Entrevista extraída del portal telepolis.


'Los novelistas somos francotiradores del lenguaje'

Sobrio, templado, cortés, de barba quijotesca, pero con un punto de complicidad alegre en su mirada. Luis Mateo Díez parece escribir las frases al aire al pronunciar con esmero cada palabra; construir frases hermosas que son, a un tiempo, enseñanzas sabias y pruebas fehacientes de que es posible hablar sin malgastar ni una palabra. Ni siquiera un fonema.

Luis Mateo Díez es miembro de la Real Academia de la Lengua Española desde junio del año 2000. Maestro de los géneros cortos, en sus inicios ganó el Premio Café Gijón de novela corta y el Ignacio Aldecoa de cuentos. Más tarde, ya en 1987, ganó el Premio Nacional de Literatura y el premio de la Crítica. En el año 2000 fue distinguido con el Premio Nacional de Narrativa y volvió a ganar el Premio de la Crítica por su libro La ruina del cielo.

por Marta Pi
Redacción BCN


Usted mismo ha dicho que El diablo meridiano es su obra más extrema. Parece que quiera experimentar con la capacidad que tiene el ser humano para soportar la miseria...

Extrema en tanto en cuanto es una novela, o tres novelas que están en un volumen, donde sí, hay un reto muy fuerte a favor de otras cosas que yo ya había escrito antes. Un intento de profundizar más en el lado oscuro de lo que somos, en el sentido del mal, en la fragilidad que tiene el ser humano, en los peligros de la vida... El reto es más fuerte y más extremo, tal vez.

¿Por qué la necesidad de crear mundos paralelos, con esos nombres imaginarios y poéticos que son una constante en su literatura, para contar historias tan reales?

Porque me parece que es necesario ese espejo de la ficción, de lo imaginario puro y duro, para que cuando el lector se mire en ese espejo, lea esas fábulas, encuentre algo que no es fácil encontrar en la propia vida. Si yo escribiera de manera más realista a lo mejor daba una visión más estrecha, más chata, menos compleja. Ésta es la manera que yo tengo de contar para que lo que cuento sea lo más complejo, sugestivo y fascinante que pueda.

En las tres novelas de El diablo meridiano la narración la desencadena el recuerdo. ¿Por qué le parece tan literariamente interesante la nostalgia?

Si no la nostalgia, por lo menos la memoria. Parece que lo que pasó deja siempre una huella que se transforma a lo largo del tiempo y que con frecuencia es lo que destila literatura. A mí se me hace difícil escribir cosas de la más estricta actualidad, cosas que derivan de lo que me está pasando ahora mismo. Siempre parece que el desván de la memoria es donde fermentan los recuerdos que alimentan la imaginación.

Quizá porque cuando nosotros mismos recordamos tendemos a literaturizar nuestros recuerdos...

Sí, todo lo que se recuerda se literaturiza y a veces hasta se mitifica. Y contar es siempre una manera de mitificar lo que pasó echándole imaginación. Uno modifica con frecuencia lo que sucedió a través del recuerdo y la memoria en el momento en que la imaginación se te mete por el medio.

Los personajes que usted retrata se caracterizan por la angustia ¿Nosotros somos nuestros peores fantasmas?

Hombre, una parte sustancial de los fantasmas más recónditos y peligrosos que pueden surgir en nuestra vida, la verdad es que salen del interior de nosotros mismos. La angustia nos espera a la vuelta de cada esquina. La angustia, la inquietud, los temores ocultos, ese miedo recóndito... como eso pertenece a la propia condición humana, más tarde o más temprano aflora de nosotros mismos.


Otra de las características de los personajes del libro es que siempre están de paso.

En la mayoría de mis fábulas siempre hay unos símbolos sobre las cosas transitorias: la estación, las vías, las pensiones como lugares de asilo en los que como mucho se queda uno una noche. Esto tiene que ver con la idea de que la condición humana es muy mudable, somos un poco distintos cada día: o menos de lo que pensamos o más de lo que quisiéramos y esto requiere una cierta simbología.

En su literatura hay una apuesta clarísima por el léxico...


Hay una apuesta a favor de la palabra, porque alguien que escribe lo primero que debe tener es un conocimiento y una propiedad lo más exhaustiva posible de la palabra. Al final, las ficciones literarias se suelen escribir con imaginación, con memoria, y la materia de las mismas es la palabra.

Usted ha utilizado el género del microcuento, y 'El diablo meridiano' se compone de tres novelas cortas... ¿cree que en el futuro los lectores tenderán hacia los géneros breves?

No, no lo creo, la verdad es que se está demostrando que sigue teniendo mucha vigencia la novela larga. A la gente le gusta también entrar en un mundo literario que es muy extenso. Pero bueno, los géneros cortos son siempre muy apasionantes porque requieren mucha intensidad, y eso hace que escribir un minicuento, un cuento o una novela corta, de verdad sea un reto muy importante. Yo creo que tienen también mucha fascinación para el lector. Uno encuentra a la vuelta de la esquina una tremenda sorpresa o de pronto la fábula que te están contando se te revela de una manera que no pensabas y poco después termina y te deja todavía más desasosegado.

Mientras se organizan eventos para organizar el 25 aniversario del Cervantes y se declara a Madrid Capital del Libro, las encuestas lanzan un dato alarmante: alrededor del 40 % de los españoles no lee nunca o casi nunca. ¿Qué falla?

Yo no sé lo que falla, fallamos los españoles. No leer es sin duda alguna ser mucho más pobre. La parte del empobrecimiento espiritual que un ser humano pueda tener deriva de su desapego a los libros. Tal vez vivimos en una sociedad llena de cosas variadas que entretienen más de lo debido y que nos hacen ver con dificultad las cosas fundamentales. Estamos todos un poco extraviados y un poco perdidos, pero perdidos en cosas triviales y en cosas absurdas. Las televisiones habitualmente están llenas de vaguedades, de cosas que no tienen ningún interés, y todo eso es tiempo que se roba para poder dedicarse a cosas más importantes.

¿Qué se podría hacer?

Yo creo que en la vida todo proviene de la educación. Hay una etapa en la vida que es esa etapa primera del niño y el adolescente, donde todo lo que buenamente se pueda hacer, hay que hacerlo ahí: un tipo de convencimiento hacia la fascinación de leer, entender que leer es vivir y que la lectura no sólo es entretenida sino que es fascinante, que te puede cambiar la vida de la mejor manera. Pero es un problema de educación y, por lo tanto, acaba siendo un problema de medio educativo.

Hace apenas unos meses usted entró a formar parte de la RAE. ¿Qué le gustaría aportar como miembro de la Academia?

Como en estas cosas cuando te requieren te requieren por algo, a mí me han requerido como creador que soy, porque no tengo otros avales que las novelas que llevo escritas. Como yo pienso que los novelistas somos francotiradores del lenguaje, lo que yo podría aportar a la Academia, y espero que vaya por ahí, es mi experiencia como francotirador del lenguaje. Está siempre uno un poco al límite de la expresividad, y a lo mejor hay un patrimonio de cosas que se relacionan con la lengua que uno escribe, que sería lo lógico que yo pudiera aportar a la Academia.

¿Para cuando
El oscurecer, la tercera entrega de su trilogía?

Yo supongo que será lo próximo que salga, pero es difícil hacer cábalas del tiempo que uno va a tardar en acabar de hacer algo... ahora cuando me sosiegue un poco después de todas las complicaciones que he tenido me dedicaré a escribir 'El oscurecer'.

¿Utiliza Internet? ¿Qué piensa de la Red?

Sí, yo soy muy abierto a todos los derivados de la revolución tecnológica: manejo el ordenador, viajo por Internet y pienso que todas las ayudas y las herramientas son buenas. Lo único que puede tener Internet poco interesante es entrar a perderse por donde no se sabe, pero hay muchos caminos importantes para adquirir información y conocimiento de las cosas: para esto sirve Internet. Y creo que hay que viajar cuando el viaje sirve para algo; viajar por viajar no vale para nada.