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La
ciudad en que vivo
Gente que camina cabizbaja, sin ver lo que mira,
hormigas de ciudad
estrellándose contra las vidrieras iluminadas,
inundando las calles con su silencio amargo
de dias brutales, de periódicos hablando de crímenes
y el último divorcio de alguna diva.
Jóvenes ahogándose en drogas y alcohol
durmiendo en las calles bajo un mustio farol,
muchachas de labios negros y argollas en la nariz,
arrastrando los pasos en las veredas,
pidiendo una moneda para acallar el hambre,
tratando de olvidar
el hogar quizás si peor que la calle.
Mujeres arrastrando sus trajes de velos
bordados y costosos
caminando tres pasos más atrás que el hombre
que cubre su cabeza con turbante maloliente,
hindúes tratando de entender la vida que han buscado.
Bares repletos de gente que habla cada cual por su cuenta,
fumando cigarrillos prohibidos por la ley
y la industria sigue fabricando cancer
pero la ley es la ley, dicen los que saben
y se fuman las ganas.
Domingos de Sinagogas señoronas ensombreradas,
luciendo en sus dedos regordetes anillos de diamantes
al lado de hombres vestidos de negro,
de caras inexpresivas acabando de pedir en sus oraciones
que el dinero siga trayendo más dinero
mientras suben a sus mercedes por la misma calle
en que viajan los pobres obreros de espaldas rotas
y cansancios eternos.
Y uno cocinando, en su cocina tranquila,
mirando los árboles recibiendo la brisa,
sin anillos costosos ni mercedes esperando en la esquina,
un cine de domingo con el vecino de asiento
mascando chicle y palomitas de maiz
mientras la película sigue con sus dramas
ficticios, dicen, y son una copia fiel de tantas vidas.
La ciudad en que vivo, igual a todas, el mismo cansancio,
la misma rutina, los mismos niños hambrientos
los músicos callejeros, la gente que camina
mirando la vida, sin ver lo que mira.
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