
deliciosa
fecundidad,
en este surtidor y fuente de la vida, se hundiera la funesta esterilidad
masculina,
punzante pico de bronce, estéril y desnudo. Quería consuelos. Era un
fracasado,
dijo. Destellaron las agujas de Mrs. Ramsay. Mr. Ramsay, sin dejar de
mirarla
a la cara, repitió lo que había dicho: que era un fracaso. Le devolvió las
palabras
en
un suspiro. «Charles Tansley...», dijo. Pero él quería más. Lo que necesitaba
era
consuelo:
en primer lugar, que le aseguraran que era un genio, y, a continuación, que lo
introdujeran
en la esfera de la vida, que lo acogieran y calmaran, que le hicieran
recobrar
la sensatez, que la esterilidad se convirtiera en fertilidad, y que todas las
habitaciones
de la casa se llenaran de vida: el salón, la cocina tras el salón, los
dormitorios
sobre la cocina, y más allá, los cuartos de juegos de los niños; había que
acomodarlos,
llenarlos de vida.
Charles
Tansley pensaba que era el metafisico más importante de su época, dijo
ella.
Pero él quería algo más. Quería consuelos. Deseaba que le aseguraran que estaba
en
el centro de la vida, que lo necesitaban; y no sólo aquí, en todo el mundo. Las
agujas
destellaban,
y ella, confiada, erguida, creaba el salón y la cocina, los iluminaba; y le
dijo
que
se calmara, que entrara y que saliera, que se divirtiera. Se reía, tejía. Entre
las
rodillas
de ella, muy envarado, James advertía cómo ardía en llamas toda la fuerza de
ella
para que la bebiera y sofocara el punzante pico de bronce, la yerma cimitarra
del
macho,
que, una vez tras otra, golpeaba inmisencorde, exigiendo consuelo.
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-21-
Era
un fracasado, repetía. Sí, mira, toca. Destellaron las agujas; tras echar una
breve
mirada alrededor, más allá de la ventana, al propio James, le aseguró, sin
sombra
de
duda, con su risa, con su actitud, con su eficacia (al igual que la niñera que
lleva una
luz
al dormitorio a oscuras tranquiliza al niño inquieto), que era real, que la
casa estaba
llena,
que el jardín florecía. Si tuviera en ella una fe incondicionada, nada lo
heriría; por
muy
hondo que se enterrara, o por muy alto que escalara, ni durante un segundo
estaría
sin
ella. Así, alardeando de su capacidad para amparar y proteger, apenas había un
fragmento
de ella misma que le sirviera para conocerse; todo lo gastaba con
generosidad;
y James, rígido entre las rodillas, sentía como si ella floreciera al modo de
un
frutal cargado de frutos rosados, lleno de hojas y de ramas bailarinas, en el
que el
punzante
pico de bronce, la árida cimitarra del padre, el egotista, se hundía y
golpeaba,
mientras
exigía consuelo.
Lleno
de las palabras de ella, como el niño que se aparta satisfecho, dijo,
finalmente,
mirándola con humilde gratitud, restaurado, renovado, que iba a dar un
paseo,
a ver a los niños jugar al críquet. Se fue.
Al
momento, Mrs. Ramsay pareció recogerse sobre sí misma, un pétalo tras otro,
y
todo el edificio se recogió sobre sí mismo, exhausto, de forma que sólo le
quedó
fuerza
para mover un dedo, con el exquisito abandono del cansancio, por la página del
cuento
de hadas de Grimm, mientras latía en ella, como el pulso de una primavera que
ha
alcanzado su expansión máxima y ahora delicadamente deja de latir, el rapto de
la
creación
lograda.
Cada
latido de este pulso parecía, al alejarse él, incluirla a ella y a su marido, y
parecía
dar a cada uno ese solaz que dos notas diferentes, una alta, otra baja, que
sonaran
a la vez, parecen ofrecerse una a otra al combinarse. No obstante, al apagarse
la
resonancia,
al volver al cuento de hadas, Mrs. Ramsay se sintió no sólo fisicamente
cansada
(siempre le ocurría después, nunca en el momento), sirio como si la fatiga se
hubiera
teñido vagamente de alguna sensación desagradable que tuviera otra causa. Y
no
es que, al leer en voz alta la historia de la mujer del pescador, ella no
supiera
exactamente
de dónde procedía; ni se permitió traducir a palabras su insatisfacción,
cuando
se dio cuenta, al pasar la página -cuando se detuvo y oyó aburrida,
ominosamente,
cómo rompía una ola-, de dónde procedía: no le gustaba, ni un segundo,
sentirse
mejor que su marido; más aún, no podía soportar no estar completamente
segura,
cuando hablaba con él, de la verdad de lo que decía. Las universidades y
personas
que lo necesitaban, las conferencias y los libros que eran tan importantes, ni
se
le
ocurría por un momento dudar de nada de esto; pero lo que la desazonaba era su
relación,
y el acercarse a ella así, abiertamente, para que lo viera todo el mundo;
porque
entonces
la gente diría que dependía de ella; cuando todos debían saber que de los dos
era
él infinitamente más importante; y que lo que ella daba al mundo, en
comparación
con
lo que daba él, era una insignificancia. Pero, claro, además estaba lo otro, lo
de no
ser
capaz de decirle la verdad, por ejemplo, respecto de lo del tejado del
invernadero, y
lo
que iba a costar repararlo, unas cincuenta libras, quizá; y luego estaba lo de
sus
libros,
y el temor de que él pudiera enterarse de que ella sospechaba que este último
no
había
sido quizá el mejor que hubiera escrito en su vida (lo había deducido de algún
comentario
de William Bankes); y también lo de ocultarle cosillas sin importancia, y
que
se dieran cuenta los niños, y la carga que era para ellos; esto es lo que
empañaba
toda
alegría, la pura alegría, la de las dos notas que sonaban juntas, y dejaba que
el
sonido
lúgubremente desafinado se apagara en su oído.
Oscureció
la página una sombra, levantó la mirada. Era Augustus Carmichael,
que
pasaba arrastrando los pies, justamente ahora, en el momento en que tan
doloroso
era
que le recordaran lo inadecuado de las relaciones humanas, que ni el más
perfecto
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-22-
dejaba
de tener defectos, y no pudo sufrir el examen que, como quería a su marido, con
su
pasión por la sinceridad, hizo de sí misma; cuando era tan doloroso sentirse
rea de
nulidad,
y ajena a sus propias funciones por mentiras y exageraciones; justo en este
momento,
en que más se consumía innoblemente en medio de su exaltación, fue cuando
pasó
Mr. Carmichael arrastrando los pies, con las zapatillas amarillas, y algún
demonio
propio
la obligó a decir cuando pasaba:
-¿Va
a casa, Mr. Carmichael?
8
No
dijo nada. Tomaba opio. Los niños decían que el opio volvía rubia la barba.
Quizá.
Lo que sí le parecía evidente es que el pobre era un infeliz, y que se venía
con
ellos
todos los años para huir de algo; y año tras año ella se sentía igual; él no
confiaba
en
ella. Le había dicho: «Voy al pueblo, ¿quiere sellos, papel de cartas,
tabaco?», y él se
limitó
a quedarse parpadeando. No confiaba en ella. Era obra de su mujer. Recordaba la
inquina
que le tuvo su mujer a Mr. Carmichael, y lo intransigente que era aquella
mujercita
detestable a quien había visto con sus propios ojos echarlo del minúsculo
alojamiento de
que
pudiera ser un anciano sin nada que hacer en el mundo; lo había echado de casa.
Dijo,
con aquella voz tan desagradable: «Sí, Mrs. Ramsay, creo que tenemos que
hablar»,
y Mrs. Ramsay tuvo que escuchar, como si ocurriera ante sus ojos, una relación
de
las incontables desdichas de la vida de él. ¿Tenía dinero para comprar tabaco?
¿Tenía
que
pedírselo a ella?, ¿media corona?, ¿dieciocho peniques? Ay, no quería ni pensar
en
las
humillaciones por las que le había hecho pasar. Ahora la evitaba (nunca supo
por
qué,
excepto que, de forma inconcreta, seguro que tenía que ver con aquella mujer).
Él
nunca
le dijo nada. Pero ¿qué otra cosa podría haber hecho ella? Tenían siempre una
habitación
soleada para él. Los niños eran amables con él. Nunca dio ella muestras de
que
no quisiera que estuviera con ellos. Hasta se esforzaba en ser amable. ¿Quiere
sellos,
tabaco? Creo que este libro le gustará..., etcétera. Y después de todo -después
de
todo
(aquí, insensiblemente, ella se refugió en sí misma, fisicamente; se le hizo
presente,
cosa rara, el sentido de su propia belleza}-, después de todo, a ella no le
costaba
nada que la gente se fijara en ella; por ejemplo, George Manning, Mr. Wallace,
famosos
y todo, se acercaban a visitarla por las tardes, y se quedaban charlando junto
al
fuego.
Sabía llevar con elegancia la antorcha de la belleza, y se sabía bella; exhibía
esta
antorcha
con orgullo dondequiera que entrara; y, después de todo, por mucho que
hiciera
por velarla, y por mucho que le disgustara la monotonía que eso le imponía, la
belleza
era evidente. La habían admirado. La habían amado. Había entrado en
velatorios.
Había visto llorar. Hombres y mujeres, liberados de sus preocupaciones, se
habían
consentido ante ella el consuelo de la sencillez. La hería que él la evitara.
Le
dolía.
No era claro, no estaba bien. Eso es lo que le importaba: que se agregara esto
al
enfado
con su marido; tenía la sensación, ahora, al pasar Mr. Carmichael arrastrando
las
zapatillas
amarillas, con un libro bajo el brazo, asintiendo con la cabeza, de que no se
fiaba
de ella; y pensaba que todos sus deseos de dar, de ayudar, eran pura vanidad.
Era
por
amor propio por lo que tan ansiosamente se empeñaba en dar, en ayudar; para que
la
gente dijera: «¡Oh, Mrs. Ramsay!, querida Mrs.
Ramsay... ¡Claro que
sí, Mrs. Ramsay!»
Para
que la necesitaran y la buscaran y la admiraran. ¿No era éste su más secreto
deseo?,
y, por lo tanto, ¿no era lógico que, cuando Mr. Carmichael la evitaba, como
acababa
de
hacer, y fuera a ocultarse en cualquier rincón donde se dedicaba a hacer
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-23-
crucigramas
inacabablemente, no sólo se sintiera desdeñada y contrariada, sino que se le
hiciera
sentir la mezquindad de una parte de ella, y de las relaciones humanas?; y
estas
relaciones,
en el mejor de los casos, qué imperfectas son, qué despreciables, qué
egoístas.
Marchita, agotada (las mejillas hundidas, el cabello cano), quizá la imagen de
su
belleza ya no alegraba a nadie, mejor sería que se dedicara al cuento de El
Pescador y
su
Mujer para apaciguar este manojo de nervios (el más sensible de sus hijos) que
era su
hijo
James.
-El
corazón del hombre se llenó de pesadumbre -leyó en voz alta-, pues no
quería
ir. Y se dijo: "No está bien, pero fue. Cuando llegó a la orilla del mar,
el agua
estaba
de color púrpura y azul oscuro, y gris y densa, y ya no parecía tan verde y
dorada,
pero estaba tranquila. Se quedó allí y dijo...»
A
Mrs. Ramsay le habría gustado que su marido no hubiera escogido ese
momento
para detenerse. ¿Por qué no se había ido, como había dicho, a ver a los niños
jugar
al críquet? Pero no hablaba: miraba, asentía con la cabeza, manifestaba su
aprobación;
se fue. Se escapó, tras quedarse mirando ese seto que una vez tras otra
había
señalado una pausa; había llegado a alguna conclusión, había visto a su esposa
y a
su
hijo, había visto las urnas en las que desbordaban los rojos geranios que
tantas veces
habían
adornado el desarrollo de sus pensamientos, y que tenían, entre las hojas, como
papelillos
en los que se anota algo aprisa; se dejó llevar suavemente, viendo todo esto, a
unos
pensamientos que le había sugerido la lectura de un artículo en The Times
acerca
de
la cantidad de americanos que visitan anualmente la tumba de Shakespeare. Si
Shakespeare
no hubiera vivido, se preguntaba, ¿sería muy diferente hoy el mundo? El
progreso
de la civilización, ¿depende de los grandes hombres? El hombre común, ¿ha
mejorado
desde los tiempos de los faraones? Pero este hombre común, se preguntó, ¿ha
de
ser el criterio por el que se juzgue el progreso de la civilización? Quizá no.
Acaso el
mayor
bien exija una clase social de esclavos. El ascensorista del metro siempre será
necesario.
El pensamiento le desagradó. Movió la cabeza enérgicamente. Para evitarlo,
ya
hallaría la forma de desdeñar el predominio de las artes. Propondría que el
mundo
existe
para el hombre común, que las artes son una simple decoración impuesta desde
un
lugar ajeno a la vida humana, pero no la expresan. Ni Shakespeare le es
necesario.
Sin
saber exactamente por qué, quería denigrar a Shakespeare, y quería ayudar al
hombre
común, al necesario ascensorista; arrancó con cierta violencia una hoja del
seto.
Todo
esto tendría que prepararlo de forma más atractiva para los jóvenes de Cardiff,
dentro
de un mes, pensó; aquí, en la terraza, lo único que hacía era recopilar ideas
de
forma
deportiva (arrojó la hoja que había arrancado tan enfadado), como quien se apea
del
caballo para coger un ramillete de rosas, o se llena los bolsillos de avellanas
mientras
pasea a su sabor por los caminos y senderos de una comarca que conoce desde
que
era niño. Todo era conocido: el recodo, la portilla, el atajo del campo. Podía
pasarse
horas
así, con la pipa, por las tardes, pensando, yendo de un lado a otro, y de acá
para
allá,
por los caminos de siempre, por los campos conocidos, que estaban llenos de la
historia
de esta batalla, de la biografía de aquel estadista, llenos de poemas y
anécdotas;
que
poseían figuras también: este pensador, aquel soldado; todo animado y limpio;
pero
al
final, el camino, el campo, la pradera, el avellano lleno de frutos y el seto
florecido lo
conducían
a otro recodo donde invariablemente desmontaba, ataba el caballo a un árbol,
y
seguía a pie. Llegaba al borde del jardín, y miraba hacia abajo, hacia la
bahía.
Era
su destino, su modo de ser, tanto si quería como si no, acercarse así a una
lengua
de tierra que el mar comía poco a poco, y quedarse allí, como un triste pájaro
marino,
solo. Era su poder, su don, el saber desprenderse al punto de todo lo
superfluo,
encogerse
y disminuir hasta parecer más agudo, más fino, incluso fisicamente, pero sin
perder
nada de la intensidad mental, y quedarse en este saliente, enfrente de la
oscuridad
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-24-
de
la ignorancia humana (que no sabemos nada, y que el mar se come la tierra sobre
la
que
estamos), era su destino, su don. Pero habiéndose desprendido, al desmontar, de
gestos
y fruslerías, de los trofeos de las avellanas y las rosas, y habiéndose
encogido de
forma
que no sólo la fama, sino que hasta el nombre propio hubiera olvidado, mantuvo
incluso
en aquella desolación una vigilancia que no perdonaba a un solo fantasma, y no
se
complacía con ninguna visión, y de esta forma inspiraba en William Bankes (de
forma
intermitente) y en Charles Tansley (de forma servil) y en su esposa ahora,
cuando
levantaba
la vista y lo veía ahí en pie, en el extremo del jardín, una profunda
reverencia
y
piedad y también gratitud, como si fuera una estaca hundida en el lecho de un
canal
sobre
la que se posaran las gaviotas, y rompieran las olas, e inspirara gratitud en
los
pasajeros
de las barcas de recreo por haberse tomado la molestia de señalar el curso del
canal
en medio del agua.
«Pero
un padre de ocho hijos no tiene escapatoria...», murmuraba; se alejaba,
volvía,
suspiraba, levantaba la vista, buscaba la figura de su mujer que leía cuentos
al
niño,
llenaba la pipa. Daba la espalda a la ignorancia de la humanidad, a su destino,
y al
mar
que se comía el suelo sobre el que estamos; el mar que, si se hubiera atrevido
a
contemplarlo
fijamente, le habría permitido llegar a alguna conclusión; y se consolaba
con
fruslerías tan nimias, comparadas con el asunto augusto con el que se
enfrentaba en
este
momento, que estaba dispuesto a pasar por alto las comodidades, a desdeñarlas;
como
si fuera el peor delito que alguien averiguara que un hombre honrado era feliz
en
un
mundo tan desdichado como éste. Era verdad: en general era feliz; tenía a su
esposa,
los
hijos, había prometido que dentro de seis semanas les contaría «un puñado de
disparates»
a los jóvenes de Cardiff acerca de Locke, Hume, Berkeley y los orígenes de
hacía,
del ardor juvenil, de la belleza de su mujer, de los elogios que le tributaban
desde
había
que censurarlo y ocultarlo bajo la frase «un puñado de disparates», porque, en
el
fondo,
no había hecho lo que podría haber hecho. Era un disfraz, era el refugio de
quien
temía
aceptar sus propios sentimientos, que no podía decir: esto es lo que soy, esto
es lo
que
quiero; alguien digno de piedad, y desagradable a los ojos de William Bankes y
Lily
Briscoe, que se preguntaban por qué era necesario semejante ocultamiento; por
qué
necesitaba
siempre alabanzas, por qué un hombre tan valiente era tan tímido en los
asuntos
de su vida; qué extraño era que fuera a la vez adorable y risible.
Lily
sospechaba que educar y pronunciar sermones era algo que no estaba entre
las
facultades del ser humano. (Estaba guardando sus cosas.) Si eres un exaltado,
lo más
probable
es que te des un batacazo. Mrs. Ramsay le daba todo lo que quería con
excesiva
liberalidad. Pero cambiar debe de ser un trastomo, se dijo Lily. Levanta la
mirada
de los libros, y nos ve a todos nosotros jugando y diciendo tonterías. Qué
cambio
respecto
de las cosas a las que se dedica, dijo Lily.
Caía
sobre ellos de forma ominosa. De repente se quedaba quieto, se quedaba
callado
mirando la mar. Se daba la vuelta.
9
Sí,
dijo Mr. Bankes, mirando cómo se alejaba. Qué pena tan grande le daba.
(Lily
había dicho algo acerca de que la asustaba, porque cambiaba de humor muy
bruscamente.)
Sí, dijo Mr. Bankes, que pena tan grande que Mr. Ramsay no se
comporte
como los demás. (Porque a él le gustaba Lily Briscoe, hablaba con ella de Mr.
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Al Faro Virginia Woolf
-25-
Ramsay
con toda franqueza.) Por esa razón, dijo él, es por la que los jóvenes no leían
a
Carlyle.
Un abuelo gruñón que se enfadaba si el porridge del desayuno estaba frío, ¿a
cuento
de qué se atrevía a sermonearnos?, eso es lo que Mr. Bankes creía que pensaban
los
jóvenes de hoy. Era una grandísima pena que creyeras, como él, que Carlyle era
uno
de
los grandes maestros de la humanidad. A Lily le daba vergüenza reconocer que no
había
leído a Carlyle desde los tiempos de la escuela. Pero en su opinión a una le
gustaba
Mr. Ramsay todavía más porque pensaba que si a él le dolía el dedo meñique,
eso
significaba, según él, que estaba a punto de llegar el fin del mundo. No, no
era
precisamente
eso lo que a ella le preocupaba. ¿A quién engañaba? Pedía sin
subterfugios
que lo alabaras, que lo admiraras, y a nadie engañaban sus trucos. Lo que
no
le gustaba a ella era la estrechez de miras, la ceguera, decía, dirigiendo la
mirada
hacia
él.
«¿Algo
hipócrita?»», sugirió Mr. Bankes, mirando, también, hacia la espalda de
Mr.
Ramsay, porque pensaba ahora en la amistad que los unía, en Cam cuando se negó
a
darle una flor, en todos esos niños y niñas, en su propia casa, llena de
comodidades,
pero,
desde la muerte de su esposa, ¿demasiado tranquila? Sí, claro que tenía el
trabajo...
Daba igual, lo único que quería era que Lily se mostrara de acuerdo en eso de
que
era «algo hipócrita».
Lily
todavía estaba guardando los pinceles, levantaba los ojos, los bajaba. Los
levantaba,
y allí estaba Mr. Ramsay, se acercaba a ellos, sin preocuparse, olvidadizo,
remoto.
¿Algo hipócrita?, repetía ella. Ah, no... el más sincero, el más fiel (aquí
estaba),
el
mejor; pero, bajaba los ojos, y, pensaba, era un hombre absorto en sí mismo,
tiránico,
injusto;
y no levantaba la mirada, intencionadamente, porque, estando con los Ramsay,
sólo
así podía conservar la calma. En cuanto una levantaba la vista, y los veía, los
envolvía
lo que ella llamaba «el amor». Se convertían en parte de ese universo irreal,
pero
punzante y excitante, que es el mundo cuando se contempla a través de los ojos
del
amor.
El cielo se desplegaba para ellos, los pájaros trinaban por ellos. Y, lo que
aún era
mas
interesante, también ella sentía, al ver a Mr. Ramsay acercarse amenazador, y
retirarse,
y a Mrs. Ramsay sentada con James en la ventana, y el paso de la nube, y el
movimiento
del árbol, cómo la vida, de ser una cosa compuesta de muchos incidentes
separados
que se vivían uno tras otro, se recogía y se hacía una, como si fuera una ola
que
la arrastrara a una con ella, y la arrojara, de golpe, sobre la playa.
Mr.
Bankes esperaba a que ella respondiera. Y ella estaba a punto de decir algo,
de
expresar alguna censura hacia Mrs. Ramsay: cómo le gustaba impresionar, a su
manera;
qué arbitraria era; o algo parecido; pero entonces el éxtasis de Mr. Bankes
hizo
que
fuera completamente innecesario que ella hablara. Así eran las cosas: había que
pensar
en la edad de él, que pasaba de los sesenta, y en su aspecto atildado, y en la
impersonalidad,
y en la científica bata blanca que se imaginaba una que lo envolvía.
Para
él, quedarse mirando fijamente a alguien, como había visto que miraba ella a
Mrs.
Ramsay,
era un éxtasis; algo equivalente, pensaba Lily, a los amores de docenas de
jóvenes
(y quizá Mrs. Ramsay no hubiera despertado el amor de docenas de jóvenes).
Era
amor, pensaba ella, fingiendo que colocaba el lienzo, destilado y
quintaesenciado;
un
amor que nunca intentaba asir el objeto amado; es igual al que los matemáticos
profesan
hacia sus símbolos, o los poetas a sus frases, se había concebido para
extenderse
por el mundo, y para convertirse en propiedad de toda la humanidad. Y así
era.
Todo el mundo, en efecto, debería haberlo compartido; si así fuera, Mr. Bankes
hubiera
sido
capaz de explicar por qué aquella mujer le gustaba tanto, por qué verla leer un
cuento
de hadas a su hijo le producía el mismo efecto que el hallar la solución de un
problema
científico; por qué sentía, como lo había sentido cuando había demostrado
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Al Faro Virginia Woolf
-26-
algo
definitivo acerca del sistema digestivo de las plantas, que lo bárbaro se
volvía
dócil,
que el caos adquiría orden.
Semejante
éxtasis -¿qué otro nombre podría dársele?hizo que Lily olvidara por
completo
lo que había estado a punto de decir. No era nada importante, se trataba de
algo
acerca de Mrs. Ramsay. Había palidecido ante el «éxtasis», ante la mirada fija,
cosas
hacia las que ella sólo tenía gratitud; porque no había nada que le agradara
tanto,
que
suavizara las dificultades de la vida, y que le quitara milagrosamente todas
las
cargas,
como este poder sublime, este don de los cielos; y una no debería
interrumpirlo,
mientras
durara; como tampoco una estorbaba un rayo de sol que descansara sobre el
suelo.
Que
la gente amase así, que Mr. Bankes tuviese esos sentimientos hacia Mrs.
Ramsay
(le echó una mirada mientras él estaba distraído) era útil, era una forma de
exaltación.
Limpió los pinceles, uno tras otro, con un trapo viejo, con humildad,
esmerándose.
Evitaba ella la reverencia que descendía sobre las mujeres; se sentía
alabada.
Que se quede mirando él si quiere; así ella podría echar una mirada de reojo al
cuadro.
Le
daban ganas de llorar. ¡Era malo, era horrible, era pésimo! Podía haberlo
hecho
de otra forma, por supuesto; el color debería haber estado más diluido, más
difuminado;
las formas deberían haber sido más etéreas; así es como lo habría visto Mr.
Paunceforte.
Pero es que ella no lo veía así. Veía cómo el color ardía dentro de un
marco
de acero; la luz del ala de una mariposa sobre los arcos de una catedral. De
todo
eso
sólo quedaban sobre el lienzo unas pocas huellas distribuidas por el lienzo.
Nadie lo
vería
nunca; nunca colgaría en una pared; y Mr. Tansley le susurraba al oído: «Las
mujeres
no saben pintar, las mujeres no saben escribir...»
Recordó
lo que había estado a punto de decir sobre Mrs. Ramsay. No sabía de
qué
forma habría podido expresarlo, pero se trataba de algo crítico. La noche
anterior le
había
fastidiado cierta arbitrariedad. Siguiendo la dirección de la mirada de Mr.
Bankes,
pensó
en que no había mujer que adorase a otra mujer de la forma en que él adoraba;
lo
único
que podían hacer era buscar refugio bajo la sombra protectora que Mr. Bankes
extendía
sobre ambas. Siguiendo el curso de este rayo de luz, ella agregó su propia luz
diferente:
pensaba que sin duda era la persona más adorable (inclinada sobre el libro);
acaso
la mejor; pero, a la vez, algo diferente de la perfecta figura que allí se
dejaba ver.
Pero
¿por qué?, ¿cómo de diferente?, se preguntaba, limpiando la paleta de los
montoncitos
de color azul y verde que le parecían inanimados ahora; pero se prometió
que
al día siguiente ella los animaría, los obligaría a moverse, a moldearse, a
obedecerla.
¿En qué era diferente? ¿Cuál era esa esencia de su espíritu que en cuanto
veías
un guante en un rincón de un sofá tenías la certeza, sólo con ver un dedo
torcido,
de
que era de ella? Era veloz como un ave, directa como una flecha. Tenía su
fuerza de
voluntad,
tenía talento para mandar (claro, se recordó a sí misma Lily, pienso en las
relaciones
con las mujeres, y yo soy mucho más joven, soy una persona insignificante,
soy
una que vive cerca de Brompton Road). Abría las ventanas de los dormitorios.
Cerraba
puertas. (Así intentaba recordar la melodía de Mrs. Ramsay mentalmente.)
Llegaba
tarde por la noche, y daba un golpe muy suave en la puerta del dormitorio,
envuelta
en un viejo abrigo de pieles (porque su belleza siempre era igual: apresurada
pero
convincente), siempre dispuesta a hacer algo una vez más, fuera lo que fuera:
que
Charles
Tansley hubiera perdido el paraguas, que Mr. Carmichael estuviera
estornudando
e inhalando algo por la nariz, que Mr. Bankes dijera: «¿Dónde están las
sales
de frutas?» Todo esto lo enderezaba al momento; o lo torcía maliciosamente; y,
dirigiéndose
hacia la ventana, fingiendo que tenía que irse -amanecía, veía cómo salía el
sol-,
de lado, más íntimamente, pero siempre riéndose, insistía en que ella, Minta,
todas,
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-27-
todas
tenían que casarse, porque en todo el mundo, por muchos laureles que pusieran a
sus
pies (pues a Mrs. Ramsay le importaba muy poco su pintura), o por muchos
triunfos
que
obtuviera (quizá Mrs. Ramsay también los hubiera tenido), y al llegar aquí se
entristecía,
se ensombrecía, regresaba al sillón, esto no podía ni siquiera discutirse: una
mujer
que no se hubiera casado (le tomaba la mano con delicadeza un momento), una
mujer
que no se casa se pierde lo mejor de la vida. La casa parecía estar llena de
niños
durmiendo,
y Mrs. Ramsay escuchaba; luces bajo las pantallas de las lámparas,
respiraciones
regulares.
Ah,
pero decía Lily, tenía a su padre, el hogar, e incluso, si se hubiera atrevido
a
decirlo,
la pintura. Pero todo esto parecía tan poca cosa, tan virginal, ante lo otro...
Sí,
pero
al avanzar la noche, y al separar las cortinas la luz, e incluso cuando ya
trinaba de
vez
en cuando algún pájaro en el jardín, juntando todas sus fuerzas con
desesperación,
le
gustaría haberse presentado como excepción a la regla universal; una súplica;
quería
seguir
soltera, le gustaba ser como era, no estaba hecha para lo otro; pero eso
suponía
que
tendría que enfrentarse con esa mirada fija de desconocida profundidad, y tenía
que
aceptar
la sencilla certidumbre de Mrs. Ramsay (y ahora volvía a la infancia) de que la
querida
Lily, su pequeña Brisk, era tonta. Y entonces recordaba que había reclinado la
cabeza
en el regazo de Mrs. Ramsay, y no había dejado de reírse, reírse, reírse,
reírse
hasta
casi llegar a la histeria ante la idea de que Mrs. Ramsay decidiera con calma
inmutable
unos destinos que eran completamente incomprensibles para ella. Ahí estaba
sentada,
sencilla, seria. Había recobrado el sentido de sí misma: era el dedo torcido
del
guante.
Pero ¿en qué santuario había entrado una? Finalmente Lily Briscoe levantó la
mirada,
y allí estaba Mrs. Ramsay, completamente ajena a lo que había ocasionado sus
risas,
que seguía tomando decisiones, pero había desaparecido toda huella de fuerza de
voluntad,
y en su lugar, había algo claro, como ese espacio que terminan por ocultar las
nubes,
el pedacito de cielo que duerme junto a la luna.
¿Era
sabiduría? ¿Era conocimiento? ¿Se trataba, una vez más, del engaño de la
belleza,
de forma que todas las sensaciones de una, a medio camino de la verdad,
terminasen
por enredarse en una trampa dorada?, ¿o es que guardaba en su interior
algún
secreto de los que ciertamente Lily Briscoe creía que todo el mundo tenía que
tener
para que el mundo siguiera adelante? No todo el mundo podía ser tan atolondrado
e
irreflexivo como ella. Pero si lo sabían, ¿por qué no le decían lo que sabían?
Sentada
en
el suelo, abrazada a las rodillas de Mrs. Ramsay, todo lo cerca que podía,
sonriéndose
al pensar que Mrs. Ramsay nunca sabría la razón de la intensidad del
abrazo,
se imaginaba cómo en las cámaras de la mente y del corazón de esta mujer que
físicamente
estaba en contacto con ella había, como en los tesoros de los reyes, tablillas
con
inscripciones sagradas, que si una pudiera leerlas, le enseñarían todo, pero
que
nunca
se ofrecerían libremente, nunca llegarían al público. ¿Cuál era el arte, que el
amor
o
la astucia conocían, con el que una podía entrar en esas cámaras ocultas? ¿Cuál
era el
resorte
que te permitía convertirte, como el agua vertida en la jarra, en una sola cosa
inextricablemente
unida a la persona amada? ¿Podría lograrlo el cuerpo, o la mente,
mezclándose
sutilmente en los intrincados pasillos del cerebro?, ¿podría el corazón?
¿Podría
el amor, como lo llamaba la gente, convertirlas en una a ella y a Mrs. Ramsay?,
porque
no era conocimiento, sino esa unidad lo que deseaba; no deseaba inscripciones
en
las tablillas, nada que pudiera escribirse en una lengua que conocieran los
hombres,
sino
la propia intimidad, que es el conocimiento, pensaba, mientras reclinaba la
cabeza
sobre
las rodillas de Mrs. Ramsay.
No
sucedió riada. ¡Nada! ¡Nada!, mientras estuvo inclinada sobre la rodilla de
Mrs.
Ramsay. Sin embargo, sabía que el corazón de Mrs. Ramsay atesoraba
conocimientos
y sabiduría. ¿Cómo, pues, se preguntaba, podía una saber tal o cual cosa
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-28-
de
la gente, si ésta estaba herméticamente sellada? Sólo como las abejas, atraída
por
alguna
fragancia o por alguna nota aguda en el aire, intangible para el tacto o el
gusto,
visitando
la cúpula de la colmena, recorriendo solitaria el desierto aire de todos los
países
del mundo, frecuentando las colmenas llenas de murmullos e inquietudes; esas
colmenas
que eran la propia gente. Mrs. Ramsay se levantó. Lily se
levantó. Mrs.
Ramsay
se fue. Durante unos días hubo en torno a ella, como tras un sueño se advierte
que
la persona en quien una ha soñado ha sufrido alguna transformación sutil, más
nítido
que sus palabras, un zumbido de murmullos, y, al sentarse en el sillón de
mimbre
junto
a la ventana del salón, ofrecía, a los ojos de Lily, la silueta de una cúpula.
El
rayo de luz se unía paralelo al de Mr. Bankes, y ambos llegaban hasta donde
Mrs.
Ramsay leía con James sobre las rodillas. Pero mientras ella seguía mirando,
Mr.
Bankes
había dejado de hacerlo. Se había puesto las gafas. Había retrocedido un paso.
Había
levantado una mano. Se habían entrecerrado sus claros ojos azules, y Lily,
sobresaltada,
vio lo que quería hacer, y cerró los ojos como el perro cuando ve la mano
levantada
sobre su cabeza. Le habría gustado arrancar el cuadro del caballete, pero se
dijo:
Hay que aceptarlo. Hizo un esfuerzo, quiso recobrar la confianza, y someterse a
la
prueba
terrible de que alguien examinara su cuadro. Hay que aceptarlo, se dijo, hay
que
aceptarlo.
Y si finalmente alguien iba a verlo, Mr. Bankes era menos preocupante que
los
demás. Pero que otros ojos pudieran ver el balance de sus treinta y dos años,
la
sedimentación
de cada día de su vida, mezclados con algo más secreto de lo que ella
jamás
hubiera expresado o mostrado en el curso de todos esos días, eso era una
agonía.
Pero,
a la vez, qué inmensamente excitante era.
No
había nadie más desapasionado y tranquilo. Sacó un cortaplumas, y señaló
con
el mango de hueso en un lugar del lienzo. ¿Qué es lo que quería indicar con esa
mancha
púrpura triangular que había «justamente ahí»?, preguntó.
Era
Mrs. Ramsay mientras leía para james, dijo. Sabía qué le respondería: que
nadie
diría que se trataba de una forma humana. Pero ella no quería lograr que se
pareciera,
dijo. Entonces, ¿para qué los había puesto allí?, preguntó. ¿Por qué?, no había
razón
alguna, excepto que si allí, en aquel rincón, había luz, aquí, en este otro,
ella
sentía
la necesidad de la oscuridad. Sencillo, consabido, trivial, incluso, sin
embargo
Mr.
Bankes pareció interesarse. La madre y el hijo -objetos de la veneración
universal, y
en
este caso, además, la madre era conocida por su belleza- podían reducirse,
reflexionaba,
a una mancha púrpura sin irreverencia.
Pero
no se trataba de un retrato de ellos, dijo ella. No, no en ese sentido. Había
otros
sentidos, además, mediante los que se les podía reverenciar. Mediante una
sombra
aquí,
o una luz allí, por ejemplo. Su ofrenda adquiría esa forma, si, como ella
vagamente
imaginaba,
un cuadro tiene que ser un homenaje. Una madre y un hijo podían reducirse
a
una sombra sin irreverencia. Una luz aquí pedía una sombra allí. Se quedó
pensándolo.
Se mostró interesado. Lo aceptó, de forma científica, de buena fe. Lo cierto
era
que sus prejuicios caminaban todos ellos en sentido opuesto, le explicó. La
pintura
más
grande de su salón, un cuadro que habían alabado los propios pintores, y que se
había
tasado en un precio muy superior al que él había pagado, era de unos cerezos en
flor
en las orillas del Kennet. Había pasado la luna de miel en las orillas del
Kennet,
dijo.
Lily tenía que ir a ver el cuadro, dijo. Pero ahora, se volvió, sin las gafas,
para
examinar
científicamente el lienzo. Había que juzgar la relación de los volúmenes, de
las
luces y sombras, cosas, a decir verdad, en las que nunca anteriormente había
pensado,
le gustaría que se lo explicaran: ¿qué quería decir eso? Señalaba la escena
ante
sus
ojos. Ella miró. No podía mostrarle lo que quería hacer, ni siquiera ella sabía
verlo
sin
el pincel en la mano. Volvió a su anterior postura de trabajo, con los ojos
entrecerrados
y aspecto de distraída, sometiendo sus impresiones de mujer a algo más
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-29-
general;
cayendo de nuevo bajo el poder de esa visión que había visto con toda claridad
una
vez, y que ahora debía buscar a tientas entre setos, casas, madres y niños: el
cuadro.
Se
trataba, recordó, de cómo relacionar este volumen con el de la izquierda.
Podría
hacerlo
quizá extendiendo la línea de la rama; o rompiendo el vacío del primer plano
con
algún objeto (quizá James), así. Pero el peligro consistía en que al hacer eso
quizá
se
perdería la unidad del conjunto. Se detuvo, no quería aburrirlo, quitó el
lienzo del
caballete
sin esfuerzo.
Pero
alguien lo había visto, se lo habían arrebatado. Este hombre había
compartido
con ella algo intensamente íntimo. Con gratitud hacia Mr. Ramsay, con
gratitud
hacia Mrs. Ramsay, agradecida a la ocasión y al lugar, concediendo que el
mundo
poseía un poder que ella no le hubiera atribuido, el poder de que una pudiera
pasar
por aquella larga galería ya no sola sino del brazo de alguien -el sentimiento
más
extraño
y más alegre de su vida-, echó el pestillo de la caja de pinturas con más
fuerza
de
la necesaria, y al cerrarla pareció rodear mediante un círculo eterno la propia
caja de
pinturas,
el jardín, a Mr. Bankes y a esa malvada villana, a Cam, que pasaba corriendo.
10
Porque
a Cam le había faltado una pulgada para rozar el caballete al pasar; no se
fijó
en Mr. Bankes ni en Lily Briscoe; a Mr. Bankes le habría gustado tener una
hija, y
extendió
la mano; tampoco se fijó en su padre, a quien también le faltó una pulgada para
rozarlo;
ni en su madre, que gritó cuando pasaba: «¡Cam!, ¡ven un momento!» Se fue
como
un pájaro, un bala, una flecha; impulsada por qué deseo, disparada por quién,
dirigiéndose
hacia dónde, ¿quién sabría decirlo? ¿Qué?, ¿cómo?, pensaba Mrs. Ramsay
sin
dejar de mirarla. Quizá fuera algo de su imaginación: una concha, una carretilla,
un
reino
de hadas en la otra punta del seto; o quizá lo hiciera por el placer de ir
aprisa,
nadie
lo sabía. Pero cuando por segunda vez Mrs. Ramsay gritó: «¡Cam!», el proyectil
detuvo
la carrera, y Cam se acercó hacia su madre remoloneando, arrancó una hoja de
paso.
En
qué estaría soñando, se preguntaba Mrs. Ramsay, viéndola absorta, ante ella,
pensando
en sus cosas; tuvo que repetir el recado: pregúntale a Mildred si han regresado
Andrew, Miss Doyle y Mr. Rayley. Parecía como si las palabras
cayeran en un pozo, en
el
que, aunque estuvieran claras, las aguas fueran extraordinariamente
distorsionantes,
de
forma que, incluso mientras descendían, se viera cómo se movían formando un
dibujo
sobre el suelo de la mente de la muchacha. Pero ¿qué clase de recado podría dar
Cam
a la cocinera?, se preguntaba Mrs. Ramsay. A decir verdad sólo tras paciente
espera,
y tras escuchar que había una anciana en la cocina, con las mejillas muy rojas,
bebiendo
sopa de un tazón, pudo Mrs. Ramsay, con paciencia, hacer aflorar ese instinto
de
loro que había recogido las palabras de Mildred con la suficiente precisión
como para
reproducirlas
ahora en una cantilena incolora. Cam, mientras movía los pies, repitió las
palabras:
«No, no han vuelto, y le he dicho a Ellen que recoja el servicio del té.»
Minta
Doyle y Paul Rayley no habían regresado. Mrs. Ramsay pensaba que eso
sólo
podía interpretarse de una forma.
Lo
ha aceptado o lo ha rechazado. Esto de salir a pasear después de almorzar,
incluso
aunque fuera en compañía de Andrew, ¿qué otra cosa podría querer decir?,
excepto
que ella había decidido, correctamente, pensó Mrs. Ramsay (y le tenía mucho
afecto
a Minta), aceptar a ese buen hombre, que quizá no fuera el más brillante; pero,
claro,
pensó Mrs. Ramsay, dándose cuenta de que James le pedía que siguiera leyéndole
Librodot
Al Faro Virginia Woolf
-30-
el
cuento del pescador y su esposa, en el fondo del corazón preferiría
infinitamente los
tontorrones
a los que escribían tesinas; por ejemplo, a Charles Tansley. En todo caso,
fuera
lo que fuera, en estos momentos ya había sucedido.
Siguió
leyendo: «A la mañana siguiente la mujer se despertó antes, acababa de
amanecer,
y desde la cama veía el hermoso paisaje ante ella. Su marido comenzaba a
desperezarse...»
Minta,
¿sería capaz de rechazarlo? No, desde luego, si aceptaba vagabundear
sola
por los campos con él -Andrew seguro que estaría buscando cangrejos-, aunque
quizá
Nancy estuviera con ellos. Intentó recordar la imagen del grupo junto a la
puerta
de
entrada tras el almuerzo. Estaban allí, mirando hacia el cielo, preocupados por
el
tiempo,
y ella dijo, en parte para vencer la timidez de ellos, en parte para animarlos
a
salir
(tenía en estima a Paul):
-No
hay ni una nube en muchas millas -tras lo cual advirtió cómo el
insignificante
Charles Tansley, que los había seguido, sofocaba una risita. Pero lo había
hecho
intencionadamente. No sabía con certeza si Nancy estaba con ellos o no; en su
mente,
dirigía alternativamente la mirada a uno y otra.
Siguió
leyendo: «"¡Ah!, mujer -dijo el hombre- ¿y para qué quiero ser rey? Yo
no
quiero ser rey. «Muy bien -dijo la esposa-, si tú no quieres ser rey, yo sí
quiero ser
reina;
ve a ver al pez, porque quiero ser reina.»
«Entra
o sal, Cam», le dijo, sabiendo que Cam se había quedado atrapada por la
palabra
«pez», y que dentro de poco estaría importunando a James, y discutiendo con él.
Cam
echó a correr. Mrs. Ramsay siguió leyendo, aliviada, porque James y ella
compartían
los mismos gustos, y se sentían a gusto juntos.
«Y
cuando llegó al mar, estaba de color gris oscuro, de lo más profundo del agua
subía
un olor a putrefacción. Se acercó al agua, y se quedó en pie, y dijo:
Pececito,
que vives en la mar,
Ven,
te lo ruego, ven, acude aquí,
Pues
mi mujer, la buena de Ilsebill,
no
está conforme con mi voluntad.
"Pero
¿qué es lo que quiere?", dijo el pececito.» Ahora, ¿dónde estarían?, se
preguntaba
Mrs. Ramsay, que se entretenía fácilmente con sus pensamientos mientras
leía,
porque el cuento del pescador y su esposa era como el bajo que acompañaba una
canción,
que de vez en cuando, de forma inesperada, se convertía en la propia melodía.
¿Cuándo
habría que decírselo a ella? Si no hubiera pasado, tendría que hablar muy en
serio
con Minta. Porque no podía dedicarse a vagabundear por el campo, aunque Nancy
estuviera
con ellos (intentó de nuevo, sin éxito, visualizar las espaldas de los que iban
por
el camino, para contarlas). Era responsable ante los padres de Minta: el búho y
la
badila.
Le vinieron a la mente los motes mientras leía. El búho y la badila, a decir
verdad,
se sentirían muy ofendidos si les contaran, y seguro que se lo contarían, que a
Minta,
cuando estuvo con los Ramsay, la habían visto, etcétera, etcétera, etcétera.
«Él
llevaba
peluca en
recepciones»,
repitió esto, pescándolo del fondo de los recuerdos, en una ocasión en que
al
regresar de una fiesta había dicho eso para divertir a su marido. Vaya, vaya,
se dijo
Mrs.
Ramsay, ¿cómo es que esa pareja había tenido una hija tan incongruente como
ésta?
¿Esta marimacho de Minta, que llevaba agujeros en las medias? ¿Cómo lograba
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Al Faro Virginia Woolf
-31-
vivir
en aquella atmósfera portentosa en la que la doncella cambiaba la arena que
había
desperdigado
el loro, y la conversación se ceñía de forma estricta a los méritos,
interesantes
acaso,
pero, no obstante, limitados, del ave mencionada? Sí, la había invitado a
almorzar,
a tomar el té, a cenar, y finalmente la había invitado a quedarse con ellos en
Finlay,
lo cual había acarreado algún malentendido con el búho, con la madre, y más
visitas,
más charlas, y más cambios de arena, y en realidad, al final de todo, había
dicho
tantas
mentiras acerca de los loros como para que le durasen toda la vida (eso es lo
que
le
había dicho a su marido aquella noche cuando regresaban de la fiesta). Sin
embargo,
Minta
había venido... Sí, había venido, pensó Mrs. Ramsay, sospechando que había
alguna
espina en la madeja de estos pensamientos; y al desenredarla se encontró con
que
era
ésta: una mujer la había acusado en una ocasión «de robarle el afecto de su
hija»;
alguna
palabra de Mrs. Doyle le había hecho recordar esa acusación. El deseo
dedominar,
el
deseo de intervenir, de hacer que la gente cumpliera su voluntad: ésa era la
acusación
que le hacían, y ella pensaba que era muy injusta. ¿Cómo impedir «ser así»
para
los demás? No podían acusarla de querer impresionar a nadie. Incluso ella misma
se
avergonzaba a veces de lo descuidada que iba. Tampoco era dominante ni
tiránica.
Era
más cierto si se referían a su actitud respecto de los hospitales, el
alcantarillado, la
lechería.
Sobre asuntos como ésos sí que se mostraba apasionada, y le habría gustado, si
hubiera
podido, coger a la gente del cuello y obligarlos a ver las cosas. No había un
hospital
en toda la isla. Eso sí que era una desdicha. La leche que te dejaban a la
puerta
en
Londres estaba de color pardo a causa de la suciedad: debería prohibirlo la
ley. Una
granja
modelo, y un hospital aquí: esas dos cosas sí que le habría gustado poder
hacerlas
ella.
Pero ¿cómo? ¿Con todos los niños a su cuidado? Cuando fueran mayores, quizá
entonces
tuviera tiempo; cuando estuvieran todos en el colegio.
Ah,
pero no quería que James ni Cam tuvieran ni un solo día más. Le habría
gustado
que estos dos se quedaran como eran, como diablillos perversos, como
delicados
angelitos; y no ver cómo se convertían en monstruos de largas piernas. Nada
compensaba
la pérdida. Cuando leía, como ahora, a Jarnes, que había «muchos soldados
con
tambores y trompetas», y se le ensombrecían los ojos, ella pensaba, ¿por qué
tenían
que
crecer, y perder todo eso? Era el que más talento tenía, el más sensible de
todos sus
hijos.
Pero todos, creía, prometían mucho. Prue, un ángel de perfecciones, y ahora,
especialmente
por las noches, le cortaba la respiración a cualquiera el ver lo hermosa
que
era. Andrew, hasta su marido admitía que el talento que tenía para las
matemáticas
era
poco común. Nancy y Roger, eran niños salvajes, que pasaban todo el día
corriendo
por
los campos. Y en cuanto a Rose, tenía la boca demasiado grande, pero tenía unas
manos
maravillosas. Cuando preparaban charadas, Rose hacía los vestidos; hacía todo;
pero
lo que más le gustaba era arreglar las mesas, las flores, cualquier cosa. No le
gustaba
que Jasper disparara a los pájaros, pero era una etapa, todos tenían sus
diferentes
etapas. ¿Por qué, se preguntaba, mientras apoyaba la barbilla sobre la cabeza
de
James, tenían que crecer tan aprisa? ¿Por qué tenían que ir a la escuela? Le
habría
gustado
tener siempre un niño pequeño. El colmo de la felicidad era llevar un niño en
brazos.
Si querían, podían decir que era una déspota, dominante, mandona, no le
preocupaba.
Mientras le rozaba el cabello con los labios, pensaba en que nunca volvería
a
ser tan feliz el niño, pero se detuvo, pensó en cuánto enfadaba a su marido que
pensara
eso.
Pero era verdad. Ahora eran más felices de lo que llegarían a ser en toda su
vida.
Un
juego de té de diez peniques le proporcionaba a Cam felicidad para diez días.
Tan
pronto
como se despertaban, se oían en el piso de arriba los golpes sobre el suelo, y
los
gritos
de alegría. Avanzaban por el pasillo haciendo ruido. De repente se abría la
puerta
de
golpe, y entraban, frescos como rosas, mirando todo atentamente, despejados,
como
si
entrar así en el comedor tras el desayuno, algo que hacían todos los días,
fuera una
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Al Faro Virginia Woolf
-32-
fiesta
para ellos; y el resto del día era idéntico, una cosa tras otra, todo el día,
hasta
cuando
subía para desearles buenas noches, y los encontraba arropados en las camas
plegables,
como pájaros entre cerezas y frambuesas, todavía contando cuentos sobre
cualquier
insignificancia: algo que hubieran oído, algo que hubieran cogido en el jardín.
Todos
tenían sus tesoros... Y bajaba y se lo contaba a su marido, ¿por qué tenían que
crecer
y perderse todo eso? Nunca volverían a ser tan felices. Y él se enfadaba. ¿Por
qué
esa
opinión tan negativa de la vida?, decía él. No es sensato. Era raro, sí, pero
ella
pensaba
que era verdad; pensaba que, con todo su pesimismo y desesperación, él era
más
feliz, y en general tenía más esperanza que ella. Quizá estaba menos expuesto a
las
preocupaciones
humanas, quizá era eso. Él siempre podía refugiarse en el trabajo. No es
que
ella fuera «pesimista», como él decía. Sólo que pensaba en la vida, en la breve
cinta
que
se desarrollaba ante sus ojos, en los cincuenta años. Estaba ante ella, esta
vida. La
vida:
pensaba en ella, pero no llevaba los pensamientos hasta sus últimas
consecuencias.
Echaba
una mirada a la vida, porque tenía una clara percepción de que allí estaba, era
algo
real, algo íntimo, algo que no compartía ni con sus hijos ni con su marido.
Había
una
especie de transacción, ella estaba a un lado; la vida, a otro; y siempre
quería
obtener
lo mejor de la vida; y la vida hacía lo mismo con ella; y a veces parlamentaban
(cuando
se sentaba a solas); había, lo recordaba, grandes escenas de reconciliación; en
buena
medida, extrañamente, tenía que admitir que pensaba que lo que ella llamaba
vida
era
algo terrible, hostil, y que se abalanzaba sobre ti si le dabas la oportunidad.
Había
problemas
eternos: el sufrimiento, la muerte, los pobres. Incluso aquí había siempre una
mujer
que agonizaba víctima del cáncer. Pero ella decía a los niños: saldréis
adelante.
Eso
había estado diciendo, una y otra vez, a ocho personas (y la factura del
invernadero
llegaría
a las cincuenta libras). Por esa razón, sabiendo lo que les aguardaba -amor,
esperanzas,
ser desdichado en algún lugar remoto-, había tenido con cierta frecuencia
esa
sensación, ¿Por qué tenían que crecer y perder todo eso? Y se había dicho,
blandiendo
la espada ante la vida, tonterías. Serán completamente felices. Y aquí estaba,
reflexionó,
sintiendo de nuevo que la vida era algo siniestro, haciendo de casamentera
con
Minta y Paul Rayley; porque fuera lo que fuera lo que sintiera sobre su propia
transacción,
y había sufrido experiencias que no necesariamente les sucedían a todos (ni
ella
misma las mencionaba); se sentía obligada, demasiado bien lo sabía, casi como
si
fuera
un escape para ella, además, a decir que la gente tenía que casarse, y que
tenían
que
tener hijos.
¿Estaría
equivocada?, se preguntaba, repasando su conducta durante la semana
pasada
o la anterior, y se preguntaba si no habría coaccionado a Minta para que se
decidiera;
Minta, después de todo, sólo tenía veinticuatro años. Estaba intranquila. ¿No
se
había reído de ello? ¿No había vuelto a olvidar cuán hondamente impresionaba a
la
gente?
El matrimonio exigía..., ah, sí, toda suerte de buenas cualidades (la factura
del
invernadero
sumaría cincuenta libras); había una -no necesitaba mencionarla-, ¡la
verdaderamente
esencial!, la que ella tenía con su marido. ¿La tenían?
«Entonces
se puso los pantalones, y echó a correr -siguió leyendo-. Pero afuera había
una
gran tempestad, y el viento soplaba con tal fuerza que apenas se sostenía sobre
los
pies;
se derribaban las casas y los árboles, temblaban las montañas, se despeñaban
las
rocas
en el mar, el cielo estaba negro como la pez, y había truenos y relámpagos, y
el
mar
se aproximaba con negras olas altas como campanarios o montañas, y coronadas de
espuma.»
Volvió
la hoja; unos renglones más, y acababa el cuento; aunque ya había
pasado
la hora de ir a la cama. Se hacía tarde. Se lo decía la luz del jardín; y el
blanco
de
las flores y algo gris en las hojas conspiraban para despertar en ella una
sensación de
ansiedad.
Al principio no sabía de qué se trataba. Luego lo recordó: Paul y Minta y
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Al Faro Virginia Woolf
-33-
Andrew
no habían regresado. Recordó al grupito cuando estaba ante ella en la terraza,
ante
la puerta del recibidor, en pie, mirando hacia el cielo. Andrew llevaba el
retel y la
cesta.
Eso quería decir que pensaba coger cangrejos de mar y cosas así; y que tendría
que
subir a una roca, quizá se había quedado aislado. Tal vez, al regresar en fila
india
por
uno de esos senderos de los acantilados, uno de ellos se hubiera resbalado, se
hubiera
despeñado. Estaba oscureciendo.
Pero
mientras terminaba de leer el cuento no se permitió que se le alterase la voz
ni
un poco, y, tras cerrar el libro, añadió unas palabras que parecía que acabara
de
inventarse,
mientras miraba a James a los ojos: «Y ahí es donde siguen hasta hoy.»
«Y
así termina», dijo, y vio cómo en los ojos de él se apagaba el interés por el
cuento,
desplazado por algo diferente; una interrogación, algo pálido, como el reflejo
de
una
luz, algo que le hacía mirar con atención y le hacía admirarse. Se volvió, y
vio, al
otro
lado de la bahía, imperturbable, sobre las olas, primero los dos destellos,
después el
haz
de luz más intenso y prolongado, la luz del Faro. Ya lo habían encendido.
No
tardaría en preguntar: «¿Iremos al Faro?» Y ella tendría que contestar: «No,
mañana,
no; tu padre ha dicho que no.» Afortunadamente, Mildred vino a buscarlos, y
la
llegada los distrajo. Pero él no dejaba de mirar por encima del hombro mientras
Mildred
se lo llevaba, y estaba segura de que pensaba, mañana no iremos al Faro, y
estaba
segura de que lo recordaría durante toda la vida.
11
No,
pensó, reuniendo algunos de los recortes de las ilustraciones -el refrigerador,
la
cortadora del césped, un caballero vestido para una fiesta-, los niños no
olvidan. Por
esto
es por lo que era tan importante lo que se decía, lo que se hacía; y era un
alivio
cuando
se iban a la cama. Porque ahora era cuando no tenía que pensar en nadie
obligatoriamente.
Podía ser ella misma, dedicarse a sí misma. Eso era precisamente lo
que
ahora necesitaba con tanta frecuencia: pensar; o quizá ni tan siquiera pensar.
Estar
en
silencio, quedarse sola. Todo el ser y el hacer, expansivo y deslumbrante, se
evaporaban;
y
se contraía, con una sensación de solemnidad, hasta ser una misma, un
corazón
de oscuridad en forma de cuña, algo invisible para los demás. Aunque siguió
tejiendo,
sentada con la espalda derecha, porque era así como se sentía a sí misma; y
este
yo, habiéndose desprendido de sus lazos, se sentía libre para participar en las
más
extrañas
aventuras. Cuando la animación cedía unos momentos, el campo de la
experiencia
parecía ilimitado. Suponía que esta sensación de acercarse a un depósito de
recursos
ilimitados era algo al alcance de todos; uno tras otro, ella, Lily, Augustus
Carmichael,
debían sentir que nuestras apariencias, lo que nos da a conocer, es algo
sencillamente
infantil. Bajo ellas todo es oscuridad, una oscuridad que todo lo envuelve,
de
insondable profundidad; pero de vez en cuando subimos a la superficie, y por
esas
señas
nos conocen los demás. Su horizonte le parecía ilimitado. Allí estaban todos
esos
lugares
que no había llegado a conocer; las llanuras de
la
pesada cortina de cuero de una iglesia de Roma. Esta semilla de oscuridad podía
ir a
cualquier
lugar, porque era invisible, nadie podía verla. No podían detenerla, pensó
exultante.
Había en ella paz, había paz, y había, lo mejor de todo, un conjunto de cosas,
un
apoyo para la estabilidad. No era la clase de descanso que hallaba una siempre,
en su
propia
experiencia (en este momento hizo algo que requería mucha destreza con las
agujas),
sino que era como una cuña de oscuridad. Al perder la personalidad, se perdían
las
preocupaciones, las prisas, el afanarse, y le subía a los labios una
exclamación como
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Al Faro Virginia Woolf
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de
triunfo sobre la vida, cuando las cosas se reunían en esta paz, en este descanso,
en
esta
eternidad; y al detenerse en este momento, levantó la mirada para ver el rayo
del
Faro,
el destello prolongado, el último de los tres, el suyo; porque al verlos en
este
estado
de ánimo, siempre a esta hora, no podía una desentenderse de alguna cosa, en
especial,
que viera; y esta cosa, ese destello prolongado, era el suyo. Con frecuencia se
sorprendía
de sí misma, allí sentada y mirando, sentada y mirando, con la labor entre las
manos;
hasta que se convertía en aquello que miraba: aquella luz, por ejemplo. Y podía
recoger
alguna frasecilla u otra que hubiera permanecido de aquella forma en su mente:
«Los
niños no olvidan, los niños no olvidan.» Que repetía una vez tras otra, y a la
que
comenzaba
a agregar: terminará, terminará. Así será, así será, cuando de repente, añadió:
Estamos
en manos del Señor.
Pero
al momento se sintió molesta consigo misma por decir eso. ¿Quién lo había
dicho?,
no ella; había caído en la trampa de decir algo que no quería decir. Levantó
los
ojos
de la labor, y vio el tercer destello, y le pareció como si sus ojos reflejaran
sus
propios
ojos, buscando como sólo ella sabía hacer en su propia mente y en su corazón,
purgando
su vida de esa mentira, de todas las mentiras. Se alabó a sí misma al alabar
aquella
luz, sin vanidad, porque era inflexible, era perspicaz, era hermosa como
aquella
luz.
Era raro, pensaba, cómo, cuando se quedaba sola, tendía a favorecer las cosas,
las
cosas
inanimadas; los árboles, los arroyos, las flores; creía que la expresaban a
una, y en
cierto
sentido eran una misma; sentía una ternura irracional (seguía con la mirada
fija en
aquel
destello prolongado), como por ella misma. Aparecía, y se quedaba con las
agujas
quietas,
y brotaba en el suelo de la mente, en la laguna del propio ser, una niebla, una
novia
al encuentro de su amante.
¿Qué
le había hecho decir eso de Estamos en manos del Señor?, se preguntaba.
La
insinceridad que se deslizaba en medio de las verdades la molestaba, la
irritaba.
Volvió
a la labor. ¿Cómo podría cualquier Señor haber hecho un mundo como éste?, se
preguntaba.
Mentalmente siempre había sido muy consciente de que no hay razón,
orden
ni justicia; sino sufrimiento, muerte y pobreza. No había traición lo
suficientemente
abyecta
que no se hubiera cometido en el mundo, lo sabía. La felicidad no
duraba,
lo sabía. Tejía con deliberada compostura, apretando los labios levemente, sin
darse
cuenta de ello, tan fijas y regulares eran las arrugas de la cara por ese
hábito de
inflexibilidad
que, cuando pasó su marido ante ella, riéndose para sí al recordar a Hume,
el
filósofo, que había engordado tanto que se había caído a un charco, y no podía
salir,
no
dejó de darse cuenta, al pasar, de la severidad que había en el fondo de
aquella
belleza.
Eso lo entristecía a él, y lo remota que era lo afligía, y advertía, al pasar,
que no
podía
protegerla, y, cuando llegaba al seto, ya estaba triste. No podía hacer nada
para
ayudarla.
Debía quedarse cerca y vigilar. A decir verdad, la maldita verdad es que la
presencia
de él hacía que las cosas fueran peor para ella. Era irascible, era
susceptible.
Se
había enfadado con lo del Faro. Miraba hacia el seto, lo intrincado que era, lo
oscuro
que
era.
Siempre,
pensaba Mrs. Ramsay, podía una por sí sola salir, con renuencia, de la
soledad,
agarrándose a cualquier cosa, a algún sonido, a alguna imagen. Escuchaba,
pero
todo estaba callado: había terminado el críquet, los niños estaban bañándose;
sólo
se
oía el rumor de la mar. Dejó de tejer, durante un momento se quedó colgando de
sus
manos
el calcetín de color castaño rojizo. Volvió a ver la luz. Con una punta de
ironía
en
la interrogativa mirada, porque, cuando una estaba bien despierta, las cosas
cambiaban,
dirigió los ojos hacia la luz, la luz sin piedad, sin remordimiento, que era en
buena
medida ella misma, pero, a la vez, era tan poco ella misma que la tenía a su
capricho
(se despertaba por las noches, y se erguía en la cama, y veía cómo barría el
suelo);
pero, con todo, pensaba, mirando fascinada, hipnotizada, como si la luz palpara
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Al Faro Virginia Woolf
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con
dedos de plata algún vaso oculto de su mente cuya explosión la inundase de
satisfacción
y placer, había conocido la felicidad, una felicidad exquisita, una felicidad
intensa;
y ahora argentaba la luz las airadas olas con un brillo algo más intenso, al
declinar
la luz diurna; y el azul desaparecía de la mar, y se desplegaba ésta en olas de
color
limón, que crecían y rompían en la playa, y el éxtasis estallaba en sus ojos, y
olas
de
puro deleite recoman el suelo de su mente, y se decía ¡basta!, ¡basta!
Se
volvió y la vio. ¡Ah! Era un encanto, era más encantadora de lo que hubiera
imaginado.
Pero no podía hablar con ella. No podía interrumpirla. Tenía urgentes
deseos
de hablar con ella, ahora que James se había ido, y cuando por fin se había
quedado
sola. Pero tomó una decisión, no, no quería interrumpir su soledad. Estaba
remotamente
lejos de él ahora, con su belleza, su tristeza. La dejaría en paz, y pasó junto
a
ella sin decir una palabra, aunque lo hirió el ver que ella estaba tan lejos,
que no podía
llegar
a ella, que no podía hacer nada para ayudarla. Habría vuelto a pasar junto a
ella
sin
decir una palabra si ella, en ese mismo momento, no le hubiera dado a él por su
propia
voluntad lo que sabía que él nunca pediría; lo llamó, cogió el chal verde del
marco
del cuadro, se fue con él. Porque, ella lo sabía, quería protegerla.
12
Se
cubrió los hombros con el chal verde. Le dio el brazo. Era tan hermoso, dijo
ella,
hablando de Kennedy, el jardinero; era tan guapo que no podía despedirlo. Había
una
escalera apoyada contra el invernadero, y había saquitos de cemento por todas
partes,
porque estaban comenzando a reparar el invernadero. Sí, pero mientras ella
paseaba
con su marido sabía que ya había una nueva fuente de inquietudes. Estuvo a
punto
de decir, mientras paseaban: «Nos costará cincuenta libras»; pero no se atrevió
a
hablar
de dinero, y se dedicó a hablar de los pájaros que mataba Jasper, y él le dijo,
para
calmarla
inmediatamente, que era normal en un muchacho, y que estaba seguro de que
no
tardaría mucho tiempo en hallar mejores formas de diversión. Era tan sensato su
marido,
tan justo. Y ella dijo: «Sí, todos los niños pasan por las mismas etapas», y
empezaba
a pensar en las dalias del parterre grande, y a preguntarse por las flores del
año
próximo, y que si había oído cómo llamaban los niños a Charles Tansley. El
ateo, lo
llaman,
el ateazo.
-No
es persona muy refinada -dijo Mr. Ramsay.
-Ni
mucho menos -dijo ella.
Creía
que estaba bien eso de dejarlo solo un rato, dijo Mrs. Ramsay,
preguntándose
si estaría bien enviarles semillas, ¿las plantarían?
-Tiene
que escribir la memoria -dijo Mr. Ramsay. Demasiado bien lo sabía, dijo
Mrs.
Ramsay, no hablaba de otra cosa. Era lo de la influencia de alguien sobre algo.
-Bueno,
es con lo único que cuenta -dijo Mr. Ramsay.
-Al
cielo pido que no se enamore de Prue -dijo Mrs. Ramsay. La desheredaría si
se
casara con él, dijo Mr. Ramsay. No miraba hacia las flores, su esposa sí; él
miraba
hacia
arriba, hacia un punto que estaba a unos treinta centímetros por encima de su
cabeza.
Era inofensivo, agregó él, y estaba a punto de decir que era el único hombre de
Inglaterra
que admiraba su..., pero se contuvo. No quería molestarla con sus libros. Las
flores
eran un logro, dijo Mr. Ramsay, bajando la mirada, y viendo algo rojo, algo de
color
castaño. Sí, pero éstas las había plantado ella con sus propias manos, dijo
Mrs.
Ramsay.
La pregunta era: ¿qué sucedería si mandaba las semillas?, ¿Kennedy
acostumbraba
a plantarlas? Qué perezoso era, añadió ella, avanzando. Cuando ella se
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Al Faro Virginia Woolf
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pasaba
todo el día con la azada en la mano, entonces, a veces, él se animaba y hacía
algo.
Siguieron caminando, hacia las liliáceas como barras al rojo vivo.
-Estás
enseñando a tus hijas a exagerar -dijo Mr. Ramsay a modo de reproche.
Su
tía Camilla era mucho peor que ella, observó Mrs. Ramsay.
-Que
yo sepa, nadie ha dicho que tía Camilla sea un modelo de nada -dijo Mr.
Ramsay.
-La
mujer más guapa que he conocido -dijo Mrs. Ramsay.
-Ha
habido otras -dijo Mr. Ramsay. Prue iba a ser mucho más guapa que ella,
dijo
Mrs. Ramsay. No había señales de eso, dijo Mr. Ramsay.
-Bueno,
fíjate en ella esta noche -dijo Mrs. Ramsay. Se detuvieron. Él dijo que le
gustaría
hallar el modo de inducir a Andrew a esforzarse más en sus tareas. Si no lo
hacía,
perdería la ocasión de obtener alguna beca.
-¡Ah,
las becas! -exclamó ella. Mr. Ramsay pensó que era una tontaina por
hablar
así de un asunto tan serio como era el de las becas. Sería un orgullo para él
que
Andrew
obtuviera una beca, dijo. Y ella estaría igual de orgullosa aunque no la
obtuviera,
dijo ella. Nunca se ponían de acuerdo en esto, pero no importaba. A ella le
gustaba
que él creyera en las becas, y a él le gustaba que ella estuviera orgullosa
hiciera
lo
que hiciera. De repente, ella se acordó de los senderos junto a los
acantilados.
¿No
se había hecho tarde?, preguntó ella. Aún no habían regresado. Abrió, sin
ningún
cuidado, la tapa de resorte del reloj. Pero acababan de dar las siete. Mantuvo
el
reloj
abierto durante un momento, estaba decidiendo si le diría o no lo que había
estado
pensando
en la terraza. Para empezar, no era sensato estar tan nerviosa. Andrew sabía
cuidarse
bien. Entonces quiso decirle que cuando había estado paseando por la terraza,
hacía
unos minutos... y al llegar a este punto se sintió incómodo, como si estorbara
la
soledad,
el aislamiento, la distancia de ella... Pero ella le pidió que siguiera. Qué es
lo
que
quería decirle, le preguntó, pensando en que se trataba de algo del Faro, que
se
arrepentía
de haberle dicho: «Maldita seas.» Pero no. Es que no le gustaba verla tan
triste.
Es sólo que pienso en las musarañas, dijo ruborizándose. Ambos se sintieron
incómodos,
como si no supieran si tenían que seguir paseando o si tenían que volver.
Había
estado leyéndole cuentos a James, dijo. No, eso no podían compartirlo; no
podían
decirlo.
Habían
llegado a la abertura en el seto, flanqueada por los dos grupos de
liliáceas
como barras al rojo vivo, y de nuevo se veía el Faro, pero no quiso mirar en
aquella
dirección. Si hubiera sabido que la miraba, pensó, no se habría quedado allí.
No
le
gustaba nada que le recordaran que la habían visto sentada, pensativa. Miró por
encima
del hombro, hacia el pueblo. Las luces hacían ondas, y discurrían como si
fueran
gotas
de agua que el viento sujetara con firmeza. Y toda la pobreza, todo el
sufrimiento
habían
dado en aquello, pensó Mrs. Ramsay. Las luces del pueblo y de la bahía y las de
los
barcos parecían una red fantasmal que flotara allí como la baliza de señales de
algo
que
se hubiera hundido. Bueno, si él no podía compartir los pensamientos con ella,
se
dijo
Mr. Ramsay, entonces se dedicaría a los suyos, por su cuenta. Quería seguir
reflexionando,
repetirse la anécdota de cómo Hume se había caído a una charca; quería
reírse.
Pero, en primer lugar, era una necedad preocuparse demasiado por la ausencia de
Andrew.
A la edad de Andrew, él solía caminar por los campos durante todo el día, con
unas
galletas en el bolsillo, y nadie se preocupaba por él, ni temían que se hubiera
despeñado
por los acantilados. Dijo en voz alta que estaba pensando hacer una marcha
de
un día si hacía buen tiempo. Ya estaba algo harto de Bankes y Carmichael.
Quería
algo
de soledad. Sí, dijo ella. Le fastidiaba que ella no protestara. Ella estaba
segura de
que
no lo haría. Era demasiado viejo para pasar todo el día de marcha con unas
galletas
en
el bolsillo. Se preocupaba por los niños, pero no por él. Hacía muchos años,
antes de
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Al Faro Virginia Woolf
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casarse,
se acordó, mientras miraban al otro lado de la bahía, entre los dos grupos de
liliáceas
como barras al rojo vivo, de que había estado andando todo un día sin parar.
Había
almorzado pan con queso en un bar. Había estado caminando diez horas sin
detenerse;
había una vieja que de vez en cuando entraba en casa y atendía el fuego. Esa
era
la comarca que le gustaba, por allí, por las colinas arenosas que se
difuminaban en la
oscuridad.
Podía estar uno andando todo el día sin encontrarse con nadie. Apenas había
alguna
casa o un solo pueblo en muchas millas a la redonda. Podía cualquiera expulsar,
en
completa soledad, las preocupaciones a fuerza de pensar en ellas. Había
pequeñas
ensenadas
a las que no había llegado nadie desde el principio de los tiempos. Las focas
se
sentaban y se te quedaban mirando. A veces pensaba que en una casita por allí
perdida,
solo..., se separó, con un bostezo. No tenía ningún derecho. Tenía ocho hijos:
recordó.
Habría sido un animal, un bruto si deseara cambiar algo. Andrew sería mejor
de
lo que había sido él. Prue sería una mujer muy hermosa, según su madre. Apenas
un
momento
podrían detener la marea que subía. No había estado nada mal, lo de los ocho
hijos.
Demostraban que después de todo no maldecía todo el desdichado y triste
universo;
porque en una tarde como ésta, al ver cómo la tierra se difuminaba en el
horizonte,
la islita parecía ridículamente pequeña, medio sepultada por el mar.
«Triste
lugar», murmuró suspirando.
Lo
oyó. El decía siempre cosas muy melancólicas, pero ella se daba cuenta de
que
en cuanto las había dicho parecía más contento que de costumbre. Ella creía que
todo
esto de decir frases rotundas era un jueguecito, porque si ella hubiera dicho
la
mitad
de las cosas que decía él, a estas horas le habría estallado la cabeza.
La
fastidiaba esto de las frases, y, de la forma más natural posible, le dijo que
hacía
una tarde espléndida. Y que no se quejara, le dijo, medio riéndose, medio
quejándose,
porque intuía en qué estaba pensando: habría escrito mejores libros si no se
hubiera
casado.
No
se quejaba, dijo. Ella sabía que no se quejaba. Sabía que no tenía de qué
quejarse.
Le cogió la mano, se la llevó a los labios con tal pasión que hizo que a ella
se
le
llenaran los ojos de lágrimas, y de repente la soltó.
Dieron
la espalda a la vista, comenzaron a subir, cogidos del brazo, por el
camino
donde crecían unas plantas en forma de lanza, de color verde plateado. El brazo
era
casi como el de un joven, pensaba Mrs. Ramsay, flaco y duro, y pensó complacida
en
lo fuerte que era todavía, aunque tenía más de sesenta años, y qué indómito y
optimista,
y lo extraño que era que, sabiendo lo horroroso que era todo, no pareciera
estar
muy deprimido, sino, al contrario, alegre. ¿No era raro?, se dijo. A decir
verdad, a
veces
le parecía que era diferente al resto de la gente: ciego, sordo y mudo ante los
acontecimientos
triviales, pero con una vista de águila para las cosas extraordinarias. Su
capacidad
de comprensión a veces la asombraba. Pero ¿advertía la presencia de las
flores?,
no. ¿La del paisaje?, no. ¿Advertía siquiera la belleza de su hija, o si estaba
comiendo
embutidos o un asado? Se sentaba a la mesa con ellos como si fuera un
personaje
de un sueño. Y, se temía ella, esa costumbre de hablar en voz alta, o de
recitar
poesía,
se le acentuaba cada vez más; porque a veces era un tanto preocupante:
Best and brightest, come away!
A
la pobrecita Miss Giddings, cuando aparecía gritándole cosas como ésta, casi
se
le salía el corazón del pecho por el susto. Pero, al momento, Mrs. Ramsay se
ponía de
su
parte contra todas las estúpidas Giddings del mundo; entonces, haciendo una
leve
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presión
en el brazo de él, le hizo saber que subían la cuesta demasiado aprisa para
ella, y
que
quería detenerse para ver si las toperas de la orilla eran nuevas; entonces, al
agacharse
a mirar, pensó que una mente como la de él a la fuerza tenía que ser diferente
de
las nuestras. Todos los grandes hombres que ella había conocido, pensó, tras
concluir
que
debía de haber dentro un conejo, eran iguales, y estaba bien que los jóvenes
(aunque
la
atmósfera de las clases estaba muy cargada, y la deprimía hasta lo
insoportable), sencillamente,
se
acercaran a escucharle. Pero si no se cazaban los conejos, ¿cómo impedir
que
proliferaran?, se preguntó. Podría ser un conejo, podría ser un topo. Alguna
alimaña
le
destruía las hierbas de asno. Al levantar la mirada, vio sobre los delgados
árboles la
primera
estrella, y quiso que su marido la viera también; porque ver una estrella le
proporcionaba
un gran placer. Pero se contuvo. Él nunca miraba las cosas. Si hubiera
mirado,
lo único que se le habría ocurrido decir sería: Pobrecito mundo, y habría
suspirado.
En
aquel momento, dijo, «Muy bonitas»», para complacerla, y fingió que
admiraba
las flores. Pero demasiado bien sabía ella que no las admiraba, y que ni
siquiera
se daba cuenta de que estuvieran allí. Sólo era para complacerla... Ah, pero
¿no
era
Lily Briscoe la que paseaba con William Bankes? Dirigió sus ojos de miope hacia
la
pareja
que se perdía a lo lejos. Sí, era ella. ¿No significaba eso que iban a casarse?
¡Sí,
seguro
que sí! ¡Qué idea tan buena! ¡Tenían que casarse!
13
Conocía
Amsterdam, decía Mr. Bankes mientras caminaba por el jardín en
compañía
de Lily Briscoe. Había estado viendo los Rembrandt. Conocía Madrid.
Desdichadamente
era Viernes Santo, y el Prado estaba cerrado. También había estado
en
Roma. ¿Conocía Roma Miss Briscoe? Ah, pues tenía que... sería una experiencia
maravillosa
para ella...
había
estado muy delicada de salud durante muchos años, de forma que no habían
tenido
ocasión de ver muchas cosas.
Ella
conocía Bruselas, París, pero aquí estuvo sólo en una visita muy rápida,
para
ver a una tía enferma. Conocía Dresde, había montañas de cuadros que no había
podido
ver; sin embargo, Lily Briscoe reflexionó, acaso era mejor no ver los cuadros:
le
hacían
sentirse irremisiblemente descontenta con su propia obra. Mr. Bankes pensaba
que
ese punto de vista podía llevarse quizá demasiado lejos. No todos podemos ser
Tiziano
o Darwin, dijo; y, además, creía que los Darwin y los Tiziano existían porque
había
personas sencillas como nosotros. A Lily le habría gustado decir algo amable
sobre
él: usted no es una persona cualquiera, Mr. Bankes; eso es lo que le habría
gustado
decir. Pero a él no le gustaban los cumplidos (aunque sí le gustan a la mayoría
de
los hombres, pensó), y se sintió un poco avergonzada de esta idea, mientras que
le
escuchaba
decir que acaso esta idea era inaplicable al caso de la pintura. En cualquier
caso,
dijo Lily, desprendiéndose de su modesta insinceridad, ella nunca dejaría de
pintar,
porque le interesaba. Sí, dijo Mr. Bankes, estaba convencido de que seguiría,
al
llegar
al extremo del jardín le preguntó si le costaba inspirarse para pintar en
Londres;
luego,
de vuelta, vieron a los Ramsay. Así que eso es el matrimonio, pensó Lily, un
hombre
y una mujer que miran a una niña que arroja una pelota. Esto es lo que Mrs.
Ramsay
quería decirme el otro día, pensó. Porque llevaba el chal de color verde, y
estaban
juntos,
miraban cómo Prue y Jasper se arrojaban la pelota. De repente, sin
justificación
aparente, como cuando alguien salía del metro, o pulsaba el timbre de una
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puerta,
descendía un significado sobre la gente, y la convertía en simbólica, en
representativa;
acababa de convertirlos, ahí, en pie, en medio del crepúsculo, absortos,
en
símbolos del matrimonio, marido y mujer. Luego, un momento después, ese perfil
simbólico,
que había vuelto trascendentes las figuras reales, se desvaneció de nuevo, y
volvieron
a ser Mr. y Mrs. Ramsay, que miraban cómo los niños se arrojaban la pelota.
Pero
todavía, durante un momento, aunque Mrs. Ramsay los saludó con la sonrisa de
costumbre
(ah, estará pensando que vamos a casarnos, pensó Lily), y dijo: «Esta noche
he
triunfado», con lo que quería decir que, por una vez, Mr. Bankes había aceptado
una
invitación
a cenar, y que no saldría corriendo para ir a su alojamiento donde su criado le
cocinaba
las verduras a su gusto; todavía, durante un momento, hubo la sensación de
que
las cosas se habían desperdigado como en una explosión, hubo como una
conciencia
del espacio, de irresponsabilidad, mientras la pelota ascendía, y la seguían
hasta
perderla, y veían la estrella solitaria, y las ramas con sus atavíos. En medio
de la
luz
declinante todos parecían más cortantes, más etéreos, y como si estuvieran
separados
por
enormes distancias. Entonces, tras retroceder un buen trecho (parecía como si
también
la solidez se hubiera desvanecido), Prue comió a toda prisa hacia ellos, y
cogió
la
pelota, con gran destreza, con la mano izquierda, y su madre dijo:
-¿No
han regresado todavía? -lo cual rompió el encantamiento. Mr. Ramsay se
sintió
autorizado a reírse de Hume en voz alta, que se había caído a una charca de la
que
no
podía salir, y de donde lo había rescatado una anciana con la condición de que
dijera
un
padrenuestro; se dirigió a su estudio riéndose. Mrs. Ramsay, trayendo de nuevo
a
Prue
al seno de la vida familiar, de la que se había escapado para jugar a tirar la
pelota,
preguntó:
-¿Ha
ido Nancy con ellos?
14
(Claro
que sí, Nancy había ido con ellos, porque Minta Doyle se lo había pedido
con
una mirada muda, con la mano extendida, cuando Nancy ya se iba, tras el
almuerzo,
al
ático, para escaparse del horror de la vida familiar. Había pensado que tenía
que ir.
No
quería ir. No quería que la arrastraran. Porque cuando caminaban por el sendero
de
los
acantilados Minta le cogía la mano. La soltaba. Volvía a cogérsela. ¿Qué
quería? Se
preguntaba
Nancy. Por supuesto, había algo que la gente quería; porque cuando Minta
le
cogía de la mano, Nancy, a contrapelo, veía cómo el mundo se extendía bajo
ella,
como
si fuera Constantinopla a través de la niebla, y después, por muy soñolienta
que
estuviera
una, tenía que preguntar: «¿Santa Soga?» «¿El Cuerno de Oro?» De forma que
Nancy,
cuando Minta le cogía de la mano, se preguntaba: «¿Qué quiere?, ¿es esto?», y
¿qué
es esto? De vez en cuando brotaban de la niebla -mientras Nancy miraba cómo la
vida
se extendía bajo ella- minaretes, cúpulas; cosas prominentes, sin nombres. Pero
cuando
Minta soltaba la mano, como hizo cuando bajaron la cuesta corriendo, todo
aquello,
la cúpula, el minarete, todo lo que sobresalía por encima de la niebla, volvía
a
hundirse,
desaparecía.
Minta,
observó Andrew, era una buena caminante. Llevaba ropas más sensatas
que
la mayoría de las mujeres. Llevaba faldas muy cortas, y pantalones cortos
negros.
Se
metía sin pensarlo en cualquier arroyo, y lo vadeaba. A él le gustaba lo
temeraria que
era,
pero se daba cuenta de que eso no era bueno: cualquier día se mataría de la
forma
más
idiota. Al parecer, nada le daba miedo... excepto los toros. En cuanto veía un
toro
en
el campo, echaba a correr gritando, que era exactamente lo que enfurecía a los
toros.
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Pero
no le importaba nada reconocerlo, había que admitirlo. Sabía que era una
miedica
con
los toros, decía. No le extrañaría que la hubiera derribado uno del cochecito
cuando
era
niña. Pero no parecía darle gran importancia a lo que decía o hacía.
Bruscamente se
acercó
al borde del precipicio, y comenzó a cantar algo sobre:
Malditos
tus ojos, malditos tus ojos.
Y
todos tenían que hacerle el coro, y empezar a gritar:
Malditos
tus ojos, malditos tus ojos.
Pero
sería una pena que subiera la marea, y cubriera todos los buenos cotos de
caza
antes de que pudieran llegar a la playa.
«Una
pena», Paul se mostró de acuerdo, y se levantó de repente, y mientras
descendían
a rastras, no dejaba de leerles, de la guía, que «estas islas son justamente
célebres
por sus paisajes que parecen parques, y por la cantidad y variedad de sus
especies
marinas». Pero de nada servía, tanto gritar y tanto maldecir los ojos, pensó
Andrew,
bajando con cuidado por el acantilado, y esto de darle amistosos golpecitos en
la
espalda, y eso de decir que era «buen chico», y todo eso, no servía de nada.
Era el
inconveniente
de llevar mujeres en estas expediciones. Se separaron en cuanto llegaron
a
la playa, él se fue a
Nancy
chapoteó hasta sus propias rocas, buscó sus charcas, y dejó que la pareja se
las
arreglara
por su cuenta. Se agachó y palpó las anémonas marinas, suaves como caucho,
pegadas
como masas de jalea a un costado de la piedra. Meditativa, convirtió la charca
en
un mar, y los pececillos fueron tiburones y ballenas, y proyectó vastas nubes
sobre
este
diminuto mundo, interponiendo la mano entre el sol y la tierra, y, como el
propio
Dios,
trajo así la oscuridad y el pesar a millones de seres ignorantes y felices; de
repente
retiró
la mano, y dejó que el sol luciera de nuevo. Sobre la pálida arena surcada en
todas
direcciones,
marcando el paso, acorazado, con manoplas, desfilaba un fantástico
leviatán
-seguía haciendo crecer el charco-, se deslizó hacia las anchas fisuras de la
falda
de la montaña. Después, la mirada abandonó de forma imperceptible la charca, y
descansó
en la imprecisa línea en la que se unían el cielo y el mar, en los troncos de
los
árboles
que el humo de los barcos de vapor sobre el horizonte hacía estremecerse; presa
del
poder del flujo y del inevitable reflujo, se quedó hipnotizada; y los dos
sentidos de la
inmensidad
y la menudencia -e1 charco había disminuido de nuevo- que florecían en
medio
de estos flujos le hicieron sentir que estaba atada de pies y manos, que no
podía
moverse
a causa de la intensidad de los sentimientos que reducían para siempre su
propio
cuerpo, su vida, las vidas de todo el mundo, a la nada. Escuchando las olas,
agachada
junto
al charco, en eso meditaba.
Andrew
dijo a gritos que subía la marea, dio un salto, comenzó a correr
chapoteando
sobre las olas que llegaban ya a la orilla; corvó hacia la playa, donde
llevada
por su propio ímpetu y por el deseo de moverse con rapidez, apareció justo tras
una
piedra, donde, ¡cielos!, ¡Paul y Minta estaban abrazados!, ¡quizá habían estado
besándose!
Se sintió afrentada, indignada. Andrew y ella se pusieron los calcetines y los
zapatos
en completo silencio, no dijeron ni una sola palabra sobre el asunto. A decir
verdad,
había cierta hostilidad entre ellos. Tenía que haberle llamado en cuanto vio el
cangrejo
o lo que fuera, gruñía Andrew. Sin embargo, ambos pensaban, no es culpa
nuestra.
Ellos no querían que hubiera sucedido aquel penoso incidente. No obstante, a
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Andrew
le irritaba que Nancy fuera mujer; y a Nancy, que Andrew fuera hombre; se
echaron
los cordones, e hicieron los lazos con todo esmero.
Fue
cuando llegaron a la cima del acantilado cuando Minta dijo que había
perdido
el broche de su abuela -el único adorno que poseía-, un sauce llorón, tenían
que
recordarlo,
con perlas engastadas. Tenían que haberlo visto, les decía; lloraba; era el
broche
que había llevado prendido su abuela en el sombrero hasta el último día de su
vida.
Y lo había perdido. ¡Podía haber perdido cualquier otra cosa! Tenía que volver
a
buscarlo.
Regresaron. Removieron, miraron, rebuscaron. Agachaban las cabezas, decían
cosas
en voz baja, refunfuñaban. Paul Rayley buscaba como loco por la piedra en la
que
habían
estado sentados. Todo este ajetreo por el broche no serviría de nada, pensaba
Andrew
cuando Paul le dijo: «busca entre estos dos puntos». La marea subía aprisa.
Pronto
el mar ocultaría el lugar en el que habían estado sentados. No tenían ni la más
remota
posibilidad de hallarlo. «¿Nos quedaremos aislados?», gritó Minta,
aterrorizada.
¡Como
si hubiera peligro de que eso sucediera! Era como con los toros, no controlaba
sus
emociones, pensó Andrew. Las mujeres no podían. El infeliz Paul intentó
calmarla.
Los
hombres -Andrew y Paul se sintieron de repente varoniles, diferentes de lo que
normalmente
eran- consideraron el asunto con brevedad, y decidieron dejar plantado el
bastón
de Paul donde habían estado sentados, para señalar el lugar, y para volver al
día
siguiente,
con la marea baja. Nada podía hacerse ahora. Si el broche estaba ahí, ahí
seguiría
al -día siguiente, le dijeron para calmarla, pero Minta no dejó de sollozar
mientras
ascendían de nuevo hasta la cima del acantilado. Era el broche de su abuela; no
le
habría importado nada perder cualquier otra cosa, pero, aunque de verdad le
importaba
haberlo perdido, en el fondo, no lloraba sólo por el broche, había algo más.
Quizá
deberían sentarse todos, y quedarse llorando, pensaba. Pero no sabía por qué.
Avanzaban
juntos, Paul y Minta; él la consolaba, y le decía que todo el mundo
elogiaba
el talento que tenía para hallar cosas perdidas. De pequeño, en una ocasión, se
había
encontrado un reloj de oro. Se levantaría al alba, y estaba seguro de que lo
hallaría.
Pensaba que casi estaría a oscuras, y que en cierta forma sería bastante
peligroso.
Comenzó a decirle, sin embargo, que lo hallaría, y ella dijo que no quería
oírle
decir que tenía que madrugar: lo había perdido para siempre; estaba segura;
había
tenido
un presentimiento al ponérselo por la tarde. Él, sin decir nada, tomó la
decisión
de
levantarse al alba, cuando todavía estuvieran todos dormidos; si no lo
encontraba,
iría
a Edimburgo, a comprar uno nuevo, pero más bonito. Ya le demostraría de lo que
era
capaz. Al bajar la cuesta, al ver las luces del pueblo encenderse una tras
otra, le
parecía
que eran como cosas que iban a sucederle: casarse, tener hijos, una casa;
luego,
al
llegar al camino principal, al que protegían unos arbustos muy altos, pensaba
en que
se
retirarían juntos a algún lugar tranquilo, se dedicarían a pasear, él la
guiaría siempre,
y
ella se apretaría a él -como hacía en este momento. Al cambiar de dirección en
el
cruce
pensó en qué experiencia tan asombrosa había sido, y en que debía contárselo a
alguien:
a Mrs. Ramsay, por supuesto, porque se quedó sin aliento al considerar lo que
había
pasado, lo que había hecho. Con gran diferencia, lo de pedir a Minta que se
casara
con
él había sido el peor momento de su vida. Iría directo a contárselo a Mrs.
Ramsay,
porque
pensaba que había sido ella quien en cierta forma lo había obligado a hacerlo.
Le
había
hecho creer que podía hacer lo que se propusiera. Nadie más lo tomaba en serio.
Pero
ella le había hecho creer que podía hacer lo que quisiera. Había advertido que
hoy
había
estado mirándolo constantemente, lo había seguido con la vista a todas partes
-sin
decir
una sola palabra-, como si estuviera diciéndole: «Sí, puedes. Tengo confianza
en
ti.
Seguro que te decidirás.» Eso es lo que le había hecho sentir, y en cuanto
regresaran -
buscaba
las luces de la casa, sobre la bahía-, iría a verla, y le diría: «Lo he hecho,
Mrs.
Ramsay,
gracias a usted.»