África Vidal Claramonte     

     

Las palabras encontradas

o Saturno en el jardín

Algunas reflexiones sobre la obra

de Rosa María Rodríguez Magda

 

 

 

                                         

                                                            ...pero entonces me di cuenta de que en el plano desierto de la realidad...

no existen huecos para esconderse.

                                                            Almudena Grandes, Atlas de geografía humana

 

 

                                                            La Biblioteca, lo sé, no existe en realidad, no es más que el laberinto soñado de mi conciencia. Pero hasta un dios necesita creer que el Saber se acumula y aumenta y se guarda en algún lugar.

                                                            Rosa María Rodríguez Magda, Las palabras perdidas

 

 

 

 

A las puertas del siglo XXI, son muchos los tópicos que existen sobre la cultura contemporánea. Parece que hayamos conseguido lo que Warhol augurara, ser famosos durante diez minutos. Opinamos sobre cualquier cosa. Conscientes de vivir en un mundo post-todo, a la pregunta de si sabemos realmente lo que es la postmodernidad, el post-estructuralismo, lo neo-gótico, la desconstrucción, la post-filosofía, contestamos con una sonrisa malévola, cínica y hasta desvergonzada, nunca ingenua, aun sin haber entendido muy bien las mitologías blancas de nuestro final de milenio. Sin embargo, nos esforzamos (el hombre de la calle quizá de una manera inconsciente, el filósofo casi por obligación) por adentrarnos en una actitud general, un "mood", como dirían los ingleses. Intentamos entender el porqué de un rechazo general de nuestras certidumbres culturales, aquéllas en las que se ha basado y estructurado Occidente durante los últimos dos siglos por lo menos. Nuestro compromiso con el progreso y con los sistemas políticos que deberían afianzarlo se tambalea. El proyecto ilustrado, la ideología humanista dominante en la cultura occidental desde el siglo XVIII que intentó la emancipación económica y política del hombre, tiene ahora que hacer frente a una dura oposición, en tanto las teorías universalizadoras, las llamadas grandes narrativas, no han dado tan buen resultado como se esperaba. El público en general no se lo plantea en estos términos, pero abraza, sin apenas saberlo, un escepticismo que al filósofo le apasiona escudriñar.

 

En estas circunstancias, se agradece un buen libro en el que encontrar palabras que se adentren en el laberinto de la conciencia colectiva. La función del intelectual contemporáneo es precisamente analizar una época sin origen, medio ni fin, sin definiciones que la sustenten, y que, precisamente por eso, está abocada a la disolución. Necesitamos al filósofo que conteste la pregunta que queda flotando en el aire: ¿no es posible que, como el modernismo, lo post- se haya convertido en el statu quo? ¿No es verdad que el mercado ha acabado aceptando -a unos precios increíbles muchas veces- las mismas obras de arte que supuestamente atacan dicho sistema? ¿Dónde situar a artistas como David Salle o Julian Schnabel? ¿Es posible que su obra desconstruya el sistema desde dentro? ¿Se sustenta la teoría de Linda Hutcheon, de que nuestra época es capaz de usar y abusar del sistema que se está criticando? ¿Es el postmodernismo un movimiento político, como pretende Agnes Heller? ¿O no es más que la lógica cultural del capitalismo tardío, según asegura Fredric Jameson?

 

En cada uno de sus libros, Rosa María Rodríguez Magda se ha fijado en estas y otras muchas cuestiones. Lo que más llama la atención de su obra es la extraordinaria coherencia con que se entretejen una serie de temas que nos interesan a todos: el Poder, la simulación, el centro y el margen, lo femenino, el lenguaje, las palabras y las cosas. Desde una perspectiva abierta, basándose en un profundo conocimiento de la filosofía y la sociología, especialmente francesas, libros como Discurso/Poder (Valencia: EDE, 1984) escriben "desde dentro a partir de una exterioridad", como dice Ignacio Fernández de Castro en su presentación. Otros, como La sonrisa de Saturno (Barcelona: Anthropos, 1989), describen perfectamente la era del vacío, el imperio de lo efímero, el crepúsculo del deber, la cultura del simulacro, la transparencia del mal, la hiperrealidad, la crítica de la crítica, la genealogía de lo femenino, la muerte de las vanguardias, características de nuestro fin de siglo.

 

Ante la caída del Muro, el renacimiento de los nacionalismos, la vuelta del individualismo y del nuevo sujeto narcisista y hedonista, ya no era posible mantener un lenguaje típicamente posmoderno, basado en la fragmentación y en la inestabilidad, en la confusión, la diseminación y el suspense. Después del modernismo, la reacción posmoderna fue natural y necesaria, pero la propia evolución de los tiempos revela que ya no se puede jugar con la historia al pastiche, y que es necesario volver a pensar aquellos conceptos que durante un tiempo fueron únicamente lúdicos: el sujeto, la historia, la coherencia, la representación. Por eso uno de los logros más importantes de La sonrisa de Saturno fue ofrecer un concepto nuevo, el de transmodernidad, que nacía como "la pervivencia de las líneas del proyecto moderno en la sociedad postmoderna, su tránsito y reiteración `rebajados', su copia distanciada, fragmentada, hiperreal; la síntesis necesaria para que, aceptando un relativo cambio de paradigma, no ahoguemos en la banalidad todo el esfuerzo hacia una emancipación progresiva. Se trata de utilizar las características de la sociedad y el saber postmodernos para continuar la Modernidad por otros medios. Porque también la Modernidad penetra y reverbera nuestro presente. La Modernidad es el proyecto, la Postmodernidad su fragmentación, la Trasmodernidad su retorno simulado en lo plural". Siempre he creído que este proyecto transmoderno (retomado con brillantez en una obra recientemente publicada, El modelo Frankenstein) es el justo medio de la balanza. Ni rupturas bruscas ni clasificaciones hieráticas, sino eclecticismo y asunción irónica de "la vanidad última de todas las denominaciones". Humildad, escepticismo y rotunda brillantez son, en mi opinión, las características más relevantes de la obra de Rodríguez Magda, reflejadas sobre todo en este libro, que fascina a un público de lo más variado: no únicamente filósofos y sociólogos sino también filólogos, lingüistas, críticos literarios y artistas.

 

Un concepto que, abordado desde la trasmodernidad, se analiza siempre, explícita o implícitamente, en la obra de Rodríguez Magda es el de sujeto, probablemente uno de los fundamentales a lo largo de todo el siglo XX. Tras el autor modernista, rebelde, narcisista, elitista por definición, apareció el sujeto fragmentado de la postmodernidad, que ni quería ni podía dar respuesta definitiva a nada, simplemente se dedicaba a jugar con el lenguaje y a dejar las obras inconclusas para que el lector las interpretase a su gusto. A la muerte del autor respondieron con fuerza tanto el feminismo como el marxismo, entre otros. Éste porque deseaba seguir creyendo en las Utopías, y aquél porque preguntaba con suspicacia cómo, curiosamente, se daba muerte al autor (Barthes, Foucault, 1968, 1969) cuando las mujeres estaban empezando a tener un protagonismo como sujetos y como autores del que habían carecido a lo largo de toda la historia.

 

Esta situación dio lugar a las eternas trifulcas, ya muy conocidas, entre el marxismo y el así llamado post-marxismo y entre las feministas esencialistas y las post-estructuralistas. Rodríguez Magda aborda estas cuestiones, basándose esta vez no únicamente en la filosofía francesa sino también en la anglonorteamericana, en dos libros femeninos fin de siglo (en realidad en otros muchos: también cuando Saturno sonríe entre palabras perdidas o en los personajes de un inolvidable tríptico) que nos seducen desde la diferencia. Rodríguez Magda se sitúa en esta cuestión en la misma línea que autoras como Linda Alcoff, Linda Nicholson, Sherry Simon o Rosemary Arrojo. Sabemos que el XX ha sido el gran siglo de las mujeres, como dice Lipovetsky en su último libro; que es necesario interrogarse sobre el nuevo lugar de la mujer y sus relaciones con los varones y sobre la nueva figura social de lo femenino. La tercera mujer es aquélla que tiene un lugar que ha dejado de estar preordenado, orquestado por el orden social y natural, comenta Lipovetsky: "El mundo cerrado de antaño ha sido sustituido por un mundo abierto o aleatorio, estructurado por una lógica de indeterminación social y de libre gobierno individual, análoga en principio a la que configura el universo masculino".

 

Rosa María Rodríguez Magda, igual que Linda Alcoff, Susan Hekman, Sherry Simon y otras muchas pensadoras, reconoce este hecho y al mismo tiempo advierte que siguen existiendo mecanismos de diferenciación de los sexos y estrategias, cada vez más sutiles, que nos recuerdan que todavía hay mucho por hacer, pero al mismo tiempo sin caer en esencialismos que perpetúan los mismos errores que las mujeres tanto hemos criticado al patriarcado. Se trata, en suma, de reconstituir la diferencia en la igualdad. Es la historia de los Otros: la necesidad de que aparezcan en el mapa las historias de quienes hasta ahora habían sido silenciados. Es también, la que cuenta Rodríguez Magda, una historia fragmentada, pero, creemos, mucho más cargada de ideología política, más concienciada de la necesidad de poner sobre el tapete cuestiones candentes. La necesidad de que la historia, las historias, sean tolerantes unas con otras, abiertas a la diferencia, dispuestas a escuchar.

 

Y acaso sea ésta la función más importante del intelectual, el discurso de la tolerancia del que al parecer carece la Historia cuando se quiere escribir con mayúsculas, cuando se piensa en un punto de vista único que no lleva sino a situaciones absurdas. La tolerancia reivindicada por el postmodernismo desde el principio (la apertura de Olson, el momento de Creeley, la concrescencia de Whitehead) no ha sido suficiente, y eso es lo que nos demuestra la transmodernidad. La igualdad se ha conseguido únicamente a nivel lingüístico: curiosamente, cuanto más se habla de paz, más conflictos internacionales hay. En un fin de siglo caracterizado por el mestizaje, la autocomplacencia de Occidente es a todas luces insostenible.

 

Y es precisamente éste, el lenguaje, otro de los temas fundamentales de la obra de Rosa María Rodríguez. Sólo puede hablar sobre el lenguaje quien domina la escritura; y quien domina la escritura sabe que la Biblioteca es siempre borgiana, infinita: "...basta que se me ocurra una charada para que un número incontable de textos la registren en las innumerables lenguas que aún deben aparecer, reiterada en ediciones sucesivas...Es obsceno que el Universo perpetúe el diario de un dios, por eso me he procurado este otro, donde puedo escribir a escondidas mis esperanzas, mis reflexiones, mis temores. El otro es caótico, a veces juego a decir cosas sin sentido, me desdigo, invento o sueño en voz alta; he construido castillos de signos de los que he olvidado la razón, si es que existe alguna diferente de mi capricho" (Las palabras perdidas, Madrid: Huerga Fierro Editores, 1997).

 

El dominio del arte de narrar —absolutamente brillante en su bello libro Tríptico (Madrid: Edymion, 1992)— es el lado más sorprendente de una filósofa a quien también se puede llamar filóloga. Tríptico es un argumento añorado, un invento fantástico que se cuela por las rendijas de nuestra conciencia; su lectura nos ayuda a elegir los nombres de los minutos que nos crecen en la piel durante aquellos periodos de nuestra vida en los que no nos espera ningún acontecimiento trascendental "de los que parten la vida en dos". Nos sentimos identificados con la desolación de la protagonista al comprender que ni las hadas ni los magos han existido nunca. Parece que, como aquélla, la autora se haya apostado tozuda "en el límite de una infancia literaria y perdida" y que haya decidido "pasar factura a la realidad en la historia interminable de una demanda total". Como Adrián, Rosa María Rodríguez Magda ama las palabras, los rayos de polvillo dorado e inquieto, las fábulas, el silencio; sólo alguien así puede escribir pasajes tan bellos: "Mi cuerpo se adapta al espacio mientras mi mente deja crecer lagos y silencios. Hay un miedo pequeño, casi de lloro contenido, es la extrañeza que se acurruca, que se expande, fluido, dulce, tibio, oleaginoso. El decorado se instala con cuidado y yo soy ese escenario vacío, en penumbra y sin cometido, únicamente la mudez de las tramoyas y las bambalinas... Una es a veces una platea desocupada, como la tarde, la siesta o un lirio solo, temblón e impreciso en una botella".

 

Como las olas que describe Calvino, el pensamiento de Rosa María Rodríguez Magda está formado por diversos aspectos complejos que concurren a configurarlo y por otros igualmente complejos que provocan. Al asomarse a la ventana, ve un mundo que se desdobla en mundo que mira y mundo mirado. Y ella, como el señor Palomar, se sabe fragmento de mundo que está mirando otro fragmento de mundo, o ventana a través de la cual el mundo mira al mundo. Como el personaje de Calvino, de lo que sabe desconfía; lo que ignora mantiene su alma en suspenso. Como buena investigadora, es consciente de que su relación con la epistemología no puede ser serena costumbre: "las configuraciones esquemáticas resultan en la realidad más complicadas y menos netas; cada racimo —advierte Calvino— podría contener el triángulo o la línea quebrada que estás buscando; y cada vez que vuelves a alzar los ojos hacia una constelación, parece un poco diferente". Por eso este ensayo no pretende, ni mucho menos, ser elogio; únicamente descripción realista, entre otras cosas porque Rodríguez Magda no simpatiza con adoradores: "¿Habrá entre ellos —pregunta en Las palabras perdidas— alguno que comprenda que un dios solitario no requiere creyentes sino dubitantes, angustiados, seres capaces de soportar el abismo, quizá cómplices?"

 

Discurso/Poder, La seducción de la diferencia, En alguna casa junto al mar, La sonrisa de Saturno, Tríptico, Femenino fin de siglo, El modelo Frankenstein, Foucault y la genealogía de los sexos y tantos y tantos ensayos en revistas especializadas, periódicos, libros o antologías, junto con su labor como editora, conferenciante, docente y gestora en instituciones públicas van marcando la pauta de una labor rigurosa, cuidada, exquisita, cargada de ironía constructiva, reflexiones y otros aparejos que van configurando el espíritu de ese lector ávido del fin de siglo. Con ese equipaje va cartografiando un territorio, como en Tríptico, "configurando un espacio cómplice, clavando a veces cruelmente pedazos de nosotros mismos, tapando un desconchón, una mancha de humedad; las paredes adquieren así nuestros propios rasguños . . . Me sería muy difícil explicar lo que espero aquí, pero es como si las cosas empezaran a acogerme, como si hubieran decidido hacerme un hueco, como si me hubieran estado esperando. Es extraño pero tengo esa sensación, sé que al final descubriré qué he venido a hacer, comprenderá que tenía algo que hacer . . . Todo es así en la vida ¿no?, hay que rascar la grisalla sin valor que el tiempo te adhiere...Yo no quiero anquilosarme, saberme ya para la reiteración y el tedio, y eso tiene que ser antes de que la costumbre me venza. Quisiera pensar, como los antiguos, que algún destino lleva mi nombre, que hay caminos o rastros trazados desde el infinito, zonas que uno concluye por ir a ocupar para que el rompecabezas tenga sentido".

 

Las palabras de Rodríguez Magda recuerdan a las flores de Heidegger en El camino al habla, que a su vez recuerda las de Hölderlin. "Palabras como flores" en el sentido del despertar de la mirada más amplia, el hacer-salir de la palabra desde su inicio, la simplicidad de saber oír. Saturno ha encontrado su jardín. Pero también existen, como nos recuerda Derrida en sus Márgenes de la filosofía, las flores secas que siempre reaparecen, olvidadas tiempo atrás, entre las páginas de un libro. Son flores cargadas de historias, de vivencias que tal vez nunca deseábamos recordar, quizá por la repetición en la que nos abisma sin fin. Las flores nos atraviesan, nos obligan a desplazarnos sin cesar y abren las heridas que nunca ningún libro podrá resumir pero que la palabra será capaz, si no de curar, al menos de cerrar momentáneamente; como leemos en Tríptico, cual mero pretexto o dilación equivocada que entretiene las historias hasta llegar al lugar que siempre nos ha estado esperando, "...a esta nada tenue o estremecida, al terrible sosiego de saberse por fin cumpliendo un acto real e inevitable . . . Hay momentos en los que una no puede sino sentirse tiernamente compenetrada con cuanto le rodea, un fluido une tiernamente las palabras a sensaciones que ya no requieren explicación".

 

 

África Vidal Claramonte es Catedrática de Traducción de la Universidad de Salamanca

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