CAPÍTULO
XIX. EL COMERCIO Y SUS MODIFICACIONES
19.1 Política comercial
19.1.1. El comercio de Cuba en el
siglo XVIII. Inicio de las relaciones con los Estados Unidos. Los cambios de la
política comercial hasta 1822. 19.1.2. Mantenimiento del
exclusivismo. El arancel múltiple.
19.2. Caracteres
19.2.1. La estructura del comercio
hasta 1850. La organización comercial. 19.2.2. La banca y los almacenes
de depósito. El crédito norteamericano.
19.3. Comercio interior.
19.3.1. Su primitivismo. El
comerciante banquero en las zonas rurales. 19.3.2. El pequeño comercio
urbano. La tienda mixta.
Al
inicio
19.1 Política comercial
19.1.1. Durante tres siglos la política y la
organización comercial imperantes en Cuba se mantienen sin alteración
sustancial. Imperaba el sistema monopolista, a beneficio de Sevilla en España y
de La Habana en la colonia. El régimen de flotas continuaba, aunque en
progresiva decadencia que se reflejaba no solamente en su escasez, pues pasan
varios años sin que saliera flota alguna, sino también en la reducción del
tonelaje de mercancías transportadas. La tramitación establecida por la Casa de
la Contratación de Sevilla se hacía cada vez más entorpecedora. Todo conspiraba
para que la clase comercial sevillana mantuviera sus altos beneficios
especulativos y su asociación a comerciantes extranjeros (ingleses, franceses,
holandeses). Los derechos de aduanas llamados almojarifazgo pesaban grandemente
sobre las mercancías y, además se añadían muchos otros impuestos, cada vez que
había necesidad de recaudar más para proveer al Estado.
Como, por otra parte, durante el siglo XVIII hay
otras colonias que producen azúcar, como por ejemplo, brasil y se crean
colonias azucareras inglesas y francesas en las Antillas Menores, las
posibilidades de expansión del comercio de Cuba son muy reducidas. Puede
considerarse que el contrabando, tanto en su forma más franca como en sus formas
encubiertas, fue la válvula de escape para el aumento del comercio colonial. En
las costas de Cuba permanecían durante meses los comerciantes y navieros
extranjeros cambiando productos con los colonos; a veces so pretexto de
avituallarse o de reparar averías, entraban en puerto los barcos extranjeros y
vendían su cargamento. Cuba, además, mantenía relaciones con otras colonias
españolas a través de Veracruz y Campeche y de Cartagena de Indias.
El cambio de política comercial a fines del XVII
influye sobre la situación. En efecto, a partir de entonces las potencias
mercantilistas confían más en los tratados impuestos por una guerra que en el
tráfico realizado por piratas, corsarios y bucaneros. Además, la guerra de
sucesión al trono de España pone a Cuba en estrecho contacto con la economía
europea, particularmente con el comercio francés. Y, como tenía que ser, en
cuanto aumentan las posibilidades del comercio, se expande la industria
azucarera.
El cambio de la dinastía en España significa un
estímulo para el desarrollo capitalista. Felipe V y sus consejeros
"colbertistas" introducen reformas y estimulan la industria y el
comercio. En 1720 se producen las primeras modificaciones en el sistema de
flotas. Se acepta y se propicia entonces la expedición de barcos sueltos, fuera
de flota, para que vayan cargados a los puertos americanos desde los puertos
españoles habilitados (Sevilla y Cádiz). Cambio muy tímido, que sería seguido
de medidas que van liberalizando el régimen comercial. En verdad, aunque hay una
serie de guerras, los grandes peligros de ataque a los barcos mercantes ya no
existen, a diferencia de lo que ocurría en la época de predominio de piratas,
corsarios y bucaneros (siglo XVII).
La política comercial tradicional se refleja
todavía en la fundación de la Real Compañía de Comercio de La Habana (1740)
formada por comerciantes españoles y cubanos, a los que concede el monopolio
del tráfico de la colonia, de los cuales abusa provocando quejas constantes. Se
quejaron también los accionistas españoles pues la gestión directiva de los
criollos habaneros con Martín de Aróstegui fundador de la compañía a la cabeza,
dejaba mucho que desear. Pero si desde el punto de vista político esta compañía
suponía el mantenimiento del principio monopolista, desde el ángulo del
desarrollo de Cuba significa que se había constituido una clase comercial que,
aliada a los intereses de la corona (el rey suscribió cien acciones), y a los
comerciantes españoles, reclamaba una participación mayor en los beneficios del
tráfico colonial. Sin embargo, la compañía no desarrolló sus propias fuerzas,
sino que se combinó con comerciantes y navieros de Jamaica que la proveían de
esclavos y de artículos industriales europeos.
La compañía cesó en su privilegio después de la
ocupación de La Habana por los ingleses (1762-63). Aquel hecho precipitó por
parte del gobierno metropolitano la adopción de nuevas medidas, encaminadas a
liberalizar el comercio. En verdad, el impulso capitalista que había en España
estaba planteando ya la necesidad de reformar el monopolio mercantil
tradicional. Por eso, en la Real Orden de 16 de octubre de 1765, se elimina una
serie de impuestos y gravámenes que aquejaban al comercio en las Antillas
españolas y, además- lo cual es primordial- se autoriza a dichas colonias a
comerciar con varios puertos españoles de modo que quedaba destruido el
monopolio de Sevilla y Cádiz. Aunque a esta nueva política se le llamó comercio
libre, se trataba solamente de una extensión del monopolio a toda
España, pues seguía prohibiéndose el tráfico con extranjeros. Tal extensión
significa que todas las regiones económicas de España se beneficiarían con la
explotación de las colonias. Si bien limitada, esta medida propició el aumento
del comercio colonial.
En verdad, el cambio más importante se redujo por
el reglamento del comercio libre de 12 de octubre de 1778. En primer lugar,
abrió nuevos puertos coloniales al comercio directo con España (en Cuba, además
de La Habana, quedaron "habilitados" los de Santiago de Cuba, Trinidad
y Batabanó). Se permitía variar durante el viaje el destino del buque y de la
carga, práctica celosamente prohibida hasta entonces. Se admitía el comercio
extranjero pero tenía que pagar cuantiosos derechos. Estas regulaciones, aún
cuando no satisfacían plenamente a los exportadores cubanos, favorecieron el
aumento del tráfico colonial.
Tal aumento además, venía ayudado por la guerra
de independencia de los Estados Unidos. Con motivo de la ayuda que presta
España a las colonias inglesas sublevadas, los barcos norteamericanos entran
libremente en La Habana, cargan azúcar y otros productos y traen harina de
trigo y artículos industriales y esclavos. Este fenómeno sería decisivo para el
comercio colonial, marcándolo con una huella que duraría hasta 1959.
La aparición del comercio norteamericano supone
la apertura de un mercado creciente para el azúcar y las mieles, lo cual
vincula a la clase de los hacendados a los intereses extranjeros. Por esta
razón, cuando se produce la situación bélica, resultante de las guerras de la
revolución y del imperio francés (1790-1815), la consigna de los azucareros
cubanos es luchar porque se permita el comercio directo con los
"neutrales" que son los norteamericanos. Desde 1782 se había
prohibido su entrada en los puertos cubanos y después de 1790 se les autoriza y
se les prohibe, sucesivamente, al compás de la gravedad o de la atenuación de
las operaciones navales. En muchas ocasiones, durante esos años, los
comerciantes norteamericanos fueron los únicos compradores regulares de los productos
cubanos que ellos reexportaban a Europa, realizando de esta manera un magnífico
negocio especulativo; al par, suministraban la harina de trigo que era
provisión indispensable para la población cubana. Las autoridades superiores de
la colonia durante ese largo período de veinticinco años, atendiendo a los
intereses de los hacendados autorizaron, sin previa aprobación de Madrid, este
comercio, satisfaciendo así al grupo económico dominante cuya adhesión se gana
el poder colonial favoreciendo la exportación de azúcar.
Al
inicio
19.1.2. El 10 de febrero de 1818 se decreta la
libertad de comercio, pero los aranceles que se promulgan eran ferozmente
proteccionistas del comercio y la marina españoles, y discriminatorios de los
productos y los transportes extranjeros. Por eso cuando se restablece el
régimen constitucional, los hacendados habaneros consiguen que se reduzca la
protección, aprobándose los aranceles de 1822 con derechos que oscilaban de un
20% a un 36% ad valorem. ¡Tan altos eran los derechos anteriores
que éstos se consideraban moderados! Además estos aranceles de 1822 establecen
los derechos de aduana en forma diferencial, o sea, fijando diferente "por
ciento" según las mercancías y los transportes fueran españoles o
extranjeros. Según esto había cuatro columnas o tipos de derechos: uno, para
mercancías españolas en buque español; otra, para mercancías españolas en buque
extranjero; y otra para mercancías extranjeras en buque extranjero. Huelga
aclarar que éstas últimas eran las más gravadas por los derechos. De este modo
el régimen arancelario aplicado a Cuba bajo el llamado comercio libre no es más
que una nueva apariencia del monopolio español. Y es un régimen que perdura a
lo largo del siglo XIX, alterándosele en algunas ocasiones para aumentar la
protección frente a los productos extranjeros.
La clase comercial española conservaba sus privilegios y especulaba asi, al
amparo de tales aranceles; con las mercancías españolas y extranjeras.
Al
inicio
19.2. Caracteres
19.2.1. Los cambios operados en el régimen
comercial van, desde luego, parejos con un aumento del volumen del intercambio
y, con ello, se manifiesta cada vez más la estructura comercial dependiente,
como cuadra a un país colonial dentro del sistema capitalista. Antes de1790 es
difícil conocer los detalles de cómo está distribuido el flujo mercantil, aún
cuando no carezcamos de datos que nos permiten apreciarlo en sus caracteres
básicos. La cuestión es importante porque en las economías coloniales
dependientes, tanto el volumen como la distribución del comercio son elementos
de suma importancia para conocer el grado de dependencia. Son por otra parte,
economías en que el incentivo básico es la posibilidad de exportar, de modo que
su crecimiento, en buena medida, se mide por su producción para vender al
extranjero y como quiera que es un crecimiento anormal, su ritmo y cuantía dan
la medida de la deformación progresiva de su estructura.
El hecho característico de la estructura del
comercio de Cuba es, en la primera mitad del siglo XIX, la acentuada tendencia
al aumento del intercambio con los países más avanzados y la disminución del
tráfico con la metrópoli. Esto explica la poderosa tendencia proteccionista de
los intereses españoles, especialmente frente al comercio norteamericano. Los
intereses exportadores de Cuba (azucareros, cafetaleros y tabacaleros) pugnaban
por asegurarse el mercado de los Estados Unidos; pero el gobierno metropolitano
no cedía fácilmente el mercado de importación de Cuba. Sin embargo, la alianza
entre aquellos intereses y el poder colonial no dejó de mantenerse a lo largo
de los años que corren entre 1790 y 1860.
Hacia 1860 el comercio de exportación se
distribuía de la siguiente manera: 65% a Estados Unidos, 22% a Gran Bretaña y
3% a España. El resto se dividía entre numerosos países con los cuales no había
intercambio regular. Con los dos primeros, la balanza comercial era favorable;
con la metrópoli era desfavorable. Una conclusión se impone: el predominio de
la posición compradora de los Estados Unidos está consolidado pues la industria
de refinación de azúcar de ese país se abastece sustancialmente del producto
cubano. Y con este predominio, hay una penetración profunda y progresiva del
capital norteamericano. Esto explica que los intereses colonialistas españoles
redoblaran su política proteccionista, elevando los aranceles para los
productos extranjeros, como sucedió en 1853.
El comercio de importación no se distribuye
igualmente. España contribuía con un 30% mientras Estados Unidos y Gran Bretaña
participaban con un 20% cada uno. Tales cifras reflejan la política
proteccionista española. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que en la cifra
correspondiente a la metrópoli se deben incluir productos extranjeros reexportados
desde puertos españoles.
Las exportaciones, aunque muy cortas en número,
eran variadas: azúcar blanca, azúcar quebrada o mascabada (cruda), café, cera,
tabaco en rama y manufacturado, aguardiente de caña, miel de purga, mineral de
cobre, constituían los principales artículos. La exportación de artículos
elaborados (azúcar blanca y tabaco torcido) era más alta de lo que sería
ulteriormente. Por lo contrario la lista de artículos importados era muy
numerosa, constituyéndola toda la variedad de productos elaborados que se
requería para la supervivencia de la población y para el mantenimiento de la
industria.
Al
inicio
19.2.2. El aumento del tráfico y las relaciones
estrechas con los países más avanzados provocan la parición de formas de
organización comercial más complejas y especializadas, de tipo capitalista. La
figura del hacendado que opera en el mercado con sus azúcares va esfumándose
rápidamente. Aparecen no solamente los bancos sino también los almacenes de
depósito que combinan las actividades comerciales con las bancarias. Desde la
década de 1840 hay una caja de descuentos y depósitos, creada con participación
de los hacendados, para facilitar a éstos los recursos financieros requeridos,
y aparecen los Almacenes de depósitos de Regla y el Banco del Comercio,
fundados en 1844. Otros le seguirán y en todos habría participación de los
hacendados. Hubo otros almacenes en Matanzas y en Santiago de Cuba.
Con anterioridad, había aparecido el comerciante
en tabaco especializado por razón de las peculiaridades del producto. Sin
embargo, de este período datan los grandes almacenistas de la hoja que se dedican
a la exportación.
Unos y otros operan en gran medida sobre las
bases financieras que ofrece el comercio norteamericano. Desde 1820-30 hay en
los grandes puertos de Estados Unidos, comerciantes dedicados especialmente a
operar azúcares de Cuba. Las casas de Moses Taylor y de Atkins fueron famosas.
Muchos hacendados no venden sus azúcares a través de los almacenes de depósito,
cuya capacidad operadora es limitada, sino a través de los comerciantes
norteamericanos que, para asegurarse el producto y aumentar sus utilidades, dan
crédito al hacendado, bien en forma de productos, de esclavos o de utensilios y
aparatos. Se produce a lo largo del período una íntima trabazón de intereses
que, en torno a esos comerciantes, vincula a los importadores norteamericanos
con los grupos exportadores cubanos.
Puede afirmarse que hasta 1886, y aun después, el
sistema comercial se mantiene en tales bases organizativas. No obstante,
debemos señalar que la dependencia financiera se acentúa por razón de la crisis
de 1857-66. En efecto, en esos años, pese a ciertas alternativas de bonanza,
fueron liquidadas las instituciones financieras creadas por los criollos, con
lo cual el Banco Español y los comerciantes norteamericanos quedaron sin
competidores, dueños absolutos del mercado.
Al
inicio
19.3. Comercio interior
19.3.1. El comercio interior se expande. En primer
término, porque el comercio de cabotaje se normaliza con líneas de vapores
regulares. Además, por la aparición y difusión del ferrocarril y cierta mejoría
mínima de los caminos. Todas las grandes ciudades y puertos sirven de entrada a
las importaciones de su respectiva zona, aun cuando La Habana se va
transformando en plaza abastecedora de todo el país.
Al
inicio
19.3.2. Pero el comercio interior mantiene
caracteres primitivos. En primer lugar, la distribución se realiza a través de
un numerosos comercio pequeño, urbano y rural, que dependen fundamentalmente del
crédito de los importadores. Desde luego, las limitaciones para el
establecimiento de este comercio desaparecen y proliferan a medida que crecen
las ciudades. En este comercio en pequeño, que es el instrumento del crédito a
la población, hay cierta especialización; pero en las zonas rurales o
periurbanas se destaca la tienda mixta, no especializada, que se mantendría
hasta el siglo XIX.
Desde luego, huelga aclarar que el sistema se
basa en la especulación más desenfrenada, como se constataría aún más tarde. La
pirámide del crédito pesaría enormemente sobre el consumidor.
En las zonas rurales, el comerciante se
transforma en financiero. Allí donde abunda la población campesina y hay
cosechas de importancia, el comerciante de la zona, casi sin competidor, se
desdobla en refaccionista o usurero, lo que le permite manejar con privilegio y
enormes beneficios, los productos.