Defensa de Roccasecca, 1504

 

En Roccasecca, punto extremo del ala derecha española, lo esperaban una buena representación de capitanes españoles, todos veteranos de barba crecida y reconocida valía. Al despedirse de ellos, el Gran Capitán le dijo al coronel Villalba lo mismo que a Pedro Navarro cuando iba a defender Canosa: a Roccasecca he elegido para vuestra victoria o para vuestra sepultura. Estaban presentes Gonzalo Pizarro, Troilo Despés, Cristóbal Zamudio y Arteaga. Para cumplir ordenes tan tajantes contaban con 1.200 hombres.

Las patrullas francesas avanzaron por las proximidades y pronto detectaron lo apartado de la fortaleza. No obstante, antes de intervenir por la fuerza, el marqués adelantó al trompeta Rigat con una propuesta de rendición, y así evitarse el trabajo de aniquilar a la exigua guarnición. Fracaso el intento por la captura del heraldo tras su excesivo pavoneo e insultos hacia el enemigo, el veneciano Gonzaga ordenó que tronaran los cañones. Con diligencia acabaron los trabajos de asedio. Los maestros artilleros apuntaron concienzudamente las piezas de tiros largos, calcularon el ángulo de elevación y dieron mecha al fogón de sus negras criaturas. Durante seis largas horas castigaron la ofensa con un fuego demoledor y certero, que ocasionó el derrumbe de un buen trozo de muralla.

Unos 3.000 soldados de Normandía y Gascuña, al mando del señor de Normanville, dieron el primer asalto. Los galos iban muy exaltados por los hechos precedentes. Convencidos de su superioridad, pronto avivaron el paso hasta alcanzar veloz carrera. Al llegar a la brecha agarraron una fuerte pelea con los españoles, que los esperaban impávidos bajo el aguacero y bien apretadas las filas. La violenta embestida dio ventaja en el choque a los atacantes. Los defensores recularon para no ser arrollados porr el impacto de la masa enemiga. Los franceses siguieron empujando hasta penetrar un buen trecho en el recinto fortificado. La lucha continuó feroz, con un número elevado de bajas por ambas partes.

En el momento de mayor tensión, cuando la fatiga crispaba los rostros y los músculos daban señales de extrema fatiga, salió a relucir la furia española. Los soldados, incapaces de sentierse vencidos, apuñalados en su amor propio por los reproches de sus capitanes, dejaron de retroceder, se echaron para adelante, y templaron los bríos de los franceses con bravura, sin chulería, compactos, disciplinados, con hombría. Paso a paso, con determinación, sin contemplaciones, como un sólo hombre; a punta de pica y plomo de arcabuz repelieron el ataque y expulsaron a los franceses de Roccasecca. Aniquilaron a toda la vanguardia y al resto los persiguieron en el exterior hasta verlos perderse tras sus líneas.

Por otras dos veces el Marqués de Mantua intentó la toma de la plaza tras un fuerte cañoneo. Los defensores, lejos de pedir socorro, enviaron una carta al Gran Capitán en la que decían que, de 1.000 soldados que les dió, les sobraban 500 para defender la plaza. Fracasadas las ofensivas por aquel flanco, el Marqués de Mantua levantó el campo.


Hombres de armas y piqueros suizos atacaron codo con codo. Los españoles aguantaron con el mismo temple de siempre, para luego contraatacar y llevar el combate hasta los cañones enemigos. Ilustración de Antonio L.Martín Gómez

 


Antonio L.Martín Gómez. "El Gran Capitán. Campañas del Duque de Terranova y Santángelo". Editorial Almena