Al Faro

Al Faro

 

Virginia Wolf

 

I

LA VENTANA

1

í, mañana, por supuesto, si hace bueno -dijo Mrs. Ramsay-. Pero

tendréis que levantaros con la alondra-agregó.

Estas palabras proporcionaron a su hijo una alegría extraordinaria,

como si la excursión fuera ya cosa hecha; como si toda la ilusión con la que había

aguardado este momento, que parecía haber tardado años y años, estuviese, tras la oscuridad

de la noche, tras un día de navegación, al alcance de la mano. Pero, puesto que, ya

a los seis años, era miembro de ese gran grupo que no consigue mantener en orden los

sentimientos, sino que consiente que las esperanzas futuras, con sus penas y alegrías,

empañen lo que sí que está al alcance de la mano, y puesto que, para quienes son así,

desde la más temprana infancia, cualquier movimiento de la rueda de las emociones

tiene el poder de hacer cristalizar y detener el momento sobre el que recae ya la pena, ya

la exaltación, James Ramsay, que, sentado en el suelo, recortaba estampas del catálogo

ilustrado del economato de la armada y el ejército, mientras su madre hablaba, adomó el

cromo del refrigerador con una bienaventuranza celestial. Rodeaba el dibujo un halo de

complacencia. La carretilla, la cortadora de césped, el sonido de los álamos, las hojas

que blanqueaban antes de la lluvia, el graznido de los grajos, los ruidos de las escobas,

el rumor de los vestidos: todo esto tenía en su mente color y forma tan propios que les

había dedicado un código personal, una lengua secreta; aunque él, por su parte, era la

viva imagen del rigor, de la más inflexible seriedad: frente despejada, apasionados ojos

azules, inmaculadamente inocentes y puros, ceño severo ante la fragilidad humana; todo

esto hacía pensar a su madre (mientras observaba cómo las tijeras seguían con cuidado

el contorno del refrigerador), en los estrados, en visiones de togas rojas y armiños'; o en

la responsabilidad de algún asunto a la vez delicado y de gran importancia, algo

relacionado con alguna grave crisis de los asuntos públicos.

-Pero no hará bueno -dijo su padre, parado ante la ventana del salón.

Si hubiera tenido a mano un hacha, un espetón, o cualquier otra arma con la que

hubiera podido atravesarle el pecho, y haberlo matado en aquel mismo momento, James

habría echado mano de ella. Tan desmesuradas eran las emociones que Mr. Ramsay

despertaba entre sus hijos con su sola presencia; ahí estaba: flaco como hoja de cuchillo,

cortante, con su sonrisa sarcástica; contento no sólo por el placer de aguar la fiesta a su

hijo, y de dejar en ridículo a su esposa, diez mil veces mejor que él en todos los sentidos

(creía James), sino por poder exhibir además cierta secreta vanidad por la precisión de

sus juicios. Decía la verdad. Siempre decía la verdad. No sabía mentir, nunca

desfiguraba la naturaleza de un hecho cierto, jamás modificaría una palabra, por desagradable

que fuera, para acomodarla a la conveniencia o el gusto de nadie; y menos

aún la modificaría para complacer a sus propios hijos, de su carne y sangre, quienes

debían saber desde la infancia que la vida es dificil, que con la realidad no se puede

jugar, que para el viaje hacia esa tierra de fábula en la que se extinguen nuestras más

ardientes esperanzas, donde naufragan nuestras frágiles barquillas en medio de las tinieblas

(aquí Mr. Ramsay se erguía, los ojillos azules se convertían en rendijas dirigidas

-S

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hacia el horizonte), lo que hace falta es, sobre todo, valor, sinceridad, fuerza para

conllevar los padecimientos.

-Pero puede que haga bueno, y confio en que haga bueno -dijo Mrs. Ramsay,

tirando con un leve movimiento impaciente del hilo de lana castaño-rojiza del calcetín

que estaba tejiendo. Si acabara esta tarde, y si, después de todo, fueran al Faro, podría

regalarle los calcetines al torrero, para el niño, que tenía síntomas de coxalgia; también

les llevaría un buen montón de revistas atrasadas, tabaco y, cómo no, cualquier otra cosa

de la que pudiera echar mano, y que no fuera verdaderamente indispensable; cosas de

esas que lo único que hacen es estorbar en casa; debían de estar, los pobres, aburridos

hasta la desesperación, todo el día allí, de brazos cruzados, sin nada que hacer, excepto

cuidar el Faro, atender la mecha, pasar el rastrillo por un jardín no más grande que un

pañuelo: necesitaban entretenerse. Porque, se preguntaba, ¿a quién puede gustarle estar

encerrado durante todo un mes, o acaso más (cuando había tormentas), en un peñón del

tamaño de un campo de tenis?, ¿no recibir cartas ni periódicos?, ¿no ver a nadie?; si

estuvieras casado, ¿no ver a tu esposa?, ¿ni saber dónde están tus hijos?, ¿si están

enfermos, o si se han caído y se han roto piernas o brazos?; ¿ver siempre las mismas

lúgubres olas rompiendo una semana tras otra?; ¿y después la llegada de una horrible

tempestad, y las ventanas llenas de espuma, y las aves que se estrellan contra el farol, y

el movimiento incesante, sin poder asomar la nariz por temor a que te arrastre la mar?

¿A quién puede gustarle eso?, se preguntaba, dirigiéndose de forma especial a sus hijas.

A continuación, cambiando de actitud, añadía que era preciso llevarles todo lo que

pudiera hacerles la vida algo más grata.

-Sopla de poniente -dijo Tansley, el ateo, abriendo los dedos de forma que el

viento pasara entre ellos; compartía con Mr. Ramsay el paseo vespertino por el jardín,

de un lado para otro, y vuelta a empezar. Lo que quería decir es que el viento soplaba en

la peor dirección posible para desembarcar en el Faro. Sí, hasta Mrs. Ramsay estaba de

acuerdo, vaya si le gustaba decir cosas desagradables; era detestable que les refregara

eso, y que hiciera que James se sintiera aún más desdichado; sin embargo, no les

consentía que se rieran de él. «El ateo -lo llamaban-, el ateazo.» Rose se burlaba de él;

Prue se burlaba de él; Andrew, Jasper, Roger se burlaban de él; hasta el viejo y

desdentado Badger había intentado morderlo, porque era el joven número ciento diez

(eso había dicho Nancy) que los había perseguido hasta las Hébridas, donde lo que de

verdad les gustaba era estar solos.

-Bobadas -dijo Mrs. Ramsay, muy seria. Aparte de una muy general tendencia a

exagerar, que habían heredado de ella, y aparte de la insinuación (era verdad) de que

invitaba a demasiada gente a quedarse con ellos, y que tenía que hospedar a algunos en

el pueblo, no podía soportar que nadie fuera descortés con los invitados, especialmente

con los jóvenes, porque solían ser pobres de solemnidad; «qué gran talento», decía su

marido; eran sus admiradores, e iban a pasar las vacaciones allí. A decir verdad, ella

extendía su protección a todos los miembros del sexo opuesto; por razones que no sabría

explicar, por su caballerosidad y valor, porque negociaban tratados, gobernaban la

India, controlaban el mundo financiero, y, en fin, por una actitud hacia ella misma que

no habría mujer que dejara de considerar halagüeña, una actitud que representaba algo

en lo que confiar, algo infantil, reverencial; algo que una anciana podría aceptar por

parte de un joven sin merma de su dignidad, y ay de la muchacha -¡al cielo rogaba que

no fuera ninguna de sus hijas!- que, en lo más íntimo de su ser, no supiera apreciar esto

en su verdadero valor, en todo lo que implicaba.

Se volvió con severidad hacia Nancy. No los había perseguido, dijo, lo habían

invitado.

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Tenía que haber alguna forma de escaparse de todo esto. Tendría que haber algo más

sencillo, algo menos laborioso; suspiró. Cuando se miraba en el espejo, y se veía el pelo

gris, las mejillas hundidas, los cincuenta años, pensaba en que quizá podía haber hecho

las cosas mejor: su marido, el dinero, los libros de él. Pero, por su parte, ni por un

segundo se arrepentía de las decisiones que había tomado, tampoco eludía las

dificultades, ni se demoraba en el cumplimiento de su deber. El aspecto que tenía era

formidable; y sólo en la intimidad de su conciencia, levantando la mirada de los platos,

después de que ella hubiera hablado con tanta seriedad acerca de Charles Tansley, se

atrevían sus hijas -Prue, Nancy, Rose- a entretenerse con ideas heréticas, de las que eran

responsables exclusivas, acerca de una vida enteramente diferente de la de ella; quizá en

París; una vida más animada; no ocupándose siempre del hombre que fuera; porque en

todas sus mentes habían brotado dudas inexpresadas acerca de la deferencia, la

caballerosidad, el Banco de Inglaterra y el Imperio de la India, las sortijas y los encajes;

aunque para todas ellas había en todo esto algún componente fundamental de la belleza,

algo que despertaba la admiración por la virilidad en sus corazones infantiles, y que,

sentadas a la mesa bajo la mirada de su madre, les hacía honrar aquella extraña severidad,

aquella cortesía tan perfecta (como la de una reina que alzara del barro el sucio pie

de un pobre para lavarlo), cuando las amonestaba con tanto rigor por lo del desdichado

ateo que los había perseguido -hablando con propiedad, a quien habían invitado- hasta

la isla de Skye.

-Mañana no se podrá desembarcar donde el Faro -dijo Charles Tansley, dando

palmadas, parado ante la ventana, junto a Mr. Ramsay. Vaya si había hablado más de la

cuenta. Habría deseado que ambos los hubieran dejado en paz, a ella y a James, y que

hubieran seguido hablando de sus cosas. Se le quedó mirando. Según los niños era un

espécimen poco afortunado, un escaparate de irregularidades; no sabía jugar al críquet,

era gruñón, arrastraba los pies. Un animal insolente, había dicho Ándrew. Sabían muy

bien qué era lo que de verdad le gustaba: pasear eternamente, de acá para allá, de allá

para acá, con Mr. Ramsay, y hablar de quién había ganado esto, y quién había ganado

aquello; quién era un talento «de primera» para la composición poética en latín; quién

era «brillante, pero, en el fondo, superficial»; quién era, sin ninguna duda, el «individuo

con más talento de Balliol»; quién había sepultado su genio, por poco tiempo, en Bristol

o Bedford, pero de quien no se iba a dejar de hablar en cuanto vieran la luz sus

Prolegoma dedicados a alguna rama de las ciencias matemáticas o la filosofía, y de los

que Mr. Tansley tenía ya las galeradas de las primeras páginas, por si Mr. Ramsay

quería leerlas. De cosas como éstas es de lo que hablaban.

A veces ni ella podía contener la risa. Algo había dicho ella acerca de «unas olas

como montañas». Sí, estaba algo borrascoso, había respondido Charles Tansley.

-¡No se ha calado hasta los huesos? -había dicho ella.

-Algo húmedo, no calado -había respondido Mr. Tansley, pellizcando la manga,

tocando los calcetines.

Pero no era eso lo que les preocupaba, decían los niños. No era la cara, ni los

modales. Era él, eran sus opiniones. Cuando hablaban de algo interesante, gente,

música, historia, cualquier cosa, incluso cuando decían que hacía una buena tarde, y que

querían salir a sentarse afuera, lo que les molestaba de Charles Tansley es que no se

sentía satisfecho si no daba un rodeo para que fuera lo que fuera lo reflejara a él, y les

hiciera sentirse conscientes de su superioridad, hasta conseguir irritarlos con su agria

forma de exterminar tanto las flaquezas como la grandeza de la humanidad. Si iba a una

exposición de pintura, lo primero que hacía era preguntar por la opinión que les merecía

su corbata. Bien sabe Dios, decía Rose, que no era precisamente una corbata que

pudiera gustar a cualquiera.

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Desaparecían de la mesa tan sigilosamente como ciervos, en cuanto terminaban

de comer; los ocho hijos e hijas de Mr. y Mrs. Ramsay se dirigían a sus dormitorios, sus

fortalezas en una casa en la que no había ninguna otra intimidad para hablar de nada o

de todo: de la corbata de Tansley, de la aprobación de la Ley de Reforma', de las aves

marinas y de las mariposas, de la gente; allí caía el sol sobre las habitaciones de los

áticos, separadas por una delgada pared que permitía oír las pisadas con toda claridad, y

permitía oír también los sollozos de la muchacha suiza cuyo padre agonizaba de cáncer

en un valle de los Grisones; caía el sol e iluminaba los palos de críquet, los pantalones

de franela, los sombreros de paja, los tinteros, los frascos de pintura, los escarabajos, los

cráneos de pajarillos; y extraía el sol de las largas tiras de algas adornadas como con

puntillas, pegadas a las paredes, cierto olor a sal y algas, que también se hallaba en las

toallas, ásperas de la arena de la playa.

Porfías, divisiones, diferencias de opiniones, prejuicios arraigados en lo más

íntimo de cado uno; qué pena que se manifestaran tan pronto, se lamentaba Mrs.

Ramsay. ¡Sus hijos!, eran tan críticos. Decían tantas tonterías. Salió del comedor,

llevaba a James de la mano, porque no quería ir con los demás. Eso de inventarse

diferencias, le parecía una tontería muy, muy grande; ya era bastante diferente la gente

sin necesidad de hacer más grandes las diferencias de lo que eran. Las diferencias de

verdad, pensaba, junto a la ventana del salón, ya son pero que muy profundas,

demasiado. En aquel momento pensaba en las diferencias entre ricos y pobres,

superiores e inferiores; los de alta cuna recibían de ella, medio a contrapelo, su respeto,

porque también corría por sus venas sangre de aquella noble, aunque algo legendaria,

casa italiana, cuyas hijas, repartidas por los salones ingleses a lo largo del siglo XIX,

habían ceceado con tanto encanto, y se habían divertido tan alocadamente; y todo su

ingenio, aspecto y temperamento procedían de ellas, y no de las indolentes inglesas, ni

de las frías escocesas; pero el otro problema lo rumiaba con más detenimiento: ricos y

pobres; lo que veía con sus propios ojos, todas las semanas, a diario, aquí o en Londres,

cuando visitaba a esa viuda, o iba en persona a ver a aquella esposa luchadora, con la

cesta bajo el brazo, con el cuaderno y ese lapicero con el que anotaba en columnas

cuidadosamente trazadas los ingresos y los gastos, el empleo y el paro, con la esperanza

de dejar de ser una ciudadana particular cuya caridad fuese un ejercicio sentimental para

justificarse ante sí misma, o fuese un remedio que curase su curiosidad, y se convirtiese

en aquello que su mente nada adiestrada más admiraba: en una investigadora, en alguien

que se ocupara de resolver en serio los problemas sociales.

Problemas irresolubles, se le antojaban, allí, en pie, mientras llevaba a James de

la mano. La había seguido hasta el salón, el joven ese del que se reían; estaba junto a la

mesa, enredando con algo, torpe, se sentía extraño; sabía todo eso sin necesidad de

mirar. Se habían ido todos -los niños, Minta Doyle y Paul Rayley, Augustus

Carmichael, Mr. Ramsay-, se habían ido todos. De forma que se volvió con un suspiro,

y dijo: «No se aburrirá si le pido que me acompañe, ¿verdad, Mr. Tansley?»

Tenía que hacer un recado en el pueblo; tenía que escribir una o dos cartas,

tardaría unos diez minutos; tenía que ponerse el sombrero. Diez minutos más tarde, con

la cesta y el sombrero, ahí estaba de nuevo, daba la impresión de estar preparada,

preparada para una excursión, que, no obstante, debía aplazar un momento, al pasar por

el campo de tenis, para preguntar a Mr. Carmichael, que tomaba el sol con los ojos

entomados, amarillos ojos de gato, que al igual que los de los gatos parecían reflejar el

movimiento de las ramas o el paso de las nubes, pero no mostraban señal alguna de

ninguna clase de pensamiento o de emoción, ni si quería algo.

Porque se trataba de una expedición de las de verdad, dijo ella, riéndose. Iban al

pueblo. «¿Sellos, papel de cartas, tabaco?», dijo, detenida junto a él. Pero no, no

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necesitaba nada. Tenía las manos cruzadas sobre la espaciosa panza, parpadeó, como si

hubiera querido corresponder a su amabilidad (era seductora, aunque algo nerviosa),

pero fuera incapaz, hundido como estaba en una somnolencia verdegrís en la que incluía

a todos, sin necesidad de palabras, en un vasto y benévolo letargo de buenas

intenciones, y en el que cabía toda la casa, todo el mundo, porque había dejado caer en

el vaso, a la hora del almuerzo, unas gotas de algo que, según los niños, explicaba la

presencia de las brillantes hebras de color amarillo canario de la barba y el bigote, los

cuales eran, si no se contaban esas hebras, blancos como la leche. No necesitaba nada,

susurró.

Habría sido un gran filósofo, decía Mrs. Ramsay, ya en la carretera, camino del

pueblo pesquero, pero se había casado mal. Llevaba la negra sombrilla muy derecha, y

se movía con el indescriptible aire de esperar algo, como si fuera a encontrarse con

alguien a la vuelta de la esquina; le contó la historia: hubo algo con una muchacha en

Oxford, se casó demasiado pronto, eran pobres, tuvo que irse a la India, tradujo algo de

poesía, «algo muy hermoso, según creo», quería enseñar a los niños persa o hindi, pero

¿para qué?; después, ya lo había visto, tumbado ahí sobre la hierba.

Se sentía halagado; acostumbrado a las humillaciones, le agradaba que Mrs.

Ramsay le contara cosas como ésta. Charles Tansley revivió. Como había dado la

impresión, además, de que consideraba favorablemente la grandeza de la inteligencia

del personaje, incluso en su decadencia, y de que no le parecía mal la sumisión de toda

esposa -no es que ella echara la culpa a la muchacha, había sido un matrimonio feliz,

según ella- al trabajo de su marido, todo ello le había hecho sentirse más reconciliado

consigo mismo que nunca anteriormente; y le habría gustado, si hubieran alquilado un

carruaje, por ejemplo, haber pagado la carrera. Pero estaba esa bolsa tan pequeña, ¿le

permitiría llevarla? No, de ninguna manera, había respondido, ¡siempre la llevaba ella!

También ella estaba contenta. Sí, lo notaba. Sentía él muchas sensaciones, pero había

algo que de forma particular lo agitaba y perturbaba, sin saber por qué: le gustaría que

ella lo viera, con birrete y muceta, en una procesión académica. Un puesto de profesor,

una cátedra... se sentía con fuerzas para cualquier cosa, se veía ya... pero ¿qué miraba?

Un hombre que pegaba un cartel. La inmensa hoja que batía el viento se alisaba poco a

poco, y cada golpe de la escobilla revelaba nuevas piernas, aros, caballos,

deslumbrantes colores rojos y azules, todo perfecto; hasta que media pared estuvo

cubierta con el anuncio del circo: un centenar de jinetes, veinte focas malabaristas,

leones, tigres... Acercó la cabeza, era algo corta de vista; leyó que iban «a actuar en el

pueblo». Es muy peligroso, exclamó, que un manco suba a una escalera de éstas; dos

años antes le había amputado el brazo izquierdo una segadora mecánica.

-¡Vayamos todos! -dijo, avanzando, como si tanto jinete y tanto caballo la

hubieran llenado de gozo infantil, y le hubieran hecho olvidar su piedad.

-Vayamos -dijo él, repitiendo las palabras, con un raro tartamudeo que le hizo

mirar sorprendida. «Vayamos al circo». No. No lo decía bien. No sabía expresarlo de

forma adecuada. Pero ¿por qué no?, se preguntaba, ¿qué le ocurría? En este momento a

ella le caía muy bien. En su infancia, preguntó, ¿no lo habían llevado al circo? Nunca,

respondió él, como si le hubieran hecho la pregunta a la que precisamente quena

responder, como si durante todos estos días hubiera estado deseando decir que en su

infancia no había ido nunca al circo. Su familia era muy grande: nueve, contando

hermanos y hermanas; su padre era un trabajador. «Mi padre es farmacéutico, Mrs.

Ramsay.» Tuvo que pagarse todo desde los trece años. En invierno, más de una vez

había tenido que salir sin abrigo. En la universidad nunca pudo «corresponder a las

invitaciones» (fueron éstas sus adustas y secas palabras). Todo lo suyo tenía que durar

el doble que lo de los demás; fumaba el tabaco más barato, picadura, la que fumaban los

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viejos del puerto. Trabajaba mucho: siete horas al día; se dedicaba ahora a estudiar la

influencia de algo sobre alguien; echaron a andar de nuevo; Mrs. Ramsay no seguía

muy bien lo que decía, sólo algunas palabras de vez en cuando... tesis... puesto de

profesor... profesor agregado... catedrático. Ella no conocía la fea jerga académica, que

tenía tan cadenciosas resonancias, pero se dijo que ahora sí que se daba cuenta de por

qué lo de ir al circo lo había abatido tanto, pobrecito, y por qué había salido al momento

con lo de su padre, su madre, hermanos y hermanas; ya se encargaría ella de que no se

rieran más de él, tenía que decírselo a Prue. Lo que de verdad le habría gustado a él, se

imaginó, quizá sería poder decir que había ido a ver a Ibsen con los Ramsay. Era un

pedantón, un pelmazo insoportable. Estaban ya en la calle mayor del pueblo, los carros

traqueteaban sobre el adoquinado, pero él seguía hablando sobre becas, la enseñanza,

los obreros, lo de ayudar a los de nuestra propia clase, y sobre las clases en la

universidad, hasta que ella calculó que ya había recobrado toda la confianza en sí

mismo, y se le había olvidado lo del circo, y (volvía a gustarle) estaba a punto de decirle...

Pero las casas se alejaban en direcciones opuestas, salieron al muelle, y se

extendió la bahía ante su mirada; Mrs. Ramsay, ante el enorme cuadro de agua azul, no

pudo evitar exclamar: «¡Ah, qué hermoso!» El blanco Faro, lejano, austero, se hallaba

en medio; a la derecha, hasta donde alcanzaba la mirada, desvaídas e incesantes, con

delicados pliegues, se veían las dunas de verde arena, con sus flores silvestres

sobrevolándolas, que parecían correr perpetuamente hacia algún deshabitado país lunar.

Ésta era la vista que su marido amaba, dijo, deteniéndose, mientras sus ojos se

volvían aún más grises.

Hizo una breve pausa. Pero ahora, esto estaba lleno de artistas. A decir verdad, a

pocos pasos había uno de ellos, con sombrero de paja, zapatos amarillos, grave,

tranquilo, absorto; diez niños lo contemplaban; la cara redonda y roja expresaba un

íntimo contento, miraba fijamente, y, después de mirar, mojaba el pincel, introducía la

punta en una blanda protuberancia verde o rosa. Desde que Mr. Paunceforte estuvo allí,

hacía tres años, todos los dibujos eran así, dijo ella, verde y gris, con barcas de pesca de

color limón, y con mujeres vestidas de rosa en la playa.

Pero los amigos de su abuela, dijo ella, mirando con discreción al pasar, tenían

más dificultades: para empezar, tenían que mezclar ellos mismos los colores, y los

molían, después los colocaban bajo paños húmedos, para mantenerlos frescos.

Supuso que quería que él se diera cuenta de que el dibujo de ese señor era

convencional, ¿se decía así?; ¿que los colores no eran consistentes?, ¿es así como había

que decirlo? Bajo la influencia de aquella extraordinaria emoción que había ido ganando

fuerza durante el paseo, que había nacido cuando, todavía en el jardín, él le había pedido

que le dejara llevar la bolsa, que había madurado en el pueblo, cuando quiso contarle

toda su vida; bajo esa influencia estaba empezando a verse a sí mismo y a toda su

sabiduría como si en el conjunto hubiera alguna leve imperfección. Era algo muy, muy

extraño.

Se quedó ahí en el salón de la casucha a la que lo había llevado, esperándola,

mientras ella subía un momento, a visitar a una señora. Oyó los rápidos pasos que daba

por arriba, oyó la voz alegre; luego, más apagada; se quedó mirando las esteras, la

bandeja del servicio del té, las pantallas de cristal; esperaba con impaciencia; estaba

ansioso por volver a casa caminando con ella, estaba decidido a llevarle la bolsa;

después le oyó salir, cerrar una puerta, decir que debían cerrar las puertas y dejar las

ventanas abiertas, preguntarles si necesitaban algo (debía de estar hablando con una

niña); cuando, de repente, entró, se quedó inmóvil un instante (como si arriba hubiera

estado fingiendo, y ahora se permitiera ser ella misma), estaba frente a un retrato de la

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reina Victoria, que llevaba la banda azul de la Orden de la Jarretera; de repente se dio

cuenta, se dio cuenta: era la persona más hermosa que había visto jamás.

Estrellas en los ojos, velos sobre el cabello, ciclamen y violetas silvestres: ¿en

qué tonterías estaba pensando? Por lo menos tenía cincuenta años, tenía ocho hijos.

Caminaba por campos llenos de flores, y recogía contra el pecho los capullos

derribados, los corderos que no podían andar; estrellas en los ojos, el cabello al viento...

Le cogió la bolsa.

«Adiós, Elsie», dijo; salieron a la calle; llevaba la sombrilla derecha, se movía

como si esperara encontrarse con alguien a la vuelta de la esquina; por primera vez en

toda su vida, Charles Tansley se sintió extraordinariamente orgulloso; un hombre que

cavaba en una zanja dejó de trabajar, se quedó mirándola; dejó caer los brazos, siguió

mirando. Charles Tansley se sentía extraordinariamente orgulloso; notaba el viento, se

daba cuenta de los ciclámenes y las violetas, porque caminaba junto a una mujer

hermosa por primera vez en su vida. Le llevaba la bolsa.

2

-No habrá viaje al Faro, James -dijo, en pie, junto a la ventana, pero intentando,

como deferencia hacia Mrs. Ramsay, endulzar la voz, como si pretendiera hacer ver, al

menos, que lo decía en broma.

Hombrecillo detestable, pensó Mrs. Ramsay, ¿es que no puede dejar de

recordárselo?

3

-Cuando amanezca seguro que lucirá el sol y cantarán los pájaros -dijo,

compasiva, alisando el cabello del niño, porque era consciente de que su marido, con el

enojoso recordatorio de que no haría bueno, había matado la alegría del muchacho. Lo

de ir al Faro era algo en lo que el niño había puesto mucha ilusión, y por si fuera poca la

burla de su marido, lo de que no haría bueno, ahora venía este hombrecillo detestable a

refregárselo de nuevo.

-Quizá sí que haga bueno -dijo, alisándole el cabello.

Lo único que podía hacer era admirar el refrigerador, y pasar las hojas del

catálogo del economato para buscar algún rastrillo o alguna máquina de cortar el

césped, con muchos dientes y mangos; algo que exigiese una gran atención para

recortarlo. Todos estos jóvenes eran parodias de su mando, pensó: si él decía que iba a

llover, ellos afirmaban a continuación que habría un huracán.

Pero no, al pasar la hoja, algo interrumpió la búsqueda de la ilustración del

rastrillo o de la máquina de cortar el césped. Aquel huraño rumor, interrumpido de

forma irregular por los resoplidos de las pipas al llevarlas a la boca, y al quitarlas de la

boca, que no había dejado de asegurarle que los hombres pasaban el tiempo charlando

alegremente, aunque la verdad es que no se distinguían las palabras (estaba sentada

junto a la ventana); este rumor, que se había prolongado durante una media hora, y que

había ocupado su lugar plácidamente entre el surtido de ruidos -ruidos a los que no

podía sustraerse: tales como el chocar de las pelotas en los palos de críquet, o los

ladridos ocasionales, «¡árbitro!, ¡árbitro!», de los niños-, había cesado; de forma que el

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monótono romper de las olas en la playa, que en general sonaba como una marcha

militar que meciera sus pensamientos, y que parecía repetir de forma consoladora una y

otra vez, cuando estaba sentada con los niños, aquella vieja canción de cuna,

murmurada en esta ocasión por la naturaleza: «Soy quien te guarda, soy quien te cuida»;

pero otras veces, repentina e inesperadamente, en especial cuando su mente se elevaba

por encima de la tarea que tuviera entre manos, no tenía un sentido tan grato, sino que

era como un siniestro redoble de tambores que señalara sin piedad la caducidad de la

vida, e hiciera pensar en la destrucción de la isla, a la que tragaba el mar, y que la

avisara de esta forma, cuando el día se le había escurrido de las manos en medio de un

sinfin de tareas, de que todo era efimero como un arco iris; este ruido, pues, desfigurado

y oculto bajo otros sonidos, de repente atronaba en el interior de su cabeza, y le hacía

levantar la mirada víctima de un acceso de terror.

La conversación había cesado, eso lo explicaba todo. Pasando, en un segundo,

de la tensión que la había agarrotado, al otro extremo, como para indemnizarla por el

gasto superfluo de emoción, se sintió tranquila, divertida, e incluso un algo maliciosa,

pues pensó que habían plantado al pobre Charles Tansley. Poco le importaba. Si su

marido necesitaba sacrificios (los necesitaba), le ofrecía con regocijo a Charles Tansley,

por haber fastidiado a su niño.

Poco después, con la cabeza erguida, se quedaba atendiendo, como si esperara

algún ruido familiar, algún sonido mecánico y regular; después, al oír algo rítmico, algo

entre habla y canción, algo que procedía del jardín, mientras su marido seguía paseando

de un lado a otro de la terraza, algo intermedio entre el croar y la canción, se persuadió

de que todo estaba en orden, y al bajar la mirada al libro que reposaba en sus rodillas

halló algo que, si ponía mucho cuidado en ello, podría recortar James: una ilustración de

una navaja con seis hojas.

De repente se oyó un grito, como de un sonámbulo, como de entresueño:

Stormed at with shot and shell

Lo oyó como si lo hubieran gritado junto a su oído, y se volvió como si temiera

que alguien estuviera oyéndolo. Sólo estaba Lily Briscoe, no pasaba nada. Pero ver a la

muchacha al otro lado del jardín, pintando, le hizo pensar en algo: recordó que tenía que

mantener la cabeza en la misma posición para el retrato de Lily. ¡El retrato de Lily! Mrs.

Ramsay se sonrió. Con esos ojillos rasgados, con tantas arrugas, no se casaría nunca; no

había que tomarse muy en serio lo de su pintura; pero era una muchachita

independiente, y por ese motivo le gustaba a Mrs. Ramsay, así que, al recordar la promesa,

inclinó la cabeza.

4

A decir verdad, casi le derriba el caballete al acercarse gritando: «Pero seguimos

cabalgando, valientes», aunque, misericordiosamente, hizo un quiebro, y se alejó

galopando para morir de forma gloriosa, pensó ella, en los altos de Balaclava. No

conocía ejemplo alguno de alguien a la vez tan ridículo y preocupante. Pero mientras

sólo hiciera eso, gesticular, gritar, estaba tranquila; seguro que no se detendría a mirar el

cuadro. Eso precisamente es lo único que Lily Briscoe no habría soportado. Incluso

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cuando consideraba el volumen, la línea, el color, a Mrs. Ramsay sentada en la ventana

con James, mantenía una antena dirigida al entorno, no fuera a ser que se acercara

alguien, y de repente hubiera alguien mirando el cuadro. Ahora, con los sentidos alerta,

por decirlo de algún modo, mirando, esmerándose, hasta que conseguía que los colores

de la pared y de la más lejana clemátide ardieran en sus ojos, advirtió que alguien había

salido de la casa, y se acercaba a ella; pero supo, de alguna forma, por el modo de pisar,

que era William Bankes, de manera que, aunque el pincel acusó un temblor, dejó el

lienzo como estaba, no lo inclinó contra el césped, como habría hecho si hubiera sido

Mr. Tansley, Paul Rayley, Minta Doyle, o prácticamente cualquier otro. William

Bankes se detuvo ante ella.

Se alojaban en el pueblo, de forma que, yendo y viniendo, despidiéndose ante la

puerta, hablando de sopas, de los niños, de esto y aquello, se habían convertido en

aliados; así, cuando se detuvo junto a ella, con aquel aire de juez (tenía edad como para

poder ser su padre, dedicado a la botánica, viudo, olía a jabón, muy exacto y limpio),

ella sencillamente no hizo nada. Lo único que hacía era quedarse junto a ella. Buenos

zapatos calza, observó él. No son de los que aprietan los dedos de los pies. Como se

alojaban en la misma casa, él había observado también que era una mujer muy

ordenada; se levantaba antes de que los demás desayunaran, y salía, creía él que sola, a

pintar. Era pobre, suponía; carecía de los rasgos o el encanto de Miss Doyle,

ciertamente, pero estaba llena de sensatez, lo que a los ojos de él la hacía muy superior a

aquella joven dama. Por ejemplo, ahora, cuando Mrs. Ramsay caía sobre ellos, gritando,

gesticulando, Miss Briscoe, al menos eso creía él, era capaz de comprender.

Some one had blundered

Mr. Ramsey los miraba enfadado. Era una mirada colérica, pero no los veía. Eso

los hizo sentirse vagamente incómodos. Habían visto juntos algo que se supone que no

deberían haber visto. Habían invadido la intimidad de alguien. Y eso obligó a Mr.

Bankes a decir casi a continuación que estaba cogiendo frío, y le propuso que fueran a

dar un paseo, pero Lily pensó que se trataba de una excusa para irse, para alejarse donde

no se oyera a nadie. Sí, aceptó. Pero le costó separar la mirada del cuadro.

La clemátide era de color violeta intenso, la pared era sorprendentemente blanca.

Creía que era poco honrado no reflejar fielmente el violeta intenso y el blanco

sorprendente, puesto que así los veía; aunque la moda era, desde la visita de Mr.

Paunceforte, ver todo con matices pálidos, elegantes, semitransparentes. Y además del

color estaba lo de la forma. Veía ella todo con tanta claridad, con tanta seguridad,

cuando dirigía la mirada a la escena; pero todo cambiaba cuando cogía el pincel. Era en

ese momento fugaz que se interponía entre la visión y el lienzo cuando la asaltaban los

demonios, que, a menudo, la dejaban a punto de echarse a llorar, y convertían ese

trayecto entre concepción y trabajo en algo tan horrible como un pasillo oscuro para un

niño. Le sucedía con frecuencia: luchaba en inferioridad de condiciones para mantener

el valor; tenía que decirse: «Lo veo así, lo veo así», para atesorar algún resto de la

visión en el corazón, una visión que un millar de fuerzas se esforzaba en arrancarle. Así,

de aquella forma desabrida y destemplada, cuando comenzaba a pintar, se apoderaban

de ella estas fuerzas, y se le venían otras cosas a la mente: su propia incompetencia, su

insignificancia, lo de cuidar a su padre en su casa cerca de Brompton Road; y tenía que

hacer un gran esfuerzo para dominarse y para no arrojarse a los pies de Mrs. Ramsay

(gracias a Dios que hasta el momento había sabido resistirse a estos impulsos) y decirle,

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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¿qué se le podría decir?: «¿Estoy enamorada de usted?» No, no era verdad. ¿«Estoy

enamorada de todo esto», señalando con la mano el seto, la casa, los niños? Era

absurdo, era imposible. No podía decirse lo que una quería decir. Dejó los pinceles con

mucho cuidado en la caja, bien ordenados, y dijo a William Bankes:

-De repente hace frío. Parece como si el sol calentara menos -dijo, mientras

examinaba los alrededores (porque todavía lucía el sol): la hierba que era todavía de un

color verde oscuro, mate; el follaje de la casa en el que lucían estrellas de las flores de la

pasión de color púrpura; los grajos que dejaban caer indiferentes graznidos desde el alto

azul. Pero algo se movía, algo destellaba, algo movía un ala de plata en el aire. Después

de todo, estaban en septiembre, a mediados de septiembre, y eran más de las seis de la

tarde. Echaron a caminar por el jardín en la dirección de costumbre, cruzaron el campo

de tenis, dejaron atrás la hierba de la pampa, llegaron a la abertura en el espeso seto,

flanqueada por dos liliáceas como barras al rojo vivo que brillaran intensamente entre

las que las aguas azules de la bahía parecían más azules que nunca.

Iban al mismo lugar casi todas las tardes, como si los moviera alguna necesidad.

Era como si el agua se llevara flotando los pensamientos que se hubieran estancado en

la tierra seca, y les pusiera velas, y otorgara a los cuerpos alguna suerte de alivio físico.

En primer lugar, el rítmico latido del color inundaba la bahía de azul, y el corazón se

ensanchaba con ello, y el cuerpo se echaba a nadar; sólo que al instante siguiente se

arrepentía, se detenía y se volvía rígido ante el erizado color negro de las rugosas olas.

Luego, tras el peñasco negro, casi todas las tardes se levantaba un chorro irregular, y

sólo había que quedarse esperando para sentir la alegría de su presencia: un surtidor de

agua blanca; y además, durante la espera, se quedaba uno mirando la llegada de las olas

sobre la pálida playa semicircular, una tras otra, que dejaban tras de sí una delicada

película de madreperla.

Se sonreían, allí en pie. Compartían cierta hilaridad, provocada por el

movimiento de las olas; después era el nítido curso de un velero lo que provocaba la

hilaridad: describía su trayecto una curva en la bahía, se detenía, se estremecía, amaba

las velas; después, como si obedecieran una intuición propia para completar el cuadro,

tras ese movimiento elegante, miraban a las lejanas dunas, y, en lugar de alegría,

descendía sobre ellos cierta tristeza... porque las cosas estaban ya en parte completas, y

en parte porque los paisajes lejanos parecen sobrevivir a los observadores un millón de

años (pensaba Lily), y parecían estar ya en comunión con un cielo que contemplase la

tierra en perfecto reposo.

Mientras miraba hacia las lejanas dunas, William Bankes pensaba en Ramsay:

pensó en una carretera en Westmorland, pensó en Ramsay dando zancadas solo, en

algún camino, rodeado de esa soledad que parecía serle natural. Pero de repente hubo

una interrupción, recordaba William Bankes (un hecho real), una gallina, que extendía

las alas para proteger a los polluelos, ante lo cual Ramsay se paró, señaló con el bastón,

y dijo: «Bonito..., bonito.» Una rara luz de su corazón, eso es lo que había pensado

Bankes, algo que demostraba su sencillez, su comprensión hacia lo humilde; pero le

parecía como si su amistad hubiese terminado allí, en aquel camino. Después, Ramsay

se había casado. Y todavía más tarde, con unas cosas y otras, la amistad se había

quedado sin sustancia. De quién había sido la culpa, no sabría decirlo; sólo que, tras

cierto tiempo, la repetición había ocupado el lugar de la novedad. Se reunían para

repetir. Pero en este mudo coloquio que sostuvo con las dunas mantuvo que, por su

parte, su afecto hacia Ramsay de ninguna manera había disminuido; pero allí, como el

cuerpo de un joven que hubiera reposado en la turba durante un siglo, con los labios de

color rojo vivo, estaba su amistad, con su intensidad y su realidad preservadas más allá

de la bahía, entre las dunas.

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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Le preocupaba esta amistad, y quizá estaba preocupado también porque quería

descargar su conciencia de esa imputación que se le había hecho de que era un ser

apagado y consumido -porque Ramsay vivía entre un perpetuo bullicio de chiquillos,

mientras que Bankes no sólo no tenía hijos, sino que además era viudo-, y quería que

Lily Briscoe no desdeñase a Ramsay (a su manera, un gran hombre), y que

comprendiese cómo estaban las cosas entre ellos dos. Su amistad había comenzado

hacía muchos años, pero se había esfumado en un camino de Westmorland, cuando la

gallina extendió las alas sobre los polluelos; después Ramsay se había casado, y sus

caminos se habían apartado; había habido, ciertamente, sin culpa de ninguno de los dos,

una tendencia a la repetición en sus encuentros.

Sí. Así había sido. Terminó. Volvió la espalda al paisaje. Al volverse, para

regresar por el mismo camino, cuesta arriba, Mr. Bankes advirtió cosas que no le

habrían llamado la atención si las dunas no le hubieran mostrado el cuerpo de su

amistad, con los labios rojos, preservado entre la turba..., por ejemplo: Cam, la más

joven, hija de Ramsay. Cogía flores de mastuerzo marítimo junto a la orilla. Era libre y

valiente. Y no quería darle «una flor al señor», aunque se lo había pedido la niñera. ¡No,

no y no!, ¡no quería! Cerraba el puño. Daba patadas en el suelo. Mr. Bankes se sintió

viejo y triste, acaso eso le había hecho sentirse equivocado respecto a su amistad.

Seguro que era un individuo apagado y consumido.

Los Ramsay no eran ricos, y no era poca maravilla que pudieran arreglárselas.

¡Ocho hijos! ¡Alimentar a ocho hijos con los recursos de la filosofía! Aquí había otro,

éste era Jasper, pasaba por allí, iba a disparar a los pájaros, dijo, indiferente; le dio la

mano a Lily, se la estrechó como si fuera una manivela; esto movió a Mr. Bankes a

decir, con amargura, que era ella la preferida. Y había que considerar lo de la educación

(cierto: Mrs. Ramsay quizá tuviera algo que decir), por no hablar de cuántos zapatos y

calcetines exigían estos «muchachotes»; todos eran de buena estatura, desgarbados,

despreocupados. En cuanto a lo de saber quién era cada uno, y quién era mayor o más

joven que los demás, eso sí que no sabría decirlo. En privado los llamaba como a los

reyes y reinas de Inglaterra: Cam, La Malvada, James, El Despiadado; Andrew, El

Justiciero; Prue, La Bella -porque Prue era hermosa, pensó, no podía evitarlo--; Andrew

tenía talento. Mientras caminaba por el camino, y Lily Briscoe decía sí y no, y se

mostraba de acuerdo con los comentarios (porque ella estaba enamorada de todos,

estaba enamorada de este mundo), y él juzgaba el asunto de Ramsay, se apiadaba de él,

lo envidiaba, como si lo hubiera visto desprenderse de todas aquellas glorias de

aislamiento y austeridad que lo habían coronado en la juventud, y se hubiera cargado

irrevocablemente de nerviosos cuidados y de cloqueantes costumbres hogareñas. Algo

le daban, William Bankes lo reconocía; habría sido agradable que Cam le hubiera

puesto una flor en el abrigo, o que se le hubiera acercado a mirar por encima del hombro

una estampa de la erupción del Vesuvio, como hacía con su padre; pero también, los

amigos de toda la vida no podían evitar pensarlo, lo habían destruido un poco. ¿Qué es

lo que pensaría ahora un desconocido? ¿Qué pensaba esta Lily Briscoe? ¿Quién no se

daba cuenta de que empezaba a tener manías, excentricidades, rarezas?, ¿quizá, incluso,

flaquezas? Era sorprendente que un hombre de su inteligencia se rebajase de esa forma -

quizá ésta era una forma muy grosera de decirlo-, que dependiera tanto de las alabanzas

de los demás. -¡Ah -dijo Lily-, pero piense en su obra!

Siempre que ella pensaba en su «obra» la veía ante sí, con toda claridad,

representada por una enorme mesa de cocina.

Andrew tenía la culpa. Una vez le había preguntado ella que de qué trataban los

libros de su padre. «El sujeto, el objeto y la naturaleza de la realidad», había respondido

Andrew. Y ella exclamó ¡Caramba!, pero no tenía m la menor noción de lo que eso

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quería decir. «Piense en una mesa de cocina -le había dicho-, cuando usted no está

presente.»

De forma que, cuando pensaba en la obra de Mr. Ramsay, lo que veía era una

mesa de cocina muy refregada. La veía ahora sobre una horquilla del peral, porque

acababan de llegar donde los árboles frutales. Con un intenso dolor de concentración,

pensó no en la rugosa corteza argentina del árbol, ni en las hojas en forma de pez, sino

en una mesa de cocina fantasmal, un tablero de esos relucientemente limpios y

refregados, ásperos y con nudos, cuya virtud parecían haber hecho pública los muchos

años de vigor invertidos en su limpieza, que estaba allí en medio, con las cuatro patas al

aire. Era natural que si alguien se pasaba toda la vida viendo las cosas en su esencia más

geométrica, esto de reducir los adorables crepúsculos, las nubes con forma de flamencos

y el azul y la plata, a una mesa de blanco pino con sus cuatro patas (esto es lo que

convertía en algo aparte a las más refinadas mentes), era lo más natural que no se le

pudiera juzgar como a los demás.

A Mr. Bankes le gustaba la orden que le había dado: «Piense en su obra.» Vaya

si había pensado en ella. Eran incontables las veces que se había dicho: «Ramsay es de

los que escriben lo más importante antes de los cuarenta.» Su aportación más

importante a la filosofía consistía en un librito que había escrito a los veinticinco años;

lo que había hecho después había sido más o menos amplificación, repetición. Pero el

número de hombres que escriben algo relevante sobre cualquier materia es muy

reducido, dijo él, deteniéndose junto al peral, bien peinado, minuciosamente exacto,

exquisitamente ponderado. De repente, como si el movimiento de su mano lo hubiera

liberado, la carga de impresiones que en ella se habían acumulado acerca de él se

deslizó, y se derramó en un verdadero alud en el que afloró todo lo que ella pensaba.

Ésa era una sensación. A continuación se elevó entre vapores la esencia del ser de él.

Otra sensación. Se quedó inmóvil a causa de la intensidad de la emoción; era su severidad,

su bondad. Respeto cada uno de sus átomos (dialogaba con él en silencio): usted

no es vano, usted es completamente impersonal, usted es más refinado que Mr. Ramsay,

usted es el ser humano más refinado que conozco; usted no tiene esposa ni hijos

(aunque sin interés sexual, deseaba ella llevar alegría a esa soledad); usted vive para la

ciencia (involuntariamente, aparecieron ante los ojos de ella montones de trozos de

patatas); el elogio sería un insulto para usted; ¡hombre generoso, de corazón puro,

heroico! Pero al momento recordó que se había traído un ayuda de cámara hasta este

remoto lugar; no le gustaba que los perros se subieran a los sillones; durante horas,

sabía dar la lata (hasta que Mr. Ramsay daba un portazo) con discursos sobre la sal que

debían llevar las verduras, o sobre lo malas que eran las cocineras inglesas.

¿Qué pensar?, ¿cómo juzgar a las personas?, ¿qué pensar de ellas?, ¿cómo se

sumaba esto y aquello para llegar al resultado de si una persona te gustaba o no? Y en

cuanto a esas palabras, después de todo, ¿qué sentido podía atribuírseles? En pie,

inmóvil, junto al peral, se derramaban sobre ella las impresiones de esos dos hombres; y

seguir sus propios pensamientos era como seguir una voz que hablara tan aprisa que el

lapicero no pudiera seguir la palabra; pero la voz era la de ella, y decía, sin que nadie se

lo apuntara, cosas evidentes, contradictorias y eternas; de forma que las grietas y rugosidades

del árbol quedaban irrevocablemente definidas para toda la eternidad. Usted

posee grandeza, pero Mr. Ramsay no. Él es ruin, egoísta, vano, egotista; lo han mimado;

es un tirano; va a matar a Mrs. Ramsay; pero posee (se dirigía ahora a Mr. Bankes) lo

que usted no tiene: una impertinente falta de tacto social, no se entretiene con bagatelas,

ama a los perros y a sus hijos. Tiene ocho. Usted no tiene ninguno. ¿Pues no bajó el otro

día con dos chaquetas para que Mrs. Ramsay le cortara el pelo con forma de tazón?

Todo esto bailaba de un lado a otro, como una nube de mosquitos, todos separados, pero

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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todos admirablemente controlados por una invisible red elástica: bailaban de un lado a

otro en la mente de Lily, en tomo a las ramas del peral, donde todavía colgaba la

representación de la refregada mesa de pino, el símbolo de su intenso respeto por la

mente de Mr. Ramsay; esto duró hasta el punto en que el pensamiento, que se revolvía

cada vez más y más aprisa, estalló a causa de su propia intensidad; se oyó un disparo, y

apareció, huyendo de los perdigones, una tumultuosa banda de asustados y efusivos estorninos.

«¡Jasper!», exclamó Mr. Bankes. Se volvieron hacia donde volaban los

estorninos, sobre la terraza. Siguiendo a los rápidos estominos, que se dispersaban en el

cielo, se introdujeron por la abertura del seto, y se dieron de bruces con Mr. Ramsay,

quien con trágica resonancia exclamó: «¡Alguien había cometido un error!»

Aquellos ojos, velados por la emoción, con desafiante intensidad trágica,

buscaron los suyos durante un segundo, y temblaron al borde del reconocimiento, pero

entonces comenzó a llevarse la mano hacia la cara como para desviar, para rechazar, en

la agonía de una mezquina vergüenza, la mirada de ellos, como si les suplicara que

evitaran por un momento lo que él sabía que era inevitable, como si quisiera forzarlos a

aceptar ese resentimiento infantil que le causaban las interrupciones, que incluso en el

momento del descubrimiento no iba a ceder, sino que iba agarrarse a algo que era propio

de esta deliciosa emoción, esta impura rapsodia que le avergonzaba, y entonces dio

media vuelta ante ellos, como si diera un portazo para refugiarse en su intimidad; y Lily

Briscoe y Mr. Bankes miraron algo inquietos hacia el cielo, y advirtieron que la bandada

de pájaros que Jasper había alborotado con la carabina ya se había posado en las copas

de los olmos.

5

-E incluso si mañana no hiciera bueno -dijo Mrs. Ramsay, levantando la mirada

cuando pasaban ante ella William Bankes y Lily Briscoe-, habrá más días. Y ahora -

dijo, mientras pensaba en que lo que tenía bonito Lily eran los ojos orientales, rasgados,

en aquella carita arrugada y pálida, pero que sólo un hombre inteligente se fijaría en

ellos- estáte quieto, que voy a medir el calcetín. -Porque, después de todo, quizá podrían

ir al Faro, y tenía que ver si el calcetín necesitaba una pulgada o dos más de largo.

Sonriendo, porque en ese mismo momento acababa de ocurrírsele una idea

extraordinaria -que William y Lily podrían casarse-, cogió el calcetín de lana color de

brezo, con sus agujas cruzadas en la parte superior, y lo midió sobre la pierna de james.

-Cariño, estáte quieto -dijo, porque no quería hacer de maniquí para el niño del

torrero, tenía celos, James no dejaba de moverse intencionadamente; y si no se estaba

quieto, ¿cómo iba a medir?, ¿era corto?, ¿largo?, se preguntaba.

Levantó la mirada, ¿qué demonio se había apoderado de él, del benjamín, de su

adorado?; se fijó en la habitación: las sillas, pensó que estaban francamente

deterioradas. Las tripas, como había dicho Andrew unos días antes, estaban esparcidas

por el suelo; pero ¿para qué, se preguntaba, comprar sillas buenas y dejarlas allí durante

todo el invierno, al cargo de una anciana, cuando la casa entera rezumaba humedad? No

importa, el alquiler era exactamente de dos peniques y medio; a los niños les encantaba;

a su marido le venía muy bien estar a tres mil millas de distancia (trescientas millas,

para ser precisa) de su biblioteca, de las clases y de los alumnos; y había sitio para los

visitantes. Esteras, camas portátiles, inestables sillas fantasmales y mesas que ya habían

cumplido una larga vida de servicio en Londres; todo esto podía volver a ser útil aquí; y

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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una o dos fotografias, y los libros. Los libros, pensó, crecen solos. Nunca tenía tiempo

para leer. ¡Ay!, incluso los libros que le habían regalado, y con dedicatoria autógrafa del

poeta: «A aquella cuyos deseos son órdenes...» «A la feliz Helena de nuestros

tiempos...» Era triste reconocer que no los había leído. Estaba el de Croom, su estudio

sobre la Mente; y los estudios de Bates sobre las Costumbres Primitivas en Polinesia

(«Estáte quieto, cariño», dijo); no, no podía enviarlos al Faro. Llegará el momento,

pensó, en que la casa se deterioraría tanto que habrá que hacer algo. Si por lo menos se

limpiaran los pies, y no se trajeran con ellos toda la playa a casa, eso al menos ya sería

algo. Los cangrejos estaba dispuesta a aceptarlos, si Andrew de verdad deseaba

diseccionarlos; o si Jasper se empeñaba en hacer sopa con algas, eso ella no podía

impedirlo; o los objetos de Rose: conchas, juncos, piedras; tenían talento, sus hijos, pero

eran talentos diversos. El resultado era, suspiró, mientras incluía en el resultado toda la

habitación, desde el techo hasta el suelo, sosteniendo el calcetín contra la pierna de

James, que las cosas se deterioraban cada vez un poco más, un verano tras otro. La

estera se descoloraba, el papel de las paredes se desprendía. Ya no se distinguía si el

dibujo eran unas rosas. Más aún, si las puertas se quedaban siempre abiertas, y si no

había ni un cerrajero en toda Escocia que supiera reparar una cerradura, entonces estaba

claro que las cosas tenían que estropearse. ¿De qué servía poner un hermoso chal de

lana de Cachemira por el borde de un marco? En dos semanas habría adquirido un color

de sopa de guisantes. Pero lo que le fastidiaba eran las puertas, nadie cerraba una sola

puerta. Prestó atención. La puerta del salón estaba abierta, se oía como si las puertas de

las habitaciones estuvieran abiertas, y seguro que la ventana del rellano estaba abierta,

porque ella misma la había abierto. Las ventanas tenían que estar abiertas; y las puertas,

cerradas; era así de sencillo, ¿por qué no lo recordaría nadie? Por la noche entraba en las

habitaciones de las criadas, y las encontraba cerradas a cal y canto como si fueran

hornos, excepto la de Marie, la muchacha suiza, que antes prescindía del lavado que del

aire fresco: en su patria, había dicho: «son tan hermosas las montañas». La noche

anterior había dicho eso mientras miraba por la ventana con los ojos llenos de lágrimas.

«Son tan hermosas las montañas.» Su padre agonizaba allí. Mrs. Ramsay lo sabía. Las

dejaba huérfanas. Refunfuñando y enseñando a hacer las cosas (cómo hacer las camas,

cómo abrir las ventanas, con manos que se abrían y cerraban con gestos de francesa),

todo se había plegado en tomo a ella, cuando hablaba: como cuando tras un vuelo bajo

el sol, las alas del pájaro se pliegan, y el azul de las plumas pasa del brillo del acero al

púrpura claro. Se quedó callada, porque no había nada que decir. Tenía cáncer de

garganta. Al recordarlo, cómo se había quedado allí, cómo la muchacha había dicho:

«En mi patria, son tan hermosas las montañas», y que no había esperanza, ninguna, tuvo

un gesto de irritación, y le dijo a James, con severidad:

-Quieto, deja de moverte -de forma que el niño se dio cuenta al momento de que

estaba enfadada de verdad, y estiró la pierna, y pudo medir el calcetín.

Al calcetín le faltaba, por lo menos, media pulgada, teniendo en cuenta que el

niño de Sorley no estaría tan desarrollado como james.

-Muy corto -dijo-, demasiado.

Nunca hubo otra cara con semejante expresión de tristeza. En la oscuridad,

amarga y negra, a medio camino, en el rayo que cruzaba de la luz a la más profunda

oscuridad, acaso brotó una lágrima, una lágrima cayó; las aguas, inestables, la recibieron,

luego se calmaron. Nunca hubo una cara con semejante expresión de tristeza.

Pero ¿sólo era asunto del aspecto?, se preguntaba la gente. ¿Qué había detrás de

ello, de su belleza, de su esplendor? ¿Se había volado la cabeza, había muerto una

semana antes de casarse, aquel otro, aquel otro amante anterior, del que aún llegaban

rumores? ¿O no era nada?, ¿nada excepto una belleza incomparable que había dejado

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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atrás en una vida que ya no podía alterar? Porque aunque para ella habría sido muy

fácil, cuando se hablaba ante ella en momentos de mucha intimidad de grandes amores,

de amor no correspondido, de ambiciones frustradas, habría sido fácil decir que lo había

conocido, que lo había sentido, pero invariablemente se callaba. Lo sabía, sabía todo sin

haber estudiado. Su sencillez acertaba donde los inteligentes se confundían. La

singularidad de su mente, que le hacía caer directa, a plomo, como una piedra, que le

hacía aterrizar con la precisión de un ave, le otorgaba de forma natural esta caída, este

descenso en picado del espíritu sobre la certeza; un descenso que complacía,

tranquilizaba e inspiraba confianza, quizá falsamente.

(«Poco barro le ha quedado a la naturaleza -dijo Mr. Bankes, en una ocasión,

mientras hablaba con ella por teléfono, y muy afectado por la conversación, aunque sólo

le decía algo sobre un tren- del que utilizó para moldearla a usted.» Se la imaginaba al

otro lado de la línea telefónica, griega, con los ojos azules, la nariz recta. Qué

incongruente parecía eso de hablar por teléfono con una mujer así. Parecía como si las

Gracias se hubieran reunido y hubieran trabajado juntas en campos de asfódelos para

crear esa cara. Sí, claro, cogería el de las diez y media en Euston.

«Pero tiene la conciencia de su belleza que tendría un niño», se dijo Mr. Bankes

mientras colgaba el teléfono, y cruzaba la habitación para ver cómo avanzaban las obras

de un hotel que estaban construyendo en la parte de atrás de su casa. Pensaba en Mrs.

Ramsay mientras contemplaba cómo se afanaban en terminar el trabajo de las paredes.

Siempre, pensó, había algo que luchaba de forma incongruente contra la armonía de su

cara. Podía ponerse un sombrero como de cazador furtivo de ciervos, o echaba a correr

en chanclos para rescatar a un niño que estaba en peligro en el otro extremo del jardín.

De forma que si uno recordaba sólo su belleza, debía recordar asimismo aquel temblor,

la propia vida -subían ladrillos sobre una tabla mientras observaba-, e introducirla en el

cuadro; o si uno pensaba en ella sencillamente como mujer tenía que dotarla con

cualquier extravagancia rara; o imaginarse algún deseo oculto, para despojarla de su

regia forma, como si su propia belleza la aburriera, y todo lo que los hombres dicen de

la belleza, y como si ella quisiera ser como el resto de la gente, insignificante. No lo

sabía. No lo sabía. Tenía que volver al trabajo.)

Todavía tejía el calcetín de lana de color castaño rojizo, con la cabeza perfilada

absurdamente por el dorado del marco, por el chal verde que había extendido por el

borde del marco, y la obra maestra auténtica de Miguel Ángel, cuando Mrs. Ramsay

suavizó lo que hacía un momento había sido aspereza; levantó la cabeza, y besó al niño

en la frente: « Vamos a buscar otra ilustración para recortar», dijo.

6

Pero ¿qué es lo que había sucedido?

Alguien había cometido un error.

Interrumpidas sus divagaciones, se sobresaltó y dio sentido a esas palabras que

durante un rato le había parecido que no tenían sentido: «Alguien había cometido un

error.» Fijó sus ojos miopes en su marido, que se acercaba ominosamente hacia ella; lo

miró fijamente hasta que la proximidad le reveló (el estribillo se concertó en su mente)

que algo había su- cedido, alguien había cometido un error. Pero ni en toda su vida

habría averiguado ella de qué se trataba.

Temblaba, se estremecía. Toda su vanidad, su satisfacción por el esplendor

propio durante la cabalgada, mientras cargaba como un rayo destructor, fiero como un

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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halcón a la cabeza de sus hombres, todo eso se había conmocionado, había sido

destruido. Caían sobre ellos bombas y metralla, pero seguimos cabalgando valientes,

rápidamente por el valle de la muerte, disparaban, atronaban los cañones, hasta

encontrarnos con Lily Briscoe y William Bankes. Temblaba, se estremecía.

Por nada del mundo le habría dirigido la palabra, al darse cuenta, por las señales

conocidas -la mirada desviada, y una impresión general, como si se ocultara, y

necesitara intimidad, para recobrar el equilibrio-, de que se sentía ultrajado y ofendido.

Acarició la cabeza de James, y le transmitió lo que sentía hacia su marido; y, mientras

observaba cómo pintaba de color amarillo una blanca camisa de vestir de caballero del

catálogo del economato de la armada y del ejército, pensaba en lo maravilloso que sería

si se convirtiera en un gran artista, y, ¿por qué no? Tenía una hermosa frente. Luego, al

levantar la mirada hacia su marido que pasaba junto a ella de nuevo, la alivió comprobar

que un velo había ocultado la catástrofe; había triunfado el instinto hogareño; el hábito

salmodiaba sus ritmos tranquilizadores, de forma que cuando se detuvo

deliberadamente, cuando apareció de nuevo, junto a la ventana, y extraña y

caprichosamente se inclinó para hacer cosquillas a James en la pantorrilla con una ramita

que había cogido, ella le reprochó el haberse librado de «ese pobre joven», Charles

Tansley. Tansley se había ido porque tenía que escribir su memoria, dijo él.

-Lo mismo que james tendrá que escribir la suya uno de estos días -agregó,

irónicamente, moviendo la ramita.

Como odiaba a su padre, James apartó la ramita, con la que Mr. Ramsay con ese

estilo peculiar, compuesto de severidad y humor, hacía cosquillas en la pierna desnuda

de su hijo.

Pretendía terminar con este aburrido tejer de calcetines para llevarlos al día

siguiente al niño de Sorley, dijo.

No había ni la más pequeña posibilidad de ir al día siguiente al Faro, dijo

irascible Mr. Ramsay.

¿Cómo estaba tan seguro?, preguntó, a veces cambiaba el viento.

La extraordinaria irracionalidad de la observación y la estupidez de la mente

femenina le enfurecían. Había cabalgado por el valle de la muerte, había temblado y se

había estremecido; y ahora ella desafiaba los hechos, y hacía concebir a sus hijos

esperanzas vanas; peor aún: mentía. Dio una patada al escalón. «Maldita seas», dijo.

Pero ¿qué es lo que había dicho? Sencillamente que mañana podría hacer bueno. Y

podría.

No con la bajada del barómetro y con el viento soplando del oeste.

Buscar la verdad con tan asombrosa falta de consideración hacia los

sentimientos de los demás, rasgar los tenues velos de la civilización con tanta

insolencia, tan brutalmente, le parecía a ella que era un horrible ultraje contra la

decencia humana, y, sin contestar, sorprendida y cegada, bajó la cabeza, como para

dejar pasar el turbión de granizo, la bocanada de agua sucia, y que, sin protesta, la

salpicara. No había nada que decir.

Se quedó callado junto a ella. Muy humildemente, tras largo rato, dijo que si

quería podía ir a preguntárselo a los guardacostas.

A nadie reverenciaba tanto como a él.

Estaba más que dispuesta a creerlo, dijo. Sólo que entonces no tenía que preparar

emparedados, eso era todo. Se acercaban a ella, todo el día, incesantemente, porque era

mujer: que si esto, que si aquello; uno quería esto; otro, lo de más allá; los niños

crecían; a veces se sentía como si no fuera nada más que una esponja empapada de

emociones humanas. Y entonces venía él y la maldecía. Él decía que iba a llover. Él

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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decía que no iba a llover; y al momento el cielo y la confianza se abrían ante ella. A

nadie reverenciaba más. Pensaba que no era digna de atarle los cordones de los zapatos.

Avergonzado de su mal humor, de la gesticulación de las manos cuando dirigía

la carga de los soldados, Mr. Ramsay, torpemente, volvió a hacer cosquillas una vez

más en la pierna de su hijo, y después, como si ella le hubiera dado permiso, con un

movimiento que extrañamente le recordó a su esposa el viejo león marino del zoo,

cuando se echaba hacia atrás después de comer la ración de pescado, y rodaba de forma

que el agua de la piscina hiciera olas, se sumergió en el aire de la tarde, que ya era muy

denso, y despojaba de sustancia las hojas y los setos; pero, como compensación, quizá,

les devolvía a las rosas y claveles un lustre que no habían tenido durante el día.

«Alguien había cometido un error», volvió a decir, mientras paseaba por la

terraza dando grandes zancadas.

¡Pero cómo había cambiado el tono! Era como el del cuclillo, «que en junio sigue todo

vientecillo»»; como si estuviera buscando, a tientas, alguna frase para un nuevo estado

de ánimo, y como si sólo tuviera ésta a mano, y la usara, aunque no fuera muy buena.

Pero sonaba ridícula: «Alguien había cometido un error», así la repetía, casi como una

pregunta, sin convicción, melodiosamente. Mrs. Ramsay no pudo evitar una sonrisa, y

pronto, seguro, se le oiría tararearla de un lado a otro, y luego la dejaría, se quedaría

callado.

Estaba bien, la intimidad se había restaurado. Se detuvo para encender la pipa,

miró hacia su esposa e hijo en la ventana, y del mismo modo que alguien levanta la

vista de la página que lee cuando va en un tren expreso, y ve en una granja, un árbol y

un grupo de casas, como en una ilustración, la confirmación de algo leído en la página

impresa a la que se regresa al momento, fortificado, satisfecho; de igual forma, sin

fijarse ni en su esposa ni en su hijo, el verlos lo fortificó, lo satisfizo, y consagró sus

esfuerzos a la resolución del problema que consumía la energía de su brillante mente.

Era una mente privilegiada. Porque si el pensamiento es como el teclado de un

piano, dividido en otras tantas notas, o como el abecedario, que se organiza en

veintisiete letras, todas en su orden, entonces su espléndida mente no tenía dificultad en

recorrer esas letras una tras otra, con firmeza y precisión, hasta llegar, por ejemplo, a la

letra Q Llegaba a la Q. Muy poca gente en toda Inglaterra llegaba en el curso de su vida

a la Q. Y aquí, deteniéndose brevemente junto a la urna de piedra que contenía unos

geranios, vio, pero ahora como si estuvieran muy, muy lejos, como niños que cogieran

conchas, divinamente inocentes y ocupados en las fruslerías que había a sus pies, y, en

cierto modo, completamente indefensos contra una amenaza que él sí advertía, a su

esposa y su hijo allí, juntos, en la ventana. Necesitaban su protección, y él se la daba.

Pero ¿después de la Q? ¿Qué hay a continuación? Después de la Qhay todavía unas

letras, la última de las cuales es apenas visible para los ojos mortales, pero ofrece un

destello rojo a lo lejos. Sólo un hombre de cada generación llega a la letra Z. De forma

que si él pudiera llegar a la R, eso ya sería mucho. Al menos la Qsí estaba aquí. No tenía

dudas respecto de la Q Podía demostrar la Q Y si la Qes la Q.., la R. Y al llegar aquí

vació la pipa, dando dos o tres golpes sonoros en el cuerno del carnero que formaba el

asa de la urna, y continuó: «Entonces R...»» Cogió aliento, apretó las mandíbulas.

Acudieron en su ayuda esas cualidades que habrían salvado la vida a toda la

tripulación de un barco, reducida a una dieta de seis galletas y una garrafa de agua,

sometida a la mar airada: paciencia y sentido de la justicia, previsión, dedicación,

destreza. Pues R es, ¿qué es R?

Un pliegue, como el rugoso párpado de un lagarto, se agitó sobre la intensidad de su

mirada, y oscureció la letra R. En ese instante de oscuridad oyó lo que decía la gente:

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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que era un fracasado, que nunca entendería lo de la R. Que nunca llegaría a entender el

problema de la R. Pero, vuelta con la R, otra vez. R...

Las cualidades que en una solitaria expedición que cruzara las heladas tierras

estériles de la región polar lo habrían convertido en el dirigente, en el guía, en el

consejero; cuyo carácter, ni colérico ni despótico, se distingue porque sabe analizar con

ecuanimidad lo que hay, porque sabe enfrentarse con los hechos, de nuevo acudieron en

su ayuda. R..

El ojo del lagarto parpadeó de nuevo. Se hicieron visibles las venas de la frente.

El geranio de la urna se volvió sorprendentemente visible; y expuesta, entre las hojas,

advirtió, sin desearlo, aquella antigua y evidente división entre dos clases diferentes de

hombres: por una parte los constantes, dotados de fuerzas sobrehumanas, quienes, con

fatiga y perseverancia, repiten el abecedario en su orden, las veintisiete letras, de

principio a fin; por otra parte los que tienen talento, los inspirados, quienes de forma

milagrosa reúnen todas las letras de golpe, los genios. No era un genio, no podía

pretenderlo; pero tenía, o podía haber tenido, aquel poder para repetir todas las letras del

abecedario de la A a la Z. Pero, mientras tanto, estaba atascado en la Q. Adelante, a la

R.

Esa sensación, que no habría sido funesta para un dirigente que, ahora que ya ha

comenzado a nevar, y la cumbre de la montaña estaba cubierta de niebla, sabe que debe

acostarse y morir antes del amanecer, le sobrevino subrepticiamente, aclarando el color

de sus ojos, y tiñéndolo a él, en los dos minutos que le duraba recorrer la terraza, con el

ajado color de la vejez. Pero él no iba a morir en la cama, ya hallaría algún barranco; y

allí, con los ojos fijos en la tormenta, intentando hasta el último momento perforar la

oscuridad, moriría en pie. Nunca llegaría a la R.

Se quedó en pie completamente inmóvil, junto a la urna del geranio que

sobresalía. Pero, después de todo, se preguntaba ¿cuántos hombres en un millar de

millones llegan hasta la Z? Seguro que el capitán de una empresa condenada al fracaso

puede hacerse esa pregunta; y puede responderse, sin por eso traicionar a quienes lo

acompañen: «acaso uno». Uno de cada generación. Siempre y cuando hubiera trabajado

honradamente, no hubiera regateado esfuerzos, y hubiera llegado al límite de su fuerza,

¿podría censurársele que no fuera él ese uno? ¿Y cuánto duraría su fama? Se le

autorizaría acaso a un héroe agonizante que pensase antes de morir en cómo hablará la

posteridad de él. Quizá su fama dure dos millares de años. Pero ¿qué son dos millares

de años? (se preguntaba irónicamente Mr. Ramsay mientras miraba atentamente el

seto). Y si se mira desde la cumbre del presente hacia los vastos eriales del pasado, ¿qué

son? Cualquier piedra a la que se dé un puntapié sobrevivirá a la fama de Shakespeare.

Su lucecita acaso brille con luz propia uno o dos años, y después se fundirá en una luz

de mayores proporciones, y después en otra aún mayor. (Miraba hacia la oscuridad,

entre los intrincados tallos.) ¿Quién censuraría al capitán de esa empresa condenada al

fracaso si, después de todo, hubiera subido lo suficiente como para poder ver el erial de

los años y la muerte de las estrellas; si, antes de que la muerte agarrotara sus miembros

y no pudiera moverse, de manera deliberada, se llevase los entumecidos dedos hasta la

frente, y se cuadrase, de forma que cuando el grupo de rescate llegara y lo hallara

muerto en su puesto viera la hermosa imagen de un soldado? Mr. Ramsay se cuadró y se

quedó muy rígido junto a la urna.

¿Quién lo censuraría si, quedándose inmóvil un momento, se demorase en la

fama, en las expediciones que acudirían a rescatarlo, en los monumentos fúnebres que

se erigirían sobre sus huesos por los agradecidos discípulos? En fin, ¿quién censuraría al

dirigente de la expedición condenada al fracaso, si, tras haberse arriesgado hasta el

límite, y tras haber puesto toda la fuerza en ello, hasta el último gramo, hasta quedarse

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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dormido sin saber si se despertará o no, advirtiera ahora, a causa de unos pinchazos en

los dedos de los pies, que estaba vivo, y que eso de vivir no le desagradaba nada, y que

necesitaba consuelo, whisky, y alguien a quien contarle inmediatamente sus

penalidades? ¿Quién lo censuraría? ¿Quién no se regocijaría íntimamente cuando el

héroe se quitara la armadura, se detuviera junto a la ventana, y se quedara mirando a su

esposa e hijo, quienes, distantes al comienzo, se acercarían poco a poco, hasta que los

labios y el libro y la cabeza estuvieran ante él, aunque todavía amables y como

desconocidos a causa de la intensidad de su aislamiento, y del erial de los tiempos y de

la muerte de las estrellas? Finalmente, tras guardar la pipa en el bolsillo, inclinada la

magnífica cabeza ante ella, ¿quién lo censuraría si rindiera homenaje a la belleza del

mundo?

7

Pero su hijo lo odiaba. Lo odiaba por acercarse a ellos, por creerse superior, lo

odiaba por interrumpir, lo odiaba por la ampulosidad y lo sublime de los gestos, por la

espléndida cabeza que tenía, por su precisión y egotismo (ahí estaba otra vez, exigiendo

que le prestaran atención), pero, sobre todo, lo odiaba por los chirridos y trinos de sus

emociones que, vibrando por toda la habitación, perturbaban la perfecta sencillez y buen

sentido de las relaciones con su madre. Esperaba que, si se quedaba mirando con toda

atención la página, se fuera; confiaba en llamar la atención de su madre si señalaba una

palabra con el dedo; su madre, para su enfado, se quedaba paralizada cuando aparecía su

marido. Pero no. Nada obligaría a Mr. Ramsay a moverse. Se quedaba, y exigía consuelos.

Mrs. Ramsay, que había estado reclinada, con el brazo sobre su hijo, se irguió, y,

medio vuelta, pareció que fuera a levantarse; fue como si hubiera enviado verticalmente

al aire una lluvia de energía, una columna de rocío, que pareciera a la vez animada y

viva, como si su energía se hubiera fundido con una fuerza con brillo y luz propios

(aunque estaba sentada, y había cogido el calcetín de nuevo); y como si en esta deliciosa

fecundidad, en este surtidor y fuente de la vida, se hundiera la funesta esterilidad

masculina, punzante pico de bronce, estéril y desnudo. Quería consuelos. Era un

fracasado, dijo. Destellaron las agujas de Mrs. Ramsay. Mr. Ramsay, sin dejar de

mirarla a la cara, repitió lo que había dicho: que era un fracaso. Le devolvió las palabras

en un suspiro. «Charles Tansley...», dijo. Pero él quería más. Lo que necesitaba era

consuelo: en primer lugar, que le aseguraran que era un genio, y, a continuación, que lo

introdujeran en la esfera de la vida, que lo acogieran y calmaran, que le hicieran

recobrar la sensatez, que la esterilidad se convirtiera en fertilidad, y que todas las

habitaciones de la casa se llenaran de vida: el salón, la cocina tras el salón, los

dormitorios sobre la cocina, y más allá, los cuartos de juegos de los niños; había que

acomodarlos, llenarlos de vida.

Charles Tansley pensaba que era el metafisico más importante de su época, dijo

ella. Pero él quería algo más. Quería consuelos. Deseaba que le aseguraran que estaba

en el centro de la vida, que lo necesitaban; y no sólo aquí, en todo el mundo. Las agujas

destellaban, y ella, confiada, erguida, creaba el salón y la cocina, los iluminaba; y le dijo

que se calmara, que entrara y que saliera, que se divirtiera. Se reía, tejía. Entre las

rodillas de ella, muy envarado, James advertía cómo ardía en llamas toda la fuerza de

ella para que la bebiera y sofocara el punzante pico de bronce, la yerma cimitarra del

macho, que, una vez tras otra, golpeaba inmisencorde, exigiendo consuelo.

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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Era un fracasado, repetía. Sí, mira, toca. Destellaron las agujas; tras echar una

breve mirada alrededor, más allá de la ventana, al propio James, le aseguró, sin sombra

de duda, con su risa, con su actitud, con su eficacia (al igual que la niñera que lleva una

luz al dormitorio a oscuras tranquiliza al niño inquieto), que era real, que la casa estaba

llena, que el jardín florecía. Si tuviera en ella una fe incondicionada, nada lo heriría; por

muy hondo que se enterrara, o por muy alto que escalara, ni durante un segundo estaría

sin ella. Así, alardeando de su capacidad para amparar y proteger, apenas había un

fragmento de ella misma que le sirviera para conocerse; todo lo gastaba con

generosidad; y James, rígido entre las rodillas, sentía como si ella floreciera al modo de

un frutal cargado de frutos rosados, lleno de hojas y de ramas bailarinas, en el que el

punzante pico de bronce, la árida cimitarra del padre, el egotista, se hundía y golpeaba,

mientras exigía consuelo.

Lleno de las palabras de ella, como el niño que se aparta satisfecho, dijo,

finalmente, mirándola con humilde gratitud, restaurado, renovado, que iba a dar un

paseo, a ver a los niños jugar al críquet. Se fue.

Al momento, Mrs. Ramsay pareció recogerse sobre sí misma, un pétalo tras otro,

y todo el edificio se recogió sobre sí mismo, exhausto, de forma que sólo le quedó

fuerza para mover un dedo, con el exquisito abandono del cansancio, por la página del

cuento de hadas de Grimm, mientras latía en ella, como el pulso de una primavera que

ha alcanzado su expansión máxima y ahora delicadamente deja de latir, el rapto de la

creación lograda.

Cada latido de este pulso parecía, al alejarse él, incluirla a ella y a su marido, y

parecía dar a cada uno ese solaz que dos notas diferentes, una alta, otra baja, que

sonaran a la vez, parecen ofrecerse una a otra al combinarse. No obstante, al apagarse la

resonancia, al volver al cuento de hadas, Mrs. Ramsay se sintió no sólo fisicamente

cansada (siempre le ocurría después, nunca en el momento), sirio como si la fatiga se

hubiera teñido vagamente de alguna sensación desagradable que tuviera otra causa. Y

no es que, al leer en voz alta la historia de la mujer del pescador, ella no supiera

exactamente de dónde procedía; ni se permitió traducir a palabras su insatisfacción,

cuando se dio cuenta, al pasar la página -cuando se detuvo y oyó aburrida,

ominosamente, cómo rompía una ola-, de dónde procedía: no le gustaba, ni un segundo,

sentirse mejor que su marido; más aún, no podía soportar no estar completamente

segura, cuando hablaba con él, de la verdad de lo que decía. Las universidades y

personas que lo necesitaban, las conferencias y los libros que eran tan importantes, ni se

le ocurría por un momento dudar de nada de esto; pero lo que la desazonaba era su

relación, y el acercarse a ella así, abiertamente, para que lo viera todo el mundo; porque

entonces la gente diría que dependía de ella; cuando todos debían saber que de los dos

era él infinitamente más importante; y que lo que ella daba al mundo, en comparación

con lo que daba él, era una insignificancia. Pero, claro, además estaba lo otro, lo de no

ser capaz de decirle la verdad, por ejemplo, respecto de lo del tejado del invernadero, y

lo que iba a costar repararlo, unas cincuenta libras, quizá; y luego estaba lo de sus

libros, y el temor de que él pudiera enterarse de que ella sospechaba que este último no

había sido quizá el mejor que hubiera escrito en su vida (lo había deducido de algún

comentario de William Bankes); y también lo de ocultarle cosillas sin importancia, y

que se dieran cuenta los niños, y la carga que era para ellos; esto es lo que empañaba

toda alegría, la pura alegría, la de las dos notas que sonaban juntas, y dejaba que el

sonido lúgubremente desafinado se apagara en su oído.

Oscureció la página una sombra, levantó la mirada. Era Augustus Carmichael,

que pasaba arrastrando los pies, justamente ahora, en el momento en que tan doloroso

era que le recordaran lo inadecuado de las relaciones humanas, que ni el más perfecto

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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dejaba de tener defectos, y no pudo sufrir el examen que, como quería a su marido, con

su pasión por la sinceridad, hizo de sí misma; cuando era tan doloroso sentirse rea de

nulidad, y ajena a sus propias funciones por mentiras y exageraciones; justo en este

momento, en que más se consumía innoblemente en medio de su exaltación, fue cuando

pasó Mr. Carmichael arrastrando los pies, con las zapatillas amarillas, y algún demonio

propio la obligó a decir cuando pasaba:

-¿Va a casa, Mr. Carmichael?

8

No dijo nada. Tomaba opio. Los niños decían que el opio volvía rubia la barba.

Quizá. Lo que sí le parecía evidente es que el pobre era un infeliz, y que se venía con

ellos todos los años para huir de algo; y año tras año ella se sentía igual; él no confiaba

en ella. Le había dicho: «Voy al pueblo, ¿quiere sellos, papel de cartas, tabaco?», y él se

limitó a quedarse parpadeando. No confiaba en ella. Era obra de su mujer. Recordaba la

inquina que le tuvo su mujer a Mr. Carmichael, y lo intransigente que era aquella

mujercita detestable a quien había visto con sus propios ojos echarlo del minúsculo

alojamiento de St. John's Wood. Era desordenado, se manchaba, y era todo lo pesado

que pudiera ser un anciano sin nada que hacer en el mundo; lo había echado de casa.

Dijo, con aquella voz tan desagradable: «Sí, Mrs. Ramsay, creo que tenemos que

hablar», y Mrs. Ramsay tuvo que escuchar, como si ocurriera ante sus ojos, una relación

de las incontables desdichas de la vida de él. ¿Tenía dinero para comprar tabaco? ¿Tenía

que pedírselo a ella?, ¿media corona?, ¿dieciocho peniques? Ay, no quería ni pensar en

las humillaciones por las que le había hecho pasar. Ahora la evitaba (nunca supo por

qué, excepto que, de forma inconcreta, seguro que tenía que ver con aquella mujer). Él

nunca le dijo nada. Pero ¿qué otra cosa podría haber hecho ella? Tenían siempre una

habitación soleada para él. Los niños eran amables con él. Nunca dio ella muestras de

que no quisiera que estuviera con ellos. Hasta se esforzaba en ser amable. ¿Quiere

sellos, tabaco? Creo que este libro le gustará..., etcétera. Y después de todo -después de

todo (aquí, insensiblemente, ella se refugió en sí misma, fisicamente; se le hizo

presente, cosa rara, el sentido de su propia belleza}-, después de todo, a ella no le

costaba nada que la gente se fijara en ella; por ejemplo, George Manning, Mr. Wallace,

famosos y todo, se acercaban a visitarla por las tardes, y se quedaban charlando junto al

fuego. Sabía llevar con elegancia la antorcha de la belleza, y se sabía bella; exhibía esta

antorcha con orgullo dondequiera que entrara; y, después de todo, por mucho que

hiciera por velarla, y por mucho que le disgustara la monotonía que eso le imponía, la

belleza era evidente. La habían admirado. La habían amado. Había entrado en

velatorios. Había visto llorar. Hombres y mujeres, liberados de sus preocupaciones, se

habían consentido ante ella el consuelo de la sencillez. La hería que él la evitara. Le

dolía. No era claro, no estaba bien. Eso es lo que le importaba: que se agregara esto al

enfado con su marido; tenía la sensación, ahora, al pasar Mr. Carmichael arrastrando las

zapatillas amarillas, con un libro bajo el brazo, asintiendo con la cabeza, de que no se

fiaba de ella; y pensaba que todos sus deseos de dar, de ayudar, eran pura vanidad. Era

por amor propio por lo que tan ansiosamente se empeñaba en dar, en ayudar; para que la

gente dijera: «¡Oh, Mrs. Ramsay!, querida Mrs. Ramsay... ¡Claro que sí, Mrs. Ramsay!»

Para que la necesitaran y la buscaran y la admiraran. ¿No era éste su más secreto

deseo?, y, por lo tanto, ¿no era lógico que, cuando Mr. Carmichael la evitaba, como acababa

de hacer, y fuera a ocultarse en cualquier rincón donde se dedicaba a hacer

Librodot Al Faro Virginia Woolf

-23-

crucigramas inacabablemente, no sólo se sintiera desdeñada y contrariada, sino que se le

hiciera sentir la mezquindad de una parte de ella, y de las relaciones humanas?; y estas

relaciones, en el mejor de los casos, qué imperfectas son, qué despreciables, qué

egoístas. Marchita, agotada (las mejillas hundidas, el cabello cano), quizá la imagen de

su belleza ya no alegraba a nadie, mejor sería que se dedicara al cuento de El Pescador y

su Mujer para apaciguar este manojo de nervios (el más sensible de sus hijos) que era su

hijo James.

-El corazón del hombre se llenó de pesadumbre -leyó en voz alta-, pues no

quería ir. Y se dijo: "No está bien, pero fue. Cuando llegó a la orilla del mar, el agua

estaba de color púrpura y azul oscuro, y gris y densa, y ya no parecía tan verde y

dorada, pero estaba tranquila. Se quedó allí y dijo...»

A Mrs. Ramsay le habría gustado que su marido no hubiera escogido ese

momento para detenerse. ¿Por qué no se había ido, como había dicho, a ver a los niños

jugar al críquet? Pero no hablaba: miraba, asentía con la cabeza, manifestaba su

aprobación; se fue. Se escapó, tras quedarse mirando ese seto que una vez tras otra

había señalado una pausa; había llegado a alguna conclusión, había visto a su esposa y a

su hijo, había visto las urnas en las que desbordaban los rojos geranios que tantas veces

habían adornado el desarrollo de sus pensamientos, y que tenían, entre las hojas, como

papelillos en los que se anota algo aprisa; se dejó llevar suavemente, viendo todo esto, a

unos pensamientos que le había sugerido la lectura de un artículo en The Times acerca

de la cantidad de americanos que visitan anualmente la tumba de Shakespeare. Si

Shakespeare no hubiera vivido, se preguntaba, ¿sería muy diferente hoy el mundo? El

progreso de la civilización, ¿depende de los grandes hombres? El hombre común, ¿ha

mejorado desde los tiempos de los faraones? Pero este hombre común, se preguntó, ¿ha

de ser el criterio por el que se juzgue el progreso de la civilización? Quizá no. Acaso el

mayor bien exija una clase social de esclavos. El ascensorista del metro siempre será

necesario. El pensamiento le desagradó. Movió la cabeza enérgicamente. Para evitarlo,

ya hallaría la forma de desdeñar el predominio de las artes. Propondría que el mundo

existe para el hombre común, que las artes son una simple decoración impuesta desde

un lugar ajeno a la vida humana, pero no la expresan. Ni Shakespeare le es necesario.

Sin saber exactamente por qué, quería denigrar a Shakespeare, y quería ayudar al

hombre común, al necesario ascensorista; arrancó con cierta violencia una hoja del seto.

Todo esto tendría que prepararlo de forma más atractiva para los jóvenes de Cardiff,

dentro de un mes, pensó; aquí, en la terraza, lo único que hacía era recopilar ideas de

forma deportiva (arrojó la hoja que había arrancado tan enfadado), como quien se apea

del caballo para coger un ramillete de rosas, o se llena los bolsillos de avellanas

mientras pasea a su sabor por los caminos y senderos de una comarca que conoce desde

que era niño. Todo era conocido: el recodo, la portilla, el atajo del campo. Podía pasarse

horas así, con la pipa, por las tardes, pensando, yendo de un lado a otro, y de acá para

allá, por los caminos de siempre, por los campos conocidos, que estaban llenos de la

historia de esta batalla, de la biografía de aquel estadista, llenos de poemas y anécdotas;

que poseían figuras también: este pensador, aquel soldado; todo animado y limpio; pero

al final, el camino, el campo, la pradera, el avellano lleno de frutos y el seto florecido lo

conducían a otro recodo donde invariablemente desmontaba, ataba el caballo a un árbol,

y seguía a pie. Llegaba al borde del jardín, y miraba hacia abajo, hacia la bahía.

Era su destino, su modo de ser, tanto si quería como si no, acercarse así a una

lengua de tierra que el mar comía poco a poco, y quedarse allí, como un triste pájaro

marino, solo. Era su poder, su don, el saber desprenderse al punto de todo lo superfluo,

encogerse y disminuir hasta parecer más agudo, más fino, incluso fisicamente, pero sin

perder nada de la intensidad mental, y quedarse en este saliente, enfrente de la oscuridad

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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de la ignorancia humana (que no sabemos nada, y que el mar se come la tierra sobre la

que estamos), era su destino, su don. Pero habiéndose desprendido, al desmontar, de

gestos y fruslerías, de los trofeos de las avellanas y las rosas, y habiéndose encogido de

forma que no sólo la fama, sino que hasta el nombre propio hubiera olvidado, mantuvo

incluso en aquella desolación una vigilancia que no perdonaba a un solo fantasma, y no

se complacía con ninguna visión, y de esta forma inspiraba en William Bankes (de

forma intermitente) y en Charles Tansley (de forma servil) y en su esposa ahora, cuando

levantaba la vista y lo veía ahí en pie, en el extremo del jardín, una profunda reverencia

y piedad y también gratitud, como si fuera una estaca hundida en el lecho de un canal

sobre la que se posaran las gaviotas, y rompieran las olas, e inspirara gratitud en los

pasajeros de las barcas de recreo por haberse tomado la molestia de señalar el curso del

canal en medio del agua.

«Pero un padre de ocho hijos no tiene escapatoria...», murmuraba; se alejaba,

volvía, suspiraba, levantaba la vista, buscaba la figura de su mujer que leía cuentos al

niño, llenaba la pipa. Daba la espalda a la ignorancia de la humanidad, a su destino, y al

mar que se comía el suelo sobre el que estamos; el mar que, si se hubiera atrevido a

contemplarlo fijamente, le habría permitido llegar a alguna conclusión; y se consolaba

con fruslerías tan nimias, comparadas con el asunto augusto con el que se enfrentaba en

este momento, que estaba dispuesto a pasar por alto las comodidades, a desdeñarlas;

como si fuera el peor delito que alguien averiguara que un hombre honrado era feliz en

un mundo tan desdichado como éste. Era verdad: en general era feliz; tenía a su esposa,

los hijos, había prometido que dentro de seis semanas les contaría «un puñado de

disparates» a los jóvenes de Cardiff acerca de Locke, Hume, Berkeley y los orígenes de

la Revolución Francesa. Pero todo esto y el placer que obtenía de ello, de las frases que

hacía, del ardor juvenil, de la belleza de su mujer, de los elogios que le tributaban desde

Swansea, Cardiff, Exeter, Southampton, Kidderminster, Oxford, Cambridge: todo eso

había que censurarlo y ocultarlo bajo la frase «un puñado de disparates», porque, en el

fondo, no había hecho lo que podría haber hecho. Era un disfraz, era el refugio de quien

temía aceptar sus propios sentimientos, que no podía decir: esto es lo que soy, esto es lo

que quiero; alguien digno de piedad, y desagradable a los ojos de William Bankes y

Lily Briscoe, que se preguntaban por qué era necesario semejante ocultamiento; por qué

necesitaba siempre alabanzas, por qué un hombre tan valiente era tan tímido en los

asuntos de su vida; qué extraño era que fuera a la vez adorable y risible.

Lily sospechaba que educar y pronunciar sermones era algo que no estaba entre

las facultades del ser humano. (Estaba guardando sus cosas.) Si eres un exaltado, lo más

probable es que te des un batacazo. Mrs. Ramsay le daba todo lo que quería con

excesiva liberalidad. Pero cambiar debe de ser un trastomo, se dijo Lily. Levanta la

mirada de los libros, y nos ve a todos nosotros jugando y diciendo tonterías. Qué cambio

respecto de las cosas a las que se dedica, dijo Lily.

Caía sobre ellos de forma ominosa. De repente se quedaba quieto, se quedaba

callado mirando la mar. Se daba la vuelta.

9

Sí, dijo Mr. Bankes, mirando cómo se alejaba. Qué pena tan grande le daba.

(Lily había dicho algo acerca de que la asustaba, porque cambiaba de humor muy

bruscamente.) Sí, dijo Mr. Bankes, que pena tan grande que Mr. Ramsay no se

comporte como los demás. (Porque a él le gustaba Lily Briscoe, hablaba con ella de Mr.

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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Ramsay con toda franqueza.) Por esa razón, dijo él, es por la que los jóvenes no leían a

Carlyle. Un abuelo gruñón que se enfadaba si el porridge del desayuno estaba frío, ¿a

cuento de qué se atrevía a sermonearnos?, eso es lo que Mr. Bankes creía que pensaban

los jóvenes de hoy. Era una grandísima pena que creyeras, como él, que Carlyle era uno

de los grandes maestros de la humanidad. A Lily le daba vergüenza reconocer que no

había leído a Carlyle desde los tiempos de la escuela. Pero en su opinión a una le

gustaba Mr. Ramsay todavía más porque pensaba que si a él le dolía el dedo meñique,

eso significaba, según él, que estaba a punto de llegar el fin del mundo. No, no era

precisamente eso lo que a ella le preocupaba. ¿A quién engañaba? Pedía sin

subterfugios que lo alabaras, que lo admiraras, y a nadie engañaban sus trucos. Lo que

no le gustaba a ella era la estrechez de miras, la ceguera, decía, dirigiendo la mirada

hacia él.

«¿Algo hipócrita?»», sugirió Mr. Bankes, mirando, también, hacia la espalda de

Mr. Ramsay, porque pensaba ahora en la amistad que los unía, en Cam cuando se negó

a darle una flor, en todos esos niños y niñas, en su propia casa, llena de comodidades,

pero, desde la muerte de su esposa, ¿demasiado tranquila? Sí, claro que tenía el

trabajo... Daba igual, lo único que quería era que Lily se mostrara de acuerdo en eso de

que era «algo hipócrita».

Lily todavía estaba guardando los pinceles, levantaba los ojos, los bajaba. Los

levantaba, y allí estaba Mr. Ramsay, se acercaba a ellos, sin preocuparse, olvidadizo,

remoto. ¿Algo hipócrita?, repetía ella. Ah, no... el más sincero, el más fiel (aquí estaba),

el mejor; pero, bajaba los ojos, y, pensaba, era un hombre absorto en sí mismo, tiránico,

injusto; y no levantaba la mirada, intencionadamente, porque, estando con los Ramsay,

sólo así podía conservar la calma. En cuanto una levantaba la vista, y los veía, los

envolvía lo que ella llamaba «el amor». Se convertían en parte de ese universo irreal,

pero punzante y excitante, que es el mundo cuando se contempla a través de los ojos del

amor. El cielo se desplegaba para ellos, los pájaros trinaban por ellos. Y, lo que aún era

mas interesante, también ella sentía, al ver a Mr. Ramsay acercarse amenazador, y

retirarse, y a Mrs. Ramsay sentada con James en la ventana, y el paso de la nube, y el

movimiento del árbol, cómo la vida, de ser una cosa compuesta de muchos incidentes

separados que se vivían uno tras otro, se recogía y se hacía una, como si fuera una ola

que la arrastrara a una con ella, y la arrojara, de golpe, sobre la playa.

Mr. Bankes esperaba a que ella respondiera. Y ella estaba a punto de decir algo,

de expresar alguna censura hacia Mrs. Ramsay: cómo le gustaba impresionar, a su

manera; qué arbitraria era; o algo parecido; pero entonces el éxtasis de Mr. Bankes hizo

que fuera completamente innecesario que ella hablara. Así eran las cosas: había que

pensar en la edad de él, que pasaba de los sesenta, y en su aspecto atildado, y en la

impersonalidad, y en la científica bata blanca que se imaginaba una que lo envolvía.

Para él, quedarse mirando fijamente a alguien, como había visto que miraba ella a Mrs.

Ramsay, era un éxtasis; algo equivalente, pensaba Lily, a los amores de docenas de

jóvenes (y quizá Mrs. Ramsay no hubiera despertado el amor de docenas de jóvenes).

Era amor, pensaba ella, fingiendo que colocaba el lienzo, destilado y quintaesenciado;

un amor que nunca intentaba asir el objeto amado; es igual al que los matemáticos

profesan hacia sus símbolos, o los poetas a sus frases, se había concebido para

extenderse por el mundo, y para convertirse en propiedad de toda la humanidad. Y así

era. Todo el mundo, en efecto, debería haberlo compartido; si así fuera, Mr. Bankes hubiera

sido capaz de explicar por qué aquella mujer le gustaba tanto, por qué verla leer un

cuento de hadas a su hijo le producía el mismo efecto que el hallar la solución de un

problema científico; por qué sentía, como lo había sentido cuando había demostrado

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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algo definitivo acerca del sistema digestivo de las plantas, que lo bárbaro se volvía

dócil, que el caos adquiría orden.

Semejante éxtasis -¿qué otro nombre podría dársele?hizo que Lily olvidara por

completo lo que había estado a punto de decir. No era nada importante, se trataba de

algo acerca de Mrs. Ramsay. Había palidecido ante el «éxtasis», ante la mirada fija,

cosas hacia las que ella sólo tenía gratitud; porque no había nada que le agradara tanto,

que suavizara las dificultades de la vida, y que le quitara milagrosamente todas las

cargas, como este poder sublime, este don de los cielos; y una no debería interrumpirlo,

mientras durara; como tampoco una estorbaba un rayo de sol que descansara sobre el

suelo.

Que la gente amase así, que Mr. Bankes tuviese esos sentimientos hacia Mrs.

Ramsay (le echó una mirada mientras él estaba distraído) era útil, era una forma de

exaltación. Limpió los pinceles, uno tras otro, con un trapo viejo, con humildad,

esmerándose. Evitaba ella la reverencia que descendía sobre las mujeres; se sentía

alabada. Que se quede mirando él si quiere; así ella podría echar una mirada de reojo al

cuadro.

Le daban ganas de llorar. ¡Era malo, era horrible, era pésimo! Podía haberlo

hecho de otra forma, por supuesto; el color debería haber estado más diluido, más

difuminado; las formas deberían haber sido más etéreas; así es como lo habría visto Mr.

Paunceforte. Pero es que ella no lo veía así. Veía cómo el color ardía dentro de un

marco de acero; la luz del ala de una mariposa sobre los arcos de una catedral. De todo

eso sólo quedaban sobre el lienzo unas pocas huellas distribuidas por el lienzo. Nadie lo

vería nunca; nunca colgaría en una pared; y Mr. Tansley le susurraba al oído: «Las

mujeres no saben pintar, las mujeres no saben escribir...»

Recordó lo que había estado a punto de decir sobre Mrs. Ramsay. No sabía de

qué forma habría podido expresarlo, pero se trataba de algo crítico. La noche anterior le

había fastidiado cierta arbitrariedad. Siguiendo la dirección de la mirada de Mr. Bankes,

pensó en que no había mujer que adorase a otra mujer de la forma en que él adoraba; lo

único que podían hacer era buscar refugio bajo la sombra protectora que Mr. Bankes

extendía sobre ambas. Siguiendo el curso de este rayo de luz, ella agregó su propia luz

diferente: pensaba que sin duda era la persona más adorable (inclinada sobre el libro);

acaso la mejor; pero, a la vez, algo diferente de la perfecta figura que allí se dejaba ver.

Pero ¿por qué?, ¿cómo de diferente?, se preguntaba, limpiando la paleta de los

montoncitos de color azul y verde que le parecían inanimados ahora; pero se prometió

que al día siguiente ella los animaría, los obligaría a moverse, a moldearse, a

obedecerla. ¿En qué era diferente? ¿Cuál era esa esencia de su espíritu que en cuanto

veías un guante en un rincón de un sofá tenías la certeza, sólo con ver un dedo torcido,

de que era de ella? Era veloz como un ave, directa como una flecha. Tenía su fuerza de

voluntad, tenía talento para mandar (claro, se recordó a sí misma Lily, pienso en las

relaciones con las mujeres, y yo soy mucho más joven, soy una persona insignificante,

soy una que vive cerca de Brompton Road). Abría las ventanas de los dormitorios.

Cerraba puertas. (Así intentaba recordar la melodía de Mrs. Ramsay mentalmente.)

Llegaba tarde por la noche, y daba un golpe muy suave en la puerta del dormitorio,

envuelta en un viejo abrigo de pieles (porque su belleza siempre era igual: apresurada

pero convincente), siempre dispuesta a hacer algo una vez más, fuera lo que fuera: que

Charles Tansley hubiera perdido el paraguas, que Mr. Carmichael estuviera

estornudando e inhalando algo por la nariz, que Mr. Bankes dijera: «¿Dónde están las

sales de frutas?» Todo esto lo enderezaba al momento; o lo torcía maliciosamente; y,

dirigiéndose hacia la ventana, fingiendo que tenía que irse -amanecía, veía cómo salía el

sol-, de lado, más íntimamente, pero siempre riéndose, insistía en que ella, Minta, todas,

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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todas tenían que casarse, porque en todo el mundo, por muchos laureles que pusieran a

sus pies (pues a Mrs. Ramsay le importaba muy poco su pintura), o por muchos triunfos

que obtuviera (quizá Mrs. Ramsay también los hubiera tenido), y al llegar aquí se

entristecía, se ensombrecía, regresaba al sillón, esto no podía ni siquiera discutirse: una

mujer que no se hubiera casado (le tomaba la mano con delicadeza un momento), una

mujer que no se casa se pierde lo mejor de la vida. La casa parecía estar llena de niños

durmiendo, y Mrs. Ramsay escuchaba; luces bajo las pantallas de las lámparas,

respiraciones regulares.

Ah, pero decía Lily, tenía a su padre, el hogar, e incluso, si se hubiera atrevido a

decirlo, la pintura. Pero todo esto parecía tan poca cosa, tan virginal, ante lo otro... Sí,

pero al avanzar la noche, y al separar las cortinas la luz, e incluso cuando ya trinaba de

vez en cuando algún pájaro en el jardín, juntando todas sus fuerzas con desesperación,

le gustaría haberse presentado como excepción a la regla universal; una súplica; quería

seguir soltera, le gustaba ser como era, no estaba hecha para lo otro; pero eso suponía

que tendría que enfrentarse con esa mirada fija de desconocida profundidad, y tenía que

aceptar la sencilla certidumbre de Mrs. Ramsay (y ahora volvía a la infancia) de que la

querida Lily, su pequeña Brisk, era tonta. Y entonces recordaba que había reclinado la

cabeza en el regazo de Mrs. Ramsay, y no había dejado de reírse, reírse, reírse, reírse

hasta casi llegar a la histeria ante la idea de que Mrs. Ramsay decidiera con calma

inmutable unos destinos que eran completamente incomprensibles para ella. Ahí estaba

sentada, sencilla, seria. Había recobrado el sentido de sí misma: era el dedo torcido del

guante. Pero ¿en qué santuario había entrado una? Finalmente Lily Briscoe levantó la

mirada, y allí estaba Mrs. Ramsay, completamente ajena a lo que había ocasionado sus

risas, que seguía tomando decisiones, pero había desaparecido toda huella de fuerza de

voluntad, y en su lugar, había algo claro, como ese espacio que terminan por ocultar las

nubes, el pedacito de cielo que duerme junto a la luna.

¿Era sabiduría? ¿Era conocimiento? ¿Se trataba, una vez más, del engaño de la

belleza, de forma que todas las sensaciones de una, a medio camino de la verdad,

terminasen por enredarse en una trampa dorada?, ¿o es que guardaba en su interior

algún secreto de los que ciertamente Lily Briscoe creía que todo el mundo tenía que

tener para que el mundo siguiera adelante? No todo el mundo podía ser tan atolondrado

e irreflexivo como ella. Pero si lo sabían, ¿por qué no le decían lo que sabían? Sentada

en el suelo, abrazada a las rodillas de Mrs. Ramsay, todo lo cerca que podía,

sonriéndose al pensar que Mrs. Ramsay nunca sabría la razón de la intensidad del

abrazo, se imaginaba cómo en las cámaras de la mente y del corazón de esta mujer que

físicamente estaba en contacto con ella había, como en los tesoros de los reyes, tablillas

con inscripciones sagradas, que si una pudiera leerlas, le enseñarían todo, pero que

nunca se ofrecerían libremente, nunca llegarían al público. ¿Cuál era el arte, que el amor

o la astucia conocían, con el que una podía entrar en esas cámaras ocultas? ¿Cuál era el

resorte que te permitía convertirte, como el agua vertida en la jarra, en una sola cosa

inextricablemente unida a la persona amada? ¿Podría lograrlo el cuerpo, o la mente,

mezclándose sutilmente en los intrincados pasillos del cerebro?, ¿podría el corazón?

¿Podría el amor, como lo llamaba la gente, convertirlas en una a ella y a Mrs. Ramsay?,

porque no era conocimiento, sino esa unidad lo que deseaba; no deseaba inscripciones

en las tablillas, nada que pudiera escribirse en una lengua que conocieran los hombres,

sino la propia intimidad, que es el conocimiento, pensaba, mientras reclinaba la cabeza

sobre las rodillas de Mrs. Ramsay.

No sucedió riada. ¡Nada! ¡Nada!, mientras estuvo inclinada sobre la rodilla de

Mrs. Ramsay. Sin embargo, sabía que el corazón de Mrs. Ramsay atesoraba

conocimientos y sabiduría. ¿Cómo, pues, se preguntaba, podía una saber tal o cual cosa

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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de la gente, si ésta estaba herméticamente sellada? Sólo como las abejas, atraída por

alguna fragancia o por alguna nota aguda en el aire, intangible para el tacto o el gusto,

visitando la cúpula de la colmena, recorriendo solitaria el desierto aire de todos los

países del mundo, frecuentando las colmenas llenas de murmullos e inquietudes; esas

colmenas que eran la propia gente. Mrs. Ramsay se levantó. Lily se levantó. Mrs.

Ramsay se fue. Durante unos días hubo en torno a ella, como tras un sueño se advierte

que la persona en quien una ha soñado ha sufrido alguna transformación sutil, más

nítido que sus palabras, un zumbido de murmullos, y, al sentarse en el sillón de mimbre

junto a la ventana del salón, ofrecía, a los ojos de Lily, la silueta de una cúpula.

El rayo de luz se unía paralelo al de Mr. Bankes, y ambos llegaban hasta donde

Mrs. Ramsay leía con James sobre las rodillas. Pero mientras ella seguía mirando, Mr.

Bankes había dejado de hacerlo. Se había puesto las gafas. Había retrocedido un paso.

Había levantado una mano. Se habían entrecerrado sus claros ojos azules, y Lily,

sobresaltada, vio lo que quería hacer, y cerró los ojos como el perro cuando ve la mano

levantada sobre su cabeza. Le habría gustado arrancar el cuadro del caballete, pero se

dijo: Hay que aceptarlo. Hizo un esfuerzo, quiso recobrar la confianza, y someterse a la

prueba terrible de que alguien examinara su cuadro. Hay que aceptarlo, se dijo, hay que

aceptarlo. Y si finalmente alguien iba a verlo, Mr. Bankes era menos preocupante que

los demás. Pero que otros ojos pudieran ver el balance de sus treinta y dos años, la

sedimentación de cada día de su vida, mezclados con algo más secreto de lo que ella

jamás hubiera expresado o mostrado en el curso de todos esos días, eso era una agonía.

Pero, a la vez, qué inmensamente excitante era.

No había nadie más desapasionado y tranquilo. Sacó un cortaplumas, y señaló

con el mango de hueso en un lugar del lienzo. ¿Qué es lo que quería indicar con esa

mancha púrpura triangular que había «justamente ahí»?, preguntó.

Era Mrs. Ramsay mientras leía para james, dijo. Sabía qué le respondería: que

nadie diría que se trataba de una forma humana. Pero ella no quería lograr que se

pareciera, dijo. Entonces, ¿para qué los había puesto allí?, preguntó. ¿Por qué?, no había

razón alguna, excepto que si allí, en aquel rincón, había luz, aquí, en este otro, ella

sentía la necesidad de la oscuridad. Sencillo, consabido, trivial, incluso, sin embargo

Mr. Bankes pareció interesarse. La madre y el hijo -objetos de la veneración universal, y

en este caso, además, la madre era conocida por su belleza- podían reducirse,

reflexionaba, a una mancha púrpura sin irreverencia.

Pero no se trataba de un retrato de ellos, dijo ella. No, no en ese sentido. Había

otros sentidos, además, mediante los que se les podía reverenciar. Mediante una sombra

aquí, o una luz allí, por ejemplo. Su ofrenda adquiría esa forma, si, como ella vagamente

imaginaba, un cuadro tiene que ser un homenaje. Una madre y un hijo podían reducirse

a una sombra sin irreverencia. Una luz aquí pedía una sombra allí. Se quedó

pensándolo. Se mostró interesado. Lo aceptó, de forma científica, de buena fe. Lo cierto

era que sus prejuicios caminaban todos ellos en sentido opuesto, le explicó. La pintura

más grande de su salón, un cuadro que habían alabado los propios pintores, y que se

había tasado en un precio muy superior al que él había pagado, era de unos cerezos en

flor en las orillas del Kennet. Había pasado la luna de miel en las orillas del Kennet,

dijo. Lily tenía que ir a ver el cuadro, dijo. Pero ahora, se volvió, sin las gafas, para

examinar científicamente el lienzo. Había que juzgar la relación de los volúmenes, de

las luces y sombras, cosas, a decir verdad, en las que nunca anteriormente había

pensado, le gustaría que se lo explicaran: ¿qué quería decir eso? Señalaba la escena ante

sus ojos. Ella miró. No podía mostrarle lo que quería hacer, ni siquiera ella sabía verlo

sin el pincel en la mano. Volvió a su anterior postura de trabajo, con los ojos

entrecerrados y aspecto de distraída, sometiendo sus impresiones de mujer a algo más

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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general; cayendo de nuevo bajo el poder de esa visión que había visto con toda claridad

una vez, y que ahora debía buscar a tientas entre setos, casas, madres y niños: el cuadro.

Se trataba, recordó, de cómo relacionar este volumen con el de la izquierda. Podría

hacerlo quizá extendiendo la línea de la rama; o rompiendo el vacío del primer plano

con algún objeto (quizá James), así. Pero el peligro consistía en que al hacer eso quizá

se perdería la unidad del conjunto. Se detuvo, no quería aburrirlo, quitó el lienzo del

caballete sin esfuerzo.

Pero alguien lo había visto, se lo habían arrebatado. Este hombre había

compartido con ella algo intensamente íntimo. Con gratitud hacia Mr. Ramsay, con

gratitud hacia Mrs. Ramsay, agradecida a la ocasión y al lugar, concediendo que el

mundo poseía un poder que ella no le hubiera atribuido, el poder de que una pudiera

pasar por aquella larga galería ya no sola sino del brazo de alguien -el sentimiento más

extraño y más alegre de su vida-, echó el pestillo de la caja de pinturas con más fuerza

de la necesaria, y al cerrarla pareció rodear mediante un círculo eterno la propia caja de

pinturas, el jardín, a Mr. Bankes y a esa malvada villana, a Cam, que pasaba corriendo.

10

Porque a Cam le había faltado una pulgada para rozar el caballete al pasar; no se

fijó en Mr. Bankes ni en Lily Briscoe; a Mr. Bankes le habría gustado tener una hija, y

extendió la mano; tampoco se fijó en su padre, a quien también le faltó una pulgada para

rozarlo; ni en su madre, que gritó cuando pasaba: «¡Cam!, ¡ven un momento!» Se fue

como un pájaro, un bala, una flecha; impulsada por qué deseo, disparada por quién,

dirigiéndose hacia dónde, ¿quién sabría decirlo? ¿Qué?, ¿cómo?, pensaba Mrs. Ramsay

sin dejar de mirarla. Quizá fuera algo de su imaginación: una concha, una carretilla, un

reino de hadas en la otra punta del seto; o quizá lo hiciera por el placer de ir aprisa,

nadie lo sabía. Pero cuando por segunda vez Mrs. Ramsay gritó: «¡Cam!», el proyectil

detuvo la carrera, y Cam se acercó hacia su madre remoloneando, arrancó una hoja de

paso.

En qué estaría soñando, se preguntaba Mrs. Ramsay, viéndola absorta, ante ella,

pensando en sus cosas; tuvo que repetir el recado: pregúntale a Mildred si han regresado

Andrew, Miss Doyle y Mr. Rayley. Parecía como si las palabras cayeran en un pozo, en

el que, aunque estuvieran claras, las aguas fueran extraordinariamente distorsionantes,

de forma que, incluso mientras descendían, se viera cómo se movían formando un

dibujo sobre el suelo de la mente de la muchacha. Pero ¿qué clase de recado podría dar

Cam a la cocinera?, se preguntaba Mrs. Ramsay. A decir verdad sólo tras paciente

espera, y tras escuchar que había una anciana en la cocina, con las mejillas muy rojas,

bebiendo sopa de un tazón, pudo Mrs. Ramsay, con paciencia, hacer aflorar ese instinto

de loro que había recogido las palabras de Mildred con la suficiente precisión como para

reproducirlas ahora en una cantilena incolora. Cam, mientras movía los pies, repitió las

palabras: «No, no han vuelto, y le he dicho a Ellen que recoja el servicio del té.»

Minta Doyle y Paul Rayley no habían regresado. Mrs. Ramsay pensaba que eso

sólo podía interpretarse de una forma.

Lo ha aceptado o lo ha rechazado. Esto de salir a pasear después de almorzar,

incluso aunque fuera en compañía de Andrew, ¿qué otra cosa podría querer decir?,

excepto que ella había decidido, correctamente, pensó Mrs. Ramsay (y le tenía mucho

afecto a Minta), aceptar a ese buen hombre, que quizá no fuera el más brillante; pero,

claro, pensó Mrs. Ramsay, dándose cuenta de que James le pedía que siguiera leyéndole

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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el cuento del pescador y su esposa, en el fondo del corazón preferiría infinitamente los

tontorrones a los que escribían tesinas; por ejemplo, a Charles Tansley. En todo caso,

fuera lo que fuera, en estos momentos ya había sucedido.

Siguió leyendo: «A la mañana siguiente la mujer se despertó antes, acababa de

amanecer, y desde la cama veía el hermoso paisaje ante ella. Su marido comenzaba a

desperezarse...»

Minta, ¿sería capaz de rechazarlo? No, desde luego, si aceptaba vagabundear

sola por los campos con él -Andrew seguro que estaría buscando cangrejos-, aunque

quizá Nancy estuviera con ellos. Intentó recordar la imagen del grupo junto a la puerta

de entrada tras el almuerzo. Estaban allí, mirando hacia el cielo, preocupados por el

tiempo, y ella dijo, en parte para vencer la timidez de ellos, en parte para animarlos a

salir (tenía en estima a Paul):

-No hay ni una nube en muchas millas -tras lo cual advirtió cómo el

insignificante Charles Tansley, que los había seguido, sofocaba una risita. Pero lo había

hecho intencionadamente. No sabía con certeza si Nancy estaba con ellos o no; en su

mente, dirigía alternativamente la mirada a uno y otra.

Siguió leyendo: «"¡Ah!, mujer -dijo el hombre- ¿y para qué quiero ser rey? Yo

no quiero ser rey. «Muy bien -dijo la esposa-, si tú no quieres ser rey, yo sí quiero ser

reina; ve a ver al pez, porque quiero ser reina.»

«Entra o sal, Cam», le dijo, sabiendo que Cam se había quedado atrapada por la

palabra «pez», y que dentro de poco estaría importunando a James, y discutiendo con él.

Cam echó a correr. Mrs. Ramsay siguió leyendo, aliviada, porque James y ella

compartían los mismos gustos, y se sentían a gusto juntos.

«Y cuando llegó al mar, estaba de color gris oscuro, de lo más profundo del agua

subía un olor a putrefacción. Se acercó al agua, y se quedó en pie, y dijo:

Pececito, que vives en la mar,

Ven, te lo ruego, ven, acude aquí,

Pues mi mujer, la buena de Ilsebill,

no está conforme con mi voluntad.

"Pero ¿qué es lo que quiere?", dijo el pececito.» Ahora, ¿dónde estarían?, se

preguntaba Mrs. Ramsay, que se entretenía fácilmente con sus pensamientos mientras

leía, porque el cuento del pescador y su esposa era como el bajo que acompañaba una

canción, que de vez en cuando, de forma inesperada, se convertía en la propia melodía.

¿Cuándo habría que decírselo a ella? Si no hubiera pasado, tendría que hablar muy en

serio con Minta. Porque no podía dedicarse a vagabundear por el campo, aunque Nancy

estuviera con ellos (intentó de nuevo, sin éxito, visualizar las espaldas de los que iban

por el camino, para contarlas). Era responsable ante los padres de Minta: el búho y la

badila. Le vinieron a la mente los motes mientras leía. El búho y la badila, a decir

verdad, se sentirían muy ofendidos si les contaran, y seguro que se lo contarían, que a

Minta, cuando estuvo con los Ramsay, la habían visto, etcétera, etcétera, etcétera. «Él

llevaba peluca en la Cámara de los Comunes, y ella le ayudaba muy bien en las

recepciones», repitió esto, pescándolo del fondo de los recuerdos, en una ocasión en que

al regresar de una fiesta había dicho eso para divertir a su marido. Vaya, vaya, se dijo

Mrs. Ramsay, ¿cómo es que esa pareja había tenido una hija tan incongruente como

ésta? ¿Esta marimacho de Minta, que llevaba agujeros en las medias? ¿Cómo lograba

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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vivir en aquella atmósfera portentosa en la que la doncella cambiaba la arena que había

desperdigado el loro, y la conversación se ceñía de forma estricta a los méritos, interesantes

acaso, pero, no obstante, limitados, del ave mencionada? Sí, la había invitado a

almorzar, a tomar el té, a cenar, y finalmente la había invitado a quedarse con ellos en

Finlay, lo cual había acarreado algún malentendido con el búho, con la madre, y más

visitas, más charlas, y más cambios de arena, y en realidad, al final de todo, había dicho

tantas mentiras acerca de los loros como para que le durasen toda la vida (eso es lo que

le había dicho a su marido aquella noche cuando regresaban de la fiesta). Sin embargo,

Minta había venido... Sí, había venido, pensó Mrs. Ramsay, sospechando que había

alguna espina en la madeja de estos pensamientos; y al desenredarla se encontró con que

era ésta: una mujer la había acusado en una ocasión «de robarle el afecto de su hija»;

alguna palabra de Mrs. Doyle le había hecho recordar esa acusación. El deseo dedominar,

el deseo de intervenir, de hacer que la gente cumpliera su voluntad: ésa era la

acusación que le hacían, y ella pensaba que era muy injusta. ¿Cómo impedir «ser así»

para los demás? No podían acusarla de querer impresionar a nadie. Incluso ella misma

se avergonzaba a veces de lo descuidada que iba. Tampoco era dominante ni tiránica.

Era más cierto si se referían a su actitud respecto de los hospitales, el alcantarillado, la

lechería. Sobre asuntos como ésos sí que se mostraba apasionada, y le habría gustado, si

hubiera podido, coger a la gente del cuello y obligarlos a ver las cosas. No había un

hospital en toda la isla. Eso sí que era una desdicha. La leche que te dejaban a la puerta

en Londres estaba de color pardo a causa de la suciedad: debería prohibirlo la ley. Una

granja modelo, y un hospital aquí: esas dos cosas sí que le habría gustado poder hacerlas

ella. Pero ¿cómo? ¿Con todos los niños a su cuidado? Cuando fueran mayores, quizá

entonces tuviera tiempo; cuando estuvieran todos en el colegio.

Ah, pero no quería que James ni Cam tuvieran ni un solo día más. Le habría

gustado que estos dos se quedaran como eran, como diablillos perversos, como

delicados angelitos; y no ver cómo se convertían en monstruos de largas piernas. Nada

compensaba la pérdida. Cuando leía, como ahora, a Jarnes, que había «muchos soldados

con tambores y trompetas», y se le ensombrecían los ojos, ella pensaba, ¿por qué tenían

que crecer, y perder todo eso? Era el que más talento tenía, el más sensible de todos sus

hijos. Pero todos, creía, prometían mucho. Prue, un ángel de perfecciones, y ahora,

especialmente por las noches, le cortaba la respiración a cualquiera el ver lo hermosa

que era. Andrew, hasta su marido admitía que el talento que tenía para las matemáticas

era poco común. Nancy y Roger, eran niños salvajes, que pasaban todo el día corriendo

por los campos. Y en cuanto a Rose, tenía la boca demasiado grande, pero tenía unas

manos maravillosas. Cuando preparaban charadas, Rose hacía los vestidos; hacía todo;

pero lo que más le gustaba era arreglar las mesas, las flores, cualquier cosa. No le

gustaba que Jasper disparara a los pájaros, pero era una etapa, todos tenían sus

diferentes etapas. ¿Por qué, se preguntaba, mientras apoyaba la barbilla sobre la cabeza

de James, tenían que crecer tan aprisa? ¿Por qué tenían que ir a la escuela? Le habría

gustado tener siempre un niño pequeño. El colmo de la felicidad era llevar un niño en

brazos. Si querían, podían decir que era una déspota, dominante, mandona, no le

preocupaba. Mientras le rozaba el cabello con los labios, pensaba en que nunca volvería

a ser tan feliz el niño, pero se detuvo, pensó en cuánto enfadaba a su marido que pensara

eso. Pero era verdad. Ahora eran más felices de lo que llegarían a ser en toda su vida.

Un juego de té de diez peniques le proporcionaba a Cam felicidad para diez días. Tan

pronto como se despertaban, se oían en el piso de arriba los golpes sobre el suelo, y los

gritos de alegría. Avanzaban por el pasillo haciendo ruido. De repente se abría la puerta

de golpe, y entraban, frescos como rosas, mirando todo atentamente, despejados, como

si entrar así en el comedor tras el desayuno, algo que hacían todos los días, fuera una

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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fiesta para ellos; y el resto del día era idéntico, una cosa tras otra, todo el día, hasta

cuando subía para desearles buenas noches, y los encontraba arropados en las camas

plegables, como pájaros entre cerezas y frambuesas, todavía contando cuentos sobre

cualquier insignificancia: algo que hubieran oído, algo que hubieran cogido en el jardín.

Todos tenían sus tesoros... Y bajaba y se lo contaba a su marido, ¿por qué tenían que

crecer y perderse todo eso? Nunca volverían a ser tan felices. Y él se enfadaba. ¿Por qué

esa opinión tan negativa de la vida?, decía él. No es sensato. Era raro, sí, pero ella

pensaba que era verdad; pensaba que, con todo su pesimismo y desesperación, él era

más feliz, y en general tenía más esperanza que ella. Quizá estaba menos expuesto a las

preocupaciones humanas, quizá era eso. Él siempre podía refugiarse en el trabajo. No es

que ella fuera «pesimista», como él decía. Sólo que pensaba en la vida, en la breve cinta

que se desarrollaba ante sus ojos, en los cincuenta años. Estaba ante ella, esta vida. La

vida: pensaba en ella, pero no llevaba los pensamientos hasta sus últimas consecuencias.

Echaba una mirada a la vida, porque tenía una clara percepción de que allí estaba, era

algo real, algo íntimo, algo que no compartía ni con sus hijos ni con su marido. Había

una especie de transacción, ella estaba a un lado; la vida, a otro; y siempre quería

obtener lo mejor de la vida; y la vida hacía lo mismo con ella; y a veces parlamentaban

(cuando se sentaba a solas); había, lo recordaba, grandes escenas de reconciliación; en

buena medida, extrañamente, tenía que admitir que pensaba que lo que ella llamaba vida

era algo terrible, hostil, y que se abalanzaba sobre ti si le dabas la oportunidad. Había

problemas eternos: el sufrimiento, la muerte, los pobres. Incluso aquí había siempre una

mujer que agonizaba víctima del cáncer. Pero ella decía a los niños: saldréis adelante.

Eso había estado diciendo, una y otra vez, a ocho personas (y la factura del invernadero

llegaría a las cincuenta libras). Por esa razón, sabiendo lo que les aguardaba -amor,

esperanzas, ser desdichado en algún lugar remoto-, había tenido con cierta frecuencia

esa sensación, ¿Por qué tenían que crecer y perder todo eso? Y se había dicho,

blandiendo la espada ante la vida, tonterías. Serán completamente felices. Y aquí estaba,

reflexionó, sintiendo de nuevo que la vida era algo siniestro, haciendo de casamentera

con Minta y Paul Rayley; porque fuera lo que fuera lo que sintiera sobre su propia

transacción, y había sufrido experiencias que no necesariamente les sucedían a todos (ni

ella misma las mencionaba); se sentía obligada, demasiado bien lo sabía, casi como si

fuera un escape para ella, además, a decir que la gente tenía que casarse, y que tenían

que tener hijos.

¿Estaría equivocada?, se preguntaba, repasando su conducta durante la semana

pasada o la anterior, y se preguntaba si no habría coaccionado a Minta para que se

decidiera; Minta, después de todo, sólo tenía veinticuatro años. Estaba intranquila. ¿No

se había reído de ello? ¿No había vuelto a olvidar cuán hondamente impresionaba a la

gente? El matrimonio exigía..., ah, sí, toda suerte de buenas cualidades (la factura del

invernadero sumaría cincuenta libras); había una -no necesitaba mencionarla-, ¡la

verdaderamente esencial!, la que ella tenía con su marido. ¿La tenían?

«Entonces se puso los pantalones, y echó a correr -siguió leyendo-. Pero afuera había

una gran tempestad, y el viento soplaba con tal fuerza que apenas se sostenía sobre los

pies; se derribaban las casas y los árboles, temblaban las montañas, se despeñaban las

rocas en el mar, el cielo estaba negro como la pez, y había truenos y relámpagos, y el

mar se aproximaba con negras olas altas como campanarios o montañas, y coronadas de

espuma.»

Volvió la hoja; unos renglones más, y acababa el cuento; aunque ya había

pasado la hora de ir a la cama. Se hacía tarde. Se lo decía la luz del jardín; y el blanco

de las flores y algo gris en las hojas conspiraban para despertar en ella una sensación de

ansiedad. Al principio no sabía de qué se trataba. Luego lo recordó: Paul y Minta y

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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Andrew no habían regresado. Recordó al grupito cuando estaba ante ella en la terraza,

ante la puerta del recibidor, en pie, mirando hacia el cielo. Andrew llevaba el retel y la

cesta. Eso quería decir que pensaba coger cangrejos de mar y cosas así; y que tendría

que subir a una roca, quizá se había quedado aislado. Tal vez, al regresar en fila india

por uno de esos senderos de los acantilados, uno de ellos se hubiera resbalado, se

hubiera despeñado. Estaba oscureciendo.

Pero mientras terminaba de leer el cuento no se permitió que se le alterase la voz

ni un poco, y, tras cerrar el libro, añadió unas palabras que parecía que acabara de

inventarse, mientras miraba a James a los ojos: «Y ahí es donde siguen hasta hoy.»

«Y así termina», dijo, y vio cómo en los ojos de él se apagaba el interés por el

cuento, desplazado por algo diferente; una interrogación, algo pálido, como el reflejo de

una luz, algo que le hacía mirar con atención y le hacía admirarse. Se volvió, y vio, al

otro lado de la bahía, imperturbable, sobre las olas, primero los dos destellos, después el

haz de luz más intenso y prolongado, la luz del Faro. Ya lo habían encendido.

No tardaría en preguntar: «¿Iremos al Faro?» Y ella tendría que contestar: «No,

mañana, no; tu padre ha dicho que no.» Afortunadamente, Mildred vino a buscarlos, y

la llegada los distrajo. Pero él no dejaba de mirar por encima del hombro mientras

Mildred se lo llevaba, y estaba segura de que pensaba, mañana no iremos al Faro, y

estaba segura de que lo recordaría durante toda la vida.

11

No, pensó, reuniendo algunos de los recortes de las ilustraciones -el refrigerador,

la cortadora del césped, un caballero vestido para una fiesta-, los niños no olvidan. Por

esto es por lo que era tan importante lo que se decía, lo que se hacía; y era un alivio

cuando se iban a la cama. Porque ahora era cuando no tenía que pensar en nadie

obligatoriamente. Podía ser ella misma, dedicarse a sí misma. Eso era precisamente lo

que ahora necesitaba con tanta frecuencia: pensar; o quizá ni tan siquiera pensar. Estar

en silencio, quedarse sola. Todo el ser y el hacer, expansivo y deslumbrante, se evaporaban;

y se contraía, con una sensación de solemnidad, hasta ser una misma, un

corazón de oscuridad en forma de cuña, algo invisible para los demás. Aunque siguió

tejiendo, sentada con la espalda derecha, porque era así como se sentía a sí misma; y

este yo, habiéndose desprendido de sus lazos, se sentía libre para participar en las más

extrañas aventuras. Cuando la animación cedía unos momentos, el campo de la

experiencia parecía ilimitado. Suponía que esta sensación de acercarse a un depósito de

recursos ilimitados era algo al alcance de todos; uno tras otro, ella, Lily, Augustus

Carmichael, debían sentir que nuestras apariencias, lo que nos da a conocer, es algo

sencillamente infantil. Bajo ellas todo es oscuridad, una oscuridad que todo lo envuelve,

de insondable profundidad; pero de vez en cuando subimos a la superficie, y por esas

señas nos conocen los demás. Su horizonte le parecía ilimitado. Allí estaban todos esos

lugares que no había llegado a conocer; las llanuras de la India; sintió como si apartara

la pesada cortina de cuero de una iglesia de Roma. Esta semilla de oscuridad podía ir a

cualquier lugar, porque era invisible, nadie podía verla. No podían detenerla, pensó

exultante. Había en ella paz, había paz, y había, lo mejor de todo, un conjunto de cosas,

un apoyo para la estabilidad. No era la clase de descanso que hallaba una siempre, en su

propia experiencia (en este momento hizo algo que requería mucha destreza con las

agujas), sino que era como una cuña de oscuridad. Al perder la personalidad, se perdían

las preocupaciones, las prisas, el afanarse, y le subía a los labios una exclamación como

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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de triunfo sobre la vida, cuando las cosas se reunían en esta paz, en este descanso, en

esta eternidad; y al detenerse en este momento, levantó la mirada para ver el rayo del

Faro, el destello prolongado, el último de los tres, el suyo; porque al verlos en este

estado de ánimo, siempre a esta hora, no podía una desentenderse de alguna cosa, en

especial, que viera; y esta cosa, ese destello prolongado, era el suyo. Con frecuencia se

sorprendía de sí misma, allí sentada y mirando, sentada y mirando, con la labor entre las

manos; hasta que se convertía en aquello que miraba: aquella luz, por ejemplo. Y podía

recoger alguna frasecilla u otra que hubiera permanecido de aquella forma en su mente:

«Los niños no olvidan, los niños no olvidan.» Que repetía una vez tras otra, y a la que

comenzaba a agregar: terminará, terminará. Así será, así será, cuando de repente, añadió:

Estamos en manos del Señor.

Pero al momento se sintió molesta consigo misma por decir eso. ¿Quién lo había

dicho?, no ella; había caído en la trampa de decir algo que no quería decir. Levantó los

ojos de la labor, y vio el tercer destello, y le pareció como si sus ojos reflejaran sus

propios ojos, buscando como sólo ella sabía hacer en su propia mente y en su corazón,

purgando su vida de esa mentira, de todas las mentiras. Se alabó a sí misma al alabar

aquella luz, sin vanidad, porque era inflexible, era perspicaz, era hermosa como aquella

luz. Era raro, pensaba, cómo, cuando se quedaba sola, tendía a favorecer las cosas, las

cosas inanimadas; los árboles, los arroyos, las flores; creía que la expresaban a una, y en

cierto sentido eran una misma; sentía una ternura irracional (seguía con la mirada fija en

aquel destello prolongado), como por ella misma. Aparecía, y se quedaba con las agujas

quietas, y brotaba en el suelo de la mente, en la laguna del propio ser, una niebla, una

novia al encuentro de su amante.

¿Qué le había hecho decir eso de Estamos en manos del Señor?, se preguntaba.

La insinceridad que se deslizaba en medio de las verdades la molestaba, la irritaba.

Volvió a la labor. ¿Cómo podría cualquier Señor haber hecho un mundo como éste?, se

preguntaba. Mentalmente siempre había sido muy consciente de que no hay razón,

orden ni justicia; sino sufrimiento, muerte y pobreza. No había traición lo suficientemente

abyecta que no se hubiera cometido en el mundo, lo sabía. La felicidad no

duraba, lo sabía. Tejía con deliberada compostura, apretando los labios levemente, sin

darse cuenta de ello, tan fijas y regulares eran las arrugas de la cara por ese hábito de

inflexibilidad que, cuando pasó su marido ante ella, riéndose para sí al recordar a Hume,

el filósofo, que había engordado tanto que se había caído a un charco, y no podía salir,

no dejó de darse cuenta, al pasar, de la severidad que había en el fondo de aquella

belleza. Eso lo entristecía a él, y lo remota que era lo afligía, y advertía, al pasar, que no

podía protegerla, y, cuando llegaba al seto, ya estaba triste. No podía hacer nada para

ayudarla. Debía quedarse cerca y vigilar. A decir verdad, la maldita verdad es que la

presencia de él hacía que las cosas fueran peor para ella. Era irascible, era susceptible.

Se había enfadado con lo del Faro. Miraba hacia el seto, lo intrincado que era, lo oscuro

que era.

Siempre, pensaba Mrs. Ramsay, podía una por sí sola salir, con renuencia, de la

soledad, agarrándose a cualquier cosa, a algún sonido, a alguna imagen. Escuchaba,

pero todo estaba callado: había terminado el críquet, los niños estaban bañándose; sólo

se oía el rumor de la mar. Dejó de tejer, durante un momento se quedó colgando de sus

manos el calcetín de color castaño rojizo. Volvió a ver la luz. Con una punta de ironía

en la interrogativa mirada, porque, cuando una estaba bien despierta, las cosas

cambiaban, dirigió los ojos hacia la luz, la luz sin piedad, sin remordimiento, que era en

buena medida ella misma, pero, a la vez, era tan poco ella misma que la tenía a su

capricho (se despertaba por las noches, y se erguía en la cama, y veía cómo barría el

suelo); pero, con todo, pensaba, mirando fascinada, hipnotizada, como si la luz palpara

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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con dedos de plata algún vaso oculto de su mente cuya explosión la inundase de

satisfacción y placer, había conocido la felicidad, una felicidad exquisita, una felicidad

intensa; y ahora argentaba la luz las airadas olas con un brillo algo más intenso, al

declinar la luz diurna; y el azul desaparecía de la mar, y se desplegaba ésta en olas de

color limón, que crecían y rompían en la playa, y el éxtasis estallaba en sus ojos, y olas

de puro deleite recoman el suelo de su mente, y se decía ¡basta!, ¡basta!

Se volvió y la vio. ¡Ah! Era un encanto, era más encantadora de lo que hubiera

imaginado. Pero no podía hablar con ella. No podía interrumpirla. Tenía urgentes

deseos de hablar con ella, ahora que James se había ido, y cuando por fin se había

quedado sola. Pero tomó una decisión, no, no quería interrumpir su soledad. Estaba

remotamente lejos de él ahora, con su belleza, su tristeza. La dejaría en paz, y pasó junto

a ella sin decir una palabra, aunque lo hirió el ver que ella estaba tan lejos, que no podía

llegar a ella, que no podía hacer nada para ayudarla. Habría vuelto a pasar junto a ella

sin decir una palabra si ella, en ese mismo momento, no le hubiera dado a él por su

propia voluntad lo que sabía que él nunca pediría; lo llamó, cogió el chal verde del

marco del cuadro, se fue con él. Porque, ella lo sabía, quería protegerla.

12

Se cubrió los hombros con el chal verde. Le dio el brazo. Era tan hermoso, dijo

ella, hablando de Kennedy, el jardinero; era tan guapo que no podía despedirlo. Había

una escalera apoyada contra el invernadero, y había saquitos de cemento por todas

partes, porque estaban comenzando a reparar el invernadero. Sí, pero mientras ella

paseaba con su marido sabía que ya había una nueva fuente de inquietudes. Estuvo a

punto de decir, mientras paseaban: «Nos costará cincuenta libras»; pero no se atrevió a

hablar de dinero, y se dedicó a hablar de los pájaros que mataba Jasper, y él le dijo, para

calmarla inmediatamente, que era normal en un muchacho, y que estaba seguro de que

no tardaría mucho tiempo en hallar mejores formas de diversión. Era tan sensato su

marido, tan justo. Y ella dijo: «Sí, todos los niños pasan por las mismas etapas», y

empezaba a pensar en las dalias del parterre grande, y a preguntarse por las flores del

año próximo, y que si había oído cómo llamaban los niños a Charles Tansley. El ateo, lo

llaman, el ateazo.

-No es persona muy refinada -dijo Mr. Ramsay.

-Ni mucho menos -dijo ella.

Creía que estaba bien eso de dejarlo solo un rato, dijo Mrs. Ramsay,

preguntándose si estaría bien enviarles semillas, ¿las plantarían?

-Tiene que escribir la memoria -dijo Mr. Ramsay. Demasiado bien lo sabía, dijo

Mrs. Ramsay, no hablaba de otra cosa. Era lo de la influencia de alguien sobre algo.

-Bueno, es con lo único que cuenta -dijo Mr. Ramsay.

-Al cielo pido que no se enamore de Prue -dijo Mrs. Ramsay. La desheredaría si

se casara con él, dijo Mr. Ramsay. No miraba hacia las flores, su esposa sí; él miraba

hacia arriba, hacia un punto que estaba a unos treinta centímetros por encima de su

cabeza. Era inofensivo, agregó él, y estaba a punto de decir que era el único hombre de

Inglaterra que admiraba su..., pero se contuvo. No quería molestarla con sus libros. Las

flores eran un logro, dijo Mr. Ramsay, bajando la mirada, y viendo algo rojo, algo de

color castaño. Sí, pero éstas las había plantado ella con sus propias manos, dijo Mrs.

Ramsay. La pregunta era: ¿qué sucedería si mandaba las semillas?, ¿Kennedy

acostumbraba a plantarlas? Qué perezoso era, añadió ella, avanzando. Cuando ella se

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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pasaba todo el día con la azada en la mano, entonces, a veces, él se animaba y hacía

algo. Siguieron caminando, hacia las liliáceas como barras al rojo vivo.

-Estás enseñando a tus hijas a exagerar -dijo Mr. Ramsay a modo de reproche.

Su tía Camilla era mucho peor que ella, observó Mrs. Ramsay.

-Que yo sepa, nadie ha dicho que tía Camilla sea un modelo de nada -dijo Mr.

Ramsay.

-La mujer más guapa que he conocido -dijo Mrs. Ramsay.

-Ha habido otras -dijo Mr. Ramsay. Prue iba a ser mucho más guapa que ella,

dijo Mrs. Ramsay. No había señales de eso, dijo Mr. Ramsay.

-Bueno, fíjate en ella esta noche -dijo Mrs. Ramsay. Se detuvieron. Él dijo que le

gustaría hallar el modo de inducir a Andrew a esforzarse más en sus tareas. Si no lo

hacía, perdería la ocasión de obtener alguna beca.

-¡Ah, las becas! -exclamó ella. Mr. Ramsay pensó que era una tontaina por

hablar así de un asunto tan serio como era el de las becas. Sería un orgullo para él que

Andrew obtuviera una beca, dijo. Y ella estaría igual de orgullosa aunque no la

obtuviera, dijo ella. Nunca se ponían de acuerdo en esto, pero no importaba. A ella le

gustaba que él creyera en las becas, y a él le gustaba que ella estuviera orgullosa hiciera

lo que hiciera. De repente, ella se acordó de los senderos junto a los acantilados.

¿No se había hecho tarde?, preguntó ella. Aún no habían regresado. Abrió, sin

ningún cuidado, la tapa de resorte del reloj. Pero acababan de dar las siete. Mantuvo el

reloj abierto durante un momento, estaba decidiendo si le diría o no lo que había estado

pensando en la terraza. Para empezar, no era sensato estar tan nerviosa. Andrew sabía

cuidarse bien. Entonces quiso decirle que cuando había estado paseando por la terraza,

hacía unos minutos... y al llegar a este punto se sintió incómodo, como si estorbara la

soledad, el aislamiento, la distancia de ella... Pero ella le pidió que siguiera. Qué es lo

que quería decirle, le preguntó, pensando en que se trataba de algo del Faro, que se

arrepentía de haberle dicho: «Maldita seas.» Pero no. Es que no le gustaba verla tan

triste. Es sólo que pienso en las musarañas, dijo ruborizándose. Ambos se sintieron

incómodos, como si no supieran si tenían que seguir paseando o si tenían que volver.

Había estado leyéndole cuentos a James, dijo. No, eso no podían compartirlo; no podían

decirlo.

Habían llegado a la abertura en el seto, flanqueada por los dos grupos de

liliáceas como barras al rojo vivo, y de nuevo se veía el Faro, pero no quiso mirar en

aquella dirección. Si hubiera sabido que la miraba, pensó, no se habría quedado allí. No

le gustaba nada que le recordaran que la habían visto sentada, pensativa. Miró por

encima del hombro, hacia el pueblo. Las luces hacían ondas, y discurrían como si fueran

gotas de agua que el viento sujetara con firmeza. Y toda la pobreza, todo el sufrimiento

habían dado en aquello, pensó Mrs. Ramsay. Las luces del pueblo y de la bahía y las de

los barcos parecían una red fantasmal que flotara allí como la baliza de señales de algo

que se hubiera hundido. Bueno, si él no podía compartir los pensamientos con ella, se

dijo Mr. Ramsay, entonces se dedicaría a los suyos, por su cuenta. Quería seguir

reflexionando, repetirse la anécdota de cómo Hume se había caído a una charca; quería

reírse. Pero, en primer lugar, era una necedad preocuparse demasiado por la ausencia de

Andrew. A la edad de Andrew, él solía caminar por los campos durante todo el día, con

unas galletas en el bolsillo, y nadie se preocupaba por él, ni temían que se hubiera

despeñado por los acantilados. Dijo en voz alta que estaba pensando hacer una marcha

de un día si hacía buen tiempo. Ya estaba algo harto de Bankes y Carmichael. Quería

algo de soledad. Sí, dijo ella. Le fastidiaba que ella no protestara. Ella estaba segura de

que no lo haría. Era demasiado viejo para pasar todo el día de marcha con unas galletas

en el bolsillo. Se preocupaba por los niños, pero no por él. Hacía muchos años, antes de

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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casarse, se acordó, mientras miraban al otro lado de la bahía, entre los dos grupos de

liliáceas como barras al rojo vivo, de que había estado andando todo un día sin parar.

Había almorzado pan con queso en un bar. Había estado caminando diez horas sin

detenerse; había una vieja que de vez en cuando entraba en casa y atendía el fuego. Esa

era la comarca que le gustaba, por allí, por las colinas arenosas que se difuminaban en la

oscuridad. Podía estar uno andando todo el día sin encontrarse con nadie. Apenas había

alguna casa o un solo pueblo en muchas millas a la redonda. Podía cualquiera expulsar,

en completa soledad, las preocupaciones a fuerza de pensar en ellas. Había pequeñas

ensenadas a las que no había llegado nadie desde el principio de los tiempos. Las focas

se sentaban y se te quedaban mirando. A veces pensaba que en una casita por allí

perdida, solo..., se separó, con un bostezo. No tenía ningún derecho. Tenía ocho hijos:

recordó. Habría sido un animal, un bruto si deseara cambiar algo. Andrew sería mejor

de lo que había sido él. Prue sería una mujer muy hermosa, según su madre. Apenas un

momento podrían detener la marea que subía. No había estado nada mal, lo de los ocho

hijos. Demostraban que después de todo no maldecía todo el desdichado y triste

universo; porque en una tarde como ésta, al ver cómo la tierra se difuminaba en el

horizonte, la islita parecía ridículamente pequeña, medio sepultada por el mar.

«Triste lugar», murmuró suspirando.

Lo oyó. El decía siempre cosas muy melancólicas, pero ella se daba cuenta de

que en cuanto las había dicho parecía más contento que de costumbre. Ella creía que

todo esto de decir frases rotundas era un jueguecito, porque si ella hubiera dicho la

mitad de las cosas que decía él, a estas horas le habría estallado la cabeza.

La fastidiaba esto de las frases, y, de la forma más natural posible, le dijo que

hacía una tarde espléndida. Y que no se quejara, le dijo, medio riéndose, medio

quejándose, porque intuía en qué estaba pensando: habría escrito mejores libros si no se

hubiera casado.

No se quejaba, dijo. Ella sabía que no se quejaba. Sabía que no tenía de qué

quejarse. Le cogió la mano, se la llevó a los labios con tal pasión que hizo que a ella se

le llenaran los ojos de lágrimas, y de repente la soltó.

Dieron la espalda a la vista, comenzaron a subir, cogidos del brazo, por el

camino donde crecían unas plantas en forma de lanza, de color verde plateado. El brazo

era casi como el de un joven, pensaba Mrs. Ramsay, flaco y duro, y pensó complacida

en lo fuerte que era todavía, aunque tenía más de sesenta años, y qué indómito y

optimista, y lo extraño que era que, sabiendo lo horroroso que era todo, no pareciera

estar muy deprimido, sino, al contrario, alegre. ¿No era raro?, se dijo. A decir verdad, a

veces le parecía que era diferente al resto de la gente: ciego, sordo y mudo ante los

acontecimientos triviales, pero con una vista de águila para las cosas extraordinarias. Su

capacidad de comprensión a veces la asombraba. Pero ¿advertía la presencia de las

flores?, no. ¿La del paisaje?, no. ¿Advertía siquiera la belleza de su hija, o si estaba

comiendo embutidos o un asado? Se sentaba a la mesa con ellos como si fuera un

personaje de un sueño. Y, se temía ella, esa costumbre de hablar en voz alta, o de recitar

poesía, se le acentuaba cada vez más; porque a veces era un tanto preocupante:

Best and brightest, come away!

A la pobrecita Miss Giddings, cuando aparecía gritándole cosas como ésta, casi

se le salía el corazón del pecho por el susto. Pero, al momento, Mrs. Ramsay se ponía de

su parte contra todas las estúpidas Giddings del mundo; entonces, haciendo una leve

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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presión en el brazo de él, le hizo saber que subían la cuesta demasiado aprisa para ella, y

que quería detenerse para ver si las toperas de la orilla eran nuevas; entonces, al

agacharse a mirar, pensó que una mente como la de él a la fuerza tenía que ser diferente

de las nuestras. Todos los grandes hombres que ella había conocido, pensó, tras concluir

que debía de haber dentro un conejo, eran iguales, y estaba bien que los jóvenes (aunque

la atmósfera de las clases estaba muy cargada, y la deprimía hasta lo insoportable), sencillamente,

se acercaran a escucharle. Pero si no se cazaban los conejos, ¿cómo impedir

que proliferaran?, se preguntó. Podría ser un conejo, podría ser un topo. Alguna alimaña

le destruía las hierbas de asno. Al levantar la mirada, vio sobre los delgados árboles la

primera estrella, y quiso que su marido la viera también; porque ver una estrella le

proporcionaba un gran placer. Pero se contuvo. Él nunca miraba las cosas. Si hubiera

mirado, lo único que se le habría ocurrido decir sería: Pobrecito mundo, y habría

suspirado.

En aquel momento, dijo, «Muy bonitas»», para complacerla, y fingió que

admiraba las flores. Pero demasiado bien sabía ella que no las admiraba, y que ni

siquiera se daba cuenta de que estuvieran allí. Sólo era para complacerla... Ah, pero ¿no

era Lily Briscoe la que paseaba con William Bankes? Dirigió sus ojos de miope hacia la

pareja que se perdía a lo lejos. Sí, era ella. ¿No significaba eso que iban a casarse? ¡Sí,

seguro que sí! ¡Qué idea tan buena! ¡Tenían que casarse!

13

Conocía Amsterdam, decía Mr. Bankes mientras caminaba por el jardín en

compañía de Lily Briscoe. Había estado viendo los Rembrandt. Conocía Madrid.

Desdichadamente era Viernes Santo, y el Prado estaba cerrado. También había estado

en Roma. ¿Conocía Roma Miss Briscoe? Ah, pues tenía que... sería una experiencia

maravillosa para ella... la Capilla Sixtina, Miguel Ángel; los Giotto de Padua. Su mujer

había estado muy delicada de salud durante muchos años, de forma que no habían

tenido ocasión de ver muchas cosas.

Ella conocía Bruselas, París, pero aquí estuvo sólo en una visita muy rápida,

para ver a una tía enferma. Conocía Dresde, había montañas de cuadros que no había

podido ver; sin embargo, Lily Briscoe reflexionó, acaso era mejor no ver los cuadros: le

hacían sentirse irremisiblemente descontenta con su propia obra. Mr. Bankes pensaba

que ese punto de vista podía llevarse quizá demasiado lejos. No todos podemos ser

Tiziano o Darwin, dijo; y, además, creía que los Darwin y los Tiziano existían porque

había personas sencillas como nosotros. A Lily le habría gustado decir algo amable

sobre él: usted no es una persona cualquiera, Mr. Bankes; eso es lo que le habría

gustado decir. Pero a él no le gustaban los cumplidos (aunque sí le gustan a la mayoría

de los hombres, pensó), y se sintió un poco avergonzada de esta idea, mientras que le

escuchaba decir que acaso esta idea era inaplicable al caso de la pintura. En cualquier

caso, dijo Lily, desprendiéndose de su modesta insinceridad, ella nunca dejaría de

pintar, porque le interesaba. Sí, dijo Mr. Bankes, estaba convencido de que seguiría, al

llegar al extremo del jardín le preguntó si le costaba inspirarse para pintar en Londres;

luego, de vuelta, vieron a los Ramsay. Así que eso es el matrimonio, pensó Lily, un

hombre y una mujer que miran a una niña que arroja una pelota. Esto es lo que Mrs.

Ramsay quería decirme el otro día, pensó. Porque llevaba el chal de color verde, y estaban

juntos, miraban cómo Prue y Jasper se arrojaban la pelota. De repente, sin

justificación aparente, como cuando alguien salía del metro, o pulsaba el timbre de una

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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puerta, descendía un significado sobre la gente, y la convertía en simbólica, en

representativa; acababa de convertirlos, ahí, en pie, en medio del crepúsculo, absortos,

en símbolos del matrimonio, marido y mujer. Luego, un momento después, ese perfil

simbólico, que había vuelto trascendentes las figuras reales, se desvaneció de nuevo, y

volvieron a ser Mr. y Mrs. Ramsay, que miraban cómo los niños se arrojaban la pelota.

Pero todavía, durante un momento, aunque Mrs. Ramsay los saludó con la sonrisa de

costumbre (ah, estará pensando que vamos a casarnos, pensó Lily), y dijo: «Esta noche

he triunfado», con lo que quería decir que, por una vez, Mr. Bankes había aceptado una

invitación a cenar, y que no saldría corriendo para ir a su alojamiento donde su criado le

cocinaba las verduras a su gusto; todavía, durante un momento, hubo la sensación de

que las cosas se habían desperdigado como en una explosión, hubo como una

conciencia del espacio, de irresponsabilidad, mientras la pelota ascendía, y la seguían

hasta perderla, y veían la estrella solitaria, y las ramas con sus atavíos. En medio de la

luz declinante todos parecían más cortantes, más etéreos, y como si estuvieran separados

por enormes distancias. Entonces, tras retroceder un buen trecho (parecía como si

también la solidez se hubiera desvanecido), Prue comió a toda prisa hacia ellos, y cogió

la pelota, con gran destreza, con la mano izquierda, y su madre dijo:

-¿No han regresado todavía? -lo cual rompió el encantamiento. Mr. Ramsay se

sintió autorizado a reírse de Hume en voz alta, que se había caído a una charca de la que

no podía salir, y de donde lo había rescatado una anciana con la condición de que dijera

un padrenuestro; se dirigió a su estudio riéndose. Mrs. Ramsay, trayendo de nuevo a

Prue al seno de la vida familiar, de la que se había escapado para jugar a tirar la pelota,

preguntó:

-¿Ha ido Nancy con ellos?

14

(Claro que sí, Nancy había ido con ellos, porque Minta Doyle se lo había pedido

con una mirada muda, con la mano extendida, cuando Nancy ya se iba, tras el almuerzo,

al ático, para escaparse del horror de la vida familiar. Había pensado que tenía que ir.

No quería ir. No quería que la arrastraran. Porque cuando caminaban por el sendero de

los acantilados Minta le cogía la mano. La soltaba. Volvía a cogérsela. ¿Qué quería? Se

preguntaba Nancy. Por supuesto, había algo que la gente quería; porque cuando Minta

le cogía de la mano, Nancy, a contrapelo, veía cómo el mundo se extendía bajo ella,

como si fuera Constantinopla a través de la niebla, y después, por muy soñolienta que

estuviera una, tenía que preguntar: «¿Santa Soga?» «¿El Cuerno de Oro?» De forma que

Nancy, cuando Minta le cogía de la mano, se preguntaba: «¿Qué quiere?, ¿es esto?», y

¿qué es esto? De vez en cuando brotaban de la niebla -mientras Nancy miraba cómo la

vida se extendía bajo ella- minaretes, cúpulas; cosas prominentes, sin nombres. Pero

cuando Minta soltaba la mano, como hizo cuando bajaron la cuesta corriendo, todo

aquello, la cúpula, el minarete, todo lo que sobresalía por encima de la niebla, volvía a

hundirse, desaparecía.

Minta, observó Andrew, era una buena caminante. Llevaba ropas más sensatas

que la mayoría de las mujeres. Llevaba faldas muy cortas, y pantalones cortos negros.

Se metía sin pensarlo en cualquier arroyo, y lo vadeaba. A él le gustaba lo temeraria que

era, pero se daba cuenta de que eso no era bueno: cualquier día se mataría de la forma

más idiota. Al parecer, nada le daba miedo... excepto los toros. En cuanto veía un toro

en el campo, echaba a correr gritando, que era exactamente lo que enfurecía a los toros.

Librodot Al Faro Virginia Woolf

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Pero no le importaba nada reconocerlo, había que admitirlo. Sabía que era una miedica

con los toros, decía. No le extrañaría que la hubiera derribado uno del cochecito cuando

era niña. Pero no parecía darle gran importancia a lo que decía o hacía. Bruscamente se

acercó al borde del precipicio, y comenzó a cantar algo sobre:

Malditos tus ojos, malditos tus ojos.

Y todos tenían que hacerle el coro, y empezar a gritar:

Malditos tus ojos, malditos tus ojos.

Pero sería una pena que subiera la marea, y cubriera todos los buenos cotos de

caza antes de que pudieran llegar a la playa.

«Una pena», Paul se mostró de acuerdo, y se levantó de repente, y mientras

descendían a rastras, no dejaba de leerles, de la guía, que «estas islas son justamente

célebres por sus paisajes que parecen parques, y por la cantidad y variedad de sus

especies marinas». Pero de nada servía, tanto gritar y tanto maldecir los ojos, pensó

Andrew, bajando con cuidado por el acantilado, y esto de darle amistosos golpecitos en

la espalda, y eso de decir que era «buen chico», y todo eso, no servía de nada. Era el

inconveniente de llevar mujeres en estas expediciones. Se separaron en cuanto llegaron

a la playa, él se fue a la Nariz del Papa, se quitó los zapatos, metió los calcetines dentro;

Nancy chapoteó hasta sus propias rocas, buscó sus charcas, y dejó que la pareja se las

arreglara por su cuenta. Se agachó y palpó las anémonas marinas, suaves como caucho,

pegadas como masas de jalea a un costado de la piedra. Meditativa, convirtió la charca

en un mar, y los pececillos fueron tiburones y ballenas, y proyectó vastas nubes sobre

este diminuto mundo, interponiendo la mano entre el sol y la tierra, y, como el propio

Dios, trajo así la oscuridad y el pesar a millones de seres ignorantes y felices; de repente

retiró la mano, y dejó que el sol luciera de nuevo. Sobre la pálida arena surcada en todas

direcciones, marcando el paso, acorazado, con manoplas, desfilaba un fantástico

leviatán -seguía haciendo crecer el charco-, se deslizó hacia las anchas fisuras de la

falda de la montaña. Después, la mirada abandonó de forma imperceptible la charca, y

descansó en la imprecisa línea en la que se unían el cielo y el mar, en los troncos de los

árboles que el humo de los barcos de vapor sobre el horizonte hacía estremecerse; presa

del poder del flujo y del inevitable reflujo, se quedó hipnotizada; y los dos sentidos de la

inmensidad y la menudencia -e1 charco había disminuido de nuevo- que florecían en

medio de estos flujos le hicieron sentir que estaba atada de pies y manos, que no podía

moverse a causa de la intensidad de los sentimientos que reducían para siempre su

propio cuerpo, su vida, las vidas de todo el mundo, a la nada. Escuchando las olas, agachada

junto al charco, en eso meditaba.

Andrew dijo a gritos que subía la marea, dio un salto, comenzó a correr

chapoteando sobre las olas que llegaban ya a la orilla; corvó hacia la playa, donde

llevada por su propio ímpetu y por el deseo de moverse con rapidez, apareció justo tras

una piedra, donde, ¡cielos!, ¡Paul y Minta estaban abrazados!, ¡quizá habían estado

besándose! Se sintió afrentada, indignada. Andrew y ella se pusieron los calcetines y los

zapatos en completo silencio, no dijeron ni una sola palabra sobre el asunto. A decir

verdad, había cierta hostilidad entre ellos. Tenía que haberle llamado en cuanto vio el

cangrejo o lo que fuera, gruñía Andrew. Sin embargo, ambos pensaban, no es culpa

nuestra. Ellos no querían que hubiera sucedido aquel penoso incidente. No obstante, a

Librodot Al Faro Virginia Woolf

-41-

Andrew le irritaba que Nancy fuera mujer; y a Nancy, que Andrew fuera hombre; se

echaron los cordones, e hicieron los lazos con todo esmero.

Fue cuando llegaron a la cima del acantilado cuando Minta dijo que había

perdido el broche de su abuela -el único adorno que poseía-, un sauce llorón, tenían que

recordarlo, con perlas engastadas. Tenían que haberlo visto, les decía; lloraba; era el

broche que había llevado prendido su abuela en el sombrero hasta el último día de su

vida. Y lo había perdido. ¡Podía haber perdido cualquier otra cosa! Tenía que volver a

buscarlo. Regresaron. Removieron, miraron, rebuscaron. Agachaban las cabezas, decían

cosas en voz baja, refunfuñaban. Paul Rayley buscaba como loco por la piedra en la que

habían estado sentados. Todo este ajetreo por el broche no serviría de nada, pensaba

Andrew cuando Paul le dijo: «busca entre estos dos puntos». La marea subía aprisa.

Pronto el mar ocultaría el lugar en el que habían estado sentados. No tenían ni la más

remota posibilidad de hallarlo. «¿Nos quedaremos aislados?», gritó Minta, aterrorizada.

¡Como si hubiera peligro de que eso sucediera! Era como con los toros, no controlaba

sus emociones, pensó Andrew. Las mujeres no podían. El infeliz Paul intentó calmarla.

Los hombres -Andrew y Paul se sintieron de repente varoniles, diferentes de lo que

normalmente eran- consideraron el asunto con brevedad, y decidieron dejar plantado el

bastón de Paul donde habían estado sentados, para señalar el lugar, y para volver al día

siguiente, con la marea baja. Nada podía hacerse ahora. Si el broche estaba ahí, ahí

seguiría al -día siguiente, le dijeron para calmarla, pero Minta no dejó de sollozar

mientras ascendían de nuevo hasta la cima del acantilado. Era el broche de su abuela; no

le habría importado nada perder cualquier otra cosa, pero, aunque de verdad le

importaba haberlo perdido, en el fondo, no lloraba sólo por el broche, había algo más.

Quizá deberían sentarse todos, y quedarse llorando, pensaba. Pero no sabía por qué.

Avanzaban juntos, Paul y Minta; él la consolaba, y le decía que todo el mundo

elogiaba el talento que tenía para hallar cosas perdidas. De pequeño, en una ocasión, se

había encontrado un reloj de oro. Se levantaría al alba, y estaba seguro de que lo

hallaría. Pensaba que casi estaría a oscuras, y que en cierta forma sería bastante

peligroso. Comenzó a decirle, sin embargo, que lo hallaría, y ella dijo que no quería

oírle decir que tenía que madrugar: lo había perdido para siempre; estaba segura; había

tenido un presentimiento al ponérselo por la tarde. Él, sin decir nada, tomó la decisión

de levantarse al alba, cuando todavía estuvieran todos dormidos; si no lo encontraba,

iría a Edimburgo, a comprar uno nuevo, pero más bonito. Ya le demostraría de lo que

era capaz. Al bajar la cuesta, al ver las luces del pueblo encenderse una tras otra, le

parecía que eran como cosas que iban a sucederle: casarse, tener hijos, una casa; luego,

al llegar al camino principal, al que protegían unos arbustos muy altos, pensaba en que

se retirarían juntos a algún lugar tranquilo, se dedicarían a pasear, él la guiaría siempre,

y ella se apretaría a él -como hacía en este momento. Al cambiar de dirección en el

cruce pensó en qué experiencia tan asombrosa había sido, y en que debía contárselo a

alguien: a Mrs. Ramsay, por supuesto, porque se quedó sin aliento al considerar lo que

había pasado, lo que había hecho. Con gran diferencia, lo de pedir a Minta que se casara

con él había sido el peor momento de su vida. Iría directo a contárselo a Mrs. Ramsay,

porque pensaba que había sido ella quien en cierta forma lo había obligado a hacerlo. Le

había hecho creer que podía hacer lo que se propusiera. Nadie más lo tomaba en serio.

Pero ella le había hecho creer que podía hacer lo que quisiera. Había advertido que hoy

había estado mirándolo constantemente, lo había seguido con la vista a todas partes -sin

decir una sola palabra-, como si estuviera diciéndole: «Sí, puedes. Tengo confianza en

ti. Seguro que te decidirás.» Eso es lo que le había hecho sentir, y en cuanto regresaran -

buscaba las luces de la casa, sobre la bahía-, iría a verla, y le diría: «Lo he hecho, Mrs.

Ramsay, gracias a usted.»